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strawberry passion company �
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     B�ez afan� del aire la primera mosca y con ansia la guard� en el pu�o. Durante un minuto, sus ojos fueron dos perros rabiosos, dos perros encendidos a la caza y captura de un hueco suficiente para mirar entre los dedos. Una vez m�s deseaba contemplar la enorme superioridad de la raza humana desde la primera fila del horror. Le excitaba asistir a la agon�a de los perdedores. Escuchar con morbosa atenci�n el sonido espasm�dico de la muerte, el silbido de la guada�a cuando deg�ella al aire, la voz ronca y su aliento de azufre. La sangre de B�ez transportaba r�tmicamente los latidos del insecto hacia el cerebro. Tengo el coraz�n en un pu�o, pens� con malicia. De repente, los latidos se transformaron en golpes secos y desesperados del �nfimo pedazo de vida contra la crueldad blindada del verdugo.

��    La mosca naufragaba lentamente en la ausencia de luz y de ox�geno. Un minuto despu�s, B�ez ya no sent�a en la piel de su mano, piel curtida de muertes, la metralla, el histerismo, la compulsi�n y el S.O.S. del peque�o cuerpo, se�al imperceptible pero imaginable hasta el sufrimiento propio, la antonomasia de la empat�a. El animal hab�a� expirado. S�lo entonces abri� la mano con desilusi�n, su garra era una flor carn�vora, recre�ndose en las pausas del s�dico movimiento. El cad�ver oscuro dorm�a con la placidez de un ni�o, tanta que la vida se le hab�a escapado para no volver, en una cuna letal, una trampa viva bien alimentada de muertos. Con la otra mano, B�ez agarr� con brusquedad las pinzas. Levant� la cabeza despacio, excitado, disfrutando plenamente de cada grado arrebatado al eje horizontal. En el espejo, se encontr� de frente con los dos perros azules, m�s rabiosos y encendidos que antes. Coloc� las pinzas sobre la nariz, en el entrecejo, y se arranc� un pelo, tanto o m�s negro que el ni�o que descansaba para toda la eternidad colgado de las l�neas de la mano. Baj� las pinzas despacio y despacio iz� la cuna. Simultaneidad arm�nica. Las pinzas eran un animal carro�ero acerc�ndose con sigilo a un cad�ver oscuro.

      Ya no tengo el coraz�n en un pu�o, no, no es un desmayo, ojal� lo fuese, est� en silencio, un objeto m�s sin vida, comienza entonces la lecci�n de anatom�a, aunque tengo una duda, pens� con malicia, no s� qu� ala voy a extirparle primero.

      Independientemente del ala, derecha o izquierda, que B�ez le arrancara primero, la mosca no fue m�s que la primera v�ctima, �til exclusivamente para saciar el apetito visceral del asesino, el aperitivo de un hombre degenerado. Sin embargo, para consumar con �xito el ritual onanista, porque dentro de todo exterminador hay un art�fice compulsivo del placer en la propia carne, las moscas, aunque mutiladas, deb�an conservar la vida.

      El gato negro de B�ez masticaba sin dientes el cad�ver mutilado, inservible por morirse para los fines de su due�o. Los dientes del gato hab�an sido extirpados en un experimento fallido. Lamentablemente para el felino, el onanista subestim� el tama�o de su pene y tampoco le cupo en las fauces vac�as. Aunque con vida, el animal es ahora, como la mosca, otro objeto in�til, deprimido desde el d�a de la amputaci�n por no ser capaz de complacer a su amo. Y eso que abr�a la boca como si de tragarse el cielo se tratara. Un pene como el cielo es, adem�s de hip�rbole, met�fora inconsciente en el pensamiento del gato, el primer ser irracional con inquietudes literarias, que nos descubre datos relevantes acerca del car�cter del animal: el exceso de amor y fidelidad hab�a distorsionado su percepci�n, en aquel preciso momento subestim� el bot�n de su amo. Un veterinario amenazado de muerte por B�ez accedi� a ponerle al felino cuatro o cinco puntos de sutura a la izquierda o a la derecha de su peque�a boca, qu� importa el lado, con un gato mayor encerrado bajo llave y a presi�n en la caja negra de su pensamiento, donde habita la duda razonable, y una mosca monumental detr�s de la oreja, zoofilia presunta, mosca alegre que a�n volaba con vida e ingenuidad, m�s a�n, temeridad, por el aire de los humanos sin sospechar en absoluto las crueles intenciones de algunos hombres trastornados. Es parad�jico que los art�fices del placer en la propia carne, que a priori tan bien conocen cada �ngulo de sus cuerpos, sean las personas menos objetivas y m�s severas del mundo consigo mismas. Por no recordar su haza�a vejatoria, B�ez no se percat� de la inmensa cicatriz que su animal de compa��a conservaba a�n con patetismo y orgullo, el orgullo propio de un cuadr�pedo sumiso y desgarrado en un conato de felatio al pene subestimado de su due�o, a la derecha o a la izquierda de su peque�a boca. Qu� importa el lado.

      B�ez afan� del aire la segunda mosca. La tercera. La cuarta. La octava. La vig�sima. Con ansia las guard� en el pu�o. Veinte corazones en un pu�o, unos sonando con m�s fuerza, con m�s gravedad que otros, unos aferr�ndose a la vida y otros, sin fuerzas, dej�ndose morir. Los perros azules de B�ez, si cabe m�s rabiosos y encendidos que cinco moscas antes, buscaban desesperadamente una rendija, por m�nima que fuese, donde asomarse. La antonomasia de la vida contemplativa, si Schopenhauer levantara cabeza: asistir a la asfixia de los m�s d�biles, el mayor espect�culo del mundo.

      Si una docena de moscas perdieron el sentido, el coraz�n del resto no soport� la ausencia de luz y de ox�geno.

      La flor carn�vora se abri� con parsimonia para realizar la autopsia del �ltimo cad�ver. Y no importa en absoluto qu� extremidad, el ala derecha o el ala izquierda, B�ez le arrancara antes. Las pinzas eran entonces un animal carro�ero, oxidado y harto de extirpar alas y pelos y m�s harto de acercarse con sigilo a cad�veres tan oscuros. El gato sin dientes aguardaba sentado en el m�rmol, muy cerca de las pinzas despuntadas, gastadas del uso, del buen uso, y tanto o m�s in�tiles que las moscas muertas o los felinos mellados, dispuesto a comerse todo lo que su amo le echara cordialmente. Agitaba el rabo como una cuchilla que disecciona el aire en finos retales con el fiel prop�sito de saborear el �ltimo caramelo.
     El gato sin dientes engull� el octavo insecto muerto por insuficiencia respiratoria y eruct� en se�al de su agradecimiento. El banquete de moscas hab�a sido por lo menos, si no abundante, muy digestivo y reparador. M�s de dos veces dej� constancia de que no era en absoluto un ser ingrato.

      Los perros azules, todav�a m�s rabiosos y mucho m�s encendidos, guardaban en alg�n rinc�n de sus entra�as, en las h�medas profundidades de los globos oculares, un pedazo de sensibilidad: la mirada de B�ez se empa�� de l�grimas, aunque ninguna de �sta os� jam�s mojar el rostro del verdugo. Mientras tanto, el animal de compa��a ense�aba sin verg�enza su cicatriz y su mella. Su felicidad de hambre m�nimamente saciada y est�mago medio lleno, o vac�o a medias, ondeaba como la cuchilla que rasga en rebanadas la cortina del aire.

      El �ltimo eructo super� a los anteriores en diez decibelios, suficientes para despertar del desmayo a los ni�os oscuros, aquellos que, mutilados y negros, eran los animales m�s fuertes de su especie por haber conservado la vida. Selecci�n natural. Pero a qu� precio, si les hab�an extirpado las extremidades con premeditaci�n y alevos�a. El mayor de ellos, en tama�o, porque a simple vista es arduo el c�lculo exacto, incluso aproximado, de la edad de un insecto, recobr� el sentido y llor� amargamente, un llanto imperceptible e in�til, pero imaginable hasta el propio sufrimiento, la empat�a por antonomasia, cuando se percat� de que era un ser incompleto. Hubiera preferido la muerte al desfallecimiento con posterior amputaci�n de los miembros, pens� el m�s grande, monumental como la mosca de la sospecha, probablemente el mismo que habit� detr�s de la oreja del veterinario el d�a de la intervenci�n quir�rgica al gato sin dientes, ahora el m�s despierto y el m�s decepcionado por seguir con vida.

      Los doce insectos fueron paulatinamente recuperando la consciencia hacinados en el interior de una bolsa de pl�stico de color negro, o sea, de basura, perforada mil veces con una aguja. Todo el ox�geno que B�ez les hab�a arrebatado dentro del pu�o, cuna y trampa mortales y la antonomasia de las flores carn�voras, se lo devolv�a ahora con creces y �xido a trav�s de un millar de ventanas milim�tricas abiertas en un muro de pl�stico. Parad�jicamente, las manos del hombre son fosas m�s comunes que las bolsas de pl�stico, pens� el m�s grande de los ni�os m�s fuertes, tal vez el m�s viejo.

      Los animales mutilados se asomaron con timidez al mundo exterior. Sus ojos brillaban mil veces, con perplejidad y somnolencia, repartidos como bombillas microsc�picas en un desierto de pl�stico negro. Fuera, en la vida cotidiana del hombre, el gato sin dientes hac�a con su rabo jirones de aire y su amo fumaba un cigarrillo con la placidez que otorga tener todo el tiempo del mundo, que no era otro sino el tiempo que tardara el cigarrillo en consumirse. Detr�s de la gasa de humo, los perros rabiosos, tan azules como rojos, tan incendiados como encendidos, sus capilares del tama�o de un pene subestimado, vigilaban pacientemente la c�rcel oscura. Al otro lado del pl�stico, los ni�os oscuros interpretaban un ladrido feroz en cada parpadeo. Temblaban de miedo, agarraban con fuerza las patas de sus cong�neres. Uno incluso, el m�s peque�o, hab�a olvidado la lecci�n de anatom�a porque durante el desmayo so�� que ten�a alas, alz� el vuelo y presa de la gravedad cay� al vac�o del pl�stico oscuro. Se parti� tres patas y en busca del sue�o que le devolviera la libertad y la ignorancia se qued� profundamente dormido, con la misma paz y la misma tranquilidad con la que durmieron los ni�os oscuros despu�s de muertos y antes de desaparecer para siempre en la garganta del gato.

      Despu�s del cigarrillo, del humo extingui�ndose, de la combusti�n espont�nea de la gasa, B�ez introdujo el pene subestimado, un pene como el cielo, un pene del tama�o de los capilares de dos perros azules, en la bolsa de basura. Frotaci�n pausada, frotaci�n moderada, frotaci�n progresiva, frotaci�n excesiva, frotaci�n violenta, frotaci�n compulsiva, frotaci�n degenerativa,..., dedos tr�mulos, sudor, frotaci�n moderada, frotaci�n pausada, sangre caliente, sangre invisible, sangre descendente, espasmos, frotaci�n nula.

����� Media docena de ni�os oscuros, a�n confundidos, se ahogaban lentamente en la dulzura de la primera tromba de semen. El resto, n�ufragos y pegajosos, todav�a m�s fuertes que los seis anteriores, se posaron en el glande a libar el flujo segregado por la flor cil�ndrica, flujo bendito y venenoso, ambros�a mortal. Las patas de los ni�os recorrieron la piel del verdugo, le prendieron fuego, ardi� un sentimiento en la sangre. B�ez aull� de gusto e inmediatamente llovi� tres veces.

      B�ez no sol�a beber alcohol. Seg�n �l, mermaba sus facultades. Una noche de tristeza extraordinaria, mezcl� bourbon, absenta y ron adem�s de tres paquetes de cigarrillos. Dijo con la voz de otro hombre, uno m�s viejo, enfermo y alucinado, que su libertad empezaba donde terminaba la de los dem�s. Ten�a la mala costumbre de enga�arse a s� mismo y esa noche, como tantos d�as, no repar� en la libertad de los animales. Era un violador potencial de las libertades ajenas. Aunque tambi�n es posible que B�ez fuera uno de esos hombres sin conciencia que exaltan sus virtudes y olvidan sus pecados. Amnesia selectiva.

      Los supervivientes, si es que los hubo, perecieron despu�s por asfixia en la garganta del gato sin dientes, otra flor carn�vora, otra c�rcel oscura. Antes de tragarse a los muertos, el animal se relami� la cicatriz que reinaba a un lado cualquiera, a la izquierda o a la derecha, de su peque�a boca, qui�n sabe y qu� importa, y eruct� tres veces consecutivas en se�al de su agradecimiento. Era, adem�s de educado, un ser sin complejos, subjetivo e inmune a feroces cr�ticas.

      Los perros azules de B�ez, m�s secos y menos rabiosos, se retiraron a descansar hasta la ma�ana siguiente. Hab�a sido sin duda una de las jornadas laborales m�s duras de la semana.

      En cuanto al animal carro�ero, a�n exhausto, jadeando de modo imperceptible, permaneci� echado en el m�rmol y oxid�ndose toda la eternidad de la madrugada hasta una nueva lecci�n de anatom�a.

      El gato sin dientes estuvo all� sentado toda la noche, en silencio e insaciable, imaginando caramelos venideros de colores y olores sugerentes. Orgulloso del placer desbordado de su amo, cort� con el rabo la penumbra y las horas del apartamento en rebanadas muy finas, tan oscuras como los cad�veres.

      Cuando la mosca sin alas ni patas despert� de su sue�o de pl�stico, imagin� un hogar en las nubes, un hogar sin hombres, un hogar sin animales carro�eros, un hogar sin gatos sin dientes, el aire puro y virgen. Lo invent� y ech� a volar. Sus alas figuradas bat�an con la fuerza de tres moscas el cielo de la libertad para recuperar el tiempo perdido.

      Pronto se cans� de agitar las dos extremidades de la nada. Como pudo, se pos� sobre la l�nea del horizonte y quiso mirar atr�s, la inercia de buscar con la cabeza a los violadores y asesinos que habitualmente nos persiguen y nos matan por la espalda en los tramos m�s oscuros y dif�ciles de nuestras vidas. Y si acaso, v�ctima del v�rtigo que tantas veces infunde en los ojos el futuro, pens� el ni�o en retornar al redil obsceno del hombre, ya era tarde, la distancia que le separaba del cautiverio era directamente proporcional al olvido. Bati� con fuerza su libertad, como si quisiera triturarla, y prosigui� con vuelo firme su viaje ficticio.��
"Baez". Ilustración de Daniel Barrera.
"Mosca_sat_yel". Ilustración de Ethan Mesa.
"Mosca_sat_bei". Ilustración de Ethan Mesa.
"Mosca_sat_blu". Ilustración de Ethan Mesa.
"Mosca_sat_gre". Ilustración de Ethan Mesa.
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