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strawberry passion company �
     La pasi�n era un l�quido caliente y espeso que trepaba con suma discreci�n por las paredes de los tobillos, apenas toc�ndolos, baba que se fund�a en el est�mago, en ebullici�n el ansia y los instintos, ascend�a por el pecho a propulsi�n y por la boca se derramaba sobre el objeto de deseo, casi siempre el sexo contrario, baba que, despu�s, chorreaba invertida por el cuerpo de una mujer, de los pies a la cabeza, una mujer, deteni�ndose los a�os que fueran necesarios en los recodos h�medos m�s suculentos, en aquel tiempo una mujer concreta de tobillos anchos, le dije sin pens�rmelo dos veces al individuo encargado de invertir -del mismo modo que la baba de la pasi�n, que yo tan bien invert�a en los cuerpos ajenos- el reloj de arena y plantearnos el ejercicio de narrativa de la semana: la pasi�n y su respuesta tr�mula en el cuerpo -con el tiempo comprob� que mi primera ddefinici�n de la pasi�n, arriba expuesta y vinculada esencialmente a los tobillos femeninos, era desacertada-.

      Nunca supe su nombre ni quise saberlo. Ten�a cara de llamarse
individuo mejor que nadie que yo hubiera conocido. Mejor que fulano o mengano. As� que le bautic� de esta forma y por la espalda en m�s de una lectura con el flujo bendito de mis gl�ndulas salivales. Le ven�a al pelo, el �ltimo pelo, el pelo legendario que conservaba con fijador y vitaminas, tanto que me obsesion� y me convenc� de que ese era su aut�ntico nombre. Alcanc� el punto funesto el d�a que utilic� individuo para dirigirme directamente a su persona. Desde ese momento, dej� de mostrar admiraci�n alguna por lo que yo escrib�a, al menos en el plano p�blico, y me la trae muy floja lo que hiciera con mis manuscritos en privado. Intentaba ridiculizarme delante de mis compa�eros de fatigas literarias siempre que ten�a ocasi�n, la mayor�a de las veces sin �xito. Y bien merecido lo tengo porque �l nunca me inspir� el m�s m�nimo respeto, algo, por otro lado, que nunca trat� de disimular, sobre todo cuando le escup�a indiscriminadamente desde la pizarra sobre aquel gab�n inundado de caspa, ceniza y frustraci�n, mis amigos se re�an mucho. Era sencillo, nos ignor�bamos, no exist�amos el uno para el otro. Sin embargo, hoy, menos turbio el cristal de mi razonamiento que antes, sospecho que �l a m� s� me respetaba. Por eso imagino lo que hac�a a solas con mis textos, y algo as� no se debe ni puede decir en una historia que a�n est� pendiente de una calificaci�n moral.

      La vida es una continua recolecci�n de palabras cuyo sonido nos excita y su significado desconocemos. Luego, si nos hemos manchado, abrimos el diccionario o acudimos a nuestro padre, lo que es mucho m�s c�modo, para engordar nuestra sabidur�a y presumir de l�xico vasto entre los amigos menos cultos. Y
pasi�n fue precisamente una de esas palabras que rescat� del aire, afanada de cualquier discusi�n familiar, y renunci� a conocer sus acepciones porque su musicalidad me embriagaba. Significaba lo que yo quisiera que significase en cada contexto diferente. La utilizaba a mi antojo y para saciar mis propios intereses. Intu�a el significado que encerraba porque, como muchas otras, pensaba yo, esta era una de esas palabras cuyos sonidos se aproximan bastante a lo que luego significan.

      Pas� varias p�ginas de la historia y mi sed de conocimiento engros� una larga lista de referencias sonoras. Supe de la
pasi�n por culpa de Camille Claudel, Antonio Gala o San Mateo, entre otros, sin ser capaz o estar completamente seguro de poder dar una definici�n correcta. Tampoco me atrev�. La pasi�n me suger�a excitaci�n, calambres, curiosidad, incluso deseo, pero nada carnal o metaf�sico que pudiera cocerse, al fuego que fuera, entre dos, tres, cuatro o diez personas adultas, seg�n el grado �tico.
     En la pubertad no pude soportarlo y abr� el diccionario, el tomo 16 del Lexis 22 -porque mi intuici�n femenina estaba ahora mucho m�s desarrollada y me dec�a que mi padre no iba a ser demasiado imparcial en su respuesta-, y por fin hall� la pasi�n en la p�gina 4347. Mi inclinaci�n por la antropolog�a y la psique humana -tal vez se la deba a Clara, bella mujer de tobillos anchos y estudios de psicolog�a- me oblig� a detenerme en la definici�n de pasi�n bajo un prisma meramente psicol�gico: Dentro de la psicolog�a introspectiva cl�sica y referido a los estados afectivos, aparece el concepto de pasi�n junto al de emoci�n y sentimiento -efectivamente, lo que yo sospechaba-. La pasi�n es una polarizaci�n de la afectividad sobre una emoci�n o una idea; es por tanto un estado afectivo prolongado que suele monopolizar la actividad del hombre -esto s� es verdad, com�a para vivir y vviv�a exclusivamente para contemplar los tobillos de 40 cent�metros de di�metro de Inmaculada, nuestra asistenta- y muy importante cuando se la encauza en un sentido plenamente humano.

La persona apasionada tiene su propia l�gica, intenta eliminar todo cuanto no importa al fin que persigue y moviliza todas sus fuerzas en este sentido
-�c�mo?, para tanto no era, adem�s, �qu�� podr�a yo eliminar si yo era todo cuanto pose�a y fuerzas nunca tuve porque en su lugar tuve anemia y todav�a la conservo?-. Las desviaciones de la pasi�n pueden tomar un aspecto m�rbido, incluso paranoico, sobre todo cuando se basa en un sentimiento negativo como puede ser el odio, los celos o la toxicoman�a -la musicalidad del t�rmino que tanto me embriagaba acab� por darme n�useas y, confundido, vomit� hasta el primero de todos los errores l�xicos interiorizados durante mi corta infancia, en mi lecho impuse la cuarentena-.

      Recuerdo que cuando me preguntaron, las veces contadas que me sometieron al tercer grado antes de los diez a�os, cu�l era en mi vida el primer recuerdo, acud�a siempre inconscientemente a la imagen de los tobillos de Inmaculada frente a m� como dos pilares macizos de bronce, la curiosidad que sent�a por ellos. Aquel extra�o e irracional magnetismo defin�a a la perfecci�n, cre�a yo, una
pasi�n vehemente, un supuesto deseo que no era otra cosa sino una desproporcionada sensibilidad ante la hermosura de la naturaleza y la magia que mov�a el mundo, nuestro mundo.

      Cuando abr� el Lexis no encontr� concordancia alguna entre la idea que yo ten�a de lo que era la
pasi�n, lo que �sta entonces significaba para m�, la devoci�n desmesurada por los tobillos de Inmaculada, y lo que contemplaba la p�gina 4347 del tomo 16. Cuando el individuo me pregunt�, apliqu� a mi primer recuerdo -los tobillos de nuestra asistenta como muros de bronce- la interpretaci�n que a�os antes yo hab�a hecho del diccionario. Y ahora s� que diccionarios, ni�os y borrachos nunca mienten.
     Antes o despu�s el ni�o ve la luz. La consciencia es una flor que un d�a se abre dentro del cuerpo y, desde entonces, percibe los rayos de su entorno hasta que cualquier noche le d� por marchitarse. Esa madrugada el hombre muere -y que le quiten lo bailado-. En mi caso, la luz que vieron mis ojos cuando la flor se abri� no era ni m�s ni menos que el destello de los tobillos bronceados de Inmaculada. De ah� que �ste s� sea mi primer recuerdo y err�neo que la curiosidad por aquellas monumentales columnas fuera la pasi�n humana. �sta vino despu�s y a�n me dura, como la anemia.

      Como nac� siendo una criatura �ntegra, perro fiel a mi intuici�n -s�, femenina-, mi curiosidad por otras partes del cuerpo humano que no fueran los tobillos tuvo que esperar a que mi estatura fuera mayor y le permitiera a mis ojos mirar en l�nea recta para descubrir nuevos horizontes, nuevos e incomprensibles parajes de la anatom�a -si mi apetito era grande al principio, imag�nense con un metro de estatura, de excitaci�n y de deseo-.

      Tambi�n le debo a Inmaculada mi amor por el arte. Con apenas tres a�os, y no me cuesta reconocerlo, ya veneraba la arquitectura cl�sica. Me cost� sangre y sudores saber que sus piernas eran de
orden corintio. Hubiera jurado que ten�a las columnas de nueve m�dulos de altura en vez de diez y el capitel adornado con grandes volutas y no con hojas de acanto y caul�culos como descubr� al tiempo. M�s a�n tard� en hacerme cargo de que ten�a la cornisa adornada con dent�culos y no con modillones -y s� perfectamente que habr�a matado a cualquiera que osara llevarme la contraria en materias como �sta, modillones, �qui�n lo dir�a?-. La pintura, la poes�a y el cine fueron vicios posteriores que corrieron de mi cuenta. Tambi�n hubo otros ajenos al arte, pero son innombrables, irrepetibles.

      Ahora s� con seguridad que estaba completamente equivocado. Confund� una curiosidad sana con la
pasi�n. Yo no ten�a edad ni estatura para apasionarme por nada salvo por la vida, ten�a entonces, como el poeta y posteriormente como el joven escritor Alberto Olmos, toda la vida por delante. �Los tobillos?, arte en estado puro, equilibrados bloques de carne, hueso y bronce. Y que el individuo no se confunda, los tobillos de Inmaculada no fueron la pasi�n en s� misma, s� la antesala y el pre�mbulo del deseo hasta que mis ojos prosiguieron su camino -un buen t�tulo ser�a la pasi�n verdadera en busca y captura-: rodillas, muslos, pubis -aqu� pas� m�s tiempo del legalmente perrmitido, me hice adicto, me obligaron a alternar las t�rridas estancias que daban sentido a mi vida, inmediatamente telefone� a Terry Gilliam para comunicarle cu�l era The Meaning of Life, con tres visitas diarias a un centro de rehabilitaci�n para seres apasionados-, ombligo, pechos, labios, lengua y ojos -y aqu�, miel por partida doble para el peregrino porque �ste era el final del h�medo trayecto-. El cabello no era considerado parte integrante del recorrido oficial salvo en deshonrosas excepciones. La pasi�n ya era un acto consumado. El acto por antonomasia.

      Como me han sobrado a�os de vida y he hecho la b�squeda en un tiempo r�cord, dicen que soy un hombre precoz, un
milhombres como dir�a la madre de mi padre, esa se�ora enfermiza que vive a la sombra de un megal�mano en un paraje exquisito de Colmenar de Oreja llamado La Mariquita P�rez -todav�a no s� si me agrada o me disgusta ser precoz, preferir�a que acompa�aran mi nombre de verbos como madurar, razonar, tranquilizar, saber estar o algo por el estilo, y eso que siempre presumo de estar por encima de todas las cr�ticas y de la indiferencia, �sta �ltima, la peor cr�tica-.

      Lo mejor de todo es que ma�ana a medianoche ser� elegido
hombre apasionado del a�o en un acto p�blico. El premio: hacer caso omiso durante un tiempo prudencial a mi tendencia de mirar s�lo en l�nea recta. Tengo esa dispensa. Debo demostrar ante miles de personas del material que est� hecha mi pasi�n. A partir de ma�ana se me permite bajar la mirada para que mis ojos se enreden cuando quieran en los negros tent�culos de la pasi�n verdadera, all� donde tantos a�os aliment� mi adicci�n a base de cigarrillos, alg�n porro, sorbos peque�os e inyecciones anti-crecimiento.

      Y sabiendo que tengo inmunidad diplom�tica en los cuerpos de mujer y que ya no estoy supeditado al hecho de apoderarme de la realidad mirando exclusivamente en l�nea recta, bajar� unos d�as a los tobillos. S�, pero, �a cu�les?. Por desgracia Inmaculada tuvo que irse y la nueva asistenta apenas alcanza 20 cent�metros de di�metro. �C�mo extra�o aquellos tobillos hel�nicos de bronce con lunares de m�rmol engastados y estr�as de oro blanco que, con una suavidad pasmosa y con glamour, a�n seguir�n, supongo, desliz�ndose desde el muslo pierna abajo hasta el gemelo como si de un ej�rcito de culebras albinas o espermatozoides fosilizados en la piel -y mi m�s sincero homenaje al semen que Hefesto verti� sobre la pierna de Atenea mientras trabajaba en la forja- se tratara!

�Nadie se acuerda ya de Clara?. Clara tiene 45 cent�metros de di�metro en cada tobillo, las columnas de oro de un mill�n de quilates y de unos doce m�dulos de altura, el capitel adornado con hojas de acanto, volutas y caul�culos, la cornisa adornada con dent�culos, triglifos y modillones, una gran moldura que ha inspirado mis sue�os y un friso frondoso adornado con metopas. �Qui�n es si no mi
pasi�n verdadera?, �qui�n lo sabe?. Nadie excepto ella. Hoy he vuelto a bucear en su bragueta.

     
Y si nunca tuve madre y los tobillos tuve de Inmaculada, si �stos se perdieron y ahora me quedan los de Clara, �qu� hay de freudiano en todo �sto?. �Ser� la pasi�n una disfunci�n del subconsciente? -mutis, el individuo admiraba conn sa�a el salto de arena, saboreaba cada grano: diminutos caramelos agridulces saltando al vac�o-. �O ser� una enfermedad cong�nita?, �u otra consecuencia de los putos cromosomas?

     
Sin olvidar los tobillos -antesala y pre�mbulo del deseo-, mis ojos se enredaron para la eternidad en los oscuros tent�culos de la pasi�n verdadera. Las manos quietas, ver pero no tocar. Por supuesto, �acaso lo dudas?, estoy m�s limpio que una patena. Todav�a asisto a diario a la misma terapia de desintoxicaci�n, cr�etelo: una intensa, amarga y cruel tortura, aunque, si lo pienso fr�amente, ya estaba necesitando como el comer, s�, y como el fornicar, un escarmiento y un duro correctivo, benditos sean.
"Tobillo jónico". Ilustración de Pedro Alarcón.

      �Y por qu� los tobillos el primer recuerdo y no cualquier otro?. Lo s�, os debo una explicaci�n. Yo, al contrario que todos los ni�os, fundamento mi aprendizaje del mundo, el bien y el mal, el blanco y el negro, saber distinguir las dos caras de todas las monedas -porque soy de la opini�n de que todos los conceptos tienen un anverso y un reverso-, en el simple hecho de mirar siempre en l�nea recta y no dejar que nada pase de largo por mi vida,
a la vez tan breve, tan surtida, tan azarosa -hecho del que ya escrib� en De las estaciones, cuento integrante del libro Clara en el espejo y nueve instant�neas publicado recientemente en Huerga y Fierro Editores como dotaci�n por haber obtenido el Premio de Creaci�n Literaria Arte y Creaci�n Joven 1999, antiguo Premio Gustavo Adolfo B�cquer, hecho del que no me cansar� de escribir jam�s-. La vida es un paisaje al que robarle los trazos. Un paisaje que puede cambiar bruscamente de tonalidad seg�n el curso de los acontecimientos. El hombre, si fuera hombre, deber�a atreverse con todo cuanto ve, coger lo bueno y lo malo que la realidad le ofrezca, interiorizarlo, agitarlo hasta apropi�rselo, sentirse el amo y se�or de todas las cosas y desechar al final lo que no le convenga -el hombre, si fuera hombre, deber�a repasar alguna vez sus huellas hist�ricas-.
"Tobillos jónicos". Ilustración de Pedro Alarcón.
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