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el baile de los insomnes
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     Desde que se le durmieron los tobillos no dorm�a ni bailaba. Por el d�a la casa se llenaba de amigos y por la noche de soledad. Con las primeras luces del alba Alba le�a un fajo de peri�dicos que dejaban en la entrada, y con los albores del crep�sculo comenzaba a cocinar una tarta de fresas. La compasi�n era un dulce amargo que deb�a aprender a tragarse de un mordisco. Los aplausos y los zapatos de charol ya eran piezas del museo de su vida. Despu�s del Accidente todo val�a nada. Cuando se contempla a una bailarina en silla de ruedas s�lo se ve la silla de ruedas. Alba quer�a volver a bailar, por lo menos en sue�os, pero despu�s de la marcha de Juan no pod�a dormir. Ning�n hombre es tan fuerte para aguantar sus obsesiones en un brazo y un amor inv�lido en el otro.

      Juan era astrof�sico y los cristales de sus gafas parec�an dos telescopios. Tambi�n era alto y hermoso, tan alto y hermoso que sin gafas era el vivo retrato de John Houston. Despu�s del Accidente de Alba no dud� en ponerse lentillas, y Juan hizo de John para marcharse a un observatorio de Houston. Dos a�os atr�s, el d�a del eclipse, �l le dijo que la amaba y ella se enamor� de �l. Las obsesiones de Juan eran el planeta J�piter, las fresas y los tobillos de Alba. Le encantaba verla bailar y ponerse de puntillas. Ambos se atiborraban de fresas, las com�an mordiendo los extremos hasta besarse; y para Juan, que no ten�a idea del arte culinario, la tarta de fresas de Alba era un exquisito manjar. En cuanto a J�piter, Galileo y Marius descubrieron cuatro de sus lunas -Europa, �o, Gan�medes y Calisto-, y Juan, tras elaborar un compendio de mil quinientas cuartillas de c�lculos c�smicos, afirmaba la existencia de un decimocuarto sat�lite. El d�a que la Ciencia confirmara su teor�a, la luna se llamar�a Alba.

      De noche las horas tienen sesenta minutos y los minutos sesenta segundos interminables. El insomnio es como vivir dos vidas y sobrarte la mitad del tiempo. Juan se fue jurando que siempre la querr�a y que s�lo estar�a fuera un mes. De eso hac�a seis meses. Y cada anochecer Alba prepara una tarta de fresas sazonada con raticida. La suele poner en el alf�izar de la ventana para que se enfr�e, y, al d�a siguiente, la encuentra renegrida por el veneno. Y es que Alba no tiene otra forma de matar los recuerdos del amor. Y �ltimamente pasa las noches agarrada a sus prism�ticos, observando a un hombre de abrigo negro apoltronado en el Dique de Poniente, qu� curioso, otro animal nocturno que no pod�a dormir y se dedicaba a vigilar las estrellas. Alba se pregunt� cu�l ser�a su desgracia.

      Y la bailarina se fue convirtiendo en un b�ho de ojos grandes que espiaba el Dique de Poniente y a su noct�vago morador. A veces se le congelaban las pupilas cuando el hombre del abrigo negro se giraba y parec�a mirarla fijamente. Aunque debido a la distancia era imposible que la descubriera. Pero aquella ma�ana, casi con la aurora, el observador de estrellas fue directamente a su casa, salt� la verja y se llev� los recuerdos de Juan. Y de no ser por la silla de ruedas y los tobillos muertos, Alba habr�a salido corriendo tras �l para increparlo o para besarle apasionadamente, no estaba segura. Lo extra�o es que se sinti� mejor. La compasi�n no era tan amarga cuando otros sufr�an el infortunio. Y desde entonces, con las primeras luces del alba, Alba lee un fajo de peri�dicos esperando descubrir una luna con su nombre... O el crimen de una tarta de fresas.
"Tarta humeante". Ilustración de Ethan Mesa.
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