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strawberry passion company �
A Olga.







      Ella me mira quieta junto a la chimenea, como si quisiera recuperar el recuerdo. Me contempla minuciosamente al amparo rojizo de las brasas. Unas veces me mira con odio, otras con incredulidad; casi siempre con lujuria. Pero no, nunca parpadea, nunca deja de espiarme aunque est� a oscuras. Y es que nuestro amor -aunque ella no lo admita ni a la de tres- fue un amor vislumbrado a primera vista. S�, ya lo confes� aquel Cupido jubilado: "El amor es ciego, pero tiene ojos".

      �ltimamente, una amnesia oftalmol�gica le enturbia su preciosa mirada. En estas ocasiones, que, para alegr�a m�a, se repiten cada vez con mayor frecuencia, me acomodo a su lado, en la mecedora junto a la chimenea, y le cuento el cuento de nuestro querer. Me aclaro las cuerdas vocales con un carraspeo profesional de tenor sin am�gdalas, de narrador despistado que busca el hilo de los acontecimientos, y le refiero nuestro relato igual que si redactase una carta -odio a los amanuenses miopes- o dictase mis memorias -detesto a las taqu�grafas bizcas- a un sordo sin
sonotone, porque eso, sordera de memoria, es la nubecilla de algod�n que le va criando en las retinas a mi ojito derecho, a la ni�a de mis ojos.

      Y le escribo esta carta con mis labios, la declaraci�n jurada de los hechos, como si ella no fuera ella, como si se tratara de un c�nclave de nietos que desconocieran el sorprendente final:
     "La conoc� una noche oscura y brumosa, apenas se percib�a el ulular de un b�ho, el siseo de la brisa y los crujidos del bosque. Yo iba hozando el suelo, persiguiendo un rastro huidizo entre la hojarasca, y sin duda habr�a dado con mi presa de no ser por Olga. Quiero decir Holga, con hache, porque ella no es como las dem�s Olgas; ella es diferente.

       Levant� la cabeza y all� estaba, estir�ndose sobre el toc�n de un �rbol, su silueta estilizada recort�ndose en los jirones de niebla. �C�mo logr� acercarse sin que me percatara? No lo s�. Lo �nico que me inspira confianza en este mundo son mi experiencia y mi percepci�n -principalmente o�do y olfato-, y Holga fue capaz de pisotearlos en la primera ocasi�n que dispuso. Digamos que Holga me dej� petrificado con sus ojos azules de Hydra, para adivinar -tampoco s� c�mo- que podr�a mordisquearme la sabrosa carne del coraz�n.

      A pesar de mi postura de advertencia, claramente visible en mi ce�o fruncido y las quijadas tensas, tuvo la osad�a de acercarse, lentamente, contorne�ndose, inmoviliz�ndome con sus pupilas posadas en las m�as. Me husme� un poco y se restreg� entre mis patas, y cuando se sinti� satisfecha de s� misma, Holga lanz� una ojeada insolente con sus inmensos ojos azules para traspasarme los p�rpados, para dejarme enceguecido y desorientado... Para abandonarme con el mismo silencio de la luna al alba. Yo me qued� temblando, con un regusto amargo en el cieno del paladar. Y no tuve m�s remedio que seguirla como una sombra que busca el contraluz. En aquel momento cre� que hab�a urdido un hechizo con su danza, y pens� -�ojal� fuera �rbol y enraizara los pensamientos bajo tierra!- que me hab�a enamorado de los ojos de Holga, esos hojos, con hache, que son de pantera, no de gata.

      La segu� durante varias jornadas pero ni siquiera se dign� a mirarme. Cuando me acercaba demasiado, Holga erizaba el pelaje y arqueaba el lomo, oblig�ndome a una retirada con el rabo entre las piernas y las orejas gachas.

      Pero el infortunio de Holga fue mi conquista. S�, aquella vez que se acerc� demasiado a un sembrado de la Gente Grande y se entretuvo palmoteando una pelota de trapo. Baj� la guardia un instante y cuando quiso darse cuenta tuvo ante s� tres perros furiosos, dos mastines y un galgo, que la rodeaban delante de unas zarzas infranqueables. Fue la �nica ocasi�n que vi el p�nico en los ojos de Holga. Y antes que la destrozasen salt� desde los matorrales donde me ocultaba... Y los perros guardianes quedaron desconcertados, con la respiraci�n contenida y los hilos de babas colgando de los belfos.� Es l�gico, yo era el doble de grande que el mayor de los tres, mis colmillos eran pu�ales del color de la yema de huevo y ante mi mirada suicida, ante la mirada roja de un lobo gris, no es f�cil mantener la calma, tampoco la compostura. Aprovech� la sorpresa y antes que salieran del estupor y fuesen conscientes de que tres es un n�mero muy superior a uno, la agarr� de la molleja y me escabull� con la fugacidad de una lagartija, con Holga colgando entre mis fauces.

      Y la situaci�n cambi� un poco. Holga me acept� como se acepta una mascota. Por eso me dejaba de vez en cuando que contemplara maravillado sus ojos, yo sentado sobre mis cuartos traseros, ella tendida en la yerba, inm�vil, como una esfinge a orillas del Nilo. Y juro por mis antepasados que asemejaba a una diosa venida del Olimpo de los gatos. Y debo dar testimonio de sus hojos, con hache, esa hache muda que tambi�n se aplica al hamor (el amor que rompi� mis normas ortogr�ficas), porque aquellos ojos, m�s que verlos, los sent�a recorri�ndome la piel y dejando tras de s� un adarce de escalofr�os. Y al pensar en ellos no puedo evitar caer en el sacrilegio de los poetas. Porque eran dos canicas de mar, azules, intensos, ungidos de espuma y olas que bailaban, de gaviotas y delfines y caracolas y sal. No puedo evitar el plagio de un pintor con talento. Porque en los amaneceres de albaricoque sus ojos estallaban en salpicaduras de acuarela. No, no lo puedo evitar, yo tambi�n he pecado -tambi�n me he condenado para siempre- en el intento de describir la hermosura indescriptible.

      Holga nunca vio nada bello en m�. Y no crean que la estampa de un lobo de mechones aferruzados no es conmovedora, es s�lo que Holga ten�a el coraz�n igual que su pelambre: del color y la temperatura de las cumbres nevadas.

      Y desde entonces vagamos juntos por montes y campi�as, cambiando de rumbo a su antojo, castig�ndome con su indiferencia y alguna que otra muestra, por supuesto cruel, de cari�o en los ojos. �Qu� orgullosa ella con su lobo domesticado! �Qu� pizpireta con el rabo tieso y la mueca de sus labios! Qu� pena, dec�an mis cong�neres, un lobo manso. S�, manso pero enamorado de Holga, la gata, de sus ojos que son ojos de pantera, hojos, con hache, que me hacen suspirar aull�ndole a la luna, all� arriba, en lo alto del cerro y al abrigo de las estrellas.

      Si conociesen a Holga sabr�an que es arisca por naturaleza, pero tambi�n traviesa y juguetona. Por eso inventaba mil y un entretenimientos ruines para hacerme sufrir. Su preferido era afilarse las u�as en mi vientre. Para ella era devoci�n y mandato, humillaci�n y escarnio donde satisfacer su control sobre m�. Y yo apenas aguantaba el dolor y las ganas de llorar. Y muchas veces mi panza quedaba enrojecida y repleta de ara�azos, pero sab�a que cicatrizar�an en cuanto escuchase la respiraci�n apocada de Holga, en cuanto reposara su cabeza en mi barriga y conciliara un sue�o mitigador.

      En ocasiones, Holga era presa de unos accesos de alegr�a muy graciosos, que me hac�an sonre�r a distancia. No puedo concretar la causa, a veces se trataba de una charca que serv�a de espejo, otras de un pi��n que ca�a de un �rbol o un remolino de polvo, pero lo cierto es que Holga enloquec�a de contento. Y brincaba y saltaba y daba volteretas sobre s� misma, y zigzagueaba intentando dar caza a su rabo, y ejecutaba cabriolas circenses para despegarse de su sombra. Qu� enternecedor. Acosaba a los escarabajos hasta dejarlos sin aliento. Produc�a una lluvia de pelusillas dando zarpazos a un diente de le�n. Al retozar por la hierba la imaginaba arena de playa. Y yo ten�a un pellizco en el est�mago porque deb�a mantenerme apartado. Mi obligaci�n era no molestar. La primera vez que asist� a su algarab�a desmedida, corr� emocionado a fundirme con ella y sus locos requiebros... Pero me recibi� con un silbido de ira y una bofetada en los hocicos. Y desde entonces me conformaba con vislumbrarla de lejos, bueno, no muy lejos, la distancia necesaria para que no me sesgara el alma; la distancia suficiente para presentir el azul de sus ojos; la distancia reglamentaria para un �ngel protector, un �ngel peludo con garras en vez de alas.

      �ltimamente mi tripa andaba quej�ndose. Me daban tales retorcijones y apreturas que me ve�a obligado a acuclillarme tras un seto, muerto de verg�enza, pensando que era demasiado grande para hacerlo tan peque�o. P�brecita ella, mi tripa. Holga pertenec�a a esa logia de gatas modernas, ese club mas�nico de mininas que practican el vegetarianismo para aunar elegancia y delgadez. Y por ella me tocaba zamparme frambuesas y zarzamoras, madro�os y grosellas que ten�an el mismo sabor ins�pido, la misma consistencia evanescente de los sue�os que no se recuerdan. Aunque confieso que a veces me escabull�a para infringir la ley: a�ad�a una comadreja despistada a mi dieta herb�vora, un complemento necesario a los platos de setas y champi�ones, de esp�rragos y berenjenas que ya me andaban criando hiedras en las paredes de la tripa. �Cu�nto echaba de menos una pierna de corzo! O un flanco de esas cabras montesas, las de ornamenta de cornamusa. �Ay, mi pobre barriguita, todo sea por complacer a Holga!

      Pero lo admito, yo era feliz. Y es que los d�as nublados me mor�a de alborozo. Cuando el cielo se revest�a de plomo a m� me ven�a una melancol�a espesa. No, no era una melancol�a de pesadumbre, era una melancol�a risue�a, de anhelo a que el firmamento rompiese en llanto. Porque su tristeza era mi alegr�a. A Holga no le gustaba mojarse, le daban miedo los truenos. Y cuando ca�an las primeras gotas como pip� de pajarillos peregrinos, un j�bilo incontrolable se apoderaba de mi interior. Nos agazap�bamos bajo ramas frondosas que hac�an de paraguas, y Holga se enroscaba en m� y me usaba de caperuza. Entonces pod�a disfrutar de su perfume, algo as� como tierra h�meda y yerbabuena; y me dejaba atusarle con las garras la piel de terciopelo, y hacerle crenchas enredadas, y morderle con cari�o las puntitas de sus orejas. Ella no pod�a disimular el placer, y se le escapaba un ronroneo que intentaba disimular con tosidos de mentira. Y aunque una racha de viento sol�a agitar las hojas, provocando un aguacero que se escurr�a empap�ndome hasta el tu�tano, no me importaba en absoluto: se trataba de la �nica ocasi�n en que pod�a fantasear que Holga era m�a, que sus ojos me pertenec�an sin condiciones.
     Cuando los �rboles se desnudan de hojas y un ocre difuminado invade el paisaje, cuando el oto�o trae nuevas f�bulas y en las madrigueras se explican las moralejas pasadas... Entonces llega la temporada. Una picaz�n atenaza los huesos y altera la sangre, no se puede pensar con claridad y uno anda como despistado de un sitio para otro. Pero esta temporada yo ten�a una panacea infalible para combatir la fiebre, ten�a los ojos de Holga para tranquilizarme, ten�a su frialdad para rebajar el celo de mis entra�as.

Sin embargo una noche despert� con un sobresalto, aturdido, con un sudor de escarcha que no sab�a a qu� atribuir. Por uno de esos misterios de la naturaleza camin� por la oscuridad y la vi en un altozano, relumbrada por la reina de plata. Qu� hermosa, pens�. Holga dorm�a, y aquella hembra de ensue�o era una loba joven que aullaba despacio a la b�veda negra; que me llamaba con un reflejo de amargura, con una letan�a de amor imperecedero.
     El mundo rueda y rueda, el albor y el crep�sculo vienen y van perennemente a contrapi�. Parece que nada cambia, que el tiempo se detiene si no hay un sufrimiento que lo ponga en hora. Y sucedi� un d�a que estando en un claro rodeado de encinas, alfombrada la tierra de musgo y tr�boles, percib� un olor peculiar que vagamente ol�a a peligro. No me equivoqu�. Alguien nos sinti� como amenaza y trat� de defenderse. Un jabal� moteado apareci� como una exhalaci�n de la espesura e intent� embestir a Holga. De nuevo la salv�. Me interpuse justo a tiempo y recib� tal impacto que vol� por los aires. Cuando el jabal� comprob� qui�n hab�a recibido el topetazo, prefiri� huir. Y yo qued� postrado en el verde h�medo, gimoteando, con apenas tino para respirar.

      No pod�is creer lo que sucedi� entonces. Holga no me abandon� un instante, me cubri� a lametazos curativos mientras trataba de levantarme con su morrito. Desafiando a las alima�as del bosque y a los gavilanes de las alturas, caz� ratoncillos y estorninos para m�, tray�ndolos escrupulosamente enrollados en hojas de helecho para que no perdieran el calor. Tambi�n me ayudaba a dormir, me cantaba canciones de luna al o�do y yo me sent�a acunado, cuando en realidad era ella la que se mec�a de un lado a otro, magnetiz�ndome. Incluso en las alboradas se manten�a quieta, de cara al Norte, con los bigotes tiesos intentando que el roc�o cuajara en ellos y yo pudiera beber un sorbo de agua.

      Y yo creo que me cur� la incredulidad, la incredulidad de ver renacido un amor imposible en las cenizas de mi desdicha. Al concluir mi convalecencia, Holga quiso perfeccionar su malicia y pas� de ama descre�da a esclava resignada. No, no tengo suficientes conocimientos asc�ticos para explicar tan repentina transformaci�n. Sus ojos eran los mismos, pero Holga no era Olga ni con hache ni sin ella. Se trastoc� el rol de
la Bella y la Bestia, pues ahora ya no era la princesita sino el sapo que espera un beso. Estuve a punto de comprarme unas gafas porque lo ve�a todo claramente, pero me faltaban algunos aumentos para creerlo. Ya no se afilaba las u�as en mi vientre; me permiti� participar en sus juegos infantiles; me recomendaba exquisitos platos de carne. Es cierto que le salv� la vida dos veces, aunque �sa no era raz�n para el cambio: �a�n le quedaban cinco en la rec�mara! �Acaso mud� de heter�nimo como Pesoa? �Hab�a alguna intenci�n encubierta? �Pensaba realmente seducirme para despu�s lamerme las l�grimas? Simplemente no lo sab�a. Y esa duda me emborrachaba con el mal car�cter de un vino pele�n.

      S�, Holga se volvi� tan cari�osa, atenta y aduladora que me convenci� de sus sentimientos... Y yo la empec� a detestar con todas mis fuerzas. No soportaba sus mayidos lastimeros. Sus incesantes arrumacos y caranto�as me envenenaban el �nimo, me ensombrec�an a un lobo hura�o que gru��a a la sordidez. Explicar mi comportamiento ser�a divagar con una l�gica sin sentido, igual que interpretar las reglas del amor repletas de excepciones. Pero yo segu�a enamorado de sus ojos, y eso hac�a que el odio no me consumiera por completo.

      Quiz� se le escap�. Sab�a perfectamente por mis amenazas que no deb�a decirlo. Pero lo hizo. El d�a que me advirti� de sus firmes intenciones de tener cachorritos conmigo... �No lo pude evitar! Esta vez no le sirvieron sus siete vidas para salvar una sola, porque se me rompi� el instinto y la despachurr� y la devor� de un bocado, triturando perezosamente la fragilidad de sus huesos (he de admitir que nunca prob� nada tan exquisito; un sabor tibio, delicado). Qu� le voy a hacer, un lobo es un lobo por muy manso que lo haga el amor. �Pero no vayan a pensar que soy una criatura carente de emociones! Muy al contrario, ahora tengo los ojos de Holga en un tarrito de cristal, flotando en formol, sobre una repisa contigua a la chimenea. Ahora puedo verlos cuando quiera para mirarlos fijamente y seguir enamorados de ellos, s�, esos hojos, con hache, porque son ojos de pantera, no de gata".
     Y una vez finalizada la ep�stola delineada con mis palabras, doy un �ltimo vistazo al frasco de Holga, mi atenta oyente, la protagonista sin memoria, e incorporo mis viejos huesos. Con pasitos de mu�eca intento alcanzar la bodega de mi guarida, pues no me vendr�a mal un chat�n de vino rejuvenecedor. Pero a mitad de camino mis patas se detienen y mi mente se nubla... �Ad�nde me dirig�a? �Me propon�a hacer algo? La verdad es que se me olvid� qu� y ad�nde. Cosas de la edad supongo. Y de pronto, sin previo aviso, me doy la vuelta porque alguien ha pronunciado mi nombre con un deje de s�plica. S�, es ella que me observa quieta junto a la chimenea, como si quisiera recuperar el recuerdo. Al amparo rojizo de las brasas me suele contemplar minuciosamente. A veces me mira con odio, otras con incredulidad; casi siempre con lujuria. Pero no, nunca parpadea, nunca deja de espiarme aunque est� a oscuras. Y es que nuestro amor -aunque ella no lo admita ni a la de tres- fue un amor vislumbrado a primera vista. S�, ya lo confes� aquel Cupido jubilado: "El amor es ciego, pero tiene ojos". Yo dir�a m�s, yo dir�a que el amor son los ojos azules de una gata blanca... Porque todas las gatas blancas de ojos azules -�qui�n se atreve a discutirlo!- se llaman Olga.����

                                    ������ LILLEVARGEN
"Gata de noche". Ilustración de Ethan Mesa.
"En fin, se�ora, me veo
sin m�, sin vos y sin Dios.
Sin Dios por lo que os deseo,
sin m� porque estoy sin vos,
sin vos porque no os poseo."

F�lix Lope de Vega.
"La Temporada". Ilustración de Ethan Mesa.
     En las siguientes jornadas Holga not� algo extra�o en m�. Quiz�s fue mi caminar pausado o una ensimismaci�n inexplicable, pero ella me observaba intuyendo alg�n desprop�sito. La incertidumbre me corro�a desde la cola hasta la nariz; y cuando volv�a la vista oteaba la loba entre los arbustos, esper�ndome. Qu� hermosa, pensaba. Era de una raza de las nieves, seguramente habr�a nacido en brazos de un glacial, al resguardo de la cinarra en un desfiladero de m�rmol. Es duro sobrevivir al fr�o y la ventisca, mas los lobos de las estepas son los mejores cazadores que existen: su fuerza e inteligencia son legendarias entre la Gente Grande. Adem�s poseen una tenacidad asombrosa para huir de la muerte, dicen que consiguen olerla a grandes distancias, lo que les convierte en animales longevos y sabios (tan longevos y tan sabios que finalmente deciden descansar y morir). Y aquella loba era todo eso y mucho m�s. A veces se dejaba ver por completo, erguida e inm�vil para que admirase su cuerpo, para que me hirviera el deseo y me abalanzara sobre ella, haci�ndola m�a sin saludarla ni preguntarle su nombre... �Ah! Ten�a que patear hacia atr�s y morderme la lengua para resistir la tentaci�n. Y es que mi loba de las nieves ten�a la mirada verdeazul y la juventud de los que a�n saben so�ar... Tambi�n la paciencia de las monta�as y el ardor de los hielos.

      Holga se enter� de mis tribulaciones. Arrug� el entrecejo y dud� entre hacerme da�o o engatusarme vilmente. Por un instante la cre� celosa; pero s�lo fue un fugaz anhelo. Pronto volvi� a ser lo que era, una gata altiva y consciente de ser due�a de un leal siervo, de un entretenimiento, de apenas, casi, un animalito de compa��a.

      Cuando un lobo elige pareja es para toda la vida. Y aquella hembra de gestos asilvestrados me eligi� a m�. A pesar de la seguridad de Holga, hubo dos ocasiones en que se le derrumb� la soberbia y tuvo que retenerme desesperada, para que no marchase para siempre. Fueron dos sacudidas del alma que me hicieron detener los pasos y lanzar un aullido desgarrador, convencido a la despedida. Entonces Holga se revolv�a rabiosa, sus ojos se tornaban montaraces, se achispaban y se escurr�an de un aguamarina donde me sumerg�a sin darme cuenta, una paz tornasolada que era olvido, soledad y muerte en los posos de sus iris. Y por dentro no pod�a evitar re�r, y llorar, y morir... Porque sin duda ese azul deb�a ser el color de la felicidad. Y Holga me ataba a su lado sin esfuerzo. Y me retuvo finalmente, s�, ya eleg� inseparable compa�era: los ojos azules de Holga, esos hojos, con hache, esas canicas de mar que me dominaban como el eterno vaiv�n de las mareas.

      Y al t�rmino de la temporada de celo mi loba de las nieves desapareci�, dejando un rastro de salitre, un caminito de llanto que se iba secando por el suelo pedregoso.
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