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| si tu odio es tan fuerte jos� lobillo |
| strawberry passion company � |
| Ya s� que me odias, pero no te preocupes que no me voy a morir. Hace pocos meses habr�a sido una blasfemia escribirte esta carta. Sin embargo ahora lo necesito con la desesperanza de un Dios sin religi�n. Es curioso que sea yo quien te dedique unas palabras tatuadas en papel, pues la literatura y la amistad siempre fueron tus armas contra el mundo; las m�as, por desgracia y a temprana edad, siempre fueron la guitarra y la jeringuilla. No, no te preocupes, que por mucho que me odies no me vas a matar. Es cierto que fui yo quien empez�, aunque en la adolescencia todo lo bueno es malo y todo lo negro es negro. Te empe�aste en verme como un ni�o a pesar de que golpeaba como un hombre. Y s�, admito que tard� a�os en arrancarte del alma ese s�ndrome del Pr�ncipe Azul que sufr�as por m�. Pero al final lo comprendiste. "Los toreros y los valientes llevan en el pecho las cornadas de la vida", sol�as decir. Pues bien, yo ni era valiente ni torero ni ten�a cornadas en ninguna parte. En todo caso ser�a un banderillero por naturaleza, primero pincho y despu�s corro; yo tiro la piedra y escondo la mano para agarrarme el paquete y hacer gestos obscenos. A�n recuerdo aquel pueblecito a donde fuimos a vivir los dos. �C�mo se llamaba? Lo tengo en la punta de la memoria... �Frigiliana! Se llamaba Frigiliana. Qu� lugar tan bello, tan reposado, tan r�stico, tan blanco. S�, demasiado bello, reposado, r�stico y blanco para m�. Era el sitio perfecto para una escritora que necesitaba tranquilidad e inspiraci�n; el encierro adecuado para domar mis �mpetus de rebelde sin causa. T� siempre tuviste el amor y el dinero; yo la avaricia y la mala hostia. Un atardecer, en aquella azotea de baldosas rojas -tan rojas como la sangre roja- desde donde se oteaba el mar poniendo la mano de visera, me le�ste unos versos de Pesoa: "... A veces, y el sue�o es triste,/ en mis sue�os existe/ lejanamente un pa�s/ donde ser feliz consiste/ solamente en ser feliz". Mi sonrisa de burla y desprecio fue un insulto demasiado cruel para tus poetas muertos... Y jam�s volviste a recitarme algo hermoso. No, no te asustes que no me voy a morir sin que me vuelvas a odiar. �Cu�nto tiempo ha pasado? �Cinco? �Diez a�os? Hace tiempo que el tiempo ha dejado de ser importante a mis pies fugitivos, a mis ojos vagabundos. Me fui aquella noche de San Juan porque ten�a la certeza de que te doler�a m�s de lo imaginable. Me llev� la chupa de cuero, la guitarra y un fajo de billetes. Y all� se qued�, sobre la mesa de la cocina, una hoja en blanco y un bol�grafo bic cristal, para que supieras que no me olvid� de despedirme: que no me desped� porque no quise hacerlo. Y todo sucedi� muy r�pido. Tal vez demasiado. Las puertas del Para�so que me negabas se abrieron ante m� como la boca del Infierno. El triunfo con la banda fue fulgurante. El primer disco se vendi� igual que migajas de pan a la puerta de un hormiguero. Rock&Roll, chicos guapos, cuerpos musculosos, irreverencia juvenil. Lo ten�amos todo y lo sab�amos. En los estadios a reventar la gente gritaba nuestros nombres y las chicas nos arrojaban la ropa interior. Veinticuatro horas para emborracharte con champ�n y cerveza. Veinticuatro horas para atiborrarte de anfetaminas y caballo. Veinticuatro horas para enloquecer con la m�sica a toda pastilla. Veinticuatro horas para fornicar con todas las ni�as bien. Veinticuatro horas para vivir la vida en un d�a. Pero a veces me acordaba de ti. En los momentos menos sospechosos y m�s delictivos. Y escuchaba el eco de tu voz en las cuerdas de mi instrumento. Y yo me negaba a tocar. Y nos pele�bamos a pu�etazo sucio hasta sangrar por la boca. Y aquellas noches el concierto sal�a redondo. Y la borrachera duraba m�s. He dado tantas vueltas al mundo que estoy mareado de dormir al amanecer y hacer el amor a mediod�a. He aprendido tantas cosas que ahora conozco el valor de la ignorancia. Ten�as raz�n en todo y yo me equivocaba en el resto. Ya no me quedan fuerzas para hacerme el tipo duro, ya s�lo me queda tu odio. Siempre me he despreciado a m� mismo, y ahora que me marcho lentamente me aferro a tu inquina como un epitafio de boj: "Los viejos roqueros nunca mueren... Pero en ocasiones la inmortalidad es demasiado corta". Tengo c�ncer de est�mago. Sab�a que estaba podrido por dentro, pero no tanto ni tan pronto. Deber�as verme y echarte a re�r. La agresiva quimioterapia me despioj� las gre�as y extermin� cada cabello de la cabeza, hasta dejarme el cr�neo igual que una peladilla de Semana Santa. Mis manos de picapedrero se han resquebrajado. Mi cuerpo es un tallo de junco incapaz de caminar sin ayuda. Mi incontinencia urinaria hace competencia al Manekken Pis. S�, deber�as venir y se�alarme con el dedo como a un monstruo de feria. Pero no te preocupes, que por mucho que me odies no me vas a matar. Te conozco demasiado bien. No quiero que gastes tus monedas en el Cristo de Medinaceli ni en San Judas Iscariote. Lo m�o no tiene remedio con milagros de bolsillo porque es un castigo del Dios en que no creo. La quimioterapia no fue eficaz y el �ltimo recurso es pasar por el quir�fano. Y no, no quiero que pienses en tu madre. Tu madre, una santa sin altar, una mujer piadosa que cuid� sin reparos a su t�a Ernestina. Muchas veces me contaste que tu madre fue la �nica de la familia que atendi� a la anciana enferma. Tu madre hac�a de tripas coraz�n cuando le limpiaba aquel hueco en carne viva, aquel cr�ter ensangrentado que qued� en la mujer despu�s de que el tumor se comiera un pecho. Tu madre se mord�a el llanto y la l�stima al meterle el emplaste de pitraco en el agujero, porque no hab�a otra forma de enga�ar el voraz apetito del c�ncer. No pienses en eso, es demasiado triste. Las cosas han cambiado desde entonces. Ahora la gente muere en los hospitales con una esperanza facultativa en los o�dos. Pero yo no me pienso morir hasta volverte a ver... Si tu odio es tan fuerte. Nunca he pedido perd�n. Para que me perdonaran todos a los que hice da�o -�existe alg�n pecado del que no podamos arrepentirnos?- tendr�a que besar muchos culos y derramar muchas l�grimas de cocodrilo. Pero contigo es diferente. No me cuesta llagarme la boca y pedirte perd�n mil veces mil. Porque quiero volver a besarte. Quiero volver a pasear juntos por los cerros de Frigiliana. Quiero leer tus novelas y sentirme orgulloso de ti. Quiero abrazarte y derramar en tu cuello las l�grimas que me tragu� por ser hombre. Quiero volver a olerte. Quiero sentir tus manos. Quiero, quiero, quiero. Quiero que tu odio sea tan fuerte. Los enfermeros ya terminaron de prepararme. Me han dedicado las mismas palabras de aliento que repiten como un bocadillo de ajo paciente tras paciente. Ma�ana ser� la operaci�n. No sabes con qu� anhelo desear�a verte al abrir los p�rpados. De todos modos, si tu odio no es tan fuerte, no te preocupes, los bichos malos y la mala yerba han de perecer y marchitarse alg�n d�a; es ley de vida. Si tu odio no es tan fuerte, no te preocupes, seguro que nos volvemos a encontrar en ese pa�s de Pesoa donde ser feliz consiste solamente en ser feliz. Te quiere y quiere que des un paso atr�s en el camino de los sentimientos -porque del amor al odio s�lo hay un paso adelante-, tu hijo Andr�s. |
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