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4.1. Los antecedentes de la tradición revolucionaria
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Revista
llegada en 1878 y distribuida por la Federación Gráfica
Bonaerense |
Los comunistas pertenecemos a una de las culturas políticas
más antiguas de la Argentina. De hecho, desde 1850 en
adelante existen periódicos y esfuerzos organizativos por
parte de representantes de la población negra (El
proletario, 1857) y de grupos de inmigrantes europeos con
antigua tradición de lucha (Sección Francesa de la Primera
Internacional en Buenos Aires,1872).
El antecedente directo más antiguo de la tradición política
socialista y comunista se remonta a la Comisión Organizadora
de los actos del Primero de Mayo de 1890 (en simultaneo con
la celebración mundial por vez primera), que se realizaron
en Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca y Chivilcoy, dado que
esta acción constituyó el primer intento por fundir la
cultura revolucionaria con el movimiento obrero realmente
existente.
Y eso es precisamente el comunismo como movimiento social.
Desde 1857, año en que se funda la Sociedad Tipográfica
Bonaerense, transcurría un proceso de tránsito desde las
formas mutualistas a la de organizaciones de lucha de la
clase obrera por sus derechos (en 1877 los mismos gráficos
protagonizan la primera huelga proletaria) y contra el
sistema capitalista. Proceso que es el que desemboca en mayo
de 1890.
De aquella Comisión Organizadora -conservamos sus nombres:
José Winiger, Nohle Schultz, August Khun y Marcelo
Jacqueller-, surgió luego el intento de organizar una
central obrera en la Argentina, que tuvo en el periódico El
obrero de Germán Ave Lallemant su órgano de clara definición
marxista.
Al fracasar la formación de la Federación Obrera Argentina,
en 1892 se tomó la decisión de constituir la Agrupación
Socialista. En 1894 se funda el periódico socialista La
Vanguardia, y en 1896 ya se constituye formalmente el
Partido Socialista, en cuya fundación participaron algunos
de los más renombrados intelectuales de la época: José
Ingenieros, Roberto Payró y Leopoldo Lugones, entre otros.
Desde su segundo Congreso, el Dr. Juan B. Justo se convirtió
en el principal referente, llevando al Partido Socialista
todas las contradicciones, virtudes y límites que hoy se
pueden analizar de quien fue traductor del primer tomo de El
Capital de Carlos Marx, un intelectual de nota que
utilizaba, indistintamente nociones del positivismo y el
liberalismo, junto con ideas socialistas, con el resultado
que es de imaginar.
4.2. La Argentina que pretendían subvertir los fundadores
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1º de Mayo de 1912 |
La generación del '80 es la que consuma la organización del
Estado capitalista en la Argentina, completando las tareas
pendientes que la alianza de comerciantes y herederos de los
conquistadores españoles no había podido resolver luego de
la ruptura del dominio colonial (la Revolución de Mayo de
1810), que recién pudo abordar al finalizar la disputa
abierta entre los distintos grupos de poder regional con la
oligarquía porteña (la guerra civil entre caudillos que duró
casi hasta 1880).
Para ello necesitaban:
Transformar la ciudad de Buenos Aires en la Capital Federal;
Disolver (y / o aplastar) los Ejércitos Provinciales y
constituir un único Ejército Nacional;
Estabilizar una relación de subordinación complementaria con
el Imperio Británico que se conoció con el nombre de modelo
de desarrollo capitalista agro/exportador, pero que requirió
de endeudamiento externo (desde aquel primer empréstito de
Rivadavia con la Baring Brothers) y del incentivo de la
inmigración europea para poner las tierras a producir y
contando con mano de obra, barata y relativamente
calificada, para la industria naciente.
Para fines del siglo XIX el modo de dominación, orden
conservador le llaman los historiadores profesionales,
mostraba sus límites para contener a los nuevos actores
sociales: los trabajadores y las capas medias urbanas y
rurales. La Rebelión del Parque de 1890, de la cual surgiría
la primera Unión Cívica Radical, marcaba la presencia y
reclamos de estos sectores.
La respuesta de la oligarquía sería la ley Sáenz Peña de
1912, que instauraba el voto masculino obligatorio, y que
buscaba la integración al sistema de los sectores
subalternos. La llegada de Irigoyen al gobierno en 1916, si
bien lleva al sillón de Rivadavia a la figura no esperada,
consuma la maniobra política y logra estabilizar el dominio
burgués, más allá de las peleas puntuales entre distintos
sectores del bloque de poder.
4.3. El nacimiento del Partido Comunista
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Luis Emilio Recabarren |
El esfuerzo por integrar los reclamos y neutralizar las
luchas sociales con las elecciones, también tiene éxito con
los socialistas; entre quienes los sucesivos avances
electorales refuerzan la tendencia a suplantar el objetivo
revolucionario de abolir el capitalismo y construir el
socialismo, por la ilusión de reformarlo sucesivamente hasta
que, sin mediar la toma del poder, se auto transforme en
socialismo democrático.
La tendencia al reformismo se articulaba con un corrimiento
generalizado a la derecha en casi todo el movimiento
socialista mundial de la época (del que se salvaban los
bolcheviques rusos de Lenin, los seguidores de Rosa
Luxemburgo en Alemania, y no muchos más).
El electoralismo se expresa de un modo muy agudo en los
intentos de despolitizar la labor sindical y juvenil. Y es
desde esos sectores que vendrá la resistencia al reformismo.
Resaltan en esos esfuerzos la constitución de la Comisión de
Propaganda Gremial, en 1914 y la fundación de la Federación
Juvenil Socialista, en 1916.
Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, los debates se
agudizan y las posiciones se separan: la mayoría de la
dirección y la totalidad de los legisladores se deslizan
hacia un intervencionismo pro / Entente (Gran Bretaña,
Francia, Rusia, EE.UU., etc.) como un modo de sacar provecho
electoral de la neutralidad asumida por Irigoyen. En abril
de 1917 el Partido Socialista realiza un Congreso
Extraordinario e imprevistamente el grupo de izquierda
consigue aprobar un mandato prohibiendo a los legisladores
socialistas convalidar medidas belicistas. En setiembre, con
la excusa del ataque por los alemanes a un barco argentino,
los diputados aprueban leyes de tal carácter desatando una
crisis de proporciones en el Partido Socialista. Al advertir
la gravedad de la situación, los diputados apelan a una
maniobra oportunista: amenazan renunciar a las bancas si no
se les renueva la confianza cambiando el eje de la discusión
del hecho de haber violado las resoluciones congresales y
llevado al Partido, a una posición seguidista del
imperialismo inglés.
La maniobra se abre paso, chantajeados por la perspectiva de
perder la representación parlamentaria, la mayoría de los
militantes del partido se pronuncia por la dirección, y ésta
genera una dinámica para expulsar a los internacionalistas,
los que, estimulados por el triunfo de la Revolución
Socialista en Rusia en noviembre de 1917 y la euforia
revolucionaria que se expande por todo el mundo, deciden
abandonar el Partido Socialista, realizar su propio Congreso
y fundar un nuevo partido: el Partido Socialista
Internacionalista, más tarde Partido Comunista.
Era el 6 de enero de 1918.
El primer Comité Ejecutivo del nuevo partido estuvo
encabezado por Luis Emilio Recabarren (que fuera años
después fundador del partido chileno), Guido A. Cartey, Juan
Ferlini, Arturo Blanco, Aldo Cantoni (más tarde, uno de los
fundadores del bloquismo sanjuanino), Pedro E. Zibechi,
Carlos Pascali, José Alonso, Emilio González Mellén y
Alberto Palcos (luego miembro de la Academia Nacional de
Historia).
Difunden un Manifiesto que explica lo sucedido al pueblo: El
Partido Socialista, ha expulsado de su seno, deliberada y
concientemente al socialismo. No pertenecemos más al Partido
Socialista. Pero el Partido Socialista no pertenece más al
socialismo. Denunciar esta verdad a los trabajadores y
fundar el verdadero Partido Socialista Internacional son
deberes morales imperativos a los cuales no podremos
sustraernos sin traicionar cobardemente al proletariado y a
nuestra conciencia socialista. Lucharemos en defensa de los
intereses de los trabajadores. Pero cuando breguemos por el
programa mínimo será a condición de abonarlo, de empaparlo,
por decirlo así, en la levadura revolucionaria del programa
máximo, consistente en la propiedad colectiva, por cuya
implantación, a la mayor brevedad, lucharemos sin descanso y
sin temores.
A los pocos meses, en la primera elección del Consejo
Deliberante de la Capital Federal, el nuevo partido consigue
elegir un concejal, Juan Ferlini. En la segunda elección se
sumaria como Concejal, José F. Penelón, acaso el dirigente
mas popular en los primeros años.
Los primeros diez años del partido son años de intensos
esfuerzos por aportar a las grandes luchas obreras,
estudiantiles y populares: la Semana Trágica, la Patagonia
Rebelde, la Reforma Universitaria, la huelga de los
trabajadores de La Forestal en el norte santafesino, de los
portuarios de Rosario y Buenos Aires, etc. logrando, en
general, jugar un buen papel en cada una de ellas.
Miguel Contreras, desde la dirección de la Federación Obrera
Cordobesa, va al encuentro del movimiento juvenil de la
Reforma y contribuye a fundar una consigna que aún resuena:
Obreros y estudiantes, unidos y adelante. El comunista
Albino Argüelles es junto con el gallego Soto, de
inspiración anarquista, organizador y dirigente de las
huelgas de la Patagonia Rebelde, que serán aplastadas por la
represión militar asentida por el gobierno radical de
Irigoyen. Argüelles fue fusilado por un oficial de apellido
Anaya. Marcos Kaner, uno de los anarquistas que más aportó a
organizar los mensúes de La Forestal en el Chaco
Santafesino, organizador de huelgas y rebeliones populares
en todo el noreste argentino -que llegó a dirigir el
copamiento de la ciudad paraguaya de Encarnación como parte
de un plan para tomar el poder- se afilió más tarde al
Partido Comunista.
4.4. La estrategia del frente democrático nacional
Durante la primera década de vida del partido se suceden los
congresos (ocho en diez años), las discusiones ardorosas,
los cambios de dirección nacional y regional en un proceso
de búsquedas que tiene algunos ejes de debate: la aceptación
o no de las veintiuna condiciones exigidas por la
Internacional Comunista para admitirlos como miembros; la
adopción o no de un programa mínimo (una plataforma
reivindicativa de emergencia diríamos hoy) y la actitud
hacia las cuestiones institucionales (participación en las
elecciones, etc.), la cuestión de la organización sindical,
el carácter de la revolución necesaria, las fuerzas motrices
y las alianzas posibles.
Sólo la intervención de la Internacional Comunista saldará
los debates y ayudará a la instalación de un grupo como
dirigente; es el encabezado por Victorio Codovilla, Rodolfo
y Orestes Ghioldi, Paulino González Alberdi que, más allá de
los cargos formales, las incorporaciones y desplazamientos o
los cambios de roles, mantendrían la dirección real del
partido en sus manos hasta principios de la década del '80:
más de cincuenta años.
La participación de la Internacional se materializa en dos
hechos: la carta enviada en 1925, previa al VIIº Congreso,
en que se toma partido contra los chispistas de Juan Penelón
decidiendo la disputa a favor del grupo encabezado por
Victorio Codovilla; y la designación del suizo Droz al
frente del secretariado latinoamericano de la Internacional
Comunista en 1928.
Droz impone una visión sobre la revolución latinoamericana,
que es una mala copia de la estrategia diseñada para las
colonias europeas en Asia y el lejano Oriente: frente con
las burguesías nacionales para cumplir tareas de una
revolución democrática burguesa desestimando el pensamiento
de los lideres latinoamericanos como el cubano José Antonio
Mella, el chileno Emilio Recabarren, el mismo Victorio
Codovilla y especialmente a José Carlos Mariátegui que es,
entre todos ellos, quien más lejos llega en pensar la
revolución americana desde un marxismo creador, y con cabeza
propia.
José Carlos Mariátegui pensaba que el socialismo tenía
raíces propias en las tradiciones colectivistas de los
Incas, que las burguesías nacionales habían nacido cipayas
del Imperio y que la revolución necesaria era una revolución
socialista que requería de partidos revolucionarios capaces
de constituir alianzas populares, pero bajo su hegemonía, no
la de proyectos populistas o democrático burgueses. Bajo el
nombre de Tesis antimperialistas mandó esas ideas a la
Conferencia Comunista de Sud América de junio del '28, pero
sus propuestas fueron derrotadas.
Hay un hilo conductor entre el VIII Congreso partidario de
1928 y la Conferencia Comunista del Cono Sur de junio de
1929: allí se afirma una concepción de la revolución por
etapas, en acuerdo con la burguesía nacional, con un proceso
de acumulación de fuerzas pacífico, con tareas
antiimperialistas y antilatifundistas que permitan completar
lo que se estimaba era un desarrollo capitalista
insuficiente (por el peso del latifundio) y deformado (por
la dependencia del imperialismo).
Y lo más grave, una tendencia a que el pensamiento dogmático
se convierta en hegemónico entre nosotros, tal como venía
ocurriendo en el movimiento comunista internacional a la
muerte de Lenin y la instalación de una nueva dirección
estratégica encabezada por Stalin, en el propio partido
bolchevique, que había conducido la Revolución Rusa y
orientado la IIIº Internacional. Un pensamiento dogmático
que limitó al marxismo como herramienta teórica, debilitó la
lucha revolucionaria y que se convirtió en nuestro mayor
lastre.
4.5. Los gloriosos treinta
A pesar de estas definiciones estratégicas, en lo táctico se
abrió paso un enfoque de clase contra clase impulsada en
esos años por la Internacional Comunista para todo el mundo,
que fortalece la tendencia a la proletarización de los
cuadros y permite lo que -acaso- haya sido el momento de
mayor inserción de los comunistas argentinos en la clase
obrera: los nombres de Rufino Gómez, petrolero de Comodoro
Rivadavia y jefe de la huelga general de 1934 a pesar de que
el gobierno del Territorio Nacional era Militar; de José
Peter, trabajador de la carne que desde el Swift de Campana
primero, y de Berisso después, construye la Federación
Obrera de la Carne que organiza las heroicas huelgas de
1932, de Vicente Marishi, organizador de la huelga de los
trabajadores de la madera de 1934, y sobre todo el de los
líderes de la construcción que organizan las grandes huelgas
de 1935 y 1936 y que ejemplificamos en Pedro Chiaranti,
Guido Fioravanti y los hermanos Rubens y Normando Iscaro;
muestran de un modo incontrastable la penetración de los
comunistas en la clase, pero resuelta de un modo tal que no
podrían luego trasladar dicha representación social al plano
de una política revolucionaria.
La cultura del frente democrático nacional era ya un corsé
rígido que impedía crecer a lo revolucionario que siempre
habitó nuestro partido.
Explicar el surgimiento del peronismo como proyecto político
hegemónico entre los trabajadores, a expensas en buena
medida de los comunistas y otros sectores de izquierda,
excede largamente la pretensión de estas palabras
introductorias a la historia de los comunistas argentinos.
Solo quisiéramos decir que no alcanza con señalar que el
golpe de 1943 desató una feroz represión contra los
comunistas o que en el seno del GOU (la logia militar a la
que pertenecía Juan Domingo Perón y que ejecuta el golpe)
había simpatizantes del fascismo , que Perón elabora un plan
de captación del movimiento sindical desde una nueva
institución estatal, la Secretaría del Trabajo que
discrimina las organizaciones conducidas por la izquierda y
favorece a las que se subordinan al proyecto en gestación;
también hay que decir que el Perón que asume la Presidencia
es muy distinto al que comienza en la Secretaría de Trabajo,
que los trabajadores no son una base de operaciones pasiva a
la que se lleva de aquí para allá con demagogia y sobre
todo, que los comunistas pierden sus posiciones dirigentes
en la clase, desde un erróneo internacionalismo, que los
llevó a rebajar la defensa de los intereses obreros en aras
de un supuesto frente antifascista mundial; igual base tuvo
la decisión de unirse a radicales, socialistas y
conservadores en la Unión Democrática que enfrentó a la
alianza de radicales, conservadores, militares y empresarios
que encabezaba Perón; porque no se trataba de votar a uno u
otro sino de construir una alternativa política
revolucionaria, pero esa opción estaba descartada desde la
visión del frente democrático nacional adoptada tantos años
antes.
4.6. La larga acumulación de fuerzas
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Agustin
Tosco
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El 29 de mayo de 1969, convocados por un llamado conjunto de
las dos regionales de la C.G.T. de Córdoba (una de ellas
dirigida por Agustín Tosco) los trabajadores, los
estudiantes, las mujeres y los habitantes de las barriadas
populares salen a la calle y toman la ciudad por algunas
horas en una jornada que quedó en la historia con nombre
propio: el Córdobazo. De allí en más los azos se repetirían
por toda la geografía nacional, y en creciente nivel de
protagonismo. A su influjo crecerían todos los proyectos
políticos transformadores: el del peronismo revolucionario
referenciado en Montoneros, el de la lucha armada del P.R.T./
E.R.P. , también el del Partido Comunista y muchos más, que
de uno u otro modo, soñaban con lo que en aquellos años se
simbolizaba en la juventud se une por la Patria Socialista.
Pero el Córdobazo, como cualquier acontecimiento histórico,
no se puede explicar por sí mismo sino por una conjunción de
procesos que lo posibilitan.
Por un lado fue el resultado de un proceso de acumulación de
fuerzas de los proyectos políticos revolucionarios, cuyo
punto de partida mediato se puede ubicar en la Resistencia
al golpe gorila de 1955, que transcurrió por los planes de
lucha de la CGT. y las movilizaciones antimperialistas de
comienzos de los '60; que creció en las primeras luchas
contra el Golpe del 28 de junio de 1966, el golpe de Onganía,
al que el Partido Comunista denunció como al servicio de los
monopolios y convocó a derrotarlo con un argentinazo,
mientras buscaba el famoso frente democrático nacional con
los sectores progresistas del radicalismo y el peronismo,
formando el Encuentro Nacional de los Argentinos (1971) cuyo
lema El pueblo unido jamás será vencido, se convirtió en
bandera de combate en toda América Latina..
Un proceso que se vio estimulado por la influencia que
tuvieron en toda América Latina los sucesos habidos el 1º de
enero de 1959 en Cuba. La entrada victoriosa de Fidel,
Camilo y el Che a la ciudad de La Habana, dando inicio a la
primera revolución socialista en el hemisferio occidental,
rompía con una serie de verdades indiscutibles de la
política latinoamericana, empezando por aquella que decía
que no se podía vencer al imperialismo tan cerca de la
metrópoli y siguiendo por la que establecía que no se podía
enfrentar un Ejército Regular hasta el momento definitivo de
la lucha por el poder.
Y por eso, el Córdobazo, y lo que luego vino, es
incomprensible si no se lo piensa como parte de un
movimiento latinoamericano y mundial, que tuvo en el Mayo
Francés de 1968 y en la propia guerrilla del Che en Bolivia
puntos de referencia indispensables. Eran los años de la
victoria de Vietnam sobre el imperialismo yanqui, cuando sus
mismos dirigentes pensaban que estaban perdiendo la batalla
por el futuro.
Al influjo de esta oleada revolucionaria mundial, y por las
grietas que dejaba una política comunista que se mantenía
fiel a aquella cultura política reformista del frente
democrático nacional impuesta en el '28, fueron surgiendo
nuevas fuerzas de izquierda al interior del peronismo y al
interior de la cultura marxista.
La lista de organizaciones sería interminable por lo que
hemos optado por simbolizarlas en dos: Montoneros y el P.R.T./E.R.P.
por su desarrollo y el impacto de sus acciones en el
escenario político, sobre todo luego del Córdobazo. Gracias
a ellas, una nueva generación de revolucionarios se
incorporó a la lucha y, junto -aunque no unidos- a las
antiguas organizaciones de izquierda (empezando por el
Partido Comunista) estuvieron a punto de alcanzar la
victoria.
A punto, pero no lo lograron.
4.7. La estrategia del genocidio
Igual que había hecho en 1912 con Roque Sáenz Peña, cuando
la burguesía vio el ascenso de la lucha popular (y esta vez
era por cambios revolucionarios), lo primero que hizo fue
apelar al viejo truco de intentar asimilarlas por el camino
electoral. Así nació el Gran Acuerdo Nacional y el operativo
de retorno de Perón (exiliado en la España de Franco por más
de quince años), que desembocó en las elecciones, aunque
-igual que en 1916- con un ganador no querido por el poder.
Los comunistas primero resistieron la maniobra, pero luego
intentaron vencer la legislación anticomunista
incorporándose a la Alianza Popular Revolucionaria que
encabezaba el Partido Intransigente de Oscar Alende
obteniendo dos diputados nacionales.
Las elecciones las ganó el peronismo más cercano a la
izquierda, pero rápidamente la derecha recuperó la
iniciativa. El 20 de junio de 1973, día del retorno de
Perón, se organizó una provocación gigantesca que terminó
con decenas de muertos, y un clima de terror que luego
siguió creciendo. Aunque aferrados a su política de frente
democrático nacional, los comunistas aportaron a todas las
iniciativas de movilización popular pero sin contribuir al
agrupamiento de la izquierda que hubiera podido disputar la
dirección del movimiento de otro modo.
Acaso, la excepción haya sido la formación de la
Coordinadora de Juventudes Políticas Argentinas que
articulaba a buena parte de esa generación revolucionarizada
(a excepción del P.R.T./E.R.P.) y que generó movilizaciones
gigantescas, como la de repudio al golpe chileno de Pinochet
contra la Unidad Popular de Salvador Allende, en setiembre
de 1973.
El imperialismo, asustado por la pujanza de esa segunda
oleada revolucionaria (la primera había sido la provocada
por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959) que se
afirmaba en Sud América (el Chile de la Unidad Popular de
Salvador Allende, el Uruguay de los Tupamaros y el Frente
Amplio, y en nuestro propio país) organiza el terrorismo de
Estado en escala continental y empieza a preparar una
seguidilla de golpes de estado.
La dictadura surgida del golpe del 24 de marzo de 1976 puso
en marcha un complejo proceso de transformaciones que
superan en mucho el aspecto represivo conocido por sus
30.000 desaparecidos y sus centenares de miles de presos,
perseguidos, exiliados, cesanteados de sus trabajos, etc..
También cambió integralmente el país, mediante la mayor
reestructuración capitalista jamás habida entre nosotros.
La democracia restringida que sufrimos, el ajuste perpetuo
que comenzó con Martínez de Hoz y hoy continúa Duhalde, la
transformación cultural que antes que nada implicó la
coptación para el sistema de dominación de casi todas las
herramientas políticas y sociales creadas en más de cien
años por nuestro pueblo empezando por el peronismo, el
radicalismo, la F.U.A. y la C.G.T., tienen su momento
fundacional en la dictadura militar de Videla y Cía.
4.8. El viraje iniciado en el XVI Congreso
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Imagen del XVI Congreso
del PC |
En noviembre de 1986, en su XVI Congreso, el Partido
Comunista dio comienzo al proceso de autocrítica y
reformulación de su política que se conoce como el viraje
del partido: un conjunto de cambios que -en su conjunto-
llevaron a un cambio de estrategia, de concepción
organizativa, de actitud hacia la teoría revolucionaria y
hacia el compromiso militante personal.
Un Viraje imprescindible del reformismo a la revolución,
para recuperar la esencia fundacional de luchar por el
poder, pero sobre todo para ser más eficaces en la lucha
política, que lejos de hacerse más fácil y transparente, se
hizo más compleja con el retorno de las instituciones
constitucionales a pesar -o mejor dicho- gracias al discurso
alfonsinista del supuesto tránsito a la democracia.
La discusión comenzó por el análisis autocrítico de los
errores cometidos en la caracterización de la Dictadura de
Videla, errores de sobrevaloración de supuestas diferencias
internas en el modo de reprimir al movimiento
revolucionario, que limitaron la capitalización política del
enorme esfuerzo militante desplegado en esos años por los
comunistas, incluida la cuota de presos, perseguidos,
asesinados y desaparecidos que pagamos.
A esos errores se les caracterizó como fruto de una
desviación oportunista de derecha y para encontrar sus
raíces nos decidimos a repensar otros períodos históricos
(el 17 de Octubre del '45 y el surgimiento del peronismo, la
ofensiva popular de los '70 y el rol de las otras fuerzas de
izquierda, etc.) y de allí al modo de practicar el marxismo
que habíamos tenido.
La decisión que posibilitó el viraje fue la de abandonar la
cultura del frente democrático nacional, fruto y fuente del
continuo reciclamiento del reformismo, labor en la que aún
estamos empeñados.
En este proceso fuimos reencontrándonos con el pensamiento
del Che Guevara y con todas las fuerzas revolucionarias
latinoamericanas y caribeñas que por entonces estaban en
plena ofensiva en Nicaragua y El Salvador.
Con estos procesos nos comprometimos hasta el sacrificio de
uno de los primeros mártires del viraje, el joven comunista
Marcelo Feito, muerto en combate en Chalatenango, El
Salvador, el 16 de setiembre de 1987.
Con el Che comenzamos un dialogo creador que alumbró una
larga serie de Seminarios latinoamericanos, ayudándonos a
comprender los nuevos tiempos, contribuyendo, en mucho, al
surgimiento de un nuevo modo de articulación de las fuerzas
revolucionarias.
A pesar de todos los dolores que trae una mirada tan
exigente como la que dimos a nuestra historia, el viraje nos
permitió construir colectivamente un balance conceptual de
cien años de lucha revolucionaria en la Argentina, y éste, a
la convicción de que la tarea pendiente era crear una
izquierda plural revolucionaria y de masas, con la fuerza
suficiente como para instalarse como una alternativa
verdadera ante el poder.
Y que para lograrlo era, imprescindible, superar la división
de la izquierda y plantar una estrategia de construcción de
poder popular que permitiera la autonomía de las
organizaciones populares en todos los terrenos de la lucha
de clases, empezando por el de la política y llegando al de
la confrontación abierta.
Los diez años de lucha contra el menemismo, volvieron a
confirmar que no alcanza con resistir si no se crea
alternativa política desde una estrategia de poder popular.
Volvió a ocurrir como en la lucha contra la dictadura, en
que, a pesar de que la izquierda fue la que más luchó, fue
Alfonsín el que acumuló en política; o como con las luchas
contra la claudicación radical ante los genocidas y el F.M.I.,
que capitalizó Menem.
Otra vez consumaron la alternancia de los iguales con nueva
máscara; y la Alianza de radicales y progresistas del
Frepaso llegó al gobierno.
Izquierda Unida, fundada en 1988 y relanzada en 1997,
materializa el enfoque de unidad de las izquierdas en que se
basa esta estrategia de construcción de alternativa
política, el éxito obtenido en las elecciones de octubre del
2001 y los amplios espacios de acumulación para la izquierda
que libera la Rebelión Popular de Diciembre, confirman la
vitalidad de una causa que los comunistas seguimos
sosteniendo, más allá de cualquier otra consideración,
porque para terminar con el sufrimiento popular es más
necesario que nunca abolir el sistema de explotación y
dominación capitalista contra el que se alzaron aquellos
primeros marxistas de fin del siglo XIX en que reconocemos
nuestros orígenes.
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