Lo que falta para que llegue el fin
Por Danilo D. Gómez
El Adventismo del Séptimo Día, más que una denominación o movimiento, es una misión, un llamado, una vocación, un ideal. Nuestra iglesia vino a la existencia en cumplimiento a las profecías (Apoc. 10; 12: 17). Desde sus mismos comienzos tuvo el mandato divino de dar una advertencia final a un mundo en rebelión, advertencia encerrada en el mensaje de los tres ángeles.
Como pueblo siempre hemos dado suma relevancia al estudio de los eventos finales descritos en las profecías de Daniel, el Apocalípsis y los evangelios. Hemos dado particular importancia al cumplimiento de las señales de los tiempos. Hemos visto la predicación del Evangelio en todo el mundo como la señal última, señal después de la cual no habrá ninguna otra requerida, para que llegue el fin (Mt. 24: 14).
En obediencia al mandato dado por Cristo a sus discípulos antes de su ascención (Mr. 16: 15), nos hemos caracterizado dentro del cristianismo como una de las denominaciones que se ha embarcado en esta comisión con más celo y eficiencia. Hemos llegado a casi todos los rincónes del planeta, llevando el mensaje a nosotros encomendado, a través de la radio, la televisión, el internet, la página impresa, y todo otro medio imaginable. Hemos reforzado nuestros esfuerzos mediante la fundación de centros de enseñanza, hospitales, casas de publicaciones, agencias asistenciales, y por supuesto, templos y centros de evangelización.
Nuestra membresía se ha multiplicado rápidamente de varios miles de miembros en generaciones anteriores, a varios millones en nuestra generación. Sí, son muchos los millones que han tomado sobre sí el nombre de “Adventistas del Séptimo Día”. La toma del nombre con el cual hemos escogido desde 1863 llamar a nuestra denominación, asume que se cree en la pronta venida de Cristo y la observancia de los mandamientos de Dios, sobre todo, el día Sábado, en cumplimiento con el cuarto mandamiento.
No obstante, juntamente con la predicación del evangelio por todo el mundo, existe otra señal aún más importante: la preparación del pueblo de Dios para la traslación.
Esta obra de preparación, aunque llamada a llevarse a cabo en las filas del Adventismo desde sus mismos inicios, no ha sido propiamente comprendida. Es una meta a alcanzar que va mucho más allá de lo que hemos concebido generalmente. Una concepción incorrecta del ideal divino en nuestra preparación para la traslación, ha resultado desafortunadamente, en su no cumplimiento.
Se ha dado un fenómeno que pudiera resultar engañosamente alagador. Mientras nuestra feligresía mundial ha crecido, y nuestra organización ha florecido en recursos y reconocimiento, nuestra hermandad ha tenido resultados opuestos. No se necesita documentar este hecho para demostrar su triste realidad.
A nuestro alrededor contemplamos señales múltiples que nos anuncian que nuestros más caros anhelos, y sobre todo los de nuestros pioneros, pareciesen estar justo a punto de realizarse. Ante nuestros propios ojos se han ido desenvolviendo eventos indicativos del fin, tales como la destrucción de las torres gemelas del Centro Mundial de Comercio de los Estados Unidos, el 11 de Septiembre del 2001, la muerte de miles de personas en el sur de Asia como resultado de un maremoto en Diciembre del 2004, la virtual destrucción de la ciudad de Nueva Orleans por un huracán, en Septiembre del 2005, y la muerte de más de 40, 000 personas resultante de un terremoto en Paquistán, en Octubre del mismo año.
Muchos hermanos nuestros han esperado a través de nuestra historia, que el cumplimiento mismo de catástrofes tales, junto con la de la predicación del Evangelio a través de la instrumentalidad de nuestra denominación, llenase al conjunto de nuestros hermanos de un entusiasmo y fervor tal que impulsase la obra de preparación espiritual en nuestro medio.
Para chasco de muchos, no ha sucedido así. A consecuencia de este contínuo chasco, cierto pánico falto de esperanza ha cundido en muchos hermanos sinceros. Este pánico es causado cuando se llega a la conclusión de que juntamente con las señales de desastre y desarrollo de las fuerzas del mal, no se han ido cumpliendo las maravillosas expectativas para el tiempo del fin, tales como el fuerte pregón y la lluvia tardía. Naturalmente, el cumplimiento de estas nuevas de júbilo traería un gozo tan fuerte a nuestros corazones, que tornarían a la insignificancia los horrores de un mundo convulsionado por las guerras y las catástrofes.
La sola esperanza bienaventurada de la aparición gloriosa de nuestro señor es, por supuesto, motivación lo suficientemente fuerte como para apalear las angustias del fin. Sin embargo, nos preguntamos: ¿estará su iglesia preparándose para recibir al Novio, vestida de lino fino y aparejada como una novia lista para las bodas?
La triste realidad de ver a una Novia no preparada para las Bodas del Cordero mientras todo indica de que se aproxima rápidamente el tiempo para su celebración, ha fomentado cierto grado de escepticísmo entre nuestra feligresía, escepticísmo reforzado por mentes teológicas liberales dentro de nuestros seminarios. El entendimiento de un gran número de nuestros hermanos de doctrinas que formaron parte de los pilares sobre los cuales fue edificada la estructura de nuestra denominación, tales como la obra de Cristo en el Santuario Celestial, y la revelación del carácter de Dios en su ley, ha sido modificado al punto de acomodar dichas dudas. Ya no se ve el tiempo de la venida de Cristo como condicional a la preparación de su pueblo, y por ende, a la predicación del Evangelio a todo el mundo. Es una obvia deducción, basada en falsas premisas, que si el tiempo de la venida de Cristo no es condicional a la preparación de su pueblo, tampoco lo es a la de la predicación del Evangelio por todo el mundo. Esto, por supuesto, deriva en la indiferencia de muchos de nuestros hermanos que raya en la apatía, ante la condición de la iglesia, y redunda en una falta de motivación de proclamar al mundo las gloriosas nuevas de la aparición de Cristo. Se dicen: “¿para qué apurarnos en predicarle a todo el mundo? Ellos no tienen que estar necesariamente amonestados sobre el fin, ya que Cristo tiene su tiempo prefijado por el Padre …”.
La vindicación del carácter de Dios y su ley, también han sido perdidos de vista por un gran segmento de nuestra feligresía a todos los niveles. Nuestro concepto de que las alegaciones satánicas sobre la imposibilidad de guardar la ley son falsas, y que esta falsedad ha de quedar demostrada cuando el pueblo de Dios la obedezca perfectamente, ha sido sustituído sutilmente por un falso concepto de la justificación por la fe. La justificación por la fe en lugar de ser vista como el medio por el cual Dios hace posible la perfección del carácter, ha sido comprendida como el acto jurídico por el cual Dios ignora vez tras vez la transgresión de su ley. De esta forma, este falso concepto de tan importante doctrina termina sirviendo a los propósitos procurados por las acusaciones que originaron el gran conflicto.
Un reenfoque en la misión encomendada al movimiento Adventista en sus orígenes requiere una comprensión de que la obra de predicación del evangelio a todo el mundo trasciende al mero proselitismo. El crecimiento en calidad supera en importancia ante los ojos divinos, al crecimiento en cantidad. Si nuestra perspectiva en cuanto a nuestras prioridades como pueblo difiere de las expectativas del cielo, la disidencia y la apostasía diezmarán nuestras filas con mayor rapidez que su crecimiento. Lo que es peor, las divisiones internas y carencia de amor fraternal dilatarán el aparejamiento de la Novia para las Bodas, y distanciarán su celebración.
El Vidente de Patmos contempla a cuatro ángeles poderosos que retienen los vientos furiosos, simbolizando la gracia de Dios que, mediante su Espíritu, refrena a las catástrofes finales que se precipitarán sobre nuestro mundo (Apoc. 7: 1). Otro ángel que vuela por en medio del cielo urge a los otros cuatro que no suelten los vientos hasta que se lleve a cabo una obra especial de sellamiento sobre los siervos de Dios (Vers. 2, 3). Este sellamiento no es otra cosa que la perfección de Cristo en su pueblo, resultante de una comprensión del carácter de su Padre. Ese sello los marca como su propiedad, pues “el Señor conoce a los que son suyos” (2 Tim. 2: 19). Es visible por la señal del Sábado, que simboliza que pertenecemos a Jehová, que es nuestro Dios y quien nos santifica (Eze. 20: 12, 20).
Será en cumplimiento final del nuevo pacto, del misterio de Dios, de las promesas hechas a Abrahán y a nosotros como sus descendientes. Esta obra de sellamiento no se ve como siendo hecha sobre individuos aquí y allí, sino sobre un cuerpo definido simbolizado por los 144, 000 (Apoc. 7: 4-8).
Quizás el temor por las cosas que se avecinan sobre este mundo podrán estimular algo parecido a una preparación por parte de hermanos individuales o pequeños grupos, pero solamente una obra que nos abarque como cuerpo ha de llenar la especificación dada por el profeta cuando dijo: “miré, y he aquí el Cordero estaba en pie sobre el monte de Sion, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de él y el de su Padre escrito en la frente” (Cap. 14: 1).
Sólo la vindicación del carácter de Dios en su pueblo, sellados con su perfección como se demuestra en la descripción Bíblica de los 144,000 (Apoc. 7: 1-8), ha de preparar un pueblo que permanezca de pie en el día grande y terrible de Jehová (Mal. 4: 1; Apoc. 6: 15-17). Entonces, se realizarán las palabras: “Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos” (PVGM, p. 47). “Y entonces vendrá el fin” (Mt. 24: 14).
Lecturas recomendadas:
El Camino consagrado a la perfección cristiana por A. G. Jones. Capitulo 14.
Introducción al mensaje de 1888 por R.J. Wieland. Capitulo 1.
40 años en el desierto, en tipo y anti-tipo por Taylor G. Bunch.
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