Tres razones bíblicas por la que todos los niños nacen salvos
Por Danilo D. Gómez
Muchas han sido las discusiones y polémicas de corte religioso que han llenado nuestro mundo de amargura y enemistad, y que aún han llevado a la violencia y a la muerte. Muchas de estas disenciones han sido tan triviales y especulativas como la de cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler. Otras han sido tan profundas y cruciales como qué hay que hacer para ser salvos. La que nos concierne en este artículo es relativa al destino eterno de tantos niños que pasan a la muerte sin haber tenido la oportunidad de hacer ninguna decisión respecto a la suerte final de sus almas.
Nos preguntamos, ¿Nacemos condenados?, ¿Cuáles son los criterios usados por Dios al juzgar a los niños? Y finalmente, ¿Se pierden los niños que mueren pequeños? A la vez que nos hacemos estas interrogantes, cuestionamos el carácter mismo de Dios, ya que implicamos, ¿permitirá Dios que niños “inocentes” perezcan sin ni siquiera haber tenido la oportunidad de conocerlo?, y ¿condenará Dios a los niños por el proceder erróneo de sus padres? Procedamos pues a contestar muchas de estas interrogantes desde el punto de vista de la Biblia, entendiendo primero que ésta, lejos de proveer material de discusión y especulaciones infructíferas, da respuestas incontrovertibles a tales interrogantes.
Démosle el beneficio de la duda a los niños, y por lo tanto a Dios. Formulemos una hipótesis que trataremos de demostrar por la Biblia. La hipótesis es que todo niño nace salvo, y que por lo tanto, si alguno de ellos muere antes de la edad en que puedan ejercer razonablemente su libre albedrío, mueren seguros para vida eterna. Usaremos para demostrar esta hipótesis, tres argumentos, a los cuales llamaremos 1. el argumento genético/hereditario, 2. el argumento cognitivo-conductual, y 3. el argumento etiológico-volutivo. Queremos que el lector tenga en cuenta que estos no son términos necesariamente teológicos, y aún más, que no es la intención de este artículo profundizar en conceptos, ni expresarlos en tales términos que causen confusión.
¿Salvos?
Antes de proseguir con los argumentos enunciados anteriormente, hagamos claro algunos términos y conceptos relacionados a nuestra hipótesis. En primer lugar, cuando nos referimos al hecho de que los niños nacen “salvos”, no nos estamos refiriendo al hecho de que todos nacen con la salvación garantizada pase lo que pase durante el resto de sus vidas. Esta hipótesis apoyaría la ya sostenida por los Universalistas, de que todo ser humano será final y eternamente salvo, y esta no es la que sostenemos, ni pretendemos analizar en lo absoluto. Más bien, nos referimos al destino eterno de los niños que mueren en sus tiernos años.
Entiéndase que asumimos que “salvos” es lo opuesto a “condenados”, y que solamente existen estos dos estados, espiritualmente hablando, y que todo niño y niña se encontrará en un estado de condenación de no estar salvo.
En segundo lugar, entendamos que nuestra hipótesis no implica el que los niños sean necesariamente libres de toda pecaminosidad, o que no sean “pecadores”, en el sentido de que no manifiesten razgos de carácter propios de su condición caída, tales como egoísmo y egocentrismo, y por lo tanto, que no necesiten a Cristo.
Es nuestra posición que todo ser humano, desde su concepción, necesita desesperadamente de Cristo, y su gracia. El salmista David reconoció “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmos 51:5). Sin embargo, recordemos que “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20). Es decir, la existencia de pecado amerita la existencia de una gracia aún mayor, y esta es una de las premisas principales de este artículo. En realidad, será parte principal de nuestro primer argumento.
“Pecado original” es el término acuñado por muchos teólogos para referirse, no solamente a aquel primer pecado cometido por Adán y Eva, sino a la culpa y resultante condenación que supuestamente ha pasado como una herencia de maldición a todos sus descendientes, y por lo tanto, con la que nacen en sus genes.
La pregunta a contestar sería ¿apoya la Biblia este punto de vista? Si no lo hace, ¿cuál es su posición al respecto?
Uno de los textos utilizados para apoyar la idea de “pecado original” es el de Romanos 5:12. Allí se nos dice: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”.
Aquí el término “muerte” es equiparado, por los que apoyan esta idea, al término “condenación”. En su contexto, el término “muerte” así parece significar, pues de la misma manera se dice “por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres” (Versículo 18).
Sin embargo, allí no acaba la historia. Nuestra inferencia automáticamente pudiera ser que la prueba de que todos estamos bajo “condenación” es el hecho de que todos morimos.
No obstante, aunque es cierto que todos morimos, y que esta muerte resulta del primer pecado, es también bíblicamente claro que esta muerte que todos experimentamos no es la muerte eterna resultante de la condenación.
Esto puede ser razonablemente deducido del hecho de que Cristo murió, es decir, experimentó un tipo de muerte, para que nosotros no tengamos que morir, es decir, para que no experimentemos lo mismo que él experimentó, y aún así seguimos muriendo (Juan 3:16; 11:25; Hebreos 2:11). Es decir, sea que creamos o no, todos experimentamos el mismo tipo de muerte al fin de nuestros días sobre esta tierra, como todos podemos constatar. Por lo tanto, la muerte que todos experimentamos es, aunque resultante del pecado, un evento diferente al que resulta de la condenación en sí misma, y esta primera no es la muerte de la cual Cristo nos libró.
Cristo sufrió la muerte eterna o condenación por nuestros pecados, “para que todo aquel que en él crea no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Cristo nos libró de la muerte eterna, y por lo tanto, de la condenación resultante del pecado de Adán. No solamente libró a los que creen, sino aún más, a todos los afectados por el pecado de Adán.
En el capítulo de la carta de Pablo a los Romanos, que constituye el centro de nuestra atención en este momento, se nos explica: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Versículos 18-20).
Para que la gracia de Dios fuese mucho más abundante que el pecado de Adán, esta debía incluir a los mismos que fueron incluidos por la primera transgresión. Si no afectara a los mismos afectados por el primer pecado, entonces de ella no se pudiera decir con toda propiedad que “sobre abundó”, y Pablo hubiese estado errado en su optimismo.
Muchos otros versículos, tanto de Pablo mismo como de otros escritores bíblicos, apoyan la idea de que Cristo canceló, con su vida de obediencia y muerte vicaria, la condenación traída por el pecado de Adán sobre todos sus descendientes. Veamos varios de los tales.
1 Juan 2:2: “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”. Es decir, Cristo pagó por nuestros pecados, así como por los de todo el mundo, no dejando deuda de pecado alguna que ser humano tuviese que pagar.
1 Juan 4:10: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. Luego, Juan dice: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (Versículo 19).
Esto apoya lo indicado por Pablo en Romanos 5:8: “En esto se muestra el amor de Dios para con nosotros, que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. En otras palabras, la propiciación o pago de gracia, hecho efectivo por Cristo en la cruz, fue ejecutado antes de cualquier ser humano tomar acción alguna para merecerla, y por lo tanto, independiente de la misma, y sin condición alguna a ser cumplida por el pecador para que se le aplicase inicialmente.
Juan 1: 9 RVA: “Aquel Verbo era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo”. En otras palabras, cuando cada ser “viene a este mundo”, ya lo hace bajo la “Luz verdadera”, o salvación de Cristo. Esto es de relevancia especial en apoyo de este primer argumento a favor de la salvación de todo niño.
Juan 3: 17: “Porque Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Es decir, si hubiese habido condenación, ya no era por el pecado de Adán, sino por la obra directa de Cristo al venir a este mundo. Pero lejos de eso, él trajo salvación.
Juan 6: 33: “Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo”. Es decir, Cristo “da vida”, no sólo a los que creen, sino “al mundo”.
Juan 1:16 NVI: “De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia”. Los receptores de la gracia son “todos”.
Juan 12: 32: “Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Tan cierto como que Cristo fue levantado de la tierra sobre una cruz, así es de cierto que él ha estado atrayendo a todos hacia sí. Solamente una resistencia terca y hostil puede impedir que él logre su objetivo como veremos en los próximos argumentos.
1 Timoteo 2:6: “que se dio a sí mismo en rescate por todos. Este testimonio fue dado a su debido tiempo”. Cristo se dió para rescatar a todos, y así lo logró.
Tito 2:11: ”Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres”. Es decir, es a todos los hombres a quienes salva, y no a todos los hombres a quienes se manifiesta. Es evidente que no puede ser en referencia a “darse a conocer a todos los hombres”, pues no todos los hombres la conocen.
1 Timoteo 4:10: “Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen”. En otras palabras, la salvación ha sido traída por Cristo a todos los hombres, mujeres y niños, real y efectivamente, especialmente a los que creen. Estos últimos cosechan la plenitud de los frutos de su gracia.
Finalmente, en apoyo a este argumento, consideremos el hecho de que la posición de que los niños nacen condenados, ya sea por el pecado de sus ancestros inmediatos, o de sus primeros padres Adán y Eva, es incompatible con el carácter de amor y justicia de Dios revelado en las Escrituras.
Esto no quiere decir, sin embargo, que el ser humano no pueda resistirse a su glorioso destino, y decidir rechazar el don de Dios. Luego de decir que Cristo es la “Luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo” (Juan 1:9), se explica cómo estos mismos alumbrados por la luz de la vida pueden escoger la oscuridad. Se nos dice en Juan 3:19: “Y esta es la condenación: que la Luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, porque sus obras eran malas”.
La Biblia nos dice: El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo”(Ezequiel 18: 20). Es decir, los niños no son condenados por los pecados de sus padres. Esto, desde luego, es cierto en relación a los descendientes de Adán.
En resumen, la obra de transgresión de Adán estaba destinada a traer condenación y muerte eterna a todo ser nacido de mujer. Sin embargo, la justicia de Cristo por su gracia abundó en mayor proporción, trayendo salvación a cada niño nacido en este mundo. Solamente una resistencia y rechazo deliberados pudieran hacerla nula, como veremos en los próximos argumentos.
El texto introductorio al argumento Cognitivo-Conductual es el que encontramos en Santiago 4: 17: “al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”.
Este versículo explica la escencia de este argumento. Este argumento propone que el pecado se toma en cuenta solamente en la medida en que el pecador entiende la naturaleza de sus actos.
En la afirmación de Santiago se evidencia, por la connotación de la palabra “pecado” que la misma se refiere a pecado del cual uno es culpable , y por el cual uno pudiera traer condenación sobre sí mismo. Pero la palabra clave es el verbo saber, usada en asociación con el verbo hacer. La inconsistencia entre ambas acciones es lo que trae condenación, de acuerdo a la Biblia.
Es evidente que los niños no saben o conocen lo que es bueno y lo que es malo, al menos no hasta cierta edad. Por lo tanto, los niños no pueden ser hechos culpables ante las cortes celestiales por pecado alguno, pues no saben lo que hacen para dejar de hacer lo malo en forma razonablemente conciente o, de lo contrario, hacer el bien que deben hacer a sabiendas de su deber.
Tal argumento es apoyado bíblicamente en múltiples ocasiones, particularmente, en referencia a los adultos. Tanto creyentes como paganos son juzgados o condenados bajo los mismos términos. Es decir, son condenados por la acción, o refreno de la misma, que proviene de un entendimiento conciente de la calidad moral de la acción, y, obviamente, de sus consecuencias.
Pablo, en su discurso ante los filósofos Atenienses, explicó claramente la justicia de Dios al basar el juicio de cada persona en el conocimiento que ésta tenga, y su misericordia al pasar por alto los pecados de ésta en proporción a la ausencia de tal conocimiento. Aún más, presenta la razonable expectativa divina de que cada ser humano proceda al arrepentimiento al reconocer su mal proceder.
El les advirtió: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17: 30, 31).
La Biblia es clara en cuanto a la relación entre decisiones concientes, tales como el creer y el arrepentirse, con la salvación, y en cuanto a la falta de los mismos, con la condenación. El propio Jesús dijo: “El que creyere y fuese bautizado será salvo, más el que no creyese será condenado” (Marcos 16:16).
Notemos especialmente la última parte del versículo cuando dice “el que no creyese será condenado”. Siendo que el mensaje tácito de este texto implica que creer o no creer son actos provenientes de la voluntad, se entiende que “no creyese” quiere decir “quien rehuse creer”. Esto no se aplica obviamente a los niños.
Veremos más sobre el papel de la voluntad en el próximo argumento. Pero ahora concentrémonos en el papel del conocimiento en el juicio de cada ser humano, que pudiera resultar en su condenación.
El argumento Cognitivo-conductual no necesariamente quiere decir que, ante la ausencia de un conocimiento claro de las Escrituras, los paganos, así como otras poblaciones que se han visto privadas del mismo, están totalmente libres de responsabilidad ante Dios. Es la obra del Espíritu Santo convencer “al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8), y esta obra se ha obtenido en mayor o menor grado a través de la conciencia humana.
Es razonable esperar que en el caso de los niños, estos tengan un conocimiento limitado o aún nulo sobre la naturaleza de sus actos.
En otras ocaciones, el apóstol Pablo aborda este mismo punto. Al escribirle a los cristianos Romanos, cuya iglesia estaba compuesta tanto por Judíos como por conversos del paganismo, demuestra como, ni aún estos últimos, estuvieron previos a su conversión, totalmente libres de responsabilidad moral ante Dios por sus acciones.
La Biblia aparentemente presenta dos diferentes criterios ha ser usados en el juicio final: uno para los que conocen, y otro para los que no conocen acerca de Dios y sus expectativas para las personas. Pero en realidad, es un sólo criterio el que se usará: el conocimiento. Lo que hará la diferencia es si existe tal conocimiento o no.
En realidad, la Biblia indica que en diferentes grados tal conocimiento existe en todo ser humano con uso pleno de su raciocinio y su conciencia. Pablo explica a los Romanos: “Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados” (Romanos 2:12).Y para que no haya confusión acerca del justo juicio de Dios al juzgar a los gentiles o paganos, quienes no conocían la ley de los Diez Mandamientos, agrega: “Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio” (Versículos 14 – 16).
De acuerdo al Apóstol, Dios ha de juzgar a los que no tienen claro conocimiento de las Escrituras, y de la ley en particular, por el principio moral implantado por el Espíritu santo en las conciencias de cada ser humano. A este principio Pablo lo llama: “la ley escrita en sus corazones” (Versículo 15). Ya él había expuesto en el capítulo primero de la carta a los Romanos, el hecho de que tal conocimiento moral básico dejaba a los paganos sin excusa delante de Dios.
Refiriéndose a ellos, él afirmó: “porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”, “quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Romanos 1:19-21, 32).
Es lógico concluir que si el conocimiento de lo bueno deja sin excusa a las personas, entonces la falta de conocimiento constituye una excusa aceptada por el Cielo.
En el capítulo 9 del Evangelio según San Juan, Jesús mismo usó tal argumento al referirse a los Fariseos que lo acusaban de quebrantar el Sábado, y quienes pretendían no ser ciegos como aquel a quien Cristo acababa de curar. Estos líderes y maestros pretendían tener conocimiento de los oráculos divinos. Pero, de acuerdo a Jesús, era precisamente su pretención de conocer y entender lo que los hacía culpables de juicio. “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado, mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Versículo 41).
Está claro el punto presentado por Jesús: “Si fuéseis ciegos no tendríais pecado”. En cuanto a la convicción moral que resulta del conocimiento, los niños son “ciegos”, y por lo tanto, sin pecado.
Cristo puso en práctica tal criterio de juicio cuando en su agonía emitió, como una de sus últimas palabras, una sentencia absolutoria sobre sus detractores. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, oró el Señor.
Cristo parecería haber estado relacionando su ignorancia con su inocencia. No somos jueces para saber hasta que punto los mismos eran inocentes de toda culpa, pues el respeto por la vida es un principio moral elemental que aún las culturas más primitivas toman en cuenta. Pero estos no sabrían todas las implicaciones de su acción como se evidencia en las Palabras de Pablo. Pablo, escribiendo a los Corintios, afirmó: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Corintios 2: 7, 8). Solamente Dios sabrá como juzgar a los tales.
El mismo apóstol, en su carta a los Romanos, también describe su experiencia subjetiva al llegar al conocimiento de lo bueno, y cómo tal conocimiento le trajo un sentido de condenación. El dijo: “¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Romanos 7: 7-9).
Esta es una experiencia a la cual los niños llegan mientras se va desarrollando su conciencia moral y agudeza espiritual en su crecimiento, y los paganos, mientras van llegando al conocimiento pleno de aquella misma ley que el Espíritu ya ha escrito en sus corazones.
En nuestro próximo argumento, veremos el papel jugado por la interacción entre el Espíritu quien produce toda reacción espiritual, y la voluntad humana que le da albergue o, de lo contrario, la resiste.
El tercer argumento a favor de la salvación de todos los niños al nacer lo hemos llamado Etiológico/Volutivo. Este término refleja la idea del papel desempeñado por la interacción entre la obra de Dios a favor de la salvación de los seres humanos, y la parte humana al respecto.
La Biblia es clara en cuanto a que “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17). Esto incluye cada experiencia espiritual del creyente en su camino al cielo, pues del corazón humano no procede nada bueno (Romanos 3: 10-18; Mateo 15:19). El Espíritu Santo produce la convicción (Juan 16:8). Dios es quien trae la fe (Efesios 2:8-10), el arrepentimiento (Romanos 2:4), la conversión o nuevo nacimiento (2 Corintios 5:17, 18), el mantenerse en la nueva vida (Filipenses 1:6), la obediencia (Filipenses 2: 13), la santificación (1 Corintios 1:30), etc.
En este argumento asumimos que el ser humano tiene libre albedrío para resistir esta obra como se evidencia a través de las Escrituras, y que, por lo tanto, su papel en la salvación es dar su consentimiento a cada fase de la obra de Dios.
Tal posición hace a Dios el causante y, por lo tanto, el responsable final de la salvación humana. Es a saber, si alguien se arrepiente es primariamente debido a que Dios puso en esa persona tal arrepentimiento, y por supuesto, secundariamente debido a que dicha persona consintió a tal obra. En otras palabras, es Dios, y no el creyente, el originador de tal experiencia.
Decir que los niños nacen condenados es hacerlos culpables de pecado, y por lo tanto, sería declarar a Dios injusto al condenar a alguien por lo que ese alguien no es responsable.
Si alguien no cree, no se arrepiente, o no evoluciona a través de cada una de las etapas del crecimiento espiritual, es debido a una de estas dos razones: o que Dios no le ha dado la oportunidad de tener dicha experiencia, o que la persona no se encuentra en la capacidad de dar su consentimiento. Este último es el caso de los niños.
Qué en cuanto a afirmaciones, aparentemente dogmáticas, hechas por Cristo tales como: “si no naciéreis de nuevo no podrás ver el reino” (Juan 3:3). ¿Quiere decir esto que los niños no se salvarán por no haber experimentado tal condición? Habiéndose entendido que tal condición ha de ser primariamente producida por Dios, y que el creyente es el receptor que con su consentimiento la acepta, es claro que no se aplica a los niños, y a otros que no pueden dar su consentimiento como es el caso de los retrasados mentales.
¿Cómo ha de entenderse, pues, las afirmaciones dogmáticas en cuestión? En respuesta ha esto diremos que siendo Dios el originador de tal experiencia, y el ser humano el que da el consentimiento, tal declaración debe ser entendida como una que quiere producir en el creyente una respuesta consentual. “El que no naciere” bien pudiera traducirse como “el que rehusa nacer”. Y “el que se arrepintiese y fuere bautizado”, como “el que da su consentimiento a arrepentirse y ser bautizado”.
La interacción entre la voluntad divina y la humana ha sido motivo de controversia a través de los siglos de la existencia del Cristianismo. Sin embargo, la Biblia no da lugar a las dudas. Este último argumento debería ser siempre visto a la luz de los dos anteriores, y como parte de un cuadro más complejo, pero a la vez, entendible.
Conclusión
La cuestión de qué pasa con la salvación de los niños si mueren en sus tiernos años está en el mismo corazón de nuestro concepto de quién es Dios y de lo que es en esencia, la salvación. Hemos visto que Dios es justo, y que su amor no permite la condenación de los inocentes.
Adán y Eva pecaron, y con la entrada del pecado, ellos dejaron un legado de maldición y muerte a sus descendientes. Sin embargo, la gracia infinita de Dios canceló tal maldición de forma que la condenación de Adán no les pasara como herencia. Los tales no son culpables de pecado hasta que ellos mismos lo cometen, entendiendo lo que hacen, y resistiendo la obra de Dios en sus corazones.
Los niños, por supuesto, no entienden lo que hacen, ni resisten concientemente la obra de Dios en sus vidas. Ellos, por lo tanto, no son culpables de pecado alguno, ni dignos de condenación, no al menos mientras no tengan suficiente edad para que sus conciencias permitan la convicción del Espíritu.
Todavía la muerte existe. Todavía tanto adultos como inocentes niños mueren sin tener un conocimiento pleno de la verdad. Pero Dios es justo, y no los condenará como en el caso de los que abiertamente lo desafían, o a propósito lo ignoran.
Pronto todo vestigio del pecado de Adán será cancelado del todo, y nosotros, adultos y niños, no tendremos que pagar en forma alguna los platos que él rompió. Entonces “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los Pastoreará” (Isaías 11: 6).