Perdón No Solicitado
Por Danilo D. Gómez
Tradicionalmente,
se ha predicado que existe el peligro de contristar al Espíritu Santo cuando
cometemos el mismo pecado repetidamente.
Se ha advertido en contra del pecado imperdonable: la blasfemia contra
el Espíritu Santo (Marcos 3: 29). Este
pecado se ha descrito básicamente como
agotar la paciencia de Dios al abusar de su gracia perdonadora.
Sin embargo, ¿acaso
no contradice esto la enseñanza bíblica de lo que es el amor de Dios hacia
seres débiles como nosotros? ¿No dijo el mismo Dios: “Con amor eterno te he
amado, por tanto te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31: 3)?
En cierta ocación, Pedro se le acercó a Jesús, y le preguntó: “Señor,
¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?”
(Mateo 18: 21). Jesús replicó: “No te digo hasta siete, sino aun hasta
setenta veces siete” (Versículo 22).
Preguntémonos, si Cristo pidió a sus discípulos que amaran aún a sus
enemigos, y que perdonasen, si fuese necesario, 490 veces, no estará él
dispuesto a perdonar infinitamente más que nosotros? ¿No es su amor ilimitado
en contraste con el nuestro?
Mucho se ha
enfocado el amor de Dios como condicional, Y quizás esto no sea tan difícil de
aceptar por muchos. El apóstol Pablo
dice: “En esto se muestra el amor de Dios para con nosotros, en que siendo aun
pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5: 8). Además, es ampliamente aceptado que la Biblia nos muestra
claramente que el amor de Dios hacia nosotros no depende de nuestro comportamiento,
ni aún de nuestra aceptación de él.
Mucho antes de que alguien se hubiera arrepentido, que alguno hubiese
buscado a Dios, ya el nos amaba.
Lo que es menos
entendido, no obstante, es el hecho de que el perdón de Dios también es
incondicional. Sí, lo es. No necesitamos arrepentirnos para que Dios
nos perdone. En realidad, ya el nos
perdonó. Sí, en la cruz (Lucas 23: 34),
y aún más, antes de la fundación del mundo (Apocalípsis 13: 8), Dios nos
perdonó. Sí, perdonó tu pecado, el que
aún no has cometido, y aún aquel del cual no te has arrepentido.
Es de origen pagano
el creer que se necesita hacer sacrificios para apaciguar la ira de un Dios
intolerante. De la misma forma se
presenta nuestro arrepentimiento como el sacrificio o la condición que
apaciguará la ira de Dios, que lo convencerá de que nos otorgue su perdón. A este falso concepto lo llamaremos
“arrepentimiento recíproco”, pues enseña que nuestro arrepentimiento es lo
único que despertará una respuesta divina de arrepentimiento de su enojo hacia
nosotros después que hemos pecado.
Alguien se preguntará: “pero, ¿no que dice la Biblia: porque si perdonáis a los hombres sus
ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial (Mateo 6:
14)? La Biblia enseña en varias ocasiones
que debemos perdonar a otros para que Dios nos perdone, ¿no?”
Las declaraciones
bíblicas que asocian el perdón de Dios hacia nosotros con nuestro perdón al
prójimo, deben entenderse a la luz de las enseñanzas escriturales sobre el tema
de la salvación, y el papel que el arrepentimiento y el perdón juegan en
esta. El arrepentimiento es obra de
Dios al atraernos a la cruz (Juan 12:
32; Romanos 2: 4). Nos prepara para el
don del perdón divino.
Cuando pedimos
perdón en oración diciendo: perdona nuestras deudas como perdonamos a nuestros
deudores” (Mateo 6: 12), estamos pretendiendo estar arrepentidos. Pero si no perdonamos a nuestro prójimo,
estamos fallando en arrepentirnos de nuestro mayor pecado: nuestro rencor hacia
quien nos ha ofendido. Así estaremos
resistiendo la obra transformadora de gracia que Cristo quiere hacer en
nuestros corazones mediante su Espíritu.
Estaremos despreciando el perdón que fue comprado a nuestro favor a
costo de la sangre del Hijo de Dios, y estaremos negando el poder subyugador de
su amor expresado en la cruz.
La verdad es que
aunque es una idea tradicional en cuanto al arrepentimiento y el perdón, esto
va en contra de las enseñanzas de las escrituras. Desde que Dios supo de la entrada del pecado, perdonó a la
humanidad. El nunca ha guardado rencor
alguno que ahora tenga que ser apaciguado por nuestro arrepentimiento. Al contrario, él es quien ha tomado desde el
mismo principio la iniciativa en todo.
Nos amó siendo aun pecadores, proveyó el cordero que fue inmolado desde
antes de la fundación del mundo, salió al encuentro de Adán cuando éste pecó, y
hoy, está en busca tuya hasta encontrarte.
El arrepentimiento
que puedas sentir es iniciativa de Dios.
Es la respuesta provocada en tí por su invitación a aceptar su oferta de
amor. El arrepentimiento que
experimentas no compra el perdón divino, sino que te capacita para apreciar el
que Cristo compró para tí en la cruz.
Sí, el amor de Dios
es infinito. Puedes pecar todo lo que
quieras y nunca marchitarás ese amor.
Puedes huir de su presencia cuantas veces quieras, pero nunca podrás
detenerlo en su búsqueda de ti. Podrás
cerrarle la puerta mil veces, pero nunca podrás detener su mano que
insistentemente seguirá tocando. ¡Oh,
que amor!
Lo único que lograrás
al rehusar responder a sus constantes ruegos de misericordia, es endurecer tu
corazón y ensordecer tus oídos sin remedio ni retorno. El libro de Oséas registra un drama familiar
que muestra el inagotable amor y perdón de Dios, en contraste con nuestra
rebeldía y desprecio. Gomer, esposa de
Oséas, una y otra vez, se iba de su lado, y una y otra vez, él la traía a sí.
Esto nos lleva a otra gran lección. Así mismo como no tuvimos que hacer nada
para que Dios nos aceptara la primera vez, y así mismo como él nos aceptó sin
condiciones cuando creímos en su amor, igualmente no necesitamos portarnos bien
para mantener esa gracia. Para muchos
sonará como una herejía, como “gracia barata”, pero es así. ¿Por qué tendría él que ponernos condiciones
para perdonarnos una vez que lo hemos aceptado, si no lo hizo la primera
vez?
La idea de que
necesitamos, una vez que hemos aceptado a Dios, no pecar para mantener su amor
contradice lo antes expuesto. Muchos
quieren mantener a los cristianos bajo la gracia de Dios solo por amenazas de
castigo y de caer de la gracia. ¿Acaso
le diría Oséas a Gomer: “¡Si te vas te mandaré al infierno!” o “¡no te vayas,
que no te voy a abrir la puerta cuando vuelvas!”?
Hay sólo una cosa
que mantendrá a Gomer en casa de Oséas. Sólo una cosa mantendrá a la oveja en el redil, y al hijo pródigo
en casa: la seguridad del amor incondicional de Dios. Ni las amenazas ni temor al juicio lo obtendrán. Sólo el amor. Si así no fuera, Dios no hubiera tenido que dar a su Hijo
Jesucristo para que por su muerte nos atrajera a él. Dios hubiera podido, a pura fuerza de amenazas de castigo y
muerte, atraernos a él. Pero él dió a
su Hijo para mostrarnos su amor, y así ser atraídos de vuelta a él.
Sólo aceptando ese
amor hay vida. Solo a su lado hay
salvación. Ese es el amor que nos
mantendrá sin pecar. Es en su presencia
donde no hay transgresión. Es aceptando
ese perdón que nos hará vivir en victoria.