Respuestas a preguntas varias.
P. �Por qu� hizo Dios el antiguo pacto con el pueblo de Israel si �ste habr�a de ser reemplazado por un nuevo pacto?
R. En realidad, Dios nunca ha hecho un ?antiguo pacto?.� Dios no hace nada imperfecto (Heb. 8: 7).� Fue el pueblo de Israel quien arruin� el prop�sito divino al malentender la intenci�n original de Dios.� Al descender al monte Sina�, Dios ten�a la intenci�n de confirmar el pacto ya hecho a Abrah�n 430 a�os antes.� Es decir, Dios ten�a la intenci�n de hacer su pacto, el pacto de la promesa, promesa misma dada a Abrah�n.
A Abrah�n le fue hecha la promesa de que de �l Dios har�a una gran naci�n, y de que en �l ser�an benditas todas las naciones de la tierra (Gen. 12: 2, 3).� Eso era con la condici�n de que el patriarca oyera su voz y guardara su pacto (Cap. 17: 6), es decir, que lo creyese.� ?Y crey� Abrah�n a Dios, y le fue contado por justicia? (Cap. 15: 6).�
Con el pueblo de Israel, Dios ten�a la misma intenci�n.� A ellos le repiti� la promesa en las siguientes palabras: si diereis o�do a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros ser�is mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque m�a es toda la tierra.� Y vosotros me ser�is un reino de sacerdotes, y gente santa.(Ex. 19: 5, 6).� Al igual que a Abrah�n, Dios le record� al pueblo la raz�n por la cual ellos pod�an creer a plenitud en su promesa, cuando les dijo: ?Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y c�mo os tom� sobre alas de �guilas, y os he tra�do a m�? (Vers. 4).
Los Israelitas, no obstante, vieron en ello, no una promesa de parte de Dios, sino una orden que hab�a de realizarse por determinaci�n y fuerzas propias.� Ellos arruinaron el prop�sito divino al responder: ?Todo lo que Jehov� ha dicho, haremos? (Vers. 8).� Siendo que el pueblo no comprendi� que era de Dios el hacer una realidad su ley en sus vidas, Dios recurri� a despliegues fant�sticos de su poder.� Estos no ten�an el prop�sito de atemorizarlos sobre el car�cter de Dios, sino de demostrar que el mismo que se manifest� con muchas se�ales a los Egipcios, era el mismo que cumplir�a la promesa en ellos.� Los temblores, truenos y rel�mpagos, ten�an el prop�sito de impresionar al pueblo para que le creyese. El mismo poder manifestado a trav�s de ellos era el mismo poder que los har�a una naci�n santa, en cuyo coraz�n estar�a escrita la ley a punto de ser promulgada.�
Dios les repiti� vez tras vez las razones para que ellos creyesen en su poder de realizar la promesa dada primero a Abrah�n, cuando les recordaba acerca de la milagrosa liberaci�n efectuada a su favor (Ex. 19: 4; 20: 1).� De igual forma las manifestaciones del poder divino en ocasi�n de la entrega de la ley esperaban cumplir dicho prop�sito.� Los ritos y ceremonias mismas ten�an el prop�sito de recordar cont�nuamente de que Dios realizar�a la promesa a trav�s del cordero de Dios que quita el pecado del mundo.� La justicia de la ley era parte integral del pacto o promesa hecha por Dios a Abrah�n y a Israel como sus descendientes.�
Las leyes ceremoniales eran se�al del nuevo pacto (Rom. 4:11).� Ellos, en cambio, las tomaron como oportunidad de hacer algo por su propia salvaci�n, totalmente lo opuesto de lo que Dios simbolizaba a trav�s de ellas.� Es decir, las leyes ceremoniales eran parte del nuevo pacto, as� como lo fue la ley moral.� Las leyes ceremoniales eran un sistema de s�mbolos que se�alaban la promesa a ser realizada por Dios.� Se convirti� desafortunadamente en se�al del antiguo pacto porque decidieron verlas como la parte que a ellos les tocaba hacer para obrar su salvaci�n, en vez de verlas como la promesa de Dios (Rom. 9: 31, 32; 2 Cor. 3: 14; Heb. 8: 6).
El escritor a los Hebreos explica que ?si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo? (cap. 8: 7).� , y que ?el segundo? fue ?mejor pacto? porque fue ?establecido sobre mejores promesas? (vers. 6).� Es decir, el antiguo pacto estaba establecido sobre promesas humanas, no solicitadas por Dios, mientras el nuevo estaba establecido sobre la promesa del Dios del pacto.�
As� nosotros podemos escoger ver a las Escrituras como metas puestas ante nosotros para ser alcanzadas por nuestra determinaci�n, y esfuerzos perseverantes, o como metas que Dios se propone alcanzar en nosotros.� Si creemos en su pacto, escogeremos ver en cada mandato una promesa.
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