Dios Para Siempre Hombre

 

Por Danilo D. Gómez

 

Piensa por un momento la angustia y el dolor tan grandes que sentirías si un día llegas a casa y tus hijos te huyen.  Los llamas pero ellos te ruegan que no te acerques pues te temen. 

 

De la misma forma, un día Dios llegó a casa de sus hijos y éstos con terror se escondieron.  Al llegar aquel día al Edén, “Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?" (Génesis 3:9).  Adán le respondió: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí " (Versículo 10). 

 

En aquel día Dios vio con dolor inmenso lo que el pecado le había hecho a sus criaturas.  Había llegado aquel día tan temido en que Satanás había propagado su rebelión hasta este hermoso planeta.  Aunque era de antemano sabido por Dios, esto no disminuyó su dolor al tener que separarse de sus criaturas. 

 

Cuánto anhelaba Dios poder volver a abrazarlos, a caminar junto a ellos, poder conversar y compartir su propio corazón, disfrutar personalmente de la belleza de la creación de sus manos.  Sí, al principio, ”vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”.  Pero había llegado este día terrible cuando tuvo que despedirse de sus hijos.  Pero ésto no fue un adiós sino un hasta luego.

 

Desde aquel día, los intentos de Dios de volver a acercarse y sentir el calor de sus hijos fueron frustrantes.  En cierta ocación, El se acercó a un monte donde El quería contarle a sus hijos un plan muy hermoso que El tenía para ellos, para que una vez más estuvieran todos juntos en casa, para que ellos volvieran a tener esa amistad como antes, para que ellos estuvieran capacitados para volver a caminar con su padre, para que ellos pudieran volver a abrazarse sin que esto los atemorizara. 

 

Pero las cosas estaban aún peor.  Cuando Adán, Dios pudo al menos acercárseles aunque ellos temían.  Pero esta vez en el Sinaí, Dios notó que su presencia los hacía temblar y aún podían morir.  Ambas partes lo reconocían.  Ellos dijeron a Moisés: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos " (Exodo 20:19).  Con terror percibían a Dios como un Dios de castigo y de venganza. 

 

Mientras a Dios le dolía tal percepción de parte de sus criaturas, El comprendió la triste realidad de que sus hijos serían destruídos si El se acercaba a ellos.  Y Jehová dijo a Moisés: “Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos” (Versículo 21).  El no quería abandonar a sus hijos, por eso cada día los seguía a lo lejos sobre solitaria nube, pero siempre velando por ellos y suspirando aquel día en que de nuevo los abrazaría y habitaría en medio de ellos. 

 

Ese día llegó.  Fue una noche cuando todo el pueblo parecía ignorar de que al fin El llegaba para sentir su calor, para caminar con ellos, para que ellos le habrieran sus corazones y El el suyo.  Con tal de ganar el amor de sus hijos, El estaba dispuesto a todo, a dejar su gloria, a dejar su trono, a dejarse a sí mismo.  Y eso fue precisamente lo que hizo.  Dios se encarnó en el Hijo “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2: 5-8). 

 

“Más A los suyos vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).  Tuvo que irse.  Pero antes fue herido , burlado, y al fin, crucificado. 

 

Un día después de volver a la vida, desde un monte subió poco a poco de vuelta a donde vino, mientras miraba con anhelo a aquellos por los cuales había dado todo, repitiendo "volveré, volveré...para que donde Yo estoy vosotros también estéis...” (Juan 14:3).  “Volveré, y nada podrá separarnos jamás....” 

 

Vendrá ese día cuando él cumplirá su sueño.  Será un día en que sentirá sentimientos muy encontrados.  Sentirá el gozo de abrazarnos, y a la vez sentirá ese dolor que sintió un día en el edén.  Verá a muchas de sus criaturas que le pedirán a las rocas que los escondan de él.  Verá a muchos de ellos que se desvanecerán ante su presencia (Apocalípsis 6:15-17). 

 

Volverá a llorar como en aquel día en Edén, recordando lo que el pecado hizo en sus criaturas.  La herida del padre a causa de este intruso llamado pecado, que lo separó de sus hijos, estará abierta aún en aquel día.  Llorará por cada criatura a quien no pudo abrazar como si fuera su único hijo. 

 

Pero su herida sanará.  Sí, sanará por el gozo de caminar cada día con aquellos que aceptaron y entendieron su amor.  El morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3).  Con sus propias manos “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos” (Versículo 4). 

 

Sí, será su Dios, pero más que su Dios, será su hermano.  Seguirán siendo verdaderas las palabras: “no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11).  Será Dios para siempre hombre para que todos recuerden que con tal de ganar su compañía llegó a ser uno con ellos.  “Y aquel Verbo se hizo carne, y  vimos su gloria” (Juan 1:14).  Sí, ¡Dios para siempre hombre!

 

http://www.ladivinarespuesta.com/

Hosted by www.Geocities.ws

1