La Resolución de Dios para el Año Nuevo
Por Danilo D. Gómez
Comienza un nuevo
año, y con él, ilusiones de un mejor mañana se abren paso por en medio del
pesimismo de una lista de fracasos, que ensucian las páginas del año
anterior. Nuestra conciencia no nos
permite sacar un balance honesto de nuestro pasado, sin que esto nos traiga
sentimientos de culpa, impotencia e
ineptitud.
Miramos al nuevo
año como una ocasión de olvidar viejos fracasos, y perdonarnos por nuestras
promesas rotas, creyendo que nos debemos a nosotros mismos una nueva
oportunidad.
Desafíos múltiples
en el área espiritual llenan nuestra agenda. Nuevos bríos, junto con
determinación, resoluciones y promesas, acompañan nuestra esperanza de tener
éxito en un nuevo intento de alcanzar nuestras metas. Le echamos mano con la seguridad de que serán el combustible que
garantizará que nuestra barca arrive. Los tales, por supuesto, también desempeñan la función de inhibir
nuestra incertidumbre y temor a un nuevo fracaso.
Nos proponemos comenzar
y completar el año bíblico, orar al menos dos veces al día, dejar la carne,
étc., étc. Las buenas intenciones nos
sobran.
Sin embargo, las
páginas de la historia sagrada nos demuestran que las buenas intenciones no han
bastado. El pueblo de Israel había
comenzado un viaje que le habría de llevar a la tierra de Canaán, tierra de
libertad, tierra que fluía leche y miel.
Este viaje no era meramente un recorrido por una trayectoria geográfica
que los llevaría a su destino deseado en el mapa. Era un viaje espiritual.
Era un nuevo inicio en la formación de su identidad como linaje especial
del Dios que siglos atrás había escogido a su padre Abraham y a su
descendencia.
Ya habían
experimentado la dureza del camino, y habían reaccionado en forma que
manifestaba su terquedad y desconfianza.
Ya su incredulidad se había manifestado en varias ocaciones entre Egipto
y el Sinaí, murmurando amargamente y rebelándose contra Dios, al punto que
añoraron la tierra de su esclavitud.
Pero pronto se
olvidaron de su demostrada incapacidad de hacer lo bueno. En el Monte Sinaí, cuando Dios habló a
Moisés, éste a los ancianos, y los ancianos al pueblo, los Hijos de Israel se
excitaron tanto ante la perspectiva presentada ante ellos, que prometieron:
“Todo lo que Jehová ha dicho, eso haremos” (Exodo 19:8).
El resto es
historia. Vez tras vez a través de sus
siglos como pueblo de Dios se dieron a sí mismos una oportunidad tras otra de
comenzar de nuevo. Dios los perdonaba
vez tras vez, y en cada ocasión, buscaba la oportunidad de tomar las
riendas. Cada nuevo comienzo era un
momento decisivo en que el Alfarero Divino procuraba amoldar al barro, de este
último no rebelarse, y creerse dueño de su propio destino.
Sin embargo, las
resoluciones y promesas continuaban, así arrebatándole a Dios tales
oportunidades. Dios, con cada
advertencia de juicio, les hacía una promesa.
Aquel cuyo juramento nunca falla prometía: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y
seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os
limpiaré. Os daré corazón nuevo, y
pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón
de piedra, y os daré un corazón de carne.
Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis
estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros
padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios”
(Ezequiel 36: 25-27).
En su pacto, Dios
tomó responsabilidad total del destino eterno de aquellos que escogió como su
pueblo. Sólo la terca resistencia de un
pueblo autosuficiente, que creía más en sí mismo que en su propio Dios, pudo
impedir que el Todopoderoso lograse su objetivo. En lenguaje de parábola, Cristo describió su intercesión a favor
del infructífero Israel, como el solícito pedido que hacía el labrador al señor
de la viña por un año adicional para obrar en la higuera frutos antes de que
esta fuera deshauciada. “Y dijo esta
parábola: Tenía uno una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en
ella, y no lo halló. Y dijo al viñero:
He aquí tres años ha que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo;
córtala, ¿por qué ocupará aún la tierra?
El entonces respondiendo, le dijo: Señor, déjala aún este año, hasta que
la excave, y estercole. Y si hiciere
fruto, bien; y si no, la cortarás después” (Lucas 13:6-9).
Dios ya había usado lenguaje similar para
expresar su frustración y chasco, lenguaje que denota el pronto agotamiento de la
gracia tan pacientemente otorgada.
Dijo: “¿Qué más se había de hacer a mi viña, que yo no haya hecho en
ella?” (Isaías 5: 4.)
Todos conocemos la
triste historia del Pueblo escogido.
Fue la historia del fortuito cierre de las puertas de la misericordia
para aquellos que hicieron fallidas resoluciones de obedecer, una vez tras
otra. Hoy tenemos su ejemplo a nuestra
disposición, para que no caigamos en tal ejemplo de desobediencia. “Porque las cosas que antes fueron escritas,
para nuestra enseñanza fueron escritas, para que por la paciencia y la
consolación de las esscrituras, tengamos esperanza” (Romanos 15:4).
Nosotros también
estamos embarcados en un largo y peligroso viaje. Y muchas veces, al igual que Israel, nos llenamos de buenas
intenciones al emprenderlo, como se ven en nuestras resoluciones de año nuevo.
Afortunadamente, el
Dios del pacto no baila a nuestro ritmo.
El Señor no entra en trato bajo nuestros términos. Si así fuera, El tendría que variar a
nuestra par. El no ha mudado su palabra. El no es cambiante como nosotros, frágiles
mortales. Por eso, El nos recuerda: “Yo
Jehová no cambio. Por eso no habéis
sido consumidos” (Malaquías 3:6).
El continúa tomando
responsabilidad del destino eterno de aquel que por fe le permite obrar. Día a día, a través de este año, por el
resto de tus años en esta tierra, y por la eternidad, Dios te recuerda la
promesa, querido lector, de que “Aquel que comenzó la buena obra, la terminará
hasta aquel día” (Filipenses 1:6). Mantener tal seguridad basta infinitamente
más que un montón de buenas intenciones y sanas resoluciones de año nuevo.
Por qué fallan nuestras resoluciones
Recordemos que Dios
es responsable de la salvación del hombre en todas sus etapas, y por lo tanto,
digno de toda nuestra confianza. Desde
la búsqueda del hombre, su conversión y su mantenimiento en la condición
redimida, todo es responsabilidad de Dios (Lucas 19:10; 2 Corintios 5: 17, 18;
Efesios 2:8-10; Filipenses 1:6; 2:13).
No obstante, el
Cristiano no siempre lo recuerda, o aún peor, a veces, lo ignora. Ya que en la lucha contra el pecado y en su
empeño de mantenerse a flote, muchos Cristianos experimentan períodos de
desaliento, agravados por la sensación de que su salvación está en riesgo, y de
que ellos son responsables de la misma, a menudo culpan a Dios de pedir de
ellos lo que no pueden dar. Por
consiguiente, encuentran la vida Cristiana muy dura de llevar, y finalmente
abandonan la lucha.
Dios, sin embargo, ha hecho un nuevo pacto, nuevo porque nunca caduca,
pero tan viejo como la eternidad, pues es pacto eterno. El ha pactado con sus Criaturas en rebelión,
que hará su palabra una realidad viviente en sus vidas. Dijo: “Pondré mis leyes en sus corazones, y
en sus mentes las escribiré” (Heb. 10:16).
Cada mandato de Dios es, por lo tanto, una promesa; y cada exigencia de
las Escrituras, una meta que Dios se propone lograr en nosotros.
El punto de vista
tradicional ha sido lamentablemente, que el Cristiano debe luchar y permanecer
a flote en un mar de pecado en el cual las corrientes de la tentación parecen
arrastrarlo. Se pinta al Cristiano como
nadando por sí mismo, contra viento y marea.
Si sucumbe en la mar, se le acusa de no haber luchado y perseverado lo
suficiente. Esta travesía a nado se
pretende hacer batiendo con toda energía los brazos del dominio propio y la
fuerza de voluntad. El que emprende su
viaje al puerto eterno de este modo, pronto se dará cuenta que se encuentra
perdido en el medio del mar, sin fuerzas para seguir, y con un largo camino que
recorrer antes de llegar a la playa segura.
Pero Cristo el
piloto se ha hecho responsable de nuestra llegada al puerto. No espera de nosotros que nademos. No, ni aún que subamos por nosotros mismos
al barco. Solo espera que querramos y
creamos, y aún esto lo hace El en nosotros.
El evangelio del
Nuevo Pacto presenta la forma como Dios toma las riendas de nuestra vida desde
aún antes de nuestro encuentro con El.
No cae en la predestinación fatalista o antojadiza, ni en gracia barata. Tampoco armoniza con las tradiciones en que
el esfuerzo humano complementa, o aún más, sustituye, la obra de Dios. Las
Buenas Nuevas traen un mensaje de esperanza para todo aquel que se siente
desfallecer en su lucha contra el mal en camino hacia el cielo. Presenta a Cristo como quien toma la
iniciativa a nuestro favor, y a nosotros como quienes decidimos dejarle obrar,
o de lo contrario, resistirle. El dice: “Y yo, si fuere levantado, a todos
atraeré a mí mismo”; “si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”
(Juan 12:32; Heb. 4:7).
Dentro del
Cristianismo hay un axioma generalmente aceptado por todos sus adeptos
Protestantes, sin importar la etiqueta denominacional específica que los
identifique: “la fe salva”. Hay mucho
por controvertir en esta formulación.
Primero, no es la fe la que salva sino Dios. Segundo, no es simplemente la fe en Dios, sino una particular
clase de fe: la fe que obra por el amor.
En cuanto a esto
último, la fe y las obras, una gran división ocurrió en el cristianismo en el
Siglo XVI: la Reforma Protestante. Sin
embargo, los conceptos en cuestión, profundamente analizados a la manera que
son presentados por sus postuladores, no son más que un asunto de retórica, y
hacen muy poca diferencia en la vida práctica.
No transforman el corazón con sus motivos; no calman la conciencia con
su ansiedad por el futuro eterno. Los
que postulan la “fe sola” terminan enfatizando tanto la obra que nos toca hacer
en procura de tal fe que hacen de este oficio un dilema de cuál es primero si
la gallina o el huevo. Mientras unos
enfatizan más las obras que la fe, otros enfatizan la fe a despensas de las
obras, y aún otros enfatizan las obras resultantes de una fe que a su vez
resulta de procurar una relación con Dios (oración, estudio de la Biblia, etc.,
etc.) lo cual se obtiene a través de esfuerzos.
Estos niegan
proponer que hagamos esfuerzos para mantener una relación con Dios, pero hacen
tanto énfasis en el significado y el mecanismo de tal relación que la impresión
que dejan claramente en la mente de quienes lo escuchan es de que la
responsabilidad es suya y no del Señor.
Es como si yo le
presentara una linda chica a un amigo soltero, y en lugar de enfatizar las
cualidades de la joven con el fin de despertar en el muchacho sus mejores y más
espontáneas abilidades de flirteo, lo que hago es enfatizarle los métodos de
cortejo a seguir.
Los que siguen a
Calvino con su enseñanza de la predestinación, que más que una doctrina parece
una nota promisoria a los descendientes de una monarquía a despensas del futuro
eterno de los no predestinados como resultado del antojo de un Dios caprichoso,
enfatizan seguridad sin enfatizar seguridad en qué.
Pero el Evangelio
ofrece la seguridad de que Dios tomó una resolución desde la eternidad. Se resolvió a llevar a cambio la
reconciliación del mundo en rebelión consigo mismo (2 Corintios 5:19). A esa reconciliación añade su justificación
(Romanos 5:9-11; 8:30), y la implantación de su ley en nuestro corazón, lo cual
nos hace obedientes por su gracia. La
Justificación Legal Universal y el Nuevo Pacto son, en esencia, la misma cosa,
es a saber, el compromiso de Dios de tomar responsabilidad por el problema del
pecado.
El objetivo de los
métodos tradicionales, en que el hombre juega un papel protagónico en su
salvación, a despensas de la iniciativa divina, es el mismo: la salvación; pero
a pesar de que difieren en su forma, desembocan en lo mismo: el naufragio y
final hundimiento del que a mar abierto se contempla a sí mismo, ya sea como
privilegiado escogido, o como co-salvador.
Un nuevo año sin naufragio
Al náufrago no le
basta creer ciegamente en que la barca de sus rescatadores es segura. Mientras contempla su propia barca vuelta
añicos y siente el agua fría de pecado en la cual se sumerge, podrá sentir un
gozo enorme pero pasajero al abordar otra barca tan frágil como la que se
hundió. Las conversiones al
cristianismo en gran parte resultan ser un abordaje de un náufrago a una balsa
frágil destinada a repetir la historia.
¿Por qué? Porque no se dejan elevar por encima de las olas por aquel
capitán experimentado, Cristo Jesús. El
va a su lado, queriendo traer la buenas nuevas a los oídos salados por la
desilución y el desengaño espirituales.
El náufrago
prefiere seguir en su frágil balsa pues la haya mejor que seguir a nado. ¡Claro que sueña con la comodidad que
llevaría si estuviera en el trasatlántico! Pero de sólo imaginarse su
incapacidad propia de abordarlo, se despierta de su sueño a una triste
realidad.
Tal vez, como
náufragos reincidentes, no nos apresuráramos a emitir promesas, resoluciones y
votos al iniciar un año si recordáramos nuestro frágil e inconstante actuar en
el pasado.
“Muchos dicen: “¿Cómo me entregaré a Dios?” Deseáis hacer
su voluntad, mas sois moralmente débiles, sujetos a la duda y dominados por los
hábitos de vuestra mala vida. Vuestras promesas y resoluciones son tan frágiles
como telas de araña. No podéis gobernar vuestros pensamientos, impulsos y
afectos. El conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos
quebrantados debilita vuestra confianza en vuestra propia sinceridad y os
induce a sentir que Dios no puede aceptaros; mas no necesitáis desesperar. Lo
que necesitáis comprender es la verdadera fuerza de la voluntad. Este es el
poder que gobierna en la naturaleza del hombre: el poder de decidir o de
elegir. Todas las cosas dependen de la correcta acción de la voluntad. Dios ha
dado a los hombres el poder de elegir; depende de ellos el ejercerlo. No podéis
cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus afectos a Dios; pero
podéis elegir servirle. Podéis darle vuestra voluntad, para que él obre en
vosotros, tanto el querer como el hacer, según su voluntad. De ese modo vuestra
naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de Cristo, vuestros
afectos se concentrarán en él y vuestros pensamientos se pondrán en armonía con
él. Por medio del debido ejercicio de
la voluntad, puede obrarse un cambio completo en vuestra vida. Al dar vuestra
voluntad a Cristo. Os unís con el poder que está sobre todo principado y
potestad. Tendréis fuerza de lo alto para sosteneros firmes, y rindiéndoos así
constantemente a Dios seréis fortalecidos para vivir una vida nueva, es a
saber, la vida de la fe” (Camino a Cristo, p.p. 47, 48).
El capitán de
nuestras almas quiere despertarnos del letargo provocado por nuestro orgullo y
confianza propia. Quiere abrir nuestros
ojos a la realidad de sus promesas. El
nos rescatará de nuestro propio yo.
Sólo espera que decidamos confiar implícitamente en su fidelidad. Las seguras promesas de Aquel que “no
pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo” (Hebreos 6:13), son la nave
insumergible que nos llevará al puerto eterno.
El ha empeñado su palabra en tales promesas; y su honor ha quedado en
juego ante el Universo expectante.
¡No más
sentimientos de frustración y fracaso!
¡No más mirar atrás con pesar!
Sólo asegurémosno que nuestra incredulidad en sus promesas, y en su
poder de hacerlas una realidad en nosotros, no se interponga en el camino al
destino que nos ha trazado. Recordemos
que en este nuevo año, Dios se hace una resolución. No la cancelemos con la nuestra.
No pensemos que resolución alguna de nuestra parte, ni esfuerzo humano
para obedecer, complementarán la obra perfecta que nos es reservada en la
agenda divina para este nuevo año.
Nuestro es el verdadero ejercicio de la voluntad, es a saber, el
decidir. Decidamos pues encomendarnos
al iniciar este año “a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y
presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 24).