La urgencia del llamado
de Cristo al arrepentimiento
Por Robert J. Wieland
Tras haber presenciado 150 años de paciente espera por
su parte, podemos estar tentados a tomar a broma la urgencia con la que nos
amonesta. Pero no hay lugar para el descuido irreverente. Cristo espera una
acción decidida.
La denominación conocida como Iglesia Adventista del
Séptimo Día está reconocida en los escritos de E. White como la iglesia
"remanente" de la profecía. Desde los inicios, nuestros pioneros la
creyeron el cumplimiento de la profecía de Apocalipsis. Siendo eso cierto,
poseemos una auténtica identidad denominacional. Si no lo fuese, entonces no
habría razón válida para nuestra existencia:
"En un sentido muy
especial, los adventistas del séptimo día han sido colocados en el mundo como
centinelas y transmisores de luz. A ellos ha sido confiada la tarea de dirigir
la última amonestación a un mundo que perece… Una obra de la mayor importancia
les ha sido confiada: proclamar los mensajes del primero, segundo y tercer ángeles.
Las verdades que debemos
proclamar al mundo son las más solemnes que jamás hayan sido confiadas a seres
mortales. Nuestra tarea consiste en proclamarlas. El mundo debe ser amonestado,
y el pueblo de Dios tiene que ser fiel a su cometido" (Joyas de los
Testimonios, vol. III, p. 288; Ver también Joyas de los Testimonios,
vol. I, p. 65,66; Mensajes Selectos, vol. I, p. 106-109;
E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, vol. VII, p. 970-974).
Hoy en día hay quienes ponen en duda nuestro destino
profético desde posiciones muy diferentes, aduciendo que la iglesia organizada
ha fracasado tan estrepitosamente que ha dejado de ser la iglesia remanente de
la profecía. Esa mentalidad separatista se origina en una carencia de las
verdades contenidas en el mensaje de 1888. Las Buenas Nuevas del mensaje de
1888 son como vitaminas esenciales para el organismo humano; su ausencia
prepara el terreno para la enfermedad.
No hemos captado las grandes dimensiones de la gracia
de Dios, una de las cuales es el concepto de 1888 de la justificación por la
fe. No solamente lo hemos dejado de comprender, sino que lo hemos negado. Se ha
creado así un vacío, a donde se han precipitado innumerables herejías
legalistas, causantes de confusión y desánimo. Al suprimir por décadas el "preciosísimo
mensaje", se ha desarrollado un espíritu rígido, y en ocasiones implacable
y desprovisto de caridad, basado en nuestra preocupación egocéntrica. Nuestra
preocupación suprema se ha centrado en nuestra propia seguridad, la salvación
de nuestras pobres almas. Ese temor religioso despierta la peor respuesta en la
naturaleza humana. La preocupación por Cristo mismo es muchísimo mejor
motivación. La presencia en la iglesia de "santos airados" debe ser
causa de grave quebranto para el Señor. Si bien la justa indignación puede ser
encomiable, la ira y la aspereza están totalmente fuera de lugar en la iglesia
remanente. Algunas voces estridentes en la iglesia muestran una increíble falta
de amor cristiano y de la debida cortesía. Es un grave error suponer que Elías
no estaba lleno de simpatía y caballerosidad cristianas. El reproche
santificado, va siempre acompañado de las lágrimas en la voz y en la pluma.
1 Durante décadas hemos privado sistemáticamente a nuestro pueblo de la
gracia sobreabundante de ese mensaje de 1888 que cambia los corazones. Dice un
viejo refrán inglés que son los animales hambrientos los que se vuelven
agresivos.
La fuente secreta del veneno separatista
Es grave no comprender la verdadera naturaleza del
agape. Algunos en posturas de crítica, perdida ya la esperanza, son incapaces
de concebir que el amor de Dios pueda ser fiel a una iglesia infiel,
descarriada. Dan por hecho que el amor de Dios es como el del hombre:
condicionado al valor o bondad del objeto amado, y dependiente de él. (Nos
enamoramos de lo bello; no concebimos enamorarnos de lo feo). Miran, pues, a la
condición debilitada y defectuosa de la iglesia y se preguntan si puede
continuar el amor de Dios por ella. Se dicen: ‘La iglesia ha fracasado; por lo
tanto, el paciente amor de Dios por ella debe haber llegado a su fin’.
Pero el amor de Dios (agape), siendo soberano e
independiente, crea valor y bondad en el objeto amado. Es su cualidad creadora
lo que garantiza el éxito del mensaje al ángel de la iglesia en Laodicea.
Los partidarios de la separación conciben ese paciente
y perseverante amor como impropio de Cristo; demasiado contemporizador como
para ser verdadero. Pero no comprenden el agape. Les parece "blando",
cuando en realidad es tan duro como el acero. No comprenden su poder, no
comprenden que es soberano e independiente, y por lo tanto, libre para amar
aquello que no es "amable". Tan fuerte es, que convertirá una iglesia
tibia en una iglesia arrepentida. Es capaz de triunfar al fin, convirtiendo
almas sinceras desde posiciones tanto liberales como conservadoras, llevando a
hermanos distanciados a la armonía del corazón.
La mentalidad separatista no considera que el honor y
la vindicación de Cristo mismo están íntimamente subordinados al
arrepentimiento de la iglesia denominacional. Ven los pecados de la iglesia
como imperdonables, o al menos irreversibles, y por lo tanto no creen posible
el arrepentimiento denominacional. De otro lado, los dirigentes exacerbamos a
menudo el problema, pretendiendo que "todo está bien", y que por lo
tanto es innecesario el arrepentimiento denominacional. Algunas personas
sinceras que desconocen el mensaje de la justicia de Cristo, se entregan a la
formulación de agudos reproches que conciben como "testimonio
directo", separándose de la congregación de la iglesia organizada.
Eso no es sabio; es innecesario, y es erróneo. Cristo
jamás nos llama a abandonar la iglesia. Nos llama a arrepentirnos con la
iglesia, a ‘gemir y clamar’ positiva y efectivamente, en lugar de
negativamente. Una voz inspirada nos da seguridad del arrepentimiento
denominacional final. El concepto está implícito en mensajes como los
siguientes:
"Se me ha instruido que
diga a los adventistas de todo el mundo que Dios nos ha llamado como un pueblo
que ha de constituir un tesoro especial para Él. Él ha dispuesto que su iglesia
en la tierra permanezca perfectamente unida en el Espíritu y el consejo del
Señor de los ejércitos hasta el fin del tiempo" (Carta 54, 1908; Mensajes
Selectos, vol. II, p. 458).
"Confiad en la
vigilancia de Dios. Su iglesia debe ser enseñada. Aunque es débil y defectuosa,
constituye el objeto de su consideración suprema" (Carta 279, 1904; Id.,
p. 457).
"Si bien han sido
agudamente disputados los esfuerzos por mantener nuestro carácter distintivo,
como cristianos bíblicos siempre hemos estado ganando terreno"
(Carta 170, 1907; p. 396,397).
"La evidencia que hemos
tenido durante los pasados cincuenta años [ahora 140] de la presencia del
Espíritu de Dios con nosotros como pueblo, será la prueba para aquellos que se
están poniendo del lado del enemigo, y disponiéndose contra el mensaje de
Dios" (Carta 356, 1907; 397).
"Puede parecer que la
iglesia está por caer, pero no caerá. Permanece en pie, mientras los pecadores
que hay en Sión son tamizados, mientras la paja es separada del trigo precioso.
Es una prueba terrible, y sin embargo tiene que ocurrir" (Id.,
p. 380).
"Me siento animada y
bendecida al reconocer que el Dios de Israel está guiando todavía a su pueblo,
y que continuará estando con él hasta el fin.
He sido instruida para que
diga a mis hermanos en el ministerio: –que los mensajes que provengan de
vuestros labios estén llenos del poder del Espíritu de Dios… Ha llegado ya la
plenitud del tiempo para dar al mundo una demostración del poder de Dios en
nuestras propias vidas y en nuestro ministerio" (Id., p. 406,407).
El mensaje de Cristo a Laodicea, de hecho su mismo
carácter de agape, está en juego ante el universo celestial. ¿Será efectivo? ¿O
seguirá pasando un siglo tras otro, dejando sin cumplir la gran obra que el
mensaje amonesta a realizar?
Hechos establecidos
(a) Es evidente que los dirigentes humanos de su
iglesia constituyen la gran preocupación del Señor. "Los ministros de Dios
están simbolizados por las siete estrellas… Los ministros de Cristo son los
guardianes espirituales de la gente confiada a su cuidado" (Obreros
Evangélicos, p. 13,14). " ‘El que tiene las siete estrellas en su
diestra… dice estas cosas’ (Apoc. 2:1). Estas palabras son dirigidas a los
maestros de la iglesia, a aquellos a quienes Dios confió pesadas
responsabilidades" (Los Hechos de los Apóstoles, p. 468). Son
"aquellos que ocupan los puestos que Dios ha señalado para la dirección de
su pueblo" (Id., p. 133). Si rehusan el llamamiento especial de
Cristo al arrepentimiento, la organización de la iglesia se desintegrará
finalmente. Pero los dirigentes pueden responder al llamamiento de Cristo, y
Apocalipsis indica que antes del fin, lo harán.
(b) Cristo respeta la organización de la iglesia. Su
plan es que "el ángel de la iglesia" se arrepienta primeramente, y
que ministre luego la experiencia a la iglesia mundial.
2 Cuando los dirigentes de la iglesia rechazaron "en gran medida"
el mensaje en 1888, Dios no los desechó; permitió que la incredulidad de ellos
detuviese su obra durante al menos un siglo. Verdaderamente, si esa
incredulidad persistiese siglo tras siglo, habría que evocar una extraña
inmunidad por la que Dios permitiese que un impenitente "ángel de la
iglesia" frustrase indefinidamente su propósito.
(c) Sin embargo, tenemos una animadora promesa a la
que aferrarnos. Llegará el tiempo en el que el Señor pondrá de lado a los
dirigentes impenitentes. En 1885, tres años antes del "comienzo" del
mensaje del fuerte clamor en 1888, E. White escribió al presidente de la
Asociación General, un hombre que posteriormente eligió rechazar el
"preciosísimo mensaje" cuando éste llegó:
"A menos que los que
puedan ayudar en ––– despierten y comprendan cuál es su deber, no reconocerán
la obra de Dios cuando se oiga el fuerte clamor del tercer ángel. Cuando
resplandezca la luz para iluminar la tierra, en lugar de venir en ayuda del
Señor, desearán frenar la obra para que se conforme a sus propias ideas
estrechas. Permítame decirle que el Señor actuará en esa etapa final de la obra
en una forma muy diferente de la acostumbrada, contraria a todos los planes
humanos. Habrá entre nosotros personas que siempre querrán controlar la obra de
Dios y dictar hasta los movimientos que deberán hacerse cuando la obra avance
bajo la dirección de ese ángel que se une al tercero para dar el mensaje que ha
de ser comunicado al mundo. Dios empleará formas y medios que nos permitirán
ver que Él está tomando las riendas en sus propias manos. Los obreros se
sorprenderán por los medios sencillos que utilizará para realizar y
perfeccionar su obra en justicia" (Testimonios para los Ministros,
p. 300. Carta a G.I. Butler, 1 octubre 1885, sin cursivas).
Nadie conoce la forma precisa en la que Dios tomará
"las riendas en sus propias manos". Aunque su amor es infinito, su
paciencia tiene un límite. Su amor por un mundo perdido resultará ser mayor que
su paciente tolerancia con la continua tibieza adventista. Cristo murió por el
mundo. Llegará el momento en el que no tolerará más la impenitencia voluntaria
y persistente. Es muy capaz de manifestar su justa indignación, y cuando llegue
el día de su indignación, "¿quién podrá estar firme?"
Cuando el llamado de Cristo al arrepentimiento sea
escuchado por "el ángel de la iglesia en Laodicea", la contrición y
reconciliación se extenderán al cuerpo mundial de la iglesia más rápidamente de
lo que creemos posible. Los corazones se humillarán, y finalmente habrá un
pueblo preparado para proclamar el mensaje del fuerte clamor al mundo por el
que Cristo murió. No hay razón por la que esta gran obra no hubiese de
cumplirse en nuestros días.
¿Rechazará
Cristo a Laodicea?
"El Padre a nadie juzga, mas todo el juicio dio
al Hijo" (Juan 5:22). A su vez, Cristo dice del que no cree en Él,
"yo no le juzgo" (Juan 12:47). Los únicos, por lo tanto, a
quienes "juzga" es aquellos a quienes vindica. De hecho,
"Laodicea" significa "vindicación del pueblo", del pueblo
de Dios.
El mensaje reconoce a la iglesia como el objeto
supremo de la atención de Cristo. Su llamamiento final denota que Él tiene
esperanza de éxito, que espera plenamente la respuesta de su iglesia, de otra
forma no malgastaría su divino esfuerzo. Su llamamiento expresa su confianza en
el agape como poder motivador.
Por otra parte, el lapso de tiempo de más de un siglo
indica que su paciencia y longanimidad tienen el definid/ propósito de
triunfar. No prestaría esa atención a algo que supiese que finalmente tendría
que abandonar. Por lo tanto, el mensaje a Laodicea está lleno de esperanza.
"Laodicea" no significa fracaso. Lo que falla en Laodicea no es su
nombre, sino su tibieza, su ceguera, su pobreza. Pero no está en duda su
identidad como la última de las siete iglesias.
Es cierto que ciertos individuos no se arrepentirán
nunca. Leemos a propósito de ellos,
"La imagen de vomitar
de su boca significa que no puede ofrecer vuestras oraciones o vuestras
expresiones de amor a Dios. No puede aprobar vuestra enseñanza de su palabra ni
vuestra obra espiritual de ninguna manera. No puede presentar vuestros
ejercicios espirituales pidiendo que se os conceda su gracia" (Testimonies,
vol. VI, p. 408).
Para algunos, quizá para muchos, ese rechazo personal
puede haberse dado ya en nuestros días. Dirigentes que han rechazado el
llamamiento de Cristo pueden continuar en puestos de dirección, y seguir dando
mensajes contemporizadores:
"La gloria del Señor se
ha apartado de Israel; aunque muchos perseveraban en las formas de la religión,
faltaban el poder y la presencia de Dios… Así el clamor de paz y seguridad es
dado por hombres que no volverán a elevar la voz como trompeta para mostrar al
pueblo de Dios sus transgresiones y a la casa de Jacob sus pecados. Estos
perros mudos que no querían ladrar, son los que sienten la justa venganza de un
Dios ofendido" (Joyas de los Testimonios, vol. II, p. 65,66;
1882).
"Dios ha prometido que
allí donde los pastores no sean fieles, Él mismo tomará a cargo el rebaño. Dios
no ha hecho jamás al rebaño enteramente dependiente de los instrumentos
humanos. Pero los días de la purificación de la iglesia se están acercando
rápidamente. Dios tendrá un pueblo puro y verdadero… A los que han demostrado
ser infieles, no se les confiará entonces el rebaño" (Testimonies,
vol. V, p. 80).
Hay alarmante evidencia de que en cierto sentido, el
Señor "vomitó" a aquellos que inicialmente rechazaron el comienzo del
mensaje del fuerte clamor, en la era de 1888:
"Si hombres tales como
el pastor Smith, Van Horn y Butler quieren permanecen al margen, no fundiéndose
con los elementos que Dios ve como esenciales para llevar adelante la obra en
estos tiempos peligrosos, serán dejados atrás… Esos hermanos… encontrarán una
pérdida eterna; ya que aun en el caso de que se arrepientan y se salven
finalmente, no podrán jamás recuperar aquello que perdieron mediante su curso
de acción equivocado" (Carta, 9 enero 1893; 1888 Materials, p. 1128).
"La Asamblea de
Minneapolis fue la oportunidad de oro para todos los presentes, para humillar
el corazón ante Dios y dar la bienvenida a Jesús como el gran Instructor, pero
la posición tomada por algunos en esa reunión resultó ser su ruina. Desde
entonces, nunca han visto ya claramente, ni volverán a ver, puesto que
acarician persistentemente el espíritu que allí prevaleció, un espíritu
malvado, criticador, denunciatorio" (Id., p. 1125,1126).
Obsérvese no obstante: E. White no afirma en esas
declaraciones que esos queridos hermanos se perderán finalmente. Lo que dice es
que jamás recobrarían el mensaje o la experiencia que rechazaron.
La historia ha demostrado la certeza de esas
predicciones. Incluso aunque los hermanos dirigentes por ella citados
confesaron finalmente su error, jamás recuperaron el mensaje, ni conocieron el
gozo de proclamarlo. Sus libros, sermones y artículos permanecen archivados, a
disposición de quien quiera inspeccionarlos: los elementos que hicieron del
mensaje de 1888 el "comienzo" del fuerte clamor, brillan allí
tristemente por su ausencia. En By Faith Alone, Norval F. Pease reconoce que
hacia el cambio de siglo, ninguno de aquellos que inicialmente rechazó el
mensaje lo estaba proclamando (ver p. 164).
En ese sentido, los hombres en cuestión se encontraron
con una "pérdida eterna". En ese particular sentido –el referido por
E. White en la declaración de Testimonies, vol. VI, p. 408–, fueron
"vomitados" de la boca del Señor como dirigentes de la iglesia, a
pesar de seguir ocupando puestos de responsabilidad hasta su muerte.
¡Qué lección para nosotros! El llamamiento de Cristo
al "ángel de la iglesia en Laodicea" no es para tomárselo a la
ligera. No se trata de ningún tipo de broma o juego. Es algo solemne. ¡Qué
penoso espectáculo el de uno que actúa arrogantemente como dirigente, pastor,
responsable de iglesia o anciano, siendo que Cristo no tiene nada que ver con
él! Pero las palabras de Cristo están lejos de predecir el total fracaso
corporativo de Laodicea.
La última gran controversia entre Cristo y Satanás
Ocasionalmente se han producido disidencias, bajo la
asunción de que Cristo ha rechazado ya a toda la dirección de su iglesia. Su
origen radica en una comprensión equivocada del llamamiento de Cristo al
arrepentimiento. Se dan como hechos el que (a) el llamamiento es al
arrepentimiento individual; (b) se lo ha comprendido debidamente; (c) se lo ha
rechazado. Pero la Escritura, por el contrario, revela que (a) el llamamiento
es al arrepentimiento corporativo y denominacional; (b) la historia demuestra
que no ha sido debidamente comprendido; (c) por lo tanto, no ha sido rechazado;
al menos, no final e inteligentemente rechazado.
Si fuese cierto que finalmente el cuerpo de Cristo
rechazase su llamamiento, la iglesia verdaderamente se condenaría. Pero ese
gran "si" condicional, no es cierto. Tal cosa requeriría el fracaso
del mensaje a Laodicea, y la derrota final del Señor Jesús como fiel y divino
Amante. Todo el que se incline por esa derrota final de Jesús está en realidad
en el bando del enemigo, ya que es Satanás quien triunfa entonces. Incluso la
inclinación a dudar si ese "si" será cierto, parte de una
incredulidad pecaminosa desleal a Cristo.
Satanás asaltó constantemente al Hijo de Dios con el
"si" capcioso, a fin de torturar su alma. "Si eres Hijo de Dios,
di que estas piedras…", "si es el Rey de Israel, descienda ahora de
la cruz…", "confió en Dios, líbrele ahora si le quiere…". Nos
ponemos del lado de Satanás si nos entregamos a pensamientos como ‘si la Esposa
no se arrepiente y no está aparejada’, ‘si la iglesia no responde’, etc. Esas
dudas en cuanto a la completa vindicación de Cristo, paralizan la devoción, lo
mismo que los gases letales lo hacen con la voluntad. Nadie que albergue la
secreta duda de que tal cosa sea posible o necesaria, puede trabajar
eficazmente en favor del arrepentimiento denominacional. Esa duda está en la
base de gran parte de la actual confusión, inercia y desunión. Significa
traición a Cristo, tan ciertamente como la traición de Judas o la negación de Pedro.
La medicina debe ser adecuada a la enfermedad. Es el
designio de Cristo que ese arrepentimiento sea ministrado por la iglesia en su
conjunto.
Es cierto que debemos luchar para dominar el mal
genio, para obtener la victoria sobre el apetito pervertido, las diversiones,
la ostentación en el vestir, la sensualidad y mil cosas más. Pero lo que el
Señor destaca en su llamamiento de Apocalipsis 3 es que como iglesia, y más
particularmente como dirigentes de iglesia, somos culpables de pecado
denominacional. Específicamente de (a) orgullo denominacional ("tú dices:
soy rico, y estoy enriquecido"); (b) auto-satisfacción denominacional
("tú dices… no tengo necesidad de ninguna cosa"); (c) auto-engaño
denominacional ("y no conoces…"); (d) alardes de éxito denominacional,
que no cuentan con la validación divina ("tú eres un cuitado y miserable y
pobre y ciego y desnudo").
Se proponen remedios específicos: "oro afinado en
fuego", "vestiduras blancas" y "colirio". Las mentes
de los dirigentes de la iglesia serán vívidamente impresionadas, como nunca
antes lo fueron, con un sentido de nuestra posición real ante el universo.
"La casa de David" se humillará profundamente ante una nueva visión
de la crucifixión de Cristo y de su participación en ella, y entonces
"habrá manantial abierto… para el pecado y la inmundicia"
(Zac. 12:10,11; 13:1,6).
Podemos y debemos triunfar, allí donde fracasaron los judíos
Con el registro sagrado del arrepentimiento de Nínive
como modelo, podemos ver el patrón que ha de tener lugar hoy: "desde el
mayor de ellos hasta el menor de ellos"; el arrepentimiento del mensaje a
Laodicea se extenderá de arriba hacia abajo, a través de toda la iglesia
mundial. A menos que el sacrificio de Cristo haya sido en vano, finalmente
llegará, y apresurar ese día es tanto el privilegio del escritor como del
lector de este libro.
Cuando eso sea comprendido y abrazado por el
"ángel" de la iglesia, los métodos serán singularmente efectivos. El
Espíritu Santo –no las técnicas promocionales de Madison Avenue– lo hará
"pregonar y anunciar", como en los días de Nínive. ‘El rey y sus
grandes’ se alistarán decididamente por aquello a lo que Cristo llama (ver
Jonás 3:5-9). Ese principio inviste a cada miembro individual de vital
importancia. El arrepentimiento corporativo no solamente ‘gime y clama’, sino
que obra efectivamente por la fe de Cristo para cooperar con Él en su obra
final de expiación. "El más débil entre ellos, en aquel tiempo será como
David, y la casa de David como Dios, como el ángel del Eterno ante ellos" (Zac. 12:8).
El Señor puede todavía emplear instrumentos humildes para desempeñar una gran
obra. Pero estos habrán de ser diligentes en su preparación, disciplinar su
mente, e informarse debidamente.
Aunque en el pasado los llamamientos del Señor al
arrepentimiento hayan sido rechazados, no debemos atenernos a que su llamado
final acabe igualmente en el fracaso. El cuadro profético es claro: al final
del tiempo, debe suceder algo que nunca antes sucedió. Se debe revertir la
larga y triste historia de milenios de tinieblas. La doctrina bíblica de la
purificación del santuario requiere tal cosa. La iglesia remanente glorificará
al Señor y lo vindicará en una medida en la que jamás lo ha hecho con
anterioridad. El elemento clave será un mensaje verdadero y puro de justicia
por la fe, "el mensaje del tercer ángel en verdad".
La evidencia es más importante que nuestros sentimientos
subjetivos
Nuestro intento falible de calibrar la bondad o maldad
relativa de la iglesia, no es un método válido de juicio. Su identidad no
depende de nuestro enjuiciamiento humano subjetivo en relación con sus virtudes
y defectos. Depende de los criterios objetivos de la profecía bíblica y de la
capacidad creativa del agape. Así, la prueba real de nuestra fe se centra en la
Escritura misma.
Las profecías de Daniel y Apocalipsis señalan el
surgimiento de una iglesia de los últimos días, con la comisión de proclamar el
evangelio eterno en su marco final. La historia de la formación de nuestra
iglesia demuestra que cumple los criterios, aunque hasta el momento haya
fracasado en cumplir su obra.
La solución a su problema de evidente infidelidad es
el arrepentimiento denominacional, no la desintegración denominacional. Se
trata de la obra que el Sumo Sacerdote ministra en el Día final de la expiación.
La profecía de Daniel 8:14 dice que "el santuario será purificado",
no que quizá lo sea, o que podría serlo. Ha llegado el tiempo de creerlo de
todo corazón, de forma que podamos soltar el lastre y cooperar unánimes con
Cristo y su obra.
Lo que importa de verdad: el honor de Cristo
Así, su iglesia "se ha aparejado" por fin,
para ser la Esposa de Cristo. Él anhela ese resultado concreto de su
sacrificio. Ha sufrido lo indecible, y finalmente su iglesia se entregará a Él
totalmente, como una esposa lo hace con su esposo.
Hay miembros de iglesia sinceros que ponen en duda que
una vindicación tal pueda producirse algún día. Deberían comprender que tales
dudas obstaculizan en verdad la obra de Dios. Motivan la deserción hacia las
filas de aquel cuya determinación es que Cristo no sea finalmente honrado. El
problema más grave para el Señor no son los enemigos externos de su obra, sino
la ceguera e incredulidad entre sus profesos seguidores.
¿Nunca hemos oído de una novia que en plena ceremonia
nupcial rehusó aceptar al novio, a pesar del fiel amor que él le profesaba? ¿No
se sentiría el novio terriblemente humillado?
¿Podemos imaginar escena más trágica, al final de la
historia, que un Cristo chasqueado, llamando en vano "a la puerta",
para volverse finalmente en la humillación de la derrota? ¡Eso es lo que
quisiera el diablo! ¿Por qué le habríamos de conceder siquiera esa posibilidad?
La imagen que presenta la Biblia es la de un éxito completo. "Los
sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: Al corazón contrito y
humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Sal. 51:17). En virtud del
sacrificio infinito en el Calvario, debemos elegir creer que el mensaje a
Laodicea cumplirá finalmente su objetivo:
"Lo que Dios quiso
hacer en favor del mundo por Israel, la nación escogida, lo realizará
finalmente mediante su iglesia que está en la tierra hoy. Ya dio ‘su viña… a
renta a otros labradores’, a saber a su pueblo guardador del pacto, que le dará
fielmente ‘el fruto a sus tiempos’" (Profetas y Reyes, p. 526).
La iglesia de Laodicea es la iglesia del nuevo pacto.
No es que el Señor le permanezca fiel a causa de la bondad intrínseca de ella,
sino porque Jehová es un Dios guardador del pacto. "No por tu justicia, ni
por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos; mas por… y
por confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres Abraham, Isaac y
Jacob" (Deut. 9:5). El carácter de Cristo, su fidelidad al pacto, nos
dan seguridad de que el mensaje a Laodicea no fracasará.
No nos corresponde el sentarnos a juzgar el
llamamiento del Señor, y deliberar sobre él como si se tratase de una mera
sugerencia de manufactura humana. ¡Ni en pensamiento hagamos tal cosa! ¿No nos
parece suficiente que el Señor nos llame al arrepentimiento? ¿Se atreverá
alguien a decir: ‘Está bien, la idea es interesante, pero dudo que funcione’?,
¿o bien ‘mi opinión personal es que no estamos tan mal como para necesitar el
arrepentimiento denominacional’? Ningún comité ni Asociación deberían osar
contradecir el llamamiento de Cristo.
Leemos que,
"Con infalible
exactitud el Infinito sigue llevando cuenta con las naciones. Mientras ofrece
su misericordia, y llama al arrepentimiento, esta cuenta permanece abierta;
pero cuando las cifras llegan a cierta cantidad que Dios ha fijado, el ministerio
de su ira comienza. La cuenta se cierra. Cesa la paciencia divina"
(Profetas y Reyes, p. 269).
Si lleva cuenta con las naciones, ¿no podrá también
llevar cuenta con las denominaciones?
El universo celestial nos observa atentamente en su
equivalente a nuestra televisión. Contempla también la crucifixión del Príncipe
de gloria. Sabe que el Señor hace un llamamiento a humillar el corazón, a la
contrición, a someter el alma, dirigido a la denominación que se enorgullece de
ser la "iglesia remanente".
¿Qué respuesta va a presenciar, por parte de nuestra
generación?
Notas: