Un tesoro en el patio de tu propia casa

 

Por Frank González

 

En el capítulo 4, versículo 7 del libro de Efesios, se revela cuál es el tesoro escondido de cuya existencia no sabíamos. Es como si, siendo pobres, repentinamente

descubriéramos un cofre lleno de tesoros en el patio de nuestra casa, que hace mucho tiempo alguien había enterrado, y que ahora ha llegado a ser de nuestra

propiedad. Aquí está el tesoro: “A cada uno de nosotros le ha sido dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”.

Supongamos que tú abres la tapa de ese cofre recién descubierto. ¿Qué hallarás en su interior? Veamos:

 

(a) “Gracia” significa la bondad de nuestro Padre celestial, mucho mayor de lo que merecemos. Vas caminando por la calle, y al dar vuelta a una esquina,

te encuentras cara a cara con Jesucristo. ¡Asombroso! ¡Te está sonriendo! Actúa como si nunca hubiera tenido nada contra ti. Se ha olvidado de todos tus

pecados y equivocaciones; de tu egoísmo y de tu crueldad. ¡Es como si jamás hubieran existido! Su mirada te sonríe; su actitud es la de un buen amigo con

quien habías perdido el contacto por mucho tiempo, y ahora, después de mucho buscar, por fin te encuentra. ¡Hasta te da un gran abrazo! Se trata de Dios

en persona, el Hijo de Dios, que te muestra personalmente cómo es su Padre. Resulta que tú eres, por adopción, un miembro de su familia. Jesús te invita

a casa para la cena; hay un lugar en la mesa, reservado a tu nombre. ¡Te han estado esperando!

 

(b) Entonces recuerdas: “¡Pero yo he sido un extraño durante toda la vida, alguien que siempre ha huido de ti! Siempre tuve la idea que eras malo, alguien

a quien evitar. ¿Cómo puedo ir ‘a casa’ contigo, teniendo en mi corazón todas esas cosas terribles?” Entonces el Hijo de Dios te asegura que él tomó todos

esos malos pensamientos y pecados que has guardado en tu corazón, y los absorbió; llegó a ser tú, tomó tu lugar y cargó con tus culpas como si él fuera

responsable de haber cometido todos esos malos actos; Jesús actuó como el mejor Hermano mayor que podamos imaginar. “Al que no tenía pecado, Dios lo hizo

pecado por nosotros” (2 Corintios 5:21). Tomó tu lugar, y murió por ti. Ahora te dice: “¡Ven a casa! ¡El hogar de mi Padre es tu hogar!”

 

(c) ¿Te parece esto demasiado bueno para ser verdad? Si no eres una persona religiosa, si nunca vas a la iglesia, si nunca lees la Biblia pero eres una

persona dispuesta a considerar con honradez las evidencias, permíteme sugerirte un paso muy sencillo que puedes dar: respira hondo, comprueba que tu corazón

sigue latiendo, considera que estás vivo, y luego, acepta la siguiente verdad: aun la vida física que disfrutas ha sido comprada por ese Salvador que te

invita a “reconciliarte” hoy con él. Has oído hablar de la cruz de Cristo; su significado es mucho mayor de lo que la gente habitualmente piensa.

La muerte que el Salvador sufrió en la cruz es lo que la Biblia identifica como la “segunda muerte” (Apocalipsis 2:11; 20:14). Esto quiere decir que era

“la paga del pecado”, el resultado final del pecado: muerte eterna, muerte sin esperanza, desesperación total, lo que Moisés dijo que era “la maldición

de Dios”. Esto no se comprende con mirar un crucifijo. Esta verdad hay que “verla” por fe.

 

La enseñanza bíblica acerca de la cruz declara sencillamente que el Hijo de Dios tomó nuestro lugar, apropiándose de nuestra culpabilidad, nuestra desesperanza.

Luego murió la segunda muerte que nos correspondía sufrir a nosotros, y le ha concedido a toda la raza humana el don de su vida, el ser librados de esa

“segunda muerte”. Esto es parte de la tarea monumental que afrontamos cuando tratamos de definir esa “gracia” que “a cada uno de nosotros le ha sido dada

. . . conforme a la medida del don de Cristo”. No se trata de un préstamo que tengamos que devolverle si no lo apreciamos. Es un regalo, completamente incondicional.  Aunque tú lo has despreciado y rechazado toda tu vida, él no ha retirado su “regalo” de tu camino. Todavía hoy puedes humillar tu orgulloso corazón y recibir

esa gracia. La palabra “regalo” y la palabra “gracia” son dos términos que siempre van juntos: El regalo de Dios, la gracia de Dios.

 

(d) Es cierto que la gracia no te cuesta nada, porque no tiene precio. Eso sí, te impone una obligación. Es la sencilla obligación cotidiana de decir: “Gracias,

Señor, por salvarme de la horrible muerte final. El texto de Efesios lo revela con toda claridad. Dice el apóstol Pablo, escribiendo desde una prisión

Romana: “Así, yo, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación a que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándonos unos a otros en amor” (Efesios 4:1, 2).

 

Nadie te está obligando, todo se deja a tu libre voluntad. La actitud de agradecimiento no es más que la respuesta razonable, normal, decente y muy lógica

de todo ser humano sincero ante la abundancia de esta “gracia”. Incidentalmente, este es el secreto tras las historias de conversiones milagrosas que puedes

haber escuchado, de gente verdaderamente mala, como asesinos, estafadores y otros criminales, que se han transformado en gente buena. Ellos obtuvieron

una idea de lo que quiere decir la “gracia”, y simplemente respondieron con un “¡Gracias, Señor!” que les brotaba de lo más profundo de su corazón.

 

(e) Este cambio de vida es absolutamente milagroso: cualquier individuo (hombre o mujer) que es orgulloso, engreído y agresivo, llega a ser “humilde de

corazón”, manso, paciente, y lleno de simpatía y amor. El divino Salvador celestial le ha quitado todo ese miserable egoísmo y crueldad. esto es lo que

significa “nacer de nuevo”. El proceso es siempre pasivo; nadie nace por su propio esfuerzo o decisión. Y esta es precisamente la obra que el Hijo de Dios

logra en favor de “cada uno de nosotros” que se dispone a recibir esta gracia.

 

Jesús explicó este fenómeno en los siguientes términos: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido. Pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va.

Así es todo el que nace del Espíritu [Santo]” (S. Juan 3:8). ¿Lo ves? Tú no puedes dirigir ni controlar el proceso de tu propio nacimiento. El Espíritu

Santo hace la obra. Lo que debes hacer es dejarlo actuar, dejar de resistirte.

 En S. Juan 1:29 se explica cómo actúa esta provisión divina: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. En otros lugares de la Biblia,

la expresión “este es” se rinde como “considerad”. O, como sucede en Isaías: “Miradme a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (45:22). Puede

parecernos una locura que esta obra maravillosa se logre tan sólo con “mirar”, pero es la verdad. “Considerad”, pues, a aquel que sufrió tal hostilidad

de los pecadores contra sí mismo”, “fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe” (Hebreos 12:3, 2). El carácter de Jesús es fruto de su amor

desarrollado en su vida cotidiana, la vida divina del Hijo de Dios. Miramos, vemos, contemplamos. No se trata de miradas descuidadas; es fijar nuestros

ojos en él.

 

En cierto monte del estado norteamericano de Nueva Hampshire había una formación rocosa que de lejos parecía el rostro firme de un hombre de sólido carácter.

La cara en la piedra parecía decir: “Tengo una resolución inquebrantable para mi vida”. Por toda la comarca se esparció la idea de que si alguien miraba

con atención y perseverancia al Gran Rostro de Piedra, empezaría a parecerse a él.

No sabemos si eso era cierto o no; pero lo que es seguro, es que todo aquel que mira con atención y constancia a Jesús, y “considera” su historia como la

relata la Biblia, resulta transformado de modo que se parece a él. Experimenta el nuevo nacimiento.

 

Los recién “nacidos de nuevo” nunca son abandonados para que perezcan sin llegar a la madurez. Imaginemos un médico cuyo trabajo es atender nacimientos.

¿Dejaría abandonadas a las criaturas, esperando que ellas se las arreglaran solas de ese momento en adelante? ¡Por supuesto que no! Siempre se pone al

bebé en los brazos de alguien que lo ame y le prodigue sus cuidados. Del mismo modo, dice el apóstol Pablo en Efesios, los que somos librados del mal que

hay en el mundo y llegamos a ser miembros de la “familia [de Dios] en los cielos y en la tierra”, somos colocados en brazos de la iglesia para que ella

nos cuide. Cuando se convierte nuestro corazón orgulloso y arrogante, amamos a la verdadera iglesia que se distingue porque sus miembros “guardan los Mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12), “solícitos en guardar la unidad del Espíritu [Santo] en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3).

 

Todos los conflictos y celos pertenecen ahora al pasado; la iglesia es “un cuerpo” movido por “un solo Espíritu, como también [fuimos] llamados a una misma

esperanza de [nuestra] vocación” (vers. 3, 4). ¿Puedes imaginarte la dignidad que ha llegado a ser tuya? No sólo eres un miembro de la familia de Dios,

sino que Cristo, el Hijo de Dios, es tu Hermano Mayor. ¡No es posible acercarse más!

¿Qué significa esto? Significa que no necesitamos esperar hasta después de la resurrección (o de la venida de Cristo) para gozar del cielo aquí en la tierra.

Somos “miembros” de “un solo cuerpo” y compartimos “una misma esperanza de [nuestra] vocación”.

 

Pero necesitamos saber algo muy importante: nadie va al cielo solo, por cuenta propia. La Biblia enseña que cuando Cristo vuelva en las nubes de los cielos,

resucitará a todos los muertos que han creído en él, los que hayan experimentado el “nuevo nacimiento”. “Luego nosotros, los que estemos vivos, los que

hayamos quedado –dice el apóstol, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes, a recibir al Señor en el aire”. Dios los salva a todos juntos al mismo

tiempo, “en un solo cuerpo”.

 

¡Nada de resurrecciones privadas ni “traslaciones” privadas! Todos habremos llegado a ser miembros de la única iglesia verdadera, “el cuerpo”. Cristo es

la Cabeza, todos los que creen son sus “miembros”.

 

Anda, explora el patio de tu casa. No hay allí nada enterrado cuyo valor se acerque siquiera a este tesoro que el Señor te regala. ¿No quieres aceptarlo?

 

LA VOZ DE LA ESPERANZA

Derechos reservados

 

Anterior.

Inicio.

 

Hosted by www.Geocities.ws

1