¡Sí, Dios te escucha!

 

Por Frank González

 

Nunca se había visto alguien así, siempre listo para decir: “¡Sí quiero!”, cuando lo necesitaba.

Supongamos que usted es un médico o una enfermera que ha trabajado mucho todo el día cuidando de los enfermos, y a la hora de dormir se siente agotado.

En ese momento llega un nuevo grupo de enfermos pidiendo: “¡Por favor, atiéndanos también a nosotros!” ¿No querría usted taparse la cabeza con las cobijas,

deseando que se fueran?

 

Durante cierto sábado de mucha actividad, Jesús se ocupaba en ministrar a la gente. No sólo tuvo que predicar y enseñar a las multitudes, sino también sanar. Entre el público había un hombre que estaba poseído por el demonio.  Nadie sabía qué hacer para ayudarlo. Pero Jesús lo sanó allí, en plena reunión. Después del servicio en la casa de culto, Jesús se sintió cansado, y se fue a casa de Simón Pedro para reposar. Pero no había de ser así. Cuando llegó, se encontró con que la suegra de Pedro estaba enferma, con “mucha fiebre”.  Y la familia le rogó que la ayudara.

Aunque se sentía cansado, Jesús debe haber dicho: “¡Sí, quiero!” porque dice el relato que se dispuso a ayudarla. “Se inclinó hacia ella, reprendió a la

fiebre, y la fiebre la dejó. Y al instante, ella se levantó y les servía” (S. Lucas 4:39). En el versículo 38, Lucas, como buen médico, aclara que la fiebre

era “mucha”, es decir, la condición de la enferma era grave. Por esa razón todos se sintieron muy agradecidos porque Jesús había accedido a sanarla de

una fiebre tan alta.

 

Desde luego, el sábado concluyó a la puesta del sol. Entonces. . . “Al ponerse el sol, le trajeron todos los que tenían enfermos de diversas dolencias.

Y él, poniendo sus manos sobre cada uno de ellos, los sanó” (vers. 40).  Pero eso no fue todo: “También echó demonios de muchos, que salían gritando: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y no les dejaba hablar, porque

sabían que él era el Cristo” (vers. 41). Así era Jesús, siempre dispuesto a decir: “¡Sí, quiero!” cuando alguien le pedía ayuda. Y si tú, amigo lector,

necesitas ayuda y se la pides, ten la certidumbre de que te dirá: “¡Sí, quiero!” porque el Señor es hoy el mismo de siempre.

 

En Mateo leemos el caso de “un leproso, [que] se postró ante él, y le dijo: ¡Señor, si tú quieres, puedes limpiarme!” (S. Mateo 8:2). Sin duda tú no eres

leproso, pero es posible que, tal como le sucedía a él, te habrás preguntado si Jesús estaría dispuesto a escucharte y prestarte ayuda. Tal vez padeces

de cierta duda que persiste en presentarse, y te mantiene en la incertidumbre, preguntándote si estará dispuesto a ayudarte. Quizás la duda se mantiene

porque tú sabes que has pecado y eres culpable; ¿cómo podría entonces ayudarte a ti?

 

Pero examinemos el caso de este leproso. Él no le está pidiendo a Cristo que lo sane; es demasiado tímido para eso. En cambio se limita a confesar su fe

de manera que es mitad testimonio y mitad plegaria. “Si tú quieres, puedes limpiarme”. A algunos de los espectadores podría haberles ayudado la seguridad

que el hombre expresó en cuanto a que Jesús tenía el poder para limpiarlo. Pero ¿qué clase de testimonio sería decir que Jesús puede salvar a la gente,

pero que no está dispuesto a hacerlo? Si su capacidad y su poder son mayores que su disposición a salvar, ¿podría ser nuestro Salvador? ¡Por cierto que

no!

 

Veamos cómo respondió Jesús a la confesión que este hombre hiciera de su media fe: “Jesús extendió su mano, lo tocó, y le dijo : ¡Así lo quiero!” (vers.

3). Es decir, “Estoy dispuesto a sanarte”. ¡El solo hecho de haberle tocado la carne leprosa que todos aborrecían, le dijo mucho al enfermo!

Notemos que Jesús no dijo: “Primero tienes que acercarte y tocarme a mí”. La verdad es que no había nada que pudiera hacer el pobre leproso para limpiarse

a sí mismo. Si hubiera hecho algo antes, podría haberse jactado por el resto de su vida, diciendo: “¡Yo fui y yo toqué a Jesús! ¡Por eso estoy limpio!”

 

Pero no fue así. Pablo nos dice: “Por gracia habéis sido salvos por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para

que nadie se gloríe” (Efesios 2:8,9). El evangelio dice que “Jesús extendió su mano, lo tocó, y le dijo: ¡Así lo quiero! ¡Sé limpio! Y al instante quedó

limpio de su lepra” (S. Mateo 8:3). El leproso dependía cien por ciento de Jesús para ser limpiado.

 

Amigo, amiga de La Voz, tu salvación no depende de que tú halles a Jesús y lo toques. No; tu salvación depende de que creas que Jesús te ha tocado, y que

también creas que te ha dicho: “¡Así lo quiero! ¡Sé limpio!” El resultado depende 100% de lo que él hace. Él es el Salvador. No hay salvadores ayudantes,

ni juegos de herramientas y materiales para salvarse uno mismo. Cuando vamos a Jesús, no llevamos en la mano ningún dinero; simplemente, nos aferramos

a su cruz.

 

Veamos ahora qué sucedió después: “Al entrar Jesús en Capernaúm, vino un centurión y le rogó: Señor, mi asistente yace en casa paralítico, gravemente atormentado” (S. Mateo 8:5, 6). Pongamos atención: también en este caso, el centurión no le pide a Jesús que sane a su siervo. Es como el pobre leproso, que no le pidió a Jesús que lo limpiara, y que se limitó a decir: “si quieres, me puedes limpiar”; así también el centurión romano, un gentil, comandante de cien hombres,

se limita a expresar los hechos: “Mi ayudante está muy enfermo”, y punto. Pero mientras hablaba, en sus ojos se reflejaba el ruego de su corazón.

 

La respuesta de Jesús fue inmediata. Nada de esperar, nada de: Bueno, déjame pensarlo. Nada de eso: “Jesús respondió: Bien, iré y lo sanaré”. ¡Sin vacilaciones!

Al leer esta descripción, es fácil imaginar que el siguiente acto de Jesús sería salir caminando junto al centurión, rumbo a la casa de éste. Sin embargo,

no sucedió así: “Pero el centurión respondió: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Sólo di la palabra, y mi asistente sanará. Porque yo también,

aunque soy un subalterno, y tengo soldados [un centenar!] bajo mis órdenes. Digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y

lo hace” (vers. 8, 9).

 

Este oficial del ejército romano, posiblemente pagano, comprendía mejor que el propio pueblo de Dios el glorioso evangelio del Nuevo Testamento. Jesús no

realizaba sus milagros de sanamiento a través de alguna magia que hubiera en su toque. Ninguna imagen ni talismán, ni siquiera algún fragmento genuino

de la cruz en que Cristo fuera crucificado, ni aun un mechón de su cabello, ni rosarios, ni siquiera un libro, ni la cubierta o las páginas de una Biblia,

pueden tener ningún poder mágico en sí mismos. Todas esas supersticiones son la idolatría acerca de la cual Dios nos advierte que no debemos practicar.

¡El sanamiento radica en la sencilla palabra de Jesús!

 

“Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el aliento de su boca. . . Porque él dijo, y fue hecho” (Salmos 33:6, 9). Golpea

con tu pie la superficie de la tierra; podrás sentir su solidez. Fue la “palabra” de Dios lo que llamó el mundo a la existencia. Mira a tu alrededor. ¡Cuanta

las estrellas! Su palabra las creó todas. En seis días, el Señor “mandó, y surgió”. Toda la creación proviene de la palabra de Dios, el Creador.

 

El centurión había comenzado a comprender esta poderosa verdad. Señor, no necesitas molestarte en hacer el largo camino hasta mi casa; ¡simplemente, di

la palabra, y mi asistente sanará! La enfermedad y el pecado huyen ante tu palabra.

Jesús se sintió feliz al ver que alguien comenzaba a comprender, ¡aunque fuera un oficial romano, y pagano! “Cuando Jesús lo oyó, quedó admirado, y dijo

a los que lo seguían: Os aseguro que ni en Israel he hallado tanta fe” (S. Mateo 8:10).

 

Allí estaba toda la nación de Israel, con su magnífico templo, sus altamente instruidos sacerdotes y gobernantes, su gran riqueza, todo lo cual los hacía

sentirse muy orgullosos. Pero Jesús les advirtió que si no se arrepentían, tendrían que hacerse a un lado y ver cómo los gentiles, como el centurión, ahora

los desplazaban en el reino de Dios, tomando sus lugares. Jesús dijo: “Os digo que vendrán muchos del oriente y el occidente, y se sentarán con Abrahán,

Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (S. Mateo 8:11, 12).

¡Esta predicción ya se está cumpliendo parcialmente en nuestros días! Aquí estamos, tú y yo, indignos como somos, gozándonos en la fe de Jesús, “el Salvador

del mundo”, mientras que Caifás el sumo sacerdote de Israel, y los grandes escribas y fariseos, quedaron fuera. (¡Pero seamos humildes, pues si no guardamos

nuestros pasos, podríamos fácilmente repetir el pecado de los que rechazaron a Cristo!)

 

Durante toda esta escena, el centurión romano se mantuvo esperando y escuchando con atención, mientras Jesús enseñaba esta preciosa lección. Este oficial

era un hombre poco común, pues respetaba y amaba a su siervo. Con frecuencia, si un romano tenía un esclavo que se enfermaba, lo hacía arrojar al basural,

y lo dejaba allí para que se muriera. Pero en el corazón del centurión romano había algo semejante a lo que hay en el corazón de Jesús. Sentía compasión,

tenía el don del amor. Jesús se sintió feliz de tener algo en común con ese pagano: “Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste te sea hecho.

Y su asistente quedó sanado en esa misma hora” (vers. 13).

 

Amigo lector, ¿qué es lo que debes creer?  (1) “De tal manera amó Dios al mundo, que dio. . . (S. Juan 3:16). Debes creer que cuando el Padre dio a su Hijo único para rescatar a este mundo pecador, lo entregó por ti.  (2) Debes creer que, aunque ya han transcurrido dos mil años, Cristo todavía te ama: “Deleitate en el Señor, y él te dará los deseos de tu corazón” (Salmos

37:4).  (3) Debes creer que “no rehusará ningún bien a los que andan íntegramente” (Salmos 84:11).

(4) Debes creer que Cristo es el mismo Salvador hoy que era hace dos mil años: Todavía dice: “Estoy dispuesto”, al escuchar el clamor que brota de cualquier

corazón, dirigido a él. Satanás tratará de robarte esta confianza. ¡Aférrate a ella con todas tus fuerzas!

 

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