Capítulo 7

 

Sábado: Señal de Comunión Eterna.

 

La historia de la Redención es la historia de la restauración del hombre a la armonía con su Hacedor.  Nuestros primeros padres gozaban el privilegio de la comunión directa con Dios.  Pero el pecado trajo tanto la ruptura de esa comunión como la expulsión de la primera pareja, una vez santa y perfecta, del Edén, el cual servía de Santuario en que el Creador comulgaba con sus criaturas.

 

Desde el mismo principio, la relación sin obstáculo entre Dios y el hombre estaba condicionada a la existencia de un estado de santidad en el alma humana.  Dios es un Dios santo, ante quien ni la más leve mancha de corrupción puede existir, “porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Heb. 12: 29).  Hablando a través del Profeta Isaías, él explicó la ruptura de su relación con la humanidad en los siguientes términos: “pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isa. 59: 2). 

 

El pecado entró, y el Edén cesó de existir como lugar de comunión en esta tierra.  Sin embargo, Dios no abandonó a sus criaturas.  Dentro de las dimensiones humanas de tiempo y espacio, Dios separó sus nichos de comunión con la caída humanidad, donde su presencia se haría tan real como antes de la entrada del pecado, cuando el hombre disfrutaba comunión directa con él.  El Sábado era ese tiempo, y el Santuario ese espacio. 

 

Sábado y Santuario: Tiempo y Espacio de Comunión

 

Dios escogió al séptimo día con el propósito de crear la oportunidad para una íntima relación con su Pueblo.  Dicha intención era evidente cuando ordenó: “y santificad mis días de reposo, y sean por señal entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios” (Eze. 20: 20).  Además estableció el Santuario como lugar de congregación, para habitar en medio de ellos.  Así lo afirmó cuando dijo: “Y harán un Santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Ex. 25: 8). 

 

El que Dios entrara en nuestra dimensión de tiempo y espacio finitos implicaba una condescendencia de gracia.  Este acto manifestaba el deseo del corazón del Padre de restablecer la comunión con sus hijos pródigos.  Era un paso tan inexplicable como el por qué de su amor por una raza caída e ingrata.  Su condescendencia de gracia explica el por qué un Dios, ante cuya presencia no puede vivir el pecado, consintiera aproximarse a una raza de pecadores. 

 

El lo describe así: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Isa. 57: 15). 

 

 

La Purificación del Santuario y del Pueblo

 

Esta condescendencia, sin embargo, no rebajaba sus demandas.  Todavía su presencia en el Santuario estaba condicionada a la pureza, tanto del pueblo que se allegaba al mismo, como de los sacerdotes que en él oficiaban.  Eso explica el por qué de los sacrificios requeridos del pecador que se allegaba a sus atrios, y los múltiples ritos de purificación de los que en él oficiaban.  Pero sobre todo, esa demanda divina de santidad explica por qué su presencia se retiraba de sus entornos, y por qué en ocasiones, el Santuario mismo yacía en ruinas. 

 

Para que la presencia divina se mantuviese en medio del pueblo, en el lugar de su Santuario, era indispensable que el Santuario fuese purificado cada año de las transgresiones con las cuales el pueblo lo había contaminado.  Esto era efectuado simbólicamente en el Día de la Expiación, día en que junto a la purificación del Santuario, con la entrada del Sumo Sacerdote al Lugar Santísimo, debía haber una purificación del pueblo penitente a través de un profundo análisis de sus conciencias (Lev. 23: 27-32).  

 

El Santuario era desacrado en su forma mas degradante cuando el arca que en él se encontraba, era saqueada de manos de los gentiles.  En tiempos del sacerdote Elí, la degradación ocurrida cuando el arca cayó en manos de Filisteos, fue tan evidente que impactó directamente la conciencia de un pueblo que reconoció en tal hecho de profanación una consecuencia del pecado de los hijos de Elí, que en él oficiaban, y de todo el pueblo (1 Samuel 4: 21-22). 

 

En tiempo del profeta Daniel, el Santuario estaba en estado de ruina y desolación, resultante de su profanación y contaminación por manos paganas.  En ocasión de la cautividad babilónica, Nabucodonozor y sus tropas invasoras saquearon el Santuario, alojado en el Templo de Salomón, con todos sus utensilios (Jer. 52: 13, 17-24). 

 

Pero cuando el Santuario era contaminado, ya fuese directamente por el pecado del Pueblo a través del año, o indirectamente a través de la invasión de Gentiles causada por la desobediencia de los profesos hijos de Dios, era el pueblo el último responsable.  La presencia de Dios estaba condicionada, al fin y al cabo, a la pureza del Santuario, que a su vez, estaba condicionada a la santidad de los adoradores, que solamente se lograba a través de una obra de escudriñamiento, confesión y abandono del pecado. 

 

El profeta Daniel entendió claramente la relación de la contaminación del Santuario y el estado de ruina y desolación del Templo y la Santa Ciudad con el pecado y apostasía de su pueblo.  Sabía que la purificación y santificación de su pueblo eran condiciones indispensables que debían darse para que se restableciese el Santuario, y para que fuese honrado con la prescencia divina. 

 

Identificándose con su pueblo, el profeta confiesa su pecado, y ora por la restauración del Santuario.  El profeta resume el propósito de su ferviente ruego al decir: “Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu Santuario asolado, por amor del Señor” (Dan. 9: 17).  Daniel había quedado confuso y perplejo por 9 años, a través de los cuales había tratado de decifrar, sin éxito alguno, aquella misteriosa visión de la contaminación del Santuario por naciones paganas, y el tiempo que tardaría su purificación. 

 

Daniel había quedado esperanzado, sin embargo, en que la purificación del Santuario y la reedificación de Jerusalem se llevarían a cabo al fin de los 70 años, profetizados por Jeremías (Jer. 25: 11).  Creía que, así como la transgresión del pueblo causó el estado de contaminación en que yacía el Santuario, su purificación vendría como resultado del arrepentimiento.  Pero Daniel se preguntaba, ¿por qué había hablado uno de los seres de la visión sobre una tardanza de 2,300 días proféticos para que el Santuario fuera purificado (Dan. 8: 14)? 

 

La respuesta yacía en el hecho de que el pueblo, cuya transgresión fue la causa de su desolación por manos gentiles, no aprovecharía el plazo que se le daría para lograr el estado de santidad y pureza que haría permanente la comunión de Dios con ellos. 

 

El ángel Gabriel fue enviado instantáneamente en respuesta a la oración de Daniel.  A causa de las generaciones que vivirían al fin de los tiempos, le debía ser aclarada la triste verdad de que con sus hermanos en la carne no se podía contar, y que la obra de purificación, tanto del Santuario como del pueblo de Dios, estaba reservada para un futuro, un futuro en el cual el Israel de Dios estaría constituído por creyentes de todos los pueblos, y el Santuario de Dios estaría en el cielo.

 

Esta verdad se le presentaba en la exposición de un nuevo período profético, un período de gracia dado a Israel.  “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y tu santa ciudad”.  En ese plazo estaba especificado los objetivos a ser logrados: “para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, expiar la iniquidad, traer la justicia perdurable, y para sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos” (Dan. 9: 24).   

 

A Daniel se le revela claramente que la obra de purificar el Santuario, el mismo que se le mostró siendo contaminado por el cuerno pequeño (Cap. 8), fue encomendada al pueblo Judío.  Había de ser llevada a cabo en el período señalado de 70 semanas, período al fin del cual la obra sería entregada a los Gentiles si el pueblo Judío fracazaba.  Esta obra múltiple era lo que solamente purificaría la morada de Dios, y crearía las condiciones necesarias para el restablecimiento de la comunión entre Dios y el hombre. 

 

El Santuario Vivo

 

Dios movió las fichas de la historia del mundo antiguo para que el pueblo se alistáse para aquella obra.  Se dió la orden de la reedificación de Jerusalem, las murallas de la ciudad y la plaza.  Pero el evento más importante fue que “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gal. 4: 4).  Ese fue el acto de mayor condescendencia divina.  En Cristo, se restableció la comunión entre Dios y la Humanidad, pues su cuerpo era el Santuario en quien moraba la Shekina sagrada. 

 

Fue su carne que, como velo razgado, abriría el camino al Santísimo (Heb. 20: 10).  El mismo Dios en la persona del Hijo, “fue hecho carne, y habitó entre nosotros”.  Habitó entre nosotros, levantando su tabernáculo en nuestro medio, erigiendo Santuario en el cual pudiera morar “su gloria, gloria como la del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1: 14).   

 

Cristo constituía la morada de Dios entre los hombres, pero su pueblo, una vez más desaprovechó la oportunidad.  “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Vers. 11).  Aceptar a Cristo era la oportunidad de restablecer la comunión una vez perdida, pues él era el Santuario vivo en quien la gloria divina moraba.  Una vez más, la condescendencia de Dios le hizo morar entre los pecadores, lo más cercano al pecado posible.   Su cercanía al pecado fue tal que, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5: 21).  Fue hecho pecado, al hacerse carne de pecado, sin contaminarse ya que lo condenó, demostrándo que la victoria es posible en nuestra caída humanidad (Rom. 8: 3).

 

Pero todo el riezgo tomado hubiese sido casi en vano, si no hubiese sido porque el proyecto de gracia, el plan de la redención, iba mucho más allá de 70 semanas de oportunidad al pueblo Judío.  Se extendería a los gentiles, de los cuales se diría: “vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia (1 Ped. 2:10).

 

La oportunidad despreciada

 

Los Judíos tenían su vista fija en piezas arquitectónicas, como si éstas hubiesen constituído recintos en los cuales moraba la presencia real de Dios.  Pero el espacio físico no era lo que constituía la morada que Dios realmente procuraba.  El Santuario terrenal sólo era una lección objetiva de la obra que Dios procuraba lograr en sus corazones.  Cristo fue el Santuario viviente que demostraba lo que Dios procuraba hacer de cada uno que lo aceptara por fe.  Fue el gran antitipo, la realidad misma de la cual el Santuario terrenal era sólo sombras.

 

Cristo, en nuestra humanidad, era donde se juntaban Dios y el hombre.  Era el Santuario terrenal donde la justicia de Dios se revelaba sin barreras en carne humana.  Era donde el Dios infinito entraba en estrecha intimidad con la caída humanidad. 

 

No era coincidencia que la purificación del Santuario, de la cual se le habló al profeta Daniel como que debía ser permitida por los Judíos en un plazo de setenta semanas proféticas (Dan. 9: 24), habría de ocurrir en un período que incluía el tiempo en el cual el Mesías haría su obra entre los hombres.  Este era un plazo en el cual se podría haber logrado los mismos objetivos que tendrían que esperar un total de 2,300 días proféticos para su realización debido a la incredulidad del hasta entonces profeso pueblo de Dios, como se demostró en su rechazo del Mesías. 

 

Setenta  semanas era el plazo para restablecer justicia permanente, por comunión directa entre Dios y su pueblo cuando éste último aceptara  a Cristo, el Santuario viviente.  Era la oportunidad para la restauración de la comunión con Dios, que sólo se podía lograr por el arrepentimiento y la purificación de sus vidas.  No obstante, la purificación del pueblo de Dios no habría de esperar para siempre.  Llegaría el tiempo en que “el misterio de Dios se consumará, como él lo anunció a sus siervos los profetas” (Apoc. 10: 7).

 

La purificación realizada

 

Fue el 22 de Octubre de 1844 cuando llegó a su fin la larga espera, de la cual el ángel preguntó: “¿Hasta cuándo durará la visión del continuo sacrificio, y la prevaricación asoladora entregando el Santuario y el ejército para ser pisoteados?” (Dan. 8: 13).  Fue cuando se cumplieron las palabras respondidas por el otro ángel de la visión quien dijo: “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el Santuario será purificado” (Vers. 14). 

 

En el antiguo ceremonial judío, la purificación del Santuario se realizaba un día al año, el Día de la Expiación (Lev. 16: 2, 29, 30).  Durante este día, el Sumo Sacerdote entraba al Lugar Santísimo.  Sólo el Sumo Sacerdote, y sólo en este día entraba a este lugar para la obra de purificación.  Esta obra coincidía con la purificación de los adoradores que en expectante solemnidad aguardaban la salida del Sumo Pontífice (Vers. 16, 30).  El Sumo Sacerdote entonces daba el veredicto de aprobación de parte de un Dios santo. 

 

Los pecados confesados a través del año eran, en un sentido figurado, transferidos al Santuario, donde aguardaban su remoción definitiva al final del año ceremonial.  Esta obra era realizada en el día de Expiación.  Era como si los sacrificios diarios por el pecado sólo hubiesen servido como paleativos, sin que el arrepentimiento fuese acompañado de una transformación real del penitente.  Pero en el día de la Expiación, el arrepentimiento se profundizaba a niveles en que realmente se removían los pecados de la conciencia del creyente. 

 

Pero aún la obra realizada en aquel día, seguía siendo sólo un tipo de la obra mayor que el gran Sumo Sacerdote tenía la intención de realizar en el Santuario celestial.  Era la sombra, y no la realidad misma de aquella purificación que se habría de llevar a cabo en el pueblo fiel de Dios (Heb. 9: 23-25).  No se realizaría hasta que el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo (Jn. 1: 29), fuera entregado en holocausto por los pecados del mundo.  Llegado el cumplimiento del tiempo (Gal. 4: 4), el sacrificio pascual del verdadero Cordero fue realizado.  Sin embargo, los Judíos no permitieron esta obra de purificación en sus vidas. 

 

Fue en 1844, tiempo en el cual Dios ya había preparado pueblo para sí de entre los Gentiles, cuando llegaría ese gran día antitípico, día en el cual, así como en antaño, el Sumo Sacerdote entraría a oficiar, en obra especial de mediación, al Lugar Santísimo.  En la cronología divina, la realización de la verdadera purificación tuvo que esperar 1810 años más allá del plazo dado a los Judíos, para su realización final entre los Gentiles. 

 

El Gran Día de la Expiación

 

La Entrada en el Lugar Santísimo en 1844 coincidía con la aceptación de muchos de la invitación especial que extendía el testigo fiel a la Iglesia de Laodicea.  La entrada al Santísimo era paralela a la entrada en el corazón de Laodicea (Apoc. 3: 20).  Se habría de restablecer el Sábado como señal distintiva, o sello de esa obra de purificación.  Habría de coincidir con la entrada de Cristo al Lugar Santísimo y al corazón de su pueblo. 

 

Hoy estamos en ese día cósmico en el cual los pecados están siendo desarraigados del corazón de Laodicea por la obra ejercida desde el Santuario celestial por nuestro gran Sumo Sacerdote Cristo Jesús.  El Sábado sigue siendo señal y sello de que Jehová santifica a su pueblo (Ex. 31: 13; Ez. 20: 12).  Esta santificación se realiza desde el Santuario celestial sobre el pueblo de Dios en esta tierra.  El Sábado, pues, es señal de lo que Cristo está procurando lograr en el Santísimo. 

 

Nuestro gran Sumo Sacerdote está obrando en su pueblo, santidad o idoneidad para el cielo, sin la cual ninguno verá a Dios (Heb. 12: 14).  En cuanto a ésto, el Salmista pregunta: “¿Quién subirá al monte de Jehová?  ¿Y quién estará en su lugar santo?”, y en seguida responde: “El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (Sal. 24: 3, 4).

 

Esta es una obra de Dios y no del hombre.  Es el Señor quien ha de lograr tal idoneidad.  Nuestra parte es colaborar, no resistiendo su obra en nuestras vidas.  El ha empeñado su palabra y honor ante el universo al prometer: “yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado” (Isa. 58: 14).

 

Esta obra incluye preparar a su pueblo, creando las condiciones indispensables para la comunión ininterrumpida con él.  Sin embargo, más que todo procura preparar a un pueblo para permanecer de pie en aquel día.  Juan vió “a cuatro ángeles en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol” (Apoc. 7: 1).  Luego ve a un ángel “que subía de donde sale el sol, y tenía el sello del Dios vivo” (Vers. 2), quien daba la orden: “No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de nuestro Dios” (Vers. 3).

 

Esta obra especial de sellamiento es necesaria en respuesta a la pregunta hecha por los impíos en ocasión de la venida de Cristo en gloria y majestad.  Ellos preguntan: “el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Cap. 7: 17).  La respuesta, en otras palabras, es que los que permanecerán de pie serán aquellos que han tomado sobre sí el sello de Dios, la observancia del Sábado como sello y garantía de que Jehová nos santifica.

 

La  pureza y santidad en los hijos de Dios, el reposo de nuestras obras muertas, la comunión entre el pueblo y su Dios, la imágen del carácter de Cristo en la humanidad, todo esto es lo que se está obrando en el Santísimo.  El Sábado es el instrumento de esta obra, el Santísimo su lugar.

 

De la ley, en cuyo seno se encuentra el cuarto mandamiento, Cristo dijo: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40: 8).  Esta es la ley que era guardada en el Arca del Testimonio, la cual se alojaba en el Lugar Santísimo (Ex. 40: 20).

 

Cristo promete venir a habitar por la fe en los corazónes de los creyentes de la Iglesia de Laodicea.  Si Cristo está en el corazón de sus creyentes, y en el corazón de Cristo está la ley, y en el centro de la ley está el Sábado, entonces se recrea en cada creyente un templo viviente.  Se reproduce por la fe, en cada corazón, un Santuario en cuyo Lugar Santísimo habita la Shekina sagrada, sobre el Arca del Testimonio en la cual se encuentra la ley que incluye el cuarto mandamiento. 

 

La purificación del Santuario por el Sumo Sacerdote celestial (Dan. 8: 14), la entrada del testigo fiel al corazón de Laodicea (Apoc. 3: 20), y la escritura del Nuevo Pacto en el corazón (Jer. 31: 33), son el mismo evento.  Después de todo, en el antiguo sistema ritual Judío, las tablas del pacto se encontraban en el Lugar Santísimo, lugar al cual entraba el Sumo Sacerdote cada año, en el día de la Expiación, para llevar a cabo su oficio de purificación. 

 

En la actualidad, nuestro gran Sumo Pontífice se encuentra en “aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8: 2), ejerciendo su oficio de purificación mientras escribe su ley en las tablas del nuevo pacto, “no tablas de piedra, sino tablas de carne del corazón” (2 Cor. 3: 3).   

 

A través de los tiempos, siempre fue posible que Cristo morase en el corazón del creyente, que se escribiera el Nuevo Pacto en su corazón, y que se llevase a cabo la purificación del creyente individual.  Sin embargo, la obra colectiva comenzó en 1844, cuando Cristo escogió pueblo para sí.  Ese es el mismo pueblo en quien tiene la intención de lograr la realización del “misterio que estaba oculto”, es decir, “Cristo en vosotros la esperanza de gloria” (Col. 1: 26, 27).

 

Llegará el tiempo en que se consumará este misterio, y la gloria del carácter de Cristo será finalmente reflejada en el cuerpo de creyentes fieles.  Entonces quedará el Santuario celestial purificado, y se oirá la voz del Sumo Sacerdote decir: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Apoc. 22: 11).

 

Entonces se restablecerá el Edén, donde no habrá un templo como una vez en la tierra, pues Dios mismo será su templo (Cap. 21: 22).  Se cumplirán las palabras: “he aquí  el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo,  y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Vers. 3).  “Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí, dice Jehová, así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre.  Y de mes en mes, y de Sábado en Sábado,  vendrán todos a adorar delante de mí, dijo Jehová” (Isa. 66: 22, 23).  Entonces quedará para siempre el Sábado como señal de que Jehová los santificó, y que purificó el Santuario de sus vidas.

 

Para estudiar y meditar:

 

  1. ¿Qué tienen en común el Sábado y el Santuario? (Ex. 20: 8); Eze. 20: 20).

 

  1. En el antiguo ceremonial Judío, ¿qué tenía que ver la purificación del Santuario con la purificación de aquellos que en él adoraban? (Lev. 23: 27-32; 16: 30).

 

  1. ¿Qué paralelismo existe entre la obra especial que Cristo actualmente lleva a cabo desde el cielo a favor de su pueblo aquí en la tierra, y la obra de purificación que el Sumo Sacerdote ejercía en el Día de la Expiación en el antiguo Israel? (Dan. 8: 14; Heb. 9: 23-25).

 

      4.  ¿Por qué se le puede llamar a Cristo, con toda propiedad, “el Santuario viviente”?  

           (Jn. 1: 14).

 

  1. ¿Qué paralelismo existe entre la entrada del Sumo Sacerdote al Lugar Santísimo y la entrada de Cristo al corazón de Laodicea? (Lev. 16: 2; Apoc. 3: 20).

 

      6.   ¿Qué se supone que esté en el Arca del Testimonio vista por Juan en el Cielo?  

            (Apoc. 11: 19; Ex. 40: 20; 20: 8-11).

 

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