Capítulo 6
Sábado: Garantía de la Provisión de Dios.
Mucha fue la fe y la confianza en Dios que ya había Abrahán ejercitado. Pero la mayor prueba faltaba por venir. Durante 25 años esperó pacientemente el cumplimiento de la promesa de que tendría un hijo. Humanamente era imposible ya que él y su esposa Sara eran viejos, y más que todo, porque Sara, aunque hubiese tenido edad para parir, no podía porque era estéril. Pero al fin Dios cumplió su promesa, y el milagro sucedió. El hijo de la promesa nació (Heb. 11:11).
Habían pasado los años, y el heredero crecía rodeado de peligros que amenazaban su integridad como canal de bendición al mundo. Pero el joven los superó todos, bajo la protección de Dios. Su padre Abrahán, sin embargo, no podía descansar en su afán de resguardar la seguridad del mancebo. La mayor amenaza vendría, paradójicamente, del mismo Dios que había hecho la promesa de su nacimiento, y que hizo realidad su cumplimiento. Aún peor, usaría aparentemente como instrumento para ejecutar dicha amenaza, a su propio padre quien una vez aguardó ansiosamente el cumplimiento de la promesa, y ahora velaba en contra de todo peligro que amenazara por troncharla. El Dios del pacto, no obstante, tenía un propósito eterno que cumplir a través de la crisis. Dios habría de refinar aún más la fe de aquel que sería constituído, no solamente el padre de una gran nación, sino el padre de todo aquel que cree (Rom. 4: 11, Gal. 3: 29; 4: 28, 31). Para ello, habría de elevar el fuego de la aflicción a temperaturas que lo capacitarían a apreciar la infinita angustia que experimentaría Dios al entregar a su propio hijo.
Isaac era un joven promisorio, en quien se encarnaban las esperanzas de sus padres, y quien desplegaba virtudes dignas de las esperanzas en él depositadas. Era el eslabón imprescindible de la cadena que se extendería hasta el mismo Mesías, quien sería el descendiente directo del patriarca, en quien en forma última y plena se cumpliría toda promesa. Dios, sin embargo, colocaba a Abrahán ahora en un aprieto que probaría su comprensión de Dios y de su carácter.
“Toma a tu hijo Isaac, tu primogénito, a quien amas, y llévalo al monte Moriah, y allí lo ofrecerás en holocausto” (Gén. 22: 2), fue la orden divina. El patriarca pudo haber creído que esa voz no era más que su propia imaginación, o susurros del mismo Demonio. Pero esa voz era muy familiar. Ya la había escuchado en al menos 7 ocasiones anteriores, la última de las cuales había sido 17 años antes (Hch. 7: 2; Gén. 12: 1; 13: 14; 15: 1; 17: 1; 18: 1; 21: 12). Era la misma voz que con seguridad pronunció la promesa: “en tí serán benditas todas las naciones de la tierra”. Pero, ¿cómo habría esa misma voz de ordenar un rumbo totalmente diferente al que antes había señalado? ¿Cómo habría de ir en contra de su propio carácter, como se revela en su ley, ordenando sacrificios humanos tan sólo requeridos por dioses crueles como Moloc? Habría un Dios de amor, de demandar obediencia arbitraria al punto de esperar un crímen en contra de todo afecto natural, con tal de que se la demuestren?
Abrahán pudo haber escogido racionalizar, y hacer excusas para no obedecer. Pero la decisión final no era entre si obedecer o no. Era, en realidad, si entre creer que “Dios es poderoso para levantar aún de entre los muertos” (Heb. 11:19), o no.
Abrahán escogió creer, y por fe obedecer. El anciano patriarca tomó a sus siervos, y a la ofrenda humana, y se dispuso a subir al lugar del sacrificio sobre la cumbre del monte Moria (Gén. 22: 3). Abrahán sabía que Dios habría de proveer un reemplazo, ya fuese que sustituyera la víctima del sacrificio, o que restituyera a Isaac a la vida resucitándolo. Esa seguridad se la transmitió a su hijo Isaac, quien después de tres días de camino preguntó: “aquí tenemos el cuchillo, la leña y el fuego, pero, ¿dónde está el cordero?” (Vers. 7). Abrahán le contestó: “Dios proveerá” (Vers. 8).
Dios no faltó a la confianza implícita en él depositada. Abrahán se disponía a tomar el paso del cual no podría retractarse. El tenía la seguridad, sin embargo, de que Dios sí podía levantar a su hijo de entre los muertos. Dios, no obstante, no iba a permitir, ni mucho menos ser el autor intelectual de la violación de su propia ley.
El carácter de Abrahán, el padre de la fe, y de Isaac, el hijo de la promesa, fueron expuestos ante el universo que con intenso interés observaban el espectáculo. Pero, sobre todo, el carácter de un Dios que provee, un Dios digno de confianza incondicional de parte de sus criaturas, quedó expuesto. Dios envió a su ángel que dijo: “ahora sé que temes a Dios” (Vers. 12). Pero la lección no había acabado allí. Entre los matorrales, se encontraba enrredado un carnero quien fue la materialización de la confianza de Abrahán en un Dios que provee, tan cierta como lo había sido años antes el nacimiento de su propio hijo (Vers. 13).
Esta nueva revelación de Dios era necesaria sobre todo para los que constituirían el cimiento humano de una gran nación, a través de quienes Dios cumpliría su promesa al mundo. Lamentablemente, aquella gran nación demostraría razgos de escepticismo e incredulidad, que negaría la estirpe espiritual de la cual por la carne descendían. El pueblo de Israel, desde su orígen como nación independiente, demostraron no creer en las promesas dadas a su padre Abrahán. De haberlas creído, hubiesen entendido las demostraciones diarias de la provisión material de Dios, como la garantía infalible de que Aquel que no miente, habría de hacer la provisión mayor: la de su propio hijo. Cada prodigio era un mensaje por el cual Dios les daba la seguridad de su conducción, protección y provisión. Era un recordatorio de la determinación de un Dios todopoderoso de hacer de ellos una gran nación, por medio de los cuales se daría al mundo el regalo infinito del deseado de todas las gentes.
La provisión en la cruz
El maná era símbolo de esa provisión. Era símbolo de que Dios proveería a quien descendería del cielo para satisfacer el hambre del alma humana. Jesús, como nutriente alimento, daría vigor al cansado, y ánimo al de débil fuerza (Isa. 40: 29).
Comparándose con el maná en el desierto, dijo a los incrédulos y materialistas Judíos, quienes sólo lo procuraban en búsqueda de beneficios temporales, “De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo”. “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”. “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Jn. 6: 32, 33, 36, 48-51).
Como maná del cielo, Jesús es el don de Dios que sólo por la fe se puede adquirir. En realidad, es un don dado “por la vida del mundo” (Vers. 51), que ya pertenece a cada ser nacido de mujer. A causa de nuestro destino eterno, conviene creer en que es nuestro, “porque de tal manera amó Dios al mundo que dió a su hijo unigénito para que todo aquel que en él crea no se pierda más tenga vida eterna” (Cap. 3: 16). Nada podía hacer el pueblo de Israel para que el pan de Dios descendiera del cielo, solamente comerlo por la fe en el Dios que provee. Así, no hay humano que pueda hacer que sea una realidad del don inefable de la vida de Cristo dado por la vida del mundo. Por la fe, sin embargo, creemos que es ya nuestro, y con él, la vida eterna, pues “quien tiene al Hijo tiene la vida” (1 Jn. 5: 12).
En Cristo, toda provisión fue hecha, tanto por nuestras necesidades en este mundo, como por nuestra necesidad de vida en el mundo venidero. Gracias a que derramó su sangre por todos nosotros (Heb. 2:9), y entregó su cuerpo para ser molido por nuestros pecados (Isa. 53: 5), nuestra agua y nuestro pan están seguros. Gracias a que él abonó la tierra con su sudor de agonía (Lucas 22: 44), el suelo da su fruto a su tiempo. Gracias a que sobre su cielo a medio día se cirnió la oscuridad más negra de la muerte (Mt. 27: 45), se permite que “el sol salga sobre buenos y malos” (Mt. 5: 45). Gracias a que con su último suspiro exclamó “consumado es” (Jn. 19: 30), podemos respirar el aire que mantiene la vida temporal. Porque “aquel que no escatimó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cuánto más nos dará juntamente con él todas las cosas?” (Rom. 8: 32).
Al dar el maná, Dios lo puso como prueba a Israel diciéndole a Moisés: “el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no” (Ex. 16: 4). Todos los días llovería porción de maná que de ser guardada para el día siguiente se dañaría. El Viernes la porción a ser recogida era doble, pues el Sábado no caería. La provisión guardada para el Sábado no se pudriría, sino que mantendría su frescura y buen sabor (Vers. 5, 16, 19-27).
Así Cristo, dado por la vida del mundo, sería preservado cual maná para no ver corrupción mientras reposaba en la tumba de José en día Sábado (Hch. 2: 27).
El Sábado ha constituído a través del tiempo una piedra de toque, una prueba de fuego en la cual la fe de millares ha sido probada a lo máximo. Muchos han arriesgado su pan de cada día, y el sostén de sus familias, al rehusar quebrantar sus horas sagradas sometiéndose a labor secular. No les ha sido sorpresa, sin embargo, ver su confianza en Dios recompensada por la fiel provisión de sus manos. Muchos otros han dejado sus cargas y preocupaciones del diario vivir a un lado, cuando se avecinan las horas del descanso sabático, para retomar dichas cargas al inicio de una nueva semana de afán, con renovadas fuerzas. El Sábado, a diferencia de cualquier otro día de la semana, renueva las energías emocionales, físicas y espirituales, gracias a su rico contenido de bendiciones provistas por el mismo creador desde el principio.
No se puede olvidar, de ninguna manera, el sacrificio que tantos han hecho al rehusar doblar sus rodillas ante el ídolo de la duda, y han permanecido incólumes a costo de su bien material, y aún de sus propias vidas. La felicidad proveniente de la fiel observancia de los mandatos divinos representados en el Sábado, les ha sido mucho más cara que los bienes temporales.
El Sábado es señal de que “el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” (Mt. 6: 34). Un día de afán es más que suficiente para nuestra limitada capacidad. Un día a la vez es que Dios provee. Esto en ninguna manera hace innecesario el ahorro y la planificación para el futuro. Pero sí hace innecesario la ansiedad por el mañana.
Si no hemos demostrado confianza implícita en la provisión de Dios para el afán del diario vivir, mucho menos hemos de experimentar el descanso al fin de la semana. Dios provee en seis días a través de su providencia. Nos da las fuerzas para cosechar lo que por su gracia el terreno ha producido; y prospera nuestros esfuerzos que no son más que su obrar a través de nosotros. En el Séptimo día nos pide que dejemos todo cuidado en sus manos, y que enfoquemos nuestro afán en agradarle y servir a los demás. El Sábado es pues señal de la confianza que va más allá de un día; una confianza que se extiende por toda la semana.
El gran Maestro enseñó, a través de lecciones sencillas ilustradas por la naturaleza, la verdad de que su Padre hacía provisión diaria de las necesidades de todas sus criaturas. Enseñó la gran verdad de que el Dios que había provisto lo mucho, con mucho más razón habría de proveer lo poco. (En ocación de señalar el contraste de lo mucho con lo poco, también hizo un contraste de lo relativamente insignificante con lo de valor eterno.
Cristo dijo: “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?
“Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Vers. 25-31).
Con esto ilustró la verdad de que el Dios que reina soberano sobre su creación, es el mismo que es digno de nuestra confianza. El Sábado nos recuerda que “en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1: 16).
La
provisión material de Dios es sólo parte de un objetivo mayor: la protección de
la vida física. Esta última está
prometida por quien no puede mentir.
¿Cómo explicar entonces que aún los hijos de Dios sufren pérdidas que
van desde lo material hasta la propia vida?
Las Escrituras son realistas en cuanto a lo universal del pecado, así
como de la gracia de Dios. Nos dice que
la lluvia cae sobre justos e injustos por igual (Mt. 5: 45).
Los
hijos de Dios no están exentos de los estragos del pecado, así como los
injustos e ingratos son también recipientes de las bendiciones compradas por la
cruz. La protección divina no es
necesariamente una muestra de favoritismo de Dios por los que le han aceptado
por fe. Es más bien una demostración
visible que apunta a la provisión mayor hecha en la cruz: la de la vida
eterna. La protección garantizada de
daño físico no es una expectativa que alma alguna deba albergar. De hacerlo, se predispone al chasco. Sin embargo, Dios usa las bendiciones de
naturaleza temporal, material y física, como evidencia de que podemos
encomendar nuestro destino eterno a su cuidado, sin temer el ser
defraudados.
Lamentablemente,
hay quienes se engañan viendo las bendiciones temporales como privilegios que
sobre ellos se otorgan, como si lo merecieran.
Ya en tiempos de Jesús, las riquezas y la salud física eran vistas como
señales del favor divino, y su ausencia era considerada como muestra inequívoca
del descontento de Dios. Eso se
evidencia en historias como la del ciego de nacimiento (Jn. 9: 2), cuya ceguera
era considerada castigo divino. También
notamos cómo los discípulos consideraban las riquezas como ventaja
espiritual. Por eso, se sorprendieron
ante la actitud de Jesús hacia el joven rico, y sus palabras que parecía cerrar
las puertas del reino a los ricos (Mt. 19: 25).
El
punto en el ministerio de Cristo que fue visto por muchos como un fracaso
político, fue aquel en que él aprovechó acontecimientos recientes, y su
paralelismo con la historia nacional, para ilustrar realidades eternas. Esto sucedió en ocación en que, luego de
alimentar milagrosamente a una multitud, al irse al otro lado del lago, muchos
lo siguieron. Notando cómo muchos lo
seguían por ventajas temporales, Cristo quizo señalar cómo la provisión
material eran migajas del verdadero pan descendido del cielo (Jn. 6:
57-60).
La
última protección divina es la del alma.
“No temáis a los que matan el cuerpo, pero el alma no pueden matar” (Mt.
10: 28), dijo Jesús. Cristo dejó claro
que nuestro valor ante Dios es infinitamente mayor que la de muchos pájaros, y
a estos últimos, nuestro Padre celestial los vigila con tierno amor y
cuidado. Pero el proteger el valor del
alma humana no se limita a la protección física de su integridad; ni siguiera
la asegura. Tiene el objetivo de
protegerla de daño alguno que pueda hacerla peligrar por la eternidad.
El
rogar por esta protección, como se manifiesta por la provisión de Dios por las
necesidades humanas, es presentada en el Padrenuestro como una antesala a
nuestro pedir por la protección eterna.
Primero le hemos de pedir: “danos hoy nuestro pan contidiano” (Mt. 6:
11), y luego: “no nos meta en tentación, más líbranos del mal”. Termina la oración modelo con nuestra
afirmación de nuestra confianza en la plenitud de la capacidad de nuestro Padre
de hacer lo que pedimos. “Porque tuyo
es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén” (Vers. 13). Es decir, aquel quien posee todos los recursos del universo es
aquel de quien podemos decir con confianza: “yo se a quien he creído, y que es
poderoso de guardar mi depósito para aquel día” (2 Tim. 1: 12).
El
profeta Habacuc asentía a que la confianza en Dios trasciende a los beneficios
temporales. Dijo: “Aunque la higuera no
florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y
los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada y no
haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en
el Dios de mi salvación” (Hab. 3: 17, 18).
Esta es
la verdadera confianza que debemos poseer.
Por eso, Cristo afirmó sobre el monte: “No os hagáis tesoros en la
tierra, donde la polilla y el orín corrompen,
y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde
ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí
estará también vuestro corazón” (Mt. 6: 19-21). Es decir, es un asunto de prioridad espiritual.
La
protección divina a su vez es parte de un objetivo aún mayor: la
conducción. Los israelitas en el
desierto tenían la constante protección de Dios sobre los peligros propios de
área hostil como el camino a Canaán. La
protección era una evidencia práctica de que quien los había sacado con mano
fuerte de tierra de esclavitud tenía el propósito de hacerlos llegar a su
destino final. La provisión era
demostración irrefutable de su conducción.
Dios
nos conduce por caminos que nos pudieran parecer extraños en esta tierra. Estos son sólo pasadizos dentro de nuestra
trayectoria a la Canaán celestial. En
ellos podemos encontrarnos con necesidades que Dios provee, con peligros de los
cuales Dios nos protege, y encrucijadas en las cuales Dios nos señala la
dirección a seguir. Todo esto sigue
siendo, sin embargo, parte de un panorama mayor, de un objetivo eterno: la de
llevarnos a una patria eterna.
Contratiempos
en estos detalles de nuestro perigrinar por el desierto de este mundo son
propios de la hostilidad del terreno.
Apuros por faltas materiales, temores por amenazas físicas,
desconciertos por incertidumbres relacionadas a decisiones tomadas o por tomar,
todos ellos, pudieran ser usadas por el enemigo de nuestras almas como
distracción que alejen nuestros pensamientos de las realidades eternas. Afortunadamente, de una forma aún mayor,
estas son utilizadas por Dios como instrumentos de la gracia que asistan a
nuestra preparación para entrar en el destino eterno al fin del camino.
Dios
usa cada prueba, cada amenaza de peligro traída por las circunstancias, cada
momento de espera aparentemente interminable, como la oportunidad de su gracia
para obrar en nosotros, haciendo crecer nuestra débil fe. Pero sobre todo, es la oportunidad en la que
se da testimonio a un universo expectante, de la fidelidad de Dios, y la
confianza y fe inamovibles de sus criaturas fieles.
En
ocaciones, Dios parece retirar sus bendiciones temporales, y aún su protección,
cuando esto sirve a sus propósitos eternos.
Esto lo vemos ilustrado en la vida de hombres de fe que sufrieron
pérdidas materiales, y aún la vida, a pesar de tener la protección y dirección
divinas.
La
juventud de José fue tronchada cuando fue vendido como esclavo, con un futuro
incierto, sin saber que era Dios quien lo guiaba. Job perdió su familia y sus bienes sin entender por qué le
pasaban estas cosas. Juan el Bautista
murió solo y aparentemente olvidado por Dios y por Cristo, sin saber que el
cielo lo tenía presente. Los seguidores
de Cristo en un gran número perdieron sus vidas por proclamar la resurrección
del autor de la vida. Todos ellos
gozaban de la verdadera protección y dirección divinas: la de sus almas con
valor infinito, cuyo destino final era un lugar alrededor del trono celestial.
Este era el propósito eterno que la serpiente
en el asta ilustraba. No era
necesariamente la protección de la muerte física causada por la mordedura de
una serpiente, sino la protección de la muerte eterna que el pecado pudiera
causar. Por eso, “así como Moisés
levantó la serpiente en el desierto, así es también necesario que el hijo del
hombre sea levantado, para que todo aquel que en él crea no se pierda más tenga
vida eterna” (Jn. 3: 14, 15).
Lo primero es lo primero
“El que ha entrado en su reposo, también ha descansado de sus obras, así como Dios de las suyas”, “Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día” (Heb. 4: 4, 10). Dios es nuestro ejemplo tanto en el reposo físico del día séptimo, como en el reposo espiritual. Dios provee el descanso Sabático, y con él, suple las necesidades materiales. De la misma forma, él espera que nosotros reposemos las horas santas de su día con el pleno conocimiento experimental de las bendiciones que su observancia representa. La verdadera observancia implica fijar una escala de prioridades en la cual lo material pase a un plano secundario en relación a lo espiritual.
Esta gran verdad era la que procuraba nuestro Señor enseñar en ocasión en que presentó el Sermón del Monte. Luego de presentar lo vano de nuestra preocupación por lo material y pasajero, nos amonesta: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas os serán añadidas” (Mt. 6: 33).
Esta escala de prioridades está simbolizada en el descanso del séptimo día. Como se ve en la historia del maná, Dios anima a su pueblo a que busque primero su reino al observar su día, y todas las demás cosas, comenzando por el maná, serán añadidas.
El cristiano experimentará, al poner lo espiritual en primer lugar como se evidencia en la observancia del Sábado, una bendición que supera la provisión material, como la masa del pan supera una migaja. La migaja es sólo un rastro que evidencia la existencia de un mayor manjar. El manjar del pan espiritual encerrado en las horas santas, juntamente con las migajas de provisión material que de él caen, todos ellos fueron comprados por la provisión infinita de la cruz.
Para estudiar y meditar:
1. ¿Cómo ilustra el episodio que encontramos en Génesis 22, referente al pedido de Dios a Abrahán que sacrificara a su hijo, el amor de Dios por la humanidad?
2. ¿Qué significaba el maná dado a Israel en el desierto? (Jn. 6: 32, 33, 36, 48-51).
3. ¿Qué significa la protección de Dios en esta tierra? (Mt. 10: 28; Rom. 8: 32).
4. ¿Cuál es el destino final al que verdaderamente apunta la providencia y conducción de Dios en esta tierra?
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