Capítulo 5
Sábado: Señal de Servicio
Jesús se despoja a sí mismo
Cristo, al encarnarse, tenía el cometido de demostrar al universo que la entrega desinteresada en un servicio de amor es el verdadero espíritu del cielo. Satanás había alegado que Dios era egoísta, y que sus expectativas de obediencia a su ley solamente estaban motivadas por su deseo de recibir el homenaje del universo. Cristo habría de demostrar que la ley de su Padre encerraba un propósito de bienestar eterno para cada criatura, y que no solo las criaturas, sino el mismo Creador se regía por la misma, ya que la tal no era otra cosa sino el trasunto de su carácter.
Para ello, Cristo “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2: 6-8). Toda la vida terrenal de Cristo, desde su nacimiento en Belén hasta su ascención, estuvo caracterizada por la abnegación. Cristo se colocó en el último lugar en su lista de prioridades. Primero su Padre, y luego la sufriente humanidad, eran objetos de su supremo interés.
Jesús vino a demostrar el verdadero significado de la humildad. Vino a darnos ejemplo para que aprendiésemos de él. Si había algo en lo cual Cristo quería que sus discípulos, y todos los que creyeran en él, siguieran su ejemplo, esto era en la humildad y el servicio. Por eso, no sólo en cierta ocasión dijo “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11: 29), sino que en ocación de lavarles los pies a sus discípulos dijo: “ejemplo os he dado, para que como he hecho vosotros también hagáis” (Jn. 13: 15).
Por su vida, Jesús demostró que humildad no significa pobreza, aunque él era pobre. Vino a demostrar que humildad no significa una apariencia digna de lástima, pues el que da tal apariencia sólo desprecia su propio valor, y él sabía que era hijo de Dios. El vino a demostrar que humildad significa servicio; servicio desprovisto de interés por el reconocimiento o aplauso de los hombres. El dijo: “porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir” (Mr. 10: 45). De haber usado el servir como forma de ganar la admiración o el respeto humano, él se hubiese servido de servir; es decir, hubiese buscado un reconocimiento digno del servicio rendido. Sin embargo, Jesús buscó servir sin importarle aún si iba a recibir agradecimiento a cambio.
La curación de los diez leprosos así lo demuestra. Habían diez leprosos, quienes deshauciados por los médicos de aquel entonces, tenían como última esperanza encontrarse con aquel obrador de milagros del cual habían oído hablar. Lo encontraron, y el tan esperado milagro sucedió. Jesús les ordenó que se fueran a presentar ante el sacerdote para que éste los declarara limpios, tal como la ley mosaica requería. Antes de que se llevara a cabo el milagro, los leprosos corrieron a cumplir la orden del Señor. Pero su pronta obediencia no necesariamente implicaba la actitud correcta. El resto de la historia nos demuestra que su pronto cumplimiento al mandato de Cristo estaba motivado por el egoísmo.
Mientras iban de camino, notaron que su piel recobraba su lozanía y salud. Pero, solamente uno de ellos, el cual era de Samaria, regresó a agradecerle al Señor. El evangelista Lucas nos cuenta que el corazón del Samaritano estaba lleno de alabanzas a Dios, y de gratitud a Cristo. Pero Cristo no procuraba su parte, sino la gloria para su Padre. Se nos dice que aún después de haber recibido efusivas palabras de gratitud de parte del Samaritano recién curado, Jesús no tomó la gloria para sí, sino que reconoció ante la actitud del leproso, más bien un acto de alabanza a Dios. “Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpios? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” (Luc. 17: 17, 18).
Este relato nos demuestra la actitud correcta que deberían tener, no solamente los que han sido recipientes de las bendiciones de Dios, sino también aquellos a través de los cuales las bendiciones fluyen. Antes que en búsqueda de honra, gloria o aún una respuesta de agradecimiento, Jesús buscaba la gloria para Dios. Así nos dió, él mismo, ejemplo que respaldaran sus palabras: “así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5: 15).
Jesús servía a la humanidad con un tipo de amor hasta entonces desconocido. Un amor que no busca lo suyo, y que no espera nada a cambio. Por eso lo vemos haciendo milagros, sin siquiera identificarse, como en el caso de la curación del paralítico de Betesda. Juan nos cuenta que cuando se le preguntó al paralítico “¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda?”, “el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar” (Jn. 5: 12, 13).
Se nos cuenta que Jesús y el paralítico tuvieron un nuevo encuentro poco después. En su relato, Juan añade: “Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Vers. 14). Solamente luego de ese encuentro fue el hombre capaz de identificar a su sanador, como se puede notar en el próximo versículo. “El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado (Vers. 15).
Cristo estaba muy distante de ser como los filántropos y fundaciones caritativas modernas, que buscan reconocimiento público de sus obras de bienestar social. El espera de los que profesan su nombrre que imiten su ejemplo. Por eso enseñó: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mt. 6: 1-4). Esto se aplica a cualquier obra de bien, y no sólo a las limosnas.
Los líderes de su tiempo, competían entre sí por el aplauso de los hombres. No disimulaban cuál era la meta perseguida por su ofrendar. Ninguna obra a favor de los menesterosos tenía valor real. Sus corazones estaban llenos de desprecio hacia los demás, aún hacia los de su mismo grupo. Un poder transformador, capaz de desarraigar el egoísmo, era necesario con el fin de hacer de ellos vasos de honra que Dios pudiese usar. Pero sus ansias de admiración y prestigio, los incapacitaban para representar al Dios a quien llamaban Padre.
El humilde Nazareno, con su vida sencilla y obrar desinteresado, era un reproche sin palabras a sus orgullosos corazones. Poseía una vida con una paz y sosiego mayores que la satisfacción que traía el aplauso humano que ellos procuraban. Este humilde obrador de milagros estaba lleno de paz y sosiego porque estaba vacío del yo. Ellos, de su parte, nunca estaban reposados, pues su insaciable egoísmo controlaba sus motivos y acciones.
Esa vida de entrega fue lo que atrajo a fariseos como Nicodemo a inquirir del maestro. Fue esa vida que se da como aguas a torrentes de un manantial, lo que llevó a la Samaritana a pedir aquello que saciara su sed. Fue encontrar esa vida que se da, lo que cambió al egoísta en generoso, y lo que hizo del que retenía para sí, un alabastro quebrado en entrega fragante a Dios y al mundo.
Las Escrituras, las cuales disciernen los motivos e intenciones del corazón, nos revelan la clave para identificar las intenciones egoístas que pudieran acompañar aún al aparentemente desinteresado servicio. Pablo escribe: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Fil. 2: 3). Es decir, nuestro trato a los demás como si estos fueran superiores a nosotros mismos, denota si nuestro servicio está motivado por un amor desinteresado, o por contiendas y vanagloria. La verdadera humildad toma en consideración la dignidad humana, y sirve a cada persona teniendo en cuenta que es un alma por la que Jesús dió su vida, y por lo tanto, con un valor infinito.
Este trato hacia los demás como si fueran superiores a sí mismos era algo que carecían los fariseos como se ilustra en la parábola que encontramos en Lucas 18. Allí vemos a un fariseo que, puesto de pie en el templo donde todos pudieran verlo y oirlo, levantó su voz en oración, que más que una oración al Dios de los cielos, era un ruego por la admiración de sus oyentes en esta tierra. “El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Vers. 11, 12).
Este líder religioso rebajaba a los demás, con el fin de exaltar su superioridad y buenas obras. Se comparaba con el Publicano, un cobrador de impuestos de cuestionable reputación, no sabiendo que la actitud de este último era precisamente la que Dios esperaba de todo el que invocara su nombre. “Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (Vers. 13).
En el próximo capítulo, Lucas relata el encuentro de Cristo con un publicano llamado Zaqueo, cuya historia es bien conocida por todos nosotros. Habiendo tenido un encuentro personal con el Maestro en la intimidad de su casa, este publicano respondió ante el toque del Maestro con una promesa solamente escuchada por el Señor. “La mitad de mis bienes daré a los pobres”, dijo (Luc. 19: 8). Este publicano comprendió el significado de la entrega, pues conoció a aquel en quien Dios entregó todas las riquezas del cielo. Conoció íntimamente a aquel a quien vió rodeado de una multitud constituida mayormente por pobres y desvalidos.
Lo que capacitó a Cristo para atraer casí irresistiblemente a los cuales se acercaba fue su aceptación incondicional del más vil pecador, y su humilde identificación con los trasgresores como si ellos fueran superiores a sí mismo. Cristo, la majestad del cielo entre los hombres, no solamente se hizo pecado por seis horas de infinito sufrimiento sobre la cruz, sino también a través de los 33 años y medio de su andar entre los hombres. Se identificó con los males de la humanidad, pues “llevó nuestras iniquidades y sufrió nuestros dolores”.
Jesús sentía el dolor de aquellos que procuraba salvar como si fuese el suyo propio. Jesús experimentó en su vida terrenal toda la gama de la experiencia humana vivida en este mundo de pecado, no solamente siendo tentado en todo a nuestra semejanza, sino también teniendo una experiencia espiritual propia de aquellos a quienes salvaría. Todo esto con la única salvedad, la gran excepción, “pero sin pecado”.
Esto implicaba los pasos básicos de la experiencia cristiana como lo son la fe, el arrepentimiento, la confesión, entre otros. La oración del Padre Nuestro, enseñada por Jesús a sus discípulos, nos ilustra lo que Jesús ciertamente incluía en su vida de oración, en virtud de su identificación con sus hermanos de la gran familia de la humanidad que el vino a encabezar. Se compenetró con nosotros y reconoció su asociación con el pecado al identificarse con nosotros. Así como el dolor de un hijo, es el dolor de su padre, el dolor nuestro fue su dolor, el pecado nuestro el suyo, la culpa que nosotros sentimos la sintió él como si él mismo hubiese cometido nuestra falta. Por eso oró seguramente así: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a nuestros ofensores” (Mt. 6: 12).
Si él no se avergüenza de llamarnos hermanos (Heb. 2: 11), y siendo sin pecado se identificó con una raza de pecadores, ¡cuanto más deberíamos nosotros despojarnos de nuestro manto de fariseos, y de nuestras hojas de higuera! ¿Cómo no hemos de reconocer que compartimos el pecado de nuestros hermanos no solamente en virtud de nuestra identidad corporativa, sino también en virtud de nuestra comisión de lo mismo?
Sigamos el ejemplo de Jesús. No pretendamos, como el fariseo de la parábola, ser superiores, ni procuremos recibir de otros admiración, aplauso, prestigio, ni siquiera agradecimiento hacia nuestra obra en su favor; pero sí procuremos que se sientan tratados como personas cuyo valor se mide con la vida de Cristo quien murió para redimirlos. Por eso se nos exhorta: “Haya pues en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús” (Fil. 2: 5). Es decir, si Cristo, siendo infinitamente mayor, se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz, por servir y salvar, ¡cuánto más nosotros, quienes sólo en su gracia encontramos valor! Si seguimos su ejemplo, y si reconocemos nuestra baja condición en contraste con su exaltada posición, hemos de servir a los demás como quienes valen tanto como nosotros, en virtud del mismo sacrificio.
Jesús, en su ministerio y enseñanzas, se enfocó en la bondad práctica más que en ningún otro aspecto. No fueron las doctrinas lo que lo embargó en sus enseñanzas. No fueron esfuerzos para constituir una gran maquinaria, a la cual llamara iglesia, y a través de la cual pudiera esparcir su mensaje, lo que tomó la mayoría de su tiempo. Aunque la doctrina y la organización constituirían parte importante de su ministerio como lo continuarían sus discípulos, el amor desinteresado a la humanidad fue su mayor legado.
Mientras tanto en el cielo, Cristo todavía tiene el propósito de servir, pues está “viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7: 25). Comparte su amor y compasión hacia una sufriente y necesitada humanidad, pues “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nosotros, sino uno que fue tantado en todo conforme a nuestra semejanza pero sin pecado” (Cap. 4: 15). Intercede por nosotros y por toda la humanidad para que realicen el gran valor que sobre sus almas fue puesta; para que abran sus ojos, y contemplen nuevas sendas de santidad, por las cuales sus pies heridos por los tropiezos de la transgresión, puedan caminar; para que sus vidas, como su propia vida, puedan reflejar el carácter benévolo y desinteresado del Dios que “de tal manera . . . amó al mundo que dió a su hijo unigénito para que todo aquel que en él crea no se pierda más tenga vida eterna” (Jn. 3: 16).
En su ministerio terrenal, Cristo dió un realce especial al día Sábado, al escogerlo como su ocasión semanal preferida para ejercer sus milagros. Era en un día Sábado, cuando Jesús caminando por los alrededores del estanque de Betesda, hizo algo que escandalizaría a muchos aquel día, y que todavía escandaliza a muchos hoy. Cristo se encontró con un hombre que había sido paralítico por 38 años, tiempo suficientemente largo como para no recordar la libertad de moverse con soltura, pero no tanto como para haber perdido toda esperanza. Este hombre basaba su esperanza, sin embargo, en la superstición. Creía que las aguas del estanque, en cuya orilla yacía, podían sanarlo.
Aquel hombre creía que su infortunio se debía a la falta de ayuda humana, pues pensaba que de tener a alguien que lo ayudara a arrojarse a sus aguas cuando estas fueran supuestamente movidas por un ángel, él sanaría. Pero la realidad era otra. La ayuda que realmente necesitaba estaba a punto de llegar el día menos pensado. Era día Sábado cuando Cristo se le acercó, y le hizo una pregunta cuya respuesta, aunque obvia, lo haría pensar en lo fútil de su esperanza: “¿Quieres ser sano?” (Jn. 5: 6). El paralítico responde a aquel extraño relatando en resumen sus 38 años de infortunio. “Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo” (Vers. 7).
El evangelista Juan continúa el relato de la siguiente manera: “Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día” (Vers. 8, 9). Pero el relato no conluye allí. Aquel acto de bien, lejos de causar regocijo en todos, levantó una gran controversia que motivó a los Judíos a procurar seriamente la muerte de Jesús.
¿Qué fue particularmente lo que causó tal revuelo entre los Judíos? ¿Qué hizo Jesús que provocara la manifestación del lado más oscuro de la naturaleza humana? Fue su obrar en Sábado, y como si hubiese sido poco, el ordenar al hombre a tomar su lecho y a andar. En realidad, el hecho del hombre cargar su lecho en el día de reposo sirvió para llamar su atención a lo que ellos consideraron una violación mayor, es a saber, el milagro mismo.
Cuando se le llamó a dar cuentas por lo que ellos consideraban una profanación, Jesús hizo una afirmación que casi le costó la vida. Dijo: “mi padre hasta ahora trabaja, y yo también trabajo” (Jn. 5: 17, 18). Este versículo ha llenado de perplejidad a muchas personas sinceras, que quieren obedecer a Dios y a su ley. ¿Se tornaría la misma voz que proclamó los diez mandamientos, incluyendo el cuarto mandamiento que ordena observar el Sábado, en contra de la misma orden que una vez enunció? ¿Cómo explicar que Jesús, en forma tan aparentemente desafiante, hiciera en Sábado milagros de curación que podían esperar a otro día de la semana para ser hechos? Todas nuestras perplejidades y preguntas al respecto pueden encontrar respuesta satisfactoria cuando comprendemos el propósito del Sábado y el significado del descanso como se ilustran en la vida y ministerio de nuestro Señor Jesucristo.
Cristo sanó en Sábado al paralítico de Betesda (Jn. 5: 1-9), el hombre de la mano seca (Mat. 12: 10-13), la mujer encorvada (Luc. 13: 10-14), y muchos otros, a pesar de que eran casos crónicos que ya llevaban mucho tiempo, y que podían haber esperado unas cuantas horas más, porque el tenía su propósito eterno que debía ilustrar a través de esta obra de bien en el día santo. Era la oportunidad de demostrar que aquel don, pervertido por tradiciones humanas, tenía un propósito eterno de descanso para la humanidad agobiada por el pecado y sus consecuencias.
Fue en Sábado cuando él declaró su autoridad sobre el día al decir: “el Hijo del Hombre es Señor aún del Sábado” (Mar. 2: 28), y además resumió el propósito real
de este don celestial al decir: “porque el Sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del Sábado” (Vers. 27). Fue en Sábado cuando Cristo entró a la sinagoga conforme a su costumbre, y proclamó su misión de “dar buenas nuevas a los pobres”, “sanar a los quebrantados de corazón”, “pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos”, “poner en libertad a los oprimidos”, y “predicar el año agradable del Señor” (Luc. 4: 18, 19).
El Sábado se constituye en el lazo perfecto provisto por Dios para vincular lo abstracto y espiritual con lo concreto y material. Muchos de nosotros hacemos muy buen papel en mantener nuestra “fe” al nivel de lo abstracto, intangente e invisible. Pero fracasamos miserablemente, cuando se trata de vivir una piedad práctica, de demostrar nuestra fe por nuestras obras. El Sábado constituye el lazo entre nuestra relación con lo espiritual, y nuestra relación con el mundo físico y sus habitantes. Constituye la demostración perfecta de nuestro amor a Dios, en nuestro amor práctico hacia el prójimo; porque “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Jn. 4: 20).
Por eso, encontramos al Sábado justo en la porción del decálogo que finaliza nuestra lista de deberes hacia Dios, y da paso a la lista de nuestros deberes al prójimo. En la lista de los diez mandamientos dada en el libro de Deuteronomio, el cuarto mandamiento reza; “mas el séptimo día es reposo a Jehová tu Dios; ninguna obra harás tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún animal tuyo, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que descanse tu siervo y tu sierva como tú. Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido; por lo cual Jehová tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo” (Deut. 5: 14, 15).
Se nos presenta como mayor razón de su observancia el hecho de que Dios haya libertado a su pueblo de la esclavitud egipcia, y que ahora es su oportunidad de liberar al esclavizado de sus pesadas cadenas. Tanto en Deuteronomio 5 como en Exodo 20, se hace al creyente consciente de que el don del descanso no es exclusivo suyo, sino que a través del creyente se extiende a los que le rodean, cuando se incluye a su hijo e hija, a su siervo y sierva, a su buey y asno, o cualquier animal suyo, y finalmente al extranjero que está dentro de sus puertas.
En su trato con los hijos de Israel, Dios enfatizó en más de una ocasión lo vano de su observancia del Sábado, a menos que éste estuviera asociado con una justicia manifestada en una preocupación real y efectiva hacia los necesitados. Hablando a través del profeta Isaías, Dios expresó su aborrecimiento de lo que era una obvia hipocresía. Dijo: “No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes”, “aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda” (Isa. 1: 13, 17). Observar el Sábado en su letra mientras ignoramos las necesidades de los que nos rodean, constituye una obediencia hueca, pues está desprovista del verdadero espíritu del reposo, que es el servicio.
En otra ocasión, mientras expresaba su repudio hacia el supuesto cumplimiento de sus deberes religiosos mientras ignoraban la escencia de la ley, Dios habló una vez más a través del mismo profeta sobre cómo una religión vertical debe ir acompañada de su manifestación horizontal. Primero Dios habla del ayuno, y explica cual es el verdadero ayuno que encuentra favor ante sus ojos. “¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: heme aquí” (Cap. 58: 6-9).
Luego lo asocia a la verdadera observancia del Sábado: “Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová, y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado” (Vers. 13, 14). No es andando en nuestros propios caminos; ni buscando nuestra voluntad; ni hablando nuestras palabras, como observamos el Sábado en espíritu y verdad. Es andando sus caminos, pues es él que nos guía por sendas de justicia por amor de su nombre. Es haciendo su voluntad, porque él es quien en nosotros hace el querer como el hacer por su buena voluntad. Es hablando sus propias palabras, pues ahora él pone sus palabras en nuestra boca.
Como se vió en su ministerio, la voluntad de Dios manifestada en Cristo, es traer alivio al cargado. Sus palabras fueron de consuelo al sufriente, y ánimo al desmayado. Sus caminos fueron en pos del descarriado. Esos deben ser los nuestros siempre, especialmente en Sábado.
El Sábado significa que la observancia a la ley va más allá de un cumplimiento pasivo a su letra. En los evangelios se nos registra un incidente aparentemente sencillo, pero de consecuencias eternas, que nos ilustran este hecho. Es la historia comúnmente conocida como la del joven rico. Este joven se acerca a Cristo con la certeza de ser aceptado como ciudadano del cielo, por lo que él juzgaba como buenas credenciales en su conducta. Se acercó a Jesús con una pregunta aparentemente sincera: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mt. 19: 16). Jesús le dió inicialmente una respuesta que no fue sorpresiva para aquel joven. Contestó: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Vers. 17).
Aquel joven rico continuaba su inquirir pues su consciencia le decía que había un requisito básico que no había cumplido. Su próxima pregunta fue: “¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Vers. 18, 19). El Joven sabía que algo le faltaba como lo demuestra el hecho de que todavía no quedaba satisfecho con la respuesta de Cristo. Hizo entonces una tercera pregunta. “El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Vers. 20, 21).
Notemos que Cristo, al presentar la observancia de los mandamientos como requisito para el joven alcanzar el reino de los cielos, justamente destacó aquellos relacionados al prójimo. Todavía, sin embargo le faltaba la demostración práctica de este amor. Hasta este punto el podía aducir obediencia, pues no se necesitaba acción visible que pudiese apoyar su reclamo. No obstante, cuando Jesús requirió una demostración activa de su amor al prójimo, es decir, que repartiera sus posesiones entre los pobres, dicen las Escrituras que “Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Vers. 22). Así una vida de apariencia promisoria demostró ser eso: sólo apariencia.
Santiago, quien escribió una carta universal en el Nuevo Testamento, fue práctico como ningún otro escritor en su exposición de lo que constituía la vida cristiana. El resumió así, su descripción de lo que constituye la religión verdadera: “La religión pura y sin mancha ante Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo” (San. 1: 27, NRV 1990). Santiago presenta así la importancia de una religión sencilla y práctica que trasciende lo intangible e invisible. Esta religión, lejos de menoscavar la importancia de la verdad doctrinal, apoya y demuestra la capacidad que tienen las escrituras, incluyendo la verdad del Sábado, de hacer al “hombre de Dios enteramente perfecto, instruido para toda buena obra” (2 Tim. 3: 17).
Al joven rico, bien se le aplican las palabras de Santiago cuando dice: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Cap. 2: 14-18). Es decir, “Joven, tú dices guardar perfectamente todos los mandamientos, demuéstralo vendiendo todo lo que tienes y dándolo a los pobres . . . De que te vale si dices guardar los mandamientos, y descuidas al menesteroso? Demuéstra tu supuesto amor, y obediencia pasiva sin tus obras, que yo te mostraré mi amor, y obediencia activa por mis obras”.
Ningún Cristiano íntegro se atreverá a hacer una profesión de piedad, ni aún reclamar que Dios obra eficazmente en su corazón, mientras sus acciones digan lo contrario. La ley de Dios, incluyendo el Sábado, es deshonrada por aquellos que dicen cumplirla, y aún abogan su cumplimiento por otros, mientras estos no tengan una fe que obra por el amor.
Ya hemos visto que el Sábado es un mandamiento que, lejos de proveer una oportunidad para que obremos nuestra salvación, nos ordena a reposar, ya que es él quien obra en nosotros. Pero no solamente Dios nos da el descanso al hacernos obrar y obedecer por su gracia, sino también que su descanso viene como producto de obras desprovistas
de todo egoísmo, destinadas a servir y aliviar las cargas de la humanidad, comenzando por el vecino.
La mayor carga que cualquiera pueda experimentar es la de una vida centrada en el yo. Nadie está mas lleno de zozobra, ansiedad e intranquilidad que aquel que solo piensa en sí mismo, en sus necesidades, en sus propios problemas, y en sus propias faltas. El Sábado provee ese descanso cuando torna la vista de nuestras propias necesidades hacia las necesidades de los demás. Dios nos da descanso al hacernos instrumentos a través de los cuales él alivia las cargas de una humanidad calamitosa.
El Sábado observado en espíritu, además de en su letra, canaliza nuestras energías, que de otra forma estuvieran dedicadas a la búsqueda insaciable de intereses propios, hacia los intereses de la humanidad, así levantándola de su degradación del pecado. Jesús extendió la invitación a aceptar su don. El Sábado fue el don ofrecido por aquel que dijo: “venid a mi todos los trabajados y cargados y yo os haré descansar” (Mt. 11: 28). Pero no podemos ser selectivos, pretendiendo recibir sus promesas sin cumplir la condición. Para experimentar ese descanso debemos cumplir el requisito. “Tomad mi yugo sobre vosotros, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mt. 11: 30).
En realidad, más que una condición, llevar con él su yugo es la clave de su cumplimiento. La carga del sufrimiento de la humanidad es la carga de Jesús. Y al tomar la carga de la humanidad, llevamos sus cargas mismas, y tomamos su yugo sobre nosotros. Así lo ilustró cuando describió al juicio final como un evento en el cual él separará las ovejas de los cabritos. Entonces a sus ovejas dará la recompensa diciéndoles: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25: 35, 36, 40).
El Sábado es obrar con él, porque él es quien obra en nosotros. Es descansar con él, porque llevamos su yugo con él, al llevar con él el yugo del sufriente y necesitado. Es entregarnos sin reservas a los demás, porque él se entregó por todos nosotros.
Para estudiar y meditar:
3. Lee la historia de Zaqueo. ¿Cómo ilustra esta historia los siguientes aspectos de
cada uno de los personajes envueltos en la trama?
profundo que simplemente sobre las riquezas? (Mt. 19; San. 2: 14-18).