Capítulo 4

 

El Sábado: Señal de Santificación.

 

Dios vindíca su nombre en Cristo

 

Cristo, quien era Dios encarnado, al tomar nuestra débil y frágil humanidad, demostró que es posible para el hombre obedecer por la gracia de Dios.  De esa forma, los argumentos satánicos de que Dios era injusto en sus expectativas de obediencia y perfección, quedaron rebatidos.

 

En su lucha contra el pecado, Cristo no tenía ninguna ventaja sobre nosotros.  Podía haber cedido al pecado, pues “fue tentado en todo según nuestra semejanza” (Heb. 4: 15).  Tomó sobre sí, la misma naturaleza que poseemos (Cap. 2: 14).  Tenía que escoger lo bueno, así como nosotros, pues tenía voluntad propia que no necesariamente tenía que coincidir automáticamente con la de su Padre.  Por eso afirmó: “no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 5: 30).  Y por eso él dijo en el Getsemaní al ser tentado a rehuir la muerte de cruz que le esperaba: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mat. 26: 39). 

 

Cristo puso siempre su voluntad de parte del Padre, no siguiendo las inclinaciones naturales de la humanidad que tomó sobre sí.  El “condenó al pecado en la carne” (Rom. 8: 3).  Como se vió en el Getsemaní, Cristo, aún en las circunstancias más adversas, siempre decidió seguir la ruta de la abnegación.  Pero nuestra mente, familiarizada con el pecado a causa de nuestra repetida comisión del mismo, prefiere creer que una vida totalmente libre de pecado, como la de Jesús, es inalcanzable.  Nos sentimos más relajados si creemos que Jesús no habló en serio cuando dijo: “aprended de mí”, y “ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis, (Mt. 11: 29; Jn. 13: 15). 

 

Nos decimos: “Cristo pudo porque él no estuvo en mi lugar.  El no tuvo mis debilidades.  Si las hubiera tenido, él hubiera caído también”.  Así, racionalizamos nuestro pecado, trayendo un falso alisiente a nuestras consciencias culpables. 

 

Jesús reveló la clave de su victoria cuando dijo: “nada puedo yo hacer por mí mismo”, y “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Jn. 5: 30; 14: 10).  El Padre que obraba en él, también puede obrar en nosotros porque “Dios es el que obra en vosotros, tanto el querer como el hacer por su buena voluntad” (Fil. 2: 13). 

 

A Cristo se les atribuyen las palabras: “el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40: 8).  Jesús obedeció, hayó placer en ir en contra de su voluntad y hacer la voluntad de su Padre.  Su ley estaba en medio de su corazón.  La fidelidad de Cristo al obedecer los mandamientos de su Padre se describe en los evangelios claramente.  Ejemplo de esta fidelidad es cómo Jesús observaba el Sábado.  El Sábado es un mandamiento cuya observancia había sido integrada por Cristo en su calendario de actividades semanales.  Lucas registra una ocasión en que Cristo, “Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer” (Luc. 4: 16).

 

Cristo mora por la fe y la Palabra

 

Cristo, quien dijo que la ley de su Padre siempre estaba en medio de su corazón, al morar por la fe en nuestros corazones, escribe la ley misma en nuestra alma.  Oró Pablo por los Efesios: “que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Efe. 3: 17).  Y Cristo mismo promete: “pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré” (Heb. 10: 16). 

 

Al dar su vida, Cristo confirma esa promesa, ratifica ese pacto, como lo prefiguró la noche antes de su crucifixión.  “El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.  Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiérais, en memoria de mí” (1 Cor. 11: 23-25.  La forma en que Cristo escribiría su ley en el corazón del creyente sería morando en él.  Si por la fe, comemos su cuerpo, y tomamos su sangre, la vida de Cristo llega a ser nuestra vida como el pan y el vino literal llegan a ser partes de nuestro organismo cuando lo ingerimos.  

 

En otras palabras, si la ley está en el corazón de Cristo, y Cristo está en nuestro corazón, entonces, la ley misma está en nuestro corazón.  Aún más, el Sábado está en el mismo corazón de la ley, la cual está en el corazón de Cristo, el cual está en nuestro corazón cuando lo aceptamos por fe.  El Sábado, pues, encierra el espíritu de obediencia a la ley por la fe en Cristo. 

 

La fe salvadora es una fe objetiva, y no una experiencia subjetiva basada en sentimientos.     Preguntemos: ¿fe en qué y en quién?  Fe en Dios, y en el poder de su Palabra.  Fe en que “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Cor. 4: 6).

 

Es la fe en su persona el elemento que hace de Jesucristo un ser real en nuestras vidas, y no simplemente un personaje histórico.  Es la fe en su Palabra, lo que hace de esta última un agente activo en la transformación de nuestra mente y conducta, y no simplemente una pieza de literatura clásica.  La Palabra, creída por la fe, encierra en sí misma el poder de obedecerla.  La misma palabra que llamó los mundos a la existencia, es la misma que puede traer justicia a nuestra vida. 

 

Dios no es un Dios arbitrario; y por lo tanto, no requerirá de nosotros algo para lo cual El mismo no nos capacite.  Junto al estanque de Betesda, Cristo pidió al paralítico que se levantara y anduviera.  De haberlo hecho un trabajador de la alcaldía de Jerusalén, quien tuviese el cometido de sanear y decentizar el estanque y sus alrededores, este pedido hubiese sido una crueldad.  ¿Cómo pedirle a un paralítico por 38 años que desalojara el lugar?  ¡Ya hubiese querido él poder salir caminando!  Pero aquel no era un trabajador de la alcaldía.  Era Dios encarnado.  Sus palabras no eran regulaciones de la alcaldía, sino el poder de Dios para salvación.  El hombre creyó; y lo que de otra forma hubiese sido una crueldad, es decir, pedirle a un paralítico lo imposible, fue un milagro.

 

Así, la Palabra de Dios y su ley, de no ser creídos como promesa de Dios de hacer la obediencia una realidad en nuestras vidas, se constituyen en una imposibilidad exigida de nosotros.  Si creemos que el que pide de nosotros es capaz de realizar en nosotros, lo que de nosotros pide, y si creemos que la palabra que ordena es la palabra que llama a la existencia lo que no existe, entonces lo dicho por él es hecho en nosotros.

 

De Jesús se dice: “y aquel Verbo se hizo carne” (Jn. 1: 14).  Este “Verbo” o “Palabra” salió de Dios para hablar a nuestra alma.  Jesús es la Palabra viva.  Si olvidamos que las Escrituras son las mismas palabras que en su vida se encarnaron, veremos la vida de las Escrituras algo tan difícil de alcanzar como la vida de Jesús.  Pero su vida puede ser nuestra vida.  De el poder de las Escrituras se dice: “es útil para . . . que el hombre de Dios sea perfecto, instruído para toda buena obra” (2 Tim. 3: 17).  Si esto no es la vida de Cristo en nosotros, ¿entonces qué es?

 

El Sábado y la obediencia por la fe

 

No hay significado del Sábado más claramente establecido en las Escrituras que el significado de que el Sábado es señal de que Dios nos santifíca.  Moisés cita las palabras de Jehová quien dijo a los Israelitas: “En verdad vosotros guardaréis mis Sábados; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico” (Ex. 31: 13). Ya que “El nos hizo y no nosotros a nosotros mismos” (Sal. 100: 3), podemos claramente deducir que El nos santifíca y no nosotros a nosotros mismos.

 

Hay muchos que dicen que observar el Sábado es quererse salvar por las obras de la ley.  El Sábado, sin embargo, es todo lo contrario.  Es descansar en Dios para nuestra salvación y para la obediencia misma.  El Sábado lejos de salvación por obras es descansar de las obras.  Lejos de proveer una oportunidad para que obremos para ganar la salvación, nos ordena a reposar, pues se nos dice que “no harás en él obra alguna” (Ex. 20: 10).  El mismo que nos dice que en el día santo hemos de estar “no andando en tus propios caminos, ni hablando tus propias palabras, ni haciento tu voluntad” (Isa. 58: 13), es el mismo del cual podemos decir “y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mi” (Gal. 2: 20).  El nos recuerda que él es quien en nosotros hace el querer como el hacer por su buena voluntad (Fil. 2: 13).  Es decir, cuando Cristo habita por la fe en nuestros corazones, no andamos en nuestros propios caminos, ni hacemos nuestra voluntad, ni hablamos nuestras palabras, porque es él quien lo hace en nosotros. 

 

Nuetro creador primero obró en seis días para que nosotros descansáramos, como se ilustra en el hecho de que Adán, antes que todo, descansó en el Sábado, pues fue el primer período completo de 24 horas que vivió.  Los seis días de labor siguieron a su descanso.  Así, Dios trae primero reposo al alma renacida, y las buenas obras siguen como fruto.  Esto es una ilustración que no se puede aplicar al primer día de la semana, a propósito. 

 

El mismo Dios que “en seis días hizo los cielos y la tierra, mas reposó el séptimo día” (Ex. 20:11), nos hizo “para toda buena obra” (Ef. 2: 10, 11). Y el “que comenzó la buena obra en vosotros, la completará hasta ese día” (Fil. 1: 6).

 

La fe sin obras es muerta

 

Muchos titubean el incluir el término “obras” en su vocabulario espiritual.  Creen que hacerle énfasis a la obediencia y a las buenas obras quita el mérito a la gracia de Dios.  Sin embargo, éstos pasan por alto la importancia que dan las Escrituras a dicho aspecto del vivir cristiano. 

 

Pablo usa mucho el término “las obras de la ley”, en forma tal que da la apariencia de que no hay que obedecer la ley.  Pero entendido en su contexto, el significado es claro.  Veamos algunos de esos ejemplos, y la forma como el contexto esclarece el lugar apropiado de las obras en la experiencia cristiana.

 

Escribiendo a los Romanos, Pablo dice: “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él”; “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Rom. 3: 20, 28).  Esto parece indicar que no hay necesidad de obedecer la ley, de acuerdo al argumento paulino.  Pero en el capítulo anterior ya él había dicho: “no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados” (Cap. 2:13).  Esta aparente contradicción no nos permite asegurar feacientemente que Pablo descarta la ley como un factor que juega un papel dentro de nuestra vida espiritual.  Al contrario, Pablo parece sugerir en el capítulo 2, que la ley está relacionada con el hecho de ser justificados ante Dios.  Esto parece también sugerir que Pablo desea establecer la relación adecuada entre la ley y la fe, sin llegar a extremos. 

 

Pablo anticipaba el hecho de que sus escritos pudiesen ser mal interpretados.  Por esa razón, él usaba incluir una nota esclarecedora.  En el texto que nos embarga, él no hizo la excepción.  En el versículo 31 añadió: “¿Luego por la fe invalidamos la ley?  En ninguna manera, sino que confirmamos la ley”.  Es decir, la ley y la fe no son dos elementos que se excluyen mutuamente, sino que se complementan.  El afirmó que la ley no es la que justifica sino la fe; y que esa fe que justifica confirma la ley.  Es decir, la única forma en que verdaderamente se observa la ley, y se pasa de ser un “oidor” a un “hacedor” de la ley, es por la fe.  El que es justificado por la fe es un hacedor de la ley. 

 

Veamos otros ejemplos antes de sacar nuestra conclusión basados en las afirmaciones del apóstol.  Más adelante en la misma epístola, Pablo hace una afirmación más evidente concerniente a la propia relación entre la ley y la fe, la obediencia y la gracia.  El dice: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia”; y para que nadie piense que esto quiere decir que podemos violar la ley, él añade: “¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera”.  Y entra en más detalles: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?  Pero gracias a Dios, que aunque érais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Cap. 6: 14-18).

 

Al igual que en el texto anterior, el apóstol presenta a la ley y la obediencia como elementos que siguen, y no que preceden, a la gracia (acción de Dios), y a la fe (reacción del hombre).  En este texto, Pablo elabora su argumento a favor de la obediencia.  Con claridad meridiana, declara que el no estar “bajo la ley sino bajo la gracia” (Vers. 1), en ninguna forma excluya el obedecer, y que por lo tanto, permita el pecar libremente.  El equipara el desobedecer la ley, o lo que es lo mismo, el pecar (1 Jn. 4: 3), con hacerse de nuevo siervo del pecado (Rom. 6: 15); y esto sería volver a estar bajo la ley.  En resumen, la gracia nos liberta del pecado y de su servidumbre, para hacernos siervos de la obediencia y la justicia (Vers. 15, 18).

 

Al escribierle a Timoteo, Pablo hace una declaración que indica el uso y propósito debidos de la ley.  Dice: “Sin embargo, sabemos que la ley es buena, si se la usa debidamente.  Sabemos que la ley no es puesta para castigar al justo, sino a los injustos y desobedientes, a los impíos y pecadores, a los irreverentes y profanos, a los parricidas, matricidas y homicidas, a los fornicarios, a los sodomitas, a los traficantes de hombres, a los mentirosos y perjuros, y a todo el que se opone a la sana doctrina; según el glorioso evangelio del Dios bendito, que me fue encomendado” (1 Tim. 1: 8-11, NRV 1990). 

 

En este texto, Pablo llama a la ley “buena”, y explica que ésta condena al que la viola.  Si estudiamos comparativamente la frase: “la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores” (Vers. 9, 10, RVA), con la frase: “todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley” (Rom. 3: 19), sacaremos la clara conclusión de que estar “bajo la ley” es desobedecerla. 

 

La fe que obra

 

Otro estudio comparativo que arrojará luz sobre la relación adecuada entre la fe y las obras, es el de la aparente contradicción entre Pablo y Santiago.  Pablo afirma en relación a Abrahán: “¿Que, pues, diremos que halló Abrahán, nuestro padre según la carne?  Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios.  Porque ¿qué dice la Escritura?  Creyó Abrahán a Dios, y le fue contado por justicia” (Rom. 4: 1-3).

 

Pablo asegura que Abrahán no fue justificado por las obras, sino por la fe.  Y para darle fuerza a su argumento declara que no podía considerarse gratis el don, o mejor dicho, no hubiese sido de gracia la justificación, si la hubiese obtenido por obras (Vers. 4). 

 

Santiago, de su parte, declara: “¿No fue justificado por las obras Abrahán nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?  ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?  Y se cumplió la Escritura que dice: Abrahán creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios” (San. 2: 21-23). 

 

Alguno dirá: ¡Lo contradice! ¿Verdad?  Pero esa sería una conclusión apresurada.  Un vistazo cuidadoso al texto revela claramente la intención de Santiago.  Notemos que el primero afirma que Abrahán fue justificado por obras (Vers. 21, 22); y luego añade: “Y se cumplió la Escritura que dice: Abrahán creyó a Dios, y le fue contado por justicia” (Vers. 23).  Es decir, él habla de las obras como lo que justifica en el sentido de que las obras demostró que “se cumplió” lo dicho de que su fe le fue contada por justicia.  Es decir, las obras de Abrahán mostraron que él había sido justificado por la fe.

 

Si entendemos como ambos apóstoles procuraban hacer sus puntos, en escencia diferentes el uno del otro, estaremos claros de que no hay contradicción alguna.  Mientras Pablo procuraba enfatizar la fe como medio de salvación, Santiago quería enfatizar las obras como evidencia visible de la fe que se profesa.  Eso lo demuestra el contexto de las declaraciones de este último: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?”, “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.  Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras.  Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Vers. 14, 17, 18).

 

Santiago llama a la fe que no va más allá de una profesión hipócrita “muerta”, cuando pregunta: “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Vers. 20).  Y Santiago conluye así su exposición de su argumento: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Vers. 24).  Esa conclusión la alcanza obviamente después de hacer uso de la idea de mostrar o de demostrar que tenemos fe, y de cómo las obras no solamente logran este fin, sino que al hacerlo, el carácter del creyente queda justificado o vindicado, y como resultado final la fe se perfecciona. 

 

Notemos también la analogía usada por Santiago para ilustrar la relación entre fe y obras.  El dice que “así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así la fe sin obras está muerta” (Vers. 25).  De esta analogía podemos desprender una clara conclusión; que la relación entre la fe y las obras, más que la relación entre dos entidades separadas que pudieran entrar en conflicto de no ser equilibradas, es una relación entre una entidad (la fe), y su función (las obras).  En otras palabras, las obras no son una entidad separada de la fe, sino una función de la fe, sin la cual esta última está muerta.  Tal relación hace inexacto el argumento de que la fe y las obras deben estar en equilibrio.  Preguntémonos: ¿se pueden equilibrar el cuerpo y el espíritu?  ¿No hace sentido, verdad?

 

La fe es un elemento sin el cual las obras aceptables ante Dios no existen.  Así como la fe sin obras está muerta, las obras sin fe están muertas.  La Biblia usa el término “obras muertas” (Heb. 6: 1; 9: 13), para referirse en escencia a obras no procedentes de la fe.

 

Hay una interesante analogía que podemos establecer usando la ilustración dada por Santiago.  Ya estamos claros de que la fe es como el cuerpo, y las obras como el aliento o espíritu.  También hemos visto en un capítulo anterior, que la Biblia enseña que no hay vida consciente después de la muerte, pues el espíritu muere junto al cuerpo. 

 

Profesar obras vivas sin fe, por lo tanto, es como pretender que el espíritu sobreviva al cuerpo.   No es de extrañar, pues, que los que profesan creer en la inmortalidad del alma, son los mismos que hacen énfasis en las obras, sin importarle si provienen de la fe.  Siendo que el espiritismo básicamente propugna que la perfección iniciada por el buen obrar mientras se tenía vida en el cuerpo continúa más allá de la tumba, el espiritismo y la justificación por las obras, por lo tanto, tienen una base común. 

 

Fe versus obras, o fe en mí versus fe en Dios

 

Comprender lo que es la fe, y que “la fe obra por el amor” (Gal. 5: 6), es la única salvaguardia en contra de una vida cristiana insegura y egoísta de este lado de la tumba y más allá; insegura y egoísta, porque lo que no es motivado por la fe y el amor a Dios y al prójimo, es motivado por el temor al castigo, y el interés propio de salvación.  

 

En tiempos de la Reforma Protestante, te trajo a la luz una verdad que había quedado oculta bajo las tinieblas del legalismo; la verdad de que “El justo por la fe vivirá”.  Esto trajo una gran controversia que se tradujo en persecución y enemistad.  Sin embargo, tal controversia, aunque aparentemente resuelta, continúa trayendo persecución y enemistad entre los que resaltan la primacía de la fe en el proceso de la salvación humana y los que dan tal primacía a las obras.

 

No obstante, tal controversia se ha vuelto en realidad un asunto de palabras aunque en escencia ambas vertientes propugnan lo mismo.  Es decir, la gran mayoría de los que defienden la supuesta “ justificación por la fe” Continúan presentando al hombre como protagonista de su propia salvación alegadamente obtenida por obras de otra naturaleza que las que se hacen con las manos; obras de carácter intelectual y espiritual. 

 

Muchos que profesan creer en la justificación por la fe parecen repetir frases acuñadas, creyendo con esto que así presentan el concepto correcto.  Es decir, creen que la frase correcta necesariamente expresa el concepto correcto cuando, en realidad, la dinámica de la vida cristiana descrita es la de obrar y obrar.

 

Pero no es un asunto de fe versus obras.  Mas bien, es un asunto de fe en Dios versus fe en uno mismo.  Al verlo desde tal perspectiva, la controversia de la fe y las obras queda esclarecida como la luz del mediodía cuando el sol resplandece sobre un cielo sin nubes, alumbrando así sendas de justicia delante de nuestros pies.  La fe versus las obras se convierte claramente en un asunto de la obra de Dios en mí versus mi propias obras y esfuerzos vanos.

 

Hace sentido, pues, concluir que las obras correctas dependen de una fe correcta, y si se quiere decir, que unas obras muertas dependen de una fe muerta.  ¿Y qué fe más muerta que la fe en nuestra propia capacidad de jugar un papel protagónico en nuestra salvación?

 

En la mente paulina la fe es un enfoque en lo objetivo mientras las obras es un enfoque en lo subjetivo que lleva al esfuerzo egoísta. El contraste entre la justificación por la fe (creer en que Cristo obra en mí), y la justificación por las obras (creer que yo puedo si me esfuerzo), no es un asunto del resultado procurado por cada enfoque.  Ambos procuran la justicia. Logran, sin embargo dos tipos totalmente opuestos de justicia: una, por la fe, la justicia de Cristo; la otra, por las obras, la justicia propia que es “trapo de inmundicia”  (Isa. 64: 6).

 

El final de Romanos 9 muestra como un enfoque resulta en alcanzar la justicia verdadera y el otro no.  “¿Qué, pues, diremos?  Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó.  ¿Por qué?  Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo, como está escrito: He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado” (Vers. 30-33).

 

La justificación por la fe está basada en creer en Dios; la justificación por las obras es creer más en uno mismo.  Ambas son fe, pero lo que es diferente es el objeto de tal fe.  En la justificación por la fe, la fe tiene como objeto a Dios, el único que trae justicia verdadera.  En él, nuestra relación con Dios se basa en creer más en Dios que en uno mismo como Abrahán hizo. “Porque cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo”, “Y creyó Abrahán a Dios, y le fue contado por justicia”, “Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara.  Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia. (Heb. 6: 13; Rom. 4: 3, 19-22). 

 

Este creer en Dios, en su amor y su poder como se revelan en su palabra, es lo que constituye la fe que salva, la fe que obra por el amor.  Es una fe que cree que “Dios es el que hace el querer como el hacer por su buena voluntad” (Fil. 2: 13), y que “el que comenzó la buena obra en vosotros la terminará” (Fil. 1: 6). Esta es una fe que resulta en una apreciación del amor de Cristo que nos constriñe (2 Cor. 5: 14), y que hace que guardemos sus mandamientos (Jn. 14: 15).  Somos justificados al creer en su amor, y le amamos, porque él nos amó primero (1 Juan 4: 19). 

 

Creyendo en su Palabra y juramento nos apropiamos de la promesa a los hijos de Israel a quienes se les dijo: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.  Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.  Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.  Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios” (Ez. 36: 25-27).

 

En la justificación por las obras, el objeto de la fe es el hombre mismo, el que creyéndo en su capacidad de obedecer con seguridad engañosa se dice a sí mismo y a otros: “todo lo que Jehová a dicho eso haremos” (Exo. 19: 8).  En otras palabras: “Señor, no te molestes”,  “permíteme ayudarte, “no lo hagas tú solo”.  Esta fe en uno mismo resulta ser egoísta porque dice, “si te amas a tí mismo, y quieres salvarte, guarda los mandamientos”.  “Si quieres ir al cielo y caminar las calles de oro, guarda los mandamientos”.   

 

El cristianismo lamentablemente está lleno de esa levadura de la justificación por las obras.  Desde muchos púlpitos se predica una religión humanista, centrada en el hombre.  Mucho se habla de lo que no se debería hacer, de lo que sí se debería hacer, y de lo que hace falta para ser salvo.  Al hacerlo así, demostramos tener fe en una realidad que creamos nosotros mismos, o subjetiva, Es a saber, en lo que el hombre debe hacer, más que en la realidad objetiva, es a saber, en lo que Dios hizo. La fe en la obra de Dios, descrita por la justificación por la fe, es basada en algo más allá de nuestra limitada capacidad humana, aún fuera de nuestro tiempo pues está basada en una realidad existente desde la cruz, aún más desde antes de la fundación del mundo.  Esto es una erdad que el Sábado nos recuerda. 

 

El Sábado, al recordarnos de lo que Dios hizo y de lo que continúa haciendo en nosotros, sirve de antídoto a la falta de seguridad de salvación, pues no la basa en una experiencia subjetiva.  Una seguridad de salvación basada en nuestro desempeño, es tan insegura y variable como nuestro estado de ánimo pueda serlo.  No puede ser inamovible porque depende de nuestro propio juicio al evaluarnos.  Afortunadamente, podemos estar firmes sobre la roca de la Palabra y promesas de Dios, “pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas” (1 Jn. 3: 20).

 

En cambio, la justicia que procede de Dios genera una seguridad o fe, que no se puede sacudir, pues está basada en las promesas de Dios que no son cambiantes.  De depender de nosotros y nuestra constancia, nuestro bien eterno, y más aún, la reputación de Dios, estuvieran en juego.  El Señor asegura a través del profeta Malaquías: “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Mal. 3: 6). 

 

Este fundamento seguro es lo que carece la tal llamada “justificación por la fe” que enfatiza la “relación” y nuestras reacciones espirituales y devoción.  Según ésta para obrar hay que creer pero para creer hay que tener una relación con Cristo que se obtiene y mantiene al orar, estudiar la biblia, etc, es decir al obrar.  Esta justificación por la fe, no es mas que por la fe en uno mismo, haciéndo del asunto de la fe y las obras un asunto de qué fue primero si la gallina o el huevo.  La justificación por la fe más popularmente predicada es una que enfatiza una “relación” con Cristo que supuestamente contrasta con la justificación por las obras como la luz y las tinieblas.  Pero, al enfocarse en los pasos a tomar en procura de esta relación, se convierte en sí misma en egoísta; no solamente centrada en lo que se debe hacer, sino tamién en para qué se debe hacer. 

 

La centrada en lo objetivo, es decir, en lo que Cristo hizo, es de por sí libre de egoísmo pues no procura despertar ningún interés en lo que me espera alcanzar sino en lo que ya él alcanzó por mí.  Esto despierta amor, y el amor no busca lo suyo, sino que a través de él la fe siempre obra.

 

La fe en Cristo no se produce al enfatizar lo que debemos hacer para adquirirla sino enfatizando lo que él hizo para salvarnos.  Así como nos enamoramos, no cuando alguien nos enseña técnicas de flirteo, sino cuando nos habla de la persona y nos la presenta.  Un enfoque humanista contamina la presentación del evangelio.  Aunque las obras verdaderas son tan importante como la fe en Cristo quien las produce, cuando se enfatiza como algo ligado a nosotros más que a él, o si se enfatizan más que las obras que cristo mismo hizo, incluyendo su obra mayor en el calvario, se convierten en obras muertas. 

  

La religión humanista basada en las obras habla tanto de la parte humana, y del pecado en el hombre, que se olvida de que “mayor es Dios que el hombre” y que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Job 33: 12; Rom. 5: 20).  Así se termina haciéndo al hombre mismo más grande que a Dios, y al pecado mayor que su gracia.  

 

¡Gloria a Cristo que obedece en nosotros!  Hay un solo rincón en este universo donde el hombre es mayor que Dios, y donde el pecado abunda más que la gracia, es a saber, en la prédica del que enfatiza la parte humana.  Necesitamos hablar más de su gracia y menos de nuestro pecado, más de su bondad que nos guía al arrepentimiento, e infundir menos temor a la perdición eterna o a la tortura de nuestras consciencias. 

 

Si damos la Gloria a Dios, hemos de darle el centro de nuestra atención en nuestras predicaciones, conversación y pensamientos, y no a nosotros mismos.  Nuestras palabras serán: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad “ (Sal. 115: 1).  Descansemos en las manos del Señor del Sábado quien dijo: “venid a mí los trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11: 28).  Le daremos gloria, y descansaremos confiados en su poder, porque el mismo que guardó los mandamientos de su Padre, obedecerá en nosotros, y a través de nosotros, si así lo creemos y permitimos.

 

Para estudiar y meditar:

  1. Si es por gracia, ¿qué tiene que ver la ley con toda nuestra salvación? (Jn. 14: 15; Efe. 2: 8-10:).

 

  1. ¿Por qué es tan importante para nuestra salvación, y para poder obedecer, creer que Cristo, quien era Dios, también era a nuestra semejanza? (1 Ped. 2: 21-24; Heb. 2: 14-18).

 

  1. ¿Cómo podemos ser totalmente fieles a Dios en observar su ley, sin rayar en la  

             justificación por las obras? (2 Cor. 5: 13; 1 Jn. 5: 2, 3).

 

      4.   ¿Cómo se sabe si una fe es hipócrita? (San. 2: 18, 20, 26)

 

  1. ¿Cómo podemos descansar y obrar a la vez como el Sábado simboliza? (Isa.   

      58: 13; Fil. 2: 13; Mat. 11: 28-30).

 

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