Capítulo 3
En algún momento de la eternidad pasada, un ser de exhuberante belleza y gran poder e influencia tuvo la originalidad de sentir algo misterioso, algo nunca antes sentido por ninguno de los millones de seres que poblaban el universo. Orgullo, vanagloria, envidia o simplemente deseos de independencia, sea lo que fuese hasta ese entonces no se había nombrado. El profeta Isaías citando palabras que bien pueden atribuírse al primer gran rebelde, dice: “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isa. 14: 13, 14).
Lucifer, luego llamado Diablo o Satanás, podría
ser comparado con un general de íntima confianza para Dios, presidente y
soberano del universo. La Biblia lo
llama “querubín cubridor”. La cercanía
de dicho general y la existencia de tanta confianza no evitó que el general
Lucifer sintiera deseos de ocupar el puesto de su jefe supremo. El general planeó en su mente un golpe de
estado que él esperaba que le llevara al puesto por encima del cual no existía
nadie. Sabía bien que solo no podría llevar
a cabo nada. De la única forma que
podría ocupar ese puesto era precisamente recibiendo la lealtad suprema de todo
el universo. Sabía bien que solamente
una campaña proselitista de intriga y sospecha le granjearía el favor, al menos
de unos pocos.
Sigilosamente comenzó a cuestionar ciertos aspectos del gobierno de Dios. Comenzó a lanzar al viento las semillas de cizaña que caerían en los corazones hasta entonces inocentes de los ángeles.
Viendo el panorama de este conflicto bien
podríamos deducir cuales fueron los argumentos de Satanás para comenzar aquella
guerra ideológica. En primer lugar, El
cuestionó las intenciones y el amor de Dios hacia sus criaturas. La duda fue y es la escencia del
pecado. Poner en tela de juicio el amor
y las intenciones siempre desinteresadas de Dios es la primera ficha en la fila
de dominós que constituyen el pecado. A
partir de esta duda, la rebeldía degenera en deseos de independencia que dan
cabida a una serie interminable de sentimientos pecaminosos que a su vez
engendran los actos pecaminosos. Siendo
Dios la fuente única de lo que es bueno, y no habiendo ningún ser que
intrínsicamente posea dicha bondad, la separación de El lleva a la ausencia de
estas cualidades, lo cual es pecado.
El dudar del amor de Dios y el sospechar de sus
intenciones llevó inevitablemente a atacar su ley o principio de gobierno. ¿Cómo no sería el odio su resultado, siendo
que el fundamento de la ley de Dios fue, desde el mismo principio, el amor
desinteresado del uno hacia el otro?
¿No era justamente esto último lo que Satanás estaba poniendo en tela de
juicio con respecto a Dios? Y aún más,
¿no era esto de lo que Lucifer mismo era culpable?
Sí, el antagonista y archienemigo de Dios
señalaba que el principio del amor desinteresado que existía en el universo
solo era una forma sutil de Dios hacer que los seres del universo, creados con
libre albedrío, adoraran exclusivamente a Dios. Satanás señalaba este principio como una forma inofensiva en
apariencia, que Dios usaba para lavarle el cerebro a los habitantes del
universo para que al fin lo beneficiaran a El como supremo rector.
Pero Satanás mismo era
el culpable de las acusaciones que él lanzaba en contra de Dios. El tomó el papel de fiscal, sentando a Dios
en el banquillo de los acusados.
Acusaba a Dios de pedirle al universo que hicieran un “sacrificio” que
Dios mismo no estaba dispuesto a hacer, a observar una ley que El mismo no
estaba dispuesto a cumplir.
Sin embargo, lejos de la entrega desinteresada por los demás, Satanás promovía aquello de lo que acusaba a Dios, aquello de lo que él mismo se había hecho culpable desde el principio: la exaltación propia. Satanás trató de implantar el deseo de querer igualar a Dios, deseo que él mismo tuvo, en la mente de la primera pareja cuando a Eva dijo: “mas sabe Dios que el día que de él comiéreis seréis como Dios” (Gen. 3: 5). Esta era en escencia la rebelión contra Dios y su ley. Pero El prestar oídos a estas sugerencias maliciosas sólo resultaron en la ruina y degradación que hoy experimentamos.
Satanás arruina y degrada
No tardó mucho para que la primera pareja, una vez llena de perfección y pureza, sintiera en su paladar que el sabor suave de la santidad había sido sustituído por el amargo sabor del pecado proveniente del fruto prohibido. El hombre que una vez hacía el bien como fruto espontáneo de su santa naturaleza, ahora no sentía ninguna inclinación a obedecer. Esta incapacidad de hacer el bien, de amar y mantener comunión con su creador, y de reflejar la semejanza divina, era la herencia de maldición que dejaría a sus descendientes. Sin excepción, pasaría a toda generación subsiguiente.
La biblia nos dice que “por la transgresión de un hombre entró la muerte” (Rom. 5: 12). En otras palabras Adán rompió los platos, y todos nosotros, en un sentido, pagamos los platos rotos. Eso es algo que podemos comprobar en carne propia al sufrir en esta vida consecuencias de pecados que no decidimos. El dolor y el sufrimiento son cosas que nadie puede negar. No hay ser nacido de mujer que no lo haya experimentado. En realidad, no hay ser concebido de mujer que no lo haya experimentado ya que no hay que nacer para sufrir. Millones de niños sacrificados en la matriz por sus propias madres en quienes el pecado ha matado todo afecto natural implantado por el Creador, lo atestiguan. La sangre de los tales junto a la de otros tantos millones que nacen adictos al crack o con el virus del SIDA clama a voz en cuello por la terminación del dolor provocado por otros. Tanto inocentes como culpables pagan por igual. Tanto los que siembran como los que no, han de cosechar en esta vida.
Adán sembró la semilla de ese fruto prohibido al cual su curiosidad letal lo llevó a comer. Hoy vemos dolor y muerte a diestra y siniestra. Pero lejos de comprender como el pecado de uno parece afectar a los otros, seguimos añadiendo mal sobre mal, trayendo dolor tras dolor a nuestras propias vidas y a los demás a través del pecado que deliberadamente escogemos cometer. Continuamos echando sobre el suelo manchado por la transgresión, semillas de sufrimiento y muerte cuya germinación trae el fruto que deja un amargo sabor en nuestras bocas culpables y en la de tantos otros inocentes.
La Biblia describe así la naturaleza de pecado que todos traemos al venir a este mundo: “Porque la intención de la carne es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Rom. 8: 7). Al ser la naturaleza caída de todo hijo de Adán, nadie ha estado exento.
Pablo, quien conocía la palabra desde su niñez, experimentó esta incapacidad de obedecer la ley debido a la debilidad de su carne. El expresa su lucha en los siguientes términos: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7: 14-24).
Esta enemistad contra la ley de Dios hubiese tornado irremediablemente a Adán y a sus descendientes en aliados de Lucifer, el gran rebelde, si no hubiese sido porque “cuando abundó el pecado, sobre abundó la gracia” (Cap. 5: 20).
En la sentencia dictada sobre la Serpiente, una promesa de gracia fue dada a Eva por Dios. La promesa fue: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gen. 3: 15). Dios prometía sembrar enemistad hacia el pecado y amor hacia la ley de Dios en la mujer y su descendencia. Esta promesa garantizaba que la rebelión no era inevitable, y que Dios tomaba responsabilidad por el problema del pecado como si El mismo lo hubiese causado.
Dios tenía un plan maestro para redimir al hombre de la esclavitud en que el pecado lo había encerrado. Este plan consistía en “deshacer las obras del Diablo” (1 Jn. 3: 8). Y para ello, Dios habría de entregar a su hijo por todos nosotros.
Jesús deshace las obras del Diablo
Con el fin de deshacer las obras del Diablo, Cristo “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2: 6-8).
Cristo vino en nuestra humanidad a demostrar que era posible guardar perfectamente los mandamientos de Dios, y humillarse en entrega desinteresada, y a enseñarnos cómo obedecer esa misma ley contra la cual Lucifer se reveló.
Hubo uno que nacido bajo la ley y nacido de mujer (Gal. 4: 4), aprobó el sabor de muerte eterna que trajo sobre el paladar de la humanidad la mordida letal que le dió Adán al fruto prohibido. Jesús de Nazaret era un hombre de apariencia común para que no le deseemos (Isa. 53: 2), pero en realidad fue Dios que vivió nuestra vida común pero sin pecado para que nosotros viviendo vidas comunes, vivamos sin pecado. “Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5: 21). Fue uno quien sobre su naturaleza divina perfecta e impecable tomó nuestra naturaleza caída para pagar en su totalidad los platos rotos por Adán.
Cristo pagó como si hubiese sido él quien extendiera su mano al alcance de la de Eva quien sostenía el fruto del cual Dios dijo “no comerás”. Más aún, Cristo pagó como si él mismo fue quien, viendo “que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría”, “tomó de su fruto”, y abrió su boca y la atrapó entre sus mandíbulas (Gen. 2: 17; 3: 6).
¿Como fue esto posible? Jesús estuvo en Adán, más aún en Eva de quien era la simiente (Gen. 3: 15), mujer de la cual él nació (Gal. 4:4), así como todos nosotros. El fue contado con los trasgresores (Isa. 53: 12), cuando la ley pasó el censo.
Pero, ¿cómo pudo la ley contar a Jesús, quien era santo y perfecto, entre los transgresores, reos de la muerte eterna? A esto se le llama “el misterio de la piedad” (1 Tim. 3: 16). Era revelación divina, incomprensible por humana sabiduría, “la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria”. Pero estas cosas, “cosas que ojo no vió, ni oído oyó, ni ha subido a corazón humano” son las cosas que Dios reveló a los necios para avergonzar a los sabios (1 Cor. 1: 27; 2: 8, 9).
¿De qué hablamos? Hablamos de que “en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, “Y aquel Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1: 1, 14). Porque “así, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él participó de lo mismo” (Heb. 2: 14), se hizo, no solamente uno de nosotros, sino uno con nosotros. Llevó nuestros genes, nuestra herencia, para hacerse el pequeño David quien peleara por su pueblo la batalla, y ganara la victoria ante el Goliat del pecado.
Se hizo carne de pecado, simiente de la mujer, para sentir en su propia carne el fuego de la tentación, y ahora orgullosos de su victoria podamos decir como Pablo, “lejos esté de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal. 6: 4), porque a través de su vida y muerte en la cruz, “condenó al pecado en la carne”, y logró “destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al Diablo” (Heb. 2: 14; Rom. 8: 3).
Jesús experimentó en su vida terrenal toda la gama de la experiencia humana vivida en este mundo de pecado, no solamente siendo tentado en todo a nuestra semejanza, sino también teniendo una experiencia espiritual propia de aquellos a quienes salvaría. Todo esto con la única salvedad, la gran excepción: “sin pecado” (Hebreos 4:15).
Esto implicaba los pasos básicos de la experiencia cristiana como los son la fe, el arrepentimiento, la confesión, entre otros. La oración del Padre Nuestro, enseñada por Jesús a sus discípulos, nos ilustra lo que Jesús ciertamente incluía en su vida de oración, en virtud de su identificación con sus hermanos de la gran familia de la humanidad que él vino a encabezar. Se compenetró con nosotros y reconoció su asociación con el pecado al identificarse con nosotros. Así como el dolor de un hijo, es el dolor de su padre, el dolor nuestro fue su dolor, el pecado nuestro el suyo, la culpa que nosotros sentimos la sintió él como si él mismo hubiese cometido nuestra falta. Por eso oró seguramente así: “perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt. 6: 12).
Si él no se avergüenza de llamarnos hermanos (Heb. 2: 11), y siendo sin pecado se identificó con una raza de pecadores, ¿cuánto más deberíamos nosotros despojarnos de nuestro manto de fariseos, y de nuestras hojas de higuera? ¿Cómo no hemos de reconocer que compartimos el pecado de nuestros hermanos no solamente en virtud de identificación alguna de parte nuestra para con ellos sino también en virtud de nuestra comisión de lo mismo?
Nosotros morimos juntamente con Cristo al pecado, pues por cuanto él murió, al pecado murió (Rom. 6: 8-10), y por cuanto “uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Cor. 5: 14).
Pablo describe aún con más detalle el plan divino por medio del cual el hombre sería traído de vuelta a la armonía con la ley de Dios: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 3: 3, 4). Jesús, por su vida de perfecta obediencia, y por su muerte en lugar de una raza condenada a la perdición eterna, proveyó una vía de escape.
Solución Universal a Problema Universal
Este era un plan que incluía a todos los hijos de Adán, ya que todos fueron igualmente afectados por el pecado. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom. 5: 12). La Biblia claramente deja ver que todo lo que le pasó a Adán le pasó a todos los que de él saldrían. Dios creó a Adán, y al crearlo, nos creó a todos nosotros. Adán pecó, y al pecar, pecamos todos nosotros. El problema de Adán fue el problema de todos nosotros, pues a todos nos afectó.
El Hijo de Dios, al hacerse uno de nosotros, y uno con nosotros, incorpora la misma raza que una vez se había incorporado en Adán. Jesús llegó a ser “el postrer Adán” (1 Cor. 15: 45). Esto hizo legalmente posible que lo que le sucediera a Cristo, le sucediera a toda la raza humana. En Cristo, toda la raza humana pagó la deuda del pecado, ya que “gustó la muerte por todos” (Heb. 2: 9). “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 6: 23). Y “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” Para ello, “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2 Cor. 5: 19, 21).
Pablo describió los alcances de tal plan cuando dijo: “Así como por el delito de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación que da vida” (Rom. 5: 18, NRV 1990). “El es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino los de todo el mundo” (1 Jn. 2: 2).
Pero el maravilloso plan de la redención humana no se limitaba a aspectos legales, sino que se aplicaría real y efectivamente sobre cada hijo de Adán. Cristo lo explicó así: “Y yo si fuese levantado, a todos atraeré a mí” (Jn. 12: 32). La Deidad, trabajando en armonía, se proponía hacer de los efectos universales del plan de la redención, algo personal e íntimo, que envolviera a cada ser nacido de mujer, ya que por creación y redención, todos le pertenecemos. El salmista dice: “El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos” (Sal. 100: 3). Siendo que el que nos hizo se ha comprometido a recuperar su herencia en los santos, de El podemos decir: “El nos salva, y no nosotros a nosotros mismos”.
Con este fin, Cristo, al morir en la cruz, compró el derecho a obrar nuestra salvación. El Sábado es un sello de garantía de que esto se hará efectivo en nuestras vidas de así creerlo, y aceptarlo.
El Sábado y la nueva creación
Habiendo acabado en Viernes su obra creadora, Dios “vio que todo era bueno en gran manera”, “y reposó en el día séptimo la obra que hizo” (Gen. 1: 31; 2: 2). De la misma manera, un Viernes, al culminar su obra redentora, Cristo clamó desde la cruz: “consumado es” (Juan 19: 30), y descansó un día séptimo. Una nueva creación fue provista en la cruz del Calvario. “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron, todo es nuevo” (2 Cor. 5: 17, NRV 1990).
Esto es una imposibilidad por algún otro medio que no sea la muerte de Cristo, y su obra redentora. A los nacidos de Dios, se les describe como que “no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1: 13). Y a la nueva creación como que “proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Cor. 5: 18, NRV 1990).
El Sábado nos recuerda que Dios acabó exitosamente una obra que comenzó del caos. “La tierra estaba desordenada y vacía, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas, y las tinieblas cubrían la faz del abismo” (Gen. 1: 2). La misma voz que dijo: “sea la luz”, puede traer la luz de la verdad al más entenebrecido corazón. Porque “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Cor. 4: 6).
Dios puede, al igual que en un principio, traer orden en medio del caos, y llenar la vida vacía. El Espíritu de Dios puede moverse en la faz de las más profundas aguas. Y un nuevo mundo puede surgir. Como en un principio, Dios puede volver a crear, y al completar su obra creadora, el descanso sabático vendrá.
El Espíritu y la Palabra
Es en virtud del mismo Espíritu que en un principio se movía sobre la faz de las aguas, por lo que la nueva creación se hace realidad en el corazón del que cree. Pero todo comienza por el primer paso. Es Dios, por su Espíritu quien da el primer paso a favor de la salvación del hombre. Todo el proceso de la atracción del hombre al salvador es inducido por el Espíritu quien obra en el corazón. Es Dios quien toma la iniciativa en su búsqueda del hombre, y no viceversa; ya que el hombre, a causa del pecado, se incapacitó en buscar y encontrar a Dios. No hay quien busque lo bueno (Rom. 3: 10-12).
Eso lo ilustra el Salvador mismo cuando en lenguaje de parábola dice: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Luc. 15: 4-7). .
En su búsqueda del pecador, como pastor que da voces llamando a su oveja perdida, Dios esparce la semilla de fe a través de toda la tierra, tanto por la voz de la naturaleza como por la voz de la Palabra escrita, porque “por toda la tierra ha salido la voz de ellos, y hasta los fines de la tierra su palabra” (Rom. 10: 18).
El causar fe en el alma es uno de los primeros pasos que toma el Buen Pastor en su búsqueda. La oveja perdida, al escuchar la voz del tierno pastor que la llama, tiene su primera reacción cuando en su corazón nace la fe. “la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Vers. 17). Esta obra de fe comienza en cada ser humano mucho antes de escuchar la primera exposición de las Escrituras. Comienza cuando Dios se le revela en lo que le rodea. “Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto porque Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Cap. 1: 19, 20). Este lenguaje sin palabras audibles es el que habla a cada ser humano, y que despierta inicialmente fe en cada ser humano, de éste no resistirse.
El conocimiento de Dios directamente por la Palabra escrita, sin embargo, desempeña un papel crucial en todo el proceso de la conversión. De ella se dice: “Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia. Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra” (2 Tim. 3: 16).
Las Escrituras juegan un papel crucial en el nuevo nacimiento y el crecimiento en gracia subsecuente. Esto lo ilustra la Biblia con la figura del nacimiento físico: “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”. “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas“, “Siendo renacidos por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (Sant. 1: 18, 21; 1 Ped. 1: 21).
El Espíritu Santo tiene el cometido de traer comprensión al que escucha la Palabra, trayéndolo al conocimiento de la verdad. Jesús hizo la promesa de que “el Espíritu de verdad os guiará a toda verdad” (Jn. 13: 14). Esta promesa divina debería llenar a todo buscador sincero de la verdad, de confianza en que será llevado al pleno conocimiento de la Palabra. Jesús aseguró que “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Jn. 7: 17).
El Espíritu guía paso a paso
El conocimiento de la Palabra rinde como fruto la convicción que trae arrepentimiento. El mismo Espíritu que inspiró a los santos hombres de Dios (1 Ped. 1: 21), “convencerá al mundo de pecado, de justicia, y de juicio” (Jn. 16: 8). El Espíritu Santo usa como su bisturí a “la Palabra de Dios” que “es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb. 4: 12).
Este arrepentimiento, y la confesión del pecado que lo acompaña, no es nuestra forma de comprar el perdón divino, ya que no proceden de nosotros sino que es la bondad de Dios que nos guía al arrepentimiento (Rom. 2: 4). De no ser el amor lo que nos motivara al arrepentimiento, entonces sería el temor, lo cual sería una motivación egoísta de nuestra parte. Si el arrepentimiento tuviese que venir antes de que Dios se convenciera de perdonarnos, entonces sería nuestro desesperado intento de hacerlo cambiar de pensar lo que nos llevaría a arrepentirnos.
El arrepentimiento y la confesión aparentan preceder al favor de Dios, manifestado en el perdón. Pero en realidad, son las condiciones que deben darse para preparar al alma herida por la culpa para el regalo de la gracia divina (1 Jn. 2: 9).
Es por fe y no por obra para que nadie se gloríe (Efe. 2: 8, 9). El hombre sólo puede aceptar el regalo de gracia ya otorgado. No puede hacer nada para recibirlo. Es puesto en sus manos, y de no creer en el don de Dios, estará rechazando lo que Cristo compró con su sangre. La fe, el arrepentimiento, la convicción de pecado y conocimiento de la verdad, todos éstos son regalos que, comprados por la cruz, Dios da a cada pecador; y que lo llevarán a la entrega a Dios de no resistirse.
Esta entrega provee la oportunidad para Dios implantar una nueva naturaleza en el creyente. Por este medio, el hombre es inducido a hacer el bien, en armonía con la ley de Dios. De no resistirse a la obra de gracia, El hombre será transformado a la semejanza divina en virtud del mismo poder que lo trajo a la existencia al ser creado. La implantación de una nueva naturaleza, capaz de amar y conocer a Dios, y capaz de obedecer, es la culminación de esta obra de gracia hecha en el pecador.
Creación de una nueva naturaleza
De la implantación de esta nueva naturaleza es que se dice: “y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió a sí mismo por medio de Cristo” (2 Cor. 5: 18). Esta es una experiencia que Dios procura obrar aún en los que no han tenido un conocimiento pleno de la Palabra. Pablo afirmó que “cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su consciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Rom. 2: 14, 15).
Esta obra es llevada a cabo en plenitud cuando se realiza a través de la revelación de la Palabra del Evangelio, que trae la presencia misma de Cristo al corazón. Pablo afirma: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”, “para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior con su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 1: 13: 3: 16-19).
La ley de Dios, en cuyo corazón se encuentra el mandamiento del Sábado, queda escrita no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón. “Daré mi ley en sus mentes, y en su corazón las escribiré”. “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Jer. 31: 31; Eze. 36: 26, 27).
Pablo resume la obra transformadora y re-creadora de Dios al explicar que la tal incluye una trasformación en el pensar y en el sentir, que resulta en un cambio de manera de vivir y actuar. Escribió: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efe. 4: 22-24).
La obra aquí llega a su culminación inicial, pero no a su conclusión final. Dios, quien no miente ni falla su promesa, promete que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la completará hasta aquel día” (Fil. 1: 6).
5. ¿Por qué resistirme al plan de Dios equivaldría a querer salvarme a mí mismo, y
por lo tanto sería creer la mentira de Satanás de que podemos ser igual a Dios?
(Gen. 3: 3; Hech. 4: 12)