Capítulo 2
Sábado: Señal de la Identidad y Dignidad del Hombre
Hay una pregunta existencial que ha demandado todas las energías mentales de los filósofos a través de los siglos. Tal pregunta es: ¿qué es el hombre? ¿Es sólo un grano de arena en la playa del universo que no tiene relevancia en el mar del cosmos? ¿Cómo llegó el hombre a la existencia? ¿Lo trajo la casualidad? Después de todo, ¿hay algún propósito en su existencia?
La pregunta fue expresada por el Salmista cuando lleno de asombro, se preguntó: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Sal. 8: 3, 4).
Esta pregunta se torna más compleja y más interesante cuando la respuesta a ésta determina el por qué de la dignidad del hombre, y su lugar debido en nuestro cosmos. Añade el Salmista: “lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, Y así mismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar” (Vers. 4-8).
El Salmista encuentra la respuesta al identificar a la fuente común que trajo tanto al hombre como al cosmos a la existencia. Señala a los mismos dedos, de cuya obra provienen los cielos como los que formaron al hombre del polvo; y al mismo que formó la luna y las estrellas como aquel que sopló sobre la nariz de aquella forma inerte aliento de vida. El origen del hombre no es casualidad, como se ve en las palabras inspiradas: “Le has hecho poco menor que los ángeles” (Vers. 4).
El escritor del primer libro de la Biblia, llamado Génesis, entra en detalles, y describe esta obra maestra. “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gen. 1: 26; 2: 7).
Dios hizo al hombre del polvo, símbolo de insignificancia y humillación, y en sus narices sopló su propio aliento. El hombre llegó a ser un “alma viviente”(RVA), o “ser viviente” (RVR). Como Dios fue capaz de hacer un mundo perfecto del caos, así también, fue capaz de hacer del mismo polvo a un ser viviente que reflejara su imágen. Con esto demuestra Dios que El es poderoso para tornar en hermoso y perfecto, lo que de otra manera sólo fuera inservible y repugnante.
El Sábado fue dado como recuerdo de que “en seis días hizo Jehová los cielos, la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay” (Ex. 20:10), incluyendo al hombre mismo. El Sábado señala que aquel diseño de perfección provenía de Dios, y no de la casualidad.
El Hombre ante la Creación
Al crear “el cielo, la tierra y el mar, y todas las cosas que en ellos hay” (Ex. 20: 11), Dios puso cada cosa en su propia categoría, y dejó claramente asignado a cada uno su lugar. Al hombre, como corona de la creación, Dios le asignó una obra que obviamente señalaba su superioridad sobre toda otra cosa creada. Los escritores bíblicos declaran sin duda alguna este hecho. El Salmista dice acerca del lugar que Dios le asignó al hombre: “Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies” (Sal. 8: 3). Y Moisés cita a Dios asignando su oficio al hombre al decir: “señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Gen. 1: 26).
Olvidarnos del mensaje del Sábado borraría todo escalón de esta jerarquía: primero, Dios como creador de todo; luego, el hombre, como corona de la creación; y finalmente, el resto de la creación, sobre la cual Dios reina supremo, y el hombre administra como mayordomo de sus bienes.
El Hombre a Imágen de Dios
Dios hizo al hombre con atributos que ninguna otra cosa creada, ni aún los mismos ángeles, posee. Este es otro hecho que, de ser olvidado, desprovee al hombre de la dignidad con que originalmente fue investido. Estos atributos se derivan de su semejanza a su Hacedor. Esta semejanza se manifestaba en formas variadas, dentro de las limitaciones de la humanidad como el espejo refleja la imágen, pero a la vez siendo muy distinto e inferior a la realidad misma.
La capacidad de vivir en comunión es una de las maneras en que la semejanza a su Hacedor se manifiesta. Dios creó a Adán con la capacidad de comulgar con su Hacedor. El libro de Génesis describe a Dios como quien estaba acostumbrado a la amistad y familiaridad con la primera pareja cuando dice: “Entonces oyeron el andar de Dios el Eterno, que se paseaba por el huerto a la brisa del atardecer” (Gen. 1: 8). Dios y el hombre mantuvieron estrecha comunión gracias a la capacidad con la cual Dios dotó a este último. Pureza, santidad y semejanza a su Hacedor eran indispensables para una relación íntima con el Eterno.
Pero el pecado se encargó de que esta comunión no durara mucho. Dios describe esta ruptura de su intimidad con la humanidad de la siguiente manera: “vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isa. 59: 2).
Pablo, escribiendo a los Romanos, describe la incapacidad del hombre de amistarse con su creador de la siguiente manera: “porque la intención de la carne es enemistad contra Dios” (Rom. 8: 7). Esto se ve evidente en el relato de aquella primera transgresión como se presenta en Génesis. Allí se nos presenta a una pareja que por primera vez, a causa de su pecado, siente miedo de la presencia de Dios, y se esconde de la compañía de Aquel con quien antes placían estar en comunión.
Todo comenzó con el deseo implantado en Eva por aquel primer rebelde. Lucifer una vez se dijo: “seré semejante al Altísimo” (Isa. 14: 14). Quizo traspasar los límites a los cuales fue confinado, como lo es cada criatura dentro del cosmos de Dios. Ese mismo deseo ególatra quizo despertar en la mujer cuando a ella dijo al tentarla a comer del fruto: “sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gen. 3: 5). Esto representó la ruina de la felicidad y la armonía hasta entonces existentes en esta tierra. Lejos de hacer a la pareja más semejante a su Creador, los degradó desfigurando la imágen que una vez reflejaban.
La Deidad en Comunión Consigo misma
Con el propósito de restablecer esa semejanza en santidad y carácter que habilitaría al hombre a vivir en estrecha comunión con Dios, la Deidad misma habría de poner en riesgo una estrecha comunión ya establecida desde la eternidad pasada, y que encierra misterios que todos los siglos de la eternidad no podrán decifrar.
Dios es un Dios que vive en comunión estrecha consigo mismo. Dios es uno que es singular en la pluralidad. La Biblia da claras evidencias de que la Deidad está formada por tres personas. Esto es obvio en el mismo relato de la creación, cuando Dios dijo en plural: “hagamos al hombre a nuestra imágen, conforme a nuestra semejanza”. Y termina atribuyendo la obra de la creación a un ser singular cuando afirma: “e hizo Dios al hombre a su imágen, a imágen de Dios lo creó. Varón y hembra los creó” (Vers. 1: 26, 27).
Dios el Padre no estuvo solo en la creación. Desde el mismo principio, Dios el Hijo estuvo presente, ya que, “por él fueron hechas todas las cosas, y nada de lo que fue hecho sin él fue hecho” (Jn. 1: 3). Dios el Espíritu Santo es descrito como habiendo estado presente en la creación cuando de él se declara: “el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gen. 1: 2).
La Deidad, en estrecha comunión consigo misma, es contemplada por el profeta Isaías, cuando éste tuvo la oportunidad de ser arrebatado en visión hasta la misma presencia de Jehová. Después de contemplar la gloria de Dios, en una escena espantosa de gloria indescriptible, Isaías escucha una voz que en sus palabras refleja el hecho de que Dios es uno en tres personas. La voz dijo: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” (Isa. 6: 8). Primero usa la primera persona del singular al decir “enviaré”, y luego la primera persona del plural al decir: “por nosotros”.
Esta voz era “la voz del Señor” (Vers. 8 pp), la cual continuó diciendo: “Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad” (Vers. 9, 10).
Los escritores del Nuevo Testamento hicieron mención de estas palabras dichas a Isaías, pero siendo atribuídas a las demás personas de la Deidad. El apóstol Juan, cuando describe la incredulidad de los judíos hacia Cristo, citando la visión de Isaías, dice que el profeta fue a Cristo a quien vió y escuchó. Juan dice: “Esto dijo Isaías porque vio la gloria de Jesús, y habló acerca de él” (Jn. 12: 41, NRV 1990).
Las mismas palabras escuchadas por Isaías son citadas una vez más por Pablo, según lo registra Lucas en el libro de Los Hechos. Pablo dijo a sus oyentes endurecidos por la incredulidad: “Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo” (Hech. 27: 25), y entonces repite las palabras anteriormente mencionadas. Así queda evidenciado que Pablo se las atribuye al Espíritu Santo.
Cuando Jesús se dispone a ascender al cielo al fin de sus días en esta tierra, ordenó: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt. 28: 19). En estas palabras vemos a la Deidad en conjunto poniendo su sello de aprobación sobre la nueva creación o nuevo nacimiento simbolizado por el rito del bautismo. En esta fórmula enseñada por el Maestro de Galilea, no solamente se ve a la Deidad trabajando en conjunto como al principio, sino que se evidencia como siendo un Dios único en tres personas. Por esta razón, se dice: “en el nombre”, sustantivo singular, seguida de la referencia a las tres personas de la Deidad.
La Deidad se ve trabajando en conjunto, en comunión y armonía a través de todo el plan de la redención humana, como tres personas que comparten un mismo cometido, la misma naturaleza, y los mismos atributos.
La Humanidad en Comunión consigo misma
Esta semejanza se reflejaba en la unidad de aquella primera pareja. “Y creó Dios al hombre a su imágen, a imágen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gen. 1: 27). Se describe al hombre en singular, y luego vemos la pluralidad en lo singular cuando se dice que Dios “Varón y hembra los creó”. Moisés, refiriéndose al hecho de que Dios es uno sólo dice: “Oye Israel, Jehová vuestro Dios, Jehová uno es” (Deut. 6: 5). Este es el mismo escritor que cuando se refiere a la pareja dice “y serán los dos una sola cosa” (Gen. 3: 27). Así se establece la semejanza entre la unión de la Deidad, y la unión que Dios se había propuesto que la primera pareja tuviese. Obviamente, la semejanza del hombre a su Hacedor tenía sus limitaciones, en la misma medida en que el hombre, por perfecto que fuese al ser creado, era infinitamente inferior a Dios.
La capacidad de ser distintos el uno del otro, pero a la vez iguales, y de amarse mutuamente al punto de sentirse cada uno parte del otro (Cap. 2: 23, 24), y la capacidad de procrear seres a su propia imágen, conforme a su semejanza, eran atributos no poseídos por ningún otro ser creado. Dios hizo de aquella primera pareja un espejo que reflejara la belleza de su perfección, como se manifestaba en su atributo de vivir en comunión.
La Biblia describe la relación matrimonial como un vínculo de intimidad y comunión que va mucho más allá de la simple unión física. Dicha unión es tan íntima, que es como si ambos compartieran un mismo cuerpo. “Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer a sí mismo se ama. Porque nadie aborrreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida”. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una misma carne” (Efe. 5: 28, 29, 31). Pablo vió esta unión tan profunda y sublime, que la usó como la mejor representación humana del misterio que entraña la relación de Cristo con la Iglesia (Vers. 32).
A diferencia de los animales, Adán y Eva eran de un mismo sentir, y en su comunión, procreaban sus hijos, y no simplemente los concebían y los parían. Procrearlos implicaba estampar sus engendros con virtudes, que no eran otra cosa sino los propios atributos con los cuales ellos mismos habían sido dotados. Esto permitiría que en su descendencia se perpetuara su semejanza a su Creador.
Un Intruso se Interpone
Un reconocimiento contínuo de que eran una especie en todo sentido diferente a cualquier otra especie creada en virtud de su semejanza al Creador, era necesario para el hombre mantener su identidad y dignidad. Eliminar ese lazo distintivo que lo ataba a su Creador en forma única y especial, y borrar los límites distintos que lo diferenciaba de los animales, habría de constituir la base sobre la cual los hombres se degradarían a semejanza de criaturas inferiores. Ese daño era uno que el Sábado procuraba prevenir.
Hoy en día, encontramos una coincidencia sorprendente en la agenda de prioridades de muchos. Muchos que profesan gran interés por proteger al ambiente, al punto de casi idolatrarlo, profesan paradójicamente proteger los derechos de la mujer abogando por el libre ejercicio del aborto. Con esto, ponen al hombre y al resto de la naturaleza al mismo nivel, o aún peor, exaltan a las criaturas inferiores por encima del hombre, creado a imágen de Dios. Otros practican, y aún abogan, por la unión carnal entre seres humanos y animales, y entre humanos del mismo sexo, degradando así la unión diseñada por Dios desde el principio para reflejar su imágen.
El pecado ha traído como consecuencia desde el mismo principio la ruptura horizontal de la capacidad y buena voluntad del hombre de estar en comunión con sus iguales. La Biblia nos describe cómo la separación de Dios traída por el pecado fue seguida inmediatamente por discordia y amargura entre los miembros de la primera pareja. Esta enemistad se perpetuaría a través de toda la existencia del pecado en este planeta, comenzando por los mismos hijos de Adán y Eva, siguiendo hasta el mismo fin de los tiempos.
El Hijo se Despoja a Sí mismo
Con tal de reestablecer, no solamente la comunión entre Dios y la humanidad, sino de la humanidad entre sí, el Hijo habría de arriesgar esa estrecha intimidad con el Padre y el Espíritu Santo. El Hijo dejaría su lugar de excelsa majestad en el trono del universo, y llegaría a los puntos más bajos de nuestra condición humana. Jesús “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2: 6-8).
Jesús entró en íntima relación con nosotros, haciénndose uno de nosotros, y uno con nosotros. “Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”, “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abrahán. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Heb. 2: 10, 11, 14-18).
La Imágen de Dios reflejada en la Iglesia
El éxito de este maravilloso plan se manifiesta en la iglesia, como demostración del poder de Dios de restaurar la unidad en la humanidad, unidad una vez interrumpida por el pecado. Jesús oró por los discípulos diciendo: Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mi, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn. 17: 21). Con estas palabras, Cristo pone su unidad con el Padre, existente desde la eternidad, como modelo de la unidad que se propone lograr en sus seguidores.
Pablo describe el logro de Cristo por su muerte a favor de la humanidad. Escribiéndole a los Efesios, les presentó las buenas nuevas de que Cristo había traído unidad entre Judíos y Gentiles. “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (Efe. 2: 14-16).
El pecado proveyó la oportunidad para que Dios manifestase su gracia sin fin a una humanidad caída. Lo que amenazaba por traer una división irreparable entre el Creador y sus criaturas, fue la oportunidad aprovechada por la Providencia para crear un lazo más fuerte que la muerte. Porque “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o cuchillo?” “Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 8: 35, 38, 39).
La misma unidad de la Deidad ha quedado infinitamente fortalecida a través de la crisis del pecado. Jesús lo aseguró así: “Por eso me ama el Padre porque yo pongo mi vida” (Jn. 10: 17). El amor entre la Deidad resultó fortalecido, a lo contrario de las expectativas del que originó el pecado en el universo. La armonía en el universo quedará así finalmente restaurada, y entonces Dios será “todo en todos” (1 Cor. 15: 28).
El Sábado versus La Evolución
La razón que se nos da para obedecer el cuarto mandamiento es: “Porque en seis días hizo Jehová los cielos, la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó el séptimo día. Por tanto, Jehová bendijo el día de reposo, y lo santificó” (Ex. 20: 11). Hemos de guardar el séptimo día literal, de 24 horas, porque Dios hizo todo, en seis días literales, de 24 horas, y reposó el séptimo día literal, de 24 horas. Esto no da lugar alguno a períodos de millones de años en los cuales el hombre pudo haber evolucionado a partir de formas de vida inferiores.
Lucas, en su evangelio, traza la ascendencia genealógica de Jesús, y en un sentido, del linaje humano, directamente hasta el Creador. Llama a Adán, del cual todos descendemos, “hijo de Dios” (Luc. 3: 38). Este mismo escritor registra las palabras del proverbio griego, citadas y confirmadas por Pablo como válidas, “porque linaje suyo somos” (Hech. 17: 28).
Hay quienes quieren reconciliar lo irreconciliable. Es decir, hay quienes tratan de no quedar en ridículo con la falsamente llamada ciencia, y a la vez, pretender que tienen fe en Dios y en su Palabra. Estos quieren argumentar que el hombre vino como producto del proceso de la evolución, pero que tal proceso fue dirijido por Dios. Estos terminan diciendo que Dios hizo a un descendiente del mono a su imágen.
La Biblia, sin embargo, no da lugar a tal proceso. Pretender que Adán fue producto de un proceso que tomó millones de años es hacer a Dios mentiroso. Esa falsa teoría, no sólo niega el origen del hombre, sino también su caída. Esta, de ser cierta, daría lugar a millones de años en los cuales reinó la muerte, antes de que el hombre llegase a la existencia, y por lo tanto, antes que ocurriese la transgresión.
Dios dice a través del apóstol Pablo que “el pecado entró por un hombre, y por el pecado la muerte” (Rom. 5:12). Es decir, la muerte no afectó a ningún ser viviente hasta que ese primer hombre pecó. Previo a la entrada del pecado, toda cosa viva, tanto plantas como animales, y por supuesto, el hombre mismo, estaba libre de decadencia, y gozaba de vida eterna como provista al ser creados. No hubo muerte hasta que Adán abrió la puerta a este visitante indeseable. Este hecho parece no ser tomado en cuenta por los que defienden la evolución teísta. La ciencia misma nunca ha pretendido que ningún ser haya muerto hasta que el hombre evolucionó del mono. Por lo tanto, no podemos creer en la validez de dicho intento de reconciliar la ciencia y la Biblia.
El Sábado versus la Inmortalidad del Alma
El siglo XIX fue uno en que muchas ideas y creencias revolucionaron la sociedad. Una de estas ideas, la cual encontró arraigue en la ciencia, fue la de la evolución. Aunque ya existía en varias formas, se popularizó con la publicación en el 1859 del libro Origen de las Especies por Charles Darwin. Para ese mismo tiempo, otro movimiento aún más antiguo resurgía. El espiritísmo, tan viejo como el mundo mismo, tomaba formas más curiosas y aceptables a la sociedad. Toques de origen inexplicable, prácticas diversas envueltas en misterio, consulta a los muertos, e ideas espiritualistas mezcladas con la religión de la Biblia, todos ellos entraban en su apogeo.
Esta coincidencia en el tiempo histórico no era extraña considerando como ambas enseñanzas son dos caras de una misma moneda. Mientras ambos movimientos se han ido desarrollando en sus formas modernas, ha sido más y más evidente que ellas hacen una falsa conexión entre el origen y el destino del hombre. La idea básica detrás de ambos movimientos es que el hombre va en constante evolución desde su origen de especies inferiores hasta que culmine en su igualdad con Dios. Su tesis en escencia es que el hombre, a través de un proceso contínuo de actualización, puede ir dejando atrás la naturaleza carnal y las propensiones animales propias de su ancestral origen, mientras desarrolla gradualmente la bondad inherente, de tipo espiritual, que ha de continuar después de la muerte, hasta alcanzar la igualdad con Dios.
Tales enseñanzas dan cabida a la primera gran mentira, dicha a Eva en el Edén, cuando la serpiente, primer medium espiritista dijo: “no morireis, sino que seréis como Dios” (Gen. 3: 5). Esto niega que “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa ilesa, sino herida, hinchazón y podrida llaga”, que “no hay quien haga lo bueno”, y que “El alma que pecare esa morirá” (Isa. 1: 6, 7; Rom. 3: 12; Ez. 18: 20).
Aunque el hombre fue creado a la imágen de Dios, no poseía bondad en sí mismo. Pablo confesó que “en mi carne no mora el bien” (Rom. 7: 18); y el mismo Jesús afirmó: “ninguno hay bueno sino uno: Dios” (Mt. 19: 17).
Lo mismo se puede decir acerca de la inmortalidad. En el hombre no hay inmortalidad inherente, sino que desde el principio, todos “en El vivimos, nos movemos, y somos” (Hech. 17: 28). Dios es el único que posee inmortalidad (1 Tim. 6: 16). Y a causa de la primera transgresión traída por Adán “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3: 23). El mismo apóstol nos recuerda que “La paga del pecado es muerte” (Cap. 6: 23). Así queda establecida una clara e irrefutable conección entre nuestro estado mortal, y nuestra pecaminosidad.
Para la misma época de la historia cuando las falsas creencias que predicaban la inmortalidad del alma resurgen, Dios levanta otro movimiento para contrarrestar la falsedad. Hacia mediados del siglo XIX, un movimiento de hombres y mujeres estudiosos de la Biblia, llamados Adventistas por su creencia en el pronto regreso de Cristo, redescubre el casi olvidado mensaje del Sábado, y lo incluyen en sus creencias básicas juntamente con la enseñanza bíblica sobre el estado de los muertos. Ellos integraron doctrinas distintivas que ponían al hombre en su lugar apropiado en la gran controversia entre el bien y el mal. En este contexto, las enseñanzas provenientes de la Biblia concernientes al origen y al destino del hombre, no solo armonizan, sino que se complementan.
El Sábado, al recordarle al hombre cual fue su verdadero orígen, le señala cual es su verdadero destino. “Y formó Dios al hombre del polvo de la tierra”(Gen. 2: 7), y al hombre dijo: “pues polvo eres, al polvo serás tornado” (Cap. 3: 19). Dios advirtió al hombre que su transgresión lo llevaría de vuelta al polvo, a la inconsciencia, y que interrumpiría el plan que Dios tenía en mente al crearlo.
No fue hasta que Dios puso su aliento de vida en aquella figura cuando “llegó a ser un alma viviente”. Por lo tanto, antes del polvo mezclarse con el aliento, no había valor ni vida alguna en estos dos elementos; y después de su separación tampoco los habrá.
En ninguna manera, sin embargo, esto quería decir que Dios permitiría que el pecado robara de su dignidad al hombre, ya que la muerte no sería su destino final.
Dios se propone algún día tornar al hombre de las cenizas de la muerte en resurrección de vida, y moldearlo a su imágen como al principio. Podrá recrearlo a su semejanza plenamente, cuando en la mañana gloriosa de la resurrección “lo mortal sea vestido de inmortalidad, y lo corruptible sea vestido de incorrupción” (1 Cor. 15: 53).
La resurrección es el remedio y consolación que Dios provee al problema de la muerte. El pecado y la muerte son los estados que evidencian más feacientemente la pérdida de la imágen de Dios en el hombre. El levantamiento del polvo, es la etapa final del proceso de restauración de la imágen divina en el hombre, diseñado por Dios en su plan de redención. La resurrección, y no la falsa esperanza de un estado inmortal e incorruptible del alma desencarnada, es el remedio al estado corrompible de la naturaleza humana.
Pablo contrasta la clase de naturaleza adquirida al momento de la resurrección, y la naturaleza caída heredada de Adán. Explica: “Y así como hemos traído la imágen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Cor. 15: 49). Este cambio radical habría de ser imprescindible para que la imágen de Dios fuese reestablecida, dado que “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (Vers. 50).
Pablo intriga a los recipientes de su carta con una revelación al decir: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (Vers. 51-55).
Mientras ese momento llega, la promesa de la resurrección es provista por el mismo Jesús como consuelo y remedio al problema de la muerte. Cuando su amigo Lázaro murió, Jesús consuela a las hermanas del difunto, no con la descripción de glorias sin fin ante la presencia de Dios que lo esperaban más allá de la tumba. Las palabras de consuelo fueron: “Tu hermano resucitará” (Jn. 11: 23).
Pablo mismo no dió ningún otro consuelo más que la resurrección: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Tes. 4: 13-18).
Personalmente, él no veía esperanza alguna, ni recompensa ni castigo, fuera de la resurrección en caso de la llegada de muerte inesperada. Por eso, dijo:
“Si como hombre batallé en Efeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (Vers. 32).
Dios puede revertir la ecuación. Dios puede del polvo volver a formar a un hombre nuevo, que sea su espejo en que se refleje su imágen en él como al principio. El que nunca falla sus promesas lo dijo y lo complirá: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto vivirá” (Jn. 11: 25).
creación? (Hch. 17: 28; Rom. 13: 7-10).