Capítulo 1

Sábado: Señal de la identidad y autoridad del Creador

 

 “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gen. 1: 1).  Todo tuvo su prinpicio excepto el mismo que las originó.  El Creador, de naturaleza indescriptible e incomparable, trascendente a lo conocido, todopoderoso, omnipresente y omnisapiente, es para nuestro finito entendimiento un misterio que todos los siglos de la eternidad jamás podrán agotar.  “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!  Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?  ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?  Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas.  A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Rom. 11: 33-36). 

 

Dios reflejó en su bella creación lo que de El se puede conocer.  Diseñó cada átomo y cada astro como testigo de quién es él.  La creación, al provenir de las manos de un Dios perfecto, reflejaba la perfección de su Hacedor.  El Salmista lo dijo así con las siguientes palabras: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncian las obras de sus manos” (Sal. 19: 1).  Y Pablo indicó: “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Rom. 1: 20).

 

Pero el testimonio de la naturaleza a favor de su creador necesitaba ser puesto en su adecuado contexto.  El Sábado, séptimo día de la semana de la creación, proveería el contexto temporal en el cual se da lugar a la interpretación de la voz sin palabras de una naturaleza que testificaría del carácter de su Autor.  Dios mismo, contemplando las obras de sus manos, vio que “todo era bueno en gran manera”, y hermoso.  Vió en las obras de sus manos el testimonio que éstas darían a favor de un Dios perfecto amante de todo lo bello.  Leyó en ella el mensaje de amor que enviaba al universo expectante, y aprobó sin revisión alguna el texto de aquel libro que tan claramente hablaría de él. 

 

La creación no podía ser garantizada como perfecta, a menos que tuviese el sello de su Autor que autentizara su origen divino.  El Sábado fue ese sello en el tiempo que identificaba al gran Jehová como el genio infinito que la originó. “Fueron pues acabados los cielos, y la tierra, todo el ejército de ellos, y acabó Dios el día séptimo la obra que hizo, y reposó Dios en el día séptimo de la obra que hizo.  Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda obra que había hecho en la creación” (Gen. 2: 1-3). 

 

El Sábado fue el recipiente intangible sobre el cual Dios derramó sus dones, cuando lo bendijo, santificó y reposó.  De ningún otro día o conmemoración se puede decir lo mismo.

 

La Entrada del Pecado

 

El pecado, sin embargo, habría de arrojar sombras sobre un universo que hasta entonces reflejaba el resplandor de la gloria de su Hacedor.  No solamente la naturaleza quedaba mancillada por el pecado, sino que aún la capacidad, disposición y oportunidades del hombre para conocerlo quedaban comprometidos.  Las cuitas y afanes resultantes de la transgresión traerían sobre el hombre un recuerdo constante de su desdicha.  Jehová “al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.  Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.  Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” (Gen. 3:17-19).

 

Los afanes y cuitas asociados con la dura labor, y el esfuerzo extenuante proveniente de labrar la tierra maldita por el pecado, recordarían al hombre del precio a pagar por su transgresión.  No obstante, Dios ya había provisto en el Sábado el antídoto a este afán que  amenazaba por borrrar de la memoria del hombre el recuerdo de donde venía y hacia donde se encaminaba. 

 

El Sábado era el sello de garantía puesto por Dios que indicaba cuál era el verdadero origen y destino del hombre.  El hombre corría el riezgo de olvidar su procedencia.  El pecado borraría muchos de los rasgos que atestiguaban sobre su origen, y lo haría más bien reflejar la semejanza de bestias irracionales.  El hombre, cansado por sus faenas diarias, pudiera haber visto sólo en la muerte el tan anhelado descanso, y en el sucio polvo del cual una vez fue formado, su lecho para siempre.  

 

El Sábado, sin embargo, le diría de contínuo que era más que polvo ya que era imágen de Dios, proveniente de sus manos; y que iría más allá del polvo, porque su destino era algún día levantarse sobre éste revestido de inmortalidad. 

 

El hombre corría el riesgo de malinterpretar las consecuencias de su transgresión, y ver en ellas el castigo injusto de un Dios arbitrario, atribuyéndole a su Creador malas intenciones, y olvidando su carácter de amor.

 

El Sábado encomendado a Israel

 

El Sábado, por lo tanto, más que testificar del origen y destino del hombre, atestiguaba del carácter, prerrogativas, e identidad de un Ser Supremo invisible.  Pero este testigo mismo, junto con todo lo que él atestiguaba, estaba en peligro de ser echado al olvido por una humanidad ingrata, por lo que una obra especial de preservación debía llevarse a cabo. 

 

El conocimiento de Jehová no habría de borrarse de la faz de la tierra.  Las huellas del Dios verdadero todavía eran visibles en un mundo, que aunque mancillado por el pecado, todavía reflejaba el diseño de un Dios Todopoderoso.  Sin embargo, Dios habría de comisionar a un linaje escogido con la obra de resaltar la identidad del que trajo todo a la existencia por su palabra aún más inconfundiblemente.

 

Dios habría de mantener un pueblo que levantaría ese estandarte inconfundible y distinto que traería la luz de la verdad a la atención de un mundo sumergido en tinieblas. 

Los Hijos de Israel fueron el pueblo a quien Dios asignó el cometido de salvaguardar el conocimiento de su voluntad como se encontraba  revelada en su ley.  Para ello, el  pueblo de Dios debía ser preparado. 

 

Los hijos de Israel eran esclavos por varias generaciones en tierra de Egipto, y ya habían adoptado muchos de los hábitos, cultura y prácticas de sus amos.  El conocimiento del Dios de sus padres había sido tergiversado en gran parte, y la religión verdadera, una vez depositada en manos de sus ancestros, había quedado irreconocible ante su mezcla con el error.  El paganismo había hecho del culto a Jehová uno más entre tantas formas de adoración; y no comprendían que Jehová era el único Dios verdadero. 

 

El paganismo politeísta estaba basado en la adoración a seres imaginarios que incorporaban las fuerzas de la naturaleza como se veían en los diferentes aspectos del vivir humano.  Las bendiciones desinteresadamente otorgadas por el creador sobre sus criaturas no eran vistas como el fruto de las manos de un Dios único, sino que cada aspecto o fenómeno era visto como un dios.  Ya sea las fuerzas inanimadas pero activas de la naturaleza, o las criaturas vivientes, todos servían de objeto de adoración en los cuales depositaban su ezperanza y a los cuales atribuían sus éxitos.  Pero todos ellos dejaban sus almas vacías.  No llenaban la máxima necesidad de su más íntimo ser: la de una fe en un Dios vivo que vela por sus criaturas con un interés personal.

 

El séptimo día fue separado por Dios como un recordatorio en el tiempo de su interés personal por toda su creación.  El tomó su tiempo al final de la semana para contemplar el resultado de su obra creadora.  “Y vió Dios todo lo que había hecho y he aquí que era bueno en gran manera.  Y fueron la tarde y la mañana el día sexto.  Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.  Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.  Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.” (Gen. 1: 31; 2: 1-3).

 

Dios invita a cada hombre, mujer y niño a que contemplen esa misma obra, y que se deleiten en ella como El se deleitó; y no solamente que vean que “todo lo que hizo era bueno en gran manera” (Gen. 1: 31), sino que responda a la invitación: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él” (Sal. 34: 8). 

 

La invitación es a que contemplen y confíen que El cuida de ellos.  “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto?  Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.  Pues aun vuestros cabellos están todos contados.  Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.”  “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?  . . . Y por el vestido, ¿por qué os afanáis?  Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos.  Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?”  (Mt. 6: 26, 28-30; 10: 29-31).

 

Ese interés y cuidado por toda la creación era uno que Dios quería que el hombre viera revelado en el Sábado.  Por eso, hizo provision al final de la semana, para el descanso de todo ser viviente, al ordenar: “mas el séptimo día es reposo a Jehová tu Dios; ninguna obra harás tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún animal tuyo, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que descanse tu siervo y tu sierva como tú.” (Deut. 5: 14).

 

De en medio de una cultura que no tenía Dios verdadero en quien confiar, Dios habría de sacar a la simiente escogida tal y como le fue prometido a su padre Abrahán.  “Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años.  Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza.  Y en la cuarta generación volverán acá . . .” (Gen. 15: 13, 14, 16). 

 

La liberación de Egipto era preparación necesaria para condicionar a los Hijos de Israel para la gran obra que se les habría de asignar como depositarios de los oráculos de Dios.  Dios entregó con sus propias manos, tablas de piedra escritas con su propio dedo, en las cuales describía su plan para su pueblo, al cual se proponía mantener distinto entre los pueblos de la antigüedad.  En ellas, definía un código de ética y conducta para ellos, pero aún más, describía su propio carácter que lo exhaltaba sobre las limitadas concepciones de una sociedad idólatra que no podían concebir a un Dios más allá de lo que sus ojos veían.  Pero su pueblo especial habría de tener y demostrar al mundo el conocimiento de un Dios que trascendía al cosmos material que los rodeaba. 

 

Al hablar desde el Monte Sinaí, Dios enuncia como su primera expectativa, el ser visto como Dios único al decir: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Ex. 20: 3).  Y continúa con una revelación de sí mismo como un Dios incomparable e inimaginable: “No te harás imágen, ni ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo, o abajo en la tierra, o en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás”.  Y describe su propio carácter diciendo: “Porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte y celoso que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación, y hago misericordia a millares de los que me aman y guardan mis mandamientos” (Vers. 4-6). 

 

Dios revela su naturaleza santa, y demanda el respeto debido, al decir: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano, porque no dará por inocente Jehová a quien tomare su nombre en vano” (Vers. 7). 

 

Dios estampaba en el corazón de su ley el sello mismo de su identidad y autoridad.  El siguiente mandamiento de la ley expande sobre los anteriores, revelando más profundamente aspectos de la naturaleza del gran Yo Soy.  La ley de Dios tenía en su mismo centro al cuarto mandamiento como estampa de la autenticidad de un decreto que reclamaba provenir de manos de un Dios distinto a todos los demás dioses, fuera del alcance de la imaginación, “fuerte y celoso”, y que hacía “misericordia a millares {de generaciones} de los que aman y guardan mis mandamientos”.

 

“Acordarte has del séptimo día para santificarlo.  Seis días trabajarás y harás todas tus obras.  Mas el séptimo día será reposo para Jehová tu Dios.  No harás en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el extranjero que está dentro de tus puertas”.   Cuando Dios explicó la razón de tales instrucciones, dice “porque en seis días hizo Jehová los cielos, la tierra y el mar, y todas las cosas que en ellos hay”.  En otras palabras, “En él vivimos, nos movemos y somos”, y por lo tanto, “de él, y por él, y para él, son todas las cosas (Hech. 17: 23; Rom. 11: 23).   Acuérdate del Sábado porque Jehová es Dios sobre todo los dioses.  Jehová lo hizo todo.  Toda criatura está sujeta a Jehová, y a Jehová deben su existir.  Eso era un hecho que nigún dios pagano ha podido reclamar. 

 

El sello de Dios, visto en el Sábado, enunciaba claramente el nombre del único Dios  que existe en virtud de sí mismo, cuya existencia es eterna.  El gran Yo Soy no tenía comparación en nombre, título o jurisdicción.  Los demás dioses limitaban sus cualidades a unos cuantos razgos de entre las pasiones humanas, y su jurisdicción a algún aspecto del mundo visible.  No así el Dios del Sábado quien habría de demostrar sublimidad en su carácter, soberanía en su autoridad, e infinidad ilimitada en su jurisdicción.  Era estatuto proveniente de Alguien quien con todo derecho podía reclamar obediencia.

 

Este Alguien no podía ser visto por ojo humano alguno, lo cual contrastaba con ídolos que ojos podían ver y manos palpar.  No era de extrañar, por lo tanto, que Dios escogiera para iniciar la obra especial de revelarse a sí mismo, a uno que “se sostuvo como viendo al invisible”. (Heb. 11: 27).  Moisés era un líder entrenado en las cortes reales y en el campo de batalla, lo cual lo hacían ideal para esta obra única.  Pero la experiencia que mayormente lo capacitó para su desafiante cometido fue la adquirida en tierra desierta, donde por 40 años recibió lecciones de paciencia y humildad que los capacitarían para guiar al pueblo de Dios en su crecimiento espiritual como nación. 

 

Moisés es Llamado

 

El llamado de Moisés fue uno envuelto de misterio.  En el desierto de Horeb se encontraba aquel anciano quien ya había perdido casi toda esperanza de ver a sus hermanos libertados como una vez soñó.  No pensaría aquel anciano pastor de ovejas que no solamente habría de ver esa liberación, sino también que desempeñaría un papel protagónico en esta hazaña.  Habría de ver al Invisible manifestado en señales y prodigios.  “Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía.  Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema” (Ex. 3: 2, 3). 

 

Con curiosidad, Moisés se acercó a ver el fenómeno de la zarza ardiente.  Pronto realizó que aquello era más que un curioso fenómeno de la naturaleza.  Se dió cuenta que allí se encontraba la presencia del Invisible.  La Biblia lo describe así: “Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés!  Y él respondió: Heme aquí.  Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.  Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob.  Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios” (Vers. 5, 6).

 

A través de los años, su íntima experiencia con el gran Yo Soy lo llevó a explorar dimensiones espirituales que hombre pecador alguno jamás haya explorado.  Por la fe, vió al Invisible, aquel mismo del cual una vez cobrió su rostro para no mirar, de forma tal que al final de sus días de él se dijo: “Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Dios cara a cara.” (Deut. 34:10).

 

Dios se revela en el Exodo

 

Desde su inicio, la liberación a Israel de la esclavitud estuvo marcada por la obvia intención de Dios de hacer una obra especial de revelación de sí mismo a una humanidad que en su mayoría lo desconocía.  “Quién es Jehová para que yo deje ir al pueblo?” preguntó desafiante el Faraón de Egipto.

 

Para contestar la pregunta del arrogante monarca, Dios no hizo uso del brazo humano.  No fue el uso hábil de armamento lo que echaría por el polvo el orgullo humano, lo que habría de tocar al mundo pagano en su punto flaco, y a la vez habría de revelar la escencia del verdadero Dios.  Dios equipó a Moisés de un tosco instrumento que sería utilizado como poderoso látigo que traería el castigo de Dios sobre la idolatría.  La vara de Moisés fue tal instrumento.

 

Ese tosco instrumento sería utilizado para convencer primero a Moisés, luego al pueblo de Israel, y finalmente a la civilización egipcia, sobre el firme propósito de Dios de revelarse, y de llamar pueblo para sí.  Cuando Dios llamó a Moisés, este último no creía que los Israelitas creerían en él.  El proyectaba sus propias dudas de que Dios estuviera con él sobre el pueblo, alegando que ellos no creerían en él, ni en el Dios que lo comisionó.

 

“Entonces Moisés respondió diciendo: He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha aparecido Jehová.  Y Jehová dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano?  Y él respondió: Una vara.  El le dijo: Echala en tierra.  Y él la echó en tierra, y se hizo una culebra; y Moisés huía de ella.  Entonces dijo Jehová a Moisés: Extiende tu mano, y tómala por la cola.  Y él extendió su mano, y la tomó, y se volvió vara en su mano.  Por esto creerán que se te ha aparecido Jehová, el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (Cap. 4: 1-5).  La obra de revelación de sí mismo que Dios se disponía a llevar a cabo encontraba en Moisés el primer obstáculo.  El que habría de aprender a ver al Invisible debía ir paso a paso, de lo visible y espectacular, a lo invisible y sublime. 

 

Moisés contó a su hermano Aarón su experiencia milagrosa en el desierto, desde la zarza ardiente hasta la mano leprosa.  Pero en la vara, Moisés llevaba la prueba irrefutable de la presencia del Dios invisible a su lado.

 

Moisés, y su hermano Aarón, quien le servía de vocero, fueron ante el incrédulo pueblo con la declaración de misión de Moisés.  Señales y prodigios una vez más acompañaron esta revelación del Dios que se le había manifestado a Moisés (Vers. 30, 31). 

 

Diez plagas fueron traídas por medio de “la vara de Dios” (Ex. 4: 20; 17: 9).  A través de toda la experiencia con el Faraón, Dios se manifestó por medio de objetos visibles.

 

El propósito de Dios no fue en ningún momento fomentar confianza alguna en objetos que pudieran ser tomados como amuletos, u objetos de su superstición.  Las señales y prodigios no eran tampoco provistos como señal inequívoca de la presencia del Dios verdadero.  Esto se ve evidenciado en el hecho de que aún los magos egipcios pudieron duplicar varias de las señales.   Las diez plagas traídas por el Dios verdadero en ocación de esta drástica liberación, fueron ataques directos sobre los objetos de adoración que los egipcios habían exhaltado sobre el verdadero Dios.  Eso lo afirmó Dios cuando avisó el juicio final sobre Egipto y sus habitantes.  “Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto.  Yo Jehová” (Ex. 12:12).

 

El Sábado debía ser un recuerdo de un acontecimiento dentro de su historia nacional.  Era la conmemoración del despliegue de poder que revelaba a un Dios que se imponía triunfante sobre los otros dioses en ocación del éxodo.  Al rememorar la data de la ley, Moisés dijo al pueblo: “Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido; por lo cual Jehová tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo” (Deut. 5: 15).

 

Pronto olvido de la revelación de Dios

 

Ese conocimiento fue uno que tardó el mismo pueblo escogido en asimilar.  A penas acababan de ver manifestaciones espantosas de un Dios invisible, y de temblar con terror ante la voz de un Dios que reclamaba lealtad como Dios único, los israelitas demandaron de Aarón que les hiciera dios visible y tangible a quien adorar.  Este becerro era Apis, supuesta encarnación de Osiris, dios sol, cuyo culto en el día del sol, rivalizaba con el culto a Jehová, el Dios del Sábado. 

 

Aarón les hizo becerro de fundición, y los convidó a un despliegue de idolatría diciendo: “Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto.  . . . Mañana será fiesta para Jehová.” (Ex. 32:4, 5).  Con el hecho de llamar “Jehová” a un ídolo hecho de fundición, y atribuirle al tal su liberación de Egipto demostraba que todavía sus ojos espirituales estaban acostumbrados a no ver más allá del mundo material. 

 

El pueblo demostró por sus acciones que hablaba en serio al expresar su intención de buscar la conducción de un ídolo.  “Y al día siguiente madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron ofrendas de paz; y se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse.” (Vers. 6).

 

Esto se repitió vez tras vez a través de gran parte de la historia de este pueblo.  Esto no hubiese sucedido de haberse mantenido delante de sí el conocimiento del carácter de Dios como el Sábado en su simbología demostraba. 

 

Siglos después de la portentosa liberación de tierra de Egipto, Dios trae a su recuerdo a través del profeta Ezequiel cómo El los llamó para revelárseles como el único Dios, sólo para verlos tornarse a sus antiguos ídolos mientras se olvidaban del Sábado.  Dice Dios: “antes dije en el desierto a sus hijos: No andéis en los estatutos de vuestros padres, ni guardéis sus leyes, ni os contaminéis con sus ídolos.   Yo soy Jehová vuestro Dios; andad en mis estatutos, y guardad mis preceptos, y ponedlos por obra; y santificad mis días de reposo, y sean por señal entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios.  Mas los hijos se rebelaron contra mí; no anduvieron en mis estatutos, ni guardaron mis decretos para ponerlos por obra, por los cuales el hombre que los cumpliere vivirá; profanaron mis días de reposo. Dije entonces que derramaría mi ira sobre ellos, para cumplir mi enojo en ellos en el desierto.  Porque no pusieron por obra mis decretos, sino que desecharon mis estatutos y profanaron mis días de reposo, y tras los ídolos de sus padres se les fueron los ojos.” (Ez. 20: 18-21, 24).

 

El Conocimiento del Dios Verdadero dado a los Gentiles

 

Siglos más tarde, Dios propuso escoger pueblo para sí, pueblo que proclamara su nombre, de entre los gentiles, quienes “cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Rom. 1: 23). Con este fin, Dios debía una vez más hacer una revelación de su carácter como lo procuraba hacer desde el principio de la creación. 

 

De nuevo, escoge a un hombre para esta obra especial.  Pablo era un judío con dotes especiales a quien Dios comisionó con una obra especial de revelar su carácter al mundo gentil a través del evangelio.  Así se lo aseguró a los Corintios cuando les escribió: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Cor. 4: 6).

 

Como quienes buscaban a ciegas algo mejor que lo que sus ojos veían para satisfacer el anhelo de sus almas, paganos sin conocimiento claro de Jehová ya suponían la existencia de ese Alguien a quienes ellos simplemente llamaron “el Dios no conocido” (Hech. 17: 23).  A esos fue enviado Pablo como apóstol y emisario del mensaje verdadero que revelaba al “Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra . . . quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.  Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación” (Vers. 24-26).  Este, a quien sin conocerlo adoraban, se presentaba ante sus ojos como un Dios personal, cercano, e interesado en cada aspecto de su vida en lo más íntimo. 

 

Pablo, en uno de sus viajes misioneros, estaba en Atenas, cuna de la cultura griega.  Mientras esperaba a sus compañeros, “su espíritu se enaltecía viendo la ciudad entregada a la idolatría” (Hech. 17: 16).  Sintiéndo celos por Dios, y compasión por las almas perdidas en las tinieblas del paganismo, Pablo les quizo presentar el conocimiento del evangelio.  El apóstol les aseguró a los Atenienses que El “ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros.  Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; . . . porque linaje suyo somos” (Vers. 27, 28).  Y concluyó: “Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres.  Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Vers. 29-31).

 

Pablo tocó el nervio más sensible de su consciencia espiritual.  Su llamado a adorar al Dios que todo lo hizo y que no se circunscribía a su estrecha concepción, no solamente echaba a sus ídolos hechos de oro o plata en semejanza de cosa creada al mismo polvo, sino su orgullo mismo, su adoración del ego. Su rechazo del Dios desconocido no era más que su declaración de independencia de todo lo que representara atadura alguna sobre sus pasiones. 

 

Este mismo Dios traería algún día todas sus acciones a juicio.  Reconocer al Invisible como creador de todo, por lo tanto, implicaba reconocer la autoridad que el Dios que habita en templo no hecho de manos tenía sobre ellos.  Ya Jehová se había revelado en su ley como el Dios que visita “la maldad de los Padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación”, y como quien “no dará por inocente al impío” (Ex. 20: 6; 32: 33). 

 

En realidad, el Dios que lo hizo todo también se reveló en todo.  Su alegación de que el Creador fuera el Dios no conocido era una ignorancia deliberada.  Era usada como excusa para el desenfreno de sus pasiones.  Era un desconocimiento a sabiendas del gran Juez del universo.  Pablo lo explica así cuando escribe a los Romanos: “Porque lo que de Dios se conoce les hes manifiesto porque Dios se lo manifestó.  Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.  Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.  Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria de Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, y de reptiles” (Rom. 1: 19-23). Y resume: “Ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al creador quien es bendito por todos los siglos.  Amén” (Vers. 25).  

 

La autoridad divina sobre los asuntos humanos, y su derecho a la obediencia incondicional de todo viviente derivan directamente de su título de propiedad que posee en virtud de haberlo creado todo.  Dice el Salmista: “De Jehová es la tierra y su plenitud;

El mundo, y los que en él habitan.  Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos”.  “Servid a Jehová con alegría . . . Reconoced que Jehová es Dios: El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos.” (Sal. 24: 1, 2; 100: 2, 3).

 

Sábado versus Paganismo Moderno

 

A través de los siglos, los hombres se han negado a tener a Dios en su noticia, y a ver al Invisible en lo visible.  A pesar de que el pecado arrojó sombra sobre la creación, todavía “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncian las obras de sus manos” (Sal. 19: 1).  Muchos, sin embargo, cierran sus oídos, llenándolos de escepticísmo, ante esa voz que sólo por la fe puede ser escuchada.  El Sábado sigue siendo una oportunidad de reconocer en la creación, la identidad y autoridad de su Arquitecto. 

 

Formas sofisticadas de paganismo, tales como el Panteísmo y la Nueva Era, se revelan en nuestra vida moderna, a pesar de nuestro intelectualismo y nuestros avances científicos.  El hombre ha olvidado que la creación es impersonal, mientras el creador es personal; que la creación se percibe con los sentidos físicos, mientras el Hacedor de lo visible sólo se percibe por el ojo de la fe; que somos limitados, mientras Dios es infinito; y que Dios está en todas partes, y no que Dios es todo como el Panteísmo enseña.

 

El hombre exalta la naturaleza, y obviamente termina por exaltarse a sí mismo.  Se hace a sí mismo lo más importante, ya que no puede ver al más Importante.  Se cree inherentemente bueno, capaz de despertar bondad que pretende tener por naturaleza.  Se cree la mentira primera dicha en el Edén: “No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios . . .” (Gen. 3: 4, 5).

 

De una forma muy sutil, nuestra sociedad promueve una adoración pagana del yo, en la cual no hay mayor dios que la consciencia, ni mayor árbitro moral que la razón.  Al igual que ayer, hoy prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción (2 Ped. 2: 19). 

 

El Sábado Versus Ateísmo

 

La negación de la existencia de Dios es la otra cara de la misma moneda.  En una era racional como en la que vivimos, en la que se enorgullecen de las obras intelectuales, científicas y tecnológicas del ingenio humano, el Sábado todavía permanece a siete días de distancia a través del caminar de la humanidad por el sendero del tiempo.  Este le recuerda al hombre que en seis días hizo Jehová los cielos, la tierra, la mar, y todas las cosas que en ellos hay” (Ex. 20: 10), incluyéndolo a él mismo. 

 

A pesar de que la mejor evidencia de la existencia de Dios es la existencia misma de la compleja maquinaria humana, “Dice el necio en su corazón: no hay Dios” (Sal. 14: 1).  Pero Dios llama necio al que por negarlo se cree sabio.

 

Conozcamos al Creador

 

La Biblia nos invita a conocer al creador a través de su creación, al Diseñador a través del diseño.  La invitación divina es: “Levantad en alto vuestros ojos y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio” (Isa. 40: 26). 

 

La declaración inspirada asegura que la fe es el elemento indispensable para discernir al Invisible a través del mundo visible; y que el mundo material visto por la fe, se constituye en una ventana a través de la cual damos un vistazo al ámbito espiritual.   “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Heb. 11: 3). 

 

Lo visible y lo material son evidencias que, apreciada por la fe, nos revelan el poder de un Dios cuya palabra es capaz de crear de la nada. 

 

Hay misterios en la naturaleza que desafían imponentes al más brillante investigador.  Siempre habrán secretos que la más privilegiada de las mentes humanas no podrán descifrar.  Pero escépticos y ateos por igual se encierran en su vano razonar.  Especulan sobre el por qué de las cosas en lugar de reconocer lo limitado de su entendimiento, y la grandiosidad de un Dios que sujeta en sus manos la llave que descifra tales misterios, y que ellos nunca podrán arrebatar. 

 

“¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría?  Ahora ciñe como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás.  ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?  Házmelo saber, si tienes inteligencia.  ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes?  ¿O quién extendió sobre ella cordel?  ¿Sobre qué están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?  ¿Quién encerró con puertas el mar, cuando se derramaba saliéndose de su seno, cuando puse yo nubes por vestidura suya, Y por su faja oscuridad, y establecí sobre él mi decreto, le puse puertas y cerrojo, y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas?  ¿Has mandado tú a la mañana en tus días? ¿Has mostrado al alba su lugar, para que ocupe los fines de la tierra, Y para que sean sacudidos de ella los impíos? . . . ¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar, y has andado escudriñando el abismo?  ¿Te han sido descubiertas las puertas de la muerte, y has visto las puertas de la sombra de muerte?  ¿Has considerado tú hasta las anchuras de la tierra? Declara si sabes todo esto” (Job 38: 2-13, 16-18). 

 

Reconocer la sabiduría y potencia infinitas del gran Arquitecto y Constructor divino avasalla al más arrogante pensador, y humilla al más orgulloso de los filósofos, y esto es muy doloroso al soberbio corazón humano.  Dios le invita a que a través de su microscopio vean el diseño de una mente omnisapiente en cada célula; y a que por medio del potente telescopio aprecien a través del vasto universo lo infinito del amor de Dios que no tiene medida.  La invitación es a que permitan que la misma mano que creó tanto a las células como a los astros, y que dirije su funcionamiento y su rumbo, dirija también sus vidas.  

 

Para estudiar y Meditar

 

1.  ¿Qué es más difícil creer: que el universo tiene su originador de inescrutable sabiduría e infinito poder, o que es producto de la casualidad? (Heb. 11: 1-3; Sal. 14: 1).

2.  ¿Cómo explicarías tú que hay misterios que ni las mentes más inquisitivas pueden decifrar?  (Rom. 11: 33).

 

3.  Que Dios haya creado al género humano quiere decir que tiene derecho sobre todo hombre, mujer y niño.  ¿Cómo responderás al reclamo de Dios sobre tus afectos y tu tiempo? (Sal. 24: 1; 100: 3, 4).

 

4.  Dios no es solamente nuestro creador, sino también nuestro Juez.  ¿Cómo responderás a su llamado de darle el primer lugar? (Apoc. 14: 6, 7).

 

5.  ¿Aceptará Dios nuestra adoración, mientras a la vez, no nos rehusamos a venerar representaciones de otros seres? (Ex. 20: 3, 4).

 

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