Paz en el Corazón

 

Por Danilo D. Gómez

(Artículo originalmente publicado en la revista adventista, Octubre-Diciembre 1997).

 

En el mundo materialista de hoy, con frecuencia se anuncian productos de cuyas virtudes se hacen exageraciones que rayan en lo ridículo, y hasta ofenden la inteligencia del comprador.  Cristo nunca vendió su mensaje como un producto lanzado al mercado del siglo XX.  El nunca trató de presentar su oferta en forma utópica destinada a engañar al que lo escuchaba, tratando de crear en su mente falsas ilusiones que lo alejaran de la realidad del mundo en que habitamos. 

 

La posición del seguidor de Cristo no es una en que se ignoran las realidades de este mundo cruel y peligroso.  Por el contrario, es una posición realista, sin que a la vez este realismo raye en un pesimismo fatalista.  La frustrante realidad exterior es contrastada por una dulce realidad interior.  Es una confrontación entre la existencia presente y una esperanzadora y segura existencia futura.  Tal experiencia es fundada en las firmes promesas de Jesús.

 

El lleva a sus discípulos a tal realidad cuando les dice, “en el mundo tendréis aflicción” (Juan 16: 33).  Con esto, Cristo no le estaba informando nada nuevo.  Ya ellos lo habían experimentado, y aunque así no hubiera sido, pronto habrían de hacerlo.  Pero el Maestro lo dijo para que ellos, al igual que nosotros y todos sus seguidores de todos los tiempos, supieran que su Evangelio no presenta castillos en el aire, al menos mientras vivamos en el presente orden de cosas.  Sin embargo, el Maestro no se limitó a esta advertencia.  Haberlo hecho hubiera sido como presentar ante ellos una noche sin un amanecer o una tormenta sin calma.  Añadió: “más no temáis, yo he vencido al mundo”. 

 

Su victoria es la base segura de nuestra paz.  Porque él venció, nosotros también venceremos; porque el vive hoy, nosotros también viviremos mañana.  Su más precioso legado, su herencia de paz, lo expresó aquella noche delante de sus discípulos poco antes de su muerte, cuando les dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.  No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14: 27). 

 

Tal promesa va más allá de los umbrales de la historia y cruza los pórticos de la eternidad, hasta llegar junto a las aguas del mar eterno de su paz, cuando sea una realidad sus palabras de consuelo al decir: “No se turbe vuestro corazón; creeis en Dios, creed también en mí . . . vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14: 1-3).

 

Querido amigo, tales palabras son para tí también.  Cristo las susurra a tu corazón apesadumbrado y temeroso con tanta certeza como aquella noche a sus discípulos. Cuando veas los peligros del presente mundo y el caos que amenaza tu vida, mira más allá, al día cuando Cristo vendrá por tí, al día de la eternidad sin fin.  Mientras llega, seguirás teniendo aflicciones.  Jesús, quien fue puro y santo y quien nunca pecó, las tuvo en esta tierra.  Pero cuando tales aflicciones te rodeen, cuando se agrupen negras nubes en el horizonte de tu vida, recuerda que el Maestro está tocando a tu corazón y te dice: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3: 20).  Déjalo entrar y oirás su voz que con dulce claridad traerá su paz al decirte, “no temáis”.

 

Después de un día lleno de emociones, los discípulos de Jesús se encontraban navegando por el mar de Galilea.  Había sido un día en el cual sus más caras esperanzas y sus mayores ambiciones estuvieron a punto de hacerse realidad.  Jesús había alimentado a millares de sus seguidores hambrientos con unos cuantos panes y peces.  La milagrosa multiplicación de comida que alimentó a miles de hombres, mujeres y niños, causó tal alboroto entre ellos que vieron en este humilde galileo al Mesías Rey que los libertaría de la opresión romana, del hambre, la enfermedad y todas sus cargas; y como tal lo querían coronar.  En medio de su euforia, la multitud se prestaba a proclamar a Jesús como rey.  Pero Jesús se retiró quedamente de en medio de ellos y juntamente con él se desvanecieron los sueños de sus excitados seguidores y de los doce.

 

Ahora los doce discípulos se encontraban llorando la muerte de una ilusión.  Navegaban sobre el mar de Galilea, como tantas veces lo habían hecho antes.  Aquel viejo barco y el olor a mar les traía el recuerdo de su antigua vida, una vida monótona, sin más futuro que el transcurrir de un día tras otro lleno de afán.  La noche era oscura, como oscuro también les parecía su porvenir.  Jesús ni siquiera estaba allí con ellos para explicarles su extraña actitud.  El viento comenzaba a soplar con fuerza sobre la barca.  De repente, la ya oscura noche se torna más negra aún al esconderse la luna y las estrellas detrás de una densa capa de nubes.  El mar se agita y se enfurecen los vientos.  Estos, junto a la torrencial lluvia y los estruendosos relámpagos, hacen de esta escena una de terror, incluso para estos expertos pescadores. 

 

En medio de todo aquello, una silueta aparece sobre la faz de las revueltas aguas.  Nada más podía faltar para hacer aquel episodio más terrorífico aún.  “¡Un fantasma!”, alguien gritó.  En medio del rugir del viento, la lluvia y las olas, una voz poderosa replica: “Yo soy; no temáis” (Juan 6: 20).  Era Jesús, quien nunca antes los había abandonado en tiempo de angustia, y quien no lo haría ahora cuando más lo necesitaban. 

 

Nuestro inicio en la vida cristiana con frecuencia va acompañado de grandes ilusiones.  Como aquella gran multitud alimentada por Jesús, nuestra expectativa va más allá de lo real a un mundo de bienestar incomparable sobre esta tierra.  Como aquellos discípulos, vemos a Jesús como el Libertador de nuestros males presentes.  El gozo y el fervor del primer amor nos hace olvidar de momento que nos espera un mar de dificultades en nuestra vida que debemos cruzar cada día.  Luego nos vemos navegando solos, sin la compañía de Jesús a bordo.  Nuestra ansiedad aumenta cuando llevamos nuestra mente de temores ficticios que como fantasmas se asoman sobre las aguas.  Es el temor a lo desconocido.  Pero allí, en la oscuridad, entre ráfagas de viento y truenos está Jesús, quien con voz apacible nos dice: “¡Yo soy; no temáis!”

 

Jesús abordó finalmente el barco de aquellos aterrados hombres, trayendo la paz a sus corazones, apaciguando los vientos, las ondas y el mar.  Cuando el mar de tu vida se agita y se desata sobre tí la tempestad, invita a Cristo a subir a tu barco y óyelo decir: “No temáis”.  Entonces nuevos vientos de calma soplarán sobre tu vida.

 

http://www.ladivinarespuesta.com/

Hosted by www.Geocities.ws

1