Papá, mamá, ¡ayúdenme, por favor!

 

Por Frank González

 

Hay muchos siquiatras y consejeros que se especializan en ayudar a que los padres resuelvan los problemas que surgen entre ellos y sus hijos adolescentes.

Las grandes ciudades atraen a muchas familias que vivían en el campo, las cuales se dejan absorber por el torbellino de la vida urbana, con su hacinamiento

y corrupción moral. Los niños se confunden, y los padres a menudo llegan al límite de su capacidad para saber qué hacer con ellos.

 

Si en tu caso, amigo lector, los “expertos” profesionales no han sido de ayuda, permíteme hacerte llegar buenas noticias: Hay cada vez más padres que están

descubriendo en la Biblia información valiosísima acerca de los problemas de los adolescentes, y de cómo los padres pueden ayudarles. Y esta información

representa el conocimiento mejor y más actualizado de todos.

 

Pero antes veamos brevemente cuánto tiempo hace que Dios describiera nuestro problema actual. La Biblia es el único libro en en mundo que describe con

anticipación y exactitud la vida que estamos viviendo hoy: “Esto ten en cuenta, que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos. Habrá hombres amantes

de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural. . . amantes de los placeres

más que de Dios” (2 Timoteo 3:1-4). Dios nos ha dejado esta revelación profética porque nos ama. Hoy, millones de personas están comenzando a ver que

la exactitud que exhiben las profecías bíblicas es prueba convincente de su inspiración divina.

Muchos padres y madres se preguntan hoy por qué los hijos son hoy tan “ingratos. . . sin afecto natural”. ¿Por qué los niños, especialmente los adolescentes,

son tan “desobedientes a los padres”? En muchos casos, casi pareciera que hay algo en el aire que les enferma la mente. Pero la profecía bíblica es como

una linterna que alumbra nuestro camino en la noche tenebrosa, y nos quita el temor.

 

El primer paso para resolver el problema que representa la juventud descarriada de hoy, es saber lo que la Biblia dice acerca de los niños y jóvenes. Es

animador ver cómo Dios conoce y comprende nuestra situación. Nuestro Padre celestial no nos daría una profecía como ésta sin al mismo tiempo darnos la

sabiduría que necesitamos para resolver estos desafíos sin precedentes.

 

Dios nos ha dicho que la desobediencia a los padres es una clara señal de que vivimos “en los últimos días”. Para saber esto no necesitamos leer los periódicos

o mirar las noticias de la noche. Basta con mirar lo que sucede en nuestro propio hogar para tener un ejemplo de esta inquietante señal de la pronta venida

del Señor y del fin del mundo.

 

Pero cuando Dios nos revela una verdad como ésta, su propósito no es desanimarnos. Cualquier mensaje que el verdadero Dios nos envía es siempre Buenas

Nuevas. Él quiere que entendamos por qué los niños son especialmente “desobedientes a los padres” ahora, en este tiempo del fin. Entonces podremos comprender mejor la bendita solución que Dios tiene para nuestros problemas. Nuestros hijos necesitan algo que a menudo no están recibiendo, y el Espíritu Santo nos mostrará cómo impartírselo.

 

Tal como el cuerpo humano se enferma si se lo priva de la nutrición y las vitaminas esenciales, así también el corazón de la humanidad se enferma por falta

del amor especial a que Jesús se refirió. La alimentación que carece de los elementos apropiados provoca una larga serie de enfermedades físicas. Así

también, los problemas espirituales que padecen nuestros hijos pequeños y adolescentes --su falta de obediencia--, son el resultado directo de la falta

del amor de Cristo. Sólo en la Biblia se revela ese amor.

 

No es que los niños de hoy sean por naturaleza peores que los de las generaciones anteriores. Con la única excepción del Niño Jesús, todo ser humano que

ha nacido en este mundo desde el primer hijo de Adán y Eva, ha traído consigo una naturaleza pecaminosa, la cual lo separa de Dios. ¡Así hemos nacido

todos! Esa “carne” o naturaleza es capaz de hacernos caer en todos los terribles pecados que ha cometido la humanidad. Todos compartimos esa herencia.

 

Somos como una nueva computadora que no puede hacer nada por no estar programada. Claro está, que en nuestro caso venimos al mundo con el “programa del

mal” ya instalado. De algún modo, hay que instalar el “programa del bien” en el corazón de cada bebé que nace en este mundo. Ese programa es el conocimiento

de que el evangelio de Jesucristo es buenas, y no malas noticias.

 

¿Quién instala este programa? Los padres, y también los maestros. Y también los pastores debieran hacerlo. Cuando los padres inculcan en la mente y el

corazón de sus hijos los inspirados principios de la verdad que se hallan en la Palabra de Dios, éstos aprenden a recibir en sus corazones el “amor” al

cual se refirió Cristo. A medida que crecen, ese amor se afianza en sus corazones y llega a ser parte de ellos.

 

Pero si no se ha enseñado el amor, no hay nada bueno que pueda tomar su lugar. El vacío que resulta atrae todo el mal que inunda el mundo por medio de la

televisión, la radio, los discos y casetes, y que abunda en la calle.

 

Sin embargo, no necesitamos desesperar. Jesús es más real que cualquier persona que conozcamos. Por medio de su Santo Espíritu, él procura atraer a todos

a sí mismo, de modo que lo reconozcan como su Salvador.

 

Cuando el Señor Jesús nos prometió: “Yo, el Señor tu Dios, te tomaré de la mano derecha”, no estaba hablando del acto físico. En cambio, se refería a algo

mucho más efectivo, más importante, a saber, que el Espíritu Santo nos enseñaría el amor que él siente por nosotros. Eso incluye la enseñanza de lo que

Cristo ya ha hecho por salvarnos, y lo que hace día y noche en su exaltado oficio como nuestro gran Sumo Sacerdote. Y eso, a su vez, significa ver lo que

hizo en la cruz. Cristo hizo una inversión tan grande en nosotros, que podemos estar seguros de que no tiene la menor intención de abandonar lo adquirido

con su sangre. Como nuestro gran Sumo Sacerdote, sigue trabajando continuamente por nosotros, procurando alimentarnos con su Pan de vida, y sosteniendo

constantemente nuestra mano.

 

Quizás tus hijos adolescentes, amigo o amiga de La Voz, desfallecen por falta de este alimento espiritual. Cuando Jesús declaró: “El que come mi carne y

bebe mi sangre tiene vida eterna” (S. Juan 6:54), quería decir que debemos recibir en el corazón la verdad genuina de las Buenas Nuevas acerca de lo que

logró en la cruz. En la Biblia hallamos el relato completo. Si tú crees que primero debes decirle a tu hijo lo que él debe HACER, piénsalo bien; lo que

necesita comprender antes que nada, es lo que Cristo ya ha hecho por él.

 

Hacer esto no significa hacer las cosas al revés. Es el orden que la Biblia establece. Cuando el muchacho “ve” quién ha sido “levantado” allí en la cruz,

cuando comienza a darse cuenta de lo que el Hijo de Dios debió sacrificar con el fin de salvar a nuestro mundo, entonces las OBRAS cuya ausencia tanto

preocupa a los padres, comienzan a aparecer. ¿Por qué? Es que “la fe. . . obra por el amor” (Gálatas 5:6). Por cuanto la “fe” bíblica actúa con tanto poder,

es imposible tener tal fe y no ser obediente a todos los mandamientos de Dios. Esa fe depende de algo más grande que ella misma: la fe no podría existir

si antes no hubiera presente algo más: el amor que Cristo reveló en la cruz.

 

¡Ahora los elementos están en su orden correcto! La fe que se describe en el Nuevo Testamento es una entrega de todo corazón a ese amor que todavía asombra

a cualquiera que se decida a “mirar y ser salvo”. Cuando el amor divino toca el corazón, nuestra vida se transforma por dentro y por fuera.

 

Y eso es precisamente lo que nuestros hijos, tanto los niños como los adolescentes, necesitan “ver”. Meditar en lo que esto significa, nos llena de asombro.

La cruz de Cristo es la visión más gloriosa que el mundo haya contemplado alguna vez. Las luces de la ciudad nos pueden cegar momentáneamente, impidiéndonos

admirar la gloria de las estrellas eternas que brillan en el cielo; pero nuestras débiles antorchas no tienen “gloria” como las estrellas. El apóstol Pablo,

que “vio” la cruz y captó su significado, hizo la siguiente declaración: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por

quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gálatas 6:14).

 

Permitamos que nuestra juventud vea esa gloria, y las brillantes luces de la ciudad con sus fuertes tentaciones al licor, las drogas o el sexo dejarán de

atraerla. Habrán visto algo genuino, sólido como una roca, y en comparación todas las falsificaciones que pueda inventar el diablo no serán más que humo.

 

Padre, madre, ten valor. Tienes un Padre celestial que ama a tus hijos más que tú. Jesús, su Hijo, te asegura que “tu Padre que ve en secreto, te recompensará

en público”. No se trata de predicarles sermones a nuestros hijos cuando ellos no quieren escuchar; pues podría impedirlo toda clase de basura amontonada

contra la puerta del corazón que la cierra contra la predicación. El Señor lo sabe y comprende, porque es el gran Médico, no sólo de nuestras enfermedades

físicas, sino también de nuestras almas enfermas. Él sabe la forma de llegar a esos corazones, y está dispuesto a enseñarnos la forma de quitarnos de

su camino y no estorbar su obra en favor de ellos.

 

El que se enferma, pide una entrevista con un médico. Ahora bien, esto es algo mucho más importante: pedir una entrevista con el Salvador del mundo. Es

privilegio de todos tener esta entrevista; el diablo no nos puede impedir el acceso. Ven a tu Padre celestial en oración personal, privada, “secreta”.

No lo hagas en forma apresurada. Pídele que te enseñe cómo decirle a tus hijos, pequeños o adolescentes, que Cristo es su Amigo, que ya se entregó a la

muerte por ellos, y que no sólo nos “ofrece” la vida eterna, sino que por su sacrificio ya nos la ha “dado”. No la despreciemos. Explícales a tus hijos

su promesa de sostenerlos de la mano, y exhórtalos a que no procuren soltarse. Que los jóvenes vean que Cristo no es un enemigo al cual temer, sino un

Amigo a quien apreciar y agradecer.

 

Y tú, amigo o amiga de La Voz, no olvides que necesitas la abundancia de su gracia en igual medida que nuestra descarriada juventud. Entonces tu corazón

se unirá al corazón de ellos, y comenzarán a suceder milagros.

 

Padre, madre, el título de este mensaje es: Papá, mamá, ¡ayúdenme por favor! Tal vez tus hijos adolescentes no sepan cómo expresar este deseo con palabras.

Pero en lo profundo de sus corazones, lo que verdaderamente necesitan que se les enseñe es el contenido de este mensaje de hoy.

 

LA VOZ DE LA ESPERANZA

Derechos reservados

 

Anterior.

Inicio.

 

Hosted by www.Geocities.ws

1