Ojo por ojo

 

Hola amigo y amiga del Evangelio horizontal.  Es una idea muy generalizada la de que las relaciones interpersonales en los tiempos del antiguo testamento, estaban regidas por el principio de ”ojo por ojo, y diente por diente”, encontrado en  Exodo 21: 23, 24.  No obstante, nada está más lejos de la realidad.

 

La religión de amor y confraternidad enseñada por Jesús no era algo nuevo.  De ella Juan dijo: “porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros (1 Juan 3: 7).  No es de sorprender, pues Cristo feacientemente afirmó: “no penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas.  No he venido para abrogar sino para cumplir” (Mateo 5: 17).

 

En la misma ocasión en que pronunció estas palabras, Cristo también dijo: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.  Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”.  “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.  Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os

persiguen”(Versículos 38, 39, 43, 44).

 

Sus oyentes habían escuchado sólo parte de las enseñanzas del Antiguo Testamento.  Los escribas y fariseos de aquel entonces habían presentado la ley como odiosa.  Cristo, en cambio, vino a traer a la luz las enseñanzas de amor enunciadas de antaño, pero que habían sido oscurecidas por ignorancia y tradiciones humanas.  Habían tergiversado principios judiciales al punto de traducirlos al diario vivir. 

 

Cuando Cristo usó la expresión: “más yo os digo:”, no estaba contradiciendo los escritos sagrados antiguos.  Al contrario, estaba resaltando la belleza de tales escritos al ponerlos en la perspectiva correcta, y usándolos como fundamento sobre el cual elaboraría sus enseñanzas.  Estaba enunciando la sabiduría milenaria que él mismo había inspirado en patriarcas y profetas, en términos relevantes a su generación.

 

Moisés ya había comunicado este mensaje de amor cuando dijo: “no te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19: 18).  Y para que nadie pensara que el amor se debía sólo a los de su misma raza, él les ordenó al pueblo: “Cuando el extranjero morare con vosotros en vuestra tierra, no le oprimiréis.  Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuísteis en la tierra de Egipto” (Versículos 33, 34).

 

Numerosos otros principios cargados del mismo espíritu, fueron enunciados en la misma ocasión, como se puede leer en el capítulo 19 del libro de Levítico.  Todos ellos constituyeron la piedra angular sobre la cual la religión de Cristo sería edificada.  En realidad, todo el Antiguo Testamento servía este propósito. 

 

Amigo, amiga, cuando pienses en el Antiguo Testamento, no pienses de él como siendo un árido desierto en el cual le es imposible a la flor de la amistad crecer, sobre el cual la esperanza de un mundo sin odio ni rencores no puede brotar como fresco pasto que alfombra el suelo. 

 

Y recuerda que, como Iglesia del Dios vivo, estamos “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor”. 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1