El Mito de Fe versus Obras a la Luz del Nuevo Pacto

 

Por Danilo D. Gómez

 

La Reforma Protestante trajo a la luz una verdad que había quedado oculta bajo las tinieblas del legalismo; la verdad de que “El justo por la fe vivirá” (Rom. 1:17).  Esto trajo una gran controversia que se tradujo en enemistad, persecución y muerte.  Sin embargo, tal controversia, aunque aparentemente resuelta, continúa trayendo animosidad y enemistad entre los que resaltan la primacía de la fe en el proceso de la salvación, y los que dan tal primacía a las obras.

 

No obstante, tal controversia se ha vuelto en realidad un asunto de palabras, aunque en esencia ambas vertientes propugnan lo mismo.  Es decir, la gran mayoría de los que defienden la supuesta “ justificación por la fe” solamente presentan al mismo perro con diferente collar.  Continúan presentando al hombre como protagonista de su propia salvación, pero obtenida por obras de otra naturaleza que las que se hacen con las manos; obras de carácter intelectual y espiritual. 

 

Esto, hace particularmente difícil descubrir el disfraz con que se viste el legalismo.  Muchos teólogos parecen repetir frases acuñadas, creyendo con esto que así presentan el concepto correcto.  Es decir, creen que la frase correcta necesariamente expresa el concepto correcto cuando, en realidad, la dinámica de la vida cristiana descrita es la misma vieja tradición legalista de obrar y obrar.

 

A través de este artículo, se propone la idea de que no es un asunto de fe versus obras.  Más bien, es un asunto de fe en Dios versus fe en uno mismo.  Al verlo desde tal perspectiva, la controversia de la fe y las obras queda esclarecida como la luz del mediodía cuando el sol resplandece sobre un cielo sin nubes, alumbrando así sendas de justicia delante de nuestros pies.  La fe versus las obras se convierte claramente en un asunto del Nuevo Pacto versus el Antiguo Pacto, o mejor dicho, la obra de Dios en mí versus mis propias obras y esfuerzos vanos.

 

Santiago nos aclara la relación directa e indiscutible entre la fe y las obras al decirnos: “Así también la fe, si no tuviera obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17).  De esta manera , el apóstol Santiago, quien se caracteriza por su exposición de un Cristianismo práctico, identifica, sin lugar a dudas, a un falso tipo de fe.  También se nos dice en otro lugar que hay “obras muertas”(Heb. 6:1; 9:13), así queda identificado un falso tipo de obras.  Se puede concluir, sin temor a equivocarse, que hay una correspondencia directa entre la fe muerta y las obras muertas; estas últimas, por lo tanto, no necesariamente están ausentes, sino muertas.  Por otro lado, la correcta clase de fe calificada como “la fe que obra por el amor” (Gal. 5:6).  Hace sentido, pues, concluir que las obras correctas dependen de una fe correcta, y si se quiere decir, que unas obras muertas dependen de una fe muerta.  ¿Y qué fe mas muerta que la fe en nuestra propia capacidad de jugar un papel protagónico en nuestra salvación?

 

En la mente paulina la fe es un enfoque en lo objetivo, mientras las obras es un enfoque en lo subjetivo, llevando al esfuerzo egoísta.

La fe viva (creer en que Cristo obra en mí), y las obras muertas (creer que yo puedo si me esfuerzo) no es un asunto del resultado procurado por cada enfoque.  Ambos procuran la justicia.  Logran, sin embargo dos tipos totalmente opuestos de justicia: una, por la fe, la justicia de Cristo; la otra, por las obras, la justicia propia que es “trapo de inmundicia”  (Isa. 64:6).

 

El final de Romanos 9 muestra cómo el enfoque de fe en la obra de Cristo resulta en alcanzar la justicia verdadera, y cómo el enfoque que procura justicia por fe en nuestros propios esfuerzos no logra su objetivo.  “¿Qué, pues, diremos?  Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó.  ¿Por qué?  Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo, como está escrito: He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado” (Vers. 30-33).

 

El Nuevo Pacto es creer en Dios.  El Antiguo es creer más en uno mismo.  Ambas son fe, pero lo que es diferente es el objeto de tal fe.  En el Nuevo Pacto, la fe tiene como objeto a Dios, el único que trae justicia verdadera.  En él, nuestra relación con Dios se basa en creer más en Dios que en uno mismo como Abrahán hizo. “Porque cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo” (Heb. 6:13), “Y creyó Abrahán a Dios, y le fue contado por justicia” (Rom. 4:3).

 

Este creer en Dios, en su amor y su poder como se revelan en su palabra, es lo que constituye la fe que salva, la fe que obra por el amor.  Es una fe que cree que “Dios es el que hace el querer como el hacer por su buena voluntad” (Fil. 2:13), y que “el que comenzó la buena obra en vosotros la terminará” (Cap. 1:6). Esta es una fe que resulta en una apreciación del amor de Cristo que nos constriñe, y que hace que guardemos sus mandamientos (Jn. 14:15; 2 Cor. 5:14).  En el Nuevo Pacto, creemos en su amor, y le amamos, porque él nos amó primero (1 Jn. 4:19). 

 

Creyendo en su Palabra y juramento nos apropiamos de la promesa a los hijos de Israel a quienes se les dijo: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.  Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.  Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.  Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios” (Ez. 36: 25-27).

 

En el Antiguo Pacto, el objeto de la fe es el hombre mismo, el que creyendo en su capacidad de obedecer con seguridad engañosa se dice a sí mismo y a otros: “todo lo que Jehová a dicho eso haremos” (Ex. 19:8; 24:3, 7).  En otras palabras: “Señor, no te molestes . . .  Permíteme ayudarte . . .  No lo hagas tú solo . . .”. 

 

Esta fe en uno mismo resulta ser egoísta porque dice, “si te amas y quieres salvarte, guarda los mandamientos”, “Si quieres ir al cielo y caminar las calles de oro, guarda los mandamientos . . .”.  

 

El Cristianismo lamentablemente está lleno de esa levadura del Antiguo Pacto.  Desde muchos púlpitos se predica una religión humanista centrada en el hombre.  Mucho se predica sobre lo que no se debe hacer, de lo que sí se debe hacer, y de lo que falta por hacer.  La condición del mundo y la sociedad, la frialdad espiritual que prevalece en muchas iglesias, y el caos de las familias, todos estos constituyen, como regla más que como excepción, el enfoque de las amonestaciones caracterizadas por el Legalismo. 

 

Al hacerlo así, se demuestra tener fe en una realidad creada por el hombre, o subjetiva.  Es a saber,  en lo que el hombre debe hacer ante la problemática del pecado, más que en la realidad objetiva, es a saber, en lo que Dios ya hizo, y continuará haciendo. La fe en la obra de Dios, descrita en el Nuevo Pacto, es basada en algo más allá de nuestra limitada capacidad humana, aún fuera de nuestro tiempo, pues está basada en una realidad existente desde la cruz, aún más desde antes de la fundación del mundo. 

 

El Antiguo Pacto genera inseguridad en la salvación porque en él se intenta basar la seguridad en una experiencia subjetiva.  Tal experiencia es tan insegura y variable como nuestro estado de ánimo pueda serlo.  No puede ser sólida y segura porque depende de nuestro propio juicio al evaluarnos.  Afortunadamente, podemos estar firmes sobre la roca de la Palabra y promesas de Dios, “pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas” (1 Jn. 3:20).

 

En cambio, el Nuevo Pacto genera una seguridad que no se puede sacudir, pues la basamos en las promesas de Dios que no son cambiantes.  Si fuese por nosotros y por nuestra constancia, nuestro bien eterno, y más aún, la reputación de Dios, estuvieran en juego.  El Señor asegura a través del profeta Malaquías: “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Mal. 3:6). 

 

Este fundamento seguro es lo que carece la tal llamada “justificación por la fe” que enfatiza la “relación con Cristo” y nuestras reacciones espirituales.  Según esta, para obrar hay que creer pero para creer hay que tener una relación con Cristo, que a su vez, se obtiene y mantiene al orar, estudiar la Biblia, etc, es decir al obrar.  Esta “justificación por la fe”, es realmente por la “fe”, como lo pretende ser, pero por la fe en uno mismo, haciendo del asunto de la fe y las obras un asunto de qué fue primero si la gallina o el huevo.

 

La “justificación por la fe” más popularmente predicada en las iglesias de hoy es una que enfatiza una “relación” con Cristo que supuestamente contrasta con la justificación por las obras como la luz y las tinieblas.  Pero, al enfocarse en los pasos a tomar en procura de esta relación, se convierte en sí misma en egoísta; no solamente centrada en lo que se debe hacer, sino tamién en para qué se debe hacer, es a saber, para alcanzar la salvación. 

 

La enfocada en lo objetivo, es decir, en lo que Cristo hizo y hará, es de por sí libre de egoísmo pues no procura despertar ningún interés en lo que se espera alcanzar, sino apreciación y gratitud por lo que ya él alcanzó por mí, y nos permite enfocarnos en creer en sus obras a nuestro favor.  Esto despierta amor, un amor que no busca lo suyo (1 Cor. 13:5), un amor a través del cual la fe siempre obra (Gál. 5:6).

 

La fe en uno mismo, fe cuyo fundamento es tan inseguro como la fragilidad humana, y que constantemente señala solamente nuestra pecaminosidad, deja al alma con frustración y sin esperanza.

 

La fe en Cristo no se produce al enfatizar lo que debemos hacer para adquirirla, sino enfatizando lo que él hizo para salvarnos.  Así como nos enamoramos, no cuando alguien nos enseña técnicas de flirteo, sino cuando nos habla de la persona y nos la presenta.  Este enfoque humanista permea, lamentablemente, la presentación del evangelio.  Aunque las obras verdaderas son tan importante como la fe en Cristo quien las produce, cuando se enfatiza como algo ligado a nosotros más que a él, o si se enfatizan más que las obras que Cristo mismo hizo incluyendo su obra mayor en el calvario, se convierten en obras muertas.  Recordemos que las obras muertas son las que provienen de una fe muerta, y que una fe muerta es la que se enfoca en nuestros propios esfuerzos.  ¿Por qué hablar tanto de nuestras obras y obediencia y tan poco de su justicia, obra y obediencia?

 

Se toman largos discursos llenos de legalismo y se entremezclan con innumerables repeticiones del nombre de Cristo, y a esto se atreven a llamar una predicación cristocéntrica.  Pero su fruto es el mismo que el que tuviese si el nombre de Cristo estuviese totalmente ausente.  Deja al alma con la sensación de que es suyo el deber a cumplir, de que es ella que tiene que esforzarse por obrar, que es la culpa y el temor lo que le ha de motivar.  Y la obra del Dios Todopoderoso quien creó el universo por su palabra, por la cual también puede crear un corazón perfecto en el que por fe se allega al trono de la gracia, ¿dónde se deja?

  

Se habla tanto de la parte humana para hayar la solución al pecado, mientras se olvida  que “mayor es Dios que el hombre” (Job 33:12), y que “cuando abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20).  Así se termina haciendo al factor humano más grande que a Dios, y al pecado mayor que su gracia.  Si se da la gloria a Dios, se le ha de dar toda la atención en las predicaciones, conversación y pensamientos, y no al factor humano.  Las palabras de todo hijo de Dios serán: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Sal. 115:1).

 

Hay un solo rincón en este universo donde el hombre es mayor que Dios, y donde el pecado abunda más que la gracia, es a saber, en la prédica del legalista.  Se necesita hablar más de su gracia y menos del pecado, exaltar más su bondad que guía al arrepentimiento, e infundir menos temor a la perdición eterna o a la tortura de las conciencias. 

 

El gran error de Moisés que le privó de entrar a la tierra prometida no fué más que el contaminar la obra del Todopoderoso con su incredulidad de que la Palabra de Dios era suficiente en sí misma para transformar.  Este hombre de Dios, manso como ningún otro (Num. 12:3), flaqueó bajo la presión de un pueblo sediento en tierra desierta.  Dios le dió las instrucciones a seguir en tal caso.  Le dijo: “Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias (Núm. 20:8).

 

La Palabra de Dios tenía en sí misma el poder de hacer el mandato una realidad.  No era necesario ninguna jugarreta de manipulación sicológica, que se valiera de la técnica de infundir sentimientos de culpa, ni era necesario intento alguno de impresionar al público con advertirles sobre las terribles consecuencias que resultarían de su rebelión. 

 

El corazón del pueblo profeso de Dios, que era de piedra, seco como dura roca, y de los cuales no brotaba justicia alguna, bien podía verse representado en el árido panorama de aquella peña rodeada por las arenas del desierto.  De este pueblo, Moisés pretendía sacar justicia con su lengua que, como vara que golpea la roca, los hería con palabras duras.

 

“Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?  Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias” (Vers. 10 y 11).  Moisés se tomó la gloria para sí mismo y falló en darle la gloria a Dios al recalcar el pecado y la rebeldía del pueblo.  Con su lengua hirió al mismo Cristo y ya que “esa roca espiritual que los seguía era Cristo” (1 Cor. 10:4), y ya que Cristo mismo dijo : “por cuanto lo hiciste a uno de mis hermanos más pequeños a mí lo hiciste” (Mt. 25: ).

 

Los predicadores, al herir al pueblo de Dios, pretendiendo que son sus emisarios, no se hacen más que portadores de malas nuevas, mediadores del Antiguo Pacto, jueces de sus hermanos, hiriendo a Cristo mismo.

 

Las buenas nuevas del Nuevo Pacto, un pacto centrado en Dios, son consideradas por muchos como “pañitos tibios”, que nos iguala a los protestantes apóstatas, no sabiendo que “es poder para salvación” (Rom. 1:16).  Otros, ya acostumbrados al látigo echado sobre las espaldas de sus conciencias a semejanza de las peores torturas de la edad Media, dicen que el Nuevo Pacto es una verdad difícil de entender, y no necesaria para la salvación.  No entienden que “las cosas espirituales se han de discernir espiritualmente” (1 Cor. 2:14), y que éste será el estudio de los redimidos por la eternidad.

 

Alguien se preguntará: “¿y no que hemos de desempeñar nuestra parte en nuestra salvación, y que la hemos de obrar con “temor y temblor”?  ¿No nos habla la biblia también de la parte subjetiva?”  La respuesta a estas preguntas es “sí, esto es cierto”.  La Biblia dice claramente que hemos de creer.  Se nos dice: “cree en el señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa” (Hechos 16:31), y “por gracia sois salvos, por la fe” (Efe. 2:8).

 

Pero nuestra experiencia subjetiva no crea la realidad.  Es cierto que por la fe nos aferramos de su gracia.  Esto no quiere decir, sin embargo, que la fe haga nuestro, algo que ya es nuestro, es a saber,  la salvación dada por gracia.  En realidad, la fe es una respuesta a la gracia.  Más aún, es en sí misma un resultado de la gracia, ya que cuando las buenas Nuevas llegan a nuestros oídos, de no ser resistidas por nuestra incredulidad deliberada,  provocarán una apreciación del corazón traída por El Espíritu Santo. 

 

“Por gracia sois salvos, por la fe, y esto no es de vosotros pues es un don de Dios”.  Es decir, así como lo objetivo, la gracia, es un don de Dios, lo subjetivo, la fe,  también lo es.  Ninguno de los dos son producidos por nosotros.  La gracia llegó a la existencia independientemente de nuestra voluntad.  Su origen está aún fuera de nuestro tiempo, pues es una realidad desde la cruz, aún más desde la entrada del pecado (Rom. 5: 15, 16, 20).  La fe es en nosotros, pero fuera del alcance de nuestros esfuerzos, pues “es un don de Dios” (Efe. 2:8). 

 

Haciéndo referencia al Salmos 19:4, Pablo dice: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.  Pero digo: ¿No han oído?  Antes bien, por toda la tierra ha salido la voz de ellos, y hasta los fines de la tierra sus palabras” (Rom. 10:17 y 18).   Es por su gracia que la Palabra ha llegado a nuestros oídos, los cuales no podemos naturalmente cerrar, a menos que lo hagamos a propósito en terca resistencia.

 

Así aún la fe es objetiva en sí misma ya que es parte de la obra objetiva de Dios que culminó en la cruz, pero cuyos efectos vemos en nuestras vidas hoy.  La cruz compró nuestro derecho al cielo, nuestro derecho a la fe, al arrepentimiento y al perdón; aseguró que a nosotros llegue hoy la revelación de la Palabra;  atribuyó a la naturaleza con la capacidad de hablar y producir fe; y desde entonces ha continuado obrando a favor del hombre, haciendo que hoy  se provoque en nosotros una respuesta a la gracia.  La cruz es la gracia en sí misma porque en ella se demostró que “De tal manera amó Dios al mundo que dió a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él crea no se pierda más tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

 

Visto así, lo aparentemente subjetivo es objetivo.  Lo único totalmente subjetivo es nuestra resistencia que proviene de creer más en nuestra propia capacidad de obrar, arrebatándole a Dios la oportunidad.  En realidad, es lo único que resultará de nosotros si es que intentamos poner parte alguna en nuestra salvación.  Esto no cambia la realidad sino que nos excluye de los beneficios del Nuevo Pacto que de otra manera ya se nos aseguraron y están destinados a ser nuestros.  Ya que “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo”, “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.  Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.  Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Jn. 1:9; 3:19-21).

 

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