Cuando el cielo acuerda con la tierra. Mateo 18 y el arrepentimiento corporativo.
Por Danilo D. Gómez
Un estudio cuidadoso de Mateo 18 le revelará al estudioso del mensaje de 1888, una aplicación práctica del principio bíblico de arrepentimiento corporativo. Esta aplicación, sin embargo, resulta de mayor incumbencia para la iglesia en pleno, comenzando por sus dirijentes, encargados de administrar disciplina eclesiástica. Esta prerogativa de la iglesia ha demostrado ser sumamente desafiante, pues con frecuencia es mal aplicada causando amargura y división, y lo que es peor, reproche sobre el nombre de Cristo.
Como a menudo hacía, el Señor
se encontraba entrenando a aquellos sobre quienes descansaría la responsabilidad
de iniciar la iglesia que él vino a fundar.
Y una vez más, aprovechó justamente sus inquietudes para lograr dicho
propósito.
1 En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?
“¿Quién es el mayor en el
reino de los cielos?” no era meramente una pregunta retórica, sino que era de
implicaciones prácticas. Era una cuya
respuesta habría de causar unión o, de lo contrario, división en el seno de la
naciente iglesia. En torno a ésta, los
discípulos habían polemizado numerosas veces, demostrando sus más bajas
pasiones y verbalizando sus más egoístas ambiciones. Su mero cuestionamiento al respecto claramente denotaba su
ignorancia relativa a la naturaleza del reino que Cristo había venido a
establecer. Por ello, era la
oportunidad perfecta para el Señor ilustrarles la verdad tocante a tan
malentendido aspecto de su ministerio.
En realidad, el fracaso
básico de los doce radicaba en dicho malentendido. Aunque de forma diferente, la iglesia de nuestros días pudiera
estar mal entendiendo su misión de rescate y reconciliación, “que Dios estaba
en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres
sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación” (2
Corintios 5: 19).
2 Y llamando Jesús a un
niño, lo puso en medio de ellos,
3 y dijo: De cierto os
digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de
los cielos.
Cristo con frecuencia utilizó
a los niños como ilustración del espíritu que habrían de poseer los ciudadanos
de su reino. El mismo había sido uno de
ellos, y en su interacción con los pequeñuelos había encontrado ilustraciones
preciosas a través de las cuales trataría de despertar en sus discípulos
sentimientos de humildad, ternura y sensibilidad hacia los demás. Sus doce discípulos demostrarían su lentitud
en aprender dicha lección de la vida infantíl como se nos muestra en el próximo
capítulo (Mateo 19: 13, 14).
En el capítulo que nos
embarga (Cap. 18), el Maestro entra en detalles cruciales que permitirían a sus
seguidores penetrar en el mundo de los niños, e identificarse con ellos, al
punto de poder derivar de ellos lecciones aplicables en su trato diario con
grandes y chicos que formarían parte de su iglesia. Era una lección práctica de arrepentimiento corporativo.
4 Así que, cualquiera que
se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.
Cristo les da una respuesta
directa a su pregunta de quién es el mayor.
La grandeza de los ciudadanos de su reino radicaba en la humildad. Sin embargo, sus discípulos necesitaban
entender que ésta era más que una profesión.
No estaba simplemente estimulando la imitación mecánica de la vida y las
actitudes pueriles. Más bien procuraba
estimular una compenetración con otros, “compadecerse” de otros, es decir,
“sentir con” y “sentir por” otros. Los
niños proveían justamente el ambiente apropiado para proveer dicha
lección. A través de los tiempos, aún
hoy en día, aún los más crueles de entre los hombres se ven movidos a compasión
ante los niños.
5 Y cualquiera que reciba
en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.
Cristo entonces apela a su
profesión de amor a su Maestro. Recibir
a los niños era recibirlo a él mismo.
Los discípulos necesitaban comprender que si profesaban amar a su
Maestro, debían demostrarlo amando a aquellos con los cuales Cristo se
identificó. El amor requería que
sintieran por aquellos por los cuales Cristo sintió al punto de decir: “por
cuanto lo hicísteis a uno de estos más pequeños a mí lo hicísteis” (Cap. 25:
40).
Pablo hace semejante
apelación al escribir a los Filipenses.
Les rogó: “Haya pues en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo
Jesús” (Filipenses 2: 5). El sentir
como Cristo implicaba humillarse, hacerse el menor, y arrepentirse junto a
otros. Así se humilló Cristo “el cual,
siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que
aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante
a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Vers. 6-8). Cristo se arrepintió con nosotros, pues pagó
por nosotros la paga del pecado cuando “se humilló hasta la muerte y muerte de
cruz” (Vers. 8).
Esta identificación con
nuestra raza, y su resultante humillación, demostró la verdad de las palabras:
“quien quiera ser el mayor debe hacerse menor”, pues Pablo nos dice que a raíz
de su humillación Dios lo ensalzó a lo sumo (Vers. 9).
6 Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar.
Los insensibles discípulos
resistían la idea de humillarse e indentificarse con los demás. Apelar a sus tiernos sentimientos pudiera no
bastarles en su comprensión inicial de tan importante lección. Para tener compasión por los niños, así como
por los mayores, los discípulos debían sentirse parte de ellos porque sólo
siendo parte de ellos sentirían como ellos y hacia ellos. Su amor hacia su Maestro, así como la
identificación de su Maestro con otros, pudiera tampoco bastarle para
impresionar en sus mentes el peso eterno de la verdad que procuraba
enseñarles. Por eso les habló en
lenguaje más concreto, advirtiéndoles de las serias consecuencias de no prestar
oídos a tan importante asunto.
7 !Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero !ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!
Escribiendo a los Romanos,
Pablo tuvo que abordar este problema ya existente en la iglesia del primer
siglo. “¿Tú, que te jactas de la ley,
con infracción de la ley deshonras a Dios?
Porque el Nombre de Dios es blasfemado por causa de vosotros entre los
gentiles” (Vers. 23, 24). El Apóstol
procuraba enseñarles que “somos un cuerpo en Cristo, más todos miembros los
unos de los otros”, por eso ordenó: “gozaos con los que se gozan, llorad con
los que lloran” (Vers. 5, 15).
Cristo, aunque les habló a
sus discípulos en un lenguaje fuerte y amenazador, procuraba el mismo objetivo
de que ellos sintieran por otros. Pero
si eran incapaces de sentir compasión hacia los demás, entonces, que abrieran
sus ojos de la imaginación, y sintieran en su propio cuerpo las consecuencias
de hacer caer a otros por los que Cristo daría su vida.
8 Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de
caer, córtalo y échalo de ti; mejor te es entrar en la vida cojo o manco, que
teniendo dos manos o
dos pies ser echado en el fuego eterno.
9 Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo
de ti; mejor te es entrar con un solo ojo en la vida, que teniendo dos ojos ser
echado en el infierno
de fuego.
Cristo no está evidentemente hablando de la automutilación. Ni tampoco está limitando su uso de lenguaje figurado a las consecuencias eternas que pudieran resultar sobre uno mismo. Dado el contexto, es claro que Cristo hacía una relación entre lo que pudiera hacer caer a sus hermanos, primariamente a los niños, y lo que los pudiera hacer caer a ellos como sus discípulos. Debían comprender que, en realidad, lo que fuera ocasión de caer para sus hermanos más pequeños, lo era para ellos mismos. Esto era cierto en virtud de su culpabilidad por haberlo causado, y en virtud de su identificación con ellos. Sin embargo, si no comprendían que debían sentir por la caída de otros (arrepentimiento corporativo), entonces que comprendiesen que la misma insensibilidad por los demás los llevaría a causar tal caída (culpabilidad corporativa).
Es lamentable en extremo el
que como iglesia de Dios estamos carentes de dicha compasión hacia los caídos,
y aún peor, el que dicha carencia haga caer a muchos que de otra forma
permanecerían en pie.
10 Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños;
porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre
que está en los cielos.
Cristo los llama hermanos, y Dios
a través de sus ángeles siempre vela por ellos. ¿Hemos nosotros de despreciar a aquellos con quienes compartimos
la misma naturaleza, y cuyos pecados cometemos? Cristo “no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2: 11),
y hemos nosotros de avergonzarnos de ellos?
Dios es espíritu (Juan 4: 24), y los ángeles también lo son (Hebreos 1:
14), y velan día y noche por ellos, ¿hemos nosotros, quienes compartimos su
carne y sangre, de decir como Caín: “¿soy acaso guarda de mi hermano (Génesis
4:9)?
11 Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.
Cristo les recuerda a sus
discípulos cuál era su misión como rey de aquel reino, y así le indicaba cuál
era su misión como súbditos.
Sintiéndose parte de ellos era imposible para el Maestro de galilea
tener otra prioridad que no fuese salvar.
Ellos como alumnos en su escuela habrían de tener la misma misión. Como súbditos de su reino debían sentir su mismo
gozo.
12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y
se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a
buscar la que se
había descarriado?
13 Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron.
14 Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.
En el capítulo 16 Pedro ya
había verbalizado un sentir y una certeza implantada por Dios en el corazón de
los discípulos relativa a la identidad del Maestro. “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Vers. 16). Cristo procuraba que se sintieran todos
hijos de Dios (Mateo 5: 45), y por lo tanto sus hermanos. En esta ocasión les recordó que Dios era
Padre de ellos, y que los miembros de la familia humana eran hermanos de
Cristo. Es decir, aquellos con los
cuales los discípulos rehusaban identificarse eran sus hermanos. Si Dios como Padre no los quería ver
perdidos, tampoco lo debían querer ellos como hermanos.
Cristo procede a darles un
ejemplo muy específico de la aplicación de la lección referente a
arrepentimiento corporativo dada a sus discípulos. Su ejemplo es referente a la vida de la iglesia. Como primera iglesia, los discípulos debían
aprender a resolver con humildad sus diferencias, y echar a un lado su lucha de
poder y sustituirla por una obra de rescate y reconciliación. Si la lucha de poder y falta de compasión
existente en su medio permanecía, no lograrían jamás el objetivo para el cual
Cristo los escogió, pues sería similar su patrón de conducta en la iglesia
creciente.
15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.
Ahora Cristo transfería en
forma más clara los principios hasta ahora expuestos a la vida esclesiástica, recordándoles
que aquellos a quienes el llamó “mis hermanos” es “tu hermano”. De considerarse cada uno “más santo que tú”
(Isaías 65: 5), el hermano que yerra no lo escucharía, y el ofendido sería en
gran parte culpable de la pérdida del ofensor.
De acercársele con una actitud humilde, el ofendido incrementará las
probabilidades de ser escuchado por su hermano ofensor, y “el que hubiere hecho
convertir al pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y
cubrirá multitud de pecados”.
La obra de reprensión y
admonición es una obra delicada y de consecuencias eternas tanto para el
ofendido como el ofensor, para el llamado a reprender como para el pecador en
necesidad de reprensión. Dios advirtió
a través del profeta Ezequiel: “Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y
tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal
camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre
demandaré de tu mano. Pero si tú
amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino,
él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma. Si el justo se apartare de su justicia e
hiciere maldad, y pusiere yo tropiezo delante de él, él morirá, porque tú no le
amonestaste; en su pecado morirá, y sus justicias que había hecho no vendrán en
memoria; pero su sangre demandaré de tu mano.
Pero si al justo amonestares para que no peque, y no pecare, de cierto
vivirá, porque fue amonestado; y tú habrás librado tu alma (Ezequiel 3: 18-21).
Pero tal como Cristo lo
explicó a sus discípulos, es una obra mucho más delicada que la de simplemente
ametrallar con palabras toscas y desafiantes toda clase de epíteto sobre los
oídos de aquel cuya conducta no aprobamos.
Es una obra que requiere tacto y persistencia, en adición a la
compasión, humildad y sensibilidad de las cuales hemos ya hablado.
16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.
Dios ya había provisto desde
tiempos antiguos la manera en que se debía proceder en caso de la
administración de justicia. Se le había
instruído al pueblo de Israel a través de Moisés que ante toda acusación, el
acusado habría de ser reprobado en la presencia de dos o tres testigos
(Deuteronomio 17: 6, 19: 15). Cristo
esperaba que se protejieran los derechos del acusado. Pero comprendía que la confidencialidad pudiera ser un derecho
que de ser abusado obstaculizaría la administración de justicia.
Es importante que recordemos
que aunque parte de este capítulo es aplicado a la disciplina eclesiástica, su
estudio general deja claramente ver que los principios en realidad expuestos
son de rescate y reconciliación del que yerra.
Este capítulo no puede ser visto como una recopilación arbitraria de
dichos de Cristo sin interconección alguna, sin que con ello forcemos el
texto. Recordemos que un texto fuera de
su contexto es un pretexto, y esta no es la excepción en los versículos que
actualmente estudiamos.
Si se tiene el propósito de
rescatar y reconciliar al que yerra, la inclusión de dos o tres testigos no
constituye otra cosa sino una concientización de otros miembros del cuerpo de
Cristo sobre su parte requerida en la obra de arrepentimiento corporativo. No son llamados a atestiguar para hacer de
ello un chisme, sino para llorar con los que lloran (Romanos 12: 15).
17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.
El pecador puede insistir en
su error, pero que no encuentre en la actitud de los creyentes razones para
justificar su rebeldía. En la obra de
rescate y reconciliación, el ofendido debe hacer partícipe al pleno de la
iglesia. No es para notificar a la
iglesia sobre la desfraternización del ofensor lo primero para lo cual el caso
debe ser traído ante la congregación.
Es para que lo amonesten.
Recordemos que una condición requerida previa a la amonestación es que
los creyentes se compadezcan del ofensor y se arrepientan juntamente con
él.
Si el pecador rehusa todo
esfuerzo de ser restablecido a la comunión con sus hermanos mediante un
arrepentimiento sincero, entonces, y sólo entonces, debería demostrársele en
tono más serio la desaprobación de la iglesia con su conducta. Esta era una lección que los discípulos
necesitaban aprender. Los fariseos
daban tal desaprobación gratuitamente a todo gentil y publicano. Este no era un modelo a seguir por los
apóstoles, sino que tanto a gentiles como a publicanos, discípulos y no
discípulos, debían tratar como hermanos, miembros de una misma familia. Aquel que buscaba a las ovejas perdidas
hasta encontrarlas esperaba que todo aquel que poseyera su Espíritu y tomara su
nombre, tomase toda medida habida y por haber antes de deshausiar a un alma.
Solamente albergando tal espíritu
de humildad y compasión el cielo pudiera entrar en acuerdo con sus
representantes aquí en la tierra, aprobando sus procedimientos con su
correspondiente acción en el tribunal celestial.
18 De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.
La justicia divina no puede
ser comparada con la humana, pero en la humanidad sí se puede manifestar la
misericordia y justicia divinas. Su
pueblo ha sido llamado a implementar dichos principios en su trato con sus
hermanos de la familia humana. Sólo su
aplicación fiel nos permitirá ser partícipes de mayores privilegios. Escuchemos las palabras de Pablo quien nos
recuerda: “¿O no sabéis que hemos de juzgar a los angeles?” (1 Corintios 6:3).
19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se
pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les
será hecho por mi Padre
que está en los cielos.
20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
El pueblo de Dios ignora el
poder del cual se ve privado al rehusar participar del arrepentimiento
corporativo. Cristo bendice con su
presencia aquellos que siguen los pasos anteriormente descritos. Los “dos o tres” aquí mencionados, son los
mismos a los que se refiere el versículo 16 de Mateo 18. Nadie quien no haya participado en el
esfuerzo de rescatar está autorizado a desfraternizar. Si no ha invertido sus energías en dicho
esfuerzo no tiene lugar para la presencia de Cristo en su vida, y su proceder
no es visto con agrado por los ojos del juez justo.
Cuando dos o tres van, en
nombre de Cristo, a rescatar al ofensor, un acompañante invisible va a su
lado. El Buen Pastor los acompaña en su
misión de salvar la oveja perdida.
21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?
El apóstol Pedro rompe el
silencio de los discípulos quienes escuchaban con atención. Trae ante Cristo otra pregunta que denota su
perplejidad. Parecería haber estado
perplejo en relación a la distancia a la cual se esperaba que llegase un
discípulo de Cristo en su esfuerzo de rescatar al perdido.
Hace una pregunta que él
mismo responde. La responde con la
aparente pretención de superar la misericordia de los fariseos quienes
limitaban su perdón a tres veces a la misma persona. Cristo, sin embargo, cambió su perplejidad en asombro cuando le
indicó que el perdón restaurador debía superar sus espectativas.
Los pasos a seguir en
búsqueda del pecador no deben estar limitados por nuestro pobre concepto de la
gracia divina. Los pasos dados por
Cristo desde el trono del universo hasta la muerte de cruz (Filipenses 2: 6-8),
son razones más que suficientes para no escatimar esfuerzo alguno en la obra de
rescate y reconciliación. El que Cristo
delineara los pasos a seguir en la obra de rescatar al que yerra no implica una
limitación del perdón a ser otorgado.
Tampoco necesariamente indica un perdón repetido 490 veces al que no lo
haya solicitado con arrepentimiento.
Sí se ha de esperar que no
guardemos rencor alguno hacia nuestro prójimo a pesar de su impenitencia. El rencor nos dañaría a nadie más que a nosotros
mismos. Cristo mismo perdonó en la cruz
a los que se repartían sus ropas, sin que éstos se lo pidieran. Esta declaración de Cristo parecería ser en
referencia al número de veces que se ha de perdonar al que se exhorta, si éste
escucha al que le reprende y se arrepiente, pero luego vuelve a cometer un
error.
En el Sermón del Monte, Cristo
claramente condenó al espíritu de justicia propia que lleva a una pretención de
infalibilidad ante las almas débiles.
“No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la
medida con que medís, os volverán a medir” (Mateo 7: 1-2). Si rehusamos compenetrarnos en
arrepentimiento con los demás, nos hacemos meritorios de la misma condena que
sobre ellos pueda recaer. En su trato
con acusados y acusadores, como en el caso de la mujer adúltera, y en sus
enseñanzas por parábolas, como en la del hijo pródigo, Cristo condenó el
espíritu pugnitivo de aquellos que pretendían tener a Dios como su padre y
obedecer su Palabra.
Al concluir su lección de
arrepentimiento corporativo, Cristo les presenta otra parábola que provee la
mayor razón por la que sus seguidores deberían sentir por los demás. Su disposición a perdonar es debida, ya que
ellos mismos son recipientes del perdón divino, y en contínua necesidad del
mismo. Del mismo reino en el cual
disputaban un lugar de preeminencia, Cristo dijo:
23 Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un
rey que quiso hacer cuentas con sus siervos.
24 Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno
que le debía diez mil talentos.
25 A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor
venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la
deuda.
26 Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba,
diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.
27 El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le
soltó y le perdonó la deuda.
28 Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus
consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo:
Págame lo que me
debes.
29 Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le
rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.
30 Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel,
hasta que pagase la deuda.
31 Viendo sus consiervos lo que pasaba, se
entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había
pasado.
32 Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo
malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste.
33 ¿No debías tú también tener misericordia de tu
consiervo, como yo tuve misericordia de ti?
34 Entonces su señor, enojado, le entregó a los
verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía.
35 Así también mi Padre celestial hará con vosotros si
no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.
En resúmen, todo cristiano debe ser lento para juzgar, remiso para condenar, misericordioso al perdonar, paciente y tolerante, diligente y compasivo, sintiéndose culpable cuando el prójimo yerra como si él mismo hubiera transgredido, y gozoso cuando se rescata a su hermano. “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6: 1-3).
Entonces de la iglesia se
dirá: “nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá
tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová;
clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador,
y el hablar vanidad; … nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el
mediodía. Jehová te pastoreará siempre,
y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como
huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan. Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas;
los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador
de portillos, restaurador de calzadas para habitar” (Isaías 58: 8-12).
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