Los Dos Pies de la Humildad

 

Hola amigo y amiga del Evangelio horizontal.  Hablemos de los dos pies de la humildad.  La palabra “humildad” equivocadamente evoca compasión hacia quien se le atribuye.  Esta virtud es vista como si fuese una señora callada, libre de toda altanería en su porte y aún pobre, que se sienta quieta retirada del bullicio. 

 

Es cierto que el que posee la verdadera humildad mide sus palabras y refleja en su apariencia externa dicha virtud.  Es también cierto que aún los pobres pueden poseerla.  Pero el humilde no tiene que ser pobre, ni el que es pobre necesariamente es humilde.  La inactividad y el aislamiento, en realidad, son extraños al que la posee, pues la humildad lejos de sentarse en espera de conmiseración, es activa y compasiva, andando sobre dos pies, dando y no recibiendo.

 

El apóstol Pablo nos habla de estos dos pies sobre los cuales la humildad se yergue firme: el servicio a los demás y su necesario acompañante, el reconocimiento de la dignidad del prójimo al tratarlo.

 

Escribiéndole a los Filipenses dice: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2: 5-8).

 

La palabra “humildad” es asociada en la mente paulina con la palabra ”servicio”.  Cristo se hizo humilde porque se hizo siervo (Versículo 7), así lo demostró en lo que hoy conocemos como “rito de humildad” o “el lavamiento de los pies” que se registra en Juan 13. 

 

El mismo nos animó a que lo imitásemos, cuando en esta ocasión les ordenó a sus discípulos: “ejemplo os he dado para que como yo he hecho vosotros también hagais”.  Y con esto no se refería meramente a una celebración del “rito de humildad”, sino a la acción de servir misma como lo demostró en una vida diaria de actividad desinteresada a favor de los demás. 

 

Una acción de servicio, sin embargo, para equivaler a una acción de humildad, debe denotar claramente un espíritu de consideración al que se sirve.  “Con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos” como leemos en  Filipenses 2: 3. 

 

Es conocido el hecho de que fácilmente se pudiera arruinar una acción destinada a favorecer al prójimo, cuando al ofrecerse la ayuda se le hace sentir inútil y desvalido.  Mas cuando tratamos al prójimo como superiores a nosotros mismos, entonces nuestro servicio será eficaz, pues contribuirá a levantar la estima propia de aquel a quien ayudamos. 

 

El ciego no se sentirá como que le estamos ayudando a cruzar la calle porque lo creemos incapaz de hacerlo por sí mismo, cuando en realidad puede, sino que comprenderá nuestro interés personal en él.  La dama no sentirá que ignoramos su fuerza de carácter, determinación e independencia cuando le ayudamos a cargar las bolsas de sus compras y le abrimos la puerta de su casa.  Y sobre todo, la humildad no quedará coja, y mucho menos se quedará allí sentada esperando compasión sino que se levantará y caminará sobre sus dos pies.  La Iglesia entonces tendrá “el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”. 

 

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