Lo que los padres deben saber
Por Frank González
Es inútil que los padres quieran controlar la forma de pensar de sus hijos adolescentes. A cada niño que viene a este mundo, el Creador le concede el
don de una mente independiente. Casi desde su nacimiento, el bebé comienza a pensar y elegir por sí mismo. Y aunque Dios dice: “Hijos, obedeced en el
Señor a vuestros padres, porque esto es justo” (Efesios 6:1), no por eso deja de querer que cada niño o adolescente aprenda, observe, piense y decida libremente,
por el don de libertad que ha recibido en Cristo. Dice Dios: “Pregonaréis libertad en la tierra a tdos sus habitantes” (Levítico 25:10).
Joven lector, ni siquiera Cristo te obligará a servirle. Padre, madre, tú nunca lograrás a fuerza de amenazas, obligar a tus hijos a obedecer los mandatos
divinos. La “conversión” forzada tarde o temprano se desvanece. Lo que todo padre debe hacer es dar a sus hijos el conocimiento que necesitan para hacer
decisiones libres y sabias en favor de Cristo.
El número de jóvenes y señoritas que deciden seguir a Cristo sería mucho mayor si en sus primeros años se les presentara una visión honesta y verdadera
de Dios. Pero Satanás ha logrado presentar ante el mundo una visión completamente falsa del carácter de nuestro Padre celestial.
Como ejemplo, cuando a los niños y jóvenes se les enseña que Dios es un juez severo que castiga a los perdidos con torturas interminables, sus corazones
se endurecen contra un Dios así. Sin embargo, la Biblia no presenta una visión tan cruel de Dios; y Jesús, por su parte, nunca enseñó nada parecido.
¿Recordamos lo que dijo Jesús?
“ Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él, no perezca, sino tenga vida eterna” (S. Juan 3:16).
Por lo tanto, Dios no ha excluido del cielo a nadie. Los únicos que no llegarán allá serán los que se hayan negado a prepararse para entrar, por cuanto
Dios, que ha dado a todos la libertad de elegir, no obligará a nadie a ser salvo contra su voluntad. Esto significa que los que se perderán será sólo
por su propia elección.
Pero, ¿los torturará Dios por toda la eternidad, como dicen algunos? No; Dios tendrá misericordia con los perdidos, los tratará con bondad. Simplemente,
ellos recibirán lo que libremente eligieron: la destrucción eterna; es decir, “perecerán”.
Los jóvenes que han comprendido mal esta verdad experimentan resentimiento contra Dios, lo que los lleva a excluirlo de sus vidas. Pero Dios comprende
esto, y de todos modos los ama.
Cuando venga Jesús por segunda vez a esta tierra, no será diferente de lo que era cuando andaba entre nosotros. Fueron dos ángeles quienes dijeron a los
discípulos: “Este mismo Jesús, que ha sido llevado de vosotros al cielo, volverá del mismo modo en que lo habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11). “Este
mismo Jesús” volverá. ¡No un verdugo cruel y sediento de sangre y venganza! Nosotros los seres humanos, que por naturaleza exigimos venganza y retribución,
podemos fácilmente imaginar que Cristo se sienta terriblemente airado por la forma como el mundo lo trató, condenándolo a la cruz, por lo que cuando vuelva
se complacerá en cobrarnos la cuenta.
Pero ¡no, amigos! ¡Mil veces no! Cuando Jesús vuelva, será el mismo Jesús que oraba por los que lo crucificaron. Su amor es eterno; todavía ama a los que
lo rechazaron. Mira con gran ternura a todos los jóvenes y señoritas que se han rebelado contra él debido a las falsas doctrinas que se les enseñaron.
Sin embargo, alguien dirá: “¿No enseña la Biblia que los malvados serán destruidos cuando Jesús vuelva por segunda vez?” Sí, en 2 Tesalonicenses 2:8 leemos
que cuando Jesús venga, los “destruirá con el resplandor de su venida”. Pero notemos este punto: lo que los destruye no es algún rayo letal o alguna descarga
de ametralladoras proveniente de él. ¡No! Es el “resplandor de su venida”. Simplemente, no pueden soportar la gloria de Jesús.
Esto tiene sentido. Cristo dijo en cierta ocasión: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (S. Mateo 5:8). Los que hayan elegido
repetidas veces y en forma definitiva seguir siendo impuros “de corazón”, simplemente no serán capaces de mirar el rostro radiante de Jesús. Lo que los
destruirá es su amor plenamente revelado, sin velo ni obstáculo que lo opaque. Una mirada de esos ojos, y los malvados se consumirán en su propia condenación.
¿Comprenden los niños y adolescentes esta verdad relativa al carácter de Jesús? A muchos de ellos se les ha enseñado a sentir intenso temor de él. Sin
duda, Dios se compadece de ellos. Jesús sigue siendo hoy el Buen Pastor que busca su oveja perdida. Lo
hace entrando en nuestro corazón con una luz poderosa que brilla en rincones más tenebrosos de nuestra mente, donde hemos almacenado y atesorado todas
estas falsas ideas acerca de él. El Salvador nos revela la verdad que puede reconciliar consigo nuestros corazones apartados. Y cuando ocurre ese milagro
por esta revelación de su gracia asombrosa, nos resulta fácil prestar completa obediencia a TODOS sus santos mandamientos, incluyendo el maravilloso mandamiento que tantos creyentes quebrantan, el de guardar como santo el verdadero Día del Señor, el séptimo día, el sábado.
Cristo dice: “Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20). El Espíritu Santo está ahora mismo haciendo brillar esa preciosa luz en nuestros corazones, como
un poderoso reflector que llega con su luz a cada rincón donde se han ocultado las falsedades satánicas. ¡Démosle ahora la bienvenida a esa luz! Digamos:
“¡Gracias, Señor, por salvar mi alma! ¡Gracias por exponer y curar esas heridas donde la infección del error había estado envenenando mi alma entera!
Hoy elijo abandonar toda falsa doctrina, toda distorsión de la verdad. ¡Con gusto doy mil errores por una verdad!”
Amigo, amiga de La Voz, esta es la única conducta razonable que puedes seguir, porque Dios te está revelando su verdadero carácter. “Dios estaba en Cristo
reconciliando consigo al mundo, no atribuyendo a los hombres sus pecados. . . Al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros
llegásemos a ser justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:19, 21). ¿Cómo podríamos considerar como enemigo nuestro al que murió por nosotros?
La gente que falsamente profesa servir a Dios ha falsificado y torcido cada una de las preciosas verdades que Jesús nos ha enseñado en la Biblia. Inocentemente,
hemos recibido esos errores. Pero cuando el Espíritu Santo ha hecho brillar en nuestras almas esa luz que expone el error y nos revela la bendita verdad,
entonces llegamos a ser de inmediato responsables de recibirla y atesorarla. En el juicio final no podremos decir: “Bueno, el pastor o el sacerdote Fulano,
o la hermana Tal me enseñó este error (aunque tal vez lo hicieron sinceramente). Y por cuanto me enseñaron a creer un error desde que era niño, ahora no
soy responsable; de modo que seguiré creyendo el error”. No; en el juicio final no te aceptarán jamás ese argumento.
Supongamos que alguien, sin ninguna mala intención y sin darse cuenta, nos devuelve un billete falso al darnos el sobrante de una compra que hemos hecho. Más tarde, el cajero del banco nos dice: “Lo siento, pero este billete es falso; mire cómo lo demuestra al ser expuesto a la luz infrarroja, y al examinarlo
con esta lente de aumento”. Por supuesto, tenemos que aceptar la evidencia. Hasta entonces, no hemos cometido ningún crimen, puesto que en nuestra inocencia
e ignorancia de los hechos, no sabíamos la verdad. Pero supongamos también que llevamos ese mismo billete al almacén, y tratamos de usarlo para pagar lo
que compramos. ¿Seremos, entonces, culpables de cometer un crimen? ¡Por supuesto que sí!
Hubo una vez un hombre al cual, desde su niñez se le habían enseñado mentiras acerca de Dios. En su inocencia, las creía. De hecho, pertenecía al pueblo
escogido de Dios, a la nación judía. Pero se convirtió en un ladrón, y por fin su vida desembocó en una crucifixión, en el monte Calvario, junto a otro
malhechor.
En los primeros momentos de su agonía se unió al otro ladrón crucificado, para insultar y maldecir al Salvador inocente que colgaba de su cruz entre ellos.
Se atrevió a hacerlo oyendo cómo los dirigentes religiosos también insultaban al Salvador. Era un error peligroso. Si hubiera persistido en confiar en
esos líderes del pueblo, que en apariencia eran “santos y dignos de reverencia”, habría terminado rechazando definitivamente al Salvador, y habría muerto
en un estado totalmente sin esperanza.
Pero al mirar a Jesús y oírle perdonar a los que hincaban los clavos en sus muñecas y tobillos, y al ver cómo en su semblante se reflejaba únicamente la
bondad, comenzó a surgir en él una nueva convicción: “¡Me han mentido los que criticaban a este Hombre! ¡No es lo que yo creía! ¡No es un fanático; es
precisamente lo que él afirmaba ser: el Hijo de Dios! ¡Es el Mesías, el Salvador del mundo! Esta gente, tanto como los dirigentes religiosos, están totalmente
equivocados!” El criminal moribundo se olvidó de su propio dolor, y comenzó a sentirse preocupado por la situación de Jesús. Luego demostró la honestidad
de su convicción, confesando públicamente su fe en Jesús. Oró en voz alta, de modo que todos lo pudieron oír, diciendo: “¡Señor, acuérdate de mí cuando
vengas en tu reino!”
Así salva Dios a los pecadores. Primero, los convence de su amor; luego, los convence de la verdad que corrige las mentiras y distorsiones que habían creído
desde su niñez; motiva además al alma honesta para que confiese la verdad. Y luego, ¿qué sigue? Cristo declara que los acepta: “Te aseguro hoy, estarás
conmigo en el paraíso” (S. Lucas 23:42, 43).
En nuestros días, muchos niños y jóvenes están descubriendo gloriosas verdades referentes a las Buenas Nuevas de la abundante gracia de Dios. En muchos
casos, mamá y papá nunca habían oído esas verdades. Han sido sinceros en vivir de acuerdo con toda la luz que tenían, pero “la senda de los justos es como
la luz de la aurora, que va en aumento hasta llegar al pleno día” (Proverbios 4:18).
Joven amigo o amiga, ¡no sigas los prejuicios ciegos! En cambio, sigue esa Luz verdadera. El ser “real” es parte de tus sueños. Entrégale tu corazón al
único Ser en todo el universo que es “real”, en todo el sentido de la palabra.
Y tú, padre o madre, no procures soltarte de la mano de ese “mismo Jesús”. Deja que él te guíe por todo el camino que lleva a su reino. ¡Tomar tu cruz
y cargarla para seguir a Cristo es lo mejor que puedes hacer en tu vida!
LA VOZ DE LA ESPERANZA
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