¿Lo has hecho?

 

Hola amigo y amiga del Evangelio horizontal.  Si tienes pareja, sobre todo si estás casado, la siguiente pregunta es para ti: ¿le has llorado alguna vez a tu pareja?  Sí, me refiero a rogarle que salven la relación.

 

Hubo uno que le lloró a su pareja, no por antojo alguno no satisfecho por ella, sino por amor no correspondido.  Pero su angustia no era meramente resultado de amor herido que a su vez resultaba del rechazo.  Más bien lloraba por su amante quien cosecharía el fruto de su descarrío. 

 

Jesús descendía del monte de las Olivas, en lo que hoy conocemos como “Domingo de ramos”.  Había júbilo y algarabía a su alrededor.  El genterío lo estaba proclamando rey.  Era la aparente realización de los más caros sueños albergados por aquella multitud.  Muchos creían que eran los de Cristo también, por la aparente aceptación por parte de su pueblo.

 

En aquel momento, se “aguó la fiesta”.  Fue aguada nada más y nada menos que por el mismo homenajeado, con ninguna otra agua que sus propias lágrimas.  Se detuvo la procesión, y Cristo se puso a llorar amargamente, como nunca lo había hecho en público.  Sus palabras explicaban la razón de su amargo llanto.  Dijo: “!Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos.  Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación” (Lucas 19: 42-44).

 

Muchos de entre esa multitud gritarían “¡crucifícale!, ¡crucifícale!”, unos cuantos díaz después, y Jesús lo sabía.  En otra ocasión exclamó con voz velada por las lágrimas: “!Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! !Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta

sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!  He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Mateo 23: 37, 38).

 

El pueblo judío no fue rechazado sin que antes se agotaran todos los recursos .  Toda oportunidad de gracia, toda lágrima intercesora, todo llamado de misericordia, todo fue agotado.

 

De este pueblo Dios dijo: “¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?” (Isaías 5: 4), y “Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor” (Romanos 10: 21).

 

Amigo, amiga, ¿no crees que el mismo Señor que tanto lloró por su pueblo, también llora por ti?  ¿O dirás como el fariseo de la parábola “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres…, ni aun como este publicano”? 

 

Una vez que te contestes esta pregunta, contesta esta otra: después del Señor haber llorado así por ti, y haberte estado aguantando pacientemente porque no ha perdido la esperanza, ¿te atreverás a desechar a tu pareja por trivialidades?

 

El mismmo Novio que esperó con paciencia a la novia que nunca se aparejó para las bodas, está esperando por su novia hoy.  Su iglesia ha de aparejarse para aquel gran encuentro.  Tú, como parte de ella has de prepararte juntamente con tu pareja, y el resto de los creyentes.  Y para ello, necesitas amar como Cristo amó, tolerar como Cristo toleró.  Y aún si es necesario, llorar por tu pareja como Cristo aún hoy llora por ti.

 

 

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