Por
Danilo D. Gómez
Hay
una historia bíblica que, aunque escrita 3,500 años atrás, todavía apela a
chicos y grandes en nuestro Siglo 21.
Es la historia de los mellizos Jacob y Esaú. Esta historia de rivalidad y engaños, de envidias y rencores,
encierra en su punto decisivo la gran verdad del evangelio eterno, evangelio
que trae salvación a todos, hayamos oído sobre él o no, hayamos oído sobre
Jacob y Esaú o no.
Recuerdo
claramente este episodio. Lo recuerdo,
no porque estuve allí, sino porque vino claramente a mi imaginación cuando de
niño leía las historias bíblicas coloridamente ilustradas en aquella
enciclopedia infantil. Todavía veo en
mi mente aquella mano peluda de un joven fuerte con cara de hambriento que se extiende
lastimosamente como si fuera la mano de un mendigo. Era la mano de Esaú, hijo primogénito de Isaac, patriarca
Semita.
Esaú
llegaba de su aventura usual de caza por el campo. Allí, en las vecindades del hogar encuentra a Jacob, su hermano
mellizo, pero postrero en ver la luz en aquel día en que comenzó la rivalidad
(Génesis 25: 25, 26; 27: 29, 30).
Esaú
y Jacob habían sido engendrados por Isaac en el vientre de Raquel. Este matrimonio, uno de los pocos monógamos
de los cuales nos cuente el Antiguo Testamento, había sido providencialmente
armado por la dirección divina y la diligente solicitud de Eliezer, bajo la
orden de su amo Abrahán.
Abrahán
había dado órdenes expresas de que Eliezer buscara esposa para su hijo, único
hijo (al menos legítimo), hijo de la promesa.
Eliezer había ido tal como se le había instruido a la tierra y la
parentela de su amo y con mucha oración caminó a través de las puertas abiertas
por las cuales la providencia divina indicaba, y el resto hoy es historia
(Génesis 24).
Aquella
pareja cuyo lazo nupcial fue entretejido en el telar del cielo fue feliz, tan
feliz como una pareja sin niños podía serlo.
Isaac mismo había sido producto de una promesa hecha a su padre y su
madre, esta última estéril y ya vieja.
Isaac también tuvo la bendición de recibir la promesa, y su esposa y
prima Rebeca de recibir el poder de Dios en su vientre. Y la felicidad fructificó en aquel hogar
(Capítulo 25: 21).
Pero
pronto este vientre una vez cerrado por la infertilidad se convirtió en un
campo de batalla (Versículo 22). De él
salieron dos criaturas, cuyos contrastes no se limitaban a la contextura o
vellaje de la piel. Eran dos destinos
totalmente opuestos. Eran dos de
quienes saldrían dos pueblos. Este
marcado contraste se manifestó a los ojos de sus padres desde que aquellas
criaturas vieron la luz. Esaú, velludo
y fuerte; Jacob débil y lampiño, pero astuto.
Esta
astucia se manifestó en aquel atardecer en el cual el aventurero Esaú llegó
hambriento a casa para encontrarse con la mayor tentación con la cual pueda
encontrarse hambriento alguno: un estimulante olor a un potaje de lentejas que
anticipaba al paladar las glorias de un apetitoso manjar.
Esta
era la oportunidad de su vida. Jacob
había codiciado la primogenitura que le correspondía por derecho a su hermano
Esaú. Unos cuantos minutos de
diferencia en el órden de llegada al mundo parecían un universo de diferencia
en privilegios y prerrogativas. Jacob
había crecido lamentándose por su mala suerte, contemplando el desprecio
irreverente de Esaú por tal privilegio, y preguntándose como sería posible que
se cumpliese la promesa tan repetida a sus oídos por su madre: “El mayor
servirá al menor” (Versículo 23).
Ahora
veía lo que parecía la oportunidad dorada.
Lo que le pareció a su hermano Esaú una broma de tan poco peso como para
considerarla algo que cambiaría el curso de su vida, pero de suficiente peso
como para saciar su hambre en el momento era para Jacob el “ahora o nunca” para
que se realizara la promesa de Dios.
La
transacción fue completada. Por un rito
que pareció una broma entre adolescentes Esaú entregó los derechos del primer
nacido a su hermano Jacob quien calentó las palmas de las manos temblorosas de
Esaú con un humeante plato pesado con el contenido de un rico potaje.
Tal
transacción manifestó mas que todo el carácter real de cada una de las partes
envueltas en el negocio. No fue el arte
culinario de Jacob lo que se dejó entrever sino su carácter embaucador. De Esaú, no fue cuan grande era su hambre lo
que se reveló sino cuan profana era su irreverencia por la sublime
responsabilidad heredada. Esaú echó por
la borda su divino llamado al patriarcado. Ser del linaje de la simiente a
través de la cual serían benditas todas las naciones de la tierra significaba
muy poco para Esaú. Un estómago vacío
nublaba aún más su percepción del sagrado oficio que le correspondía como
primogénito.
En
cambio, para Jacob, esto no solo representaba una doble porción de la herencia,
sino también la perpetuidad de su nombre entre los ancestros de una gran nación
y de un gran líder: el Mesías.
Hoy
conocemos como aquel momento sin aparente importancia fue tan trascendental que
fijó dos destinos. Aquel plato de
potaje de lentejas resultó insospechadamente amargo al, punto de luego traer un
arrepentimiento estéril a Esaú.
La trama del engaño.
Aquel
que mejor que nadie podía ser testigo del poder de la Palabra no la creyó. Decidió seguir adelante con lo que la lógica
y la tradición le dictaban y llamó a Esaú para derramar sobre él toda la
bendición de la primogenitura. Isaac,
quien había sido producto de la promesa divina, sabía el valor de toda palabra
que sale de la boca de Dios, y aún así decidió ignorarla.
Rebeca
de su parte también dudó de la promesa pues la vió como algo que debía hacer
cumplir con las estratagemas del engaño.
Esta, quien en contraste con Isaac favorecía al menor, mandó a llamar a
este último con carácter de urgencia.
Le
dijo: “He aquí yo he oído a tu padre que hablaba con Esaú tu hermano, diciendo;
Tráeme caza y hazme un guisado, para que coma, y te bendiga en presencia de
Jehová antes que yo muera. Ahora, pues,
hijo mío, obedece a mi voz en lo que te mando.
Ve ahora al ganado, y tráeme de allí dos buenos cabritos de las cabras,
y haré de ellos viandas para tu padre, como a él le gusta; y tú las llevarás a
tu padre, y comerá, para que él te bendiga antes de su muerte” (Cap.27: 6-10).
Jacob
siguió las instrucciones de la madre.
Si por obediencia, o por haber visto en este plan de engaño una
oportunidad de realizar sus más caros sueños, no está claro.
La
Biblia relata como aquel padre que no había disimulado su favoritismo hacia
Esaú, había caído en la trampa. Tomó el
paso irreversible de emitir palabras de bendición hacia su hijo menor.
Era
ya viejo y sus ojos habían oscurecido.
Llamando a su hijo quien se le había acercado pretendiendo ser su
hermano mayor, y tomando medidas para asegurarse de que fuera este último,
dijo: “Acércate ahora, y te palparé, hijo mío, por si eres mi hijo Esaú o no”
(Versículo 21). Y procedió a
bendecirle.
Triste
fue cuando Esaú descubrió el engaño.
Buscó desesperada pero vanamente la bendición de su padre Isaac. La Biblia dice que “aun después, deseando
heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el
arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (Hebreos 12:17).
Una
furia incontenible llenó las entrañas de aquel aguerrido joven. El relato bíblico nos dice que “aborreció
Esaú a Jacob por la bendición con que su padre le había bendecido, y dijo en su
corazón: Llegarán los días del luto de mi padre, y yo mataré a mi hermano
Jacob” (Génesis 27: 41).
Cuando
Rebeca descubrió aquello de lo cual su sentido común pareció no haberle
advertido, temió por la vida de aquel hijo cuyo bien tan codiciosamente
procuraba. Urgiendo a Jacob, le dijo:
“He aquí, Esaú tu hermano se consuela acerca de ti con la idea de matarte. Ahora pues, hijo mío, obedece a mi voz; levántate
y huye a casa de Labán mi hermano en Harán, y mora con él algunos días, hasta
que el enojo de tu hermano se mitigue; hasta que se aplaque la ira de tu
hermano contra ti, y olvide lo que le has hecho; yo enviaré entonces, y te
traeré de allá. ¿Por qué seré privada de vosotros ambos en un día?” (Versículos 42-45).
En
cierto sentido, Rebeca perdió en ese día a su hijo Jacob, pues nunca más lo
volvió a ver, al menos, no que registre la Biblia. También perdió a Esaú, pues si hasta entonces éste había
sospechado del favoritismo de su madre hacia su hermano, a partir de aquel incidente
habrá confirmado sus sospechas, sin duda alguna de su parte. La historia continuó, al menos por unos 20
años más, años en los cuales no hubo contacto entre estos hermanos. Al final de este período, los hermanos
finalmente se reconciliaron.
Lecciones
de la historia.
Pudiéramos
derivar lecciones múltiples de este incidente que van desde los peligros de
mostrar favoritismo a los hijos, hasta el peligro de darle rienda suelta al
apetito.
Sin
embargo, nos concentraremos en una hermosa lección en tres partes que derivamos
de cómo esta historia ilustra el Plan de la Salvación.
Nadie
pensaría que el profano Esaú pudiera, de forma alguna, representar ni aún
remotamente ilustrar a Cristo. Sin
embargo, este es el caso si observamos cuidadosamente la dinámica de la
interacción entre el hermano mayor, y el menor.
A
semejanza del desprecio hecho por Esaú de su primogenitura al darla por un
plato de lentejas, Cristo consintió en cambiar su riqueza por nuestra pobreza,
su exceltitud por nuestra bajeza.
Cristo lo hizo, pero no en negligencia o profanación como lo hizo Esaú,
sino por amor.
Como
heredero que se despoja de su primogenitura, Cristo, el unigénito del Padre, a
quien le tocaba en herencia las riquezas del Universo, “se despojó a sí mismo,
tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres”(Filipenses 2:7; Hebreos
1:2).
En
Cristo, la raza humana fue redimida y restaurada a la familia celestial. “El no se avergüenza de llamarlos hermanos”
(Hebreos 2:11). Es decir, Cristo no se
avergonzó de su parentesco con nuestra estirpe. El llamó a su Padre nuestro Padre, y nos enseñó a llamarlo de la
misma manera (Mateo 5:16; 6:9; 7:11; 11:13, 25; 16:17; 18:14; 23:9).
La
identificación eterna del Hijo de Dios con la familia humana fue el precio a
pagar por nuestra integración a la familia celestial. Fue hecho miembro y cabeza de nuestra familia, para que nosotros
tuviésemos nuestro sitio a la mesa del Padre.
Como
Jacob, que no merecía el privilegio de la primogenitura, la raza humana ha
llegado a ser heredera del Universo.
Esta fue una transacción de su todo por nuestra nada, en la cual Cristo
tuvo todas las de perder. Pablo
proclama estas buenas nuevas a sus lectores al escribirle: “Porque ya conocéis
la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre,
siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2
Corintios 8: 9).
La
Biblia habla, no solamente de la realidad de que somos hijos de Dios, sino
también de que nuestro linaje no está determinado por nuestro comportamiento o
condición espiritual.
La
historia del Hijo Pródigo, relatada por Jesús (Lucas 15: 11-32), nos ilustra la
realidad de que somos hijos de Dios aún cuando nos encontremos lejos del hogar
del Padre.
2. El Ropaje de Esaú: Representación de la Justicia
de Cristo.
Al
allegarse Jacob ante su padre Isaac para recibir de él las bendiciones de la
primogenitura, Jacob venía cubierto de los vestidos de su hermano y de pieles
de cabritos (Génesis 27: 15, 16). Esto
fue suficiente para que el padre viera a Jacob como si fuese su primogénito
(Versículos 22, 23, 27).
Cristo,
nuestra justicia, nos cubre con su manto para presentarnos ante el Padre como
si fuésemos su propio hijo Jesús. Las
bendiciones del Padre recaen con tanta seguridad sobre nosotros como si
hubiésemos sido engendrados por su propio seno en virtud de nuestra asociación
con Cristo.
Esto
es un acto inmerecido de la gracia divina.
“Por gracia sois salvos, por la fe, y esto no es de vosotros, pues es un
don de Dios” (Efesios 2:8). Si por
gracia, entonces no hemos hecho nada para merecerlo, y toda la humanidad es
igualmente indigna de tal regalo.
3. Esaú:
Símbolo de la ingrata humanidad.
Lamentablemente, no todo hijo de Dios aprecia tal
privilegio. Muchos cambian su
primogenitura espiritual, su seguro sitio en lugares celestiales que le es
reservado, por este mundo con sus placeres.
Esto ha resultado ser un intercambio tan falaz como el realizado por el
hambriento Esaú en aquel caluroso día.
Ante la eternidad, el desprecio hecho por los impenitentes, es tan
efímero como lo fue para Esaú el dizfrute de su rico manjar.
Esaú no tardó en reconocer su grave error. Pero lo hizo, no por comprender la
sublimidad del oficio que despreció, sino cuando se sintió ser segundo a su
hermano menor. Su desprecio de las
prerrogativas y privilegios derogados a Jacob, nos sirven de lección a los que
hemos alcanzado el conocimiento de la gracia divina, para que sepamos el funesto
destino que nos aguarda si la despreciamos.
“¿Cuánto
mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere
por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta
al Espíritu de gracia?”, ya “que os habéis acercado al monte de Sion, a la
ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares
de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los
cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos
perfecto”. “Mirad que no desechéis al
que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba
en la tierra, mucho menos nosotros, si desechácemos al que amonesta desde los
cielos” (Hebreos 10: 29; 12: 22, 23, 25).