Juanito y El Lobo

 

Por Danilo D. Gómez

 

Nuestra generación entró hace poco en una nueva década, un nuevo siglo y un nuevo milenio.  Por muchas generaciones, el año 2000 era asociado con muchas expectativas concernientes al fin.  Su aproximación, por lo tanto, prestaba la oportunidad para la especulación y el sensacionalismo.  Con esta sensación de nuestra localización cronológica en el camino de la historia, también crecía un presentimiento de la inminencia de algún evento de embargadura catastrófica. 

 

Este tan esperado año vino y se fue, sin que sucediera el fin con él asociado.  Sin embargo, la expectativa de un fin inminente, no por ello, ha disminuído significativamente. 

 

Aun en los ateos y escépticos hay la creciente inseguridad por el futuro, y un funesto pesimismo acerca de la condición de este planeta en que vivimos. 

 

Juntamente con esta expectativa general, ha ido en aumento la predicación del mensaje del cercano fin del mundo.  Algunos lo han predicado como un fin causado por una tercera guerra mundial, otros quizás como una catástrofe natural a nivel global.  En círculos espiritistas, de una u otra forma, se espera un pronto desenlace de la historia humana.    Los intérpretes de las profecías de la Gran Pirámide y de Nostradamus aseguran saber con bastante precisión, cuando el tan esperado fin ocurrirá.

 

Muchos llamados "cristianos", debido al fervor y la expectación por tal evento, han llegado hasta el extremo de poner fechas.  Esto ha ocurrido especialmente a través del último siglo y medio, sobre todo, durante las últimas décadas.  Tales actitudes han terminado en la frustración y el chasco de los que han creído tales cosas.

 

Existe un cuento infantíl que nos puede ayudar mucho para fijar una posición sobria ante este rejuego del rápido transcurso de importantes eventos que parecen indicar la proximidad de la venida de Cristo, y la percepción e interpretación de muchos acerca de los tales.  Tal cuento es el de Juanito y el lobo.  Juanito era un pastorcito, parte de un grupo de pastores que cada día pastoreaban sus ovejas en ciertas regiones que no estaban libres de las amenazas de lobos salvajes.  Con cierta frecuencia, Juanito era dejado solo cuidando las ovejas, mientras que los demás pastores comían o hacían otras actividades a cierta distancia del rebaño. 

 

Cierto día, Juanito en su soledad y aburrimiento, se le ocurrió hacer algo para divertirse.  Daría la falsa alarma de que el lobo atacaba el rebaño, de tal forma que los pastores asustados corrieran a su socorro.  “El lobo, el lobo...”, gritó Juanito desesperadamente. 

 

Los pastores corrieron alarmados tal como Juanito lo había planeado.  Pero ellos no encontraron ningún animal, excepto un grupo de ovejas que meramente se habían alterado por los gritos del niño, y a éste riéndose a carcajadas y burlándose de sus compañeros.  Eso se repitió una y otra vez. 

 

Pero un día las cosas no le salieron a Juanito como él esperaba.  Ya los pastores estaban hartos de su jugarreta, y estaban decididos a no dejarse perturbar por los engañosos pedidos de auxilio del niño burlón.  “El lobo!, el lobo!”, gritó una vez más el niño. “ El lobo!, el lobo”!, decía con más persistencia e intensidad.  “Auxilio, esta vez sí es verdad, no es una broma”.  Pero los pastores se hicieron sordos ante su pedido de ayuda.  Fue su silencio, y no su bullicio, lo que llevó a los pastores a ver que sucedía con Juanito.  Niño y ovejas perecieron en aquel día, en aquel valle. 

 

Tan engañoso como un falso estupor y seguridad acerca de la venida de Cristo, lo es un sensacionalismo espectacular.  Aún muchos de los que predican que para la venida del Señor no hay día ni hora, con mucha probabilidad han de experimentar un gran chasco si es que acaso la historia de este mundo va más allá de lo que ellos esperaban.  No es solamente el chasco tácito que pueda haber en muchos que, aunque no ponen fecha, tienen cierta expectativa para los tiempos de esta generación, sino también las implicaciones en su experiencia religiosa.

 

Muchos en este siglo y aun en el anterior han hecho de la inminencia del retorno de Cristo la base y estímulo de su experiencia de Fe.  Pero muchos han desmayado ante la tardanza, han hecho como las vírgenes que se durmieron a la espera del novio que venía a las bodas (Mateo 25:5), o como los israelitas que, al pie del Sinaí, viendo que moisés tardaba en bajar se hicieron un becerro para adorar (Exodo 32:1). 

 

Es indudable que puede ser chasqueante e inseguro basar nuestra vida y experiencia cristiana meramente en tal inminencia.  Muchos calientan su fe al ritmo de los eventos que ocurren actualmente.  Pero los tales al ver el tiempo transcurrir y al disminuir en un momento dado la ocurrencia de tales eventos se enfrían. 

 

Otros ven en el retorno de Cristo una solución a sus problemas presentes, y por eso, acojen con regocijo la inminencia de este evento, pero al mejorar su condición olvidan su fe, o al menos la descuidan.  Su expectativa necesariamente fluctúa a la par de su condición, o de su percepción de los eventos que le rodean.

 

La amonestación de Jesús es la más sabia.  Es la que hará que tomemos una actitud ante las señales actuales que no pondrá en peligro nuestra fe en caso de alguna tardanza.  El dijo, “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor" (Mateo 24:42).  

 

Una sobria espera de nuestro Señor consiste en vigilar cuidadosamente los acontecimientos mientras suceden, mirándolos a través del lente de las predicciones proféticas; y no adelantarnos a los acontecimientos, ni apresurarnos a interpretar los actuales.

 

Pero quizás lo más importante es no basar nuestra experiencia solamente en tal evento.  Sí, es nuestra bienaventurada esperanza, y lo seguirá siendo hasta que dicha esperanza sea una realidad del otro lado de la eternidad.  Nuestra relación debe estar basada en lo que Dios es.  En quién es Jesús para nosotros, en su carácter, y en su amor.  Dicha relación no estará determinada por eventos mundiales, ni por nuestra situación en este mundo, ni por el tiempo. 

 

Será firme e invariable, así como es Dios mismo.  Tan segura como su amor expresado en la cruz.  Entonces tendremos un ferviente pero realista deseo de ver todas nuestras esperanzas consumadas al ver cara a cara a Aquel que tanto nos amó que murió por nosotros, y a quien tanto amamos.  Si mientras esperamos y velamos con toda paciencia y sobriedad mantenemos una comunión estrecha con Jesús, esperaremos, no importa cuánto sea para ver realizado nuestro sueño de que tal comunión establecida en esta tierra sea personal, cercana y eterna, cuando en aquel día nos estrechemos en un abrazo eterno con El.

 

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