Herencia, Simiente, Reposo y Justicia.

 

Por Danilo D. Gómez

 

Era todo hermoso, todo perfecto.  Era bueno en gran manera.  Era la perfecta obra del Creador que incluía la tierra con todo su contenido, toda la creación de Dios incluyendo, por supuesto, al hombre, imágen de Dios y corona de la creación.  Pero el pecado habría de entrar a la creación trayendo ruina, destrucción y muerte.  Entraría, y lo haría nada menos que a través de la corona y cabeza, Adán.  El término “Adán” significa “hombre” o “humanidad”, y también “tierra”.  Al ser condenado el hombre, por lo tanto, lo sería también la tierra.  Después de todo, ella era su propia sustancia traída a la vida en forma de aquel primer hombre, por el aliento del todopoderoso.

 

Adán fue desterrado como consecuencia de su transgresión.  El Edén no era más que un reflejo externo de la hermosura y perfección con que el hombre y la mujer fueron dotados por dentro y por fuera, en alma, cuerpo y espíritu, cuando fueron traídos a la existencia.  El destierro de la pareja una vez santa e inocente no era más que un resultado de ellos haber desterrado la perfección, belleza y santidad de sus vidas.

 

La Herencia

 

Cuando Adán perdió el Edén también perdió la bendición de la fertilidad del terreno, ya que el terreno donde mora la justicia es terreno de fertilidad.  Tuvo que trabajar la tierra para que produjera frutos.  La tierra, tanto su suelo como todo el globo, fue maldito a causa de la transgresión.  Ahora ésta retribuiría con esterilidad a aquel que fue puesto como su señor, trayéndo sobre su frente sudor, y afán sobre su vida.

 

 “Y al hombre dijo Dios: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.  Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.  Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3: 17-19). 

 

La herencia eterna del hombre cayó bajo la maldición de la ley quebrantada.  El suelo  árido fue el residuo de una herencia perdida.  Al perderse la perfección del hombre a causa de la transgresión, se perdió el Edén, es decir, la tierra que con generosidad rendía sus bendiciones, y con ella, el reposo que sería manchado del sudor que procuraba sacar frutos de la esterilidad.  El Edén era literalmente la tierra que fluía leche y miel. 

 

“Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre.   Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado.  Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Vers. 22-24).

 

 Adán y Eva fueron desterrados lejos de su hogar original a un mundo hostil en el que la naturaleza misma se tornaría en contra de su administrador.  Esta rebeldía de la tierra y el suelo no eran más que un claro reflejo de la esterilidad del corazón que, ya habiendo transgredido, se rebelaba en contra de la ley de Dios.  “Porque la intención de la carne es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). 

 

Juntamente con la pérdida de la herencia y con la esterilización del suelo, se perdería el reposo eterno, pues a Adán fue dicho: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Vers. 19).  Sin la gracia de Dios, Adán no conocería el significado del reposo, solo experimentaría el único reposo que sus actos ameritaban: el reposo de la muerte.  Adán tendría que obrar inútilmente para que el terreno de su corazón rindiera frutos de justicia, ya que el corazón, una vez, hecho a imagen de Dios, se había convertido en terreno donde solamente “espinos y cardos” espirituales serían producidos. 

 

Cristo ilustró la relación entre la falta de reposo y los cardos y espinos.  Cristo, al describir en una de sus más conocidas parábolas a la semilla de la Palabra de Dios sembrada sobre el corazón sin reposo, dice que la semilla de la Palabra de Dios, es semilla “que cayó entre espinos”, y que “éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto” (Lucas 8:14).

 

Afortunadamente, Cristo en su parábola ilustra un terreno que da paso a una semilla que da fruto.  El dijo “Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia” (Vers. 15).  Esta semilla fue primeramente plantada en la primera promesa cuando Dios implantó enemistad entre la mujer y la serpiente.  Fueron palabras dichas a la Serpiente como maldición, pero que cayeron en oídos de la pareja arrepentida como promesa de esperanza.  Dios dijo a la Serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” (Génesis 3: 15).

 

La Simiente Prometida

 

Esta semilla de enemistad no era más que el primer eslabón en una cadena de actos de la gracia divina a favor del hombre.  No era más que la primera enunciación del pacto al hombre, pacto que como misterio había estado escondido desde antes de la fundación del mundo (Romanos 16: 25; Efesios 3: 9; Colosenses 1: 26; 1 Pedro 1: 20).  Era la promesa de la verdadera semilla, la simiente de la mujer, el que traería la justicia de vuelta a la humanidad, la justicia que se perdió en Adán.  La recuperación de esa perfección se haría en esa carne que como tierra maldita por el pecado después de que éste entró, recibiría la santidad del hijo de Dios por un acto divino de encarnación.  Así como semilla que cae en tierra Cristo por su encarnación caería como semilla dentro de la humanidad (Adán), y por su muerte dentro de la tierra (Adán) haciendo de ambos terrenos, el mundo y sus habitantes, un terreno fértil.

 

La restauración de la humanidad y de la tierra a su estado original, y la justificación por la fe son un mismo acto salvítico.  Eso estaba claramente implicado en la promesa o pacto hecho con Abrahán cuando Dios dijo: “Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.  En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz”, y “creyó Abrahán a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 22: 16-18; 15: 6). 

 

Dios no habría de prometer la redención de la herencia y el reposo que ésta conlleva sin prometer la simiente y la justicia que ésta trae ya que ellos son los medios designados en el plan de Dios.  En Cristo, la humanidad recupera la perfección una vez perdida a causa del pecado.  En Cristo, la simiente prometida, se recupera la tierra o paraíso perdido.  Así como la semilla o simiente que traería buen fruto a treinta, a sesenta y a cien, al mismo corazón de la humanidad habría de caer como grano de trigo uno que traería la justicia, y con ella la fertilidad al suelo que absorvería su sangre, y al corazón del hombre que hasta entonces solamente daba obras muertas como su fruto. 

 

La verdadera justicia recupera la herencia y la fertilidad de su suelo, y trae frutos de buenas obras al heredero, y por lo tanto el reposo.   No hay herencia sin justicia, no hay reposo sin justicia, no hay fruto sin justicia.  Como no hubo pecado sin Adán, no hay justicia sin Cristo.  “Así que, como la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.  Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5: 18,19).

 

“Aquel Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14).  Es decir, como semilla incorruptible se sembró por medio de su encarnación en el terreno de carne caída.  “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al Diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”(Hebreos 2: 14,15). 

 

Cristo repitió con su muerte este acto de gracia en carne de pecado iniciado con su encarnación.  Fue al mismo corazón de la tierra cumpliendo las palabras: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12: 24).  Esa semilla o simiente trae bendición en frutos de buenas obras de justicia al terreno del corazón humano.  La tierra no podría ser reconquistada como herencia, a menos que, más allá del calvario, recibiera al segundo Adán, y abriera su seno para que en él descansara el autor de la vida.

 

La simiente prometida era descendiente de la mujer, la mujer caída, simiente de Abrahán, el mismo Abrahán que para tener justicia tendría que creer.  Como descendiente de la mujer y de Abrahán, Cristo no manifestaría justicia inherente sino recibida por la fe como todo otro linaje de Abrahán.

 

Los herederos

 

La tierra prometida a Abrahán sería una tierra que produciría “leche y miel”.  Es decir, no solo sería de límites extensos, sino que también sería fértil y generosa.  Abrahán sabía que la maldición sobre la tierra se revertiría cuando se restableciera la justicia en la humanidad, y que el medio y objeto de esta justicia sería su simiente.  La Simiente de Abrahán traería de vuelta fertilidad de frutos de buenas obras al terreno de la humanidad.  Tanto la tierra como el hombre volverían a su lugar y destino originalmente establecido en el plan eterno de Dios.

 

Juntamente con esta redención vendría el reposo.  Se secarían el sudor de obras muertas e infructíferas.  El hombre hallaría reposo en su hacedor cuando, en cumplimiento a la promesa, recibiera la justicia que viene por la fe.

 

Abrahán sabía que la simiente, a él prometida, era la misma simiente una vez prometida a Eva.  La infertilidad de él y su esposa atestiguaba de la infertilidad de sus corazones.  La promesa del engendro de la simiente, por lo tanto, era la promesa del engendro de obras de justicia.  Abrahán era descendiente, como todo ser humano, de Adán, y junto con su padre, en cuyos lomos estaba, perdió la imagen del Creador. 

 

A través de la Simiente de abrahán, es a saber Cristo, la imágen de Dios sería restaurada.  Cuando el Hijo de Dios se hizo uno con la descendencia de Adán, elevó a Abrahán su padre, en cuyos lomos estaba, al nivel de que el patriarca pudiera ser llamado hijo de Dios.  Elevó a la raza humana al estatus de hijos de Dios por redención, y a la simiente espiritual de Abrahán, hijos de Dios por la fe.  “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dió potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1: 12, 13).

 

Tanto con nuestros primeros padres como con Abrahán, y luego el pueblo de Israel, se hizo un pacto, pacto eterno que implicaba la tierra y la simiente.  La esterilidad sería la maldición del pecado sobre el suelo y sobre el vientre.  La promesa y bendición sería la herencia y la simiente.

 

Abrahán mismo recibió la promesa de ambas, pues como quien estuviese maldito por el pecado, estaba carente de éstas.  En ocasión de revelar su pacto a Abrahán, Dios, como quien no puede mentir, juró tal bendición al patriarca cuando “lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar.  Y le dijo: Así será tu descendencia.  Y Abrahán creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.  Y Dios le dijo: Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los Caldeos, para darte a heredar esta tierra” (Génesis 15: 5-7).

 

La condición bajo la cual se realizaría la promesa era la justicia.  La justicia era la preparación para recibir la herencia prometida, y era el cumplimiento de la promesa misma.  El pacto eterno no era otra cosa sino la promesa o juramento de la tierra de entrar en el reposo, y de la justicia.  Por lo tanto, la justicia por la fe era el producto de creer tal juramento o promesa, y el cumplimiento mismo de la promesa. 

 

Esto es así porque cuando la promesa es recibida con fe se hace una realidad inmediata.  El recibir la promesa por la fe y no su cumplimiento es tan cierto como haber recibido la herencia o cumplimiento mismo de la justicia ya que la recibimos por la fe en la promesa, así como Abrahán recibió la promesa, “Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto, siendo de casi cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia” (Romanos 4: 19-22).

 

“Y como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen.  El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia” (Vers. 17 y 18).  El fue llamado “Abrahán” o “Padre de Multitudes” cuando solo había engendrado el hijo de la promesa, pero al creer que a través de este hijo vendría una gran multitud como las estrellas del cielo, esto fue considerado como un hecho consumado, una realidad existente.

 

El Padre de la fe no veía este planeta con ojos utópicos.  No se ilusionaba creyéndo que la herencia y el reposo buscados se materializarían en esta tierra, ni en la Canaán terrenal misma, sino que “por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena”, “porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11: 9, 10).

 

En realidad, la misma tierra que pisaron sus pies sería la herencia, una vez fuese redimida y restaurada.  Por así decirlo, a la misma tierra se le había hecho una promesa.  Dios dijo: “Estableceré mi pacto con vosotros, y no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra” (Gen. 9:11). 

 

La redención de los hijos de Dios sería la redención de la tierra y herencia mismas.  Estas habrían de ser libre de pecado y su maldición.  “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.   Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.  Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8: 19-23)

 

No solo la tierra que Abrahán pisaba con sus pies, cuyo suelo Adán cultivó con sus manos cayosas, sino todo el planeta sería la herencia prometida. Refiriéndose a ella, Cristo dijo: “Bienaventurados los mansos porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mateo 5: 5).  Esta herencia, ya redimida y restaurada, fue descrita por el apóstol Pedro al decir: “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia.” (2 Pedro 3: 13).

 

La Canaán terrenal, tierra prometida, tierra que fluía leche y miel, no era más que las arras o seguridad por adelantado de lo que sería todo el mundo.  A ella guió Dios a los esclavos hebreos libertados de la opresión egipcia. Pero los peregrinos israelitas por su incredulidad rechazaron la tierra que se les había prometido a sus padres por juramento, y con esta, el reposo perdido por Adán.

 

El Juramento

 

Así como por juramento se les prometió a ellos y a sus padres, a Abrahán y a la misma mujer, Dios, de la misma manera, aseguró: “Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo” (Hebreos 3: 11).  Y también dijo: no verán la tierra de la cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá. Y oyó Jehová la voz de vuestras palabras, y se enojó, y juró diciendo: No verá hombre alguno de estos, de esta mala generación, la buena tierra que juré que había de dar a vuestros padres” (Números 14: 23, 34, 35).

 

Al pueblo escogido en la antigüedad se le expuso claramente la conección entre el cumplimiento de la promesa en la entrega de la herencia, y la justicia que viene por la fe.  En su hora final, como padre que reúne a sus hijos alrededor de su lecho de muerte, Moisés explicó las bendiciones y maldiciones asociadas con el pacto.   “Acontecerá  que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra.  Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios”.  “Jehová te enviará su bendición sobre tus graneros, y sobre todo aquello en que pusieres tu mano; y te bendecirá en la tierra que Jehová tu Dios te da”.  “Y te hará Jehová sobreabundar en bienes, en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu bestia, y en el fruto de tu tierra, en el país que Jehová juró a tus padres que te había de dar” (Deuteronomio 28: 1, 2, 8, 11). 

 

Esta era una reafirmación del pacto de Dios con Adán y Eva previo a la entrada del pecado cuando lo puso por mayordomos de la creación. “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer” (Génesis 1: 28, 29). 

 

A Israel se le advirtió de la maldición traída por el pecado sobre la herencia o tierra prometida, y la simiente o descendencia, cuando Moisés, poco antes de morir, les dijo: “Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán. Maldito serás tú en la ciudad, y maldito en el campo”. “Maldito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, la cría de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas”.  “Y los cielos que están sobre tu cabeza serán de bronce, y la tierra que está debajo de ti, de hierro”. 

 

“Dará Jehová por lluvia a tu tierra polvo y ceniza; de los cielos descenderán sobre ti hasta que perezca”.  “Tus hijos y tus hijas serán entregados a otro pueblo, y tus ojos lo verán, y desfallecerán por ellos todo el día; y no habrá fuerza en tu mano”.  “El fruto de tu tierra y de todo tu trabajo comerá pueblo que no conociste; y no serás sino oprimido y quebrantado todos los días”.  “Sacarás mucha semilla al campo, y recogerás poco, porque la langosta lo consumirá”.  “Plantarás viñas y labrarás, pero no beberás vino, ni recogerás uvas, porque el gusano se las comerá”.  “Tendrás olivos en todo tu territorio, mas no te ungirás con el aceite, porque tu aceituna se caerá”.  “Hijos e hijas engendrarás, y no serán para ti, porque irán en cautiverio”.  “Toda tu arboleda y el fruto de tu tierra serán consumidos por la langosta”.  “Jehová traerá contra ti una nación de lejos, del extremo de la tierra, que vuele como águila, nación cuya lengua no entiendas; gente fiera de rostro, que no tendrá respeto al anciano, ni perdonará al niño; y comerá el fruto de tu bestia y el fruto de tu tierra, hasta que perezcas; y no te dejará grano, ni mosto, ni aceite, ni la cría de tus vacas, ni los rebaños de tus ovejas, hasta destruirte.  Pondrá sitio a todas tus ciudades, hasta que caigan tus muros altos y fortificados en que tú confías, en toda tu tierra; sitiará, pues, todas tus ciudades y toda la tierra que Jehová tu Dios te hubiere dado.   Y comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas que Jehová tu Dios te dió, en el sitio y en el apuro con que te angustiará tu enemigo” (Véase Deuteronomio 28: 15-53).

 

La maldición del suelo y su fruto, el trabajo infructífero, el destierro, y la maldición sobre la descendencia y la simiente, todos fueron detallados a Israel.  Esta fue la misma advertencia resumida a Adán y Eva.  A Eva, Dios le dijo: “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos”. Y a Adán le dijo: “maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.  Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.  Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” (Génesis 3: 16-19). 

 

Israel, a causa de la incredulidad, recibió el pago de su extravío cuando fue esparcido a través de todas las naciones de la tierra hasta el día de hoy, a pesar de ser una nación con territorio asignado en el mapa de la geopolítica.  Su descendencia cayó en maldición, no en un acto arbitrario de Dios al castigar su pecado, sino por elección propia cuando de Cristo dijeron: “su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mateo 27: 25).

 

Adán fue desterrado del Edén.  Poco después la maldición sobre su descendencia pareció evidente cuando su hijo mayor Caín mató a Abel.  Pero la maldición real del pecado recaería sobre Cristo, la simiente prometida a la mujer, quien “nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición”,  “para que en Cristo Jesús la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3: 13, 14).

 

Cuando Dios entregó a su Hijo en rescate por la humanidad, se efectuó la justificación legal de todo descendiente de Adán.  Esto sirvió como adelanto o garantía de que el resto del juramento sería cumplido, así como el pueblo de Israel finalmente recibió la tierra prometida o Canaán terrenal, como adelanto o garantía de lo que habrían de recibir. 

 

Israel entró en la herencia, pero por su incredulidad no entró en el reposo que debía traerles.  Cuando Israel conquistó a Canaán, recibió un reposo temporal el cual, junto con la tierra, era adelanto de lo que sería la verdadera herencia, el verdadero reposo, la verdadera justicia.  El verdadero reposo disfrutado en la herencia es la justicia que viene por la fe.  La justicia es creer la promesa de la verdadera herencia.

 

Josué, luego de haber cruzado el Jordán, y establecido las nueve tribus y media que se quedarían al otro lado, queriendo despedir con la bendición de Dios a las tribus de Rubén y Gad, y a la media tribu de Manasés, al regresarse les dijo: “ Vosotros habéis guardado todo lo que Moisés siervo de Jehová os mandó, y habéis obedecido a mi voz en todo lo que os he mandado”.  “Os habéis cuidado de guardar los mandamientos de Jehová vuestro Dios.  Ahora, pues, que Jehová vuestro Dios ha dado reposo a vuestros hermanos, como lo había prometido, volved, regresad a vuestras tiendas, a la tierra de vuestras posesiones, que Moisés siervo de Jehová os dió al otro lado del Jordán.  Solamente que con diligencia cuidéis de cumplir el mandamiento y la ley que Moisés siervo de Jehová os ordenó: que améis a Jehová vuestro Dios, y andéis en todos sus caminos; que guardéis sus mandamientos, y le sigáis a él, y le sirváis de todo vuestro corazón y de toda vuestra alma…” (Josúe 22: 2-5).

 

En aquella ocasión, Josué, símbolo de Cristo, los bendijo habiendo poseído la tierra y entrado en su reposo.  Sin embargo, el bien hacer de los israelitas no fue permanente, por lo cual el reposo de sus enemigos, y la posesión de la tierra no fueron más que una prosperidad externa desprovista del verdadero reposo y la verdadera justicia.  El escritor a los Hebreos así lo indica al decir: “Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia, otra vez determina un día: Hoy”.  “Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día” (Hebreos 4: 6-9).

 

Los israelitas no comprendieron que el verdadero reposo es recibir por la fe el cumplimiento de la promesa de la verdadera herencia.  El recibir la justicia precede a recibir la verdadera herencia, tan ciertamente como el pecado precedió a la pérdida de la misma.

 

Coherederos Juntamente con Cristo

 

Dios hizo una doble promesa a Abrahán: la promesa de la herencia y de la simiente.  Sin dudas, una tercera promesa era tácita: la justicia.  La promesa o pacto fue dada a Abrahán y a sus descendientes.  La simiente viene del fruto como el fruto viene de la simiente.  Es decir, a Abrahán no solamente se le prometió un hijo, sino también a su hijo se le prometió hijos. 

 

Toda promesa a Abrahán fue una promesa dada a Cristo, y a través de Cristo, a todo aquel que en él cree.  Esto es así pues el escritor a los gálatas dice: “a Abrahán fueron hechas las promesas, y a su simiente.  No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo”.  “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abrahán sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3: 16, 29).

 

Isaac, hijo de la promesa hecha a una pareja estéril, ha llegado a ser figura  del resultado de la fe, simbolizando a “todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre”,  “los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1: 12, 13).  “Así, hermanos, como Isaac, nosotros somos hijos de la promesa” (Gálatas 4: 28).

 

Aunque Isaac no fue engendrado de Dios literalmente como lo fue Cristo, su concepción y nacimiento fueron también milagrosos considerando la edad de ambos padres, y la esterilidad de Sara en particular.  Como hijo de la promesa o simiente de Abrahán, Isaac no sería tan solamente engendrado por la fe sino también un eslabón en la cadena, engendrando a otros hijos de fe, hijos de la promesa.

 

Juan, luego de describir a los que en virtud de su aceptación de Cristo recibieron la potestad de ser llamados hijos de Dios, afirma que el mayor engendro de un hijo de fe, del verdadero hijo de la promesa, fue el de aquel Verbo que “fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Vers. 14).  Cristo, como hijo de Dios y a la vez hijo del hombre, simiente de Abrahán, fue el hijo de la promesa, promesa hecha a una humanidad estéril, hasta entonces incapaz de engendrar perfección en carne caída.  Cristo, a su vez, fue simiente a través de la cual el linaje de Abrahán, de los hijos de la promesa continuaría. 

 

El Vidente de Patmos, al ver al Dragón airado en contra de la mujer y en contra de su Simiente, observó que el archienemigo también se airó en contra del “resto de la simiente de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”.  (Apocalipsis 12: 17).  Isaac era la simiente de Abrahán.  Jesús era la simiente de Abrahán o hijo de la promesa.  Nosotros somos el resto de la simiente, simiente de Abrahán y herederos conforme a la promesa.  Cristo estaba en los lomos de su padre Abrahán y por lo tanto de Isaac.  Nosotros en los lomos de nuestro padre espiritual Cristo ya que si somos hijos de Abrahán y su simiente y somos el resto de la simiente que es Cristo entonces somos nosotros simientes de  Cristo y con Cristo, como una vez fuimos simientes de Adán o de la mujer.  En otras palabras, si somos de Cristo somos hijos de la promesa juntamente con él.

 

Pablo nos presenta el glorioso destino de aquellos que pertenecen a Cristo al decirnos que  ”El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.  Si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos  8: 16, 17).

 

Todo lo que le sucede a Cristo, le sucede a la humanidad con la cual se hizo uno.  Cuando Cristo hereda, nosotros heredamos o somos coherederos con Cristo.  Cuando Cristo asciende a tomar su posesión, nosotros ascendemos a tomar nuestra poseción.  Adán perdió el Edén y con él nosotros.  El segundo Adán recupera la tierra prometida o la herencia con la promesa cumplida, y con él nosotros.   “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dió vida juntamente con Cristo.  Por gracia sois salvos.  Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2: 4-6).

 

Al ascender a los cielos, Cristo “se asentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos”, llegando a ser “Ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre”, en “aquella ciudad cuyo Arquitecto y Constructor es Dios” (Hebreos 8: 1, 2; 11: 10).  Su obra sacerdotal era ejecutada en virtud de haber tomado sobre su naturaleza divina nuestra naturaleza caída.  “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no se pueda compadecer de nosotros, sino uno que fue tentado en todo pero sin pecado” (Cap. 4: 15). 

 

Es decir, Cristo llegó a ser Sumo Sacerdote en virtud de que primero había llegado a ser uno de nosotros.  Su investidura en su oficio fue, por lo tanto, una victoria para toda la humanidad, en él representada, y en él redimida.  “Cristo fue constituido por juramento sacerdote de la orden de Melquisedec (Cap.7: 21).  Por medio de este acto, nosotros fuimos constituidos sacerdotes juntamente con Cristo.

 

Las escrituras nos hacen referencias multiples a este hecho.  Pedro dice: “Más vosotros sois real sacerdocio”.  Aunque ésto fue dicho del antiguo Israel, ésto comenzó a ser una realidad en el sentido completo de la palabra cuando Cristo resucitó y ascendió, llevando consigo a prisioneros liberados de la prisión de la muerte.  Nuestro Señor es llamado “primicia de los que durmieron” (1 Corintios 15: 20).  En cierto sentido, aquellos que resucitaron con él (Mateo 27: 52) eran primicias juntamente con él, pues eran una muestra y garantía de lo que sucedería al fin de los tiempos con aquellos que durmieron creyendo en Jesús.  En verdad, eran muestra de la gran consecha al final de los tiempos. 

 

Estos mismos son vistos en el Apocalipsis como un grupo de 24 ancianos que, habiendo ascendido al cielo con Cristo luego de su resurrección, ofrecen incienso.  Esta escena contemplada por Juan es una alusión clara a la obra de los sacerdotes.  En otras palabras, estos que fueron primicias juntamente con Cristo, al ascender, son sacerdotes juntamente con él.  Estos dan alabanza al Cordero diciéndole en su canto: “Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apocalipsis 5: 9,10).

 

En virtud de un juramento, Dios, quien es el único que puede verdaderamente jurar porque es el único que puede verdaderamente cumplir su palabra, constituyó a Abrahán y a su simiente herederos de la tierra prometida (Hebreos 6: 13, 14).  Por un juramento, Dios constituyó a Cristo Sumo Sacerdote de la orden de Melquisedec (Cap. 7: 21).  Por tal juramento, Cristo fue constituido Sumo Sacerdote por ser nuestro hermano, y si nuestro hermano, entonces somos sacerdotes juntamente con él. 

 

El Sumo Sacerdote y los sacerdotes con él eran por lo tanto una seguridad de que Dios cumpliría su juramento de hacer al resto de la simiente, de los cuales los anteriores eran las primicias, sacerdotes.

 

Cristo fue el heredero, que en ocasión de su ascención, recibió el sumo sacerdocio como adelanto de la tierra sobre la cual sería heredero y rey en nombre de toda la humanidad. Durante los mil años siguientes a la ascensión de los justos, estos son constituidos sacerdotes previo a ser constituidos herederos en posesión de la tierra nueva o herencia redimida.  Juan contempla a los ascendidos al cielo en ocasión de su segunda venida como aquellos que “serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (Apocalipsis 20: 6).  Por supuesto, este grupo no estará limitado a los justos resucitados sino también a los que esperen al Señor vivos, a todo aquel que por su gracia ha sido hecho participante de la naturaleza divina.

 

Si fuera por la ley, ni el Sumo Sacerdote ni los sacerdotes de su orden hubiesen recibido herencia alguna.  Porque si la herencia dependiera de la ley, ya no la concedió a Abrahán mediante la promesa (Gálatas 3: 18, 14).  Por la misma ley, los sacerdotes y los reyes pertenecían a diferentes linajes de acuerdo a su tribu.  Pero en el reino de la gracia, en el orden de Melquisedec, del cual hemos llegado a ser linaje en virtud del juramento, somos hechos junto con Cristo, nuestro hermano, reyes y sacerdotes.  Esto nos hace herederos del reino y la tierra conforme a la promesa.

 

Los sacerdotes del orden de Leví no heredaban la tierra.  “Los levitas servirán en la Tienda de la Reunión, y ellos llevarán su iniquidad.  Estatuto perpetuo por vuestras edades.  No poseerán herencia entre los israelitas” (Números 18: 23, 24; 26:62;            Deuteronomio 18: 2; Josue 13: 33, 14: 3, 18: 7).  La ley proveía que los sacerdotes heredaran ciertas ciudades llamadas “ciudades de refugio”, pero en el nuevo orden sacerdotal, no recibimos solamente una ciudad por herencia sino toda la tierra.  Esta tierra no nos corresponde por la ley sino por la gracia, y por lo tanto, la herencia tenía que ser mucho más que una ciudad porque la ley fue introducida para que el pecado abundase, “pero cuando abundó el pecado sobre abundó la gracia” (Romanos 5: 20).

 

Conclusión

 

La promesa promete justicia por la cual se recupere la herencia o tierra que una vez se perdió.  En Cristo se obtienen la justicia, y por lo tanto, la herencia perdida, y por lo tanto el reposo.  Cristo es a la justicia como la herencia es al reposo.  Cristo trae la justicia como la tierra trae el reposo.  Cristo es pues  el heredero o el garante de la herencia prometida.  La justicia garantiza  reposo prometido.  Cristo se acepta ahora, la justicia ahora.  Cristo y su justicia es la seguridad o adelanto de la herencia o el reposo.  Por la fe en Cristo, la Simiente, tenemos la realidad de la justicia, como seguridad de que la tierra y el reposo del peregrino Abrahán que busca la ciudad cuyo Arquitecto y Constructor es Dios será encontrada y heredada por el resto de ella, los de la fe de Jesús. 

 

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