Esperando su Venida
Hola amigo y amiga del Evangelio horizontal. En el pueblo de Dios ha sido profundamente estudiado y ampliamente difundido el mensaje relativo al fin del mundo que encontramos registrado en el capítulo 24 del Evangelio según San Mateo. Sin embargo, su verdadera relación con el capítulo 25, así como el significado verdadero de este último, son generalmente ignorados.
Al concluir su descripción de las condiciones del mundo y la sociedad previas a su segunda venida, Cristo hace una breve referencia a los días de Noé cuando “estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos” (Mateo 24: 38, 39). Con tal comparación, Cristo mostraba a sus discípulos el estado egoísta y despreocupado en que se encontrarían los desprevenidos de este mundo.
Cristo comienza a elaborar entonces la idea de dos grupos: los que descuidan sus deberes hacia el prójimo y malgastan sus propios recursos, y los que esperan con vigilancia a su Señor, mientras obran diligentemente en bien de los demás. Los infieles son representados por el siervo malo que golpeaba a sus consiervos mientras comía y bebía (Versículos 48-51), las vírgenes insensatas que se quedaron sin aceite mientras esperaban al novio (Capítulo 25: 3, 8), el mayordomo infiel que enterró su talento (Versículos 18, 24-28), y los cabritos puestos a la izquierda en el juicio (Versículo 33).
Los fieles, en cambio, son representados por “el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo” (Mateo 24: 45), las vírgenes sensatas que tenían aceite para sus lámparas (Mateo 25: 4, 10), los mayordomos que multiplicaron sus talentos (Versículos 20-23), y las ovejas a la derecha del rey el día del juicio (Versículo 33).
Cristo concluye así: “de cierto os digo que en cuanto lo hicísteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicísteis“ (Versículo 40).
Amigo, amiga, la manera prescrita por el Señor para que nos mantengamos listos y en guardia para su regreso no es otra sino el servicio diligente hacia los demás. Es un asunto de peso eterno pues puede sellar nuestro destino para siempre. Cristo, no obstante, quiere que lo hagamos por amor a él, como si fuese a él mismo, no por temor al fuego eterno.
La Iglesia de hoy, más que la de ninguna generación anterior, debe oír en las señales que anuncian el fin, el llamado de Cristo al servicio, que no es otra cosa que la voz del hambriento, el sediento, el enfermo y el encarcelado que claman por una mano amiga.