Encarnación y Perfección.

 

Por Danilo D. Gómez

 

Podemos ser diferentes en nuestra nacionalidad, cultura, raza, o características individuales.  Sin embargo, “Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3: 23).  Todos tenemos algo en común: somos hijos de Adán.  Como sus hijos, tenemos mucho más en común que nuestro ancestro.  Todos nosotros tenemos la misma naturualeza.  Todos somos hechos del mismo material, con la misma constitución pecadora.  Nadie puede jactarse de no ser capaz de hacer lo mismo que aquel a quien condena.  Nadie puede decir: “¡Yo jamás haría eso!”. 

 

Diferentes circunstancias proveen el terreno en el cual las particularidades de nuestra pecaminosidad se manifiestan.  En otras palabras, si nuestro crecimiento hubiese sido bajo las mismas circunstancias en la cual creció aquel a quien condenamos,  hubiésemos desarrollado semejantes características, y hubiésemos cometido pecados similares. 

 

No obstante, el factor más importante en si nuestra pecaminosidad se manifiesta es si permitimos a la gracia de Dios obrar en nuestras vidas.  Como parte de su obra de gracia, Dios, a través de su Espíritu, mantiene bajo control las pasiones humanas.  El refreno constante ejercido por el Espíritu Santo sobre el corazón humano, y sobre las fuerzas espirituales del mal obran como férrea jaula que contiene la fiera del mal. 

 

El Espíritu de Dios, cuando se alberga en el corazón, produce una obra superior de gracia, haciendo al creyente participante de la naturaleza divina.  Si no fuera por esta obra especial, el Espíritu Santo nos dejaría totalmente a merced de nuestras bajas pasiones. 

 

Esto se traduciría en un caos total.  Pero el Espíritu todavía refrena tales pasiones debido a que todavía existen individuos que responden a su obra de gracia.  Cuando la gracia se esparce sobre nosotros, esto resulta en que la misma gracia es esparcida alrededor de nosotros. 

 

Un río de gracia emanó abundantemente de las heridas de su cuerpo causadas por los clavos de nuestras transgresiones.  Este río ha inundado este mundo y a sus habitantes.  Cada alma que rehusa ser inundada con sus aguas, es un alma que trae maldición al mundo.  Cada alma que responde al llamado de gracia, por lo contrario, trae gran bendición sobre sí misma, y sirve de canal a través del cual este río fluye a aquellos con los que entre en contacto. 

 

Arrepentimiento corporativo y pecado oculto

 

Nuestra naturaleza caída es un terreno fértil en el cual la semilla de pecado brota y da frutos en abundancia.  En Adán, todos estamos constituídos del mismo terreno: la naturaleza caída. 

 

Afortunadamente, ser constituído del terreno fértil al pecado, no es lo mismo que pecar.  El suelo debe ser sembrado con la semilla del mal.  Si la semilla es albergada en el corazón brotará, y rendirá como fruto la muerte.  Esta semilla viene del Maligno, y de nuestras propias reacciones al terreno. 

 

Nuestra naturaleza tiene mucho en común con el del resto de la humanidad.  El no creer esta verdad espiritual no solamente fuera un acto de arrogancia de nuestra parte, sino que también sería permitir al pecado permanecer al asecho, mientras nos jactamos de que no entrará por la puerta de nuestros corazones que permanece no guardada.  “El que crea estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). 

 

Negar nuestra naturaleza crearía una semilla de pecado enterrada profundamente bajo nuestro suelo.  Este no sería un pecado del cual estemos concientes, ni necesariamente alguna otra persona, sino un “pecado oculto”, el cual brotará tan pronto como surjan las circunstancias apropiadas.  En otras palabras, pecado oculto no es más que un resultado de nuestra negación de tener mucho en común con nuestros hermanos, hijos de Adán. 

 

Pecado oculto es el pecado corporativo el cual no reconocemos, con el cual no nos identificamos, y del cual no nos arrepentimos como si fuera propio nuestro. 

 

Hubo uno que no se avergonzó de llamarnos hermanos, quien llegó a ser uno de nosotros, quien llegó a ser uno con nosotros.  “Como los hijos participaron de carne y sangre, él participó de lo mismo” (Hebreos 2: 14).  “Y el verbo se hizo carne” (Juan 1: 14). 

 

Hubo quien tomó sobre su naturaleza divina sin pecado nuestra caída humanidad.  Como hombre, fue hecho del mismo terreno, la misma constitución, la misma naturaleza.  El, sin embargo, no pecó, demostrando así que la perfección es posible en la naturaleza humana caída.  

 

Cuando Cristo tomó sobre su naturaleza divina sin pecado nuestra naturaleza caída él consagró un camino a través del velo de su carne por el cual pudiésemos alcanzar la perfección (Hebreos 10: 20). 

 

Su arrepentimiento corporativo hace posible la revelación de nuestro pecado oculto.  Cuando él tomó nuestra humanidad, él se identificó con nuestro pecado, del cual no participó.  Llevó nuestras debilidades, y fue “tentado en todo a nuestra semejanza” (Cap. 4: 15) ya que tomó sobre si nuestra carne y nuestra sangre.  El fue hecho pecado (2 Corintios 5: 21), hecho de mujer, nacido bajo la ley (Gálatas 4: 4).  Esto le permitió arrepentirse de pecados que él nunca cometió.  El dolor de los otros lo sintió como suyo, sus pecados como si fuesen suyos, ya que su carne fue la nuestra. 

 

El sabía que en la carne que tomó sobre sí “no mora el bién” (Romanos 7: 18), y por eso sintió la fuerza de nuestras tentaciones.  Así, se arrepintió de pecados que no cometió, pero que se sintió tentado a cometer, condenando al pecado en la carne (Romanos 8: 3), en virtud de la asociación de su naturaleza impecable con nuestra naturaleza caída.  En otras palabras, su identificación con nuestra naturaleza hizo posible que sintiera con toda la fuerza, justamente lo que sentimos antes de pecar.  Experimentó el arrepentimiento porque lo asoció a la tentación.  En nuestro caso, nuestra asociación de estos dos elementos es a través del eslabón del pecado, que usualmente sigue a la tentación y precede al arrepentimiento.  En el suyo, porque se arrepintió al ser tentado, nunca pecó.

 

Nuestra identificación con nuestros hermanos debería ser similar.  Nuestro arrepentimiento por sus pecados nos provee la oportunidad de entender que, de ser igualmente tentados, pudieramos caer de igual manera.  El arrepentirnos al ser tentados, antes de que se convierta en pecado que deba ser perdonado, nos permitirá sentir simpatía por otros que son igualmente tentados, pero ceden al pecado.  Reconoceremos que somos todos hechos de la misma carne que demanda satisfacción pecaminosa. 

 

El Pecado oculto resulta de nuestra resistencia a identificarnos con nuestros hermanos.  Si no lo resistimos, estos vendrán, por mediación del Espíritu, a nuestra conciencia como pecados que cometeríamos si no fuese por la gracia de Dios.  De otra manera, Si lo reprimimos y negamos, entonces sí se convierten en los nuestros, porque terminaremos  cometiéndolos cuando aparezca la primera oportunidad.  

 

Si nos arrepentimos cuando nos vemos a nosotros mismos en las experiencias de otros con el pecado, éste será limpiado de nuestra vida, así como esperamos que El lo haga en otros.  Aún mejor, Dios verá nuestra aptitud y disposición de ser reconciliadores, y pacificadores, en lugar de jueces. 

 

Si lo reprimimos, la viga en nuestro ojo no nos permitirá ver la paja en el ojo ajeno (Mateo 7: 3-5), y lo que veremos en otros será sólo la sombra de nuestra propia viga.  Tomaremos una actitud de “soy más santo que tú”, y estaremos proyectando lo que está oculto en nuestro corazón.  Así, nosotros juzgaremos a otros antes que arrepentirnos con ellos. 

 

Hemos  de ver el pecado de nuestro hermano como el nuestro.  Hemos de ver en el pecado de nuestro hermano nuestro propio pecado en virtud del arrepentimiento corporativo, y nuestro propio pecado oculto quedará revelado como resultado de nuestro reconocimiento de nuestra tendencia a proyectar al juzgar a otros. 

 

La identificación de Cristo con nosotros le permitió arrepentirse de pecados que nunca cometió, pero cuya tentación experimentó.  El sabía que la gracia de su Padre era la barrera contra el pecado que muchos resistían al ser tentados.  Su encarnación no solamente abrió el camino para su entrada a la humanidad, así compartiendo nuestras tentaciones y cuitas, sino que también es lo que nos permite vivir como el vivió en esta tierra, y arrepentirnos con otros como él se arrepintió con otros. 

 

Arrepentirnos de los pecados de otros, aunque no los hayamos cometido, como él se arrepintió de pecados que nunca cometió, resultará al compartir con él su experiencia de arrepentimiento, y bautizarnos con su bautismo.  Eso nos permitirá ser participante de su naturaleza divina (2 Pedro 1: 4), y otros verán en su Pueblo su gloria, “gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad” (Juan 1: 14). 

 

En resumen, El arrepentirnos por otros no solamente revelará nuestra propia pecaminosidad y pecado oculto, sino también permitirá la purificación del Santuario del cielo, y de su Pueblo aquí en la tierra. 

 

La Encarnación en el Santuario de la Humanidad

 

De la encarnación de Cristo se dice:  “Y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).  Es decir, “hizo su tabernáculo entre nosotros”.  Dios hizo la promesa: “Y hacedme han un Santuario, y Yo habitaré en medio de ellos” (Exodo 25: 8). 

 

La intención de Dios a través de los siglos ha sido levantar su tabernáculo, su presencia viva, entre su pueblo.  Cuando tomó nuestra naturaleza, su deseo fue cumplido.  El Dios Santo y todopoderoso tomó la naturaleza de aquellos a quienes vino a salvar, y de quienes luego dijo: “El no se avergüenza de llamarnos hermanos” (Hebreos 2: 11).  Este tomar de la naturaleza humana significó la introducción de la perfección en nuestra raza. 

 

Su encarnación, es decir, su venir a morar en el cuerpo de nuestra caída humanidad, demostró que es posible que more la perfección en nuestra carne de pecado.  La limpieza del Santuario celestial, y la purificación de un pueblo para sí en esta tierra, lograrán el mismo objetivo real y efectivamente. 

 

Su venida en carne humana hizo posible su muerte como “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1: 29).  Es decir, su encarnación hizo posible el Calvario.  El Calvario hizo posible su ascensión, y postrera limpieza del Santuario celestial, lo cual, a su vez, hizo posible la limpieza del corazón del creyente.  Su entrada a la humanidad, por lo tanto, hizo posible su entrada en el corazón del creyente. 

 

Su encarnación, muerte y resurrección proveyeron la sangre para la limpieza del lugar Santísimo.  Su intercesión la aplicó.  Cuando Cristo entró al lugar Santísimo en 1844, lo hizo con la determinación de purificarse un pueblo para sí.  “Hasta 2,300 días de tarde y mañana, y el Santuario será purificado” (Daniel 8:14).  Con esta promesa, Dios anunció el fin de un período después del cual iba a “acabar la prevaricación, y concluir el pecado, y expiar la iniquidad, y para traer la justicia de los siglos” (Daniel 9: 24). 

 

En ese tiempo la promesa del Nuevo Pacto sería cumplida plenamente en su Pueblo.  Entonces, la ley sería escrita en el corazón de sus hijos, así como está escrita en el mismo corazón de su hijo Jesús, y su cuerpo y su sangre, sería comido por cada creyente, haciendo de su vida la nuestra (Jeremías 31: 33; Mateo 26: 26-28; Salmo 40: 8).  

 

El Misterio de Iniquidad, el cuerno pequeño que contaminaba el Santuario,  quizo contrarestar esta obra.  Quizo arruinar este sueño.  La transubstanciación, reclamada por la misa, es la falsificación de la encarnación, y así, la copa de Babilonia bloquea la entrada al lugar Santísimo.  Durante la dispensación de la misa, hombres pecadores reclamaban la prerrogativa blasfema de convertir el pan y el vino en la misma carne y sangre de Cristo.  Así, se pretendía presentar ante Dios un nuevo sacrificio de Cristo por los pecados del penitente que participaba de este sacramento.  Este sacramento perpetuaba un año de pecado contínuo, sin la esperanza de una purificación eterna ejecutada en el día cósmico de la Expiación.  Cada día era una nueva crucifixión de Cristo.  Cada pecado era una presentación del cordero en el atrio.  El pecador pecando seguido de Dios perdonando era un ciclo sin fin, simbolizado por la misa.  Esto sólo terminaría por la entrada de nuestro gran Sumo Sacerdote al lugar Santísimo una vez y para siempre para traer la justicia de los siglos. 

 

Pero ninguna encarnación falsificada por la misa, llevaría a cabo aquello para lo cual la purificación del Santuario celestial estaba destinada.  La manifestación de la perfección divina en carne humana nunca se llevaría a cabo con el diario sacrificio del Hijo de Dios en expiación por pecados repetidos. 

 

Cristo fue hecho carne una vez y para siempre.  Fue sacrificado por los pecados del mundo una vez y para siempre.  Finalmente, entró al Santuario una vez y para siempre, y entrará una vez y para siempre en el corazón de su Pueblo para proclamar: “el que es justo, sea justo todavía, y el que es santo santifíquese todavía”, al completar su obra (Hebreos 7: 26, 27; 9: 12, 26, 28; Apocalípsis 22: 11). 

 

La carne, en humanidad caída, sirvió de morada a su gloria cuando él hizo su tabernáculo entre los hombres (Juan 1:14).  Su primera venida en carne de pecado anunciaba su propósito de entrar al lugar Santísimo.  La entrada al lugar Santísimo sería paralela a su entrada al corazón de su Pueblo.  El lugar Santísimo, contaminado por el pecado de su Pueblo, está siendo limpiado por la presencia de su perfección y gloria. 

 

El cuerpo del cual es la cabeza servirá, a pesar de su condición caída, de tabernáculo en el cual more la perfecta gloria de su carácter. 

 

En el antiguo día de la expiación, el individuo era cortado del pueblo si él tenía pecados de los cuales no se había arrepentido, ni había confesado.  Esto simbolizaba en figuras, aquel tiempo en el que, después de Cristo haber venido al lugar Santísimo, el pecador continuaría pecando repetidas veces, acción solamente apropiada para otros días del año simbolizado. 

 

Esto sería como crucificar de nuevo al Hijo de Dios (Hebreos 6:6), como excluirse voluntariamente del grupo de aquellos que seguirían por la fe al Sumo Sacerdote hasta el lugar Santísimo.  Sería como comer de la misa en el Atrio del Santuario, permaneciendo por nuestra incredulidad en el lugar Santo, no sabiendo que nuestra humanidad entró con él en el taller de la perfección. 

 

Cuando su perfección more en nosotros, y veamos su gloria “gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14), en nosotros, su pueblo, entonces Cristo vendrá a reclamar a los suyos. 

 

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