El secreto de la dicha duradera

 

Por Frank González

 

Leer la Biblia o escucharla por radio, es como tocar un hermoso disco compacto (CD) con bella música aprisionada en su superficie. A través de un misterioso

proceso que combina la electrónica con la ciencia de los rayos láser, la música es grabada en ese pequeño disco. Y si tenemos el aparato apropiado, pronto

estamos gozando de música que suena tal como fuera grabada.

 

La Biblia tiene algo infinitamente mejor aprisionado en sus páginas: la Palabra viviente de Dios. Y tal como necesitamos un aparato capaz de tocar discos

digitales para poner en libertad la música aprisionada en ellos, del mismo modo necesitamos al Espíritu Santo para que libere ante nuestra comprensión

la preciosa verdad que se halla encerrada en nuestras Biblias.  No hay otro libro de la Biblia sobre el cual Dios prefiriera más derramar su Santo Espíritu, que el libro de Efesios. Algunos libros de las Sagradas Escrituras, como Gálatas, contienen truenos, nubes y rayos en lo que dicen; pero el libro de Efesios resplandece con el brillo del sol de comienzo a fin. ¡Conforta

y reanima tu solitario y triste corazón!

 

Su mensajero, el apóstol Pablo, tiene un mensaje para nosotros proveniente del trono de Dios, que dice: “En él tenemos redención por su sangre, el perdón

de los pecados según la riqueza de su gracia, que nos prodigó con abundancia en toda sabiduría e inteligencia. . . según su beneplácito [a Dios le complace

esto], que se había propuesto en Cristo” (1:7-9).

 

Quizás nos resulte difícil imaginar que Dios se alegre y sienta placer, pero es verdad. Nos creó con la capacidad de sentirnos complacidos y experimentar

placer de muchas maneras, de modo que él también posee esa capacidad. Y lo que más le complace es salvar a personas como tú y yo, que hemos estado tan

confundidos, tan engañados por el diablo, tan llenos de pecado, que nos sentíamos sin esperanza. Entonces nos recoge del basurero moral de este mundo tenebroso, pone en nosotros un nuevo corazón (¡que incluye también una nueva “mente”!), nos limpia por dentro y por fuera, y nos hace suyos “en el Amado” (vers. 6).  ¡Oh, cuánto le gusta a Dios lograr esto en ti y en mí! 

 

Es posible que algunos de nuestros lectores varones se hayan gozado con la experiencia de sacar un viejo automóvil del cementerio de vehículos, corregirle

sus defectos, reacondicionarlo y hacer que su aspecto y funcionamiento lleguen a ser como cuando estaba nuevo. Hay gente que goza más al manejar un automóvil

así, que si tuvieran uno nuevecito, recién salido de la agencia. La razón es que han invertido algo de sí mismos en la reconstrucción del viejo vehículo

abandonado. El rescate les provee una profunda sensación de satisfacción.  En una manera infinitamente más amplia es también la “diversión” o gozo de Dios, según el libro de Efesios. Es el “afecto de su voluntad” (vers. 5), que

lo hace rebuscar en el basurero moral de este mundo, extraernos a ti y a mí, y reconstruirnos. De hecho, este mismo capítulo inspirado nos dice que “habiendo

sido predestinados conforme al plan del que hace todo según el propósito de su voluntad. . . nosotros, que fuimos los primeros en Cristo, seamos alabanza

de su gloria” (vers. 11, 12). \

 

La idea es que Dios quiere “exhibirnos” ante las huestes reunidas de su gran universo.  Este proceso se desarrolla de la siguiente manera:

 

Primero, alguien (quizás La Voz de la Esperanza) te cuenta los comienzos de estas Buenas Nuevas que nunca antes habías comprendido. Segundo, cuando “oísteis

la Palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación. Y habiendo creído”, respondes en tu corazón: “¡Amén! ¡Estas son Buenas Nuevas maravillosas! ¡Creo!

¡Gracias, Señor, por salvar mi alma!” Y el apóstol dice que, cuando hacemos la elección de creer en nuestro Salvador y confiarle nuestra vida, “habiendo

creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido” (vers. 12, 13).

 

En la antigüedad, cuando se sellaba un documento importante, se echaba sobre él algo de cera derretida para “sellar” la firma. De ahí en más, nunca nadie

podría cambiar ni una sola palabra de su contenido. Ahora, cuando Pablo dice que fuimos sellados, no quiere decir que nunca podremos cambiar de opinión y hacer como Pedro cuando negó a su Señor, o como Judas Iscariote que lo traicionó. No; lo que significa es que desde ahora en adelante Dios nunca cambiará

de opinión para contigo. Nunca te abandonará. Desde ahora en adelante, puedes “descansar” en él. (Pero no vayas a cometer una locura y descuidadamente

permitir que Satanás entre y lo eche todo a perder).

 

San Pablo profundiza su impacto en nosotros añadiendo que el “sello” del Espíritu Santo es “la garantía de nuestra herencia, hasta que lleguemos a poseerla”

(vers. 14), es decir, el pago inicial que “sella” el contrato que ha establecido con nosotros. No creamos que se trata de devolverle la mano haciéndole

promesas nuestras en una especie de “pacto de ayuda mutua”. No podemos hacer eso, porque nuestras promesas son vacías.

Y desde luego, nos ama infinitamente más de lo que ama a los animales, pero Génesis nos dice que hizo promesas a los animales después del diluvio en tiempos

de Noé, asegurando que la lluvia nunca más iba a cubrir la tierra como lo hiciera entonces. Pero ellos, ¿hicieron alguna promesa en retorno? Simplemente,

recibieron de su mano las bendiciones.

 

Igualmente en nuestro caso, eso es lo único que podemos hacer. Démosle gracias, y dejemos que su amor fluya de nuestro

interior, sin límites. Cuidemos, eso sí, de no detener su flujo, que es lo que quiere decir Pablo en este pasaje de Filipenses 2: “Ocupaos en vuestra salvación

con temor y temblor” (vers. 12). No dice “esforzaos por ser salvos con temor y temblor”, como si Dios no estuviera dispuesto a concedernos la salvación si no trabajamos duramente por obtenerla. No; Pablo quiere decir: “Dejad que vuestra salvación se desarrolle y se proyecte desde vosotros a los demás”.

Y prepárate a asombrarte de las maravillas que vas a lograr cuando permitas que la gracia de Dios obre en tu propio interior. Ese es tu “temblor”.

 

Pablo nos revela aquí un pequeño secreto. Nos descubre aquí el apóstol algo que muchos sabios han anhelado comprender: es el verdadero significado de la

palabra “fe”. La definición usual es que fe es lo mismo que confianza. Pero hay un problema. En el modo de expresión que usa Pablo, los vocablos que indican

“fe” y “confianza” son distintos. No se usa la misma palabra para ambos significados. Si mezclamos las dos ideas, terminamos confundidos, lo cual es una

razón de que a tanta gente le cueste comprender cuán buenas son las Buenas Nuevas de Dios.  Si somos sabios, deseamos tener nuestro dinero en un banco seguro. Es decir, si tenemos nuestro tesoro escondido bajo el colchón o enterrado en el patio

de atrás, nos sentimos vulnerables o inseguros.

 

Nuestro temor es comprensible, pero es egocéntrico. Nuestra actitud está motivada en última instancia por

el temor. ¿Es semejante nuestra “confianza” en Jesús? ¿Consideramos a nuestro Señor como una póliza de seguros? Si es así, entonces es posible que haya

algo verdaderamente egoísta enterrado en lo que llamamos nuestra “fe”. Y si es así, esta es probablemente una razón por la cual Jesús tiene que decirles

a muchas buenas personas que componen su pueblo, que en su devoción a él han sido hallados “tibios”. Le sirven en realidad por lo que pueden obtener de

él: un hogar en el cielo.

 

Pero en Efesios 1, el apóstol nos ofrece una clave, al usar la palabra “fe” lado a lado con la palabra “amor”, es decir, el término especial que se usa

en el Nuevo Testamento para expresar la idea de “amor”, que es “ágape”. Esto es lo que dice: “Desde que oí acerca de vuestra fe en el Señor Jesús, y de

vuestro amor hacia todos los santos. . .” La verdad es que para todos nosotros por igual, no habría nada de “amor hacia todos los santos” si no hubiera

existido primero el amor de Cristo. Ninguno de nosotros nace con ese amor; hay que aprenderlo, y el único lugar donde podemos hacer eso en junto a Cristo.

En otras palabras, lo que el apóstol nos está diciendo es que la fe genuina es el aprecio de todo corazón que nosotros mostramos por ese amor (ágape) que

Cristo nos ha revelado. El apóstol Juan lo expresa con toda claridad: “Nosotros lo amamos (con ágape), porque él nos amó primero (con ágape) (1 S. Juan

4:19). La razón por la cual creemos en Jesús no es porque esperamos recibir de él un regalo (aunque ese regalo sea la resurrección de los muertos, sería

en su origen una idea egoísta); creemos en él porque nuestro corazón se ha conmovido, y se halla constreñido por el amor que vemos manifestarse en su cruz.

 

No es sólo aquí en Efesios 1 que el apóstol Pablo se siente movido a decir que la idea correcta de “fe” va lado a lado con ese amor que es ágape. Al terminar

su libro, lo reitera: “Paz a los hermanos y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo” (Efesios 6:23).  Cada vez que el amor de Cristo se abre paso hasta un corazón humano, ocurre el mismo milagro. No es que la persona se esfuerza una y otra vez por ser buena, temiendo no lograr ser tan buena como quisiera serlo. Jesús tiene para nosotros una vida mucho más feliz que eso, y esa vida comienza hoy. Es el bendito

secreto de tu felicidad, la cual viene cuando te olvidas de ti mismo. Y esto no lo puedes hacer si no lo aprendes de tu Salvador. ¿Quieres probarlo?

 

Y cuando al fin pases bajo las puertas maravillosas y entres a la Nueva Jerusalén de Dios, no te acordarás, en absoluto, de cuán bien te portaste para llegar

allí. Lo que recordarás será lo que Jesús sufrió por ti, “la anchura y la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo. . . que supera a todo

conocimiento” (Efesios 3:18). Es ese amor que te atrajo a la salvación eterna. Esta es la razón de que haya aún hoy tantos millares de personas por todo

el mundo que, negándose a sí mismos, toman alegremente su cruz y siguen a Cristo. Pregúntales: “¿Eres feliz?”, y verás cómo sus rostros se iluminan de

gozo.

 

¿No quieres unirte a mí ahora mismo y decirle a Jesús: “Gracias, querido Salvador. Me uno a ti en tu oración, cuando pediste: ‘No como yo quiero, sino como

tú’. Tu amor me guía a querer servirte, no por temor al infierno ni por recibir para mí alguna gran recompensa, sino porque ese amor que tú has revelado

por mí me mueve, me motiva, me constriñe a vivir sólo por ti”?

 

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