El Arte del Pesimismo Interpersonal

 

Hola amigo y amiga del Evangelio horizontal.  Hay un arte practicado por millones de personas.  Es arte sólo en el sentido de lo espontáneo que fluye y del aire de satisfacción que parece acompañar al que lo practica.  Nos referimos al hábito morboso de pesimismo interpersonal, o lo que es lo mismo, el hábito de esperar siempre lo peor de los demás.

 

Este mal hábito está caracterizado por una predisposición a sospechar de otros, atribuyéndole siempre malas intenciones y hasta macabros planes.  Generalmente, el artista del pesimismo interpersonal está prejuiciado, no necesariamente con un prejuicio basado en raza, nacionalidad, religión o algo por el estilo, sino en el supuesto conocimiento de la otra persona. 

 

El prejuiciado pretende ser un profundo conocedor de la conducta humana, y anticipar las reacciones de otros, basado en su primera impresión.

 

Con tal de protegerse a sí mismo y evitar malas sorpresas, se encierra en su concha de desconfianza aunque arruine relaciones y traiga intranquilidad sobre sí mismo. 

 

Hubo uno que nunca se predispuso contra otros, aunque “no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2: 24, 25). 

 

Se rodeó de un pequeño grupo de hombres de cuestionable moral y baja educación, aún sabiendo que uno lo negaría y otro lo traicionaría.  Su confianza en otros era mesurada, y hacía sentir a los demás como dignos de confianza aunque no lo fuesen.  No confiaba igualmente en todos, pero sí le dió la oportunidad a todos de que se asociasen con él.

 

Se asociaba aún con mujerzuelas de la calle y funcionarios públicos corruptos.  Su actitud denotaba aceptación, y así los hacía sentir cómodos.  Pero sobre todo, los conquistaba y los transformaba realmente en dignos de confianza.

 

Amigo, amiga, el Señor no espera que te coloques en una posición vulnerable al engaño al confiar inocentemente en otros.  Pero sí espera que les des una oportunidad.  No crees expectativas negativas de otros, pues con tal actitud aumentarías las probabilidades de que vivan a la altura de las tales, sobre todo si te relacionas regularmente con ellos.   

 

Recuerda que el Señor siempre espera lo mejor de ti.  No porque desconoce tu pasado o tu futuro, sino a pesar de conocerlos.  Pero espera lo mejor de ti, porque confía en la gracia de su Padre quien obra en ti cada día para pulirte como espejo que refleje su imagen.

 

No te invito a que confíes sin reservas en seres humanos falibles, pero sí en la gracia divina que puede transformarlos.  Si confiamos en esa gracia, aceptaremos a otros como Cristo aceptó a otros, y permitiremos que su carácter sea reflejado en su pueblo.

 

 

 

 

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