Lecciones de Jesús sobre el Ecumenismo

 

Por Danilo D. Gómez

 

La palabra “ecumenismo” cae en los oídos de muchos como si fuese una herejía, un pecado con el cual la Iglesia de Dios no debería entrar en componendas.  En los oídos de otros, no obstante, cae como música que evoca esperanza de un mundo mejor, un mundo en que no existirán guerras en nombre de la religión, lo más cercano a una utopía que pueda realizarce en esta tierra. 

 

“Ecumenismo” es el término usado en ámbitos religiosos para describir un estado de armonía y unidad entre las diferentes religiones, sobre todo entre denominaciones del cristianismo.  La palabra “ecumenismo” encierra en su significado y objetivo el cumplimiento de la oración de Cristo por sus discípulos cuando dijo: “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.  La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.  Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17: 21-23).

 

Esta armonía y unidad se materializarían, de acuerdo con las esperanzas de unos, con la fusión de las numerosas fracciones del cristianismo en un sólo bloque, es decir, una sóla religión sin divisiones ni disenciones.  Otros son más realistas en sus expectativas, y entienden que es más que suficiente esperar que las denominaciones trabajen en objetivos comunes, tales como el adesentamiento de la sociedad y el estado que la gobierna.  Estos últimos esperan que un énfasis en creencias e ideales comunes reducirá a la insignificancia las diferencias en doctrina e ideosincracia.

 

Irónicamente, la mayoría de los que pretenden seguir a Cristo se pelean como niños por un juguete, cada uno reclamando tener la verdad, mientras niegan una señal distintiva que poseerían los verdaderos seguidores de Cristo.  Cristo señaló claramente una característica inconfundible por la cual sus verdaderos seguidores serían identificados por el mundo, al decir: “en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviéreis amor los unos con los otros” (Juan 13: 35).

 

Nos preguntamos: Entonces, ¿que deberíamos hacer?  ¿sacrificaremos la verdad en el altar del ecumenismo?  Jesús mismo, quien es nuestro ejemplo en todas las cosas, tuvo que enfrentar este desafío, por lo que nuestra pregunta debería ser: ¿qué nos puede enseñar el ejemplo de Cristo?   ¿Enseñó Jesús algo, por precepto o ejemplo, en cuanto a la posición que deberíamos tomar ante aquellos con creencias diferentes a las nuestras? 

 

El Ejemplo de Jesús

 

Ciertamente, Cristo tiene mucho que enseñarnos en cuanto a la posición que todo cristiano debería tomar ante aquellos que difieren de sus propias creencias.  Podemos derivar útiles lecciones del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, encuentro que se registra en el capítulo 4 del evangelio según San Juan. 

 

Los samaritanos estaban emparentados con los judíos.  Estaban compuestos básicamente por una mezcla del remanente de las tribus del norte que formaban una vez el reino de Israel, y gentiles de diferentes etnias provenientes de diferentes partes del cercano oriente, sobre todo de Asiria. 

 

A raíz de la conquista de las tribus del norte por parte de los Asirios en el año 722 A.C., el reino de Israel perdió su identidad como nación.  Junto a ello, perdió la pureza de los oráculos divinos a ellos una vez encomendados.  Ellos formaban parte de ese linaje escogido por Dios, aún después de su separación de las tribus de Judá, Benjamín, y media tribu de Manasés, ocurrida en el reinado de Roboán, hijo de Salomón.  Esto estaba evidenciado por los múltiples llamados de gracia hechos por Dios a través de profetas como Elías, Eliseo y muchos otros.

 

Cuando Jesús llegó en ese caluroso día, al pozo de Jacob, en Sicar de Samaria, ya era mucha la enemistad que había crecido entre los Judíos y los Samaritanos.  Ancestros comúnes en sus genealogías no habían impedido que surgiera entre ellos una animosidad aparentemente irreparable.  Lazos comunes en su adoración a Jehová y su esperanza en el Mesías venidero, lejos de crear un ambiente de armonía y reconciliación, excitó aún más la enemistad entre ellos. 

 

Pero ahora el Mesías mismo se hacía presente en sus contornos.  El Creador de los cielos y la tierra estaba bajo el candente sol de Samaria, pisando el sucio polvo de Sicar.  Como Judío, estaba supuesto a haberle sido humillante transitar sus caminos, y aún más, detenerse en uno de sus pozos a esperar algún samaritano a quien pedirle agua.  Pero Jesús no era un Judío más.  Era la Majestad del cielo, quien como un buen pastor, aún por una sola alma perdida, dejó todo y se lanzó al rescate.  

 

Al dejarlo todo, se humilló despojándose a sí mismo, haciéndose hombre, siervo de siervos (Filipenses 2: 6-8).  Su humillación de gracia incluía no reservar para sí ningún orgullo nacional, ni aún en nombre de la dignidad, el respeto a sus ancestros o el honor.  El vino a “buscar y salvar lo que se había perdido” (Lucas 19: 10), incluyendo a los samaritanos.  Esto era una rebaja repugnante ante los ojos de la sociedad de su pueblo. 

 

Aún mayor era la aparente rebaja de su dignidad al relacionarse con una mujer de mala reputación.  La evidente humildad de Cristo al pedir agua de una mujer samaritana, fue lo que impresionó a la misma en primer lugar.  Jesús, quien cruzaba Samaria camino a Galilea, se detuvo en las afueras de Sicar, mientras sus discípulos entraban a comprar alimentos.  El Maestro estaba cansado de su largo camino, y ansiaba un trago de agua fresca.  Mientras esperaba junto al pozo, una mujer se acercó con la obvia intención de llenar su cántaro del apreciado líquido. 

 

Aprovechando la oportunidad, Jesús apeló a los sentimientos humanitarios más elementales de aquella mujer, al rogarle: “Dame de beber”.  El agua era considerada en el medio oriente un don del cielo, que ni aún a los más asérrimos enemigos se le negaba. 

 

Aún así, la mujer entendía que el rechazo proveniente de los Judíos hacia su pueblo levantaba una barrera más fuerte que las reglas de desencia más elementales, y las necesidades más desesperadas .  Por esta razón, se asombró grandemente ante este pedido.  Dijo: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí”.

 

Tanto Jesús como aquella mujer, estaban concientes de aquella barrera.  Pero Jesús estaba más que dispuesto a romperla, aunque tuviera que humillarse, con tal de rescatar aquella alma sedienta del agua viva. 

 

La mujer, en contraste, queriendo salvar de la poca dignidad que le quedaba, se aferró a su orgullo nacional.  Por eso hizo esta pregunta de aparente asombro.  Pero Jesús, antes que erigir barrera nacional, descubrió entre los escombros de la destrozada dignidad de aquella mujer, heridas profundas que necesitaban de su compasivo toque sanador. 

 

“Ve, llama a tu marido, y ven acá”, le pidió Jesús.  “No tengo marido”, contestó ella.  Jesús tocó fibras sensiles en el corazón de cualquier mujer.  Pero esta en particular, tenía una historia de decepción y desengaños, engañando y siendo engañada, que la separaban de toda otra mujer de su comunidad. 

 

“Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad”.  Esta horrible mancha en su historial fue expuesta ante la mujer, quien pudo haber creído que hasta en Judea, de donde procedía su interlocutor, se conocía su pasado.  Aún peor, al tocar esta fibra, Cristo pudo haber despertado el temor al rechazo experimentado tantas veces por esta mujer, temor que pretendía esconder detrás de su orgullo nacional.  Pero la mujer, en lugar de rechazo o prejuicio, percibió, en el dulce tono de la voz de aquel judío, un amor traducido en aceptación incondicional.

 

La mujer, evitando que aquel forastero hiciera descubrimientos en su pasado aún más dolorosos, cambió bruscamente la conversación.  “Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta”.

 

Una vez más, expresó su asombro por las palabras del forastero, pero una vez más, su reacción de aparente asombro tenía el propósito de proteger desesperadamente su orgullo herido por el rechazo.  En este punto de su encuentro con aquel extraño, la mujer trató de erigir una barrera que, era de naturaleza religiosa.  Aunque lo reconocía como un profeta, todavía su temor no le permitía confiarle sus más íntimos fracasos. 

 

La mujer encuentra en las diferencias existentes entre judíos y samaritanos relativas a la adoración, una  oportunidad para entablar una discusión de carácter doctrinal.  Como quien quiere sinceramente saber la verdad, ella añadió: “Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar”. 

 

Con tacto divino, Jesús supo encausar la evasiva de la mujer de forma tal que las necesidades más íntimas de aquella alma herida quedasen satisfechas.  El Maestro no forzó la situación, imponiendo temas de su propia agenda que él considerara pertinentes.  Permitió que aquella pecadora, quien se encubría con un manto de justicia propia al abordar temas religiosos, llevara la delantera en la conversación. 

 

Aunque Cristo había mostrado interés por el bienestar eterno de aquella mujer devastada por su vida de pecado, no evitó el abordar directamente su cuestionamiento.  “créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre“. 

 

El sabía que así como los del reino del norte una vez habían sido esparcidos por su rechazo de Dios, los Judíos serían esparcidos por todo el mundo, y su lugar de adoración sería destruído.  La protección divina sobre la ciudad escogida sería removida, y su rigurosa observancia de la letra de la ley no lo impediría.  Una religión que trascendiera la letra de la ley a la cual se apegaban los Judíos, y que no estuviese contaminada con el paganismo como lo estaba la religión de los samaritanos, era lo que se necesitaba. 

 

El Monte Gerizim había sido el lugar de adoración escogido por las tribus del norte, en desafiante oposición al mandato del mismo Dios que ellos profesaban adorar.  Dios había escogido al Monte Sión en  Jerusalem como lugar de su morada.  Pero el reino de Israel juzgó bien establecer su propio sistema de adoración.  Su religión había llegado a ser una mezcla del culto verdadero con las abominaciones del paganismo, de modo que el conocimiento del Dios verdadero había sido tergiversado.

 

 “Mujer,Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos” le respondió Jesús.

 

Era una herencia tal la que los samaritanos habían recibido de sus ancestros.  Habían entrado en competencia con la nación Judía por el favor de Dios con la esperanza de que su religión de manufactura humana la obtendría.  Los Judíos, de su parte, eran receptores de los oráculos divinos.  “La salvación viene de los judíos”, dijo Jesús sin rodeos.  Sin embargo, no fue dogmático en sus reclamos al punto de atribuir infalibilidad a la práctica Judía de la religión. 

 

Así lo afirmó rotundamente Jesús al decir: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.  Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.  

 

Un apego a la letra de la ley no sería lo que garantizaría la pureza que no habían logrado los samaritanos en su religión.  Un abandono de los oráculos divinos y de la observancia de la ley, por otro lado, no sería lo que evitaría que la religión se convirtiera en un ceremonial seco y monótono como se había convertido la religión Judía.  Lo que necesitaba tanto el pueblo Judío como el samaritano, incluyendo aquella mujer de Sicar, era una religión en espíritu y en verdad.  Es decir, los corazones necesitaban ser transformados por las palabras de aquel quien dio la ley en el Sinaí, que ahora la proclamaba en su medio.  Se necesitaban, más que la letra muerta de la ley, las palabras vivas de aquel quien dijo: "...las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida"

(Juan 6:63).  

 

Esto no excluía, no obstante, la necesidad de la verdad, una verdad traducida en sinceridad de parte del creyente, y una verdad traducida en la corrección de sus enseñanzas.  Al contrario, la única forma en que creyentes de toda persuación, del Monte Gerizim o del Monte Sión, llegarían a un terreno común era a través de la verdad de la Palabra escrita.  En su oración por sus discípulos y creyentes de todo tiempo y lugar, Jesús rogó al Padre: “santifícalos en tu verdad.  Tu Palabra es verdad” (Juan 17: 17). 

 

La profundidad de las palabras expresadas por aquel profeta judío despertaron en la mujer la esperanza de que éste fuese el Mesías.  Otra vez, usando de la evasiva, no para evitar el escrutinio de sus debilidades como lo había hecho anteriormente, sino para disimular su expectante excitación, expresó la esperanza de que algún día toda duda se despejaría al llegar el Mesías.  Dijo: “Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas”.

 

Tan directo como lo había sido al exponer ante la mujer su propio pecado, y al señalar a los Judíos como los depositarios de la verdad, lo fue al revelar su identidad como aquel Mesías anhelado.  “Yo soy el que habla contigo”, le dijo sin ambajes. 

 

Su franca y reveladora conversación con aquella mujer derrivó toda barrera nacional y religiosa.  Su tacto y sensibilidad suavizó las heridas que traslucían en las palabras de la Samaritana.  Su humildad y mansedumbre echaron por el polvo cualquier rasgo de arrogancia o falsa pretención que aquella mujer hubiese encubierto en debates teológicos. 

 

Aquella mujer descubrió aquel día, un gozo que saciaba la sed que no se había podido apagar por las cisternas rotas de este mundo.   Su gozo la compelía a romper toda barrera anteriormente erigida por su propio pueblo en su contra.  Acudiendo a ellos, les urgió: “venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?”  

 

Cristo ya había demostrado haber estado libre de todo prejuicio.  Su conquista del corazón de aquella mujer, mediante su trato sin prejuicios, le sirvió como puerta de entrada a aquel pueblo.  Su ejemplo fue emulado por la mujer, quien sin mostrar prejuicio alguno por aquel Judío, lo presentó ante su pueblo como el Mesías.   Ellos, en correspondencia, abrieron hospitalariamente sus puertas, y aquel mismo que ganó el corazón de la mujer, transformó al pueblo y sus habitantes. 

 

El alcance de ese amor, que trascendía toda barrera de nacionalidad y religión, los conquistó.  Comprendieron por experiencia propia que aunque el Mesías era judío, era el salvador del mundo.

 

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