Dios y los adolescentes - II

 

Por Frank González

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Abrahán Líncoln dijo en cierta ocasión que se puede engañar a algunas personas con frecuencia, y de vez en cuando a toda la gente. Lo que no se puede es

engañar a todo el mundo todo el tiempo.

 

Por otra parte, una vez que la juventud abre los ojos a la realidad, no se la puede engañar ni siquiera ocasionalmente. Los jóvenes parecieran desarrollar

cierta clase de sexto sentido que les permite evaluar a los políticos de una sola ojeada; y si un maestro o un sacerdote es falso, lo catalogan inmediatamente

como tal. Los adolescentes desean ver en los demás honradez, verdad y realismo. No toleran la hipocresía.

 

Tienen la convicción innata de que la verdad es el requisito básico para la supervivencia de cualquier clase de civilización que valga la pena. Por esa

razón que es tan importante descubrir la verdad acerca de Dios.

 

¿Es Dios real? Podemos argumentar con los ateos y los evolucionistas hasta el cansancio, pero más allá de todo eso hay una verdad que se mantiene inconmovible

como el peñón de Gibraltar: La Biblia dice que “Dios es amor”, y que ese amor es distinto del que la humanidad ha conocido a través de toda su historia.

El “amor” que Dios “es”, se denomina ágape.

 

Hasta ese viernes cuando Jesús murió en su cruz, la humanidad no tenía una idea clara del significado de ágape. Desde entonces, el amor que se define como

ágape ha sido claramente definido, en dramático contraste con lo que la humanidad siempre ha pensado que es el amor.

 

Veamos algunas diferencias:

* El amor humano se enfoca en la gente buena y atractiva; el ágape incluye a la gente mala y cruel.

* El amor humano depende de la belleza o el valor de su objeto; el amor ágape es libre y soberano, libre de amar a la gente indigna de ser amada.

* El amor humano te dice: Muévete, empéñate en buscar a Dios; el ágape, en cambio, revela que Dios te busca a ti (acuérdate que en ninguna parte de la

Biblia hay una parábola de una oveja perdida que sale en busca de su pastor; pero sí existe en ella el relato de un Buen Pastor que sale a buscar a su

oveja perdida hasta que la encuentra (S. Lucas 15:3-6).

 

* El amor humano afirma que es fácil perderse y difícil salvarse; el ágape nos enseña que, si comprendemos y creemos cuán buenas son las Buenas Nuevas,

descubriremos que Dios ha hecho que sea difícil perderse y fácil salvarse. Por eso Jesús dijo: “Mi yugo es fácil y ligera mi carga” (S. Mateo 11:30).

* El amor humano clasifica a la gente en categorías; el ágape es una clase diferente de amor, puesto que trata a todos con igualdad, pero crea valor en

su objeto (el cual humanamente consideramos sin valor). Cuando el individuo abandonado por la sociedad llega a darse cuenta de que el Buen Pastor sufrió

tanto, hasta lo máximo por hallarlo y salvarlo a él, desarrolla una idea nueva y positiva acerca de su valor como persona. “¡Si Cristo pagó un precio tan

elevado por mí, para salvarme a mí del infierno, desde ahora en adelante soy su propiedad, y debo vivir sólo para él!”

* Conocer a Dios significa comprender quién es él: Dios es la personificación del ágape. Representa un amor tan real, que “en Cristo” estuvo dispuesto

a afrontar el riesgo de sufrir la muerte eterna y perderse para siempre, con tal de asegurarnos la vida eterna en su reino.

 

* Esto significa que, repentinamente, la cruz de Cristo se transforma; llega a ser más que un trozo de madera o de oro, o una silueta en un vitral; es

más que el símbolo de los sufrimientos físicos de Cristo; es un millón de veces más que el hecho de haberse dormido en la tumba por tres días y luego haber

sido resucitado. En la cruz, el Hijo de Dios experimentó el equivalente de lo que la Biblia llama la segunda muerte, sufriendo lo que Pablo llama “la maldición”

de Dios (Gálatas 3:13).

 

Todo esto descorre el velo y revela a Dios tal como es: ¡REAL!  Nuestro Padre celestial es honesto y genuino en cada uno de los infinitos aspectos de su existencia y conducta. David lo llama: “Señor, Dios de verdad” (Salmos 31:5). Pero el resto de ese pasaje tan iluminador nos dice algo aún más importante: “Tú me has redimido, Señor, Dios de verdad”. ¡Sí, el Ser Infinito

que puede contener los océanos en la palma de su mano, el que ha extendido los cielos como el lienzo de un artista, el que ha contado todas las estrellas

de la Vía Láctea y las llama por sus nombres, el Poderoso cuyo nombre es Eterno, es el Padre celestial tuyo y mío! Nos ha dicho que él ve cuando una avecilla

cae al suelo. ¡Con cuánta mayor razón ve todo lo que te sucede a ti y a mí!

 

En cuanto permitimos que nuestro pobre corazón, reseco y endurecido por el egoísmo, comience a comprender la gigantesca verdad relativa a la verdadera identidad de nuestro Padre celestial, ya no podemos hacer otra cosa que entregar por completo todo lo que somos y poseemos, así como nuestro

futuro, en sus manos poderosas. El apóstol Pablo expresó bien la idea, al decir: “Porque el amor de Cristo nos impele, al pensar que si uno murió por todos,

luego todos han muerto. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió, y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14,

15).

 

Amigo, amiga de La Voz, si estudias estos dos pasajes y los comprendes, tú también comenzarás a transformarte en alguien real. El creer que nuestro Padre

celestial es real significa que inmediatamente nosotros comenzamos a transformarnos en gente distinta. Nuestros amigos comienzan a ver que por fin somos

reales y genuinos en todo aspecto. Y no nos preocupa el ser “diferentes”; toda esa necia cobardía que hemos conocido toda nuestra vida se consume. ¡Ahora

somos reales!

 

Veamos el caso de algunos muchachos que no eran reales, pero que llegaron a serlo. Hay muchos de ellos, pero sólo mencionaremos dos.

 

Pensemos en el muchacho probablemente lleno de nostalgia por su hogar, llamado Samuel, siervo de Elí. Su madre lo había dejado en casa del sumo sacerdote

de Israel, para que fuera su sirviente.

 

Cierta noche, cuando estaba por dormirse, el poderoso Dios del cielo lo despertó, llamándolo: “¡Samuel, Samuel!”

 

El muchacho pensó que el anciano Elí lo había llamado. “Aquí estoy”, respondió. “¿Qué quieres que haga?” El sacerdote respondió: “Anda a dormir. Yo no

te he llamado”. De nuevo lo llamó el Señor: “Samuel”. Una vez más creyó que era su anciano maestro. “¡Sí, tú me llamaste!” “No, hijo; yo no fui. Vuélvete

a tu cama”. Por tercera vez el muchacho escuchó claramente esa voz que lo llamaba, y por tercera vez se levantó, diciendo a su maestro: “¡Tú me estás llamando!

¡Escuché claramente tu voz!”

 

Entonces Elí se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, y le dijo: “Vuelve a tu lecho, y si el Señor te llama de nuevo, dile: ‘Habla, Señor, que tu siervo

oye’”.

 

Así se desarrolló este muchacho, siempre “oyendo”, escuchando. Llegó a ser lo que todo joven inteligente sueña ser: una persona muy importante. Cumplió

los profundos e íntimos anhelos de su propio corazón. Se convirtió en la clase de persona que siempre había soñado ser. Eso es casi como tener el cielo

en la tierra, ¿no es verdad?

 

¿No quisieras tú llegar a ser lo que siempre habías soñado ser? Tienes que hacer una sola cosa: oír cuando el Señor te llame.

 

Había otro joven, pero éste echó a perder las cosas en forma trágica. Su nombre era Moisés. Su madre fue una mujer muy sensata. Le enseñó a creer que él

era alguien muy importante (lo cual es bueno que todo niño o niña crea), de modo que su problema no radicaba en la falta de estima propia. Moisés no sufría

de complejo de inferioridad. Sabía que era lo máximo; lo tenía todo, y lo sabía. ¡Estaba en la cumbre del mundo!

 

Pero cierto día, cuando su cuerpo ya se había desarrollado, lo mismo que su musculatura, perdió la paciencia, atacó a un hombre cuya conducta lo disgustó,

le quitó la vida y luego hizo una excavación en la arena y lo enterró.

 

¡Moisés había cometido un crimen que bajo la ley de Egipto se castigaba con la pena de muerte! Ahora le vino muy bien su entrenamiento en competencias de

atletismo. Huyó en dirección a la frontera, la atravesó y obtuvo un trabajo como pastor de ovejas. (¡Hasta dónde había caído el héroe!) Todos sus sueños

de grandeza se vieron destrozados. ¡Había fracasado definitivamente! Ahora su hogar estaría para siempre entre las estériles colinas de Madián. Y así

siguió creyéndolo, durante los siguientes cuarenta años.

 

Abandonó sus sueños y se olvidó del palacio egipcio donde había sido el favorito de los cortesanos. Su estima propia descendió a niveles bajo cero. En su

opinión, todas las buenas cosas que su madre le había enseñado en su niñez, acerca de crecer y llegar a ser un personaje importante, habían muerto. Ahora

era un individuo anónimo, y para siempre.

En ese punto de la vida de Moisés, su maravilloso y amante Padre celestial intervino y lo encontró en Madián, donde había huido para que la policía egipcia

no lo encontrara. Pero un día, el Señor decidió confrontarlo. Y lo hizo del mismo modo como más tarde llamó al joven Samuel. Lo hizo llamándolo por su

nombre: “¡Moisés, Moisés!”

 

Lo extraño era que la voz salió de un zarzal que estaba envuelto en llamas; Moisés se había acercado para ver el insólito espectáculo de un matorral que

ardía sin consumirse. Y de ese zarzal brotaba una voz, clara y melodiosa, que decía: “Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios

de Jacob”. Moisés tembló de temor, pensando que por fin la policía lo había encontrado: “¡Ahora debo pagar por ese asesinato que cometí hace cuarenta

años!”, pensó. Entonces, cayendo en tierra, procuró esconder su rostro. Dice la Biblia que “tuvo miedo de mirar a Dios” (Exodo 3:1-10).

 

Pero Moisés estaba equivocado. Todo su pasado le había sido perdonado. Ahora Dios tenía un trabajo para encargarle. Ya conocemos el relato. Cuando Moisés

dejó de lado su actitud orgullosa y arrogante, y cultivó su humildad de corazón hasta ser como Jesús, entonces estuvo realmente listo para hacer algo importante.

Dios le confió la obra más grande que se le haya encargado a ser humano alguno, con la excepción de Cristo: librar a Israel de la esclavitud y establecer

una nueva nación. Moisés tuvo un trabajo más grande que cualquier general o político que haya existido.

 

Apreciado joven, cuando decidas seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias, hallarás felicidad en tu calidad de individuo real, tan real y genuino como

lo es tu Padre celestial.

 

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