Dios y los adolescentes - I

 

Por Frank González

 

Los adolescentes forman hoy el más perplejo y temeroso estrato de nuestra sociedad. Pero el propósito de Dios para ellos es que se desarrollen en el seno

de una cultura que los com-prenda, que los ame, que los anime a portarse bien, y que les permita experimentar por sí mismos una vida feliz y sin cuidados,

que provea para ellos una niñez y juventud sin contaminación de amargura. La felicidad que experimentan los niños les permite desarrollar una profunda

sensación de bienestar, y los capacita para afrontar los desafíos del desarrollo con la flexibilidad necesaria.

 

En vez de esto, los adolescentes de hoy sienten frustración, sospechan que se los ha privado de lo que les pertenecía legítimamente, se sienten oprimidos

por demandas que no saben cómo cumplir, se preocupan ante el futuro que los adultos les están dejando, con sus temores de guerra nuclear, de guerra bioquímica

y de terrorismo. Nuestra juventud siente que está sien-do arrojada rudamente a un mundo que se ha vuelto loco. Para muchos adolescentes, la vida es una

pesadilla.

 

No hace mucho, los niños crecían en un hogar en el cual se respetaba a mamá y papá. En el seno de la familia abundaba el amor. Y cuando los hijos se independizaban, llevaban consigo una fortaleza interior que los hacía sabios y les proveía los recursos espirituales necesarios para triunfar.

 

Desgraciadamente, hoy se deja a los niños que crezcan solos, sin con-ducción sólida y amorosa, o por lo menos así lo perciben ellos. Por eso tocamos el

tema de lo que necesitan saber acerca de la vida, cosas que papá y mamá debieran decirles, pero a menudo no lo hacen.

 

Tomemos por ejemplo a José. Creció sin haber llegado a conocer bien a su padre, que más bien parecía un extraño, apareciendo brevemente en su vida a intervalos más o menos regulares. José se preguntaba si su padre realmente lo quería.

 

Mientras tanto, la madre se es-forzaba por mantener la familia unida. A José tampoco le parecía conocerla muy bien. Cuando asistía a la escuela, quería

aprender lo que se enseñaba en la clase, pero le resultaba difícil comprender lo que escuchaba. Su padre no estaba disponible para ayudarle. El niño no

podía pensar en él con amor. En la escuela, la mente de José estaba nublada; un profundo sentimiento de incapacidad casi lo paralizaba cuando trataba de

ponerse a la altura de los otros estudiantes de su clase.

 

Entonces José notó que otros adolescentes se sentían también como él, sólo que algunos casos parecían ser peores. Tristes melodías de rock comenzaron a

captar su atención, al punto que no podía olvidar las palabras. Invariablemente el mensaje era de malas noticias, depresivo, expresión de anhelos de

cosas que según la letra, nadie tenía, incluso él.

 

Con el tiempo José se dio cuenta que algunos muchachos tenían mucho dinero, mientras que él era pobre. Vestían ropas de última moda, de marcas famosas,

y ridiculizaban su pobreza. Las propagandas en la televisión lo hacían sentirse cada vez más descontento con su condición. Le parecía que la vida era

un Edén para muchos que tenían demasiado, pero él se sentía encadenado a la soledad y al fracaso.

 

Mas tarde descubrió que si fumaba marihuana o tomaba ciertas drogas, se sentía bien durante algún tiempo. Le parecía haber alcanzado la cumbre del éxito

y la felicidad. Pero, poco después, volvía a caer a su nivel habitual. Entonces el alcohol le ayudaba a calmar su dolor interior.

 

José necesitaba a su padre, a un adulto que tuviera su mismo ADN, que lo comprendiera y le ayudara a comprender lo que sucedía a su alrededor y en su propio

interior. Pero el padre de José no estaba disponible, con lo que el hijo quedaba expuesto a las tempestades de la vida.

 

Se sentía vacío, confuso. Vulnerable a las fieras que acechan, como un pobre cervatillo en tierra de leones.

 

Pero, ¡un momento! José tiene algo que ningún animalito amenazado por los leones tuvo jamás. José tiene un Salvador llamado Cristo Jesús. Cuando le parece

que su padre terrenal le ha fallado, y anhela tantas cosas que nunca recibió de él, su Padre celestial las reemplaza con creces. Dios es el único que puede

saciar ampliamente el hambre que José siente en lo profundo de su corazón, pues además de ser su Padre, es su Amigo.

 

Ahora es necesario que alguien le diga algo a José; y que lo haga en forma correcta, de modo que conozca la verdad:

 

I. Jesucristo, el Hijo de Dios, ya es Amigo de José. No se le debe decir a José: “Cristo desea ser tu Amigo, si haces esto o lo otro”. ¡No! ¡Eso sería levantar

falso testimonio contra Jesús y darle a José una idea equivocada de cómo es! La Biblia es clara, pero a menudo se la tuerce para que diga algo que no es

verdad. Jesús no espera que José dé el primer paso para hacerse amigo de Cristo. No espera que sea José el que “inicie” una relación con Dios. Fue Jesús

quien tomó la iniciativa para establecer una relación con José, a pesar de que ni Jesús ni nuestro Padre celestial necesitaban reconciliarse con José;

era él quien necesitaba reconciliarse con Dios. Como todo ser humano nacido en este mundo, José nació en un estado de separación de su Padre celestial.

Cristo ha salvado ese abismo; ha restablecido la intimidad entre su Padre y nosotros. José necesita saberlo y creerlo. Alguien debe decírselo. José necesita

saber y creer que Cristo lo ha redimido a través de la sangre que derramó en la cruz.

 

II. No le digan a José que debe rogarle al Señor que lo salve, como si Dios no quisiera hacerlo hasta que José le hubiera rogado lo suficiente. La verdad

es clara: Cuando Cristo derramó su sangre en la cruz, entonces fue cuando salvó a José. Fue entonces cuando aceptó a José como su hijo. Cuando Cristo pasó

a ser miembro de la familia humana, adoptó a toda la raza humana. Nadie puede expresarlo en mejor forma que el apóstol Pablo: “Alabado sea el Dios y

Padre de nuestro Señor Jesucristo. . . Dios nos eligió en él desde antes de la creación del mundo. . . y nos predestinó para ser sus hijos adoptados por

Jesucristo conforme al afecto de su voluntad. . . que nos dio generosamente en el Amado” (Efesios1:3-5).

 

III. No se le debe decir a José que el Señor está muy lejos, y que la tarea de José es buscarlo. La verdad es que Cristo está muy cerca de él. Al llegar

a ser uno de nosotros, Cristo “tomó” plenamente nuestra identidad, nuestro ADN, nuestra carne y naturaleza, “tentado en todo según nuestra semejanza, pero

sin pecado” (Hebreos 4:15). Y cuando Jesús ascendió al cielo, no nos dejó “huérfanos”, sino que envió al Espíritu Santo para que estuviera siempre con

nosotros y nunca nos dejara solos. Eso es lo que significa la palabra que Jesús usó al decir que el Espíritu Santo es nuestro “Consolador”.

 

IV. José debe saber que, si bien él ha cedido al impulso de huir de Dios, por medio de Cristo nuestro Padre celestial lo ha estado siguiendo, esforzándose

por detenerlo en su alocado camino. La Biblia dice la verdad: Jesús es el Buen Pastor, que no espera que las ovejas perdidas vuelvan solas al redil. “Porque

el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (S. Lucas 19:10). Jesús hace esto a través del Espíritu Santo, que se le ha dado a

todo ser humano. Muchos lo resisten, y procuran ahuyentarlo, pero él vuelve, una y otra vez.

 

Aunque José lo haya insultado (como muchos adolescentes lo han hecho), el Señor no se enoja ni se aleja dejándolo librado a sus propios recursos. Él sabe

que a José lo han engañado, le han impartido falsas enseñanzas y han abusado espiritualmente de él llevándolo a desarrollar ideas equivocadas acerca de

Dios. El Señor lo mira y ve en él lo que llegará a ser algún día cuando aprenda la verdad plena y sea sanado. Dios “llama las cosas que no son, como si

existieran” (Romanos 4:17).

 

V. José necesita aprender que Dios no es como un médico que haya decidido quedarse en su oficina, donde sólo puedan verlo unos pocos favorecidos. ¿Has visto

alguna vez a un médico calificado, yendo de puerta en puerta con su maletín de medicinas, preguntando: “¿Hay alguien enfermo por aquí? ¿Puedo ayudar en

algo?” No, el médico se mantiene en su consultorio, y para verlo hay que esperar que la enfermera nos invite a pasar a su presencia. En cambio Cristo,

el verdadero Médico, ya está junto al lecho de José, listo para sanarlo.

En ciertos casos, el paciente se encuentra tan enfermo que se esfuerza por rechazar al médico, creyendo que se trata de un enemigo, cuando en realidad la

única intención de éste es tratar de sanarlo. Se necesita que alguien se arrodille junto a José y le ayude a conocer la verdad acerca de su Padre celestial.

 

VI. José debe aprender que la iniciativa que Jesús tomó para salvarlo, la mantiene cada día en su esfuerzo por continuar esta “relación”. La Biblia nos

dice algo asombroso: “Mañana tras mañana me despierta el oído, para que oiga como los sabios” (Isaías 50:4). Lo que la mayoría de las personas le dicen

a José es: “Debes despertarte temprano cada mañana, leer tu Biblia, orar y testificar ante los demás”, etc. etc. La idea es que mantener esta relación

con el Señor es asunto exclusivo de José; si no, Dios retrocederá, lo olvidará y permitirá que esta “relación” languidezca, hasta morir.

¡Pero la verdad es que Dios ama a José mucho más que eso! Si José no se ha quedado hasta la madrugada mirando televisión (sobre todo programas sin ninguna

utilidad), el Espíritu Santo le recordará “cada mañana” de su Amigo que es eterno. ¡Dios se esfuerza por mantener la “relación” que ha establecido contigo!

 

VII. Los adolescentes no son demasiado jóvenes como para identificarse con el Hijo de Dios que cuelga de su cruz, en la oscuridad. Cristo tenía sólo 33

años cuando fue crucificado, y esta edad no está muy lejos de saber lo que significa ser un adolescente. ¡Jesús pasó una vez por ese estado! Y no lo olvidó

al experimentar la cruz.  Ese es el punto preciso en que ocurre un milagro verdaderamente perdurable: es como soldar dos piezas de acero. El calor es intensísimo, y las dos piezas se unen por una soldadura que nunca se puede separar. El apóstol Pablo conocía la experiencia, cuando dijo: “Con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20).

 

José, deja que tu Padre celestial te rodee con sus brazos de amor. Recíbelo como quien ha sido siempre tu verdadero Padre. Acepta su presencia consoladora.

Dile a Dios: “¡Te doy la bienvenida!” Cree en lo profundo de tu corazón las Buenas Nuevas que te trae el Espíritu Santo. Antes de abrir tu Biblia, arrodíllate

y pide que el Espíritu transforme su mensaje en una realidad personal para ti.

Amigo lector, Dios no te pide que le hagas promesas imposibles. ¡Lo que te pide es que tú creas las promesas maravillosas que él te hace a ti!

 

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