Como Yo los he Amado

 

Por Danilo D. Gómez

 

¿Cómo se explica tal aparente contradicción?  Hablamos de la contradicción que aparentemente representa el siguiente texto bíblico:  “un mandamiento nuevo os doy que os améis los unos a los otros como yo os he amado que os améis los unos a los otros.  Por esto sabrán que sois mis discípulos si os amáis los unos a los otros” (Juan 13: 34, 35).  ¿Es amarse los unos a los otros un mandamiento nuevo?  Después de todo, ¿no enumeró Jesús mismo a “amarás a tu prójimo como a tí mismo” (Mateo 22: 39) entre los mandamientos de la ley ya conocidos?

 

La respuesta a este aparente enigma la encontramos en la aclaración “como yo os he amado”.  El mandamiento hasta entonces conocido afirmaba que se debía amar al prójimo “como a ti mismo”.  El amor propio era la norma mayor por la que se esperaba que el creyente fuese capaz de juzgar la medida de su deuda de amor al prójimo.  No había ningún otro parámetro por el cual fuese realista esperar que el ser humano pudiese comprender la intensidad del amor debido a los demás. 

 

Pero ya se había demostrado, y se habría de demostrar aún con más plenitud, una norma más elevada, un parámetro más excelente, algo superior que trascendería la mera experiencia humana.  Nos referimos al amor desplegado por la encarnación de toda virtud, Cristo Jesús. 

 

La comprensión de este amor y su implementación en la experiencia del creyente fueron ilustrados en el rito que se llevó a cabo en la ocasión en la que se pronunciaron las palabras del texto en cuestión.  El manso Jesús acababa de ejemplificar el verdadero significado de la humildad y el servicio, leyes de su reino,  a través del lavamiento de los pies de sus discípulos, reunidos en tal ocasión en el aposento alto. 

 

Simbolizó el significado de la entrega en abnegación  a otros, al partir el pan y el vino, emblemas de su cuerpo y su sangre.  Estos emblemas representaban también humildad, pues eran un claro símbolo de la carne y la sangre caídas que tomó sobre su naturaleza divina perfecta. 

 

Estos emblemas proclamaban que él “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2: 6-8), y que “por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14).

 

El participó de nuestra carne y sangre, de esa misma que tenían los discípulos.  Esto demuestra que “él no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Versículo 11), como no se avergonzaba de aquellos con quienes compartía la mesa en aquella noche, por eso lavó sus pies.  El no era como el fariseo de la parábola que él mismo contó (Lucas 18: 9-14).  Pero a su alrededor, habían una banda de pecadores que, como el fariseo de la parábola, se creían mejores, al compararse unos con los otros, avergonzándose de llamarse hermanos.

 

En esta noche previa a su crucificción, la mayor preocupación de Cristo no fue lo que le esperaba en las próximas horas.  Fue lo que traería el futuro sobre sus discípulos.  Le angustiaba que esa misma guerra de celos, envídias y desunión acabaría por arruinar la vida espiritual de aquellos enviados suyos.   Podía terminar en corroer los cimientos de su nuevo reino.  Esto hubiese sido así de no haber habido una piedra angular: Jesucristo mismo (Efesios 2: 20).

 

Antes de salir de aquel recinto, Jesús elevó la oración más larga registrada en los Evangelios, y de seguro, una de sus más fervorosas (Juan 17).  En ella, rogaba por la unidad entre sus discípulos como forma de revelación al mundo del amor entre el Padre y el Hijo, entre el Hijo y sus discípulos, y los discípulos entre sí. 

 

Oró: “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”, “ para que sean uno, así como nosotros somos uno.  Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado (Versículos 21-23).

 

Esta oración demostraba en una forma más sublime y profunda que cualquier otra afirmación, el significado de la perfección.  Dicho concepto está evidenciado cuando Cristo compara la unidad y el amor que, aunque ideales, eran obviamente alcanzables en virtud del Espíritu, con el amor y la unidad perfectos entre el Padre y el Hijo.

 

Ahora Cristo enunciaba que era posible dentro del plan de Dios amar al prójimo, así como el había amado a sus discípulos, que era a su vez, una demostración de ese amor con que el Padre lo amaba.  La cadena áurea del amor habría de extenderse con lazos ininterrumpidos del Padre hacia la humanidad a través del Hijo, y por medio del Hijo, a sus discípulos que serían los canales finales para que este amor llegase al mundo.

 

Pero tal personificación del amor del Padre y del Hijo al mundo, y entre sí, tenía que ser facilitado por la unidad.  La unidad sería la manifestación externa de este amor, y de lo contrario, la desunión sería su mayor barrera.  Después de todo, lo que Cristo esperaba era la revelación de ese plan de la redención que implicaba la restauración de la imágen de Dios en el hombre.

 

 

Creados para ser Uno.

 

Cuando Dios hizo a Adán y a Eva “a imágen de Dios los creó.  Varón y hembra los creó” (Génesis 1: 27).  Es decir, la unión entre el hombre y la mujer era parte de su identidad como imágen de Dios.  Ellos eran uno, como el Padre y el Hijo eran uno.  Pero el pecado rompió esta unidad, y por lo tanto, desfiguró la imágen.

 

La cadena áurea del amor fue rota, no por eslabón alguno que el Padre haya roto, pues su amor nunca falla, sino por iniciativa del hombre.  Esto trajo como consecuencia inevitable el rompimiento de la unidad entre la una vez santa pareja.  Amargura y disenciones, evidentes en el culparse mutuamente, desfiguraron esa imágen divina de la cual una vez, como espejos del amor de Dios, fueron investidos.

 

Semejante amargura era evidente en los discípulos quienes solo manifestaban esa naturaleza heredada de sus ancestros según la carne.  Pero en esta misma naturaleza habría de manifestarse la perfección en unidad y amor.  Para ello, “Dios envió a su hijo, nacido de mujer, y nacido bajo la ley (Gálatas 4: 4).   Pablo le ilustra a los efesios esa unión que ahora adoptaba Cristo con su iglesia, y por lo tanto con la humanidad, cuando dijo: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.  Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Efesios 5: 31, 32).

 

Cristo era la única vía por la cual se lograría la unión de ellos con el Padre, y de ellos entre sí.  Cristo, como eje de una rueda, sería el centro de unidad alrededor del cual giraría todo miembro del cuerpo del cual él es la cabeza (Colosenses 1: 18).  Estarían unidos a él, y al estarlo a él, lo estarían los unos a los otros, y al Padre mismo. 

 

Tal unidad y amor son la meta última del plan de la redención, meta a la cual se han dedicado todos los recursos de la omnipotencia.  Dios invistió de dones a su iglesia, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4: 12, 13). 

 

El mismo apóstol Pablo, escribiendo su primera carta a los Corintios, indicó que el mayor de todos los dones dados por Dios a su iglesia, era el amor (Capítulo 13: 13).   Es decir, el mayor don era reflejar el verdadero carácter de Cristo.  El carácter de Cristo o imágen de Dios no era otra cosa sino ese amor con que Cristo los había amado, y el amor con que el Padre mismo los amaba.

 

Esta es la meta a alcanzar como culminación del plan que restauraría la imágen de Dios en el hombre de este lado de la eternidad, como era posible, pues se reflejó en Cristo.  Y “cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces él vendrá a reclamar a los suyos” (Palabras de Vida del Gran Maestro, P. 47). 

 

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