Decifrando el Misterio de los dos Adanes
Por
Danilo D. Gómez
Como
estudioso de la Biblia desde mi niñez temprana, tarde me enteré de una vieja
controversia dentro del Adventismo: la naturaleza humana de Cristo. Dicha controversia probablemente escapa del
dominio de un laico común como yo, y se remonta a ámbitos teológicos a muchos
años de estudio de distancia. Esto
parecería explicar el por qué un Adventista de cuarta generación como yo no se
enteró de tal rompecabezas hasta los mediados de sus veinte. La controversia en esencia parecería ser,
¿tomó Cristo sobre sí la naturaleza que Adán tenía antes de este último caer
presa de la primera tentación, o tomó Cristo sobre sí una naturaleza como la de
todo hijo de Adán, y como el mismo padre de la humanidad después que se
contaminó de pecado? Después de todo,
¿es tan esencial saber la verdad al respecto o sólo proveería una respuesta “satisfactoria”
a mentes inquisitivas?
Los
proponentes de la teoría que llamaremos simplemente “como Adán antes de la
caída” arguyen básicamente que Cristo no pudo haber tomado nuestra naturaleza
con sus debilidades, y a la vez ser sin pecado, ya que las debilidades de esta
naturaleza caída nuestra son pecado en sí mismas. Estos, sin embargo, no logran explicar satisfactoriamente el que
Cristo fuera hecho en” todo a nuestra semejanza” (Hebreos 4:15), de nuestra
carne y sangre (Cap. 2: 14), y a” semejanza de carne de pecado” (Romanos
8:3), como las Escrituras dicen. Tratan de ser selectivos en cuanto a las
características comunes a las nuestras que Cristo tomó en su naturaleza, una
selectividad que parece ir más allá de lo razonablemente implicado en la
salvedad bíblica “pero sin pecado” (Hebreos 4:15).
Necesariamente
terminan haciendo al “pecado” al cual se refieren estos versículos un asunto
hasta de nuestra respiración implicando, por lo tanto, que para dejar de pecar
hay que dejar de respirar. La
conclusión obvia es para ellos que Cristo no respiraba nuestro aire (no al
menos en la forma que respiramos nosotros), sino que vino en una burbuja
figurada de santidad y pureza que lo mantenía en cuarentena.
El
problema de esta posición es que tal burbuja habría hecho imposible que Cristo
se contaminara con nuestra tentada condición, que tomara el riesgo de
pecar, y aún más, que se sintiera
tentado en lo absoluto. Esto implicaría
que tal” burbuja”, es a saber, la
condición adoptada por Cristo en su humanidad, habría hecho imposible
que pudiera contagiar a otros con su pureza.
De esa forma ponen la santidad y perfección de Cristo más allá del
alcance humano. Esos proponentes
terminan justificando el pecado como parte inseparable de nosotros, imposible
de superar. También buscan
razonamientos que parecen implicar que Jesús no hablaba en serio cuando dijo, “sed
pues vosotros perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”
(Mateo 5:48).
Los
que toman la otra posición que llamaremos “como Adán después de la caída” se
encuentran con otro problema que probablemente impulsó en sus inicios a la
posición anteriormente mencionada.
Estos hacen de Cristo alguien tan parecido a nosotros que en sí mismo
necesita a un salvador (obviamente no se puede salvar a sí mismo). Ellos no distinguen entre el hecho de que él
haya sido tentado en todo haciéndose capaz de comprender nuestras flaquezas, y
el hecho de que esto no significa que él pueda comprender por experiencia
propia lo que significa ser presa del pecado.
Hablan de que Cristo puede compadecerse de nosotros cuando somos tentados
en virtud de su experiencia, al punto de que puede entender toda la fuerza que
la tentación ejerce sobre los adictos, por ejemplo.
¿Podrá Cristo entender toda la fuerza de la
tentación sobre un adicto a las drogas cuando él mismo nunca la usó?
Todavía
la pregunta parece permanecer tan confusa como siempre. ¿Cuán semejante pudo haber sido Cristo a
nosotros y a la vez haber permanecido sin pecado? Es decir, ¿cuán tentado pudo haber sido Cristo y aún así
permanecer sin contaminarse? Al
preguntar sobre “cuán tentado”, no nos referimos a la frecuencia o la
intensidad de la tentación desde un punto de vista objetivo. Más bien, nos referimos a la respuesta de su
naturaleza a la tentación. Es decir, si
él se sintió tentado a mitigar su dolor en la cruz usando la sustancia que se
le dió a beber en su agonía (lo que equivaldría a drogas ilícitas modernas),
¿quiere decir esto que puede comprender en toda su amplitud el espectro de
experiencias con el pecado de los drogadictos?
¿Necesitaba Cristo haber estado preso del pecado a fin de comprender y
poder socorrer a los presos del pecado? ¿ O simplemente ser tentado para
comprender a los tentados?
La
próxima pregunta a contestar en nuestra búsqueda de la verdad en cuanto a este
asunto es ¿en qué se distinguen la tentación y el pecado?
En
este punto de nuestro razonar teológico llegamos a un área de contenido
práctico. Muchas son las almas,
incluyéndome a mí mismo, quienes encuentran ánimo en su lucha contra el pecado
cuando comprenden que la tentación no es lo mismo que el pecado. La prueba más clara es que Cristo fue
tentado en todo sin pecado. La
dificultad en particular, tanto para comprender la naturaleza de la tentación
como para comprender cómo Cristo pudo haber sido tentado en todo a nuestra
semejanza pero sin pecado, es nuestra tendencia natural y casi inevitable de
contaminar nuestra comprensión del asunto con nuestra propia experiencia
irregenerada. Naturalmente, proyectamos
sobre otros, juzgando a los demás desde nuestro propio marco de referencia y
valores, inconcientemente comparando sus experiencias con las nuestras
propias.
Cristo padeció al igual que nosotros para comprendernos, y no para que nosotros lo comprendiésemos a él. Nuestra búsqueda de excusas para hacer del pecado una parte continua de nuestro vivir en esta tierra es tal que en lugar de confiar en que Cristo se hizo tan humano como cualquiera de nosotros, viviento nuestra vida, llevando nuestro pecado sobre su cuerpo por 33 años, luchando nuestra lucha con la tentación y el pecado, todo para comprendernos y socorrernos, nos envolvemos en discusiones retóricas y especulaciones no bíblicas sobre su naturaleza. Nos olvidamos que la Biblia no nos llama a comprenderlo a él sino a creer en que él nos comprende a nosotros.
Sí,
podemos tener la seguridad de que él nos puede comprender al ser asegurados de
que fue tentado a nuestra semejanza.
Sin embargo, no podemos comprender como su experiencia fue semejante a
la nuestra y distinta a la vez (sin pecado), a menos que experimentemos aquello
que hizo de su experiencia una experiencia distinta a la nuestra.
Para
entendernos él se hizo carne de nuestra carne.
Mas nosotros pretendemos entenderlo con solo teorizar. De él se dice que “por cuanto los hijos
participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir
por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al
diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda
la vida sujetos a servidumbre . . . Por
lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser
misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar
los pecados del pueblo. Pues en cuanto
él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son
tentados” (Hebreos 2: 14-18).
Nosotros,
de nuestra parte, procuramos comprender su experiencia llendo a un seminario, y
filosofando con argumentos que no nos llevan a ningúna parte. Con esto prestamos oídos sordos a la amonestación
del apóstol Pablo quien dijo: “nosotros no hemos recibido el espíritu del
mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos
ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría
humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo
espiritual. Pero el hombre natural no
percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no
las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las
cosas; pero él no es juzgado de nadie” (1 Corintios 2:12-15).
Las
cosas espirituales se han de discernir espiritualmente, y para entender lo que
atañe a la naturaleza y experiencia de Cristo debemos tener una comprensión
respaldada por nuestra experiencia espiritual; una comprensión que nos permita
simpatizar con Cristo porque hallamos sido crucificados juntamente con él,
hallamos sido hechos participantes de sus sufrimientos, y de su naturaleza
divina. Lo único que nos capacitaría
para comprender su experiencia al ser tentado sin pecado, es que nosotros
mismos seamos tentados sin pecado.
En
nuestra mente carnal, falsamente inferimos que el mero argumento de que él
pueda compadecerse de los tentados en virtud de que él experimentó lo mismo,
sugiere la idea de que él puede comprender al pecador solo en virtud de que él
mismo haya pecado.
Ahí
está la clave de la confusión de los defensores de la posición de “como antes
de Adán” cuando son confrontados con las evidencias bíblicas. Los que no comprenden ni en teoría ni en
experiencia propia lo que significa ser tentado pero sin pecar, o los que
piensan que la tentación es en sí misma pecado, terminan interpretando que ser
tentado en todo a nuestra semejanza es casi lo mismo que decir que pecó en todo
a nuestra semejanza.
Sin
embargo, la mayor objeción a la afirmación de que Cristo fue tentado en todo a
nuestra semejanza pero sin pecado es que aceptar esto necesariamente implicaría
admitir que nosotros también pudiéramos ser tentados en todo y ser sin pecado a
su semejanza, y esto último parecería difícil sino que imposible de alcanzar
ante los ojos del pecador irregenerado.
Así
que la respuesta a la pregunta de cuál naturaleza tomó Cristo sobre sí depende
no solamente de la respuesta a cuál fue la naturaleza de su reacción ante sus
tentaciones, sino que también depende de nuestro entendimiento de lo que él
experimentó porque hayamos experimentado lo mismo. Para entender esto, debemos ver en Jesús nuestro dechado y nuestro
ejemplo, no un ejemplo imposible de alcanzar que sólo podemos admirar porque
tratarlo de alcanzar solamente nos traería frustraciones y culpa, sino una meta
realista. Después de todo, el escritor
a los Hebreos lo pone a él como nuestra meta al decir, “Por tanto, nosotros
también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos
de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera
que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la
fe” (Hebreos 12: 1, 2).
Si
vemos a Cristo como el ideal que va más allá del alcance de nuestra imaginación
y nuestras posibilidades, no es porque sea imposible de alcanzar, sino porque
en nuestra naturaleza presa de nuestro amo el pecado, dudamos de que podamos
vivir sin pecar como él vivió. Por lo
tanto, alegar que fue imposible que él fuera tentado como nosotros lo somos, y
a la vez permanecer sin pecado, es alegar que es imposible que, al igual que
él, nosotros podamos permanecer sin pecado al ser tentados. Así, nos cerramos la puerta del camino que
lleva a la perfección cristiana, y rehusamos ponernos en manos del alfarero
divino quien quiere moldearnos a la imágen de su hijo amado.
La semejanza a Cristo en vida y experiencia
delante de Dios y su universo es el ideal de Dios para nuestras vidas. Para eso fuisteis llamados, porque también
Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus
pisadas. “El no cometió pecado, ni fue
hallado engaño en su boca” (1 Pedro 1:21, 22).
Nuestras
conclusiones nos llevan por lo tanto al próximo paso. Si no entendemos el ideal que dios tiene para nosotros es porque
lo único que conocemos es la derrota.
Lo único que nos puede hacer comprender lo que Dios quiere para nosotros
es en realidad experimentarlo. Lo que
Dios quiere para nosotros es la vida de Jesús, y la vida de Jesús solamente se
conoce viviéndola. Nuestro concepto de
la vida cristiana es muy mediocre, y nunca alcanzaremos una meta más alta de la
que nos propongamos. Si nuestro concepto
de lo que es vivir la vida cristiana es que está llena de derrotas, eso es lo
que experimentaremos.
En
cambio, si creemos que Dios quiere levantarnos por encima de la bajeza de
nuestra naturaleza, y confiamos en él, lo hará una realidad en nuestras vidas. “Y
a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentamos sin mancha
delante de su gloria con gran alegría” (Judas 24).
Nada
ilustra mejor lo que se conceptualiza comúnmente como la vida cristiana que la
experiencia descrita por Pablo en Romanos 7.
“Porque lo que hago, no lo entiendo pues no hago lo que quiero, sino lo
que aborrezco, eso hago. Y si lo que
no quiero, esto hago, apruebo que la ley es Buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado
que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto
es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no
el hacerlo. Porque no hago el bien que
quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.
Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en
mí. Así que, queriendo yo hacer el
bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.
Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo
otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me
lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Vers. 15-22).
Generalmente,
cuando pensamos en tentación tenemos este concepto derrotista en mente. Nos vemos incapaces de resistirla y creemos
que tarde o temprano nuestro esfuerzo de liberarnos de “este cuerpo de muerte”
o de nuestro amo el pecado es un esfuerzo destinado al fracaso. Creemos que luchar con la tentación no es
más que experimentar la frustración, y culpa de ser esclavos del pecado.
Ser
tentados y ser esclavos del pecado son dos asuntos diferentes. Jesús fue tentado en todo, pero no fue
esclavo del pecado en nada.
El
capítulo 8 de Romanos nos ilustra la verdadera experiencia cristiana la cual es
totalmente opuesta. Nos dice que la
misma es posible gracias a que Cristo venció al pecado en la carne de pecado,
es decir, a que Cristo venció los deseos de la misma naturaleza, con sus
tentaciones capaces de esclavizar, que la que esclavizó a Pablo en el capítulo
anterior. “Porque lo que era imposible
para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en
semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la
carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros . . .” (Vers. 3,
4).
El capítulo 8 no nos presenta un esporádico
episodio de alivio en esta lucha, sino una verdadera liberación que
experimentan los hijos de Dios que andan no en la carne sino en el espíritu,
los que no se presentan al pecado para servirle y ser sus siervos. La victoria sobre el pecado es posible, y al
serlo podemos comprender la regeneración del Espíritu. Romanos 8 se experimenta en la misma carne
de Romanos 7 pero sin estar bajo su control.
Para darnos esa seguridad, Pablo comenzó su explicación en ese capítulo
diciéndonos que Cristo hizo posible que la justicia de la ley se hiciera
realidad en nuestra vida en la carne cuando él mismo condenó al pecado en la
carne, en nuestra carne, en la misma cuyos deseos encadenó a Pablo en el
capítulo 7.
Eso
nos lleva a nuestra conclusión definitiva.
Sólo comprenderemos que Cristo fue tentado en todo a nuestra semejanza
pero sin pecado cuando salgamos de la experiencia de Romanos 7 y vivamos en la
novedad de vida descrita en Romanos 8.
Pero preguntamos: ¿cómo podemos experimentar esto si allí mismo dice que
“la intención de la carne es enemistad contra Dios porque no se sujeta a la ley
de Dios ni tampoco puede”? “¿Podemos
sujetarnos en nuestra naturaleza de carne caída? ¿Cómo pudo Cristo sujetarse si estaba en nuestra naturaleza de
carne caída siendo que la carne no se sujeta a la ley de Dios ni tampoco puede?”
Un
nacimiento espiritual es lo único que nos abilita para vivir una vida de
victoria sobre el pecado “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si
por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Vers. 13). Porque “el fruto del Espíritu es amor, gozo,
paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza . . .” (Galatas
5:22, 23).
Cristo
venció al pecado en la carne porque además de una naturaleza como la nuestra él
tenía una naturaleza espiritual o divina.
En realidad, él tomó sobre su naturaleza divina perfecta nuestra
naturaleza caída. Esa combinación de la
naturaleza caída y la divina fue lo que demostró Jesús al vivir entre nosotros,
trazándolo como el blanco a alcanzar.
Es lo que sí podemos ver en el capítulo 8 de Romanos pero no en el
7. Lejos de lo que pensamos, en el
capítulo 7 vemos una lucha entre la carne y el espíritu que obra parcialmente,
pues convence pero no convierte, mientras que en el 8 vemos la lucha entre la
carne y el Espíritu que completa su obra, pues vence cuando convierte y
subyuga. Esto último sólo es posible
cuando por las promesas de Dios somos hechos participantes de la naturaleza
divina, siendo renacidos por la palabra de Dios que vive y permanece para
siempre (2 P. 1:4, 1 P. 1:23).
La
pregunta por lo tanto no es si como Adán antes de caer o después, sino si como
el hombre irregenerado de Romanos 7 o el regenerado y nacido de nuevo, participante
de la naturaleza divina del capítulo 8.
Cristo no vino a experimentar todo lo que experimenta el hombre del
capítulo 7 sino lo que experimenta el del capítulo 8. Cristo vino a experimentar y entender las tentaciones del que ya
ha sido hecho participante de la naturaleza divina. El no vino a demostrar lo que el hombre por sí mismo puede
alcanzar del ideal de Dios, sino lo que el hombre, al participar del nuevo
nacimiento, al andar en el espíritu, al ser partícipe de la naturaleza divina
puede alcanzar. Esto de ser
comprendido, pondría fin a toda discusión teológica sobre cuán semejante a
nosotros fue Cristo, o si lo que hizo lo hizo por ser Dios o en su condición de
hombre.
Simplemente,
lo que él llegó a ser es lo que podemos nosotros llegar a ser. El tomó nuestra naturaleza caída sobre su
naturaleza divina impecable para demostrar lo que nosotros podemos llegar a ser
aún en nuestra condición caída cuando somos hechos participantes de su
naturaleza divina. ¡Gracias a Dios por
esas grandiosas y preciosísimas promesas!
¿Y
qué en cuanto al argumento de que él no pudo haber tenido una naturaleza caída,
porque de así serlo hubiese necesitado él mismo un salvador? Pues, para sorpresa de muchos, este
argumento es cierto en parte. Sí, es
cierto que por él haber tenido una naturaleza caída necesitó un salvador. Pero esto no lo descalificó para ser el
nuestro. Al contrario, él fue hecho
pecado para que nosotros seamos hechos justicia de Dios en él. El no tuvo ese salvador, y por eso tuvo que
morir el equivalente a la muerte eterna.
Los
que esgrimen tal argumento deberían vigilar sus pasos con cuidado no sea que
sus pies caminen junto a los de los burladores alrededor de la cruz mientras
vociferaban: “ a otros salvó; sálvese a sí mismo” (Lucas 23:35).
En
vez de esto, permitamos que el cuerpo de nuestra humanidad caída sea juntamente
crucificado con él, creyendo que esto es solo posible gracias a que “El mismo
llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, podamos
morir a los pecados, y vivir a la justicia; porque por sus heridas fuisteis
sanados” (1 Pedro 2:24).