NIÑOS EN EL JARDIN

NATALIA MUZIO

Cuando los niños juegan al sol todo se anima... esos cuerpos tiernos se mueven sin miedo. Las manos sucias y con alegría practican el tacto con pasto, piedritas y plumas sin dueño. El niño, que es mayor, patea sin querer cerca de la cara de la nena que frágil y hermosa lo mira en silencio... le implora sin palabras que vuelva al juego de ella, lo necesita, porque sola no puede. El chico lo adivina, retrocede y se amansa para volver al juego de luz que ella propone haciendo círculos en el aire. Se mueven en silencio, juntos... sin tener que poner en palabras lo que conducen con el pensamiento compartido. Saben que esos cuerpos jugando son el mundo entero hecho carne; baba, risa, golpe, salto y a jugar. El viento, testigo de esa plenitud inocente, comprende que debe moverse con cuidado... a no espantar ni una hoja. Escucha con amorosa quietud esas risas de los compañeros de niñez, los adora como si fueran una parte suya conocida, no consigue dejar de amarlos y se paraliza por completo para no perturbar ni una partícula del aire, su absoluta quietud lo lleva a ser como un padre en amorosa espera. También está la luz amarilla del sol que mira a los niños... los mira... amarillo brillante, ríe nerviosa la luz... más amarillo. Todo lo invade, es un amarillo gritón que no entiende de silencios, como un temblequeo febril, enfermo de angustia... todo lo invade ese amarillo. Hasta que hay algo que de pronto se quiebra; un golpecito seco que el niño presiente y, sin saber por qué, le toma la mano a la niña. - No me sueltes la mano, nunca... nunca - le dice con los ojos fijos en las pupilas agitadas de ella. - Tengo sed y miedo - responde con un hilo de voz la niña. Entonces el caos inexplicable se desata; el mundo se revuelve. El viento deja de comprender y sopla con furia; algo que no es de él lo impulsa a moverse con descontrolada pasión, todo se agita; el paisaje se resquebraja. Las ramas de los árboles violentadas se quiebran, muchos pájaros mueren por el choque tan de golpe con el suelo de tanto que se sacude el mundo. Remolinos de polvo, enemigos de esos seres que asustados no saben como aferrarse a la vida. - Mirá un cacho de árbol. - dice el chico. Ella no responde porque ve pasar a su gato negro como hecho de cartón. Las cosas se mueven desesperadas y sin rumbo aparente; - ¿A donde van a parar? - Se pregunta el chico que empieza a saber lo que ella ya supo antes y se prepara para esa lejanía más dolorosa que la misma muerte. En ese sacudirse absoluto e infernal los niños esperan su propio vuelo, algo peor que el simple miedo los paraliza. Y no tarda en llegarles su momento; un remolino los arranca del suelo y los aleja de lo conocido. Boquitas entreabiertas que no pueden avisar... por primera vez cada uno por su lado dedica sus pensamientos a los que ya extrañan... ganan altura. Se van... se van... se van llevados por el viento hacia un paisaje desconocido.




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