LA BURACO   Poesias

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Poesias

Ahora es otra milonga de Javier Saggese
 

Como cambiaste taita, no sos el que antes eras,

tu piel otrora blanca y pálida, ahora luce morena,

al funyi lo dejaste por la gorra con visera,

a la gomina reemplazaste por el shampú con Hena
 
 

Tomás bebida diet, ocasionalmente una cerveza

en vez del champagne francés o de ginebra.

No fumás, ni mateás, ni milongueás la noche entera,

jugás paddle, vas a un SPA y dormís siempre en tu catrera
 
 

Esos zapatos negros con lustre acharolado

se convirtieron en zapatillas de nombre rejunado,

el bigote finito transformose en un candado,

usás la credit-card, ya no ponés un mango de contado
 
 

Las charlas de café, también sufrieron los cambios...

Ahora en la mesa te esperan monitor y teclado

que utilizás pa' navegar en menúes desplegados

y zambullirte en la Internet, que es tu nuevo barrio.
 
 

Tampoco hacés ya, lo que hacías con las minas,

-las mujeres cambiaron, y aparte lo del SIDA!-

No más vida de cantina, ni parás bajo el farol de la esquina

Paseás dentro de shoppings y curtís siempre patios de comidas.
 
 

Abandonaste el bandoneón , la viola y la vitrola

te regodeas con tu walkman stereo, polifónico, digital.

A solo una cosa seguís siendo fiel, antes y ahora:

a la voz del mudo, al morocho, a Gardel, al gran zorzal.


La apretada de Javier Saggese

 A pesar  del cansancio del laburo

tras un dia largo, duro, puro yugo,

dejó pasar el primer bondi, y el segundo,

a la espera del más lleno y mas oscuro
 
 

Reconoció las luces de colores, tipo bulo,

se trepó al estribo de un salto, y ya seguro,

saludó al fercho: "Que tal Pichuco?"

sacó boleto y reempujó p'atras sin apuro.
 
 

Como la música era un dos por cuatro, eligió con calma

descartando una a una a las minas que le daban la espalda

con las que, otro día de buena gana, disfrutaría una lambada,

pero lo que hoy necesitaba era una dama que se le enfrentara.
 
 

Cuando estaba por llegar al fondo, una morocha delgada

lo miró sin ver, en puntas de pie, del pasamanos alzada.

Ante la sonrisa de él... ella, rostro de hacha.

Cuando le olfateó el pelo... giro brusco de cara.
 
 

El estiró su pie hacia adelante, y como si dibujara

lo volvió hacia atrás, rozándole la falda con todas las ganas.

Ella se estremeció y tomó distancia, como si nada,

aunque sintió que una mano zurda, impúdica se le acercaba.
 
 

El amagó hacia atrás y con un giro muy astuto

apretó su otra pierna contra ella, sin ser muy bruto

haciendo firuletes, con franela, muslo con muslo

al ritmo circunstancial de los baches y el tumulto
 
 

Hubo también una frenada, que lo ayudó mucho

aprovechando el envión como el último cartucho,

al casi caerse ella, la pudo acomodar arriba suyo,

imitando una sentada, flor y flor, de ese tango trucho.
 
 

Como no podía ser de otra forma, tras esta celada,

ese baile perverso finalizó, con un corte y una quebrada:

un pisotón que partió en dos al metatarso del malandra

y unas uñas que parieron una herida honda, en su dura cara.




 

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