GREGORIO BOXEADOR

Eduardo Berasain

Mientras tomo el primer café del día, antes de entrar al laburo, pienso en Gregorio.
Lo conocí en la época en que trabajaba en la municipalidad, y la verdad que de entrada no me cayó nada bién. De entrada nomás, porque llegamos a tener una buena relación.
Hacía trámites, llevaba papeles, y servía café. Lo recuerdo malhumorado por la mañana, y alegre por la tarde después del almuerzo; bueno, a otros tipos también, pero esa es otra historia.
En realidad lo tenía visto de antes a Gregorio, había sido boxeador y de los buenos. Lo ví pelear una fría noche de Sábado en una sala de hospital junto a mí padre, por entonces tan a punto de morirse.
- Y en este rincón de Resistencia, Chaco. Gregorio Barrios. Son diez rounds, y está en juego el título argentino de los Welters, dijo el maestro de ceremonias al rugiente estadio.
Me distrae el silbido de la máquina de café del bar donde estoy, miro la hora y todavía faltan diez minutos para entrar al laburo. Que pelea aquella, estuvo a un paso de la gloria. Gregorio estaba haciendo mejor las cosas, pero el campeón pegaba como una mula, y lo calzó de contra con un terrible cross de izquierda a la mandíbula en el noveno round.
Con mi padre, que ya no tenía fuerzas para seguir peleándole a la muerte, vimos la representación de la lucha del hombre por la vida. Vimos como Gregorio intentaba levantarse, y como se aferraba a las cuerdas mientras el árbitro iniciaba la cuenta de diez. Todo esfuezo fue inútil, y a partir de esa noche nada fue igual en su vida. Además de suponerlo, lo se porque me lo contó en una sobremesa.
Como todas las mañanas entra la rubia que se mueve como una gata. La miro, me mira reojo mientras enciendo un cigarrillo. Ahora cruza sus piernas para regocijo de los concurrentes. Deduzco que esta es la razón por la que vengo a este bar donde sirven café tan malo. Dejo un billete y unas monedas sobre la mesa, le hago una seña al mozo, y me dispongo a caminar despacio las dos cuadras escasas que me separan del laburo.
Mientras camino recuerdo que fue el alcohol, el que me hizo cometer la indiscreción de preguntarle por aquella pelea, a  lo que Gregorio contestó – De ese noveno round ni me acuerdo, me desperté en los vestuarios. Lo que te puedo decir es que perdí la oportunidad de ser alguién. Hice otras peleas, pero nada fue igual porque esa era mi noche. No me pude recuperar de ese golpe. Me fui cayendo, yo que tenía tantos amigos, me fui quedando solo. Hasta mi mujer se borró, ahora la botella ocupa su lugar, decí que el concejal Ibáñez me consiguió este laburito - brindamos y nos perdimos en la noche.
Luego de entrar por inercia a la compañía de seguros donde me gano la vida, y de compartir la charla y el café con los compañeros, sentado solo frente a la computadora, como a veces en sueños, me viene a la mente aquel terrible suceso.
Gregorio andaba cada día peor. Para colmo de males su padrino, el concejal Ibáñez, había caído en desgracia por unos sobreprecios en una licitación. Encima empezó a tener cada vaz más problemas con Graff, el mayordomo, un fascista que no hacía más que reivindicar el proceso.
- Dale negro de mierda siempre haciendo caagados vos. ¿Campeón de qué querías ser? Si sos un borracho, si sos un cagón – le decía lanzando una risotada.
Una vez no aguanté ni su ideología, ni que tratara así al amigo, y tuve un duro cruce de palabras con el mayordomo. Nos tuvieron que separar, me clavo su profunda mirada azul, y dijo – Mirá pendejo no te metas conmigo, las podés pasar muy mal. – ¡Ay mirá como tiemblo! – respondí gesticulado.
Fue una mañana en la que Graff, aparte de maltratarlo como siempre lo hacía, llamó a Gregorio hijo de puta. Parece que éste no soportó el insulto, fue la gota que rebalzó el vaso porque estalló, y le clavo una lezna en la garganta. Graff caminó gritando por todo el salón, ante el estupor de todos, gritaba y agitaba los brazos con desesperación. Su impecable camisa blanca se iba tiñiendo de rojo, finalmente atravesó un ventanal para caer a la calle, muerto definitivamente.
Atiné a mirar a Gregorio, que tembloroso me dijo que no se arrepentía de nada, y que lo volvería a hacer.
Vinieron la policía, los periodistas, y la televisión. Se lo llevaron detenido ante el caos reinante. Yo estaba profundamente triste y conmovido por no haber podido torcer su destino, o al menos no haber podido evitar que pagara un precio tan alto.
- ¿Qué más puedo deciir? – le pregunto al reflejo de mi rostro en el monitor de la computadora.
- Ex boxeador mata a superior jerárrquico en la comuna porteña – decián los diarios, decía la radio, decía la televisión. Llegó la hora del juicio, la defensa intento que lo declararan ininputable por estado de emoción violenta, fue en vano. Hubo algunos atenuantes, igual lo condenaron a doce años.
Esta tarde voy a visitarlo a la cárcel, y a llevarle yerba y cigarrillos. Está próximo a cumplir dos tercios de la pena, y es muy probable que lo larguen por por buena conducta. De ser así, voy a estar ahí para darle una mano.


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