EL CONCURSO
Marta R. Galanternik
Mientras Carmen hojeaba el diario, el anuncio de un concurso
capturó su atención.
Se trataba de un concurso mundial de gastronomía organizado por
una cadena de restaurantes internacionales.
Sintió que se sofocaba de la emoción. ¡Si eso era
justamente a lo que ella se dedicaba y todos sus clientes ponderaban
sus platos!
Comenzó a leer ávidamente las bases del concurso.
El primer ítem decía: “Receta original”.
Dejó a un lado el diario y se sumergió en sus
pensamientos comenzando a proyectar distintos tipos de recetas.
Primero se le ocurrió “Comida Afrodisíaca”, pues
había escuchado que estaba muy en boga.
Pero se dijo: -¿Dónde podré conseguir datos para
saber de qué se trata sin tener que dar explicaciones a la
persona que ya las realiza?- Entonces la descartó.
Como su fuerte era las tortas y los postres, pensó que,
seguramente, cuando se abocara al proyecto, le surgiría alguna
receta realmente original.
Eso la tranquilizó y siguió leyendo.
En segundo lugar figuraban los premios.
El primero consistía en una beca para visitar distintos
países y sus respectivos restaurantes y, allí, conectarse
con los chefs más importantes y cocinar con ellos.
El segundo era una cantidad muy importante de Euros y en el tercero
ofrecían varios electrodomésticos concernientes al tema
en cuestión.
Nuevamente, comenzó a volar su imaginación.
Si ganaba el primero, podría darse el gustazo de viajar, cosa
que siempre soñó y que cada vez se alejaba más la
posibilidad de hacerlo y ¡encima, poder acceder a las cocinas del
Primer Mundo y nada menos que cocinar con esos monstruos!
Si, en cambio, llegaba al segundo, con ese dinero podría
comprarse una propiedad que le permitiera ampliar su clientela y
quizás hasta poder instalar una pequeña casa de comidas.
Tampoco era despreciable el tercer premio, pues, de ese modo,
renovaría su vieja heladera, su pequeña cocina y todos
sus implementos dado que los que usaba ahora eran de su abuela.
Al tener en claro este punto, pasó al siguiente.
Y fue en ese momento cuando todas sus ilusiones se vieron frustradas
porque las especificaciones técnicas que se requerían no
le eran favorables.
Grandes lagrimones cayeron de sus ojos humedeciendo el diario. Sus
manos comenzaron a temblar y su corazón a palpitar
aceleradamente.
Carmen no tenía computadora ni máquina de fotos para
tipear y fotografiar sus recetas. Carecía de los medios
necesarios para adquirirlas y no tenía ni siquiera noción
de cómo funcionaban esos aparatos.
Pero lo que más la angustió fue la edad tope de 30
años que exigían los organizadores.
Se sintió discriminada y en su congoja pensó:
“¿Cuál es la causa de esta exigencia? ¿Acaso la
edad es una barrera para poder crear? ¿No saben los muy turros
que cuanto mayores somos las mujeres, mejor cocinamos, pues la
experiencia nos permite manejar los elementos gastronómicos de
un modo tal que a las pendejas ni siquiera se les ocurrirían?”
En un arrebato de furia, rompió el diario en
pequeñísimos trozos y fue en ese momento, después
de ese estallido de bronca, que sintió que se le abría un
nuevo panorama.
De ese modo pudo tranquilizarse y detenerse a pensar.
Entonces, tomó una resolución: no participaría del
concurso, pero no se daría por vencida. No permitiría que
nada ni nadie le estropeara su autoestima, que felizmente se encontraba
muy en alto.
Utilizaría en su propio beneficio el primer punto de las bases
del concurso, crearía platos exóticos y tan originales
que, estaba segura, sorprendería a su clientela y
triunfaría en el intento a pesar de sus 55 años.
Y sin perder más tiempo, se dirigió a la cocina donde
comenzó a probar nuevas recetas con los ingredientes que
tenía a su alcance mientras una hermosa canción brotaba
de sus labios.
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