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SOCIEDAD, POLÍTICA Y ESTADO
Murray Bookchin
Hoy cuando los movimientos verdes y sociales se han consolidado en casi
todos los países del Primer Mundo, cuando están
creciendo en otros lugares (particularmente en América Latina),
la cuestión de cómo encarar los conceptos de "sociedad"",
"política" y "Estado", ha adquirido una urgencia programática.
Esta urgencia surge ante el hecho de que la mayoría de estos
movimientos pone énfasis en la necesidad de descentralización,
de comunidades a escala humana, de democracia de base y de
un equilibrio viable entre la ciudad y el campo (temas que nos recuerdan
los escritos de Proudhon y Kropotkin); pero al mismo
tiempo, los verdes están comprometidos, de una u otra manera,
en política electoral. En Alemania, donde la ideología verde
nació hace una década aproximadamente, la tendencia "fundamentalista"
(que en cierto momento fue la mayoría del partido
verde) insistió en el esfuerzo por construir un partido no partidista,
por crear una democracia de base, inspirada en la
"democracia participativa" de la "nueva izquierda" de los sesenta.
Los cargos electivos, tanto en el gobierno como en la
dirección del partido debían ser rotativos, los sueldos
de los representantes electos debían ser compartidos con la organización
del partido; se propuso, en forma vaga, establecer el derecho de revocar
a los representantes que no cumplieran su mandato
programático, pero esto nunca fue implementado. La teoría
ecológica (más precisamente, la ecología social, que
se originó
realmente en Estados Unidos a comienzos de los sesenta) constituyó
una perspectiva aglutinante para los primeros verdes,
aunque no estuviesen completamente familiarizados con su origen libertario.
Me refiero a la necesidad de suprimir la jerarquía,
así como las relaciones de clase, como condición previa
a la eliminación de la idea de dominio de la naturaleza y al logro
de una
sociedad ecológica.
El surgimiento de movimientos verdes, que en gran parte toman como
modelo a los Grünen (partido verde alemán), creó un
dilema para la izquierda libertaria. Las reivindicaciones sociales
de la mayoría de los grupos verdes eran claramente anarquistas.
Los programas basados en la descentralización y la democracia
participativa surgieron indudablemente a partir del socialismo
antiautoriario, y fueron fuertemente influídos por la "nueva
izquierda". Además, muchos principios organizativos adoptados por
los verdes contrastaban con la mentalidad centralista, esencialmente
burocrática, del marxismo, por no hablar del liberalismo.
Pero, cómo podríamos explicar la orientación política,
más exactamente la electoral, de los verdes? Cómo podríamos
encarar temas como el parlamentarismo, las coaliciones de partido,
y la entrada de los Grünen en gobiernos manifiestamente
burgueses, como la coalición de Hesse?
Que los Grünen sean hoy escasamente diferentes en el aspecto organizativo,
y también en el programático, a los partidos
socialdemócratas convencionales, no es motivo para que los libertarios
se regodeen en sus predicciones de que la política
corrompe. La degeneración de los Grünen ocurrió
en el curso de una áspera lucha interna. No fue un proceso de lenta
erosión
imperceptible y de cooptación por parte del Estado. Ni pueden
los grupos libertarios más puristas de Alemania pretender que
las concepciones sindicalistas o anarquistas se hayan afirmado en Europa
Central. Del mismo modo que esos grupos libertarios
se complacen en la decadencia de los movimientos verdes a causa del
parlamentarismo, también ellos pueden ser criticados por
haber jugado un rol de espectadores frente a la declinación
de un movimiento muy significativo, cuyo desarrollo deberían haber
tratado de impulsar. Ni siquiera ofrecieron ninguna alternativa a la
infeliz opción adoptada por los Grünen y por los grupos
verdes que se orientaron por la vía electoral en otros países.
Los intentos de los libertarios por revivir las ideas sindicalistas
tradicionales tienen poquísimas probabilidades de éxito.
Cualquiera sea la promesa del proletariado como clase hegemónica,
como pudo haber sido durante el último siglo y la primera parte
del actual, el sindicalismo proletario está históricamente
agotado en todas sus formas. Todas las teorías, programas y
movimientos que asignaron un rol revolucionario a la clase
trabajadora yacen sepultados bajo las frías brasas de la Revolución
Española de 1936-39, la más valiente y removedora, y
también, último surgimiento histórico de radicalismo
proletario tradicional. Desafiando todas las predicciones teóricas
de los
treinta, el capitalismo se restableció con más fuerza
y adquirió extraordinaria flexibilidad en las décadas posteriores
a la segunda
guerra mundial. De hecho, todavía no se ha determinado claramente
lo que constituye el capitalismo en su forma más "madura",
ni que hablar de su trayectoria social en los años venideros.
Me parece que el capitalismo se transformó, pasando de una economía
rodeada de muchas formaciones sociales y políticas
precapitalistas, a una sociedad "economizada" en si misma. La vida
social como tal está penetrada por los valores de mercado.
Estos se han infiltrado crecientemente en las relaciones familiares,
educacionales, personales e incluso espirituales, eliminando
las tradiciones precapitalistas, que comportaban mayor ayuda mutua,
mayor idealismo y responsabilidad moral, en contraste
con las normas de conducta ´mercantilistas". Términos
como ´consumismo" e ´industrialismo" son meros eufemismos
oscurantistas para designar una aburguesamiento que todo lo impregna,
y que implica bastante más que apetito de mercancías y
sofisticación tecnológica. Estamos asistiendo a la expansión
de las relaciones mercantiles en todas las áreas de la vida y en
los
movimientos sociales, que en otro tiempo ofrecieron cierta resistencia
(cuando no un refugio) contra las formas competitivas,
amorales y acumuladoras de interacción humana. Existe un sentido
en el cual cualquier nueva forma de resistencia, ya sea de los
verdes, de los libertarios, o de los radicales en general, debe abrir
espacios alternativos de vida que puedan contrarrestar y
desarmar el aburguesamiento de la sociedad en todos sus niveles. Esto
no quiere decir que los ´nuevos movimientos sociales"
(usando la jerga sociológica), como los verdes, puedan acceder
a los órganos parlamentarios nacionales, provinciales o
estatales, sin pagar algún precio por ello. Los Grünen,
que estaban lejos de ser un ingenuo movimiento popular, son prueba
viviente de que la ´resistencia parlamentaria" conduce eventualmente
a malos compromisos y al abandono de principios
fundamentales. Se plantea el interrogante de si puede haber espacio
para la esfera pública radical, más allá de las comunas,
las
cooperativas, las organizaciones de servicios barriales, promovidas
por la contracultura de los sesenta, diría, estructuras que tan
fácilmente degeneraron en negocios tipo boutique, cuando no
desaparecieron por completo. Existe un ámbito público que
pueda ser campo para la interacción de fuerzas antagónicas
que se mueven por el cambio, la educación, el desarrollo, en última
instancia, en confrontación con el modo de vida imperante?
El concepto mismo de ámbito público se contrapone a la
noción radical tradicional de ámbito de clase. El marxismo,
en
particular, negó la existencia de un ´público"
aparentemente indefinible, o lo que en las revoluciones democráticas
de hace dos
siglos se designó como el pueblo. Se consideraba que los conceptos
de ´pueblo" o de ´públicoª ocultaban los intereses
específicos de clase, que terminarían por conducir a
la burguesía a un conflicto implacable con el proletariado. Si la
palabra
´pueblo" significó algo para los teóricos marxistas,
fue en referencia a una pequeña burguesía decadente, amorfa
e
indescriptible, legado del pasado y de pasadas revoluciones, de la
cual podía esperarse que, en primer término se pusieron de
parte de la clase capitalista, a la que aspiraba integrar, y por último,
de parte de la clase trabajadora, cuyas filas se verían
forzadas a formar parte. En consecuencia, el proletariado, en la medida
en que se volviese una clase consciente, expresaría
finalmente los intereses generales de la humanidad, una vez que hubiera
absorbido a esa imprecisa clase media, particularmente
durante una crisis económica general o ´crónica"
del capitalismo. Los treinta, con sus oleajes de huelgas, insurrecciones
obreras, confrontaciones callejeras entre grupos revolucionarios y
fascistas, y sus expectativas de guerra y levantamientos
sociales sangrientos, parecieron confirmar esta visión. No podemos
seguir ignorando el hecho de que la visión tradicional
elaborada por los radicales durante la primera mitad de este siglo
ha sido reemplazada por la realidad actual de un sistema
capitalista organizado cultural e ideológicamente, así
como económicamente. Por mucho que hayan sido rebajados los niveles
de vida para millones de personas, también resta en pie el hecho
sin precedentes de que el capitalismo no ha sufrido una crisis
crónica desde hace medio siglo. El clásico proletariado
industrial ha decrecido en el Primer Mundo (el locus histórico clásico
de la confrontación socialista con el capitalismo), y está
perdiendo no sólo la conciencia de clase, sino también la
conciencia
política de si mismo como clase históricamente única.
Los intentos de reformular la teoría marxista, incluyendo a todos
los
asalariados en el proletariado carecen de sentido, y se encuentran
en total contradicción con el modo en que esta población
de
clase media ampliamente diferenciada se concibe a sí misma y
su relación con la sociedad de mercado.
Tampoco existe ningún signo de que en un futuro previsible vayamos
a afrontar una crisis económica comparable a la gran
depresión. Con respecto al control de los factores internos
de crisis a largo plazo, que pudieran crear un interés general por
una nueva sociedad, el capitalismo tuvo mejores resultados en los últimos
cincuenta años que en el siglo y medio anterior, el
periodo de su "ascenso histórico". Tal como están las
cosas hoy, es ilusorio vivir con la esperanza de que el capitalismo sufra
un
colapso desde dentro, como resultado de las contradicciones de su propio
desarrollo. Pero existen signos dramáticos de que el
capitalismo, organizado en un sistema de mercado basado en la competencia
y el crecimiento, debería trastornar el mundo
natural, trocando el suelo en arena, contaminando la atmósfera,
cambiando todas las condiciones climáticas del planeta, y
posiblemente volviendo la tierra inhóspita para las formas de
vida complejas. El capitalismo está produciendo las condiciones
externas para una crisis, una crisis ecológica, que bien podría
despertar un interés generalizado por un cambio social radical.
El capitalismo, en efecto, está demostrando ser un cáncer
ecológico, capaz de simplificar los complejos ecosistemas que se
formaron durante innumerables años. Se plantea la cuestión
de si una sociedad, basada en un crecimiento insensato e incesante
como fin en sí mismo, forzada por la competencia a acumular
y devorar el mundo orgánico, puede crear problemas que
sobrepasen muchas diferencias materiales, étnicas y culturales.
Si es así, el concepto de ´pueblo" y el de "ámbito
público"
pueden convertirse en una realidad viviente en la historia. El movimiento
verde, o por lo menos algún tipo de movimiento
ecologista radical, puede adquirir así un significado político,
único y cohesionador, comparable al de los movimientos obreros
tradicionales. Si el ámbito del radicalismo proletario era la
fábrica, el del movimiento ecologista sería la comunidad:
el pueblo, el
barrio, la municipalidad. Se debería elaborar una nueva alternativa
política, que no sea ni parlamentaria' ni tampoco
exclusivamente limitada a la acción directa y a las actividades
contraculturales. En realidad, la acción directa se combinaría
con
una nueva política bajo la forma de una autogestión de
la comunidad, fundada en una democracia plenamente participativa, que
de hecho es la forma más elevada de acción directa, aquella
que reconoce en el pueblo la plena facultad de determinar el
destino de la sociedad.
El movimiento verde (usando este término en su sentido más
genérico) está notablemente bien situado para convertirse
en un
ámbito donde elaborar dicha perspectiva y ponerla en práctica.
Inadecuaciones, fracasos y retrocesos, como los que
observamos en los Grünen, no eximen a los libertarios de tratar
de educar a este movimiento, dándole la orientación teórica
que
necesita. Los verdes no se han congelado en una postura rígida
desesperanzada, ni siquiera en Francia y Alemania. No es
probable que la situación ecológica permita que un amplio
movimiento político ambientalista se consolide hasta el punto de
que
pueda excluir la articulación de tendencias radicales. Es una
gran responsabilidad del movimiento libertario, promover dichas
tendencias radicales, fortaleciéndolas teóricamente,
y elaborando una perspectiva ecológica radical coherente. En definitiva,
lo
que finalmente destruye todo movimiento en esta era de aburguesamiento
arrollador, no es sólo la ´mercantilización" de la
vida,
sino también la falta de conciencia para resistir ésta
y sus amplios poderes de cooptación.
Pero esto no disminuye la necesidad de darle a esta conciencia una
forma real y palpable. Si los sesenta hicieron surgir la
necesidad de una contracultura para resistir la cultura dominante,
los años finales de nuestro siglo han creado la necesidad de
contrainstituciones de naturaleza popular, para contrarrestar al Estado
centralizado. La forma específica de estas instituciones
puede variar según las tradiciones, los valores, los intereses
y la cultura de cada región. Pero ciertas premisas teóricas
básicas
deben ser aclaradas, si se plantea la necesidad de nuevas instituciones,
y más ampliamente, de una nueva política libertaria.
Vivimos en un mundo históricamente nebuloso, en el cual los
ámbitos institucionales que en el pasado eran claramente
distinguibles uno de otro (el social, el político y el estatal)
han sido confundidos y mistificados. En otro tiempo, el ámbito social
podía ser claramente distinguido del político, y éste
a su vez estaba bien delimitado del estatal. Para que un movimiento
verdaderamente radical pueda existir en el futuro, deben ser detenidas
y revertidas las tendencias actuales a la absorción de la
política por el Estado, y de la sociedad por la economía.
Con la aparición de nuevos movimientos que afrontan el deterioro
ecológico, y con el surgimiento de nuevas cuestiones como la
necesidad de una sociedad orientada ecológicamente que termine
con la dominación de la naturaleza y de las personas, la necesidad
de redefinir realmente la política, dándole un significado
más
amplio del que ha tenido en el pasado, se convierte en un imperativo
político. La capacidad de los libertarios para responder a
esta exigencia bien puede determinar el futuro de movimientos como
los verdes y la real posibilidad del radicalismo de existir
como una fuerza coherente para el cambio social. Es demasiado fácil
pensar en la sociedad, la política y el Estado tal como se
nos presentan hoy, separados de la historia y congelados en formas
rígidas. Pero el hecho es que cada uno de ellos ha tenido
un complejo desarrollo, que deberíamos entender si queremos
tener claro el significado de los problemas que los mismos
comportan en la teoría social y en la práctica. Mucho
de lo que actualmente llamamos política realmente es gobierno del
Estado, que consiste en la estructuración de un aparato estatal,
integrado con parlamentarios, jueces, burócratas, policías,
militares y demás, fenómeno que a menudo se repite desde
la cumbre del Estado hasta las más pequeñas comunidades.
Es así
que fácilmente podemos ignorar lo que la política significó
en otro tiempo. El término "política", que deriva del griego,
se refería
a un ámbito público formado por ciudadanos conscientes,
que se sentían competentes para gestionar directamente sus propias
comunidades o polis.
La sociedad, en cambio, era un ámbito relativamente privado,
concerniente a las obligaciones familiares, las amistades, el
mantenimiento personal, la producción y la reproducción.
Desde su emergencia como mera existencia de grupos humanos,
hasta las formas altamente institucionalizadas que propiamente llamamos
sociedad, la vida social estuvo estructurada sobre la
familia u oikos (economía, de hecho significaba poco más
que la gestión de la familia). Su núcleo era el mundo doméstico
de la
mujer, complementado por el mundo civil del hombre. En las comunidades
primitivas, el ámbito civil estuvo en gran parte al
servicio de lo doméstico, donde se cumplían las funciones
más importantes para la sobrevivencia y el mantenimiento. Una tribu
(entendida en un sentido muy amplio, que incluía bandas y clanes),
verdadera entidad social, estaba atravesada por lazos
sanguíneos, maritales y funcionales, basados en la edad y en
el trabajo. Las potentes fuerzas centrípetas (que aún se
originaban
en hechos biológicos), que mantenían unidas a las comunidades
(eminentemente sociales) y les daban un fuerte sentido de
solidaridad interna, excluyeron en gran medida a los ´extraños",
cuya aceptación normalmente dependía de las reglas de
hospitalidad, y de la necesidad de adquirir nuevos miembros para remplazar
a los guerreros, cuando la guerra se tornaba cada
vez más importante. Una gran parte de la historia es un relato
del posterior crecimiento del ámbito civil masculino a expensas
del ámbito doméstico social. Los hombres adquirieron
una autoridad creciente sobre las comunidades primitivas como
resultado de las guerras intertribales, de las luchas por el territorio
de caza, y particularmente, de los conflictos generados por la
necesidad de los pueblos agrícolas de apropiarse de grandes
extensiones, que a su vez eran requeridas por los pueblos
cazadores para sustentarse a sí mismos y sus modos de vida.
Fue a partir de este ámbito civil indiferenciado (si se me permite
usar la palabra ´civilª en un sentido muy amplio) que surgieron
la "política" y el Estado. Esto no significa caer en la trampa
ideológica de decir que lo político y el gobierno del Estado
desde el
comienzo fueron lo mismo. De hecho los dos a pesar de sus orígenes
en el primitivo ámbito civil de los hombres, se encontraron
en una marcada oposición. ´Los ropajes de la historia
nunca están limpios y sin arrugas." La evolución de la sociedad,
desde
pequeños grupos sociales domésticos hasta sistemas autoritarios
muy diferenciados y jerarquizados, que abarcaron vastos
imperios territoriales, fue compleja e irregular. También las
tradiciones domésticas y familiares, esto es las tradiciones sociales,
desempeñaron en la formación de los Estados un rol a
menudo comparable al de los valores civiles de los guerreros. Las
aristocracias basadas en el linaje (sea femenino como masculino), que
han persistido hasta los tiempos modernos, están
impregnadas de valores sociales que fueron trasmitidos desde una época
en que el parentesco, no la ciudadanía o la riqueza,
determinaba el status y el poder de una persona. Los reinos despóticos
primitivos como los de Egipto y Persia, para citar a los
más notables, no eran considerados entidades civiles en sentido
riguroso, sino como dominios domésticos de los monarcas.
Fueron vistos como las vastas residencias de los reyes divinos y de
sus familias, hasta que fueron divididos por familias menores
en posesiones señoriales o feudales.
Fue la ´revolución urbana" de la edad del bronce (para
usar la expresión de V. Gordon Childe) que lentamente removió
las
arcaicas trabas sociales o domésticas que pesaban sobre el Estado,
creando un terreno nuevo para la política. El surgimiento de
las ciudades, frecuentemente en torno a templos, fortalezas militares,
centros administrativos y mercados interregionales, creó
las bases para una nueva forma de espacio político, más
universal y secular. Con el tiempo, este espacio evolucionó lentamente
hacia un tipo de esfera pública sin precedentes. Tratar de señalar
una ciudad determinada como modelo de tal espacio sería
buscar formas puras que no existen en la historia o en la teoría
social. Pero podemos identificar ciudades que no fueron ni
predominantemente sociales en un sentido doméstico, ni estatistas,
y que dieron origen a una gestión de la sociedad
completamente nueva.
Las más destacables de estas ciudades fueron los puertos de
la antigua Grecia, las ciudades medievales de artesanos y
comerciantes de Italia y de Europa central, también las ciudades
modernas de los nuevos Estados nacionales en formación,
como España, Inglaterra y Francia, que desarrollaron identidades
propias y formas relativamente populares de participación
ciudadana. Sus características ´pueblerinas", aún
patriarcales, no deberían impedirnos apreciar sus valores humanistas
universales. Sería mezquino y antihistórico, desde un
punto de vista moderno, poner el acento en los errores que las ciudades
compartieron durante miles de años con el surgimiento de la
´civilización" como tal. Lo más importante es que estas
ciudades
crearon, en mayor o menor medida, un ámbito radicalmente nuevo,
de naturaleza política, fundado en formas limitadas, pero
con frecuencia participativas, de democracia, y un nuevo concepto de
personalidad cívica: el ciudadano.
Definida según sus raíces etimológicas, la política
significó la gestión de la comunidad o polis por parte de
sus propios miembros
o ciudadanos, el desarrollo de un espacio público en el cual
los ciudadanos podían reunirse, como el ágora de las democracias
griegas, el foro de la república romana, el centro del pueblo
de la comuna medieval, y la plaza de la ciudad renacentista. La
política significó el reconocimiento de los derechos
civiles para los extranjeros, o quienes no estaban vinculados a la población
por lazos sanguíneos, es decir la idea de una humanitas universal,
que se distinguía del concepto de ´gente" relacionada
genealógicamente. Además de estos valores humanos fundamentales,
la política estaba caracterizada por la creciente
secularización de los asuntos sociales, un nuevo respeto por
el individuo y una creciente consideración de criterios racionales
de
conducta por encima de los irreflexivos imperativos de la costumbre.
No quiero decir que con el surgimiento de las ciudades desaparecieron
los privilegios, la desigualdad de derechos, las
supersticiones, el respeto por la tradición, la desconfianza
hacia los extranjeros. Durante los períodos más radicales
y
democráticos de la Revolución Francesa, por ejemplo,
París estaba llena de miedos a las ´conspiraciones extranjeras"
y de
desconfianza xenófoba hacia los extraños. Las mujeres
no compartieron totalmente las libertades de que gozaban los hombres.
Mi punto de vista, sin embargo, es que la ciudad creó algo realmente
nuevo, que no puede quedar oculto en los pliegues de lo
social o de lo estatal. Este espacio se redujo o amplió con
el tiempo, pero nunca desapareció completamente de la historia.
Se
mantuvo en contraposición al Estado, el cual trató en
varios grados de profesionalizar y centralizar el poder, a menudo
volviéndose un fin en sí mismo, como lo mostraron el
poder estatal del Egipto Ptolemaico, las monarquías absolutas europeas
en el siglo XVII y los regímenes totalitarios de Rusia y China
en el siglo actual.
El escenario de la política ha sido casi siempre la ciudad o
el pueblo, o más genéricamente, la municipalidad. Para que
una
ciudad fuera políticamente viable, seguramente el tamaño
era algo importante. Para los griegos, en particular para Aristóteles,
el
tamaño de una ciudad o polis debería ser tal que sus
asuntos se pudieran discutir cara a cara, y que pudiera existir cierto
grado
de familiaridad entre sus ciudadanos. Estos requisitos, que no eran
fijos ni inviolables, estaban concebidos para promover el
desarrollo urbano, en un modo que directamente contrarrestaba el Estado.
Siendo de tamaño moderado, la polis podía así ser
organizada institucionalmente en modo tal que sus asuntos pudieran
ser gestionados por hombres capaces, comprometidos con
lo público, con un grado mínimo de representatividad,
estrictamente controlado. Para que alguien pudiera ser capacitado para
las funciones políticas, debía poseer ciertos recursos
materiales. Se requería cierto tiempo libre, del cual se podía
disponer,
suponemos hoy, gracias al trabajo esclavo.
Sin embargo, de ningún modo es cierto que todos los ciudadanos
griegos políticamente activos fueran propietarios de esclavos.
Aún más importante que el tiempo libre era la formación
del carácter y de la razón (concepto griego de paideia),
que confería a
los ciudadanos el decoro necesario para que las asambleas populares
fueran viables. Era necesario un ideal de servicio público
que prevaleciera sobre los impulsos egoístas y mezquinos, y
que le diera al interés general el carácter de valor. Esto
fue logrado
estableciendo una compleja red de relaciones, que iban desde las amistades
leales (concepto griego de filia) hasta el compartir
experiencias en las festividades civiles y en el servicio militar.
El uso que hago de los términos griegos no debe ser interpretado
como que la política fuera un fenómeno exclusivamente helénico.
Necesidades similares surgieron y fueron tratadas de varias maneras en
las ciudades libres de Europa y Nueva Inglaterra hasta tiempos relativamente
recientes. En casi todos los casos, estas ciudades crearon una política
que fue
democrática en grados diversos, durante largos períodos,
y que resurgió no sólo en la cuenca del Mediterráneo,
sino también
en Europa continental, en Inglaterra y en Norteamérica. Profundamente
hostiles a los Estados centralizados, las ciudades libres
y sus federaciones marcaron algunos de los hitos más importantes
de la historia, verdaderas encrucijadas en que la humanidad
tuvo la posibilidad de establecer sistemas sociales, basados en confederaciones
municipales, o en Estados nacionales.
El nacionalismo, así como el estatismo, estaban tan arraigados
en el pensamiento moderno, que la idea misma de política
municipal ni siquiera fue considerada como una opción para la
organización social. Tal como he observado, la política ha
estado
identificada completamente con el gobierno del Estado y la profesionalización
del poder. Se ha pasado por alto el hecho de que
el ámbito político y el Estado a menudo estuvieron en
conflicto entre sí, estallando en sangrientas guerras civiles. Los
grandes
movimientos revolucionarios del pasado, desde la Revolución
Inglesa de 1640 hasta los movimientos revolucionarios de nuestro
siglo, estuvieron marcados por la participación de las comunidades,
dependiendo su éxito de fuertes vínculos comunitarios. Los
argumentos que continuamente se presentan en contra de la autonomía
municipal demuestran que ésta es considerada peligrosa
para los Estados nacionales. Fenómenos presumiblemente "muertos",
como la comunidad libre y la democracia participativa, no
deberían despertar reacciones tan fuertes, ni ser objeto de
restricciones como las que todavía se aplican.
El surgimiento de las grandes megalópolis no ha eliminado la
necesidad histórica de una política cívica y comunitaria,
así como
la expansión de las corporaciones multinacionales no ha suprimido
la cuestión del nacionalismo. Ciudades como Nueva York,
Londres, Francfort, Milán y Madrid pueden ser políticamente
descentralizadas socializadas a nivel institucional, sea en redes de
barrio o de distrito, a pesar de sus dimensiones estructurales y de
su interdependencia interna. Realmente, el modo en que
pueden funcionar si no se descentralizan estructuralmente es un asunto
ecológico de capital importancia, como lo indican los
problemas de la contaminación, del suministro de agua, de la
criminalidad, de la calidad de la vida y del transporte.
La historia ha demostrado que las principales ciudades europeas, con
poblaciones de hasta un millón de habitantes, con
primitivos medios de comunicación, funcionaban mediante instituciones
bien coordinadas, pero descentralizadas, que mostraban
una extraordinaria vitalidad política. Desde las ciudades castellanas
que estallaron en la revuelta de los comuneros de principios
del siglo XVI, las secciones parisinas y las asambleas de principios
del siglo XVIII, hasta el movimiento de ciudadanos de
Madrid de los años sesenta, citando sólo unos pocos,
los movimientos municipales en las grandes ciudades plantearon de
manera crucial el problema de dónde debe residir el poder y
cómo debería ser gestionada la vida social a nivel institucional.
Es bastante obvio que esa municipalidad puede ser tan estrecha de miras
como una tribu, no menos hoy que en el pasado. Por
tanto, cualquier movimiento municipal que no sea confederal, es decir
que no se integre en una red de interrelaciones recíprocas
con pueblos y ciudades de su propia región, no puede ser considerado
como una entidad política real en un sentido tradicional,
del mismo modo que un barrio que no reconoce la necesidad de cooperar
con otros barrios de su misma ciudad. La
confederación basada en responsabilidades compartidas, la plena
responsabilidad de los delegados confederales frente a sus
comunidades, el derecho de revocar a los representantes y la necesidad
de establecer mandatos precisos, son partes
indispensables de una nueva política. Argumentar que las ciudades
y pueblos existentes reproducen el Estado nacional a nivel
local, significa renunciar a todo compromiso de cambio social. La vida
sería realmente maravillosa, quizás milagrosa, si
naciéramos con la instrucción, la experiencia, la inteligencia
y las habilidades necesarias para ejercer una profesión o cultivar
una
vocación deseable. Desgraciadamente, debemos realizar el esfuerzo
de adquirir estas capacidades, y esto requiere lucha,
discusión, educación y desarrollo. Probablemente tendría
poco significado un enfoque municipalista radical que se redujera a
ser un mero instrumento de un fácil cambio institucional. Hay
que luchar por este objetivo si se desea alcanzarlo, del mismo
modo que la lucha por una sociedad libre debe ser en sí misma
tan liberadora y autotransformadora como la existencia de tal
sociedad'.
El Estado plantea también serias cuestiones, que no pueden ser
reducidas a una visión simplista y ahistórica. Si se lo concibe
como un fenómeno en desarrollo, en el curso de la historia se
sucedieron Estados nacientes, cuasiestados, Estados
monárquicos, Estados feudales, Estados republicanos, Estados
totalitarios que superaron a las tiranías más duras del pasado.
Lamentablemente, no se ha prestado suficiente atención al hecho
de que la capacidad de los Estados para ejercer plenamente
su poder estuvo a menudo determinada por los obstáculos municipales
que encontraron. Fue esencial para la consolidación del
Estado nacional su habilidad para debilitar las estructuras de los
pueblos y de las ciudades, sustituyéndolas por burocracias,
policías y fuerzas militares. Una sutil interacción entre
la municipalidad y el Estado, que a menudo estalló en conflictos
abiertos,
se ha dado a lo largo de la historia, configurando la imagen de la
sociedad actual.
Es de gran importancia práctica que las instituciones, tradiciones
y sentimientos preestatistas permanezcan vivos en grados
diversos en la mayor parte del mundo. La resistencia a la usurpación
de los Estados opresores ha sido apoyada por las redes
comunitarias de ciudades, barrios y pueblos, tal como lo muestran las
luchas en Sudáfrica, Medio Oriente y América Latina.
Los temblores que ahora estremecen a la Rusia soviética no se
deben solamente a las demandas de mayor libertad, sino
también a los movimientos por las autonomías locales
y regionales que desafían la existencia misma del Estado nacional
centralizado. Ignorar las bases comunitarias de estos movimientos sería
tan miope como ignorar la inestabilidad latente de todo
Estado nacional. Y peor aún sería considerarlo como seguro
y tratarlo según sus propios términos. Realmente, el hecho
de que
un Estado permanezca como tal o no (cuestión no poco importante
para teóricos radicales tan dispares como Marx y Bakunin)
depende mucho del poder de los movimientos locales, confederales y
comunitarios, para contrarrestarlo y establecer "otro"
poder que lo reemplace. El papel principal que jugó el movimiento
de ciudadanos madrileños hace casi tres décadas en el
debilitamiento del régimen de Franco merecería con justicia
un estudio importante.
A pesar de la visión marxista de un conflicto esencialmente
económico entre el "trabajo asalariado" y el "capital", los
movimientos de clase revolucionarios del pasado no fueron simplemente
movimientos industriales. Por ejemplo, el efímero
movimiento de trabajadores parisinos, en gran parte integrado por artesanos,
fue también un movimiento comunitario centrado
en los barrios y nutrido por una rica vida barrial. Desde los levellers
de Londres en el siglo XVII, hasta los anarcosindicalistas
de Barcelona en nuestro siglo, la actividad radical estuvo sostenida
por fuertes vínculos comunitarios, y por un espacio público
conformado por calles, plazas y cafés. Esta vida municipal no
puede ser ignorada en la práctica radical y debe ser recreada allí
donde fue socavada por el Estado moderno. Una nueva política,
enraizada en los pueblos, en los barrios, en las ciudades y en
las regiones, es la única alternativa viable al parlamentarismo
anémico que se está infiltrando en varios partidos verdes
y en
otros movimientos sociales similares. Los movimientos estrictamente
sociales, comprometidos en cuestiones específicas como el
poder nuclear, limitan su capacidad de convocatoria a los temas de
los que se ocupan. Este tipo de militancia no debe ser
confundida con la actividad radical de largo plazo, necesaria para
transformar la conciencia, y en última instancia, a la misma
sociedad. Tales movimientos tienen una existencia efímera aunque
logren resultados positivos, pues carecen de las bases
institucionales necesarias para crear movimientos duraderos de transformación
social, y carecen de un ámbito donde situarse de
forma permanente en la lucha política. Por otra parte, la municipalidad
contiene una potencialidad explosiva. Crear redes
locales y tratar de transformar las instituciones municipales que todavía
reproducen el Estado, significa aceptar un desafío
histórico, y realmente político, que ha existido durante
siglos. Ciertos movimientos sociales nuevos están tratando de adquirir
una perspectiva política que los introduzca en la escena política,
de ahí la facilidad con que se deslizan hacia el parlamentarismo.
Históricamente, la teoría libertaria siempre ha estado
centrada en las ´comunasª, las ciudades libres reestructuradas
que
constituirían el tejido celular de una nueva sociedad. Ignorar
el potencial de la "comuna" porque aún no es libre, e impedir
nuestro acceso a ella con consignas electorales (más apropiadas
a una época de movimientos de masa obreros y campesinos)
significa desatender un ámbito político todavía
inactivo, pero que podría dar vida y significado a la gran aspiración
libertaria: una
comuna de comunas.
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