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Pedro Kropotkin
LAS PRISIONES
INTRODUCCIÓN
La cuestión que me propongo
tratar esta noche es una de las más importantes en la serie
de las grandes cuestiones que
se ofrecen a la humanidad del siglo XIX. Después de la
cuestión económica,
después de la del Estado, aquélla es, quizás, la mas
importante de
todas. En realidad, puesto que
la distribución de la justicia fue el principal instrumento
en la constitución de
todos los poderes, puesto que es la base misma y el fundamento
más sólido de
los poderes constituidos, no exageraré si digo que la cuestión
de saber
qué debe hacerse con
los que cometen actos antisociales, encierra en si la gran cuestión
del gobierno y del Estado.
Muchas veces se ha dicho que
la función principal de toda organización política,
es
garantizar doce jurados probos
a todo ciudadano, al que otros ciudadanos denunciaren
por cualquier motivo. Pero falta
saber qué derechos debemos reconocer a esos diez, o
doce, o cien jurados, sobre
el ciudadano al que consideren culpable de un acto
antisocial y perjudicial para
sus semejantes.
Esta cuestión resuélvese
actualmente de la manera más sencilla. Se nos responde:
¡Castigarán! ¡Sentenciarán
a muerte, a trabajos forzados o a presidio! Y esto es lo que
se hace. Es decir, que, en nuestro
penoso desarrollo, en esta marcha de la humanidad
por entre los prejuicios y las
ideas falsas, hemos llegado a tal punto. Mas también ha
llegado la hora de preguntar:
¿Es justa la muerte, es justo el presidio? ¿Se consigue con
ellos el doble fin que trátase
de obtener: impedir que se repita el acto antisocial y
tornar mejor al hombre que se
hiciera culpable de un acto de violencia contra su
semejante? Y, para concluir,
¿qué significa la palabra culpable, con tanta frecuencia
empleada, sin que hasta la fecha
se haya intentado decir en qué consiste la
culpabilidad?
A todas estas preguntas propóngome
responder; dar un esbozo de respuesta, mejor
dicho, en el corto espacio de
una velada.
Grandes son estas cuestiones,
que encierran en sí la dicha, no sólo de los centenares de
millares de detenidos que en
este momento gimen en nuestras cárceles y presidios; la
suerte, no sólo de las
mujeres y niños que sollozan en la miseria desde que el cabeza de
familia fuera encerrado en un
calabozo, sino también la dicha y la suerte de toda la
humanidad. Toda injusticia cometida
con el individuo, es en último término sentida por
toda la humanidad.
I
Ciento cincuenta mil seres,
mujeres y hombres, son anualmente encerrados en
las cárceles de Francia;
muchos millones en las de Europa.
Enormes cantidades gasta Francia
en sostener aquellos edificios, y no
menores sumas en engrasar las
diversas piezas de aquella pesada máquina -
policía y magistratura
- encargada de poblar sus prisiones. Y, ccomo el dinero no
brota solo en las cajas del
Estado, sino que cada moneda de oro representa la
pesada labor de un obrero, resulta
de aquí, que todos los años, el producto de
millones de jornadas de trabajo
es empleado en el mantenimiento de las
prisiones.
Pero ¿ quién,
prescindiendo de algunos filántropos y dos o tres
administradores, se ocupa en
la actualidad de los resultados que se van
obteniendo? De todo se habla
en la prensa, que, sin embargo, casi nunca se
ocupa en nada que a las prisiones
se refiera. Si alguna vez se habla de ellas,
no es sino a consecuencia de
revelaciones más o menos escandalosas. En
tales casos, por espacio de
quince días se grita contra la administración, se
piden nuevas leyes que vayan
a aumentar el número, nada bajo, de las
vigentes, y pasado aquel tiempo,
todo queda igual, si no cambia y se hace
peor.
En cuanto a la actitud regular
de la sociedad y de la prensa respecto a los
detenidos, no pasa de la más
completa indiferencia: con tal de que tengan pan
que comer, agua para beber y
trabajo, mucho trabajo, todo va bien. Indiferencia
completa, cuando no odio. Porque
todos recordamos lo que la prensa dijo no
hace mucho, con motivo de algunas
mejoras introducidas en el régimen de las
prisiones. Es demasiado para
los pícaros, se leía en periódicos que se las
echaban de avanzados. Nunca
serán tratados tan mal como se merecen.
Pues bien, ciudadanas y ciudadanos:
habiendo tenido ocasión de conocer dos
cárceles de Francia y
algunas de Rusia; habiéndome visto obligado, por
circunstancias de mi vida, a
estudiar con cierto detenimiento las cuestiones
penitenciarias, creo que deber
mío es decir a la faz del mundo lo que son las
prisiones de hoy, así
como el relatar mis observaciones y el exponer las
reflexiones que estas observaciones
me sugirieran.
Dicho esto, abordo la gran cuesti6n.
En primer lugar, ¿en qué consiste el
régimen de las prisiones
francesas?
Sabido es que hay tres grandes
categorías de prisiones: la Departamental, la
Casa central y la Nueva Caledonia.
En lo que a la Nueva Caledonia
se refiere, los datos que tenemos respecto a
aquellas islas son tan contradictorios
y tan incompletos, que es imposible
formarse una idea justa de lo
que es allí el régimen de los trabajos forzados.
En cuanto a las prisiones departamentales;
la que nosotros nos vimos
obligados a conocer, en Lyon,
se halla en tan mal estado, que cuanto menos se
hable de ella mejor será.
En otra parte dije en qué estado la encontré,
bosquejando a la vez la funesta
influencia que ejerce sobre las criaturas que en
ella están encerradas.
Aquellos infelices son condenados, a causa del régimen
a que se han sometido, a arrastrarse
toda la vida por cárceles y presidios y a
morir en una isla del Pacifico.
Por consiguiente, no digo más
acerca de la prisión departamental de Lyon, y
paso a la Casa central de Clairvaux,
tanto más cuanto que, con la prisión militar
de Brest, es el mejor edificio
de tal suerte con que Francia cuenta, y, a juzgar
por lo que se sabe respecto
a las prisiones de los demás países, una de las
mejores cárceles de Europa.
Veamos, pues, lo que es una
de las mejores prisiones modernas; juzgaremos
más acertadamente a las
otras. Advertiremos que la vimos en las mejores
condiciones: poco antes de llegar
yo, uno de los detenidos había sido muerto
en su celda por los carceleros,
y toda la administración había sido cambiada; y
con franqueza he de decir que
la nueva administración no tenía en modo
alguno aquel carácter
que se halla en tantas otras cárceles: el de tratar de
hacer la vida del detenido lo
más penosa posible. Es también la única prisión
grande de Francia que no tuviera
una sedición después de las sediciones de
hace dos años.
Cuando el ser humano se acerca
a la inmensa muralla circular, que costea las
pendientes de las colinas en
una longitud de cuatro kilómetros, antes que ante
una cárcel, creeríase
junto a una pequeña población fabril. Chimeneas, cuatro
de ellas grandísimas,
humeantes, máquinas de vapor, una o dos turbinas y el
acompasado ruido de los mecanismos
en movimiento; he aquí lo que se ve y
se oye al pronto. Consiste esto
en que, para procurar ocupación a 1 400
detenidos, ha sido necesario
erigir allí una inmensa fábrica de camas de hierro,
innumerables talleres en los
que se trabaja la seda y se hace el brocado de
clases, tela grosera para muchas
otras prisiones francesas, paño, ropa y
calzado para los detenidos;
hay también una fábrica de metros y de marcos,
otra de gas, otra de botones
y de toda clase de objetos de nácar, molinos de
trigo, de centeno y así
sucesivamente. Una inmensa huerta y extensos campos
de avena se cultivan entre aquellas
construcciones, y de cuando en cuando
sale una brigada de aquella
población sujeta, unas veces para cortar leña en el
bosque, para arreglar un canal
otras.
He ahí la inmensa inversión
de fondos, y la variedad de oficios que ha sido
necesario introducir para procurar
un trabajo útil a 1 400 hombres.
Siendo incapaz el Estado de
tan inmensa inversión de fondos y de colocar
ventajosamente lo que producen,
es evidente que ha tenido necesidad de
dirigirse a contratistas, a
los que cede el trabajo de los detenidos a precios en
mucho inferiores a los que rigen
fuera de la cárcel.
Efectivamente, los jornales
de Clairvaux no son sino de 50 céntimos y de 1
franco. Mientras que en la fábrica
de catres puede un hombre ganar hasta 2
francos, muchísimos detenidos
no ganan sino 70 céntimos por jornada de 12
horas, y en ocasiones sólo
50. De esta cantidad el Estado se apropia una muy
notable parte, y el resto es
dividido en dos, una de las cuales se entrega al
preso para que compre en el
comedor algún alimento; el resto le es entregado
cuando sale de la prisión.
En los talleres pasan los detenidos
la mayor parte del día, salvo una hora de
escuela, y 45 minutos de paseo,
en fila, a los gritos de ¡una! ¡dos! de los
carceleros, distracción
a la que se denomina hacer la rastra de chorizos. El
domingo se pasa en los patios,
si hace buen día, y en los talleres cuando el
tiempo no permite salir al aire
libre.
Agreguemos aún que la
Casa central de Clairvaux estaba organizada bajo el
sistema de silencio absoluto,
sistema tan contrario a la naturaleza humana que
no podía ser mantenido
sino a fuerza de castigos. Así es que durante los tres
años que yo pasé
en Clairvaux, fue cayendo en desuso. Abandonábase poco a
poco, siempre que las conversaciones
en el taller o en el paseo no fuesen
demasiado acaloradas.
Mucho podría decirse
acerca de esta cárcel provisional y de corrección; pero
las palabras que le hemos dedicado
bastarán para dar una idea general de lo
que aquello es.
En cuanto a las prisiones de
los otros países europeos, basta decir que no son
mejores que la de Clairvaux.
En las prisiones inglesas, por lo que de ellas sé,
gracias a la literatura, a informes
oficiales y a memorias, debo decir que se han
mantenido ciertos usos que,
afortunadamente, están abolidos en Francia. El
tratamiento es en esta nación
más humano, y el tradmill, la rueda sobre la que
el detenido inglés camina
como una ardilla, no existe en Francia; mientras que,
por otra parte, el castigo francés,
consistente en hacer andar al recluso durante
meses, a causa de su carácter
degradante, de la prolongación desmesurada
del castigo y de lo arbitrariamente
que es aplicado, resulta digno hermano de la
pena corporal que aun se impone
en Inglaterra.
Las prisiones alemanas tienen
un carácter de dureza que las hace
excesivamente penosas.
En cuanto a las prisiones austriacas
y rusas, se hallan aún en un estado más
deplorable.
Podemos, pues, tomar la Casa
central de Francia como representante bastante
bueno de la prisión moderna.
He ahí, en pocas palabras,
el sistema de organización de las prisiones
consideradas como las mejores
en estos momentos. Veamos ahora cuáles son
los resultados obtenidos por
estas organizaciones excesivamente costosas.
Dos respuestas tiene esta pregunta.
Y es la primera que todos, hasta la misma
administración, están
de acuerdo en que estos resultados son los más
lastimosos.
El hombre que ha estado en la
cárcel, volverá a ella.
Cierto, inevitable es esto;
las cifras lo demuestran. Los informes anuales de la
administración de justicia
criminal de Francia, nos dicen que la mitad
aproximadamente de los hombres
juzgados por el Tribunal Supremo y las dos
quintas partes de los sentenciados
por la policía correccional, fueron educados
en la cárcel, en el presidio:
éstos son los reincidentes. Casi la mitad (de 42 a 45
por 100) de los juzgados por
asesinato, y las tres cuartas partes (de 70 a 72
por 100) de los sentenciados
por robo, son otros tantos reincidentes. 70 000
hombres son anualmente detenidos
sólo en Francia. En cuanto a las cárceles
centrales, más de la
tercera parte (de 20 a 40 por 100) de los detenidos,
puestos en libertad por aquellas
mal nominadas instituciones correccionales,
vuelven a la cárcel dentro
de los doce meses que siguen a la fecha de su
primera salida de ella. Es tan
constante este hecho, que en Clairvaux se oía
decir a los carceleros: Muy
extraño es que Fulano aun no haya vuelto. ¿Habrá
tenido tiempo de pasar a otro
distrito judicial? Y hay en las casas centrales
presos ancianos que, habiendo
logrado tener un sitio bueno en el hospital o en
el taller, ruegan, al salir
de la cárcel, que se les reserve el sitio aquél para su
próximo regreso. Aquellos
pobres ancianos están seguros de que no tardarán
en volver.
Por otra parte, los que han
estudiado y conocen estas cosas (citaré por
ejemplo, el doctor Lombroso),
afirman que si se llevase cuenta de los que
mueren en cuanto han salido
de la cárcel, de los que cambian de nombre, o
emigran, o logran ocultarse
después de haber cometido un nuevo acto no de
acuerdo con las leyes vigentes;
si todos éstos fuesen tenidos en cuenta, uno se
vería precisado a preguntarse
si todos los detenidos puestos en libertad no
incurren en la reincidencia.
He aquí lo que se consigue
con las prisiones.
Pero no es esto todo. El hecho
por el cual un hombre vuelve a la cárcel, es
siempre más grave que
el que cometiera la primera vez. Todos los escritores
criminalistas están de
acuerdo en esto.
La reincidencia se ha hecho
un problema inmenso para Europa, un problema
que Francia quiso no ha mucho
resolver, enviando a todos los reincidentes a
gustar de la fiebre de Cayena.
Por otra parte, la exterminación empieza ya el
camino. Todos habéis
leído que, hace tres días, once reincidentes fueron
pasados por las armas a bordo
del navío que a aquel punto les llevaba; acto de
salvajismo que será muy
tenido en cuenta cuando el capitán de la embarcación
sea nombrado director de la
colonia de Cayena.
Pues bien, no obstante las reformas
introducidas, no obstante los sistemas
penitenciarios puestos a prueba,
el resultado siempre ha sido igual. Por una
parte, el número de hechos
contrarios a las leyes existentes no aumenta ni
disminuye, cualesquiera que
sea el sistema de penas infligidas. Se ha abolido
el knut ruso y la pena de muerte
en Italia, y el número de asesinatos sigue
siendo igual. Aumenta o disminuye
la crueldad de los erigidos en jefes; cambia
la crueldad o el jesuitismo
de los sistemas penitenciarios, pero el número de los
actos mal llamados crímenes,
continúa invariable. Sólo le afectan otras causas,
de las cuales ahora voy a hablar.
Y, por otra parte, cualesquiera
que sean los cambios introducidos en el régimen
penitenciario, la reincidencia
no disminuye, lo cual es inevitable, lo cual debe
ser así; la prisión
mata en el hombre todas las cualidades que le hacen más
propio para la vida en sociedad.
Conviértenle en un ser que, fatalmente, deberá
volver a la cárcel, y
que expirará en una de esas tumbas de piedra sobre las
cuales se escribe Casa de corrección
-, y que los mismos carceleros llaman
Casas de corrupción.
Si se me preguntara: ¿Qué
podría hacerse para mejorar el régimen
penitenciario?, ¡Nada!
- responderia - porque no es posible mejoorar una prisión.
Salvo algunas pequeñas
mejoras sin importancia, no hay absolutamente nada
que hacer, sino demolerlas.
Para acabar con el asqueroso
contrabando del tabaco podría proponer que se
dejara fumar a los detenidos:
Alemania lo ha hecho ya; y no le pesa haberlo
hecho: el Estado vende tabaco
en el comedor. Pero, después del contrabando
del tabaco, vendría el
del alcohol. Y todo conduciría al mismo resultado: a la
explotaci6n de los detenidos
por los encargados de vigilarles.
Podría proponer que al
frente de cada prisión hubiera un Pestalozzi (me refiero
al gran pedagogo suizo que recogía
a los niños abandonados y hacía de ellos
buenos ciudadanos), y podría
también proponer que, en lugar de los vigilantes,
ex soldados y ex policías
casi todos, se pusieran sesenta o más Pestalozzi.
Pero me responderíais:
¿Dónde encontrarlos? Y tendríais razón: porque
el gran
pedagogo suizo no hubiera aceptado
la plaza de carcelero; hubiera dicho:
- El principio de toda prisión
es falso, puesto que la privación de libertad lo es.
Mientras privéis al hombre
de libertad, no lograréis hacerle mejor. Cosecharéis
la reincidencia.
Y eso es lo que ahora voy a
demostrar.
II
Hay, en primer lugar, un hecho
constante, un hecho que es ya, en sí mismo, la
condenación de todo nuestro
sistema judicial: ninguno de los presos reconoce
que la pena que se le ha impuesto
es la justa.
Hablad a un detenido por hurto,
y preguntadle algo acerca de su condena. Os
dirá: Caballero, los
pequeños rateros aquí están, los grandes viven libres,
gozan del aprecio del público.
¿Y qué os atreveríais a responderle, vosotros
que conocéis las grandes
compañías financieras fundadas expresamente para
sorberse hasta las monedas de
cobre que ahorran los conserjes, y para
permitir que los fundadores,
retirándose a tiempo, echen legalmente su agudo
anzuelo sobre las pequeñas
fortunas que encuentran a su alcance?
Conocemos a esas grandes compañías
de accionistas, sus circulares
engañosas, sus timos
... ¿Cómo responder, pues, al prisionero, sino diciéndole
que tiene razón ?
Hablad ahora a aquel otro, que
está preso por haber robado en grande. Os
dirá: No fui bastante
diestro; he ahí mi delito. ¿Y qué habíais de
responderle,
vosotros que sabéis cómo
se roba en las altas esferas, y cómo, después de
escándalos inenarrables,
de los que tanto se habló en estos últimos tiempos,
veis otorgar un privilegio de
inculpabilidad a los grandes ladrones? ¡Cuántas
veces no hemos oído decir
en la cárcel: ¡Los grandes ladrones no somos
nosotros; son los que aquí
nos tienen! ¿Y quién se atreverá a decir lo
contrario?
Cuando se conocen las estafas
increíbles que se cometen en el mundo de los
grandes negocios financieros;
cuando se sabe de qué modo íntimo el engaño
va unido a todo ese gran mundo
de la industria; cuando uno ve que ni aun los
medicamentos escapan de las
falsificaciones más innobles; cuando se sabe
que la sed de riquezas, por
todos los medios posibles, forma la esencia misma
de la sociedad burguesa actual,
y cuando se ha sondeado toda esa inmensa
cantidad de transacciones dudosas,
que se colocan entre las transacciones
burguesamente honradas y las
que son acreedoras de la Correcional; cuando
se ha sondeado todo eso, llega
uno a decirse, como decía cierto recluso, que
las prisiones fueron hechas
para los torpes, no para los criminales.
En tal caso, ¿por qué
tratáis de moralizar a los que llenan cárceles y presidios?
Este es el ejemplo exterior.
En cuanto al ejemplo dado en la prisión, inútil sería
que hablásemos de el
extensamente; sábese ya lo que es. Hable de él en otra
parte y mi articulo fue reproducido
por toda la prensa. La filosofía de todas las
prisiones, de San Francisco
de Kamtchatka, es siempre ésta: Los grandes
ladrones no somos nosotros;
son los que aquí nos tienen. Un solo hecho, por
otra parte, bastará como
cuadro de costumbres; hablaremos del trafico del
tabaco. Sabido es que esta prohibido
fumar en toda prisión francesa. Y, sin
embargo, fuma aquel que quiere
y puede; sólo que esta mercancía preciosa,
que mastica primero, que en
seguida se fuma y que se absorbe como rapé en
forma de ceniza, se vende al
precio de cuatro sueldos pitillo, a cinco francos el
paquete de diez sueldos. ¿Y
quién vende este tabaco a los detenidos? ¡Unas
veces los carceleros, otras
los contratistas de trabajos! Sólo que la tasa es
exorbitante. He aquí,
por otra parte, cómo se practica la operación. El detenido
se hace enviar cincuenta francos
a nombre del carcelero. Este se queda con la
mitad de dicha suma y da el
resto al interesado, pero en tabaco, y a precios por
el estilo del citado. El contratista,
por su parte, muchas veces paga el trabajo en
pitillos.
Y nótese bien que no
sólo en Francia ocurre esto. La tarifa de la cárcel de
Milbank, en Inglaterra, es absolutamente
igual: se paga más a veces. Trátase
de un acuerdo internacional.
Advierto que, por mi parte,
no doy a estos hechos gran importancia.
Supongamos que se permite a
los detenidos asociarse para comprar alimentos,
cual se hace en Rusia, y que
la administración no puede robarles nada.
Supongamos que el tráfico
del tabaco desaparece y que éste es vendido a todo
el mundo en el comedor. La prisión
no dejará por eso de ser prisión, y no
cesará de ejercer su
influencia deletérea.
Las causas de esta influencia
son mucho más profundas.
Todo el mundo conoce la influencia
deletérea de la ociosidad. El trabajo eleva
al hombre. Pero hay trabajo
y trabajo. Hay el del ser libre, que permite a éste
sentirse una parte del todo
inmenso del universo. Y hay el trabajo obligatorio
del esclavo, que degrada al
ser humano; trabajo hecho con disgusto y sólo por
temor a un aumento de pena.
Y tal es el trabajo de la prisión. No hablo del
molino disciplinario inglés,
en el que el hombre ha de andar como una ardilla
sobre una rueda ni de otros
trabajos (tormentos) por el estilo. Eso no es otra
cosa que una baja venganza de
la sociedad. Mientras que toda la humanidad
trabaja para vivir, el hombre
que se ve obligado a hacer un trabajo que no le
sirve para nada, se siente fuera
de la ley. Y si más adelante trata a la sociedad
como desde fuera de la ley,
no acusemos a nadie sino a nosotros mismos.
Las cosas no son más
bellas cuando se toma en consideración el trabajo útil de
las prisiones. Ya dije por qué
salario irrisorio trabaja allí el obrero. En estas
condiciones, el trabajo, que
ya en sí no tiene ningún atractivo, porque no hace
funcionar las facultades mentales
del trabajador, es tan mal retribuido, que
llega a considerarse como castigo.
Cuando mis amigos anarquistas de
Clairvaux hacían corsés
o botones de nácar, y ganaban 60 céntimos en diez
horas de trabajo (60 céntimos
que se convertían en 30 después de que el
Estado se apropiase su parte),
comprendían muy bien el disgusto que tal
trabajo había de inspirar
a un hombre condenado a hacerlo. ¿Qué placer puede
encontrarse en semejante labor?
¿Qué efecto moralizador puede ejercer ese
trabajo, cuando el preso se
repite continuamente que no trabaja sino para
enriquecer a un amo? Cuando,
al acabar la semana, recibe una peseta y 60
céntimos exclama, y con
raz6n:
- Decididamente, los verdaderos
ladrones no somos nosotros; son los que aquí
nos tienen.
Más aún. Nuestros
compañeros no estaban obligados a trabajar; y, en
ocasiones, por un trabajo asiduo
recibían una peseta. Y obraban de tal modo
porque la necesidad les impulsaba
a hacerlo. Los que estaban casados, con el
dinero aquel mantenían
correspondencia con sus esposas. La cadena que unía
la casa con la cárcel
no estaba rota, y los que no estaban casados ni tenían
una madre a quien sostener,
sentían una pasión: la del estudio; y trabajaban
con la esperanza de poder comprar,
llegado el fin del mes, el libro deseado.
Porque ¿dónde,
sino en la cárcel puede estudiar el trabajador?
Tenían una pasión.
Pero ¿qué pasión puede experimentar un prisionero
de
derecho común, privado
de todo lazo que pudiera aficionarle a la vida exterior?
Por un refinamiento de crueldad,
los que imaginaron nuestras prisiones hicieron
cuanto pudieron para interrumpir
toda relación entre el prisionero y la ciudad.
En Inglaterra, la mujer y los
hijos no pueden verle más que una vez cada tres
meses, y las cartas que han
de escribir inspiran risa. Los filántropos han
llevado el desprecio a la naturaleza
hasta no permitir al detenido que firme si no
es al pie de una circular impresa.
En las prisiones francesas,
las visitas de los parientes no son tan severamente
limitadas, y en las prisiones
centrales el director hasta se halla autorizado para
permitir, en casos excepcionales,
la visita con sólo una verja por medio. Pero,
las cárceles centrales
están lejos de las grandes poblaciones, y son las
grandes ciudades las que procuran
mayor número de detenidos. Pocas
mujeres disponen de medios para
hacer un viaje a Clairvaux, a fin de tener
algunas cortas entrevistas con
sus esposos.
Así es que la mejor influencia
a que el preso podía ser sometido, la única que
podría traerle de fuera
un rayo de luz, un elemento más dulce de vida, las
relaciones con sus parientes,
le es sistemáticamente arrebatada. Las prisiones
antiguas eran menos limpias,
menos ordenadas que las de hoy; pero eran más
humanas.
En la vida de un prisionero,
vida gris que transcurre sin pasiones y sin emoción,
los mejores elementos se atrofian
rápidamente. Los artesanos que amaban su
oficio, pierden la afición
al trabajo. La energía física es rápidamente muerta
en
la prisión. La energía
corporal desaparece poco a poco, y no puedo encontrar
mejor comparación para
el estado del prisionero, que la de la invernada en las
regiones polares. Léanse
los relatos de las expediciones árticas, las antiguas,
las del buen viejo Pawy o las
de Ross. Hojeándolas, sentiréis una nota de
depresión física
y mental, cerniéndose sobre todo aquel relato, haciéndose
más
lúgubre cada vez, hasta
que el sol reaparece en el horizonte. Ese es el estado
del prisionero. Su cerebro no
tiene ya energía para una atención sostenida, el
pensamiento es menos rápido;
en todo caso, menos persistente; pierde su
profundidad. Un informe americano
hacía constar, no hace mucho, que
mientras que el estudio de las
lenguas prospera en las prisiones, los detenidos
son incapaces de aprender matemáticas.
Y es la pura verdad; eso es lo que
ocurre.
A mi entender, puede atribuirse
esta disminución de energía nerviosa a la
carencia de impresiones. En
la vida ordinaria, mil sonidos y colores hieren
diariamente nuestros sentidos;
mil menudencias llegan a nuestro conocimiento
y estimulan la actividad de
nuestro cerebro.
Nada de esto existe para el
prisionero; sus impresiones son poco numerosas y
siempre iguales. De ahí
la curiosidad del recluso. No puedo olvidar el interés
con que observaba, paseándome
por el patio de la prisión, las variaciones de
colores en la veleta dorada
de la fortaleza; sus tintes rosados, al ponerse el sol,
sus colores azulados de por
la mañana, su aspecto indiferente en los días
nublados y claros, por la mañana
y por la tarde, en verano y en invierno. Era
aquélla una impresión
completamente nueva. La razón es probablemente quien
hace que a los presos les gusten
tanto las ilustraciones. Todas las impresiones
referidas por el recluso, provengan
de sus lecturas o de sus pensamientos,
pasan a través de su
imaginación. Y el cerebro, insuficientemente alimentado
por un corazón menos
activo y una sangre empobrecida, se fatiga, se
descompone, pierde su energía.
Hay otra causa importante de
desmoralización en las prisiones, sobre la cual
no se habrá nunca insistido
lo suficiente, porque es común a todas las prisiones
e inherente al sistema de la
privación de la libertad.
Todas las transgresiones a los
principios admitidos de la moral, pueden ser
imputadas a la carencia de una
firme voluntad. La mayoría de los habitantes de
las prisiones son personas que
no tuvieron la firmeza suficiente para resistir a
las tentaciones que les rodeaban,
o para dominar una pasión que llegó a
dominarles. Pues bien, en la
cárcel, como en el convento, todo es apropiado
para matar la voluntad del ser
humano. El hombre no puede elegir entre dos
acciones; las escasísimas
ocasiones que se ofrecen de ejercer su voluntad,
son excesivamente cortas; toda
su vida fue regulada y ordenada de antemano;
no tiene que hacer sino seguir
la corriente, obedecer, so pena de duros
castigos. En tales condiciones,
toda la voluntad que pudiera tener antes de
entrar en la cárcel,
desaparece. ¿Y dónde encontrará fuerza para resistir
a las
tentaciones que ante él
surgirán, como por encanto, cuando franquee aquellas
paredes? ¿Dónde
encontrará fuerza para resistir al primer impulso de un
carácter apasionado,
si durante muchos años hizo todo lo necesario para matar
en él la fuerza interior,
para volverle una herramienta dócil en manos de los que
le gobiernan?
Este hecho es, a mi entender,
la más fuerte condena de todo sistema basado
en la privación de la
libertad del individuo. El origen de la supresión de toda
libertad individual se halla
fácilmente: proviene del deseo de guardar el mayor
número de presos con
el más reducido número de guardianes. El ideal de
nuestras prisiones fuera un
millar de autómatas levantándose y trabajando,
comiendo y acostándose
por medio de corrientes eléctricas producidas por un
solo guardián.
De este modo se puede economizar;
pero no admite luego que hombres,
reducidos al estado de máquinas,
no sean, una vez libres, los hombres que
reclama la vida en sociedad.
El preso, una vez libre, obra
como aprendió a obrar en la cárcel. Las
sociedades de socorro nada pueden
contra esto. Lo único que le es posible
hacer es combatir la mala influencia
de las prisiones, matar sus malos efectos
en algunos de los libertados.
¡Y qué contraste
entre la recepción de los antiguos compañeros y la de todo
aquel que en el mundo, se ocupa
de la filantropía! Para los jesuitas, cristianos y
filántropos, los prisioneros,
cuando libres, son como la peste. ¿Cuál de ellos le
invitará a su casa y
le dirá sencillamente: He ahí un aposento, ahí tiene
usted
trabajo, siéntese usted
a esa mesa y forme parte de nuestra familia? Le hace
falta sostén, fraternidad,
no busca sino una mano amiga que estrechar. Pero,
después de haber hecho
cuanto estaba en su poder para convertirle en
enemigo de la sociedad, después
de haberle inoculado los vicios que
caracterizan las prisiones,
se le vuelve a echar al arroyo, se le condena a
tornarse reincidente.
Todos conocemos la influencia
de un traje decente. Hasta un animal se
avergonzaría de presentarse
entre sus semejantes si su exterior le hiciera
verse ridículo. Y los
hombres comienzan por dar un exterior de loco al que
pretenden moralizar. Recuerdo
haber visto en Lyon el efecto producido en los
presos por los trajes que se
les imponen. Los recién llegados, atravesaban el
patio en que me paseaba para
entrar en el aposento en que se cambia de ropa.
Casi todos ellos eran obreros
e iban vestidos pobremente; pero sus trajes
estaban limpios. Y cuando salieron
con el innoble uniforme de la prisión,
remendado con trapos multicolores,
un pantalón diez pulgadas más corto de lo
debido, y con un mal gorro,
se les veía avergonzados de presentarse ante los
demás, vestidos de aquella
suerte.
Tal es la primera impresión
del prisionero, que, mientras viva, se verá sometido
a un tratamiento que probará
el mayor desprecio de los sentimientos humanos.
En Dartmoose, por ejemplo, los
detenidos son considerados faltos del menor
sentimiento de pudor. Se les
obliga a formar en fila, completamente desnudos,
ante las autoridades de la prisión,
y a ejecutar en aquella forma una serie de
movimientos gimnásticos.
¡Volveos! ¡Alzad los dos brazos! ¡La pierna derecha !
Y así sucesivamente.
Un detenido no es un hombre
capaz de tener un sentimiento de respeto
humano. Es una cosa, un simple
número; se le considerará un objeto
numerado.
Si cede al más humano
de todos los deseos, el de comunicar una impresión o
un pensamiento a un compañero,
cometerá una infracción de la disciplina. Y,
por dócil que sea, concluirá
por cometer esta infracción. Antes de entrar en la
cárcel, habrá
podido causarle repugnancia la mentira, engañar a uno; mas en
la cárcel aprenderá
a mentir y a engañar; hasta llegará el día en que
la mentira
y el engaño sean para
él una segunda naturaleza.
Y desgraciado del que no se
somete si la operación del registro le humilla, si la
misma le repugna, si deja ver
el desprecio que le inspira el guardián que trafica
con tabaco, si parte su pan
con el vecino, si tiene aún la suficiente dignidad
para irritarse al recibir un
insulto, si es lo suficientemente honrado para
rebelarse contra las pequeñas
intrigas; la prisión será un infierno para él. Será
sobrecargado de trabajo, si
es que no se le envía a que se pudra en una celda.
La más pequeña
infracción en la disciplina, tolerada en el hipócrita, le
hará
objeto de los más duros
castigos; será insubordinado. Y un castigo traerá otro.
Se le conducirá a la
locura por medio de la persecución, y por feliz puede
tenerse si sale de la prisión
de otro modo que en el ataúd. Vimos en Clairvaux
cuál es la suerte del
insumiso. Un aldeano, reputado como tal, se pudría en el
calabozo de castigo. Cansado
de tal vida pegó a un vigilante. Se le recomendó
permaneciera en Clairvaux. Entonces
se suicidó. Y careciendo de un arma para
hacerlo, se mató comiéndose
sus propios excrementos.
Fácil es escribir en
los periódicos que los vigilantes debieran ser severamente
vigilados, que los directores
debieran elegirse entre las personas más dignas
de aprecio. Nada tan fácil
como hacer utopías administrativas. Pero el hombre
seguirá siendo hombre,
lo mismo el guardián que el detenido. Y cuando los
hombres están sentenciados
a pasar toda la vida en situaciones falsas, sufrirán
sus consecuencias. El guardián
se torna meticuloso. En ninguna parte, salvo
en los monasterios rusos, reina
un espíritu de tan baja intriga y de farsa, tan
desarrollado como entre los
guardianes de las prisiones. Obligados a moverse
en un medio vulgar, los funcionarios
sufren su influencia. Pequeñas intrigas,
una palabra pronunciada por
fulano, forman el fondo de sus conversaciones.
Los hombres son hombres, y no
es posible dar a un individuo una partícula de
autoridad sin corresponderle.
Abusará de ella, y le concederá tanto menos
escrúpulo, y hará
sentir tanto más su autoridad, cuanto más limitada sea su
esfera de acción. Obligados
a vivir en mitad de un campamento enemigo, los
guardianes no pueden ser modelos
de atención y de humanidad. A la liga de
los detenidos, oponen la liga
de los carceleros. La institución les hace ser lo
que son: perseguidores ruines
y mezquinos. Poned a un Pestalozzi en su lugar
(si es que un Pestalozzi es
capaz de aceptar cargo tal), y no tardará mucho en
ser uno de tantos guardianes.
Rápidamente, el odio
a la sociedad invade el corazón del detenido, quien se
acostumbra a aborrecer cordialmente
a los que le oprimen. Divide el mundo en
dos partes: aquella a que pertenecen
él y sus compañeros, y la en que figura el
mundo exterior, representado
por el director, los guardianes y demás
empleados. Entre los detenidos
fórmase una liga contra los que no visten el
traje de prisionero. Aquellos
son sus enemigos, y bien hecho está cuánto se
puede hacer y se hace para engañarles.
Una vez libre, el detenido pone en
práctica su moral. Antes
de estar preso hubiera podido cometer malas acciones
sin reflexionar; entonces tiene
ya una filosofía propia, la cual puede resumirse
en estas palabras de Zola:
¡Qué pícaros
son los hombres honrados!
Sábese en qué
horribles proporciones crecen los atentados al pudor en todo el
mundo civilizado. Muchas son
las causas que contribuyen a este crecimiento,
pero la influencia pestilente
de las prisiones ocupa el primer lugar. La
perturbación provocada
en la sociedad por el régimen de la detención, es en
este sentido más profunda
que en ningún otro.
Inútil resulta extenderse
en el asunto. En lo que a prisiones de niños respecta
(la de Lyon, por ejemplo), puede
decirse que día y noche la vida de aquellos
desgraciados está impregnada
de una atmósfera de depravación. Lo propio
ocurre con las prisiones de
adultos. Los hechos que observamos durante
nuestro cautiverio, exceden
a cuanto pudiera idear la imaginación más
depravada. Es necesario haber
estado mucho tiempo preso y haber escuchado
las confidencias de los otros
reclusos para saber a qué estado de espíritu
puede llegar un detenido. Todos
los directores de prisión saben que las
cárceles centrales son
las cunas de las más sorprendentes infracciones de las
leyes de la naturaleza. Y se
incurre en un grave error al creer que una reclusión
completa del individuo en el
régimen celular, puede mejorar tal situación. Es
una perversión del espíritu
la causa de estos hechos; y la celda es el medio
mejor para dar aquella tendencia
a la imaginación.
III
Si tomamos en consideración
las varias influencias de la prisión sobre el
prisionero, debemos convenir
en que, una a una, y todas juntas lo mismo,
obran de manera que cada vez
tornan menos propio para la vida en sociedad
al hombre que ha estado algún
tiempo detenido. Por otra parte, ninguna de
estas influencias obra en el
sentido de educar las facultades intelectuales y
morales del hombre, de conducirlo
a una concepción superior de la vida, de
hacerle mejor que era al ser
detenido.
La prisión no mejora
a los presos; en cambio, según hemos visto, no impide
que, los denominados crímenes,
se cometan; testigos, los reincidentes. No
responde, pues, a ninguno de
los fines que se propone.
He aquí el por qué
de la pregunta: ¿Qué hacer con los que desconocen la ley,
no la ley escrita, que no es
otra cosa que una triste herencia de un pasado
triste, sino la que trata de
los principios de moralidad grabados en el corazón
de todos?
Y esa es la pregunta a que nuestro
siglo ha de contestar.
Hubo un tiempo en que la medicina
era el arte de administrar algunas drogas a
tientas, descubiertas por algunos
experimentos. Los enfermos que caían en
manos de los médicos
que administraban aquellas drogas, podían morir o
sanar a pesar de ellos; pero
el médico tenía entonces una excusa: hacía lo que
todos. No se podía exigir
de él que superase a sus contemporáneos.
Pero nuestro siglo, apoderándose
de cuestiones apenas entrevistas en otro
tiempo, ha tomado la medicina
en otro sentido. En lugar de curar las
enfermedades, la medicina actual
trata de evitarlas. Y todos nosotros
conocemos los inmensos resultados
obtenidos de este modo. La higiene es el
mejor de los médicos.
Pues bien, lo propio hemos de
hacer en lo que atañe a ese fenómeno social
que aun se llama crimen, pero
que nuestros hijos llamarán enfermedad social.
Evitar esta enfermedad será
la mejor de las curaciones. Y la conclusión esta,
se ha hecho ya el ideal de una
escuela que se ocupa en cuestiones de ese
género.
Esta escuela, moderna, tiene
ya toda una literatura. En sus filas militan los
jóvenes criminalistas
italianos Poletti, Ferri, Colajanni y, hasta cierto punto,
Lombroso; tenemos por otra parte,
esa gran escuela de psicólogos, en la que
figuran Griesinger y Kraft-Ebbing
en Alemania, Despine en Francia y Mandsley
en Inglaterra; contamos con
sociólogos como Quetelet y sus discípulos,
desgraciadamente poco numerosos,
y finalmente, hay, por una parte, las
modernas escuelas de psicología
relativa al individuo, y por otra las escuelas
socialistas relativas a la sociedad.
En los trabajos publicados por
esos innovadores, tenemos ya todos los
elementos necesarios para tomar
una posición nueva respecto a aquellos a
quienes la sociedad vilmente
decapitara, ahorcara o apresara hasta la fecha.
Tres grandes series de causas
trabajan constantemente para traducir los actos
antisociales llamados crímenes:
las causas sociales, las causas antropológicas,
las causas físicas.
Comienzo por estas últimas,
que son las menos comunes, y cuya influencia es
incontestable.
Cuando se ve cómo un
amigo lleva al correo una carta en cuyo sobre no ha
puesto la dirección,
dícese uno que aquello es un olvido, un hecho imprevisto.
Pues bien, ciudadanas y ciudadanos;
esos olvidos, ese hecho imprevisto, se
repiten en las humanas sociedades
con la misma regularidad que los actos
fáciles de prever. El
número de cartas expedidas sin señas se reproduce de
año en año con
una regularidad sorprendente. Podrá ese número variar de
un
año a otro. Pero, si
es, supongamos, de mil en una población de muchos
millones de habitantes, no será
de dos mil, ni de ochocientos, el año próximo.
Continuará siendo siempre
de cerca de mil, con variación de algunas decenas.
Los informes anuales de la oficina
de correos de Londres son sorprendentes
bajo este aspecto. Allí
se repite todo, hasta el número de billetes de Banco
arrojados por los buzones en
vez de cartas. ¡Ved qué caprichoso elemento es
el olvido! Y, sin embargo, este
elemento está sometido a leyes tan rigurosas
como las que descubrimos en
los movimientos de los planetas.
Lo propio ocurre con los asesinatos
que se cometen de un año a otro. Con las
estadísticas de los años
anteriores a la vista, de antemano puede predecirse el
número de asesinatos
que se registrarán en el transcurso del año siguiente, en
cualquier país europeo,
con una sorprendente exactitud. Y, si se toman en
consideración las causas
perturbadoras, unas de las cuales aumentan,
mientras las otras disminuyen
las cifras, puede predecirse el número de
asesinatos que han de cometerse,
unidades más o menos.
Hace algunos años, en
1884, La Naturaleza, de Londres, publicó un trabajo de
S. A. Hill, acerca del número
de actos de violencia y de suicidios en las Indias
inglesas. Todo el mundo sabe
que cuando hace mucho calor, y a la vez es
húmedo el aire, el ser
humano se halla más nervioso que en cualquier otra
ocasión. Pues bien; en
la India, donde la temperatura es excesivamente
calurosa en verano, y donde
el calor va ordinariamente acompañado de gran
humedad, la influencia enervante
de la atmósfera se hace sentir mucho más
que en nuestras latitudes. Mr.
Hill tomó las cifras de actos de violencia
cometidos, mes por mes, en una
larga serie de años, y examinó la influencia de
la temperatura y de la humedad
valiéndose de estas cifras. Por un
procedimiento matemático
muy sencillo, hasta pudo calcular una fórmula que a
cualquiera permite predecir
el número de crímenes, con sólo consultar el
termómetro y el higrómetro,
el instrumento que mide la humedad. Tómese la
temperatura del mes y multiplíquese
por 7, agrégase al producto la humedad
media, y multiplíquese
la suma por 2; el resultado será el número de asesinatos
cometidos en el mes.
Puede hacerse lo propio para
saber los suicidios.
Semejantes cálculos deben
parecer muy extraños a los que todavía están de
parte de los prejuicios legados
por las religiones. Mas para la ciencia moderna,
que sabe que los actos psicológicos
dependen absolutamente de las causas
físicas, tales cálculos
nada tienen de sorprendentes ni de dudosos. Por otra
parte, los que por experiencia
conozcan la influencia enervante del calor,
comprenderán perfectamente
por qué el indio, en un calor tropical y húmedo,
saca pronto el cuchillo para
acabar una disputa, y por qué, cuando se halla
disgustado de la vida, se apresura
a suicidarse.
La influencia de las causas
físicas en nuestros actos, hállase muy lejos de
haber sido completamente analizada.
Y, sin embargo, es cosa muy conocida,
que los actos de violencia contra
personas predominan en verano, mientras
que en invierno son más
los actos violentos contra la propiedad.
Cuando se examinan las curvas
trazadas por el doctor E. Ferri, y se ve la de
los actos de violencia, subiendo
y bajando con la curva de la temperatura,
siguiéndola en todas
sus vueltas, siéntese uno vivamente impresionado por la
similitud de las dos curvas,
y se comprende hasta qué punto es el hombre una
máquina. El ser humano,
que hace alarde de su libre arbitrio, depende de la
temperatura, del viento y de
la lluvia, como todo ser orgánico.
Evidente es que tales investigaciones
hállanse erizadas de dificultades. Los
efectos de las causas físicas
son siempre muy complicados. Así, cuando el
número de delitos sube
y baja con la cosecha de trigo o de vino, las influencias
físicas no obran sino
indirectamente, por medio de las causas sociales ¿Quién
sospechará, pues, de
tales influencias? Cuando es el tiempo bueno y
abundante la cosecha, cuando
los lugareños están contentos, indudable es que
se sentirán menos impulsados
a ventilar sus rencillas a puñaladas; mientras
que si es el tiempo pesado y
la cosecha mala, lo cual torna al lugareño menos
tratable, las disputas tomarán,
indudablemente, un carácter más violento. Me
parece, por otra parte, que
las mujeres, que constantemente tienen ocasión de
observar el bueno y el mal humor
de sus maridos, podrían decirnos algo acerca
de las relaciones entre el bueno
y el mal humor y el buen o mal tiempo.
Las causas fisiológicas,
las que dependen de la estructura del cerebro y de los
órganos digestivos, así
como del estado del sistema nervioso del hombre, son
ciertamente más importantes
que las causas físicas. Y mucho se ha hablado de
ellas en estos últimos
tiempos.
La influencia de las capacidades
heredadas por el hombre de sus padres y la
de su organización física
sobre sus actos, fueron, no ha mucho, objeto de
investigaciones tan profundas,
que hoy podemos formarnos una idea bastante
justa de este conjunto de causas.
Cierto que no podemos aceptar las
conclusiones de la escuela criminalista
italiana, que de estas cuestiones se ha
ocupado; que no podemos admitir
las conclusiones del doctor Lombroso, uno
de los más conocidos
representantes de la escuela, especialmente aquellas a
que llegara en su obra sobre
el aumento de la criminalidad, publicada en 1879.
Pero podemos tomar de ellas
los hechos, reservándonos el derecho de
interpretarlos a nuestro modo.
Cuando Lombroso nos demuestra
que la mayoría de los habitantes de nuestras
prisiones tienen algún
defecto en la organización del cerebro, nosotros no
podemos hacer otra cosa que
inclinarnos ante tal afirmación. Trátase de un
hecho; nada más que de
un hecho. Hasta nos hallamos dispuestos a creer
cuando afirma que la mayoría
de los habitantes de las prisiones tienen los
brazos algo más largos
que el resto de los hombres. Y aun cuando demuestra
que los asesinatos más
brutales fueron cometidos por individuos que tenían
algún vicio serio en
la estructura de su cerebro, es esta una afirmación que la
observación confirma.
Mas, cuando Lombroso quiere
deducir de estos hechos conclusiones a las que
no puede prestar autoridad;
cuando, por ejemplo, afirma que la sociedad tiene
el derecho de tomar medidas
contra los que encierran tales defectos de
organización, negámonos
a imitarle. La sociedad no tiene ningún derecho que
le permita exterminar a los
que cuentan con un cerebro enfermo, ni reducir a
prisión a los que tengan
los brazos algo más largos de lo ordinario.
De buen grado admitimos que
los que han cometido actos atroces, actos de
aquellos que por instantes perturban
la conciencia de toda la humanidad,
fueran casi idiotas. La cabeza
de Frey, por ejemplo, que dio hace algún tiempo,
la vuelta a toda la prensa,
es una prueba sorprendente de lo dicho. Pero todos
los idiotas no son asesinos.
Y pienso que el más rabioso de los criminales de la
escuela de Lombroso retrocedería
ante la ejecución en conjunto de todos los
idiotas que hay en el mundo.
¡Cuántos de ellos están libres, unos vigilados y
otros vigilando! ¡En cuántas
familias, en cuántos palacios, sin hablar de las
casas de curación, nos
encontramos idiotas que ofrecen los mismos rasgos de
organización que Lombroso
considera característicos de la locura criminal!
Toda la diferencia entre éstos
y los que fueran entregados al verdugo, no es
sino la diferencia de las condiciones
en que vivieran. Las enfermedades del
cerebro pueden ciertamente favorecer
el desarrollo de una inclinación al
asesinato. Pero éste
no es obligado. Todo dependerá de las circunstancias en
que sea colocado el individuo
que sufre una enfermedad cerebral. Frey murió
guillotinado, porque toda una
serie de circunstancias le impulsaron hacia el
crimen. Cualquier otro idiota
morirá rodeado de su familia, porque en su vida no
se le empujó nunca hacia
el asesinato.
Nos negamos, pues, a aceptar
las conclusiones de Lombroso y de sus
discípulos. Pero reconocemos
que, popularizando este género de
investigaciones, prestó
un inmenso servicio. Porque para todo hombre
inteligente, resulta, de hechos
que acumulará, que la mayoría de los que fueron
tratados como criminales, no
son sino seres a quienes aqueja una enfermedad,
y a los que, por lo tanto, es
necesario intentar curar prodigándoles los mejores
cuidados, en lugar de llevarlos
a la prisión, donde su enfermedad no hará otra
cosa que aumentar en gravedad.
Mencionaré aún
las investigaciones de Mansdley sobre la responsabilidad en la
locura. También caben
aquí muchas observaciones que hacer en cuanto a las
conclusiones del autor; conclusiones
que no valen lo que los hechos. Mas no
puede leerse la citada obra
sin deducir que la mayoría de los hasta hoy
condenados por actos de violencia,
fueron sencillamente hombres a quienes
aquejaba una enfermedad cerebral
más o menos grave; casi todos de anemia
del cerebro; no de plétora,
como me decía Elíseo Reclus no hace mucho, en el
momento de separarme de él
para venir a esta conferencia. Sí, de anemia,
resultante de la carencia de
alimentación. El loco ideal creado por la ley, dice
Mansdley, el único que
la ley reconoce irresponsable, no existe, como no existe
el criminal ideal que la ley
castiga. Entre uno y otro hay una inmensa serie de
gradaciones insensibles, que
hacen que unos se toquen, se confundan. ¡Y
esos seres son conducidos a
la prisión, donde se agrava su enfermedad!
Hasta la fecha, las instituciones
penales, tan queridas de los legistas y de los
jacobinos, no fueron más
que un compromiso entre la antigua idea bíblica de
venganza, la idea de la Edad
Media, que atribuía todas las malas acciones a
una mala voluntad, a un diablo,
que impulsaba al crimen, y la idea de los
modernos legistas, la idea de
anular y de evitar lo que llaman crimen por medio
del castigo.
Pero seguro estoy de que no
se halla lejos el tiempo en que las ideas que
inspiraron Griesinger, Kraft-Ebbing
y Despine se hagan del dominio público; y
entonces nos avergonzaremos
de haber permitido por espacio de tanto tiempo
que los condenados fueran puestos
en manos del verdugo y en las del
carcelero. Si los concienzudos
trabajos de aquellos escritores fueran más
conocidos, todos comprenderíamos
muy pronto que los seres a quienes se
envía a la prisión,
a quienes se condena a muerte, son seres humanos que
necesitan un tratamiento fraternal.
Cierto que no proponemos construir
casas de curación en vez de cárceles y
presidios. ¡Lejos de mí
tal idea! La casa de curación es una nueva prisión.
Lejos de mí la idea lanzada
de cuando en cuando por los señores filántropos
que proponen conservar la prisión,
pero confiándosela a médicos y pedagogos.
Los prisioneros serían
todavía más desgraciados; saldrían de aquellas casas
más quebrantados que
de las prisiones que hoy conocemos.
Lo que los presos de hoy no
han encontrado en la sociedad actual es
sencillamente una mano fraternal
que les ayudara desde la infancia a
desarrollar las facultades superiores
del corazón y de la inteligencia, facultades
cuyo desarrollo natural fuera
estorbado en ellos bien por un defecto de
organización, anemia
del cerebro o enfermedad del corazón; del hígado o del
estómago, bien por las
execrables condiciones sociales que actualmente se
imponen a millones de seres
humanos. Pero estas facultades superiores del
corazón y de la inteligencia
no pueden ser ejercitadas si el hombre se halla
privado de libertad, si no puede
obrar como guste, si no sufre las múltiples
influencias de la sociedad humana.
La prisión pedagógica,
la casa de salud, serían infinitamente peores que las
cárceles y presidios
de hoy.
La fraternidad humana y la libertad
son los únicos correctivos que hay que
oponer a las enfermedades del
organismo humano que conducen a lo que se
llama crimen.
Tomad aparte a ese hombre, el
cual ha cometido un acto de violencia contra
uno de sus semejantes. El juez,
ese maniático, pervertido por el estudio del
Derecho romano, se apodera de
él y se apresura a condenarle, y le envía a la
prisión. Sin embargo,
si analizáis las causas que impulsaron al condenado a
cometer aquel acto de violencia,
veréis (como lo notó Griesinger) que el acto de
violencia tuvo sus causas, y
que estas causas trabajaban hacía mucho tiempo,
bastante antes de que aquel
hombre cometiera el acto en cuestión. Ya en su
vida anterior se traslucía
cierta anomalía nerviosa, un exceso de irritabilidad:
tan pronto, por una bagatela,
expresaba con calor sus sentimientos, como se
desesperaba a causa de una pena
mínima, como se enfurecía a la menor
contrariedad. Pero esta irritabilidad
era a su vez causada por una enfermedad
cualquiera: una enfermedad del
cerebro, del corazón o del hígado, con
frecuencia heredada de sus padres.
Y, desgraciadamente, nunca hubo nadie
que diera mejor dirección
a la impresionabilidad de aquel hombre. En mejores
condiciones, hubiera podido
ser un artista, un poeta o un propagandista celoso.
Pero, falto de aquellas influencias,
en un medio desfavorable, se hizo lo que se
llama un criminal.
Más aun. Si cada uno
de nosotros se sometiera a sí mismo a un severo
análisis, vería
que en ocasiones pasaron por su cerebro, rápidos como el
relámpago, gérmenes
de ideas, que constituían, no obstante, aquellas mismas
ideas que impulsan al hombre
a cometer actos que en su interior reconoce
malos.
Muchos de nosotros habremos
repudiado esas ideas en cuanto nacieron. Pero,
si hubiesen hallado un medio
propicio en las circunstancias exteriores; si otras
pasiones más sociables
y, sin embargo, bellas, tales como el amor, la
compasión, el espíritu
de fraternidad, no hubieran estado allí para apagar los
resplandores del pensamiento
egoísta y brutal, esos relámpagos, a fuerza de
repetirse, hubieran acabado
por conducir al hombre a un acto de brutalidad.
Los criminalistas gustan mucho
de hablar hoy de criminalidad hereditaria; y los
hechos citados en prueba de
este aserto (por Thompson, en un periódico inglés
de Ciencia natural, hacia 1870),
son verdaderamente extraordinarios. Pero,
veamos. ¿Qué es
lo que puede heredarse de padres criminales?
¿Sería acaso un
chichón de criminalidad? Absurdo fuera afirmarlo. Lo que se
hereda es una carencia de voluntad,
cierta debilidad de aquella parte del
cerebro que analiza nuestras
acciones, o bien pasiones violentas, o bien cariño
a lo arriesgado, o bien una
vanidad más o menos excesiva. La vanidad, por
ejemplo, combinada con el cariño
a lo arriesgado, es un rasgo muy común en
las prisiones. Pero la vanidad
tiene campos muy variados para explayarse.
Puede producir un criminal como
Napoleón o el asesino Frey. Pero si se halla
asociada a otras pasiones de
orden más elevado, también puede producir
hombres de talento; y, lo que
es aun más importante, la vanidad desaparece
bajo el examen de una inteligencia
bien desarrollada. Los necios son los únicos
vanidosos.
En cuanto al cariño a
lo arriesgado que es uno de los rasgos distintivos de los
que son juzgados por malas acciones
de gran importancia, tal cariño, bien
encaminado por las influencias
exteriores, tórnase una fuente benéfica para la
sociedad. El impulsa a los hombres
a los viajes lejanos, a las empresas
peligrosas. ¡Cuántos
de los que hoy pueblan nuestras prisiones hubieran hecho
grandes descubrimientos o exploraciones
peligrosas, si su cerebro, armado de
conocimientos científicos,
les hubiera podido abrir más vastos horizontes que
los que se abren ante el niño
cuando habita uno de nuestros estrechos
callejones y recibe por toda
instrucción el inútil bagaje de nuestras escuelas!
El cristianismo trata de ahogar
las malas pasiones. La sociedad futura, Fourier
lo había previsto, les
utilizará dándoles un vasto campo de actividad.
¡Cuántas buenas
pasiones no se encontrarían en la población actual de las
cárceles y presidios,
si fraternales relaciones, sólo fraternales relaciones, las
despertasen! El doctor Campbell,
que durante treinta años fue médico en varias
prisiones inglesas, nos dice:
Tratando a los prisioneros con dulzura y con tanta
consideración como si
fuesen delicadas señoras, siempre reinará el orden más
completo en el hospital. Hasta
los prisioneros más groseros me sorprendían
por los cuidados que a los enfermos
prodigaban. Se podría creer que sus
costumbres desordenadas y su
vida accidentada les han vuelto duros e
indiferentes. Mas, a pesar de
eso, han conservado un vivo sentimiento del bien
y del mal y otras personas honradas
confirman lo que dice el doctor Campbell.
Pero el secreto de ello es sencillísimo.
El enfermero del hospital - me refiero al
enfermero ocasional que aun
no se ha hecho funcionario - tiene ocasión de
ejercitar sus buenos sentimientos,
tiene ocasión de compadecerse, y en el
hospital goza de una libertad
que desconocen los otros presos. Además,
aquellos de que habla Campbell
se hallaban bajo la influencia de aquel hombre
excelente, y no bajo la de policias
retirados.
IV
En una palabra, las causas fisiológicas,
de las que tanto hemos hablado en
estos últimos tiempos,
no son de las que menos contribuyen a hacer que el
individuo sea conducido a la
prisión. Pero estas no son causas de criminalidad
propiamente dicha, como tratan
de hacerlo creer los criminalistas de la escuela
de Lombroso.
Estas causas, mejor dicho, estas
afecciones del cerebro, del corazón, del
hígado, del sistema cerebro
espinal, etc., trabajan constantemente en todos
nosotros. La inmensa mayoría
de los seres humanos tienen alguna de las
enfermedades mencionadas, pero
estas enfermedades no llevan al hombre a
cometer un acto antisocial sino
cuando circunstancias exteriores dan ese giro
mórbido al carácter.
Las prisiones no curan las afecciones
fisiológicas; lo que hacen es agravarlas.
Y cuando uno de tales enfermos
sale de la cárcel o del presidio, es aún menos
propio para la vida en sociedad
que cuando entrara; siéntese todavía más
inclinado a cometer actos antisociales.
Para impedir tal efecto será necesario
aligerarle de todo el daño
que causara la prisión; borrar toda la masa de
cualidades antisociales que
le inculcara el presidio. Todo esto puede hacerse,
puede intentarse al menos. Mas
entonces, ¿por qué comenzar por volver al
hombre peor de lo que era, si,
andando el tiempo, ha de ser necesario destruir
la influencia de la prisión?
Pero si las causas físicas
ejercen tan poderosa influencia sobre nuestros actos,
si nuestra organización
fisiológica es con frecuencia la causa de los actos
antisociales que cometemos,
¡cuánto más poderosas no son las causas
sociales, de las que ahora voy
a hablar!
Los que los romanos de la decadencia
llamaban bárbaros, tenían una
excelente costumbre. Cada grupo,
cada comunidad, era responsable ante las
otras de los actos antisociales
cometidos por uno de sus individuos.
Y tan plausible costumbre desapareció,
como desaparecen otras tan buenas y
mejores. El individualismo ilimitado
ha substituido al comunismo de la
antigüedad franco-sajona.
Pero volveremos a él. Y otra vez los espíritus más
inteligentes de nuestro siglo
- trabajadores y pensadores - proclaman een voz
alta que la sociedad entera
es responsable de todo acto antisocial en su seno
cometido. Tenemos nuestra parte
de gloria en los actos y en las
reproducciones de nuestros héroes
y de nuestros genios. La tenemos también
en los actos de nuestros asesinos.
De año en año,
millares de niños crecen en la suciedad moral y material de
nuestras ciudades, entre una
población desmoralizada por la vida al día, frente
a podredumbre y holganza, junto
a la lujuria que inunda nuestras grandes
poblaciones.
No saben lo que es la casa paterna:
su casa es hoy una covacha, la calle
mañana. Entran en la
vida sin conocer un empleo razonable de sus jóvenes
fuerzas. El hijo del salvaje
aprende a cazar al lado de su padre; su hija aprende
a mantener en orden la mísera
cabaña. Nada de esto hay para el hijo del
proletario que vive en el arroyo.
Por la mañana, el padre y la madre salen de la
covacha en busca de trabajo.
El niño queda en la calle; no aprende ningún
oficio; y si va a la escuela,
en ella no le enseñan nada útil.
No está mal que los que
habitan en buenas casas, en palacios, griten contra la
embriaguez. Mas yo les diría:
-Si vuestros hijos, señores,
crecieran en las circunstancias que rodean al hijo
del pobre, ¡cuántos
de ellos no sabrían salir de la taberna!
Cuando vemos crecer de este
modo la población infantil de las grandes
ciudades, solamente una cosa
nos admira: que tan pocos de aquellos niños se
hagan ladrones y asesinos. Lo
que nos sorprende es la profundidad de los
sentimientos sociales de la
humanidad de nuestro siglo, la hombría de bien que
reina en el callejón
más asqueroso. Sin eso, el número de los que declaran la
guerra a las instituciones sociales
sería mucho mayor. Sin esa hombría de
bien, sin esa aversión
a la violencia, no quedaría piedra sobre piedra de los
suntuosos palacios de nuestras
ciudades. Y, del otro lado de la escala, ¿qué ve
el niño que crece en
el arroyo? Un lujo inimaginable, insensato, estúpido. Todo
- esos almacenes lujosos, esa
literatura que no cesa de hablar de riqueza y de
lujo, ese culto del dinero -,
todo tiende a desarrollar la sed de riqueza, el amor
al lujo vanidoso, la pasión
de vivir a costa de los otros, a destrozar el producto
del trabajo de los demás.
Cuando hay barrios enteros en
los que cada casa le recuerda a uno que el
hombre continúa siendo
animal, aun cuando oculte su animalidad bajo cierto
aspecto; cuando el lema es ¡Enriqueceos!
¡Aplastad cuanto encontréis a
vuestro paso, buscad dinero
por todos los medios, excepto por el que conduce
ante un tribunal! Cuando todos,
del obrero al artesano, oyen decir todos los
días, que el ideal es
hacer trabajar a los demás y pasar la vida holgando;
cuando el trabajo manual es
despreciado, hasta el punto de que nuestras
clases directoras prefieren
hacer gimnasia a tomar en la mano una sierra o una
pala; cuando la mano callosa
es considerada señal de inferioridad, y un traje de
seda significa superioridad;
cuando, por último, la literatura sólo sabe
desarrollar el culto de la riqueza
y predicar el desprecio al utopista y al soñador
que la desdeña; cuando
tantas causas trabajan para inculcarnos instintos
malsanos, ¿quién
es capaz de hablar de herencia? La sociedad misma fabrica
a diario esos seres incapaces
de llevar una vida honrada de trabajo, esos seres
imbuidos de sentimientos antisociales.
Y hasta los glorifica cuando sus
crímenes se ven coronados
por el éxito, enviándoles al cadalso o a presidio
cuando lo hicieron mal.
He aquí las verdaderas
causas de los actos antisociales en la sociedad.
Cuando la revolución
haya completamente modificado las relaciones del
Capital y del Trabajo; cuando
no haya ociosos y todos trabajemos, según
nuestras inclinaciones, en provecho
de la comunidad; cuando el niño haya sido
enseñado a trabajar con
sus brazos, a amar al trabajo manual, mientras su
cerebro y su corazón
adquieran el normal desarrollo, no necesitaremos ni
prisiones, ni verdugos, ni jueces.
El hombre es un resultado del
medio en que crece y pasa la vida.
Acostúmbrese al trabajo
desde su infancia; acostúmbrese a considerarse como
una parte de la humanidad; acostúmbrese
a comprender que en esa inmensa
familia, no se puede hacer mal
a nadie sin sentir uno mismo los resultados de
su acción; que el amor
a los grandes goces - los más grandes y duraderos -
que nos procuran el arte y la
ciencia sean para él una necesidad, y segurísimos
estad de que entonces habrá
muy pocos casos en los que las leyes de
moralidad inscritas en el corazón
de todos, sean violadas.
Las dos terceras partes de los
hombres hoy condenados como criminales
cometieron atentados contra
la propiedad. Estos desaparecerán con la
propiedad individual. En cuanto
a los actos de violencia contra las personas, ya
van disminuyendo conforme aumenta
la sociabilidad, y desaparecerán cuando
nos las hayamos con las causas
en vez de habérnoslas con los efectos.
Cierto es que en cada sociedad,
por bien organizada que sea, habrá algunos
individuos de pasiones más
intensas, y que esos individuos se verán de
cuando en cuando impulsados
a cometer actos antisociales.
Mas esto puede impedirse, dando
mejor dirección a aquellas pasiones.
En la actualidad vivimos demasiado
aislados. El individualismo propietario - esa
muralla del individuo contra
el Estado - nos ha conducido a un individualismo
egoísta en todas nuestras
mutuas relaciones. Apenas nos conocemos; no nos
encontramos sino ocasionalmente;
nuestros puntos de contacto son
excesivamente raros.
Pero hemos visto en la historia,
y seguimos viéndolos, ejemplos de una vida
común más íntimamente
ligada. La familia compuesta, en China, y las
comunidades agrarias, son ejemplos
en apoyo de lo dicho. Allí, los hombres se
conocen unos a otros. Por la
fuerza de las cosas, se ven obligados a ayudarse
mutuamente en los órdenes
moral y material.
La vieja familia basada en la
comunidad de origen, desaparece. En esta familia,
los hombres se verán
obligados a conocerse y ayudarse, a apoyarse
moralmente en toda ocasión.
Y este apoyo neutro bastará para impedir la masa
de actos antisociales que hoy
se cometen.
- Y, sin embargo - se nos dirá
- quedarán siempre individuos - ennfermos si
queréis - que serán
un peligro constante para la sociedad. ¿No sería bueno
desembarazarse de ellos de un
modo o de otro, o por lo menos impedir que
perjudiquen a los demás?
Ninguna sociedad, por poco inteligente
que sea, conciliará este absurdo. Y he
aquí por qué:
Antiguamente, los alienados
eran considerados como seres parecidos al
demonio, y se les trataba como
a tales. Se les tenía encadenados en lóbregos
sótanos, en argollas
adheridas a la pared, cual si se tratase de fieras. Vino
Plinel, un hijo de la Gran Revolución,
y se atrevió a quitarles las cadenas y aun
a tratarles como a hermanos.
¡Os devorarán! - gritábanle los guardianes. Pero
Plinel se atrevió. Y
los que todos creían fieras, agrupáronse en torno de Plinel,
a quien probaron con su actitud
que había tenido razón al suponer que en ellos
dominaba la parte mejor de la
naturaleza humana, aun cuando la inteligencia
estuviese llena de sombras,
efecto de la enfermedad.
En lo sucesivo, la causa de
la humanidad triunfó en toda la línea; se cesó de
encadenar a los alienados.
Desaparecieron las cadenas.
Pero los asilos - esa otra forma de prisiones -
subsistieron; y dentro de aquellos
asilos se desarrolló un sistema tan malo
como el de las cadenas.
Entonces, los aldeanos - sí,
los aldeanos del pueblecillo belga de Gheel, y no
los médicos - hablaron
cosa mejor. Dijeron : Enviadnos vuestros alienados; les
daremos libertad absoluta. -
Y les hicieron formar parte de sus familias; les
dieron un sitio en sus mesas,
una herramienta con que trabajar en sus tierras, y
les dejaron tomar parte en los
bailes campestres de la juventud de aquellos
lugares. ¡Comed, trabajad,
bailad con nosotros! ¡Corred por los campos, sed
libres! Este era todo el sistema,
toda la ciencia del aldeano belga.
Y la libertad hizo un milagro.
Aun aquellos que tenían una lesión incurable
tornábanse dulces, tratables,
miembros de la familia como los demás. El
cerebro enfermo trabajaba de
un modo anormal; pero el corazón era el corazón
de los otros seres humanos.
Se oyó la palabra milagro;
se atribuyeron las curaciones a un santo, a una
virgen. Pero esta virgen era
la libertad; este santo era el trabajo de los campos,
el tratamiento fraternal.
El sistema tiene discípulos.
En Edimburgo se me dió el placer de presentarme
al doctor Mitahell, un hombre
que ha dado su vida por aplicar el mismo régimen
libertario a los alienados de
Escocia. Tuvo que vencer prejuicios; se luchó
contra él, empleando
los mismos argumentos que hoy se emplean contra
nosotros; pero él venció.
En 1886, unos 2.200 alienados escoceses gozaban
de libertad, hallándose
establecidos en familias privadas, y comisiones de
sabios, que habíanle
estudiado, elogiaban el sistema. ¡Ya lo veo! Ninguna
medicina fuera capaz de competir
con la libertad, con el trabajo libre, con el
tratamiento fraternal.
En uno de los límites
del inmenso espacio entre la enfermedad mental y el
crimen, de que Mansdley nos
habla, la libertad y el tratamiento fraternal
hicieron un milagro. Lo propio
harán en el otro límite ; en el que se coloca
actualmente el crimen.
La prisión no tiene razón
de ser. Y todos los que aquí estáis, sentís lo mismo
que yo; porque si a los padres
y a las madres que veo preguntara quién sueña
para su hijo un porvenir de
carcelero, ni una sola voz me respondería.
Cualesquiera que sea el sueño
del padre y de la madre, no llegarían a desear
para su hijo una colocación
de guardián de presos, de verdugo ...
Y en este desprecio está
la condenación absoluta del sistema de las prisiones y
de la pena de muerte.
En la actualidad, la prisión
es posible porque, en nuestra sociedad abyecta, el
juez puede hacer carcelero o
verdugo a un miserable salariado. Pero si el juez
hubiera de vigilar a sus condenados,
si hubiera él de matar a los que manda
aplicar quitar la vida, seguros
estad de que esos mismos jueces encontrarían
las prisiones insensatas y criminal
la pena de muerte.
Y esto me hace decir una palabra
respecto al asesinato legal, que denominan
pena capital en su extraña
jerga.
Este asesinato no es sino un
resto del principio bárbaro enseñado por la Biblia,
con su ojo por ojo, diente por
diente. Es una crueldad inútil y perjudicial para la
sociedad.
En Siberia, donde millares de
asesinos se hallan en libertad después de haber
cumplido su condena - o sin
haberla cumplido, porque a millares huyen los
presos en las selvas siberianas
-, se encuentra uno tan seguro como en laas
calles de una gran ciudad. En
Siberia, donde se conoce de cerca a los
asesinos, generalmente son éstos
considerados la mejor clase de la población.
Veréis al ex asesino
sirviendo de cochero particular, y notaréis que la madre
confía sus hijos a un
hombre que fuera desterrado por matar a otro. Cosa de
notar es que el parricida irlandés
Davitt, que conoce muy a fondo las prisiones
inglesas, sintió la misma
impresión. Los asesinos que encontrara eran tan
considerados como los hombres
más respetables en las prisiones. Y esto se
explica. Hablo, evidentemente,
de los que asesinaron en un momento de
arrebato; porque los asesinatos
combinados con el robo, son pocas veces hijos
de la premeditación;
en su mayoría son accidentales.
Por numerosas que sean las ejecuciones
de los revolucionarios en Rusia (más
de 50 desde 1879), la pena de
muerte no se impone en dicha nación por los
delitos de derecho común.
Fue abolida hace más de un siglo; y el número de
asesinatos no es mayor en Rusia
que en el resto de las naciones europeas: por
el contrario, es menor. Y en
ninguna parte se ha notado que el número de
asesinatos aumente cuando la
pena de muerte es abolida. Luego la tal pena es
una barbarie absolutamente inútil,
mantenida por la vileza de los hombres.
Sé que todos los socialistas
condenan la pena de muerte. Pero entre los
revolucionarios que no son anarquistas
se oye a veces hablar de ella como de
un medio supremo para purificar
la sociedad; he conocido jóvenes que
soñaban con llegar a
ser unos Fouquier-Tinville de la Revoluci6n Social, que se
admiraban de antemano hablando
a un tribunal revolucionario, y pronunciaban
con gesto estudiado las clásicas
palabras:
-Ciudadanos, pido la cabeza
de Fulano.
Pues bien; para anarquista convencido,
semejante papel sería repugnante. En
lo que a mí se refiere,
comprendo perfectamente las venganzas populares;
comprendo que caigan víctimas
en la lucha; comprendo al pueblo de París
cuando, antes de echarse a las
fronteras, extermina en las prisiones a los
aristócratas que preparaban
con el enemigo el fin de la Revolución; comprendo
lo de la Jacquerie, y al que
censurase a ese pueblo le haría esta pregunta:
- ¿Habéis sufrido
como ellos, con ellos? Si no es así, tened, al menos, el pudor
de guardar silencio.
Pero el procurador de la República
pidiendo tranquilamente la cabeza de un
ciudadano rodeado de gendarmes
y confiando a un verdugo, pagado a tanto
por operación, el cuidado
de cortar aquella cabeza, ese procurador es para mi
tan repugnante como el procurador
del rey, y le digo:
- Si quieres la cabeza de ese
hombre, tómala. Sé acusador, sé juez, si quieres;
¡mas sé también
verdugo! Si te limitas a pedir la cabeza, a pronunciar la
sentencia; si te apropias el
papel teatral y abandonas a un miserable la faena
de la ejecuci6n, no eres sino
un ruin aristócrata que se considera superior al
ejecutor de sus sentencias.
Eres peor que el procurador del rey, porque de
nuevo introduces la desigualdad,
la peor de las desigualdades, después de
haber hablado en nombre de la
igualdad.
Cuando el pueblo se venga, nadie
tiene derecho a ser juez. Sólo su conciencia
puede juzgarle. Pero, al procurador
que quiere hacer asesinar fríamente, con
todo el aparato abyecto de los
tribunales, una cosa tenemos que decirle:
- No te hagas el aristócrata.
Sé verdugo, si es que quieres ser juez. ¿Hablas de
igualdad? ¡Pues igualdad!
¡No queremos la aristocracia del tribunal junto a la
plebe del cadalso!
Resumo. La prisión no
impide que los actos antisociales se produzcan; por el
contrario, aumenta su número.
No mejora a los que van a parar a ella.
Refórmesela tanto como
se quiera, siempre será una privación de libertad, un
medio ficticio como el convento,
que torna al prisionero cada vez menos propio
para la vida en sociedad. No
consigue lo que se propone. Mancha a la
sociedad. Debe desaparecer.
Es un resto de barbarie, con
mezcla de filantropismo jesuítico; y el primer deber
de la Revolución será
derribar las prisiones; esos monumentos de la hipocresía
y de la vileza humana.
En una sociedad de iguales,
en un medio de hombres libres, todos los cuales
trabajen para todos, todos los
cuales hayan recibido una sana educación y se
sostengan mutuamente en todas
las circunstancias de su vida, los actos
antisociales no podrán
producirse. El gran número no tendrá razón de ser,
y el
resto será ahogado en
germen. En cuanto a los individuos de inclinaciones
perversas que la sociedad actual
nos legue, deber nuestro será impedir que se
desarrollen sus malos instintos.
Y si no lo conseguimos, el correctivo honrado y
práctico será
siempre el trato fraternal, el sostén moral, que encontrarán
de
parte de todos, la libertad.
Esto no es utopía; esto se hace ya con individuos
aislados, y esto se tornará
práctica general. Y tales medios serán mas
poderosos que todos los códigos,
que todo el actual sistema de castigos, esa
fuente siempre fecunda en nuevos
actos antisociales, de nuevos crímenes.
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