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EL APOYO MUTUO
Kropotkin
INTRODUCCION A LA TERCERA EDICION EN ESPAÑOL
El apoyo mutuo es la obra más representativa
de la personalidad intelectual de
Kropotkin. En ella se encuentran expresados por igual
el
hombre de ciencia y el pensador anarquista; el biólogo
y el filósofo social; él historiador
y el ideólogo. Se trata de un ensayo enciclopédico,
de
un género cuyos últimos cultores fueron
positivistas y evolucionistas. Abarca casi todas
las ramas del saber humano, desde la zoología
a la
historia social, desde la geografía a la sociología
del arte, puestas al servicio de, una
tesis científico-filosófica que constituye,
a su vez, una
particular interpretación del evolucionismo
darwiniano.
Puede decirse que dicha tesis llega a ser el fundamento
de toda su filosofía social y
política y de todas sus doctrinas e interpretaciones
de la
realidad contemporánea Como gozne entre aquel
fundamento y estas doctrinas se
encuentra una ¿tica de la expansión
vital.
Para comprender el sentido de la tesis básica
de El apoyo mutuo es necesario partir del
evolucionismo darwiniano al cual se adhiere
Kropotkin, considerándolo la última
palabra de la ciencia moderna.
Hasta el siglo XIX los naturalistas tenían
casi por axioma la idea de la fijeza e
inmovilidad de las especies biológicas: Tot
sunt species quot a
principio creavit infinitum ens. Aún en el
siglo XIX, el más célebre de los cultores de la
historia natural, el hugonote Cuvier, seguía
impertérrito
en su fijismo. Pero ya en 1809 Lamarck, en su Filosofíazoológica
defendía, con gran
escándalo de la Iglesia y de la Academia, la
tesis de que
las especies zoológicas se transforman, en
respuesta a una tendencia inmanente, de su
naturaleza y adaptándose al medio circundante.
Hay
en cada animal un impulso intrínseco (o "conato")
que lo lleva a nuevas adaptaciones y
lo provee de nuevos órganos, que se agregan
a su
fondo genético y se transmiten por herencia.
A la idea del impuso intrínseco y la
formación de nuevos órganos exigidos
por el medio ambiente
se añade la de la transmisión hereditaria.
Tales ideas, a las que Cuvier oponía tres años
más tarde, en su Discurso sobre las revoluciones
del
globo, la teoría de las catástrofes
geológicas y las sucesivas creaciones [1], encontró
indirecto apoyo en los trabajos del geólogo
inglés, Lyell,
quién, en sus Principios de geología
demostró la falsedad del catastrofismo de Cuvier,
probando que las causas de la alteración de
la
superficie del planeta no son diferentes hoy que en
las pasadas eras [2].
Lamarck desciende filosóficamente de la filosofía
de la Ilustración, pero no ha
desechado del todo la teleología. Para él
hay en la naturaleza de
los seres vivos una tendencia continua a producir
organismos cada vez más complejos
[3]. Dicha tendencia actúa en respuesta a exigencias
del medio y no sólo crea nuevos caracteres
somáticos sino que los transmite por
herencia. Una voluntad inconsciente y genérica
impulsa,
pues, el cambio según una ley general que señala
el tránsito de lo simple a lo complejo.
Está ley servirá de base a la filosofía
sintética de
Spencer. Pese a la importancia de la teoría
de Lamarck en la historia de la ciencia y aun
de la filosofía, ella estaba limitada por innegables
deficiencias. Lamarck no aportó muchas pruebas
a sus hipótesis; partió de una química
precientífica; no consideró la evolución
sino como
proceso lineal. Darwin, en cambio, sé preocupó
por acumular, sobre todo a través de su
viaje alrededor del mundo, en el Beagle un gran
cúmulo de observaciones zoológicas y
botánicas; se puso al día con la química iniciada
por Lavoisier (aunque ignoró la genética
fundada por
Mendel) y tuvo de la evolución un concepto
más amplio y, complejo. Desechó toda
clase de teleologismo y se basó, en supuestos
estrictamente mecanicistas. Sus notas revelan que
tenía conciencia de las aplicaciones
materialistas de sus teorías biológicas.
De hecho, no
sólo recibio la influencia de su abuelo Erasmus
Darwin y la del geólogo Lyell sino
también las del economista Adam Smith, del
demógrafo
Malthus y del filósofo Comte [4]. En 1859 publicó
su Origen de las especies que logró
pronto universal celebridad; doce años más
tarde sacó
a la luz La descendencia del hombre[5]. Darwin acepta
de Lamarck la idea de
adaptación al medio, pero se niega a admitir
la de la fuerza
inmanente que impulsa la evolución. Rechaza,
en consecuencia, toda posibilidad de
cambios repentinos y sólo admite una serie
de cambios
graduales y accidentales. Formula, en sustitución
del principio lamarckiano del impulso
inmanente, la ley de la selección natural [6].
Partiendo
de Malthus, observa que hay una reproducción
excesiva de los vivientes, que llevaría de
por si a que cada especie llenara toda la tierra.
Si ello
no sucede es porque una gran parte de los individuos
perecen. Ahora bien, la
desaparición de los mismos obedece a un proceso
de
selección. Dentro de cada especie surgen innúmeras
diferencias; sólo sobreviven
aquellos individuos cuyos caracteres diferenciales
los hacen
más aptos para adaptarse al medio. De tal manera,
la evolución aparece como un
proceso mecánico, que hace superflua toda teleología
y
toda idea de una dirección y de una meta. Esta
ley básica de la selección natural y la
supervivencia del más- apto (que algunos filósofos
comporáneos, como Popper, consideran mera tautología)
comparte la idea de la lucha
por la vida (struggle for life) [7]. Ésta se
manifiesta
principalmente entre los individuos de una misma especie,
donde cada uno lucha por el
predominio y por el acceso a la reproducción
(selección sexual).
Herbert Spencer, quien, antes de Darwin, había
esbozado ya el plan de un vasto sistema
de filosofía sintética, extendió
la idea de la evolución,
por una parte, a la materia inorgánico (Primeros
Principios 1862, II Parte,) y, por otra
parte, a la sociedad y la cultura (Principios de
Sociología, 18761896). Para él, la lucha
por la vida y la supervivencia. del más apto
(expresión que usaba desde 1852), representan
no
solamente, el mecanismo por el cual la vida se transforma
y evoluciona sí no también. la
única vía de todo progreso humano [8].
Sienta así las
bases de lo que se llamará el darwinismo social,
cuyos dos hijos, el feroz capitalismo
manchesteriano y el ignominioso racismo fuero tal
vez
más lejos de lo que aquel pacífico burgués
podía imaginar. Th. Huxley, discípulo fiel de
Darwin, publica, en febrero de 1888, en, la revista
The
Níneteenth Century, un artículo que
como su mismo título indica, es todo un manifiesto
del darwinismo social: The Struggle for life. A
Programme [9]. Kropotkin queda conmovido por este
trabajo, en el cual ve expuestas
las ideas sociales contra las que siempre había
luchado,
fundadas en las teorías científicas
a las que consideraba como culminación, del
pensamiento biológico contemporáneo.
Reacciona contra él y,
a partir de 1890, se propone refutarlo en una serie
de artículos, que van apareciendo
también en The Nineteenth Century y que más
tarde
amplía y complementa, al reunirlos en un volumen
titulado El apoyo mutuo. Un factor
de la evolución.
Un camino para refutar a Huxley y al darwinismo social
hubiera sido seguir los pasos de
Russell Wallace, quien pone el cerebro del hombre,
al
margen de la evolución. Hay que tener en cuenta
que este. ilustre sabio que formuló su
teoría de la evolución de las especies
casi al mismo
tiempo que Darwin, al hacer un lugar aparte para la
vida moral e intelectual del ser
humano, sostenía que desde el momento en que
éste llegó
a descubrir el fuego, entró en el campo de
la cultura y dejo de ser afectado por la
selección natural [10]. De este modo Wallace
se sustrajo,
mucho más que Darwin o Spencer, al prejuicio
racial [11]. pero Kropotkin, firme en su
materialismo, no podía seguir a Wallace, quien
no
dudaba en postular la intervención de Dios
para explicar las características del cerebro y
la superioridad moral e intelectual del hombre.
Por otra parte, como socialista y anarquista, no podía
en, modo alguno cohonestar las
conclusiones de Huxley, en las que veía sin
duda un
cómodo fundamento para la economía del
irrestricto "laissez faire" capitalista, para las
teorías racistas de Gobineau (cuyo Ensayo sobre
la
desigualdad de las razas humanas había sido
publicados ya en 1855), para el
malthusianismo, para las elucubraciones falsamente
individualistas de Stirner y de Nietzsche.
Considera, pues, el manifiesto huxleyano como una
interpretación unilateral y, por
tanto, falsa de la teoría darwinista del "struggle
for life" y le
propone demostrar que, junto al principio de la lucha
(de cuya vigencia no duda), se
debe tener en cuenta otro, más importante que
aquél para
explicar la evolución de los animales y el
progreso del hombre. Este principio es el de la
ayuda mutua entre los individuos de una misma
especie (y, a veces, también entre las de especies
diferentes). El mismo Darwin había
admitido este principio. En el prólogo a la
edición de
1920 de El apoyo mutuo, escrito pocos meses antes
de su muerte, Kropotkin manifiesta
su alegría por el hecho de que el mismo Spencer
reconociera la importancia de "la ayuda mutua y su
significado en la lucha por la
existencia'. Ni Darwin ni Spencer le otorgaron nunca,
sin
embargo, el rango que le da Kröpotkin al ponerla
al mismo nivel (cuando no por
encima) de la lucha por la vida como factor de evolución.
Tras un examen bastante minucioso de la conducta de
diferentes especies animales,
desde los escarabajos sepultureros y los cangrejos
de
las Molucas hasta los insectos sociales (hormigas,
abejas etc.), para lo cual aprovecha
las investigaciones de Lubbock y Fabre; desde el
grifo-hálcón del Brasil hasta el frailecico
y el aguzanieves desde cánidos, roedores,
angulados y rumiantes hasta elefantes, jabalíes,
morsas y
cetáceos; después de haber descripto
particularmente los hábitos de los monos que son,
entre todos los animales 'los más próximos
al
hombre por su constitución y por su inteligencia',
concluye que en todos los niveles de
la escala zoológica existe vida social y que,
a medida
que se asciende en dicha escala, las colonias o sociedades
animales se tornan cada vez
más conscientes, dejan de tener un mero alcance
fisiológico y de fundamentarse en el instinto,
para llegar a ser, al fin, racionales. En
lugar de sostener, como Huxley, que la sociedad humana
nació de un pacto de no agresión, Kropotkin
considera que ella existió desde siempre y
no fue creada por ningún contrato, sino que
fue
anterior inclusive a la existencia de los individuos.
El hombre, para él, no es lo que es
sino por su sociabilidad, es decir, por la fuerte
tendencia
al apoyo mutuo y a la convivencia permanente. Se opone
así al contractualismo, tanto
en la versión pesimista de Hobbes (honro homini
lupus),
que fundamenta el absolutismo monárquico, cómo
en la optimista de Rousseau, sobre la
cual se considera basada' la democracia liberal.
Para Kropotkin igual que par Aristóteles, la
sociedad es tan connatural al hombre como
el lenguaje. Nadie como el hombre merece el apelativo
de "animal social" (dsóon koinonikón).
Pero a Aristóteles se opone al no admitir la
equivalencia que éste establece entre
"animal social" y "animal político" (dsóon
politikón). Según
Kropotkin, la existencia del hombre depende siempre
de una coexistencia. El hombre
existe para la sociedad tanto como la sociedad para
el
hombre. Es claro, por eso que su simpatía por
Nietzsche no podía se¡ profunda.
Considera al nietzscheanismo, tan de moda en su época
como en la nuestra, "uno de los individualismos espúreos".
Lo identifica en definitiva
con el individualismo burgués, 'que sólo
puede existir bajo
la condición de oprimir a las masas y del lacayismo,
del servilismo hacia la tradición, de
la obliteración de la individualidad dentro
del propio
opresor, como en seno de la masa oprimida' [12]. Aun
a Guyau, ese Nietzsche francés
cuya moral sin obligación ni sanción
encuentra tan
cercana a la ética anarquista, le reprocha
el no haber comprendido que la expansión vital
a la cual aspira es ante todo lucha por la justicia
y la
Libertad del pueblo. Con mayor fuerza todavía
se opone al solipsismo moral y al
egotismo trascendental de Stirner, que considera
"simplemente la vuelta disimulada a la actual educación
del monopolio de unos pocos"
y el derecho al desarrollo "para las minorías
privilegiadas"
Sin dejar de reconocer, pues, que la idea de la lucha
por la vida, tal como la propusieron
Darwin y Wallace, resulta sumamente fecunda,: en
cuanto hace posible abarcar una gran cantidad de hechos
bajo un enunciado general,
insiste en que muchos darwinistas han restringido
aquella idea a límites excesivamente estrechos
y tienden a interpretar el mundo de los
animales como un sangriento escenario de luchas
ininterrumpidas entre seres siempre hambrientos y
ávidos de sangre. Gracias a ellos la
literatura moderna se ha llenado con el grito de 'vae
victis" (¡ay de los vencidos!), grito que consideran
como la última palabra de la ciencia
biológica. Elevaron la lucha sin cuartel a
la condición de
principio y ley de la biología y pretenden
que a ella se subordine el ser humano.
Mientras tanto, Marx consideraba que el evolucionismo
darwiniano, basado en la lucha por la vida, formaba
parte de la revolución social [13] y,
al mismo tiempo, los economistas manchesterianos lo
tenían como excelente soporte científico
para su teoría de la libre competencia, en la
cual la lucha de todos contra todos (la ley de la
selva)
representa el único camino hacia, la prosperidad.
Kropotkin coincide con Marx y Engels
en que el darwinismo dió un golpe de gracia
a la
teleología. Al intento de aprovechar para los
fines de la revolución social la idea
darwinista de la vida (interpretada como lucha de
clases) le
asigna relativa importancia. Por otra parte, como
Marx, ataca á Malthus, cuyo primer
adversario de talla había sido Godwin, el precursor
de
Proudhon y del anarquismo.
Pero la decidida oposición al malthusianismo,
que propicia la muerte masiva de los
pobres por su inadaptación al medio, y la lucha
contra
Huxley, que no encuentra otro factor de evolución
fuera de la perenne lucha sangrienta,
no significan que Kropotkin se adhiera a una visión
idílica de la vida animal y humana ni que se
libre, como muchas veces se ha dicho, a un
optimismo desenfrenado e ingenuo. Como naturalista
y hombre de ciencia está lejos de los rosados
cuadros galantes y festivos del rococó, y
no comparte simple y llanamente la idea del bien
salvaje de Rousseau. Pretende situarse en un punto
intermedio entre éste y Huxley. El
error de Rousseau consiste en que perdió de
vista por
completo la lucha sostenida con picos y garras, y
Huxley es culpable del error de
carácter opuesto; pero ni el optimismo de Rousseau
ni el
pesimismo de Huxley pueden ser aceptados como una
interpretación desapasionada y
científica de las naturaleza.
El ilustre biólogo Ashley Montagu escribe a
este respecto: "Es error generalizado creer
que Kropotkin se propuso demostrar que es la ayuda
mutua y no la selección natural o la competencia
el principal o único factor que actúa en
el proceso evolutivo". En un libro de genética
publicado
recientemente por una gran autoridad en la materia,
leemos: "El reconocer la
importancia que tiene la cooperación y la ayuda
mutua en la
adaptación no contradice de ninguna manera
la teoría de la selección natural, según
interpretaron Kropotkin y otros". Los lectores de
El apoyo
mutuo pronto percibirán hasta qué punto
es injusto este comentario. Kropotkin no
considera que la ayuda mutua contradice la teoría
de la
selección natural. Una y otra vez llama la
atención sobre el hecho de que existe
competencia en la lucha por la vida (expresión
que critica
acertadamente con razones sin duda aceptables para
la mayor parte de los darwinistas
modernos), una y otra vez destaca la importancia de
la
teoría de la selección natural, que
señala como la más significativa del siglo XIX. Lo
que encuentra inaceptable y contradictorio es el
extremismo representado por Huxley en su ensayo "Struggle
for Existence Manifesto",
y así lo demuestra al calificarlo de "atroz"
en sus
Memorias [14]. En efecto, en Memorias de un revolucionario
relata: "Cuando Huxley,
queriendo luchar contra el socialismo, publicó
en 1888
en Nineteenth Century, su atroz articulo "La lucha
por la existencia es todo un
programa", me decidí a presentar en forma comprensible
mis
objeciones a su modo de entender la referida lucha,
lo mismo entre los animales que
entre los hombres, materiales que estuve acumulando
durante seis años" [15]. El propósito
no tuvo calurosa acogida entre los hombres de
ciencia amigos, ya que la interpretación de
"la lucha por la
vida como sinónimo de ¡ay de los vencidos!",
elevado al nivel de un imperativo de la
naturaleza, se había convertido casi en un
dogma. Sólo
dos personas apoyaron la rebeldía de Kropotkin
contra el dogma y la "atroz"
interpretación huxleyana: James Knowles, director
de la revista
Nineteenth Century H.W. Bates, conocido autor de Un
naturalista en el río Amazonas.
Por lo demás, la tesis que pretendía
defender, contra
Huxley, había sido va propuesta por el geólogo
ruso Kessler, aunque éste a penas había
aducido alguna prueba en favor de la misma. Eliseo
Reclus, con su autoridad de sabio, dará su
abierta adhesión a dicha tesis y defenderá los
mismos puntos de vista que Kropotkin [16].
De la gran masa de datos zoológicos que ha
reunido infiere, pues, que aunque es cierta
la lucha entre especies diferentes y entre grupos
de
una misma especie, en términos generales debe
decirse que la pacífica convivencia y el
apoyo mutuo reinan dentro del grupo y de la especie,
y, más aún, que aquellas especies en
las cuales más desarrollada está la solidaridad y la
ayuda recíproca entre los individuos tiene
mayores
posibilidades de supervivencia y evolución.
El principio del apoyo mutuo no constituye, por tanto,
para Kropotkin, un ideal ético ni
tampoco una mera anomalía que rompe las rígidas
exigencias de la lucha por la vida, sino un hecho
científicamente comprobado como
factor de la evolución, paralelo y contrario
al otro factor, el
famoso "struggle for life". Es claro que el principio
podría interpretarse como pura
exigencia moral del espíritu humano, como imperativo
categórico o como postulado o fundacional de
la sociedad y de la cultura. Pero en ese
caso habría que adoptar una posición
idealista o, por lo
menos, renunciar al materialismo mecanicista y, al
naturalismo antiteológico que
Kropotkin ha aceptado. Si tanto se esfuerza por demostrar
que el apoyo mutuo es un factor biológico,
es porque sólo así quedan igualmente
satisfechas y armonizadas sus ideas filosóficas
y sus ideas
socio-políticas en una única "Weitanschaung",
acorde, por lo demás, con el espíritu de
la época.
La concepción huxleyana de la lucha por la
vida, aplicada a la historia y la sociedad
humana, tiene una expresión anticipada en Hobbes,
que
presenta el estado primitivo de la humanidad como
lucha perpetua de todos contra
todos. Esta teoría, que muchos darwinistas
como Huxley
aceptan complacidos, se funda, según Kropotkin,
en supuestos que la moderna etnología
desmiente, pues imagina a los hombres primitivos
unidos sólo en familias nómadas y temporales.
Invoca, a este respecto, lo mismo que
Engels, el testimonio de Morgan y Bachofen. La familia
no aparece así tomo forma primitiva y originaria
de convivencia sino como producto
más bien tardío de la evolución
social. Según Kropotkin, la
antropología nos inclina a pensar que en sus
orígenes el hombre vivía en grandes grupos
o rebaños, similares a los que constituyen
hoy
muchos mamíferos superiores. Siguiendo al propio
Darwin, advierte que no fueron
monos solitarios, como el orangután y el gorila,
los que
originaron los primeros homínidos o antropoides,
sino, al contrario, monos menos
fuertes pero más sociables, como él
chimpancé. La
información antropológica y prehistórica,
obtenida al parecer en el Museo Británico, es
abundante y está muy actualizada para el momento.
Con ella cree Kropotkin demostrar ampliamente su tesis.
El hombre prehistórico vivía
en sociedad: las cuevas de los valles de Dordogne,
por
ejemplo, fueron habitadas durante el paleolítico
y en ellas se han encontrado numerosos
instrumentos de sílice. Durante el neolítico,
según se
infiere de los restos palafíticos de Suiza,
los hombres vivían y laboraban en común y al
parecer en paz. También estudia, valiéndose
de relatos
de viajeros y estudios etnográficos, las tribus
primitivas que aun habitan fuera de
Europa (bosquimanos, australianos, esquimales, hotentotes,
papúes etc.), en todas las cuales encuentra
abundantes pruebas de altruismo y espíritu
comunitario entre los miembros del clan y de la tribu.
Adelantándose en cierta manera a estudios etnográficos
posteriores, intenta
desmitologizar la antropofagia, el infanticidio y
otras prácticas
semejantes (que antropólogos y misioneros de
la época utilizaban sin duda para
justificar la opresión colonial). Pone de relieve,
por el
contrario, la abnegación de los individuos
en pro de la comunidad, el débil o inexistente
sentido de la propiedad privada, la actitud más
pacífica de lo que se suele suponer, la falta
de gobierno. En este, punto, Kropotkin es
evidentemente un precursor de la actual antropología
política de Clastres [17]. Aunque considera
inaceptable tanto la visión rousseauniana del
hombre primitivo cual modelo de inocencia y de
virtud, como la de Huxley y muchos antropólogos
del siglo XIX, que lo consideran una
bestia sanguinaria y feroz, cree que esta segunda
visión
es más falsa y anticientífica que la
primera. En su lucha por la vida -dice Kropotkin- el
hombre primitivo llegó a identificar su propia
existencia
con la de la tribu, y sin tal identificación
jamás hubiera negado la humanidad al nivel en
que hoy se halla. Si los pueblos "bárbaros"
parecen
caracterizarse por su incesante actividad bélica,
ello se debe, en buena parte, según
nuestro autor, al hecho de que los cronistas e
historiadores, los documentos y los poemas épicos,
sólo consideran dignas de mención
las hazañas guerreras y pasan casi siempre
por alto
las proezas del trabajo, de la convivencia y de la
paz.
Gran importancia concede a la comuna aldeana, institución
universal y célula de toda
sociedad futura, que existió en todos los pueblos
y
sobrevive aun hoy en algunos. En lugar de ver en ella,
como hacen no pocos
historiadores, un resultado de la servidumbre, la
entiende como
organización previa y hasta contraria a la
misma. En ella no sólo se garantizaban a cada
campesino los frutos de la tierra común sino
también
la defensa de la vida y el solidario apoyo en todas
las necesidades de la vida. Enuncia
una especie de ley sociológica al decir que,
cuanto
más íntegra se conserva la obsesión
comunal, tanto más nobles y suaves son las
costumbres de los pueblos. De hecho, las normas morales
de los bárbaros eran muy elevadas y el derecho
penal relativamente humano frente a la
crueldad del derecho romano o bizantino.
Las aldeas fortificadas, se convirtieron desde comienzos
del Medioevo en ciudades, que
llegaron a ser políticamente análogas
a las de la
antigua Grecia. Sus habitantes, con unanimidad que
hoy parece casi inexplicable,
sacudieron por doquier el yugo de los señores
y se
rebelaron contra el dominio feudal. De tal modo, la
ciudad libre medieval, surgida de la
comuna bárbara (y no del municipio romano,
como
sostiene Savigny), llega a ser, para Kropotkin, la
expresión tal vez más perfecta de una
sociedad humana, basada en el libre acuerdo y en el
apoyo mutuo. Kropotkin sostiene, a partir de aquí,
una interpretación de la Edad Medía
que contrasta con la historiografía de la Ilustración
y
también, en gran parte, con la historiografía
liberal, y Marxista. Inclusive algunos
escritores anarquistas, como Max Nettlau, la consideran
excesivamente laudatoria e idealizada [18]. Sin embargo,
dicha interpretación supone en
el Medioevo un claro dualismo por una parte, el lado
oscuro, representado por la estructura vertical del
feudalismo (cuyo vértice ocupan el
emperador y el papa); por otra, el lado claro y luminoso,
encarnado en la estructura horizontal de las ligas
de ciudades libres (prácticamente
ajenas a toda autoridad política). Grave error
de
perspectiva sería, pues, equiparar está
reivindicación de la edad Media, no digamos ya
con la que intentaron ultramontonos como De Maistre
o Donoso Cortés sino inclusive con la que propusieron
Augusto Comte y algunos otros
positivistas [19].
Para Kropotkin, la ciudad libre medieval es como una
preciosa tela, cuya urdimbre está
constituida por los hilos de gremios y guiadas. El
mundo libre del Medioevo es, a su vez, una tela más
vasta (que cubre toda Europa,
desde Escocia a Sicilia y desde Portugal a Noruega),
formada por ciudades libremente federadas y unidas
entre sí por pactos de solidaridad
análogos a los que unen a los individuos en
gremios y
guiadas en la ciudad. No le hasta, sin embargo, explicar
así la estructura del medioevo
libertario. Juzga indispensable explicar también
su
génesis. Y, al hacerlo, subraya con fuerza
esencial la lucha contra el feudalismo, de tal
modo que, si tal lucha basta para dar razón
del
nacimiento de gremios, guiadas, ciudades libres y
ligas de ciudades, la culminación de
la misma explica su apogeo, y la decadencia posterior
su derrota y absorción por el nuevo Estado
absolutista de la época moderna. Las guiadas
satisfacían las necesidades sociales mediante
la
cooperación, sin dejar de respetar por eso
las libertades individuales. Los gremios
organizaban el trabajo también sobre la base
de la
cooperación y con la finalidad de satisfacer
las necesidades materiales, sin preocuparse,
fundamentalmente par el lucro. Las ciudades,
liberadas del yugo feudal estaban regidas en la mayoría
de los casos por una asamblea
popular. Gremios y guildas tenían, a su vez,
una
constitución más igualitaria de lo que
se suele suponer. la diferencia entre maestro y
aprendiz menos en un comienzo una diferencia de edad
más que de poder o riqueza, y no existía
el régimen del salariado. Sólo en la baja Edad
Media, cuando las ciudades libres, comenzaron a
decaer por influencia de una monarquía en proceso,
de unificación y de absolutización
del poder, el cargo de maestro de un gremio empezó,
a
ser hereditario y el trabajo de los artesanos comenzó
a ser alquilado a patronos
particulares Aun entonces, el salario que percibían
era muy
superior al de los obreros industriales del. siglo
XIX, se realizaba en mejores
condiciones y en jornadas más cortas (que,
en Inglaterra no
sumaban más de 48 horas por semana) [20]. Con
esta sociedad de trabajadores libres
solidarios se asociaba necesariamente, según
Kropotkin, el arte grandioso de las catedrales, obra,
comunitaria para el disfrute de la
comunidad. La pintura no la ejecutaba un genio solitario
para ser después guardada en los salones de
un duque ni los poetas componían sus
versos para que los leyera en su alcoba la querida
del
rey. Pintura y poesía, arquitectura a y música
surgían del pueblo y eran, por eso, muchas
veces, anónimas; su finalidad era también
el goce
colectivo y la elevación espiritual del pueblo.
Aun en la filosofía medieval ve Kropotkin
un poderoso esfuerzo "racionalista", no desconectado
con el espíritu de las ciudades libres. Esto,
aunque resulte extraño para muchos, parece
coherente con toda la argumentación anterior:
¿Acaso
la universidad, creación esencialmente medieval,
no era en sus orígenes un gremio
(universitas magistrorum et scolarium), igual que
los
demás? [21].
La resurrección del derecho romano y la tendencia
a constituir Estados centralizados y
unitarios, regidos por monarcas absolutos, caracterizó
el comienzo de la época moderna. Esto puso
fin no sólo al feudalismo (con la
domesticación de los aristócratas, transformados
en cortesanos)
sino también en las ciudades libres (convertidas
en partes integrantes de un calado
unitario). Los Ubres ciudadanos se convierten en leales
súbditos burgueses del rey. No por eso desaparece
el impulso connatural hacia la ayuda
mutua y hacia la libertad, que se manifiesta en la
prédica comunista y libertaria de muchos herejes
(husitas, anabaptistas etc.). Y aunque
es verdad que la edad moderna comparte un
crecimiento maligno del Estado que corno cáncer
devora las instituciones sociales
libres, y promueve un individualismo malsano
(concomitante o secuela del régimen capitalista),
aquel impulso no ha muerto. Se
manifiesta durante el siglo XIX, en las uniones obreras,
que
prolongan el espíritu de gremios y guiadas
en el contexto de la lucha obrera contra la
explotación capitalista. En Inglaterra, por
ejemplo, donde
Kropotkin vivía, la derogación de las
leyes contra tales uniones (Combinatioms Laws),
en 1825, produjo una proliferación de asociaciones
gremiales y federaciones que Owen, gran promotor del
socialismo en aquel país, logró
federar dentro de la "Gran Unión Consolidada
Nacional". Pese a las continuas trabas impuestas par
el gobierno de la clase propietaria,
los sindicatos (trade unions) siguieron creciendo
en
Inglaterra. Lo mismo sucedió en Francia y en
los demás países europeos y americanos,
aunque a veces las persecuciones los obligaran a una
actividad clandestina subterránea. Kropotkin
ve así la lucha obrera de los sindicatos y en
el socialismo la más significativa (aunque
no la única)
manifestación de la ayuda mutua y de la solidaridad
en los días en que le tocó vivir. El
movimiento obrero se caracteriza, por él, por
la
abnegación, el espíritu de sacrificio
y el heroísmo de sus militantes. Al sostener esto, no
está sin duda exagerando nada, en una época
en que
sindicatos estaban lejos de la burocratización
y la mediatización estatal que hoy los
caracteriza en casi todas partes, aun cuando la
Internacional había sido ya disuelta gracias
a las maquinaciones burocratizantes de
Carlos Marx y sus amigos alemanes. Algunos sociólogos
burgueses, que hacen gala de un "realismo" verdaderamente
irreal, se han burlado del
"ingenuo optimismo" de Kropotkin y, en nombre del
evolucionismo darwiniano, han pretendido negarle sólidos
fundamentos científicos.
Esto no obstante, su ingente esfuerzo por hallar una
base
biológica para el comunismo libertario, no
puede ser tenida hoy como enteramente
descaminada. Es verdad que, como dice el ilustre zoólogo
Dobzhansky, fue poco critico en algunas de las pruebas
que adujo en apoyo de sus
opiniones. Pero de acuerdo con el mismo autor, una
versión modernizada de su tesis, tal como la
presentada por Ashley Montagu, resulta
más bien compatible que contradictoria con
la moderna
teoría de la selección natural. Para
Dobzhansky, uno de los autores de la teoría sintética
de la evolución, elaborada entre 1936 y 1947
como
fruto de las observaciones experimentales sobre la
variabilidad de las poblaciones y la
teoría cromosómica de la herencia [22],
la aseveración
de que en la naturaleza cada individuo no tiene más
opción que la de comer o ser
comido resulta tan poco fundada como la idea de que
en
ella todo es dulzura y paz. Hace notar que los ecólogos
atribuyen cada vez mayor
importancia a las comunidades de la misma especie
y que la
especie no podría sobrevivir sin cierto grado
de cooperación y ayuda mutua [23]. Los
trabajos de C.H. Waddington, como Ciencia y ética,
por
ejemplo, van todavía más allá
en su aproximación a las ideas de Kropotkin sobre el
apoyo mutuo. Un etólogo de la escuela de Lorenz
Irenaeus
Eibl-Eibesfeldt, sin adherirse por completo a las
conclusiones de El apoyo mutuo,
reconoce que, en lo referente al altruismo y la agresividad,
ellas están más próximas a la
verdad científica que las de sus adversarios. Para Eibl-
Eibesfeld, los impulsos agresivos están compensados,
en el hombre, por tendencias no menos arraigadas a
la ayuda mutua [24]. Pese a los
años transcurridos, que no son. pocos si se
tiene en
cuenta la aceleración creciente de los descubrimientos
de la ciencia, la obra con que
Kropotkin intentó brindar una base biológica
al
comunismo libertario, no carece hoy de valor científico.
Además de ser un magnífico
exponente de la soñada alianza entre ciencia
y revolución,
constituye una interpretación equilibrada y
básicamente aceptable de la evolución
biológica y social. El ya citado Ashley Montagu
escribe: "Hoy
en, día El Apoyo Mutuo es la más famosa
de las muchas obras escritas por Kropotkin;
en rigor, es ya un clásico. El punto de vista
que
representa se ha ido abriendo camino lenta pero firmemente,
y seguramente pronto
entrará a formar parte de los cánones
aceptados de la
biología evolutiva",[25].
Angel J. Cappelletti
NOTAS
[1] Cfr. H. Daudin, Cuvier et Lanzarck, París,
1926
[2] Cfr. G. Colosi, La doctrina dell evolucione e
le teorie evoluzionistiche, Florencia,
1945
[3] S. J. Gould, Desde Darwin, Madrid, 1983, p. 80.
[4] R. Grasa Hernández, El evolucionismo: de
Darwin a la sociobiología, Madrid, 1986,
p. 43.
[5] Cfr. J. Rostand, Charles Darwin, París,
1948; P. Leonardi, Darwin Brescia, 1948;
M.T. Ghiselin, The Triumph of the Darwinian Method
Chicago, 1949.
[6] Cfr. A. Pauli, Darwinisimusund Lamarckismus, Muninch,
1905.
[7] Cfr. G. De Beer, Charles Darwin, Evolution by
Natural Selection Londres, 1963.
[8] Cfr. W.H. Hudson, Introditction to the Philosophy
of Herbert Spencer Londres,
1909.
[9] Cfr. W. Irvine, T. H. Huxley Londres, 1960.
[10] R. Grasa Hernández, op. cit. p. 57.
[11] Cfr. W.B. George, Biologist philosopher.- A Study
of the Life and Writings of A.
R. Wallace, Nueva York, 1964.
[12] Felix García Moriyón Del socialismo
utópico al anarquismo, Madrid, 1985, p. 59.
[13] J. Hewetson, "Mutual Aid and Social Evolution",
Anarchy 55 p.258.
[14] Ashley Montagu, Prólogo a El Apoyo Mutuo,
Buenos Aires, 1970, PP. VII - VIII.
[15] P. Kropotkin, Memorias de un revolucionario,
Madrid, 1973 p. 419.
[16] Cfr. E. Reclus, Correspondance París,
1911 - 1925.
[17] Cfr. P. Clastres, La sociedad contra el Estado,
Caracas, 1978.
[18] Alvarez Junco, Introducción a Panfletos
revolucionarios de Kropotkin, Madrid,
1977, p. 26.
[19] D. Negro Pavón, Comte: Positivismo y revolución,
Madrid, 1985, PP. 98 - 99.
[20] Cfr. Thorold Rogers, Six Centuries of Wages.
[21] E. Bréhier, La philosophie du Moyen Age,
París, 1971, p. 226.
[22] R. Grasa Hernández, op. cit. p.91.
[23] T. Dobzhansky, Las bases biológicas de
la libertad humana, Buenos Aires, 1957, p.
58.
[24] G. Eibl-Eibesfeldt, Amor y odio. Historia de
las pautas elementales del
comportamiento, México, 1974, p. 8.
[25] Ashley Montagu, op. cit. p. IX.
PROLOGO AL "APOYO MUTUO", DE P. KROPOTKIN, EN LA EDICION
NORTEAMERICANA
El "Apoyo Mutuo", de Kropotkin, es uno de los grandes
libros del mundo. Un hecho
que evidencia tal afirmación es el que está
siendo
continuamente reeditado y que también constantemente
se encuentra agotado. Es un
libro que siempre ha sido difícil de conseguir,
incluso
en bibliotecas, pues parece estar en demanda perenne.
Cuando Kropotkin decidió marchar a Siberia,
en julio de 1862, la geografía, zoología,
botánica y antropología de esta región
era
escasamente conocida. Allí, su trabajo de investigación
en este tema fue sobresaliente.
Las publicaciones resultantes de sus
observaciones meteorológicas y geográficas
fueron publicadas por la Sociedad
Geográfica Rusa, y por este trabajo Kropotkin
recibió una
de sus medallas de oro. La teoría kropotkíniana
sobre el desarrollo de la estructura
geográfica de Asia represento una de las grandes
generalizaciones de la geografía científica,
y es suficiente como para 'darle un lugar
permanente en la historia de esta ciencia. Kropotkin
mantuvo a lo largo de toda su vida un interés
activo por esta ciencia, y, además de
muchas conferencias sobre el tema y artículos
en
revistas científicas y publicaciones de carácter
general, escribió artículos geográficos-
en la Geografía Universal de Reclus, en la
Enciclopedia Chambers y en la Enciclopedia Británica.
El trabajo de Kropotkin en zoología fue principalmente
el de un naturalista de campo.
De 1862 a 1866, en que marchó de Siberia, Kropotkin
aprovechó 'al máximo las oportunidades
que tuvo para estudiar la vida de la naturaleza.
Bajo la influencia del "Origen de las especies", de
Darwin (1859), Kropotkin, como nos dice en el primer
párrafo del presente libro, buscó
atentamente "esa amarga lucha por la subsistencia
entre animales de la misma especie" que era considerada
por la mayoría de los
Darwinistas (aunque no siempre por Darwin mismo" como
la característica dominante de la lucha por
la vida y el principal factor de evolución.
Lo que Kropotkin vio con sus propios ojos, sobre el
terreno, le motivó a desarrollar
ciertas dudas graves en lo que concierne a la teoría
de
Darwin, dudas que no llegarían, sin embargo,
a encontrar expresión plena hasta que T.
H. Huxley, en su famoso "Manifiesto de la lucha por
la existencia", (titulado "La lucha por la existencia:
un programa") le dio ocasión para
ello.
Otro gran cambio operado en Kropotkin por su experiencia
siberiana fue su toma de
conciencia de la "absoluta imposibilidad de hacer
nada realmente útil a la masa del pueblo por
medio de la maquinaria administrativa".
"De este engaño -escribe en sus "Memorias"-
me
desprendí para siempre... perdí en Siberia
toda clase de fe en la disciplina estatal que
antes hubiera tenido. Estaba preparado para
convertirme en un anarquista". Y en un anarquista
se convirtió, y permaneció siéndolo
toda su vida.
Viviendo, como hizo, entre los nativos de Siberia,
a lo largo de las riberas del Amur,
Kropotkin descubrió, impresionado, el papel
que las
masas desconocidas juegan en el desarrollo y realización
de todos los acontecimientos
históricos. "Desde los diecinueve a los veinticinco
años, escribe, tuve que proyectar importantes
planes de reforma, tratar con cientos de
hombres en el Amur, preparar y llevar a cabo
arriesgadas expediciones con medios ridículamente
pequeños, etc.; y si todas estas cosas
terminaron con más o menos éxito yo
lo achaco
solamente al hecho de que pronto comprendí
que, en e¡ trabajo serio, el mando y la
disciplina son de poco provecho. Se requieren en
todas partes hombres de iniciativa; pero una vez que
el impulso ha sido dado, la
empresa debe ser conducida, especialmente en Rusia,
no
al modo militar, sino en una especie de manera comunal,
por medio del entendimiento
común. Yo desearía que todos los creadores
de
planes de disciplina estatal pudieran pasar por la
escuela de la vida real antes de que
empezaran a proyectar sus utopías estatales.
Entonces escucharíamos muchos menos esfuerzos
de organización militar y piramidal
de la sociedad que en la actualidad..
Este pasaje es clave para la comprensión de
Kropotkin como filósofo anarquista. Para él
el anarquismo era una parte de la filosofía
que
debía ser tratada por los mismos métodos
que las ciencias naturales. El veía el
anarquismo como el medio por el cual podía
ser
establecida la justicia (esto es, igualdad y reciprocidad),
en todas las relaciones
humanas, en todo el orbe de la humanidad.
Aunque el "Apoyo mutuo" ha tenido innumerables admiradores
y ha influido en el
pensamiento y la conducta de muchas personas,
también ha sufrido alguna falta de comprensión
por parte de aquellos que conocen el
libro de segunda o tercera mano, o que habiéndole
leído en su juventud no tienen más que
un vago recuerdo de su carácter,
Un error muy extendido es que Kropotkin pretendió
mostrar que la ayuda mutua y no la
selección o competición natural, es
el principal o el
único factor implicado en el proceso evolutivo.
En un reciente libro sobre genética de
un gran maestro en el tema se afirma, que "el
reconocimiento de la importancia adaptable de la cooperación
y el socorro mutuo no
contradice, de ningún modo, la teoría
de la selección
natural, como fue forzado a pensar por Kropotkin y
otros". Los lectores de "El apoyo
mutuo" percibirán pronto lo injusto de este
comentario.
Kropotkin no consideró que la ayuda mutua contradijera
la teoría de la selección
natural. Una y otra vez llama la atención del
lector sobre el
hecho de la competición en la lucha por la
existencia (frase que muy correctamente
critica en términos que ciertamente serían
aceptables
para la mayoría de los darwinistas modernos);
una y otra vez subraya la importancia de
la teoría de, la selección natural como
la más
significativa generalización del siglo XIX.
Lo que Kropotkin encontró inaceptable y
contradictorio era el extremismo evolucionista
representado por Huxley en su "Manifiesto de la lucha
por la existencia". Ello le iba a la
filosofía de la época, el laissez-faire,
como anillo al
dedo. A Kropotkin no le gustaban sus implicaciones,
ni políticas ni en cuanto al
evolucionismo. Habiendo ya dedicado durante varios
años
mucha reflexión a estas materias, Kropotkin
decidió contestara Huxley con amplitud.
Hoy "El apoyo mutuo" es el más famoso de los
muchos libros de Kropotkin. Es un
clásico. El punto de vista que representa se
ha abierto
camino lenta, pero firmemente, y, en verdad, poco
lejos estamos del momento en que se
convierta en parte del canon generalmente
aceptado de la biología evolucionista.
A la luz de la investigación científica,
en los muchos campos que toca "El apoyo
mutuo" desde su publicación, los datos de Kropotkin
y la
discusión que basa en ellos se mantienen notablemente
en pie. Los trabajos de ecólogos
como Allen y sus alumnos, de Wheeler,
Emerson y otros, de antropólogos, demasiado
numerosos como para nombrarlos, sobre
pueblos primitivos y sin literatura, y de
naturalistas, han servido abundantemente cada uno
en su campo para confirmar las
principales tesis de Kropotkin. Nuevos datos pueden
llegar a ser obtenidos, pero ya podemos ver con seguridad
que todos ellos servirán
mayormente para apoyar la conclusión de Kropotkin
de
que "en el progreso ético del hombre, el apoyo
mutuo -y no la lucha mutua- ha
constituido la parte determinantes. En su amplia extensión,
incluso en los tiempos actuales, vemos también
la mejor garantía de una evolución aún
más sublime de nuestra raza.
Asmley Montagu
PROLOGO A LA PRIMERA EDICION RUSA
Mientras preparaba la impresión de esta edición
rusa de mi libro -la primera que ha sido
traducida del libro Mutual aid: a Factor of Evolution,
y no de los artículos publicados en la revista
inglesa- he aprovechado para revisar
cuidadosamente todo el texto, corregir pequeños
errores
y completar los apéndices basándome
en algunas obras nuevas, en parte respecto a la
ayuda mutua entre los animales (apéndice III,
VI y
VIII), y en parte respecto a la propiedad comunal
en Suiza e Inglaterra (apéndices XVI
y XVII).
P. K.
Bromley, Kent. Mayo 1907.
PROLOGO
Mis investigaciones sobre la ayuda mutua entre los
animales y entre los hombres se
imprimieron por vez primera en la revista inglesa
Nineteenth Century. Los dos primeros capítulos
sobre la: sociabilidad en los animales y
sobre la fuerza adquirida por las especies sociables
en la lucha por la existencia, eran respuesta al artículo
desconocido fisiólogo y
darwinista Huxley, aparecido en Nineteenth Century
en febrero
de 1888 -"La lucha por la existencia: un programas
en donde se pintaba la vida de los
animales como una lucha desesperada de uno contra
todos. Después de la: aparición de mis
dos artículos, donde refuté esa opinión, el editor
de la revista, James Knowies, expresando mucha
simpatía hacia mi trabajo, y rogándome
que lo continuara, observó: "Es indudable que
usted ha demostrado su posición en cuanto a
los
animales, pero ¿cuál es su posición
con respecto al hombre primitivo?"
Esta observación. me alegró mucho, puesto
que, indudablemente, reflejaba no sólo la
opinión de Knowles, sino también la
de Herbert
Spencer, con el cual Knowles se veía a menudo
en Brighton, donde ambos vivían muy
próximos El reconocimiento por Spencer de la
ayuda
mutua Y su significado en la lucha por la existencia
era muy importante. En cuanto a
sus opiniones sobre el hombre primitivo, era sabido
que
estaban formadas sobre la base de las deducciones
falsas acerca de los salvajes, hechas
por los misioneros y los viajeros ocasionales del
siglo dieciocho y principios del diecinueve. Estos
datos fueron reunidos para Spencer
por tres de sus colaboradores, y publicados por ellos
mismos bajo el título de Datos de la Sociología,
en ocho grandes tomos; fundado en
éstos escribió él su obra Bases
de la Sociología.
Sobre la cuestión del hombre respondí
también en dos artículos, donde, después de un
estudio cuidadoso de la rica literatura moderna sobre
las complejas instituciones de la vida tribal, que
no podían analizar los primeros
viajeros y misioneros, describí estas instituciones
entre los
salvajes y los llamados "bárbaros". Esta obra,
y especialmente el conocimiento de la
Comuna rural a principios de la Edad Media, que
desempeñó un enorme papel en el desarrollo
de la civilización que renacía nuevamente,
me condujeron al estudio de la etapa siguiente, aún
más importante, del desarrollo de Europa -de
la ciudad medíeval libre y sus guiadas de
artesanos-. Señalando luego el papel corruptor
del
Estado militar que destruyó el libre desarrollo
de las ciudades libres, sus artes, oficios,
ciencias y comercio, mostré, en el último
artículo, que a
pesar de la descomposición de las federaciones
y uniones libres por la centralización
estatal, estas federaciones y uniones comienzan a
desarrollarse ahora cada vez más, y a apoderarse
de nuevos dominios. La ayuda mutua
en la sociedad moderna constituyó, de tal modo,
el
último artículo de mi obra sobre la
ayuda mutua.
Al editar estos artículos en libro, introduce
al unos agregados esenciales, especialmente
acerca de la relación de mis opiniones con
respecto
a la lucha darwiniana por la existencia; y en los
apéndices cité algunos hechos nuevos y
analicé algunas cuestiones que, a causa de
su
brevedad, hube de omitir en los artículos de
la revista.
Ninguna de las ediciones en lenguas europeas occidentales,
y tampoco las escandinavas
y polacas fueron hechas, naturalmente, de los
artículos, sino del libro, y es por ello que
contenían los agregados hechos en el texto y
los apéndices. De las traducciones rusas sólo
una,
aparecida en 1907, en la Editorial Conocimientos (Znania)
era completa; además,
introduje, fundado en nuevas obras, varios apéndices
nuevos, parte sobre la ayuda mutua entre los animales
y parte sobre la propiedad
comunal de la tierra en Inglaterra y Suiza. Las otras
ediciones rusas fueron hechas de los artículos
de la revista inglesa, y no del libro, y por
ello no tienen los agregados hechos por mí
en el texto, o
bien han omitido los ,apéndices. La edición
que se ofrece ahora contiene completos
todos los agregados y apéndices, y he revisado
nuevamente todo el texto y la traducción.
P. K.
Dmitrof, marzo 1920.
INTRODUCCION
Dos rasgos característicos de la vida animal
de la Siberia Oriental y del Norte de
Manchuria llamaron poderosamente mi atención
durante los
viajes que, en mi juventud, realicé por esas
regiones del Asia Oriental.
Me llamó la atención, por una parte,
la extraordinaria dureza de la lucha por la
existencia que deben sostener la mayoría de
las especies
animales contra la naturaleza inclemente, así
como la extinción de grandes cantidades
de individuos, que ocurría periódicamente,
en virtud de
causas naturales, debido a lo cual se producía
extraordinaria pobreza de vida y
despoblación en la superficie de los vastos
territorios donde
realizaba yo mis investigaciones.
La otra particularidad era que, aun en aquellos pocos
puntos aislados en donde la vida
animal aparecía en abundancia, no encontré,
a pesar
de haber buscado empeñosamente sus rastros,
aquella lucha cruel por los medios de
subsistencia entre los animales pertenecientes a una
misma especie que la mayoría de los darwinistas
(aunque no siempre el mismo Darwin)
consideraban como el rasgo predominante y
característica de la lucha por la vida, y como
la principal fuerza activa del desarrollo
gradual en el mundo de los animales.
Las terribles tormentas de nieve que azotan la región
norte de Asia al final del invierno,
y la congelación que a menudo sucede a la tormenta;
las heladas, las nevadas que se repiten todos los
años en la primera quincena de mayo
cuando los árboles están en plena floración
y la vida
de los insectos en su apogeo; las ligeras heladas
tempranas y, a veces, las nevadas
abundantes que caen ya en julio y en agosto, aun en
las
regiones de los prados de la Siberia Occidental, aniquilando,
repentinamente, no sólo
miríadas de insectos, sino también la
segunda nidada
de las aves; las lluvias torrenciales, debidas a los
monzones, que caen en agosto en las
regiones templadas del Amur y del Usuri, y se
prolongan semanas enteras y producen inundaciones
en las tierras bajas del Amur y del
Sungari en proporciones tan grandes como sólo
se
conoce en América y Asia Oriental, y, en los
altiplanos, grandísimas extensiones se
transforman en pantanos comparables, por sus
dimensiones, con Estados europeos enteros, y, por
último, las abundantes nevadas que
caen a veces a principios de octubre, debido a las
cuales un vasto territorio, igual por su extensión
a Francia o Alemania, se hace
completamente inhabitable para los rumiantes que perecen,
entonces, por millares; éstas son las condiciones
en que se sostiene la lucha por la vida
en el reino animal del Asia Septentrional.
Estas difíciles condiciones de la vida animal
ya entonces atrajeron mi atención hacia la
extraordinaria importancia, en la naturaleza, de
aquellas series de fenómenos que Darwin llama
"limitaciones naturales a la
multiplicación" en comparación con la
lucha por los medios de
subsistencia. Esta última, naturalmente, se
produce no sólo entre las diferentes especies,
sino también entre los individuos de la misma
especie, pero jamás alcanza la importancia
de los obstáculos naturales a la
multiplicación. La escasez de la población,
no el exceso, es el
rasgo característico de aquella inmensa extensión
del globo que llamamos Asia
Septentrional.
Por consiguiente, ya desde entonces comencé
a abrigar serias dudas, que más tarde no
hicieron sino confirmarse, respecto a esa terrible
y
supuesta lucha por el alimento y la vida dentro de
los límites de una misma especie, que
constituye un verdadero credo para la mayoría
de los
darwinistas. Exactamente del mismo modo comencé
a dudar respecto a la influencia
dominante que ejerce esta clase de lucha, según
las
suposiciones de los darwinistas, en el desarrollo
de las nuevas especies.
Además, dondequiera que alcanzaba a ver la
vida animal abundante y bullente como,
por ejemplo, en los lagos, donde, en primavera decenas
de especies de aves y millones de individuos se reúnen
para empollar sus crías o en las
populosas colonias de roedores, o bien durante la
migración de las aves que se producía,
entonces, en proporciones puramente
"americanas" a lo largo del valle del Usuri, o durante
una enorme
emigración de gamos que tuve oportunidad de
ver en el Amur, en que decenas de
millares de estos inteligentes animales huían
en grandes
tropeles de un territorio inmenso, buscando salvarse
de las abundantes nieves caídas, y
se reunían en grandes rebaños para atravesar
el Amur
en el punto más estrecho, en el Pequeño
Jingan; en todas estas escenas de la vida animal
que se desarrollaba ante mis ojos, veía yo
la ayuda
y el apoyo mutuo llevado a tales proporciones que
involuntariamente me hizo pensar, en
la enorme importancia que debe tener en la economía
de la naturaleza, para el mantenimiento de la existencia
de cada especie, su
conservación y su desarrollo futuro.
Por último, tuve oportunidad de observar entre
el ganado cornúpeta semisalvaje y entre
los caballos en la Transbaikalia, y en todas partes
entre
las ardillas y los animales salvajes en general, que
cuando los animales tedian que
luchar contra la escasez de alimento debida a una
de las
causas ya indicadas, entonces todo la parte de la
especie a quien afectaba esta calamidad
salía de la prueba experimentada con una pérdida
de energía y salud tan grande que ninguna evolución
progresista de las especies podía
basarse en semejantes períodos de lucha aguda.
Debido a las razones ya expuestas, cuando más
tarde las relaciones entre el darwinismo
y la sociología atrajeron mi atención,
no pude estar
de acuerdo con ninguno de los numerosos trabajos que
juzgaban de un modo u otro una
cuestión extremadamente importante. Todos ellos
trataban de demostrar que el hombre, gracias a su
inteligencia superior y a sus
conocimientos puede suavizar la dureza de la lucha
por la vida
entre los hombres pero al mismo tiempo, todos ellos
reconocían que la lucha por los
medios de subsistencia de cada animal contra todos
sus
congéneres, y de cada hombre contra todos los
hombres, es una "ley. natural". Sin
embargo, no podía estar de acuerdo con este
punto de
vista, puesto que me había convencido antes
de que, reconocer la despiadada lucha
interior por la existencia en los límites de
cada especie, y
considerar tal guerra como una condición de
progreso, significaría aceptar algo que no
sólo no ha sido demostrado aún, sino
que de ningún
modo es confirmado por la observación directa.
Por otra parte, habiendo llegado a mi conocimiento
la conferencia "Sobre la ley de la
ayuda mutua", del profesor Kessler, entonces decano
de
la Universidad de San Petersburgo, que pronunció
en un Congreso de naturalistas rusos,
en enero de. 1880, vi que arrojaba nueva luz sobre
toda esta cuestión. Según la opinión
de Kessler, además de la ley de lucha mutua, existe
en la naturaleza también la ley de ayuda mutua,
que,
para el éxito de la lucha por la vida y, particularmente,
para la evolución progresiva de
las especies, desempeña un papel mucho más
importante que la ley de la lucha mutua. Esta hipótesis,
que no es en realidad más que el
desarrollo máximo de las ideas anunciadas por
el
mismo Darwin en su Origen del hombre, me pareció
tan justa y tenía tan enorme
importancia, que, desde que tuve conocimiento de ello
(en
1883), comencé a reunir materiales para el
máximo desarrollo de esta idea que Kessler
apenas tocó, en su discurso, y no tuvo tiempo
de
desarrollar, puesto que murió en 1881.
Solamente en un punto no pude estar completamente
de acuerdo con las opiniones de
Kessler. Mencionaba éste los "sentimientos
familiares"
y los cuidados de la descendencia (véase capítulo
1) como la fuente de las inclinaciones
mutuas de los animales. Pero creo que el determinar
cuánto contribuyeron realmente estos dos sentimientos
al desarrollo de los instintos
sociales entre los animales y cuánto los otros
instintos
actuaron en el mismo sentido constituye una cuestión
aparte, y muy compleja, a la cual
apenas estamos, ahora, en condiciones de responder.
Sólo después que establezcamos bien
los hechos mismos de la ayuda mutua entre las
diferentes clases de animales y su importancia para
la
evolución podremos determinar qué parte
del desarrollo de los instintos sociales
corresponde a los sentimientos familiares y qué
parte a la
sociabilidad misma; y el origen de la última,
evidentemente, se ha de buscar en los
estadios más elementales de evolución
del mundo animal
hasta, quizá, en los "estadios coloniales".
Debido a esto, dediqué toda mi atención a
establecer, ante todo, la importancia de la ayuda
mutua
como factor de evolución, especialmente de
la progresiva, dejando para otros
investigadores el problema del origen de los instintos
de
ayuda mutua en la Naturaleza,
La importancia del factor de la ayuda mutua -"si tan
sólo pudiera demostrarse su
generalidad"- no escapó a la atención
de Goethe, en quien
de manera tan brillante se manifestó el genio
del naturalista. Cuando, cierta vez,
Eckerman contó a Goethe -sucedía esto
en el año 1827- que
dos pichoncillos de "reyezuelo", que se le habían
escapado cuando mató a la madre,
fueron hallados por él, al día siguiente,
en un nido de
pelirrojos que los alimentaban ala par de los suyos,
Goethe se emocionó mucho por este
relato. Vio en ello la confirmación de sus
opiniones
panteístas sobre la, naturaleza y dijo: "Si
resultara, cierto que alimentar a los extraños es
inherente a la naturaleza toda, como algo que tiene
carácter de ley general, muchos enigmas quedarían
entonces resueltos. Volvió sobre
esta cuestión al día siguiente, -y rogó
a Eckerman (quien,
como es sabido, era zoólogo) que hiciera un
estudio especial de ella, agregando que
Eckerman, sin duda, podría obtener "resultados
valiosos
e inapreciables" (Gespráche, ed. 1848, -tomo
III, págs. 219, 221). Por desgracia, tal
estudio nunca fue emprendido, aunque es muy probable
que Brehm, que ha reunido en sus obras materiales
tan ricos sobre la ayuda mutua entre
los animales, podría haber sido llevado a esta
idea
por la observación citada de Goethe.
Durante los años 1878-1886 se imprimieron varias
obras voluminosas sobre la
inteligencia y la vida mental de los animales (esas
obras se
citan en las notas del capítulo I de este libro),
tres de las cuales tienen una relación más
estrecha con la cuestión que nos interesa,
a: saber:
Les Sociétés animales, de Espinas (Paris,
1887); La lutte pour I'existence et l'association
pour la lutte, conferencia de Lanessan (abril 1881);
y el libro, cuya primera edición apareció
en el año 1881 ó 1882, y la segunda,
considerablemente aumentada, en 1885. Pero, a pesar
de la
excelente calidad de cada una, estas obras dejan,
sin embargo, amplio margen para una
investigación en la que la ayuda mutua fuera
considerada no solamente en calidad de argumento en
favor del origen prehumano de
los instintos morales, sino también como una
ley de la
naturaleza y un factor de evolución.
Espinas llamó especialmente la atención
sobre las sociedades de animales (hormigas,
abejas) que están fundadas en las diferencias
fisiológicas de estructura de los diversos
miembros de la misma especie y la división
fisiológica del trabajo entre ellos, y aun
cuando su obra
trae excelentes, indicaciones en todos los sentidos
posibles, fue escrita en una época en
que el desarrollo de las sociedades humanas, no
podía ser examinado como podemos hacerlo ahora,
gracias al caudal de conocimientos
acumulado desde entonces. La conferencia de
Lanessan tiene más bien el carácter
de un plan general de trabajo, brillantemente
expuesto, como una obra en la cual fuera examinado
el
apoyo mutuo comenzando desde las rocas a orillas del
mar, y pasando al mundo de los
vegetales, de los animales y de los hombres.
En cuanto a la obra recién editada de Büchner,
a pesar de que induce a la reflexión sobre
el papel de la ayuda mutua en la naturaleza, y de
que
es rica en hechos, no estoy de acuerdo con su idea
dominante. El libro se inicia con un
himno al amor, y casi todos los ejemplos son tentativas
para demostrar la existencia del amor y la simpatía
entre los animales. Pero, reducir la
sociabilidad de los animales al amor y a la
simpatíasignifica restringir su universalidad
y su importancia, exactamente lo mismo
que una ética humana basada en el amor y la
simpatía
personal conduce nada más que a restringir
la concepción del sentido moral en su
totalidad. De ningún modo me guía el
amor hacia el dueño
de una determinada casa a quien muy a menudo ni siquiera
conozco cuando, viendo su
casa presa de las llamas, tomo un cubo con agua y
corro hacia ella, aunque no tema por la mía.
Me guía un sentimiento más amplio,
aunque es más indefinido, un instinto, más
exactamente
dicho, de solidaridad humana; es decir, de caución
solidaria entre todos los hombres y
de sociabilidad. Lo mismo se observa también
entre
los animales. No es el amor, ni siquiera la simpatía
(comprendidos en el sentido
verdadero de éstas palabras) lo que induce
al rebaño de
rumiantes o caballos a formar un círculo con
el fin de defenderse de las agresiones de
los lobos; de ningún modo es el amor el que
hace que
los lobos se reúnan en manadas para cazar;
exactamente lo mismo que no es el amor lo
que obliga a los corderillos y a los gatitos a
entregarse a sus juegos, ni es el amor lo que junta
las crías otoñales de las aves que
pasan juntas días enteros durante casi todo
el otoño. Por
último, tampoco puede atribuirse al amor ni
a la simpatía personal el hecho de que
muchos millares de gamos, diseminados por territorios
de
extensión comparable a la de Francia, se reúnan
en decenas de rebaños aislados que se
dirigen, todos, hacia un punto conocido, con el fin
de
atravesar el Amur y emigrar a una parte más
templada de la Manchuria.
En todos estos casos, el papel más importante
lo desempeña un sentimiento
incomparablemente más amplio que el amor o
la simpatía
personal. Aquí entra el instinto de sociabilidad,
que se ha desarrollado lentamente entre
los animales y los hombres en el transcurso de un
período de evolución extremadamente
largo, desde los estadios más elementales, y que
enseñó por igual a muchos animales y
hombres a
tener conciencia de esa fuerza que ellos adquieren
practicando la ayuda y el apoyo
mutuos, y también a tener conciencia del placer
que se
puede hallar en la vida social.
Una importancia de esta distinción podrá
ser apreciada fácilmente por todo aquél que
estudie la psicología de los animales, y más
aún, la
ética humana. El amor, la simpatía y
el sacrificio de sí mismos, naturalmente,
desempeñan un papel enorme en el desarrollo
progresivo de
nuestros sentimientos morales. Pero la sociedad, en
la humanidad, de ningún modo le ha
creado sobre el amor ni tampoco sobre la simpatía.
Se ha creado sobre la conciencia -aunque sea instintiva-
de la solidaridad humana y de
la dependencia recíproca de los hombres. Se
ha
creado sobre el reconocimiento inconscientes semiconsciente
de la fuerza que la
práctica común de dependencia estrecha
de la felicidad de
cada individuo de la felicidad de todos, y sobre los
sentimientos de justicia o de
equidad, que obligan al individuo a considerar los
derechos
de cada uno de los otros como iguales a sus propios
derechos. Pero esta cuestión
sobrepasa los límites del presente trabajo,
y yo me limitaré
más que a indicar mi conferencia "Justicia
y Moral", que era contestación a la Etica de
Huxley, y en la cual me refería esta cuestión
con mayor
detalle.
Debido a todo, lo dicho anteriormente, Pensé
que un libro sobre "La ayuda mutua como
ley de la naturaleza y factor de evolución"
podría llenar
una laguna muy importante. Cuándo Huxley publicó,
en el año 1888 su "manifiesto"
sobre la lucha por la existencia ("Struggle for Existence
and
its Bearing upon Man") el cual, desde mi punto de
vista, era una representación
completamente infiel de los fenómenos de la
naturaleza, tales
como los vemos en las taigas y las estepas, me dirigí
al redactor de la revista Nineteenth
Century rogando dar ubicación en las páginas,
de la
revista que él dirigía a una critica
cuidadosa de las opiniones de uno de los más
destacados darwinistas, y Mr. James Knowles acogió
mi
propósito con la mayor simpatía por
este motivo hablé también, con W. Bates, con el
gran "naturalista del Amazonas", quien reunió,
como es
sabido, los materiales para Wallace y Darwin, y a
quien Darwin, con perfecta justicia,
calificó en su autobiografía como uno
de los hombres
más inteligentes qué había encontrado.
"sí, por cierto; eso es verdadero darwinismo
exclamó Bates, lo que han hecho de Darwin es
sencillamente indignante. Escriba esos artículos
y cuando estén impresos le enviaré una
carta que podrá publica. Por desgracia, la
composición de estos artículos me ocupó
casi siete años, y cuándo el último fue
publicado, Bates ya no estaba entre los vivos.
Después de haber examinado la importancia de
la ayuda mutua para el éxito y desarrollo
de las diferentes clases de animales, evidentemente,
estaba obligado a juzgar la importancia de aquel mismo
factor en el desarrollo del
hombre. Esto era aún más indispensable,
porque existen
evolucionistas dispuestos a admitir la importancia
de la ayuda mutua entre los animales,
pero, a la vez, como Herbert Spencer, negándola
al
respecto al hombre. Para los salvajes primitivos -afirman-
la guerra de uno contra todos
era la ley dominante del la vida. He tratado de analizar
en este libro, en los capítulos dedicados a
los salvajes y bárbaros, hasta dónde esta
afirmación que con excesiva complacencia repiten
todos
sin la necesaria comprobación desde la época
de Hobbes, coincide con lo que
conocemos respecto a los grados más antiguos
del desarrollo
del hombre.
El número y la importancia de las diferentes
instituciones de ayuda mutua que se
desarrollaron en la humanidad gracias al genio creador
las
masas salvajes y semisalvajes, ya durante el período
siguiente de la comuna aldeana, y
también la inmensa influencia que estas instituciones
antiguas ejercieron sobre el, desarrollo posterior
de la humanidad hasta los tiempos
modernos, me indujeron a extender el camino de mis
investigaciones a los períodos de los tiempos
históricos más antiguos. Especialmente
me detuve en el período de mayor interés,
el de las
ciudades repúblicas, libres, de la Edad Media,
cuya universalidad y cuya influencia
sobre nuestra civilización moderna no ha sido
suficientemente apreciada hasta ahora. Por último,
también traté de indicar brevemente
la enorme importancia que tienen todavía las
costumbres de apoyo mutuo transmitidas en herencia
por el hombre a través de un
periodo extraordinariamente largo de su desarrollo,
sobre
nuestra sociedad contemporánea, a pesar de
que se piensa y se dice que descansa sobre
el principio: "cada uno para sí y el Estado
para
todos", principio que las sociedades humanas nunca
siguieron por entero y que nunca
será llevado a la realización, íntegramente.
Quizá se me objetará que en este libro
tanto los hombres como los animales están
representados desde un punto de vista demasiado
favorable: que sus cualidades sociales son destacadas
en exceso, mientras que sus
inclinaciones antisociales, de afirmación de
sí mismos,
apenas están marcadas. Sin embargo, esto era
inevitable. En los últimos tiempos hemos
oído hablar tanto de "la lucha dura y despiadada
por
la vida" que aparentemente sostiene cada animal contra
todos los otros, cada salvaje
contra todos los demás salvajes, y cada hombre
civilizado contra todos sus conciudadanos semejantes
opiniones se convirtieron en una
especie de dogma, de religión de la sociedad
instruida-, que fue necesario, ante todo oponer una
serie amplia de hechos que muestran
la vida de los animales y de los hombres
completamente desde otro ángulo. Era necesario
mostrar, en primer lugar, el papel
predominante que desempeñan las costumbres
sociales
en la vida de la naturaleza y en la evolución
progresiva, tanto de las especies animales
como igualmente de los seres humanos.
Era necesario demostrar que las costumbres de apoyo
mutuo dan a los animales mejor
protección contra sus enemigos, que hacen menos
difícil obtener alimentos (provisiones invernales,
migraciones, alimentación bajo la
vigilancia de centinelas, etc.), que aumentan la prolongación
de la vida y debido a esto facilitan el desarrollo
de las facultades intelectuales; que
dieron a los hombres, aparte de las ventajas citadas,
comunes con las de los animales, la posibilidad de
formar aquellas instituciones que
ayudaron a la humanidad a sobrevivir en la lucha dura
con
la naturaleza y a perfeccionarse, a pesar de todas
las vicisitudes de la historia. Así lo
hice. Y por esto el presente libro es libro de la
ley de
ayuda mutua considerada como una de las principales
causas activas del desarrollo
progresivo, y no la investigación de todos
los factores de
evolución y su valor respectivo. Era necesario
escribir este libro antes de que fuer a
posible investigar la cuestión de la importancia
respectiva
de los diferentes agentes de la evolución.
Y menos aún, naturalmente, estoy inclinado
a menospreciar el papel que desempeñó la
autoafirmación del individuo en el desarrollo
de la
humanidad. Pero esta cuestión, según
mi opinión, exige un examen bastante más
profundo que el que ha hallado hasta ahora. En la
historia de
la humanidad, la autoafirmación del individuo
a menudo representó, y continúa
representando, algo perfectamente destacado, y algo
más
amplio y profundo que esa mezquina e irracional estrechez
mental que la mayoría de los
escritores presentan como "individualismo" y
"autoafirmación". De modo semejante, los individuos
impulsores de la historia no se
redujeron solamente a aquellos que los historiadores
nos
describen en calidad de héroes. Debido a esto,
tengo el propósito, siempre que sea
posible, de analizar en detalle, posteriormente, el
papel
que ha desempeñado la autoafirmación
del individuo en el desarrollo progresivo de la
humanidad. Por ahora, me limito a hacer nada más
que
la observación general siguiente:
Cuando las instituciones de ayuda mutua es decir,
la organización tribal, la comuna
aldeana, las guildas, la ciudad de la edad media
empezaron a perder en el transcurso del proceso histórico
su carácter primitivo, cuando
comenzaron a aparecer en ellas las excrecencias
parasitarias que les eran extrañas, debido
a lo cual estas mismas instituciones se
transformaron en obstáculo para el progreso,
entonces la
rebelión de los individuos en contra de estas
instituciones tomaba siempre un carácter
doble. Una parte de los rebeldes se empezaba en
purificar las viejas instituciones de los elementos
extraños a ella, o en elaborar formas
superiores de libre convivencia, basadas una vez más
en los principios de ayuda mutua; trataron de introducir,
por ejemplo, en el derecho
penal, el principio de compensación (multa),
en lugar de la
ley del Talión, y más tarde, proclamaron
el "perdón de las ofensas", es decir, un ideal
aún más elevado de igualdad ante la
conciencia humana,
en lugar de la "compensación" que se pagaba
según el valor de clase del damnificado.
Pero al mismo tiempo, la otra parte de esos individuos,
que se rebelaron contra la organización que
se había consolidado, intentaban
simplemente destruir las instituciones protectoras
de apoyo
mutuo a fin de imponer, en lugar de éstas,
su propia arbitrariedad, acrecentar de este
modo sus riquezas propias y fortificar su propio poder.
En esta triple lucha entre las dos categorías
de individuos, los qué se habían rebelado y
los protectores de lo existente, consiste toda la
verdadera tragedia de la historia. Pero, para representar
esta lucha y estudiar
honestamente el papel desempeñado en el desarrollo
de la
humanidad por cada una de las tres fuerzas citadas,
hará falta, por lo menos, tantos años
de trabajo como hube de dedicar a escribir este
libro.
De las obras que examinan aproximadamente el mismo
problema, pero aparecidas ya
después de la publicación de mis artículos
sobre la
ayuda mutua entre los animales, debo mencionar The
Lowell Lectures on the Ascent of
Man, por Henry Drummond, Londres, 1894, y The
Origin and Growth of the Moral Instinct, por A. Sutherland,
Londres, 1898. Ambos
libros están concebidos, en grado considerable,
según el
mismo plan del libro citado de Büchner, y en
el libro de Sutherland le consideran con
bastantes detalles los sentimientos paternales y familiares
corno único factor en el proceso de desarrollo
de los sentimientos morales. La tercera
obra de esta clase que trata del hombre y está
escrita
según el mismo plan es el libro del profesor
americano F. A. Giddings, cuya primera
edición apareció en el año 1896,
en Nueva York y en
Londres, bajo el título The Principles of Sociology,
y cuyas ideas dominantes habían
sido expuestas por el autor en un folleto, en el año
1894.
Debo, sin embargo, dejar por completo a la crítica
literaria el examen de las
coincidencias, similitudes y divergencias entre las
dos obras
citadas y la mía.
Todos los capítulos de este libro fueron publicados
primeramente en la revista
Nineteenth Century ("La ayuda mutua entre los animales",
en
septiembre y noviembre de 1890; "La ayuda mutua entre
los salvajes", en abril de 1891;
"ayuda mutua entre los bárbaros", en enero
de 1892;
"La ayuda mutua en la Ciudad Medieval", en agosto
y septiembre de 1884, y "La ayuda
mutua en la época moderna", en enero y junio
de
1896). Al publicarlos en forma de libro, pensé,
en un principio, incluir en forma de
apéndices la masa de materiales reunidos por
mí que no
pude aprovechar para los artículos que aparecieron
en la revista, así como el juicio sobre
diferentes puntos secundarios que tuve que omitir.
Tales apéndices habrían duplicado el
tamaño del libro, y me vi obligado a renunciar a su
publicación o, por lo menos, a aplazarla. En
los
apéndices de este libro está incluido
solamente el juicio sobre algunas pocas cuestiones
que han sido objeto de controversia científica
en el
curso de estos últimos años; del mismo
modo en el texto de los artículos primitivos
intercalé sólo el poco material adicional
que me fue posible
agregar sin alterar la estructura general de esta
obra.
Aprovecho esta oportunidad para expresar al editor
de Nineteenth Century, James
Knowles, mi agradecimiento, tanto por la amable
hospitalidad que mostró hacia la presente obra,
apenas se enteró de su idea general,
como por su amable permiso para la reimpresión
de
este trabajo.
P. K.
Bromley, Kent, 1902.
CAPITULO I: LA AYUDA MUTUA ENTRE LOS ANIMALES
La concepción de la lucha por la existencia
como condición del desarrollo progresivo,
introducida en la ciencia por Darwin y Wallace, nos
permitió abarcar, en una generalización,
una vastísima masa de fenómenos, y esta
generalización fue, desde entonces, la base
de todas
nuestras teorías filosóficas, biológicas
y sociales. Un número infinito de los más
diferentes hechos, que antes explicábamos cada
uno por una
causa propia, fueron encerrados por Darwin en una
amplia generalización. La
adaptación de los seres vivientes a su medio
ambiente, su
desarrollo progresivo, anatómico y fisiológico,
el progreso intelectual y aun el
perfeccionamiento moral, todos estos fenómenos
empezaron a
presentársenos como parte de un proceso común.
Comenzamos a comprenderlos como
una serie de esfuerzos ininterrumpidos, como una
lucha contra diferentes condiciones desfavorables,
lucha que conduce al desarrollo de
individuos, razas, especies y sociedades tales- que
representarían la mayor plenitud, la mayor
variedad y la mayor intensidad de vida.,
Es muy posible que, al comienzo de sus trabajos, el
mismo Darwin no tuviera
conciencia de toda la importancia y generalidad de
aquel
fenómeno la lucha por la existencia, al que
recurrió buscando la explicación de un grupo
de hechos, a saber: la acumulación de desviaciones
del tipo primitivo y la formación de nuevas
especies. Pero comprendió que el término
que él introducía en la ciencia perdería
su sentido
filosófico exacto si era comprendido exclusivamente
en sentido estrecho, como lucha
entre los individuos por los medios de subsistencia.
Por
eso, al comienzo mismo de su gran investigación
sobre el origen de las especies, insistió
en que se debe comprender "la lucha por la
existencia en su sentido amplio y metafórico,
es decir, incluyendo en él la dependencia
de un ser viviente de los otros, y también
-lo que es
bastante más importante- no sólo la
vida del individuo mismo, sino también la
posibilidad de que deje descendencia.
De este modo, aunque el mismo Darwin, para su propósito
especial, utilizó la expresión
"lucha por la existencia" preferentemente en su
sentido estrecho, previno a sus sucesores en contra
del error (en el cual parece que cayó
él mismo en una época) de la comprensión
demasiado estrecha de estas palabras. En su obra posterior,
Origen del hombre, hasta
escribió varias páginas bellas y vigorosas
para
explicar el verdadero y amplio sentido de esta lucha.
Mostró cómo, en innumerables
sociedades animales, la lucha por la existencia entre
los
individuos de estas sociedades desaparece completamente,
y cómo, en lugar de la lucha,
aparece la cooperación que conduce al desarrollo
de las facultades intelectuales y de las cualidades
morales, y que asegura a tal especie
las mejores oportunidades de vivir y propasarse.
Señaló que, de tal modo, en estos casos,
no se muestran de ninguna manera "más aptos"
aquéllos que son físicamente más
fuertes o más
astutos, o más hábiles, sino aquéllos
que mejor saben unirse y apoyarse los unos a los
otros -tanto los fuertes como los débiles-
para el
bienestar de toda su comunidad "Aquellas comunidades
-escribió- que encierran la<
mayor cantidad de miembros que simpatizan entre sí,
florecerán mejor y dejarán mayor cantidad
de descendientes- (segunda edición inglesa,
página 163).
La expresión, tomada por Darwin de la concepción
malthusiana de la lucha de todos
contra uno, perdió, de tal modo, su estrechez
cuando fue
transformada en la mente de un hombre que comprendía
la naturaleza profundamente.
Por desgracia, estas observaciones de Darwin, que
podrían haberse convertido en base de las investigaciones
más fecundas, pasaron
inadvertidas, a causa de la masa de hechos en que
entraba, o se suponía, la lucha real entre
los individuos por los medios de subsistencia.
Y Darwin no sometió a una investigación
más severa la importancia comparativa y la
relativa extensión de las dos formas de la
"lucha por la
vida" en el mundo animal: la lucha inmediata entre
las personas aisladas, y la lucha
común, entre muchas personas, en conjunto;
tampoco
escribió la obra que se proponía escribir
sobre los obstáculos naturales a la
multiplicación excesiva de los animales, tales
como la sequía, las
inundaciones, los fríos repentinos, las epidemias,
etc.
Sin embargo, tal investigación era ciertamente
indispensable para determinar las
verdaderas proporciones y la importancia en la naturaleza
de
la lucha individual por la vida entre los miembros
de una misma especie de animales en
comparación con la lucha de toda la comunidad
contra los obstáculos naturales y los enemigos
de otras especies. Más aún, en este
mismo libro sobre el origen del hombre, donde escribió
los
pasajes citados que refutan la estrecha comprensión
malthusiana de la "lucha" se abrió
paso nuevamente el fermento malthusiano; por
ejemplo, allí donde se hacía la pregunta:
¿es menester conservar la vida de los "débiles
de mente y cuerpo" en nuestras sociedades
civilizados? (capítulo V). Como si miles de
poetas, sabios inventores y reformadores
"locos", Y también los llamados "entusiastas
débiles de
mente" no fueran el arma más fuerte de la humanidad
en su lucha por la vida, en la
lucha que se sostiene con medios intelectuales y-
morales,
cuya importancia expuso tan bien el mismo Darwin en
los mismos capítulos de su libro.
Luego sucedió con la teoría de Darwin
lo que sucede con todas las teorías que tienen
relación con la vida humana. Sus continuadores
no sólo
no la ampliaron, de acuerdo con sus indicaciones,
sino que, por lo contrario, la
restringieron aún más. Y mientras Spencer,
trabajando
independientemente, pero en análogo sentido,
trataba hasta cierto punto de ampliar las
investigaciones acerca de la cuestión de quién
es el
más apto (especialmente en el apéndice
de la tercera edición de Data of Ethics),
numerosos continuadores de Darwin restringieron la
concepción de la lucha por la existencia hasta
los límites más estrechos. Empezaron a
representar el mundo de los animales como un mundo
de luchas ininterrumpidas entre seres eternamente
hambrientos y ávidos de la sangre de
sus hermanos. Llenaron la literatura moderna con el
grito de ¡Ay de los vencidos! y presentaron
este grito como la última palabra de la
biología.
Elevaron la lucha "sin cuartel", Y en pos de ventajas
individuales, a la altura de un
principio, de una ley de toda la biología,
a la cual el hombre
debe subordinarse, de lo contrario, sucumbirá
en este mundo que está basado en el
exterminio mutuo. Dejando de lado a los economistas,
los
cuales generalmente apenas conocen, del campo de las
ciencias naturales, algunas frases
corrientes, y ésas tomadas de los divulgadores
de
segundo grado, debemos reconocer que aun los más
autorizados representantes de las
opiniones de Darwin emplean todas sus fuerzas para
sostener estás falsas ideas. Si tomamos, por
ejemplo, a Huxley, a quien se considera, sin
duda, como uno de los mejores representantes de la
teoría del desarrollo (evolución) veremos
entonces que en el artículo titulado "La lucha
por la existencia y su relación con el hombre"
no enseña
que "desde el punto de vista del moralista, el mundo
animal se encuentra en el mismo
nivel que la lucha de gladiadores: alimentan bien
a los
animales y los arrojan a la lucha: en consecuencia,
sólo los más fuertes, los más ágiles y
los más astutos sobreviven únicamente
para entrar en
lucha al día siguiente. No es necesario que
el espectador baje el dedo para exigir que
sean muertos los débiles- aquí, sin
ello, no hay cuartel
para nadie".
En el mismo artículo, Huxley dice más
adelante que entre los animales, lo mismo que
entre los hombres primitivos "los más débiles
y los más
estúpidos están condenados a muerte,
mientras que sobreviven los más astutos y
aquellos a quienes es más difícil vulnerar,
a que los que
mejor supieron adaptarse a las circunstancias, pero
que de ningún modo son mejores en
los otros sentidos. La vida -dice- era una lucha
constante y general, y con excepción de las
relaciones limitadas y temporales dentro de
la familia, la guerra hobbesiana de uno contra todos
era el estado normal de la existencias.
Hasta dónde se justifica o no semejante opinión
sobre la naturaleza, se verá en los
hechos que este libro aporta, tanto del mundo animal
como
de la vida del hombre primitivo. Pero podemos decir
ya ahora que la opinión de Huxley
sobre la naturaleza tiene tan poco derecho a ser
reconocida en tanto que deducción científica,
como la opinión opuesta de Rousseau, que
veía en la naturaleza solamente amor, paz y
armonía,
perturbados por la aparición del hombre. En
realidad, el primer paseo por el bosque, la
primera observación sobre cualquier sociedad
animal
o hasta el conocimiento de cualquier trabajo serio
en donde se habla de la vida de los
animales en los continentes que aún no están
densamente poblados por el hombre (por ejemplo de
D'Orbigny, Audubon, Le Vaillant),
debía obligar al naturalista a reflexionar
sobre el papel
que desempeña la vida social en el mundo de
los animales, y preservarle tanto de
concebir la naturaleza en forma de campo de batalla
general
como del extremo opuesto, que ve en la naturaleza
sólo paz y armonía. El error de
Rousseau consiste en que perdió de vista, por
completo, la
lucha sostenida con picos y garras, y Huxley es culpable
del error de carácter opuesto;
pero ni el optimismo de Rousseau ni el pesimismo de
Huxley pueden ser aceptados como una interpretación
desapasionada y científica de la
naturaleza.
Si bien, comenzamos a estudiar los animales no únicamente
en los laboratorios y
museos sino en el bosque, en los prados, en las estepas
y
en las zonas montañosas, en seguida observamos
que, a pesar de que entre diferentes
especies y, en particular, entre diferentes clases
de
animales, en proporciones sumamente vastas, se sostiene
la lucha y el exterminio, se
observa, al mismo tiempo, en las mismas proporciones,
o tal vez mayores, el apoyo mutuo, la ayuda mutua
y la protección mutua entre los
animales pertenecientes a la misma especie o, por
lo menos,
a la misma sociedad. La sociabilidad es tanto una
ley de la naturaleza como lo es la
lucha mutua.
Naturalmente, sería demasiado difícil
determinar, aunque fuera aproximadamente, la
importancia numérica relativa de estas dos
series de
fenómenos. Pero si recurrimos, a la verificación
indirecta y preguntamos a la naturaleza:
"¿Quiénes son más aptos, aquellos
que
constantemente luchan entre sí o, por lo contrario,
aquellos que se apoyan entre sí?", en
seguida veremos que los animales que adquirieron las
costumbres de. ayuda mutua resultan, sin duda alguna,
los más aptos. Tienen más
posibilidades de sobrevivir como individuos y como
especie, y alcanzan en sus correspondientes clases
(insectos, aves, mamíferos) el más
alto desarrollo mental y organización física.
Si
tomamos en consideración los Innumerables hechos
que hablan en apoyo de esta
opinión, se puede decir con seguridad que la
ayuda mutua
constituye tanto una ley de la vida animal como la
lucha mutua. Más aún. Como factor
de evolución, es decir, como condición
de desarrollo en
general, probablemente tiene importancia mucho mayor
que la lucha mutua, porque
facilita el desarrollo de las costumbres y caracteres
que
aseguran el sostenimiento y el desarrollo máximo
de la especie junto con el máximo
bienestar y goce de la vida para cada individuo, y,
al
mismo tiempo, con el mínimo de desgaste inútil
de energías, de fuerzas.
Hasta donde yo sepa, de los sucesores científicos
de Darwin, el primero que reconoció
en la ayuda mutua la importancia de una ley de la
naturaleza y de un factor principal de la evolución,
fue el muy conocido biólogo ruso,
ex-decano de la Universidad de San Petersburgo,
profesor K. F. Kessler. Desarrolló este pensamiento
en un discurso pronunciado en
enero del año 1880, algunos meses antes de
su muerte, en
el congreso de naturalistas rusos, pero, como muchas
cosas buenas publicadas, sólo en
la lengua rusa, esta conferencia pasó casi
completamente inadvertida.
Como zoólogo viejo -decía Kessler-,
se sentía obligado a expresar su protesta contra el
abuso del término "lucha por la existencia",
tomado de
la - zoología, o por lo menos contra la valoración
excesivamente exagerada de su
importancia. -Especialmente en la zoología
-decía- en las
ciencias consagradas al estudio multilateral del hombre,
a cada paso se menciona la
lucha cruel por la existencia, y a menudo se pierde
de
vista por completo, que existe otra ley que podemos
llamar de la ayuda mutua, y que,
por lo menos ton relación a los animales, tal
vez sea
más importante -que la ley de la lucha por
la existencias. Señaló luego Kessler que la
necesidad de dejar descendencia, inevitablemente une
a
los animales, y "cuando más se vinculan entre
si los individuos de una determinada
especie, cuanto más ayuda mutua se prestan,
tanto más se
consolida la existencia de la especie y tanto más
se dan la! posibilidades de que dicha
especie vaya más lejos en su desarrollo y se
perfeccione, además, en su aspecto intelectual".
"Los animales de todas las clases,
especialmente de las superiores, se prestan ayuda
mutua" -proseguía Kessler (pág. 131),
y confirmaba su idea con ejemplos tomados de la
vida de los escarabajos enterradores o necróforos
y
de la vida social de las aves y de algunos mamíferos.
Estos ejemplos eran poco
numerosos, como era menester en un breve discurso
de
inauguración, pero puntos importantes fueron
claramente establecidos. Después de
haber señalado luego que en el desarrollo de
la
humanidad la ayuda mutua desempeña un papel
aún más grande, Kessler concluyó su
discurso con las siguientes observaciones.
"Ciertamente, no niego la lucha por la existencia,
sino que sostengo que, el desarrollo
progresivo, tanto de todo el reino animal como en
especial de la humanidad, no contribuye tanto la lucha
recíproca cuanto la ayuda mutua.
Son inherentes a todos los cuerpos orgánicos
dos
necesidades. esenciales: la necesidad de alimento
y la necesidad de multiplicación. La
necesidad de alimentación los conduce a la
lucha por
la subsistencia, y al exterminio recíproco,
y la necesidad de la multiplicación los
conduce a aproximarse a la ayuda mutua. Pero, en el
desarrollo del mundo orgánico, en la transformación
de unas formas en otras, quizá
ejerza mayor influencia la ayuda mutua entre los individuos
de una misma especie que la lucha entre ellos".
La exactitud de las opiniones expuestas más
arriba llamó la atención de la mayoría de
los presentes en el congreso de los zoólogos
rusos, y N.
A. Syevertsof, cuyas obras son bien conocidas de los
ornitólogos y geógrafos, las apoyó
e ilustró con algunos ejemplos complementarios.
Mencionó algunas especies de halcones dotados
de una organización quizá ideal para.
los fines de ataque, pero a pesar de ello, se extinguen,
mientras -que las otras especies de halcones que practican
la ayuda mutua prosperan.
Por otra parte, tomad un ave tan social como el pato
-dijo- en general, está mal organizado, pero
practica el apoyo mutuo y, a juzgar por sus
innumerables especies y variedades, tiende
positivamente a extenderse por toda la tierra".
La disposición de los zoólogos rusos
a aceptar las opiniones de Kessler le explica muy
naturalmente porque casi todos ellos tuvieron
oportunidad de estudiar el mundo animal en las extensas
regiones deshabitadas del Asia
Septentrional o de Rusia Oriental, y el estudio de
tales regiones conduce, inevitablemente, a esas mismas
conclusiones. Recuerdo la
impresión que me produjo el mundo animal de
Siberia
cuando yo exploraba las tierras altas de Oleminsk
Vitimsk en compañía de tan-
destacado zoólogo como era mi, amigo Iván
Simionovich
Poliakof. Ambos estábamos bajo la impresión
reciente de El origen de las especies, de
Darwin, pero yo buscaba vanamente esa aguzada
competencia entre los animales de la misma especie
a que nos había preparado la lectura
de la obra de Darwin, aun después de tomar
en
cuenta la observación hecha en el capitulo
III de esta obra (pág. 54).
-¿Dónde está esa lucha? -preguntaba
yo a Poliakof-. Veíamos muchas adaptaciones para
la lucha, muy a menudo para la lucha en común,
contra las condiciones climáticas desfavorables,
o contra diferentes enemigos, y I. S.
Poliakof escribió algunas páginas hermosas
sobre la
dependencia mutua de los carnívoros, rumiantes
y roedores en su distribución
geográfica. Por otra parte, vi yo allí,
y en el Amur, numerosos
casos de apoyo mutuo, especialmente en la época
de la emigración de las aves y de los
rumiantes, pero aun en las regiones del Amur y del
Ussuri, donde la vida animal se distingue por su gran
abundancia, muy raramente me
ocurrió observar, a pesar de que los buscaba,
casos de
competencia real y de lucha entre los individuos de
-una misma especie de animales
superiores. La misma impresión brota de los
trabajos de
la mayoría de los zoólogos rusos, y
esta circunstancia quizá aclare por qué las ideas de
Kessler fueron tan bien recibidas por los darwinistas
rusos, mientras que semejantes opiniones no son corrientes
entre los continuadores de
Darwin de Europa Occidental, que conocen el mundo
animal preferentemente en la Europa más occidental,
donde el exterminio de los
animales por el hombre alcanzó tales proporciones
que los
individuos de muchas especies, que fueron en otros
tiempos sociales, viven ahora
solitarios.
Lo primero que nos sorprende, cuando comenzamos a
estudiar la lucha por la
existencia, tanto en sentido directo como en el figurado
de la
expresión, en las regiones aún escasamente
habitadas por el hombre, es la abundancia
de casos de ayuda mutua practicada por los
animales, no sólo con el fin de educar a la
descendencia, como está reconocido por la
mayoría de los evolucionistas, sino también
para la
seguridad del individuo y para proveerse del alimento
necesario. En muchas vastas
subdivisiones del reino animal, la ayuda mutua es
regla
general. b ayuda mutua se encuentra hasta entre los
animales más inferiores y
probablemente conoceremos alguna vez, por las personas
que
estudian la vida microscópica de las aguas
estancadas, casos de ayuda mutua
inconsciente hasta entre los microorganismos más
pequeños.
Naturalmente, nuestros conocimientos de la vida de
los invertebrados -excluyendo las
termitas, hormigas y abejas- son sumamente limitados;
pero a pesar de esto, de la vida de los animales más
inferiores podemos citar algunos
casos de ayuda mutua bien verificados. Innumerables
sociedades de langostas, mariposas -especialmente
vanessae-, grillos, escarabajos
(cicindelae), etc., en realidad se hallan completamente
inexploradas, pero ya el mismo hecho de su existencia
indica que deben establecerse
aproximadamente sobre los mismos principios que las
sociedades temporales de hormigas y abejas con fines
de migración. En cuanto a los
escarabajos, son bien conocidos casos exactamente
observados de ayuda mutua entre los sepultureros (Necrophorus).
Necesitan alguna
materia orgánica en descomposición para
depositar los
huevos y asegurar la alimentación de sus larvas;
pero la putrefacción de ese material no
debe producirse muy rápidamente. Por eso, los
escarabajos sepultureros entierran los cadáveres
de todos los animales pequeños con que
se topan -casualmente durante sus búsquedas.
En
general, los escarabajos de esta raza viven solitarios;
pero, cuando alguno de ellos
encuentra el cadáver de algún ratón
o de un ave, que no
puede enterrar, convoca a varios otros sepultureros
más (se juntan a veces hasta seis)
para realizar esta operación con sus fuerzas
asociadas.
Si es necesario, transportan el cadáver a un
suelo más conveniente y blando. En general,
el entierro se realiza de un modo sumamente
meditado y sin la menor disputa con respecto a quién
corresponde disfrutar del
privilegio de poner sus huevos en el cadáver
enterrado. Y
cuando Gleditsch ató un pájaro muerto
a una cruz hecha de dos palitos, o suspendió una
rana de un palo clavado en el suelo, los sepultureros,
del modo más amistoso, dirigieron la fuerza
de sus inteligencias reunidas para vencer la
astucia del hombre. La misma combinación de
esfuerzos se observa también en los escarabajos
del estiércol.
Pero, aún entre los animales situados en un
grado de organización algo inferior,
podemos encontrar ejemplos semejantes. Ciertos cangrejos
anfibios de las Indias Orientales y América
del Norte se reúnen en grandes masas
cuando se dirigen hacia el mar para depositar sus
huevas,
por lo cual cada una de estas migraciones presupone
cierto acuerdo mutuo. En cuanto a
los grandes cangrejos de las Molucas (Limulus), me
sorprendió ver en el año 1882, en el
acuario de Brighton, hasta qué punto son capaces
estos animales torpes de prestarse ayuda entre sí
cuando alguno de ellos la necesita. Así, por
ejemplo, uno se dio vuelta Y quedó de
espalda en un rincón de la gran cuba donde
se les guarda
en el acuario, y su pesada caparazón, parecida
a una gran cacerola, le impedía tomar su
posición habitual, tanto más cuanto
que en ese rincón
habían hecho una división de hierro
que dificultaba más aún sus tentativas de volverse.
Entonces, los compañeros corrieron en su ayuda,
y
durante una hora entera observé cómo
trataban de socorrer a su camarada de cautiverio.
Al principio aparecieron dos cangrejos, que
empujaron a su amigo por debajo, y después
de esfuerzos empeñosos, consiguieron
colocarlo de costado, pero la división de hierro
impedíales terminar su obra, y él cangrejo
cala de nuevo, pesadamente, de espaldas.
Después de muchas tentativas, uno de los salvadores
se
dirigió hacia el fondo de la cuba y trajo consigo
otros dos cangrejos, los cuales, con
fuerzas frescas, se entregaron nuevamente a la tarea
de
levantar y empujar al camarada incapacitado. Permanecimos
en el acuario, más de dos
horas, y cuando nos íbamos, nos acercamos de
nuevo
a echar; un vistazo a la cuba: ¡el trabajo de
liberación continuaba aún! Después de haber
sido testigo de este episodio, creo plenamente en
la
observación hecha por Erasmo Darwin, a saber:
que "el cangrejo común, durante la
muda, coloca en calidad de centinela a cangrejos que
no
han sufrido la muda o bien a un individuo cuya caparazón
se ha endurecido ya, a fin de
proteger a los individuos que han mudado, en su
situación desamparada, contra la agresión
de los enemigos marinos".
Los casos de ayuda mutua entre las termitas, hormigas
y abejas son tan conocidos para
casi todos los lectores, en especial gracias a los
populares libros de Romanes, Büchner y John Lubbock,
que puedo limitarme a muy
pocas citas. Si tomamos un hormiguero, no sólo
veremos
que todo género de trabajo -la cría
de la descendencia el aprovisionamiento, la
construcción, la cría de los pulgones,
etc.-, se realiza de
acuerdo con los principios de ayuda mutua voluntaria,
sino que, junto con Forel,
debemos también reconocer que el rasgo principal,
fundamental, de la vida de muchas especies de hormigas
es que cada hormiga comparte
y está obligada a compartir su alimento, ya
deglutido
y en parte digerido, con cada miembro de la comunidad
que haya manifestado su
demanda de ello. Dos hormigas pertenecientes a dos
especies diferentes o a dos hormigueros enemigos,
en un encuentro casual, se evitarán la
una a la otra. Pero dos hormigas pertenecientes -al
mismo hormiguero, o a la misma colonia de hormigueros,
siempre que se aproximan,
cambian algunos movimientos de antena y, -"si una
de
ellas está hambrienta o siente sed, y si especialmente
en ese momento la otra tiene el
papo lleno, entonces la primera pide inmediatamente
alimento". La hormiga a la cual se dirigió
el pedido de tal modo, nunca se rehúsa;
separa sus mandíbulas, y dando a su cuerpo
la posición
conveniente, devuelve una gota de líquido transparente,
que la hormiga hambrienta
sorbe.
La devolución de alimentos para nutrir a otros
es un rasgo tan importante de la vida de
la hormiga (en libertad) y se aplica tan constantemente,
tanto para la alimentación de los camaradas
hambrientos como para la nutrición de las
larvas, que, según la opinión de Forel,
los órganos
digestivos de las hormigas se componen de dos partes
diferentes; una de ellas, la
posterior, se destina al uso especial de la hormiga
misma, y
la otra, la anterior, principalmente a utilidad de
la comunidad. Si cualquier hormiga con
el papo lleno, mostrara ser tan egoísta que
rehusara
alimento a un camarada, la tratarían como enemiga
o peor aún. Si la negativa fuera
hecha en el momento en que sus congéneres luchan
contra
cualquier especie de hormiga o contra un hormiguero
extraño, caerían sobre su
codiciosa compañera con mayor furor que sobre
sus propias
enemigas. Pero, si la hormiga no se rehusara a alimentar
a otra hormiga perteneciente a
un hormiguero enemigo, entonces las congéneres
de
la última la tratarían como amiga. Todo
esto está confirmado por observaciones y
experiencias sumamente precisas, que no dejan ninguna
duda sobre la autenticidad de los hechos mismos ni
sobre la exactitud de su
interpretación.
De tal modo, en esta inmensa división del mundo
animal, que comprende más de mil
especies y es tan numerosa que el Brasil, según
la
afirmación de los brasileños, no pertenece
a los hombres, sino a las hormigas, no existe
en absoluto lucha ni competencia por el alimento entre
los miembros de un mismo hormiguero o de una colonia
de hormigueros. Por terribles
que sean las guerras entre las diferentes especies
de
hormigas y los diferentes hormigueros, y cualesquiera
que sean las atrocidades
cometidas durante la guerra, la ayuda mutua dentro
de la
comunidad, la abnegación en beneficio común,
se ha transformado en costumbre, y el
sacrificio, en bien común, es la regla general.
Las
hormigas, y las termitas repudiaron de este modo la
"guerra hobbesiana", y salieron
ganando. Sus sorprendentes hormigueros, sus
construcciones, que sobrepasan por la altura relativa,
a las construcciones de los
hombres; sus caminos pavimentados y galerías
cubiertas
entre los hormigueros; sus espaciosas salas y graneros;
sus campos trigo; sus cosechas,
los granos "malteados", los "huertos" asombrosos
de la "hormiga umbelífera", que devora hojas
y abona trocitos de tierra con bolitas de
fragmentos de hojas masticadas y por eso crece en
estos huertos solamente una clase de hongos, y todos
los otros son exterminados; sus
métodos racionales de cuidado de los huevos
y de las
larvas, comunes a todas las hormigas, y la construcción
de nidos especiales y cercados
para la cría de los pulgones, que Linneo llamó
tan
pintorescamente "vacas de las hormigas" y, por último,
su bravura, atrevimiento y
elevado desarrollo mental; todo esto es la consecuencia
natural de la ayuda mutua que practican a cada paso
de su vida activa y laboriosa. La
sociabilidad de las hormigas condujo también
al
desarrollo de otro rasgo esencial de su vida, a saber:
el enorme desarrollo de la iniciativa
individual que, a su vez, contribuyó a que
se
desarrollaran en la hormiga tan elevadas y variadas
capacidades mentales que producen
la admiración y el asombro de todo observador.
Si no conociéramos ningún otro caso
de la vida de los animales, aparte de aquellos
conocidos de las hormigas y termitas, podríamos
concluir
con seguridad que la ayuda mutua (que conduce a la
confianza mutua, primera
condición de la bravura) y la iniciativa personal
(primera
condición del progreso intelectual), son dos
condiciones incomparablemente más
importantes en el desarrollo del mundo de los animales
que
la lucha mutua. En realidad, las hormigas prosperan,
a pesar de que no poseen ninguno
de los rasgos "defensivos" sin los cuales no puede
pasarse animal alguno que lleve vida solitaria. Su
color les hace muy visibles para sus
enemigos, y en los bosques y en los prados, los grandes
hormigueros de muchas especies, llaman la atención
en seguida. La hormiga no tiene
caparazón duro; su aguijón, por más
que resulte
peligroso cuando centenares se hunden en el cuerpo
de un animal, no tiene gran valor
para la defensa individual. Al mismo tiempo, las larvas
y
los huevos de las hormigas constituyen un manjar para
muchos de los habitantes de los
bosques.
No obstante, las mal defendidas hormigas no sufren
gran exterminio por parte de las
aves, ni aun de los osos hormigueros; e infunden terror
a
insectos que son bastante más fuertes que ellas
mismas. Cuando Forel vació un saco de
hormigas en un prado, vio que -los grillos se
dispersaban abandonando sus nidos al pillaje de las
hormigas; las arañas y los
escarabajos abandonaban sus presas por miedo a
encontrarse en situación de víctimas";
las hormigas se apoderan hasta de los nidos de
avispas, después de una batalla durante la
cual muchas
perecieron en bien de la comunidad. Aun los más
veloces insectos no alcanzaron a
salvarse, y Forel tuvo ocasión de ver, a menudo,
que las
hormigas atacaban y mataban, inesperadamente, mariposas,
mosquitos, moscas, etc. Su
fuerza reside en el apoyo mutuo y en la confianza
mutua. Y si la hormiga -sin hablar de otras termitas
más desarrolladas- ocupa la cima de
una clase entera de insectos por su capacidad
mental; si por su bravura se puede equiparar a los
más valientes vertebrados, y su
cerebro -usando las palabras de Darwin- "constituye
uno de
los más maravillosos átomos de materia
del mundo, tal vez aun más asombroso que el
cerebro del hombre" -¿no debe la hormiga todo
esto a
que la ayuda mutua reemplaza completamente la lucha
mutua en su comunidad?
Lo mismo es cierto también con respecto a las
abejas. Estos pequeños insectos, que
podrían ser tan fácil presa de numerosas
aves, y cuya
miel atrae a toda clase de animales, comenzando por
el escarabajo y terminando con el
oso, tampoco tienen particularidad alguna protectora
en la estructura o en lo que a mimetismo se refiere,
sin los cuales los insectos que viven
aislados apenas podrían evitar el exterminio
completo.
Pero, a pesar de eso, debido a la ayuda mutua practicada
por las abejas, como es sabido,
alcanzaron a extenderse ampliamente por la tierra;
poseen una gran inteligencia, y han elaborado formas
de vida social sorprendentes.
Trabajando en común, las abejas multiplican
en proporciones inverosímiles sus fuerzas
individuales, y recurriendo a una división
temporal del
trabajo, por lo cual cada abeja conserva su aptitud
para cumplir cuando es necesario,
cualquier clase de trabajo, alcanzando tal grado de
bienestar y seguridad que no tiene ningún animal,
por fuerte que sea o bien armado que
esté. En sus sociedades, las abejas a menudo
superan al hombre, cuando éste descuida las
ventajas de una ayuda mutua bien
planeada. Así, por ejemplo, cuando un enjambre
de abejas se
prepara a abandonar la colmena para fundar una nueva
sociedad, cierta cantidad de
abejas exploran previamente la vecindad, y si logran
descubrir un lugar conveniente para vivienda, por
ejemplo, un cesto viejo, o algo por el
estilo, se apoderan de él, y lo limpian y lo
guardan, a
veces durante una semana entera, hasta que el enjambre
se forma y se asienta en el lugar
elegido. ¡En cambio, muy a menudo los hombres
hubieron de perecer en sus emigraciones a nuevos países,
sólo porque los emigrantes no
comprendieron la necesidad de unir sus esfuerzos!
Con la ayuda de su inteligencia colectiva reunida,
las abejas luchan con éxito contra las
circunstancias adversas, a veces completamente
imprevistas y desusadas, como sucedió, por
ejemplo, en la exposición de París, donde
las abejas fijaron con su propóleo resinoso
(cera) un
postigo que cerraba una ventana construida en la pared
de sus colmenas. Además, no se
distinguen por las inclinaciones sanguinarias, -y
por
el amor a los combates inútiles con que muchos
escritores dotan tan gustosamente a
todos los animales. Los centinelas que guardan las
entradas de las colmenas matan sin piedad a todas
las abejas ladronas que tratan de
penetrar en ella; pero las abejas extrañas
que caen por
error no son tocadas, especialmente si llegan cargadas
con la provisión del polen
recogido, o si son abejas jóvenes, que pueden
errar
fácilmente el camino. De este modo, las acciones
bélicas, se reducen a las más
estrictamente necesarias.
La sociabilidad de las abejas es tanto más
instructiva cuanto más los instintos de rapiña
y de pereza continúan existiendo entre ellas,
y
reaparecen de nuevo cada vez que las circunstancias
les son favorables. Sabido es que
siempre hay un cierto número de abejas que
prefieren
la vida de ladrones a la vida laboriosa de obreras;
por lo cual, tanto en los períodos de
escasez de alimentos como en los períodos de
abundancia extraordinaria, el número de las
ladronas crece rápidamente. Cuando la
recolección está terminada y en nuestros
campos y
praderas queda poco material para la elaboración
de la miel, las abejas ladronas
aparecen en gran número: por otra parte, en
las plantaciones
de azúcar de las Indias Orientales y en las
refinerías de Europa, el robo, la pereza y,
muy a menudo, la embriaguez, se vuelven fenómenos
corrientes entre las abejas. Vemos, de este modo,
que los instintos antisociales
continúan existiendo; pero la selección
natural debe aniquilar
incesantemente a las ladronas, ya que, a la larga,
la práctica de la reciprocidad se
muestra más ventajosa para la especie que el
desarrollo de
los individuos dotados de inclinaciones de rapiña.
"Los más astutos y los más
inescrupulosos" de los que hablaba Huxley como de
los
vencedores, son eliminados para dar lugar a los individuos
que comprenden las ventajas
de la vida social y del apoyo mutuo.
Naturalmente, ni las hormigas ni las abejas, ni siquiera
las termitas, se han elevado hasta
la concepción de una solidaridad más
elevada, que
abrazase toda su especie. En este respecto, evidentemente,
no alcanzaron un grado de
desarrollo que no encontrarnos siquiera entre los
dirigentes políticos, científicos y
religiosos, de la humanidad. Sus instintos sociales casi
no van más allá de los límites
del hormiguero o de la
colmena. A pesar de eso, Forel describió colonias
de hormigas en Mont Tendré y en la
montaña Saleve, que incluían no menos
de doscientos
hormigueros, y los habitantes de tales colonias pertenecían
a dos diferentes especies
(Formica exsecta y F. pressilabris). Forel afirma
que
cada miembro de estas colonias conoce a los miembros
restantes, y que todos toman
parte en la defensa común. Mac Cook observó,
en
Pensilvania, una nación entera de hormigas,
compuesta de 1600 a 1700 hormigueros,
que vivían en completo acuerdo; y Bates describió
las
enormes extensiones de los campos brasileños
cubiertos de montículos de termitas, en
done algunos hormigueros servían de refugio
a dos o
tres especies diferentes, y la mayoría de estas
construcciones estaban unidas entre sí por
galerías abovedadas y arcadas cubiertas. De
este
modo, algunos ensayos de unificación de subdivisiones
bastante amplias de una especie,
con fines de defensa mutua y de vida social, se
encuentra hasta entre los animales invertebrados.
Pasando ahora a los animales superiores, encontramos
aún más casos de ayuda mutua,
indudablemente consciente, que se practica con
todos los fines posibles, a pesar de que, por otra
parte, debernos observar qué nuestros
conocimientos de la vida, hasta de los animales
superiores, todavía se distinguen sin embargo,
por su gran insuficiencia. Una multitud
de casos de este género fueron descritos por
zoólogos
eminentísimos, pero, sin embargo, hay divisiones
enteras del reino animal de los cuales
casi nada nos es conocido.
Sobre todo, tenemos pocos testimonios fidedignos con
respecto a los peces, en parte
debido a la dificultad de las observaciones y en parte
porque no se ha prestado a esta materia la debida
atención. En cuanto a los mamíferos,
ya Kessler observó lo poco que conocemos de
su
vida. Muchos de ellos sólo salen de noche de
sus madrigueras; otros, se ocultan debajo
de la tierra; los rumiantes, cuya vida social y cuyas
migraciones ofrecen un interés muy profundo,
no permiten al hombre aproximarse a sus
rebaños. De las que sabemos más, es
de las aves; sin
embargo, la vida social de muchas especies continúa
siendo aún poco conocida para
nosotros. Por otra parte, en general, no tenemos de
qué
quejamos poca la falta de casos bien establecidos,
como se verá a continuación. Llamo
la atención únicamente que la mayor
parte de estos
hechos han sido reunidos por zoólogos indiscutiblemente
eminentes -fundadores de la
zoología descriptiva- sobre la base de sus
propias
observaciones, especialmente en América, en
la época en que aún estaba muy
densamente poblada por mamíferos y aves. El
gran desarrollo
de la ayuda mutua que ellos observaron, ha sido notado
también recientemente en el
Africa central, todavía poco poblada por el
hombre.
No tengo necesidad de detenerme aquí sobre
las asociaciones entre macho y hembra
para la crianza de la prole, para asegurar su alimento
en las primeras épocas de su vida y para la
caza en común. Es menester recordar
solamente que semejantes asociaciones familiares están
extendidas ampliamente hasta entre los carnívoros
menos sociables y las aves de rapiña;
su mayor interés reside en que la asociación
familiar
constituye el medio en donde se desarrollan los sentimientos
más tiernos, hasta entre los
animales muy feroces en otros aspectos. Podemos,
también, agregar que la rareza de asociaciones
que traspasen los límites de la familia en
los carnívoros y las aves de rapiña,
aunque en la
mayoría de los casos es resultado de la forma
de alimentación, sin embargo,
indudablemente constituye también, hasta cierto
punto, la
consecuencia de cambios en el mundo animal, provocados
por la rápida multiplicación
de la humanidad. Hasta ahora se ha prestado poca
atención a estas circunstancias, pero sabemos
que hay especies cuyos individuos llevan
una vida completamente solitaria en regiones
densamente pobladas, mientras que aquellas mismas
especies o sus congéneres más
próximos viven en rebaños, en lugares
no habitados
por el hombre. En este sentido podemos citar como
ejemplo a los lobos, zorros, osos y
algunas aves de rapiña.
Además, las asociaciones que no traspasan los
limites de la familia presentan para
nosotros comparativamente poco interés; tanto
más
cuanto que son conocidas muchas otras asociaciones,
de carácter bastante más general,
como, por ejemplo, las asociaciones formadas por
muchos animales, para la caza, la defensa mutua o,
simplemente, para el goce de la
vida. Audubon ya mencionó que las águilas
se reúnen a
veces en grupos de varios individuos, y su relato
sobre dos águilas calvas, macho y
hembra, que cazaban en el Mississipi, es muy conocido
como modelo de descripción artístico,
pero una de las más convincentes observaciones
en este sentido Pertenece a Syevertsof. Mientras
estudiaba la fauna de las estepas rusas, vio cierta
vez un águila perteneciente a la
especie gregaria (cola blanca, Haliaetos abicilla)
que se
elevaba hacia lo alto; durante media hora, el águila
describió círculos amplios, en
silencio, y repentinamente resonó su penetrante
graznido. Al
poco tiempo respondió a este grito el graznido
de otro águila que se había acercado
volando a la primera, le siguió una tercera,
una cuarta,
etcétera, hasta que se reunieron nueve o diez,
que pronto se perdieron de vista. Después
de medio día, Syevertsof se dirigió
hacia el lugar
donde notó que habían volado las águilas
y, ocultándose detrás de una ondulación de la
estepa, se acercó a la bandada y observó
que se
habían reunido alrededor del cadáver
de un caballo. Las águilas viejas, que
generalmente se alimentan primero -tales son las reglas
de la
urbanidad entre las águilas-, ya estaban posadas
sobre las parvas de heno vecinas, en
calidad de centinelas, mientras las jóvenes
continúan
alimentándose, rodeadas por bandadas de cornejas.
De esta y otras observaciones
semejantes Syevertsof dedujo que las águilas
de cola
blanca se reúnen para la caza; elevándose
a gran altura, si son por ejemplo alrededor de
una decena, pueden observar una superficie de
cerca de 50 verstas cuadradas, y, en cuanto descubren
algo, en seguida, consciente e
inconscientemente, avisan a sus compañeras,
que se
acercan y sin discusión, se reparten el alimento
hallado.
En general, Syevertsof más tarde tuvo varias
veces ocasión de convencerse de que las
águilas de cola blanca se reúnen siempre
para devorar
la carroña y que algunas de ellas (al comienzo
del festín, las jóvenes) desempeñan
siempre el papel de vigilantes, mientras las otras
comen.
Realmente, las águilas de cola blanca, unas
de las más bravas y mejores cazadoras, son,
en general, aves gregarias, y Brehm dice que,
encontrándose en cautiverio, se aficionan rápidamente
al hombre (I. c., pág. 499-501).
La sociabilidad es el rasgo común de muchas
otras aves de rapiña. El grifo halcón
brasileño (Caravara), uno de los rapaces más
"desvergonzados", es, sin embargo, extraordinariamente
sociable. Sus asociaciones para
la caza han sido descritas por Darwin y otros
naturalistas, y está probado que, si se apoderan
de una presa demasiado grande,
convocan entonces a cinco ó seis de sus camaradas
para
llevarla. Por la tarde, cuando estas aves, que se
encuentran siempre en movimiento,
después de haber volado todo el día,
se dirigen a
descansar y se posan sobre algún árbol
aislado del campo, siempre se reúnen en
bandadas poco numerosas, y entonces se juntan con
ellas
los pernócteros, pequeños milanos de
alas oscuras, parecidos a las cornejas, sus
"verdaderos amigos", como dice D'Orbigny. En el viejo
mundo, en las estepas transcaspianas, los milanos,
según las observaciones de Zarudnyi,
tienen la misma costumbre de construir sus nidos en
un mismo lugar, agrupándose varios. El grifo
social -una de las razas más fuertes de los
milanos- recibió su propio nombre por su amor
a la
sociedad. Viven en grandes bandadas, y en el Africa
se encuentran montañas enteras
literalmente cubiertas, en todo lugar libre,- por
sus nidos.
Decididamente, gozan de la vida social y se reúnen
en bandadas muy grandes para volar
a gran altura, lo que constituye para ellos una
especie de deporte. "Viven en gran amistad -dice Le
Vaillant-, y a veces en una misma
cueva encontré hasta tres nidos".
Los milanos urubú, en Brasil, se distinguen
quizá por una mayor sociabilidad que las
cornejas de pico blanco, dice Bates, el conocido
explorador del río Amazonas. Los pequeños
milanos egipcios (Pernocterus
stercorarius), también viven en buena amistad.
Juegan en el aire,
en bandadas, pasan la noche juntos, y, por la mañana,
en montones, se dirigen en busca
de alimento, y entre ellos no se produce ni la más
pequeña rifía; así lo atestigua
Brehm, que ha tenido posibilidad plena de observar su
vida. El halcón de cuello rojo se encuentra
también en
bandadas numerosas en los bosques del Brasil, y el
halcón rojo cernícalo (Tinunculus
cenchyis), después de abandonar Europa y de
haber
alcanzado en invierno las estepas y los bosques de
Asia, se reúne en grandes sociedades.
En las estepas meridionales de Rusia lleva (más
exactamente, llevaba) una vida tan social que Nordman
lo observó en grandes bandadas
juntos con otros gerifaltes (falco tinunculus, F.
oesulon y F. subbuteo) que se reunían los días
claros alrededor de las cuatro de la tarde,
y se recreaban con sus vuelos hasta entrada la
noche. Generalmente volaban todos juntos, en una línea
completamente recta, hasta un
punto conocido y determinado; después de lo
cual,
volvían inmediatamente siguiendo la misma línea,
y luego repetían nuevamente aquel
vuelo.
Tales vuelos en bandadas por el placer mismo del vuelo
son muy comunes entre las
aves de todo género. Ch. Dixon informa que,
especialmente en el río Humber, en las llanuras
pantanosas, a menudo aparecen. a fines
de agosto, numerosas bandadas de becasas (traga
alpina; "arenero de montaña" llamada también
"buche negro") y se quedan durante el
invierno. Los vuelos de estas aves son sumamente
interesantes, puesto que, reunidas en una enorme bandada,
describen círculos en el aire,
luego se dispersan y se reúnen de nuevo, repitiendo
esta maniobra con la precisión de soldados
bien instruidos. Dispersos entre ellos suelen
encontrarse areneros de otras especies, alondras de
mar y chochas.
Enumerar aquí las diversas asociaciones de
caza de las aves sería simplemente
imposible: constituyen el fenómeno más
corriente; pero, es
menester, por lo menos, mencionar las asociaciones
de pesca de los pelícanos, en las
que estas torpes aves evidencian una organización
y
una inteligencia notables. Se dirigen a la pesca siempre
en grandes bandadas, Y,
eligiendo una bahía conveniente, forman un
amplio
semicírculo, frente a la costa; poco a poco,
este semicírculo se estrecha, a medida que
las aves nadan hacia la costa, y, gracias a esta
maniobra, todo pez caído en el semicírculo
es atrapado. En los ríos, canales, los
pelícanos se dividen en dos partes, cada una
de las cuales
forma su semicírculo, y va al encuentro de
la otra, nadando, exactamente como irían al
encuentro dos partidas de hombres con dos largas
redes, para recoger el pez caído entre ellas.
A la entrada de la noche, los pelicanos
vuelven a su lugar de descanso habitual -siempre el
mismo
para cada bandada- y nadie ha observado nunca que
se hayan originado peleas entre
ellos por un lugar de pesca o por un lugar de descanso.
En América del sur, los pelícanos se
reúnen en bandadas hasta 50.000 aves, una parte de
las cuáles se entrega al sueño mientras
otras
vigilan, y otra parte se dirige a la pesca.
Finalmente, cometería yo una gran injusticia
con nuestro gorrión doméstico, tan
calumniado, si no mencionara cuán de buen girado
comparte
toda la comida que encuentra con los miembros dé
la sociedad a que pertenece. Este
hecho era bien conocido por los griegos antiguos,
y
hasta nosotros ha llegado el relato del orador que
exclamó cierta vez (cito de memoria):
"Mientras os hablo, un gorrión vino a decir
a los otros
gorriones que un esclavo ha desparramado un saco de
trigo, y todos s han ido a recoger
el grano". Muy agradable fue para mi encontrar
confirmación de esta observación de
los antiguos en el pequeño libro contemporáneo de
Gurney, el cual está completamente convencido
que
los gorriones domésticos se comunican entre
si siempre que puedan conseguir comida
en alguna parte. Dice: "Por lejos del patio de la
granja
que se hubiesen trillado las parvas de trigo, los
gorriones de dicho patio siempre
aparecían con los buches repletos de granos".
Cierto es que
los gorriones guardan sus dominios con gran celo de
la invasión de extraños, como, por
ejemplo, los gorriones del jardín de Luxemburgo,
París, que atacan con fiereza a todos los otros
gorriones que tratan, a su vez, de
aprovechar el jardín y la generosidad de sus
visitantes; pero
dentro de sus propias comunidades o grupos practican
con extraordinaria amplitud el
apoyo mutuo a pesar de que a veces se producen riñas,
como sucede, por otra parte, entre los mejores amigos.
La caza en grupos y la alimentación en bandadas
son tan corrientes en el mundo de las
aves que apenas es necesario citar más ejemplos:
es
menester considerar estos dos fenómenos como
un hecho plenamente establecido. En
cuanto a la fuerza que dan a las aves semejantes
asociaciones, es cosa bien evidente. Las aves de rapiña
más grandes suelen verse
obligadas a ceder ante las asociaciones de los pájaros
más pequeños. Hasta las águilas
-aun la poderosísima y terrible &aaacute;guila rapaz y el águila
marcial, que se destacan por una fuerza tal que
pueden levantar en sus garras una liebre o un antílope
joven- suelen versé obligadas a
abandonar su presa a las bandadas de milanos, que
emprenden una caza regular de ellas, no bien notan
que alguna ha hecho una buena
presa. Los milanos también dan caza al rápido
gavilán
pescador, y le quitan el pescado capturado; pero nadie
ha tenido ocasión de observar
que los milanos se pelearan por la posesión
de la presa
arrebatada de tal modo. En la isla Kerguelen el doctor
Coués ha visto que el Buphagus,
la pequeña gallina marina, de los pescadores
de
focas, persigue a las gaviotas con el fin de obligarlas
a vomitar el alimento; a pesar de
que, por otra parte, las gaviotas, unidas a las
golondrinas marinas, ahuyentan a la pequeña
gallina de mar en cuanto se aproxima a sus
posesiones, especialmente durante el anidamiento.
Los frailecicos (Vanellus oristatus), pequeños
pero muy rápidos, atacan osadamente a
los buhardos, a los mochuelos, o a una corneja o
águila que atisban sus huevos, es un espectáculo
instructivo. Se siente que están seguros
de. la victoria, y se ve la decepción del ave
de
rapiña. En semejantes casos, las avefrías
se apoyan mutuamente, a la perfección, y la
bravura de cada una aumenta con el número.
Ordinariamente persiguen al malhechor de tal modo
que éste prefiere abandonar la caza
con tal de alejarse de sus atormentadores. El
frailecico ha merecido bien el apodo de "buena madre"
que le dieron los griegos, puesto
que jamás rehusa defender a las otras aves
acuáticas, de los ataques de sus enemigos.
Lo mismo es menester decir acerca del pequeño
habitante de nuestros jardines, la blanca
nevatilla, o aguzanieve (Motacilla alba), cuya
longitud total alcanza apenas a ocho pulgadas. Obliga
hasta al cemicalo a suspender la
caza. "No bien las aguzanieves ven al ave de rapiña
-ha escrito Brehm, padre- lanzando un grito fuerte
la persiguen, previniendo así a todas
las otras aves, y, de tal modo, obligan a muchos buitres
a renunciar a la caza. A menudo he admirado su coraje
y su agilidad, y estoy
firmemente convencido de que sólo el halcón,
rapidísimo y noble,
es capaz de capturar a la nevatilla... Cuando sus
bandadas obligan a cualquier ave de
rapiña a alejarse, ensordecen con sus chillidos
triunfantes y luego se separan" (Brehm tomo tercero,
pág. 950). En tales casos, se
reúnen con el fin determinado de dar caza al
enemigo,
exactamente lo mismo tuve oportunidad de observar
en la población volátil de un
bosque que se elevaba de golpe ante el anuncio de
la
aparición de alguna ave nocturna, y todos,
tanto las aves de rapiña como- los pequeños e
inofensivos cantores, empezaban a perseguir al
recién venido y, finalmente, le obligaban a
volver a su refugio.
¡Qué diferencia enorme entre las fuerzas
del milano, del cernícalo o del gavilán y la de
tan pequeños pajarillos, como la nevatilla
del prado, sin
embargo, estos pequeños pajarillos gracias
a su acción conjunta y su bravura,
prevalecen sobre las rapaces, que están dotadas
de vuelo
poderoso y armadas de manera excelente para el ataque.
En Europa, las nevatillas no
sólo persiguen a las aves de rapiña
que pueden ser
peligrosas para ellas, sino también a los gavilanes
pescadores, "más bien para
entretenerse que para hacerles daño" -dice
Brehm. En la India,
según el testimonio del Dr. Jerdón,
los grajos, persiguen al milano gowinda
"simplemente para distraerse". Y Wied dice que a menudo
rodean
al águila brasileña urubitinga innumerables
bandadas de tucanes ("burlones") y caciques
(ave que está estrechamente emparentado con
nuestras cornejas de Pico blanco) y se burlan de él.
-"El cernícalo -agrega Wied-,
ordinariamente soporta tales molestias con mucha
tranquilidad; además, de tanto en tanto, coge
a uno de los burlones que lo rodean".
Vemos, de tal modo, en todos estos casos (y se podría
citar decenas de ejemplos semejantes), que los pequeños
pájaros, inmensamente
inferiores por su fuerza al ave de rapiña,
se muestran, a
pesar de eso, más fuertes que ella gracias
a que actúan en común.
Dos grandes familias de aves, a saber, las grullas
y los papagayos han alcanzado los más
admirables resultados en lo que respecta a la
seguridad individual, al goce de la vida en común.
Las grullas son sumamente sociables,
y viven en excelentes relaciones no sólo con
sus
congéneres, sino también con la mayoría
de las aves acuáticas. Su prudencia no es
menos asombrosa que su inteligencia. Inmediatamente
disciernen las condiciones nuevas y actúan
de acuerdo con las nueve exigencias. Sus
centinelas vigilan siempre que las bandadas comen
o
descansan, y los cazadores saben, por experiencia,
cuán difícil es aproximárseles. Si el
hombre consigue cogerlas desprevenidas, no vuelven
más a ese lugar sin enviar primero un explorador,
y tras él una partida de exploradores;
y cuando esta partida vuelve con la noticia de que
no
se vislumbra peligro, envían una segunda partida
exploradora para comprobar el
informe de los primeros, antes de que toda la bandada
se
decida a adelantarse. Con especies próximas,
las grullas contraen verdaderas amistades,
y, en cautiverio, ninguna otra ave, excepción
hecha
solamente del no menos social e inteligente papagayo,
contrae una amistad tan
verdadera con el hombre.
"La grulla no ve en el hombre un amo, sino un amigo,
y trata de demostrárselo de todos
modos" -dice Brehm basado en su experiencia
personal. Desde la mañana temprano hasta bien
entrada la noche, la grulla se encuentra
en incesante actividad; pero, consagra en total
algunas horas de la mañana a la búsqueda
del alimento, en especial el alimento vegetal;
el resto del tiempo se entrega a la vida social.
"Estando con ánimo de juguetear -escribe Brehm-
la grulla levanta de la tierra
danzando, piedrecillas, pedacitos de madera, los arroja
al aire
tratando de agarrarlos tuerce el cuello, despliega
las alas, danza, brinca, corre, y, por
todos los medios, expresa su buen humor, y siempre
es
hermosa y graciosa. Puesto que viven constantemente
en sociedad, casi no tienen
enemigos, a pesar de que Brehm tuvo ocasión
de ver, a
veces, que alguna era atrapada accidentalmente por
un cocodrilo, pero con excepción
del cocodrilo, no conoce la grulla ningún otro
enemigo.
La prudencia de la grulla, que se ha hecho proverbial,
la salva de todos los enemigos, y,
en general, vive hasta una edad muy avanzada. Por
esto no es sorprendente que la grulla, para conservar
la especie, no tenga necesidad de
criar una descendencia numerosa y, generalmente, no
pone más de dos huevos. En cuanto al elevado
desarrollo de su inteligencia, bastará
decir que todos los observadores reconocen
unánimemente que la capacidad intelectual de
la grulla recuerda poderosamente la
capacidad del hombre.
Otra ave sumamente social, el papagayo, ocupa, como
es sabido, por el desarrollo de su
capacidad intelectual, el primer puesto en todo el
mundo volátil. Su modo de vida está
tan excelentemente descrito por Brehm, que me
será suficiente reproducir el trozo siguiente,
como la
mejor característica:
"Los papagayos -dice- viven en sociedades o bandadas
muy numerosas, excepto durante
el periodo de aparejamiento. Eligen como vivienda
un lugar del bosque, de donde salen todas las mañanas
para sus expediciones de caza.
Los miembros de cada bandada están muy ligados
entre sí, comparten tanto el dolor corno la
alegría. Todas las mañanas se dirigen juntos
al campo, al huerto, o a cualquier árbol frutal,
para
alimentarse de frutas. Apostan centinelas para proteger
a toda la bandada y siguen con
atención sus advertencias. En caso de peligro,
se
apresuran todos a volar, prestándose mutuo
apoyo, y por la tarde, todos vuelven al lugar
de descanso al mismo tiempo. Dicho más
brevemente, viven siempre en unión estrechamente
amistosa."
Encuentran también placer en la sociedad de
otras aves. En la India: -dice Leyard- los
grajos y los cuervos cubren volando una distancia
de
muchas millas, para pasar la noche junto con los papagayos,
en las espesuras de
bambúes. Cuando se dirigen a la caza, los papagayos
no
sólo demuestran un ingenio y una prudencia
sorprendentes, sino también capacidad para
adaptarse a las circunstancias. Así, por ejemplo,
una
bandada de cacatúas blancas de Australia, antes
de iniciar el saqueo de un trigal,
indefectiblemente envía una partida de exploradores,
que se
distribuye en los árboles más altos
de la vecindad del campo citado, mientras que otros
exploradores se posan sobre los árboles intermedios
entre el campo y el bosque, y transmiten señales.
Si las señales comunican que "todo
está en orden, entonces una decena de cacatúas
se
separa de la bandada, traza varios círculos
en el aire y se dirige hacia los árboles más
próximos al campo. Esta segunda partida, a
su vez,
observa con bastante detención los alrededores,
y sólo después de esa observación, da la
señal para el traslado general; después,
toda ¡-a
bandada se eleva al mismo tiempo y saquea rápidamente
el campo. Los colonos
australianos vencen con mucha dificultad la vigilancia
de los
papagayos; pero, si el hombre, con toda su astucia
y sus armas, consigue matar algunas
cacatúas, entonces se vuelven tan vigilantes
y
prudentes, que desbaratan todas las artimañas
de los enemigos.
No hay duda alguna de que sólo gracias al carácter
social de su vida, pudieron los
papagayos alcanzar ese elevado desarrollo de la
inteligencia y de los sentidos (que encontramos en
ellos) y que casi llega al nivel
humano. Su elevada inteligencia indujo a los mejores
naturalistas a llamar a algunas especies -especialmente
al papagayo gris- "avehombres".
En cuanto a su afecto mutuo, sabido es que si
ocurre que uno de la bandada es muerto por un cazador,
los restantes comienzan a volar
sobre el cadáver de su camarada lanzando gritos
lastimeros y "caen ellos mismos víctimas de
su afección amistosa" -como escribió
Audubon-, y si dos papagayos cautivos, aunque sean
pertenecientes a dos especies distintas, contrajeran
amistad, y uno de ellos muriera
accidentalmente, no es raro entonces que el otro también
perezca de tristeza y de pena por su amigo muerto.
No es menos evidente que en sus asociaciones los papagayos
encuentren una protección
contra los enemigos incomparablemente superior a
la que podrían encontrar por medio del desarrollo
más ideal de sus "picos y garras".
Muy escasas aves de rapiña y mamíferos
se atreven a
atacar a los papagayos -y esto solamente a las especies
pequeñas- y Brehm tiene toda la
razón cuando dice, hablando de los papagayos,
que
ellos, igual que las grullas y los monos sociales,
apenas tienen otro enemigo fuera del
hombre; y agrega: "Muy probablemente, la mayoría
de
los papagayos grandes mueren de vejez y no en las
garras de sus enemigos".
Unicamente el hombre, gracias a su superior inteligencia,
y a
sus armas -que también constituyen el resultado
de su vida en sociedad-, puede, hasta
cierto punto, exterminar a los papagayos. Su misma
longevidad se debe de tal modo al resultado de la
vida social. Y, muy probablemente, es
necesario decir lo mismo con respecto a su memoria
sorprendente, cuyo desarrollo, sin duda, favorece
la vida en sociedad, y también la
longevidad, acompañada por la plena conservación,
tanto
de las capacidades físicas como intelectuales
hasta una edad muy avanzada.
Se ve, por todo lo que precede que la guerra de todos
contra cada uno no es, de ningún
modo, la ley dominante de la naturaleza. La ayuda
mutua es ley de la naturaleza tanto como la guerra
mutua y esta ley se hace para
nosotros más exigente cuando observamos algunas
otras
asociaciones de aves y observamos la vida social de
los mamíferos. Algunas rápidas
referencias a la importancia de la ley de la ayuda
mutua
en la evolución del reino animal han sido ya
hechas en las páginas precedentes; pero su
importancia se aclarará con mayor precisión
cuando,
citando algunos hechos, podamos hacer, basados en
ellos, nuestras conclusiones.
CAPITULO II: LA AYUDA MUTUA ENTRE LOS ANIMALES (Continuación)
Apenas vuelve la primavera a la zona templada, miríadas
de aves, dispersas por los
países templados del sur, se reúnen
en bandadas
innumerables y se apresuran, llenas de alegre energía,
a ir hacia el norte para criar su
descendencia. Cada seto, cada bosquecillo, cada roca
de la costa del océano, cada lago o estanque
de los que se halla sembrado el norte de
América, el norte de Europa, y -el norte de
Asia,
podrían decirnos, en esa época del año,
qué representa la ayuda mutua en la vida de las
aves; qué fuerza, qué energía
y cuánta protección dan
a cada ser viviente por débil e indefenso que
sea de por sí.
Tomad, por ejemplo, uno de los innumerables lagos
de las estepas rusas o siberianas, al
principio de la primavera. Sus orillas están
pobladas
de miríadas de aves acuáticas, pertenecientes
por lo menos a veinte especies diferentes
que viven en pleno acuerdo y que se protegen entre
sí constantemente. He aquí cómo
describe Syevertsof uno de estos lagos:
"El lago se halla oculto entre las arenas de color
rojo amarillo, las talas verde oscuro y
las cañas. Aquello es un hervidero de aves,
un torbellino
que nos marea... El espacio, lleno de gaviotas (Larus
rudibundus) y golondrinas marinas
(Sterna hirundo) es conmovido por sus gritos
sonoros. Miles de avefrías recorren las orillas
y silban... Más allá, casi sobre cada ola,
un pato se mece y grita. En lo alto se extienden las
bandadas de patos kazarki; más abajo, de tanto
en tanto, vuelan sobre el lago los
'podorliki' (Aquila clanga) y los buhardos de pantano,
seguidos inmediatamente por la bandada bullanguera
de los pescadores. Mis ojos se
fueron en pos de ellos".
Por todas partes brota la vida. Pero he aquí
las rapaces, "las más fuertes y ágiles" -como
dice Huxley- e -idealmente dotadas para el ataque"
-como dice Syeverstof. Se oyen sus voces hambrientas
y ávidas y sus gritos exasperados
cuando, durante horas enteras, esperan una ocasión
conveniente para atrapar, en esta masa de seres vivientes,
siquiera un solo individuo
indefenso. No bien se acercan, decenas de centinelas
voluntarios avisan su aparición, y en seguida
centenares de gaviotas y golondrinas
marinas inician la persecución del rapaz. Enloquecido
por
el hambre, deja de lado por último sus precauciones
habituales; se arroja de improviso
sobre la masa viva de aves; pero, atacado por todas
partes, de nuevo es obligado a retirarse. En un arranque
de hambre desesperada, se
arroja sobre los patos salvajes; pero, las ingeniosas
aves sociales, rápidamente, se reúnen
en una bandada y huyen si el rapaz es un águila
pescadora; si es un halcón, se zambullen en
el lago; si
es un buitre, levantan nubes de salpicaduras de agua
y sumen al rapaz en una confusión
completa. Y mientras la vida continúa pululando
en el
lago, como antes, el rapaz huye con gritos coléricos
en busca de carroña, o de algún
pajarilla joven o ratón de campo, aún
no acostumbrado a
obedecer a tiempo las advertencias de los camaradas.
En presencia de toda esta vida que
fluye a torrentes, el rapaz, armado idealmente,
tiene que contentarse sólo con los desechos
de ella.
Aún más lejos, hacia el norte, en los
archipiélagos árticos, "podéis navegar millas
enteras a lo largo de la orilla y veréis que
todos los
saledizos, todas las rocas y los rincones de las pendientes
de las montañas hasta
doscientos pies, y a veces hasta quinientos sobre
el nivel
del mar, están literalmente cubiertos de aves
marinas, cuyos pechos blancos se destacan
sobre el fondo de las rocas sombrías, de tal
modo
que parecen salpicadas de creta. El aire, tanto de
cerca como a lo lejos, está repleto de
aves.
Cada una de estas "montañas de aves" constituye
un ejemplo viviente de la ayuda
mutua, y también de la variedad sin fin de
caracteres,
individuales y específicos,- que son resultado
de la vida social. Así, por ejemplo, el
ostrero es conocido por su presteza en atacar a cualquier
ave de presa. El arga de los pantanos es renombrada
por su vigilancia e inteligencia
como guía de aves más pacíficas.
Pariente de la anterior,
el revuelve piedras, cuando está rodeado de
camaradas pertenecientes a especies más
grandes, deja que se ocupen ellos de la protección
de todos, y hasta se vuelve un ave bastante tímida;
pero cuando está rodeado de pájaros
más pequeños, toma a su cargo, en interés
de la
sociedad, el servicio de centinela, y hace que le
obedezcan, dice Brehm.
Se puede observar aquí a los cisnes, dominadores,
y a la par de ellos, a las gaviotas
Kitty-Wake -extremadamente sociables y hasta tiernas
y
entre las cuales, como dice Nauman, las disputas se
producen muy raramente y siempre
son breves; se ve a las atractivas kairas polares,
que
continuamente se prodigan caricias; a las gansas-egoístas,
que entregan a los caprichos
de la suerte los huérfanos de la camarada muerta,
y
junto a ellas, a otras gansas que adoptan a los huérfanos
y nadan rodeadas de cincuenta
o sesenta pequeñuelos, de los cuales cuidan
como si
fueran sus propios hijos. Junto a los pingüinos,
que se roban los huevos unos a otros, se
ven las calandrias marinas, cuyas relaciones
familiares son ,"tan encantadoras y conmovedoras"
que ni los cazadores apasionados se
deciden a disparar a la hembra rodeada de su cría;
o a los gansos del norte, entre los cuales (como los
patos velludos o "coroyas" de las
sabanas), varias hembras empollan los huevos en un
mismo nido; o los kairas (Uria troile) que -afirman
observadores dignos de fe- a veces
se sientan por turno sobre el nido común. La
naturaleza
es la variedad misma, y ofrece todos los matices posibles
de caracteres, hasta lo más
elevado: por eso no es posible representarla en una
afirmación generalizada. Menos aún puede
juzgársela desde el punto de vista moral,
puesto que las opiniones mismas del moralista son
resultado -la mayoría de las veces inconsciente-
de las observaciones sobre la
naturaleza.
La costumbre de reunirse en el período de anidamiento
es tan común entre la mayoría
de las aves, que apenas es necesario dar otros
ejemplos. Las cimas de nuestros árboles están
coronadas por grupos de nidos de
pequeños pájaros; en las granjas anidan
colonias de
golondrinas; en las torres viejas y campanarios se
refugian centenares de aves
nocturnas; y fácil sería llenar páginas
enteras con las más
encantadoras descripciones de la paz y armonía
que se encuentran en casi todas estas
sociedades volátiles para el anidamiento. Y
hasta
dónde tales asociaciones sirven de defensa
a las aves más débiles, es evidente de por sí.
Un excelente observador, como el americano Dr.
Couës, vio, por ejemplo, que las pequeñas
golondrinas (cliff swallaws) construían sus
nidos en la vecindad inmediata de un halcón
de las
estepas (Falco polyargus). El halcón había
construido su nido en la cúspide de uno de
aquellos minaretes de arcilla de los que tantos hay
en el
Cañón del Colorado, y la colonia de
golondrinas vivía inmediatamente debajo de él. Los
pequeños pájaros pacíficos no
temían a su rapaz
vecino: simplemente no le permitían acercarse
a su colonia. Si lo hacía, inmediatamente
lo rodeaban y comenzaban correrlo, de modo que el
rapaz había de alejarse enseguida.
La vida en sociedades no cesa cuando ha terminado
la época del anidamiento; toma
solamente nueva forma. Las crías jóvenes
se reúnen en
otoño, en sociedades juveniles, en las que
ordinariamente ingresan varias especies. La
vida social es practicada en esta época
principalmente por los placeres que ella proporciona,
y también, en parte, por su
seguridad. Así encontramos en otoño,
en nuestros bosques,
sociedades compuestas de picamaderos jóvenes
(Sitta coesia), junto con diversos paros,
trepadores, reyezuelos, pinzones de montaña
y
pájaros carpinteros. En España, las
golondrinas se encuentran en compañía de
cernícalos, atrapamoscas y hasta de palomas.
En el Far West americano, las jóvenes calandrias
copetudas (Horned Park) viven en
grandes sociedades, conjuntamente con otras especies
de cogujadas (Spragues Lark), con el gorrión
de la sabana (Savannah sparoow) y
algunas otras especies de verderones y hortelanos.
En
realidad, sería más fácil describir
todas las especies que llevan vida aislada que
enumerar aquellas especies cuyos pichones constituyen
sociedades, cuyo objeto de ningún modo es cazar
o anidar, sino solamente disfrutar de
la vida en común y pasar el tiempo en juegos
y
deportes, después de las pocas horas que deben
consagrar a la búsqueda de alimento.
Por último, tenemos ante nosotros, todavía,
un campo amplísimo de estudio de la ayuda
mutua en las aves, durante sus migraciones, y hasta
tal punto es amplio que sólo puedo mencionar,
en pocas palabras, este gran hecho de la
naturaleza. Bastará decir que las aves que
han vivido,
hasta entonces, meses enteros en pequeñas bandadas
diseminadas por una superficie
vasta, comienzan a reunirse en la primavera o en el
otoño a millares; durante varios días
seguidos, a veces una semana o ' más, acuden a un
lugar determinado, antes de ponerse en camino, y
parlotean con vivacidad, probablemente sobre la migración
inminente. Algunas
especies, todos los días, antes de anochecer,
se ejercitan en
vuelos preparatorios, alistándose para el largo
viaje. Todas esperan a sus congéneres
retrasadas, y, por último, todas juntas desaparecen
un
buen día; es decir vuelan, en una dirección
determinada, siempre bien escogida, que
representa, sin duda, el fruto de la experiencia colectiva
acumulada. Los individuos fuertes vuelan a la cabeza
de la bandada, cambiándose por
turno para cumplir con esta difícil obligación.
De tal
modo, las aves atraviesan hasta los vastos mares,
en grandes bandadas compuestas tanto
de aves grandes como de pequeñas; y, cuando,
en
la primavera siguiente vuelven al mismo lugar, cada
ave se dirige al mismo sitio bien
conocido, y en la mayoría de los casos, hasta
cada pareja
ocupa el mismo nido que reparó o construyó
el año anterior.
Este, fenómeno de migración se halla
tan extendido, y está al mismo tiempo tan
eficientemente estudiado, creó tantas costumbres
asombrosas de ayuda mutua -y estas costumbres y el
hecho mismo de la migración
requerirían un trabajo especial- que me veo
obligado a
abstenerme de dar mayores detalles. Mencionaré
solamente las reuniones numerosas y
animadas que tienen lugar de año en año
en el mismo
sitio, antes de emprender su largo viaje al norte
o al sur; y, del mismo modo, las
reuniones que se pueden ver en el norte, por ejemplo,
en las
desembocaduras del Yenesei, o en los condados del
norte de Inglaterra, cuando las aves
vuelven del sur a sus lugares habituales de
anidamiento, pero no se han asentado aún en
sus nidos. Durante muchos días, a veces
hasta un mes entero, se reúnen todas las mañanas
y
pasan juntas alrededor de media hora, antes de echar
a volar en busca de alimento, quizá
deliberando sobre los lugares donde se dispondrán
a construir sus nidos. si durante la migración
sucede que las columnas de aves que
emigran son sorprendidas por una tormenta, entonces
la
desgracia común une a las aves de las especies
más diferentes. La diversidad de aves
que, sorprendidas por una nevasca durante la
migración, golpean contra los vidrios de los
faros de Inglaterra, sencillamente es
asombrosa. Necesario es observar también que
las aves no
migratorias, pero que se desplazan lentamente hacia
el norte o sur, conforme a la época
del año; es decir, las llamadas aves nómadas,
también realizan sus traslados en pequeñas
bandadas. No emigran aisladas, para
asegurarse de tal modo, y por separado, el mejor alimento
y encontrar mejor refugio en la nueva región
sino, que siempre se esperan mutuamente
y se reúnen en bandadas antes de comenzar su
lento
cambio de lugar hacia el norte o el sur.
Pasando ahora a los mamíferos, lo primero que
nos asombra en esta vasta clase de
animales es la enorme supremacía numérica
de las
especies sociales sobre aquellos pocos carnívoros
que viven solitarios. Las mesetas, las
regiones montañosas, estepas y depresiones
del
nuevo y viejo mundo, literalmente hierven de rebaños
de ciervos, antílopes, gacelas,
búfalos, cabras y ovejas salvajes; es decir,
de todos los
animales que son sociales. Cuando los europeos comenzaron
a penetrar en las praderas
de América del Norte, las hallaron hasta tal
punto
densamente poblados por búfalos, que sucedía
que los pioneros tenían, a veces, que
detenerse, y durante mucho tiempo, cuando las columnas
de búfalos en densa columna se prolongaba a
veces hasta dos o tres días; y cuando los
rusos ocuparon Siberia, encontraron en ella una
cantidad tan enorme de ciervos, antílopes,
corzos, ardillas y otros animales, que la
conquista dé Siberia no fue más que
una expedición
cinegética que se prolongó durante dos
siglos. Las llanuras herbosas de Africa oriental
aún ahora están repletas de cebras,
jirafas y diversas
especies de antílopes.
Hasta hace un tiempo no muy lejano, los ríos
pequeños de América del Norte y de la
Siberia Septentrional estaban todavía poblados
por
colonias de castores, y en la Rusia europea, toda
su parte norte, todavía en el siglo
XVIII, estaba cubierta por colonias semejantes. Las
llanuras
de los cuatro grandes continentes están aún
ahora pobladas de innumerables colonias de
topos, ratones, marmotas, tarbaganes, "ardillas de
tierra" y otros roedores. En las latitudes más
bajas de Asia y Africa, en esta época, los
bosques son refugios de numerosas familias de
elefantes, rinocerontes, hipopótamos y de innumerables
sociedades de monos. En el
lejano norte, los ciervos se reúnen en innumerables
rebaños, y aún más al norte,
encontramos rebaños de toros almizcleros e incontables
sociedades de zorros polares. Las costas del océano
están animadas por manadas de focas y morsas,
y sus aguas por manadas de animales
sociales pertenecientes a la familia de las ballenas;
por último, y aun en los desiertos del altiplano
del Asia central, encontramos manadas
de caballos salvajes, asnos salvajes, camellos salvajes
y
ovejas salvajes. Todos estos mamíferos viven
en sociedades y en grupos que cuentan, a
veces, cientos de miles de individuos, a pesar de
que
ahora, después de tres siglos de civilización
a base de pólvora, quedan únicamente
restos lastimosos de aquellas incontables sociedades
animales que existían en tiempos pasados.
¡Qué insignificante, en comparación
con ella, es el número de los carnívoros! ¡Y qué
erróneo, en consecuencia, el punto de vista
de aquéllos
que hablan del mundo animal como si estuviera compuesto
solamente de leones y
hienas que clavan sus colmillos ensangrentados en
la
presa! Es lo mismo que si afirmásemos que toda
la vida de la humanidad se reduce
solamente a las guerras y a las masacres.
Las asociaciones y la ayuda mutua son regla en la
vida de los mamíferos. La costumbre
de la vida social se encuentra hasta en los carnívoros,
y en toda esta vasta clase de animales solamente podemos
nombrar una familia de
felinos (leones, tigres, leopardos, etc.), cuyos miembros
realmente prefieren la vida solitaria a la vida social,
y sólo raramente se encuentran, por
lo menos ahora, en pequeños grupos. Además,
aun
entre los leones "el hecho más común
es cazar en grupos", dice el célebre cazador y
conocedor S. Baker. Hace poco, N. Schillings, que
estaba cazando en el este del Africa Ecuatorial, fotografió
de noche -al fogonazo
repentino de la luz de magnesio- leones que se habían
reunido en grupos de tres individuos adultos, y que
cazaban en común; por la mañana,
contó en el río, adonde durante la sequía
acudían de
noche a beber los rebaños de cebras, las huellas
de una cantidad mayor aún de leones -
hasta treinta- que iban a cazar cebras, y naturalmente,
nunca, en muchos años, ni Schillings ni otro
alguno, oyeron decir que los leones se
pelearan o se disputaran la presa. En cuanto a los
leopardos, y esencialmente al puma sudamericano (género
de león), su sociabilidad es
bien conocida. El puma, en consecuencia, como lo
describió Hudson, se hace amigo del hombre
gustosamente.
En la familia de los viverridoe, carnívoros
que representan algo intermedio entre los
gatos y las martas, y en la familia de las martas
(marta,
armiño, comadreja, garduña, tejón,
etc.), también predomina la forma de vida solitaria.
Pero puede considerarse plenamente establecido que
en épocas no más tempranas que el final
del siglo XVIII, la comadreja vulgar (mustela,
vulgaris) era más social que ahora; se encontraba
entonces en Escocia y también en el cantón
de Unterwald, en Suiza, en pequeños
grupos.
En cuanto a la vasta familia canina (perros, lobos,
chacales, zorros y zorros polares), su
sociabilidad, sus asociaciones con fines de caza
pueden considerarse como rasgo característico
de muchas variedades de esta familia. Es
por todos sabido que los lobos se reúnen en
manadas para cazar, y el investigador de la naturaleza
de los Alpes, Tschudi, dejó una
descripción excelente de cómo, disponiéndose
en
semicírculo, rodean a la vaca que pace en la
pendiente montañosa y, luego, saltando
súbitamente, lanzando un fuerte aullido, la
hacen caer al
precipicio, Audubon, en el año 1830 vio también
que los lobos del Labrador cazaban en
manadas, y que una manada persiguió a un hombre
hasta su choza y destrozó a sus perros. En
los crudos inviernos, las manadas de lobos
vuelven tan numerosas que son peligrosas para las
poblaciones humanas, como sucedió en Francia
por el año 1840. En las estepas rusas,
los lobos nunca atacan a los caballos si no es en
manadas, y deben soportar una lucha feroz, durante
la cual los caballos (según el
testimonio de Kohl), a: veces pasan al ataque; en
tal caso, si
los lobos no se apresuran a retroceder.. corren riesgo
de ser rodeados por los caballos,
que los matan a coces. Sabido es, también,
que los
lobos de las praderas americanas (canis latrans) se
reúnen en manadas de 20 y 30
individuos para atacar al búfalo que se ha
separado
accidentalmente del rebaño. Los chacales, que
se distinguen por su gran bravura y
pueden ser considerados entre los más inteligentes
representantes de la familia canina, siempre cazan
en manadas; reunidos de tal modo, no
temen a los carnívoros mayores.
En cuanto a los perros salvajes del Asia (Jolzuni
o Dholes), Williamson vio que sus
grandes manadas atacan resueltamente a todos los
animales grandes, excepto elefantes y rinocerontes,
y que hasta consiguen vencer a los
osos y tigres, a quienes, como es sabido, arrebatan
siempre los cachorros.
Las hienas viven siempre en sociedades y cazan en
manadas, y Cummings se refiere con
gran elogio a las organizaciones de caza de las
hienas manchadas (Lycain). Hasta los zorros, que en
nuestros países civilizados
indefectiblemente viven solitarios, se reúnen
a veces para
cazar, como lo testimonian algunos observadores. También
el zorro polar, es decir, el
zorro ártico, es o más exactamente era,
en los tiempos
de Steller, en la primera mitad del siglo XVIII, uno
de los animales más sociables.
Leyendo el relato de Steller sobre la lucha que tuvo
que
sostener la infortunada tripulación de Behring
con estos pequeños e inteligentes
animales, no se sabe de qué asombrarse más:
de la
inteligencia no común de los zorros polares
y del apoyo mutuo que revelaban al
desenterrar los alimentos ocultos debajo de las piedras
o
colocados sobre pilares (uno de ellos, en tal caso,
trepaba a la cima del pilar y arrojaba
los alimentos a los compañeros que esperaban
abajo),
o de la crueldad del hombre, llevado a la desesperación
por sus numerosas manadas.
Hasta, algunos osos viven en sociedades en los lugares
donde el hombre no los molesta. Así, Steller
vio numerosas bandas de osos negros de
Kamchatka, y, a veces, se ha encontrado osos polares
en pequeños grupos. Ni siquiera los insectívoros,
no muy inteligentes, desdeñan siempre
la asociación.
Por otra parte, encontramos las formas más
desarrolladas de ayuda mutua especialmente
entre los roedores, ungulados y rumiantes. Las
ardillas son individualistas en grado considerable.
Cada una de ellas construye su
cómodo nido y acumula su provisión.
Están inclinadas a la
vida familiar, y Brehm halló que se sienten
muy felices cuando las dos crías del mismo
año se juntan con sus padres en algún
rincón apartado
del bosque. Mas, a pesar de esto, las ardillas mantienen
relaciones recíprocas, y si en el
bosque donde viven se produce una escasez de
piñas, emigran en destacamentos enteros. En
cuanto a las ardillas negras del Far West
americano, se destacan especialmente por su
sociabilidad. Con excepción de algunas horas
dedicadas diariamente al
aprovisionamiento, pasan toda su vida en juegos, juntándose
para
esto en numerosos grupos. Cuando se multiplican demasiado
rápidamente en alguna
región, como sucedió, por ejemplo, en
Pensylvania en
1749, se reúnen en manadas casi tan numerosas
como nubes de langostas y avanzan -en
este caso- hacia el Suroeste, devastando en su
camino bosques, campos y huertos. Naturalmente, detrás
de sus densas columnas se
introducen los zorros, las garduflas, los halcones
y toda
clase de aves nocturnas, que se alimentan con los
individuos rezagados. El pariente de la
ardilla común, burunduk, se distingue por una
sociabilidad aún mayor. Es un gran acaparador,
y en sus galerías subterráneas acumula
grandes provisiones de raíces comestibles y
nueces,
que generalmente son saqueadas en otoño por
los hombres. Según la opinión de algunos
observadores, el burunduk conoce, hasta cierto
punto, las alegrías que experimenta un avaro.
Pero, a pesar de eso, es un animal social.
Vive siempre en grandes poblaciones, y cuando
Audubon abrió, en invierno, algunas madrigueras
de "hackee" (el congénere americano
más cercano de nuestro burunduk) encontró
varios
individuos en un refugio. Las provisiones en tales
cuevas, habían sido preparadas por el
esfuerzo común.
La gran familia de las marmotas, en la que entran
tres grandes géneros: las marmotas
propiamente dichas, los susliki y los "perros de las
praderas" americanas (Arctomys, Spermophilus y Cynomys),
se distingue por una
sociabilidad y una inteligencia aún mayor.
Todos los
representantes de esta familia prefieren tener cada
cual su madriguera, pero viven en
grandes poblaciones. El terrible enemigo de los trigales
del Sur de Rusia -el suslik- de los cuales el hombre
sólo extermina anualmente
alrededor de diez millones, vive en innumerables colonias;
y
mientras las asambleas provinciales (Ziemstvo) rusas,
discuten seriamente los medios
de liberarse de este "enemigo social", los susliki,
reunidos a millares en sus poblados, disfrutan de
la vida. Sus juegos son tan
encantadores que no existe observador alguno que no
haya
expresado su admiración y referido sus conciertos
melodiosos, formados por los
silbidos agudos de los machos y los silbidos melancólicos
de
las hembras, antes de que, recordando sus obligaciones
ciudadanas, se dedicaran a la
invención de diferentes medios diabólicos
para el
exterminio de estos saqueadores. Puesto que la reproducción
de todo género de aves
rapaces y bestias de presa para la lucha con- los
susliki resultó infructuosa, actualmente la
última palabra de la ciencia en esta lucha
consiste en inocularles el cólera.
Las Poblaciones de los perros de las praderas" (Cynomys),
en las llanuras de la América
del Norte, presentan uno de los espectáculos
más
atrayentes. Hasta donde el ojo puede abarcar la extensión
de la pradera se ven, por
doquier, pequeños montículos de tierra,
y sobre cada uno
se encuentra una bestezuela, en conversación
animadísima con sus vecinos, valiéndose
de sonidos entrecortados parecidos al ladrido.
Cuando alguien da la señal de la aproximación
del hombre, todos, en un instante, se
zambullen en sus pequeñas cuevas, desapareciendo
como por encanto. Pero no bien el peligro ha pasado,
las bestezuelas salen
inmediatamente. Familias enteras salen de sus cuevas
y
comienzan a jugar. Los jóvenes se arañan
y provocan mutuamente, se enojan, páranse
graciosamente sobre las patas traseras, mientras los
viejos vigilan. Familias enteras se visitan, y los
senderos bien trillados entre los
montículos de tierra, demuestran que tales
visitas se repiten
muy a menudo. Dicho más brevemente, algunas
de las mejores páginas de nuestros
mejores naturalistas están dedicadas a la descripción
de
las sociedades de los perros de las praderas de América,
de las marmotas del Viejo
Continente y de las marmotas polares de las regiones
alpinas. A pesar de eso, tengo que repetir, respecto
a las marmotas lo mismo que dije
sobre las abejas. Han conservado sus instintos bélicos,
que se manifiestan también en cautiverio. Pero
en sus grandes asociaciones, en contacto
con la naturaleza libre, los instintos antisociales
no
encuentran terreno para su desarrollo, y el resultado
final es la paz y la armonía.
Aun animales tan gruñones como las ratas, que
siempre se pelean en nuestros sótanos,
son lo bastante inteligentes no sólo para no
enojarse
cuando se entregan al saqueo de las despensas, sino
para prestarse ayuda mutua durante
sus asaltos y migraciones. Sabido es que a veces
hasta alimentan a sus inválidos. En cuanto
al castor o rata almizclera del Canadá
(nuestra ondrata) y la desman, se distinguen por su
elevada
sociabilidad. Audubon habla con admiración
de sus "comunidades pacíficas, que, para
ser felices, sólo necesitan que no se les perturbe".
Como todos los animales sociales, están llenos
de alegría de vivir, son juguetones y
fácilmente se unen con otras especies de animales,
y, en
general, se puede decir que han alcanzado un grado
elevado de desarrollo intelectual. En
la construcción de sus poblados, situados siempre
a
orillas de los lagos y de los ríos, evidentemente
toman en cuenta el nivel variable de las
aguas, dice Audubon; sus casas cupuliformes,
construidas con arca y cañas, poseen rincones
apartados para los detritus orgánicos; y
sus salas, en la época invernal, están
bien tapizadas
con hojas y hierbas: son tibias, y al mismo tiempo
están dotados de un carácter
sumamente simpático; sus asombrosos diques
y poblados, en
los cuales viven y mueren generaciones enteras sin
conocer más enemigos que la nutria
y el hombre, constituyen asombrosas muestras de lo
que la ayuda mutua puede dar al animal para la conservación
de la especie, la formación
de las costumbres sociales y el desarrollo de las
capacidades intelectuales. Los diques y poblados de
los castores son bien conocidos por
todos los que se interesan en la vida animal, y por
esto no me detendré más en ellos. Observaré
únicamente que en los castores, ratas
almizcleras y algunos otros roedores, encontramos
ya
aquel rasgo que es también característico
de las sociedades humanas, o sea, el trabajo en
común.
Pasaré en silencio dos grandes familias, en
cuya composición entran los ratones
saltadores (la yerboa egipcia o pequeño emuran,
y el
alataga), la chinchilla, la vizcacha (liebre americana
subterránea) y los tushkan (liebre
subterránea del sur de Rusia), a pesar de que
las
costumbres de todos estos pequeños roedores
podrían servir como excelentes muestras
de los placeres que los animales obtienen de la vida
social. Precisamente de los placeres, puesto que es
sumamente difícil determinar qué es
lo que hace reunirse a los animales: si la necesidad
de protección mutua o simplemente el placer,
la costumbre, de sentirse rodeados de sus
congéneres. En todo caso, nuestras liebres
vulgares,
que no se reúnen en sociedades para la vida
en común, y más aún, que no están dotadas
de sentimientos paternales especialmente fuertes,
no pueden vivir, sin embargo, sin reunirse para los
juegos comunes. Dietrich de
Winckell, considerado el mejor conocedor de la vida
de las
liebres, las describe como jugadoras apasionadas;
se embriagan de tal manera con el
proceso del juego, que es conocido el caso de unas
libres que tomaron a un zorro, que se aproximó
sigilosamente, como compañero de
juego. En cuanto a los conejos, viven constantemente
en
sociedades, y toda su vida reposa sobre él
principio de la antigua familia patriarcal; los
jóvenes obedecen ciegamente al padre, y hasta
el
abuelo. Con respecto a esto, hasta sucede algo interesante;
estas dos especies próximas,
los conejos y las liebres, no se toleran mutuamente,
y no porque se alimentan de la misma clase de comida,
como suelen explicarse casos
semejantes, sino, lo que es más probable, porque
la
apasionada liebre, que es una gran individualista,
no puede trabar amistad con una
criatura tan tranquila, apacible y humilde como el
conejo.
Sus temperamentos son tan diferentes, que deben constituir
un obstáculo para su
amistad.
En la vasta familia de los equinos, en la que entran
los caballos salvajes y asnos salvajes
de Asia, las cebras, los mustangos, los cimarrones
de las pampas y los caballos semisalvajes de Mongolia
y Siberia, encontramos de nuevo
la sociabilidad más estrecha. Todas estas especies
y razas viven en rebaños numerosos, cada uno
de los cuales se compone de muchos
grupos, que comprenden varias yeguas bajo la dirección
de un padrino. Estos innumerables habitantes del viejo
y del nuevo mundo -hablando en
general, bastante débilmente organizados para
la
lucha con sus numerosos enemigos y también
para defenderse de las condiciones
climáticas desfavorables- desaparecerían
de la faz de la
tierra si no fuera por su espíritu social.
Cuando se aproxima un carnicero, se reúnen
inmediatamente varios grupos; rechazan el ataque del
carnívoro y, a veces, hasta lo persiguen; debido
a esto, ni el lobo, ni siquiera el león,
pueden capturar un caballo, ni aun una cebra mientras
no
se haya separado del grupo. Hasta, de noche, gracias
a su no común prudencia gregaria
y a la inspección preventiva del lugar, que
realizan
individuos experimentados, las cebras pueden ir a
abrevar al río, a pesar de los leones
que acechan en los matorrales.
Cuando la sequía quema la hierba de las praderas
americanas, los grupos de caballos y
cebras se reúnen en rebaños cuyo número
alcanza, a
veces, hasta diez mil cabezas, y emigran a nuevos
lugares. Y cuando en invierno, en
nuestras estepas asiáticas, rugen las nevascas,
los
grupos se mantienen cerca unos de otros y juntos buscan
protección en cualquier
quebrada. Pero, si la confianza mutua, por alguna
razón,
desaparece en el grupo, o el pánico hace presa
de los caballos y los dispersa, entonces la
mayor parte perece, y se encuentra a los
sobrevivientes, después de la nevasca, medio
muertos de cansancio. La unión es, de tal
modo, su arma principal en la lucha por la existencia,
y el hombre, su principal enemigo. Retirándose
ante el número creciente de este
enemigo, los antecesores de nuestros caballos domésticos
(denominados por Poliakof Equus Przewalski), prefirieron
emigrar a las más salvajes y
menos accesibles partes del altiplano de las fronteras
del Tibet, donde han sobrevivido hasta ahora, rodeados
en verdad de carnívoros y en un
clima que poco cede por su crudeza a la región
ártica,
pero en un lugar todavía inaccesible al hombre.
Muchos ejemplos sorprendentes de sociabilidad podrían
ser tomados de la vida de los
ciervos, y en especial de la vasta división
de los
rumiantes, en la que pueden incluirse a los gamos,
antílopes, las gacelas, cabras, ibex,
etcétera, en suma de la vida de tres familias
numerosas: antilopides, caprides y ovides. La vigilancia
con que preservan sus rebaños
de los ataques de los carnívoros; la ansiedad
demostrada por el rebaño entero de gamuzas,
mientras no han atravesado todos un lugar
peligroso a través de los peñascos rocosos;
la
adopción de los huérfanos; la desesperación
de la gacela, cuyo macho o cuya hembra, o
hasta un compañero del mismo sexo, han sido
muertos; los juegos de los jóvenes, y muchos
otros rasgos, podríase agregar para
caracterizar su sociabilidad. Pero, quizá,
constituyan el
ejemplo más sorprendente de apoyo mutuo las
migraciones ocasionales de los corzos,
parecidas a las que observé una vez en el Amur.
Cuando crucé los altiplanos del Asia Oriental
y su cadena limítrofe, el Gran Jingan, por
el camino de Transbaikalia a Merguen, y luego seguí
viaje por las altas planicies de Manchuria, en mi
marcha hacia el Amur puede
comprobar cuán escasamente pobladas de corzos
se hallan
estás regiones casi inhabitables. Dos años
más tarde, viajaba yo a caballo Amur arriba y,
a fines de octubre, alcancé la comarca inferior
de
aquel pintoresco paisaje estrecho con el cual el Amur
penetra a través de Dousse-Alin
(Pequeño Jingan), antes de alcanzar las tierras
bajas,
donde se une con el Sungari. En las stanitsas distribuidas
en esta parte del pequeño
Jingan, encontré a los cosacos Henos de la
mayor
excitación, pues sucedía que miles y
miles de corzos cruzaban a nado el Amur allí, en el
lugar estrecho del gran río, para llegar a
las sierras
bajas del Sungari. Durante algunos días, en
una extensión de alrededor de sesenta
verstas río arriba, los cosacos masacraron
infatigablemente a los corzos que cruzaban a nado
el Amur, el cual ya entonces llevaba
mucho hielo. Mataban miles por día, pero el
movimiento de corzos no se interrumpía
Nunca habían visto antes una migración
semejante, y es necesario buscar sus causas,
con toda probabilidad, en el hecho de que en el Gran
Jingan y en sus declives orientales habían
caído entonces nieves tempranas
desusadamente copiosas, que habían obligado
a los corzos a
hacer el intento desesperado de alcanzar las tierras
bajas del Este del Gran Jingan. Y en
realidad, pasados algunos días, cuando comencé
a
cruzar estas últimas montañas, las hallé
profundamente cubiertas de nieve porosa que
alcanzaba dos y tres pies de profundidad. Vale la
pena
reflexionar sobre esta migración de corzos.
Necesario es imaginarse el territorio
inmenso (unas 200 verstas de ancho por 700 de largo),
de
donde debieron reunirse los grupos de corzos dispersos
en él, para iniciar la emigración,
que emprendieron bajo la presión de circunstancias
completamente excepcionales. Necesario es imaginarse,
luego, las dificultades que
debieron vencer los corzos antes de llegar a un
pensamiento común sobre la necesidad de cruzar
el Amur, no en cualquier parte, sino
justo más al sur, donde su lecho se estrecha
en una
cadena, y donde al cruzar el río, cruzarían
al mismo tiempo la cadena y saldrían a las
tierras bajas templadas. Cuando se imagina todo esto
concretamente, no es posible dejar de sentir profunda
admiración ante el grado y la
fuerza de la sociabilidad evidenciada en el caso presente
por estos inteligentes animales.
No menos asombrosas, también, en lo que respecta
a la capacidad de unión y de acción
común, son las migraciones de bisontes y búfalos
que tienen lugar en América del Norte. Verdad
es que los búfalos ordinariamente pacían
en cantidades enormes en las praderas, pero esas
masas estaban compuestas de un número infinito
de pequeños rebaños que nuca se
mezclaban. Y todos estos pequeños grupos, por
más
dispersos que estuvieran sobre el inmenso territorio,
en caso de necesidad, se reunían y
formaban las enormes columnas de centenares de
miles de individuos de que he hablado en una de las
páginas precedentes.
Debería decir, también, siquiera unas
pocas palabras de las "familias compuestas" de los
elefantes, de su afecto mutuo, de la manera
meditada como apostan sus centinelas, y de los sentimientos
de simpatía que se
desarrollan entre ellos bajo la influencia de esa
vida, plena de
estrecho apoyo mutuo. Podría hacer mención,
también, de los sentimientos sociales
existentes entre los jabalíes, que no gozan
de buena fama,
y sólo podría alabarlos por su inteligencia
al unirse en el caso de ser atacados por un
animal carnívoro. Los hipopótamos y
los rinocerontes
deben también tener su lugar en un trabajo
consagrado a la sociabilidad de los animales.
Se podría escribir también varias páginas
asombrosas sobre la sociabilidad y el mutuo afecto
de las focas y morsas; y finalmente,
podría mencionarse los buenos sentimientos
desarrollados entre las especies sociales de la familia
de los cetáceos. Pero es necesario,
aún, decir algo sobre las sociedades de los
monos, que son especialmente interesantes porque representan
la transición a las
sociedades de los hombres primitivos.
Apenas es necesario recordar que estos mamíferos
que ocupan la cima misma del
mundo animal, y son los más próximos
al hombre, por su
constitución y por su inteligencia, se destacan
por su extraordinaria sociabilidad.
Naturalmente, en tan vasta división del mundo
animal, que
incluye centenares de especies, encontramos inevitablemente
la mayor diversidad de
pareceres y costumbres. Pero, tomando todo esto con
consideración, es necesario reconocer que la
sociabilidad, la acción en común, la
protección mutua y el elevado desarrollo de
los sentimientos
que son consecuencia necesaria de la vida social,
son los rasgos distintivos de casi toda
la vasta división de los monos. Comenzando
por las
especies más pequeñas y terminando por
las más grandes, la sociabilidad es la regia, y
tiene sólo muy pocas excepciones.
Las especies de monos que viven solitarios son muy
raras. Así, los monos nocturnos
prefieren la vida aislada; los capuchinos (Cebus
capacinus), y los "ateles" -grandes monos aulladores
que se encuentran en el Brasil- y
los aulladores en general, viven en pequeñas
familias;
Wallace nunca encontró a los orangutanes de
otro modo que aislados o en pequeños
grupos de tres a cuatro individuos; y los gorilas,
según
parece, nunca se reúnen en grupos. Pero todas
las restantes especies de monos:
chimpancés. gibones, los monos arbóreos
de Asia y Africa,
los macacos, mogotes, todos los pavianos parecidos
a perros, los mandriles y todos los
pequeños juguetones, son sociables en alto
grado.
Viven en grandes bandas y algunas reúnen varias
especies distintas. La mayoría de ellos
se sienten completamente infelices cuando se hallan
solitarios. El grito de llamada de cada mono inmediatamente
reúne a toda la banda, y
todos juntos rechazan valientemente los ataques de
casi
todos los animales carnívoros y aves de rapiña.
Ni siquiera las águilas se deciden a
atacar a los monos. Saquean siempre nuestros campos
en bandas, y entonces los viejos se encargan de la
tarea de cuidar la seguridad de la
sociedad. Los pequeñas titíes, cuyas
caritas infantiles
tanto asombraron a Humboldt, se abrazan Y protegen
mutuamente de la lluvia
enrollando la cola alrededor del cuello del camarada
que tiembla
de frío. Algunas especies tratan a sus camaradas
heridos con extrema solicitud, y
durante la retirada nunca abandonan a un herido antes
de
convencerse de que ha muerto, que está fuera
de sus fuerzas el volverlo a la vida. Así,
James Forbes refiere en sus Oriental Memoirs con qué
persistencia reclamaron los monos a su partida la
entrega del cadáver de una hembra
muerta, y que esta exigencia fue hecha en forma tal
que
comprendió perfectamente por qué "los
testigos de esta extraordinaria escena decidieron
en, adelante no disparar nunca más contra los
monos".
Los monos de algunas especies reúnense varios
cuando quieren volcar una piedra y
recoger los huevos de hormigas que se encuentran bajo
ella. Les pavianos de Africa del Norte (Hamadryas),
que viven en grandes bandas, no
sólo colocan centinelas, sino que observadores
dignos
de toda fe los han visto formar una cadena para transportar
a lugar seguro los frutos
robados. Su coraje es bien conocido, y bastará
recordar la
descripción clásica de Brehm, que refirió
detalladamente la lucha regular sostenida por
su caravana antes de que los pavianos les permitieran
proseguir viaje en el valle de Mensa, en Abisinia.
Son conocidas también las travesuras de los
monos de cola, que los han hecho
merecedores de su propio nombre (juguetones), y gracias
a
este rasgo de sus sociedades, también es conocido
el afecto mutuo que reina en las
familias de chimpancés. Y si entre los monos
superiores
hay dos especies (orangután y gorila) que no
se distinguen por la sociabilidad, necesario
es recordar que ambas especies están limitadas
a
superficies muy reducidas (una vive en Africa Central
y la otra en las islas de Borneo y
Sumatra), y con toda evidencia constituyen los últimos
restos moribundos de dos especies que fueron antes
incomparablemente más numerosas.
El gorila, por lo menos así parece, ha sido
sociable
en tiempos pasados, siempre que los monos citados
por el cartaginés Hannon en la
descripción de su viaje (Periplus) hayan sido
realmente
gorilas.
De tal modo, aun en nuestra rápida ojeada vemos
que la vida en sociedades no
constituye excepción en el mundo animal; por
lo contrario, es
regla general -ley de la naturaleza- y alcanza su
más pleno desarrollo en los vertebrados
superiores. Hay muy pocas especies que vivan
solitarias o solamente en pequeñas familias,
y son comparativamente poco numerosas.
A pesar de eso, hay fundamentos para suponer que,
con pocas excepciones, todas las aves y los mamíferos
que en el presente no viven en
rebaños o bandadas han vivido antes en sociedades,
hasta que el género humano se multiplicó
sobre la superficie de la tierra y comenzó a
librar contra ellos una guerra de exterminio, y del
mismo
modo comenzó a destruir las fuentes de sus
alimentos. "On ne s'associe pas pour
mourir" -observó justamente Espinas (en el
libro Les
Sociétés animales). Houzeau, que conocía
bien el mundo animal de algunas partes de
América antes de que los animales sufrieran
el
exterminio en gran escala de que los hizo objeto el
hombre, expresó en sus escritos el
mismo pensamiento.
La vida social se encuentra en el mundo animal en
todos los grados de desarrollo; y de
acuerdo con la gran idea de Herbert Spencer, tan
brillantemente desarrollada en el trabajo de Perrier,
Colonies Animales, las "colonias",
es decir, sociedades estrechamente ligadas, aparecen
ya en el principio mismo del desarrollo del mundo
animal. A medida que nos elevamos
en la escala de la evolución, vemos cómo
las
sociedades de los animales se vuelven más y
más conscientes. Pierden su carácter
puramente físico, luego cesan de ser instintivas
y se
hacen razonadas. Entre los vertebrados superiores,
la sociedad es ya temporaria,
periódica, o sirve para la satisfacción
de alguna necesidad
definida, por ejemplo la reproducción, las
migraciones, la caza o la defensa mutua. Se
hace hasta accidental, por ejemplo, cuando las aves
se
reúnen contra un rapaz, o los mamíferos
se juntan para emigrar bajo la presión de
circunstancias excepcionales. En este último
caso, la
sociedad se convierte en una desviación voluntaria
del modo habitual de vida.
Además, la unión a veces es de dos o
tres grados: al principio, la familia; después, el
grupo, y por último, la sociedad de grupos,
ordinariamente dispersos, pero que se reúnen
en caso de necesidad, como hemos visto
en el ejemplo de los búfalos y otros rumiantes
durante
sus cambios de lugar. La asociación también
toma formas más elevadas, y entonces
asegura mayor independencia para cada individuo, sin
privarlo, al mismo tiempo, de las ventajas de la vida
social. De tal modo, en la mayoría
de los roedores, cada familia tiene su propia vivienda,
a
la que puede retirarse si de ea el aislamiento; pero
esas viviendas se distribuyen en
pueblos y ciudades enteras, de modo que aseguren a
todos los habitantes las comodidades todas y los placeres
de la vida social. Por último,
en algunas especies, como, por ejemplo, las ratas,
marmotas, liebres, etc.... la sociabilidad de la vida
se mantiene a pesar de su carácter
pendenciero, o, en general, a pesar de las inclinaciones
egoístas de los individuos tomados separadamente.
En estos casos, la vida social, por consiguiente,
no está condicionada, como en las
hormigas y abejas, por la estructura fisiológica;
aprovechan de ella, por las ventajas que presenta,
la ayuda mutua o por los placeres que
proporciona. Y esto, finalmente, se manifiesta en
todos los grados posibles, y la mayor variedad de
caracteres individuales y específicos y
la mayor variedad de formas de vida social es su
consecuencia, y para nosotros una prueba más
de su generalidad.
La sociabilidad, es decir, la necesidad experimentada
por los animales de asociarse con
sus semejantes, el amor a la sociedad por la
sociedad, unido al "goce de la vida", sólo
ahora comienza a recibir la debida atención
por parte de los zoólogos. Actualmente sabemos
que
todos los animales, comenzando por las hormigas, pasando
a las aves y terminando con
los mamíferos superiores, aman los juegos,
gustan de
luchar y correr uno en pos de otro, tratando de atraparse
mutuamente, gustan de
burlarse, etcétera, y así muchos juegos
son, por así decirlo, la
escuela preparatoria para los individuos jóvenes,
preparándolos para obrar
convenientemente cuando entren en la madurez; a la
par de ellos,
existen también juegos que, aparte de sus fines
utilitarios, junto con las danzas y
canciones, constituyen la simple manifestación
de un exceso
de fuerzas vitales, "de un goce de la vida", y expresan
el deseo de entrar, de un modo u
otro, en sociedad con los otros individuos de su misma
especie, o hasta de otra. Dicho más brevemente,
estos juegos constituyen la
manifestación de la sociabilidad en el verdadero
sentido de la
palabra, como rasgo distintivo de todo el mundo animal.
Ya sea el sentimiento de miedo
experimentado ante la aparición de un ave de
rapiña,
o una "explosión de alegría" que se
manifiesta cuando los animales están sanos y, en
especial, son jóvenes, o bien sencillamente
el deseo de
liberarse del exceso de impresiones y de la fuerza
vital bullente, la necesidad de
comunicar sus impresiones a los demás, la necesidad
del
juego en común, de parlotear, o simplemente
la sensación de la proximidad de otros
seres vivos, parientes, esta necesidad se extiende
a toda
la naturaleza; y en tal alto grado como cualquier
función fisiológica, constituye el rasgo
característico de la vida y la impresionabilidad
en
general. Esta necesidad alcanza su más elevado
desarrollo y toma las formas más bellas
en los mamíferos, especialmente en los individuos
jóvenes, y más aún en las aves;
pero ella se extiende a toda la naturaleza. Ha sido
detenidamente observada por los mejores naturalistas,
incluyendo a Pierre Huber, aun entre las hormigas;
y no hay duda de que esa misma
necesidad, ese mismo instinto, reúne a las
mariposas y
otros insectos en, las enormes columnas de que hemos
hablado antes.
La costumbre de las aves de reunirse para danzar juntas
y adornar los lugares donde se
entregan habitualmente a las danzas probablemente
es bien conocida por los lectores, aunque sea gracias
a las páginas que Darwin dedicó a
esta materia en su Origen del Hombre (cap. XIII).
Los visitantes del jardín zoológico
de Londres conocen también la glorieta, bellamente
adornada, del "pajarito satinado" construida con ese
mismo fin. Pero esta costumbre de danzar resulta mucho
más extendida de lo que antes
se suponía, y W. Hudson, en su obra maestra
sobre la
región del Plata, hace una descripción
sumamente interesante de las complicadas danzas
ejecutadas por numerosas especies de aves:
rascones, jilgueros, avefrías.
La costumbre de cantar en común que existe
en algunas especies de aves, pertenece a la
misma categoría de instintos sociales. En grado
asombro está desarrollada en el chajá
sudamericano (Chauna Chavarria, de raza
próxima al ganso) y al que los ingleses dieron
el apodo más
prosaico de "copetuda chillona". Estas aves se reúnen,
a veces, en enormes bandadas y
en tales casos organizan a menudo todo un
concierto, Hudson las encontró cierta vez en
cantidades innumerables, posadas
alrededor de un lago de las Pampas, en bandadas separadas
de unas quinientas aves.
"Pronto -dice- una de las bandadas que se hallaba
cercana a mí comenzó a cantar, y este
coro poderoso no cesó durante tres o cuatro
minutos. Cuando hubo cesado, la bandada vecina comenzó
el canto, y, a continuación
de ella, la siguiente, y así sucesivamente
hasta que llegó
el canto de la bandada que se hallaba en la orilla
opuesta del lago, y cuyo sonido se
transmitía claramente por el agua; luego, poco
a poco, se
callaron y de nuevo comenzó a resonar a mi
lado."
Otra vez el mismo zoólogo tuvo ocasión
de observar a una innumerable bandada de
chajás que cubría toda la Ranura, pero
esta vez dividida
no en secciones, sino en parejas y en grupos pequeños.
Alrededor de. las nueve de la
noche, "de repente toda esta masa de aves, que cubría
los pantanos en millas enteras a la redonda, estalló
en un poderoso canto vespertino...
Valía la pena cabalgar un centenar de millas
para
escuchar tal concierto".
A la observación precedente se puede agregar
que el chajá, como todos los animales
sociales, se domestica fácilmente y se aficiona
mucho
al hombre. Dícese que "son aves pacíficas
que raramente disputan" a pesar de estar bien
armadas y provistas de espolones bastante
amenazadores en las alas. La vida en sociedad, sin
embargo, hace superflua este arma.
El hecho de que la vida social sirva de arma poderosísima
en la lucha por la existencia
(tomando este término en el sentido amplio
de la
palabra) es confirmado, como hemos visto en las páginas
precedentes, por ejemplos
bastante diversos, y de tales ejemplos, si necesario
fuera, se podría citar un número incomparablemente
mayor. La vida en sociedad, como
hemos visto, da a los insectos más débiles,
a las aves
más débiles y a los mamíferos
más débiles, la posibilidad de defenderse de los ataques
de las aves y animales carnívoros más
temibles, o
prevenirse de ellos. Ella les asegura la longevidad;
da a las especies la posibilidad de
criar una descendencia con el mínimo de desgaste
innecesario de energías y de sostener su número
aun en caso de natalidad muy baja;
permite a lo animales gregarios realizar sus migraciones
y encontrar nuevos lugares de residencia. Por esto,
aun reconociendo enteramente que la
fuerza, la velocidad, la coloración protectora,
la
astucia, y la resistencia al frío y hambre,
mencionadas por Darwin y Wallace realmente
constituye cualidades que hacen al individuo o a las
especies más aptos en algunas circunstancias,
nosotros, junto con esto, afirmamos que la
sociabilidad es la ventaja más grande en la
lucha
por la existencia en todas las circunstancias naturales,
sean cuales fueran. Las especies
que voluntaria o involuntariamente reniegan de ella,
están condenadas a. la extinción, mientras
que los animales que saben unirse del mejor
modo, tienen mayores oportunidades para subsistir
y
para un desarrollo máximo, a pesar de ser inferiores
a los otros en cada una de las
particularidades enumeradas por Darwin y Wallace,
con
excepción solamente de las facultades intelectuales.
Los vertebrados superiores, y en
especial él género humano, sirven como
la mejor
demostración de esta afirmación.
En cuanto a las facultades intelectuales desarrolladas,
todo darwinista está de acuerdo
con Darwin en que ellas constituyen el instrumento
más
poderoso en la lucha por la existencia y la fuerza
más poderosa para el desarrollo
máximo; pero debe estar de acuerdo, también,
en que las
facultades intelectuales, más aún que
todas las otras, están condicionadas en su
desarrollo por la vida social. La lengua, la imitación,
la
experiencia acumulada, son condiciones necesarias
para el desarrollo de las facultades
intelectuales, y precisamente los animales no
sociables suelen estar desprovistos de ellas. Por
eso nosotros encontramos que en la
cima de las diversas clases se hallan animales tales
como la abeja, la hormiga y termita, en los insectos,
entre los cuales está altamente
desarrollada la sociabilidad, y con ella, naturalmente,
las
facultades intelectuales.
"Los más aptos", los mejor dotados para la
lucha con todos los elementos hostiles son,
de tal modo, los animales sociales, de manera que
se
puede reconocer la sociabilidad como el factor principal
de la evolución progresiva,
tanto indirecto, porque asegura el bienestar de la
especie junto con la disminución del gasto
inútil de energía, como directo, porque
favorece el crecimiento de las facultades intelectuales".
Además, es evidente que la vida en sociedad
sería completamente imposible sin el
correspondiente desarrollo de los sentimientos sociales,
en especial, si el sentimiento colectivo de justicia
(principio fundamental de la moral)
no se hubiera desarrollado y convertido en costumbre.
Si
cada individuo abusara constantemente de sus ventajas
personales y los restantes no
intervinieran en favor del ofendido, ninguna clase
de vida
social sería posible. Por esto, en todos los
animales sociales, aunque sea poco, debe
desarrollarse el sentimiento de justicia. Por grande
que
sea la distancia de donde vienen las golondrinas o
las grullas, tanto las unas como las
otras vuelven cada una al mismo nido que construyeron
o repararon el año anterior. Si algún
gorrión perezoso (o joven) trata de apoderarse de
un nido que construye su camarada, o aun robar de
él
algunas piajuelas, todo el grupo local de gorriones
interviene en contra del camarada
perezoso; lo mismo en muchas otras aves, y es evidente
que, si semejantes intervenciones no fueran la regla
general, entonces las sociedades de
aves para el anidamiento serían imposibles.
Los
grupos separados de pingüinos tienen su lugar
de descanso y su lugar de pesca y no se
pelean por ellos. Los rebaños de ganado cornúpeta
de Australia tienen cada uno su lugar determinado,
adonde invariablemente se dirigen
día a día a descansar, etcétera.
Disponemos de gran cantidad de observaciones directas
que hablan del acuerdo que
reina entre las sociedades de aves anidadoras, en
las
poblaciones de roedores, en los rebaños de
herbívoros, etc.; pero por otra parte, sabemos
que son muy pocos los animales sociales que
disputan constantemente entre sí, como hacen
las ratas de nuestras despensas, o las
morsas que pelean por el lugar para calentarse al
sol en
las riberas que ocupan. La sociabilidad, de tal modo,
pone límites a la lucha física y da
lugar al desarrollo de los mejores sentimientos morales.
Es bastante conocido el elevado desarrollo del amor
paternal en todas las clases de
animales, sin exceptuar siquiera a los leones y tigres.
Y
en cuanto a las aves jóvenes y a los mamíferos,
que vemos constantemente en relaciones
mutua!, en sus sociedades reciben ya el máximo
desarrollo, la simpatía, la comunidad de sentimientos
y no el amor de sí mismos.
Dejando de lado los actos realmente conmovedores de
apego y compasión que se han
observado tanto entre los animales domésticos
como
entre los salvajes mantenidos en cautiverio, disponemos
de un número suficiente de
hechos plenamente comprobados que testimonian la
manifestación del sentimiento de compasión
entre los animales salvajes en libertad.
Max Perty y L. Büchner reunieron no pocos de
tales
hechos. El relato de Wood de cómo una marta
apareció para levantar y llevarse a una
compañera lastimada. goza de una popularidad
bienmerecida. A la misma categoría de hechos
se refiere la conocida observación del
capitán Stanbury, durante su viaje por la altiplanicie
de
Utah, en las Montañas Rocosas, citada por Darwin.
Stanbury observó a un pelicano
ciego que era alimentado, y bien alimentado, por otros
pelícanos, que le traían pescado desde
cuarenta y cinco verstas. H. Weddell, durante su
viaje por Bolivia y Perú, observó más
de una vez que,
cuando un rebaño de vicuñas es perseguido
por cazadores, los machos fuertes cubren la
retirada del rebaño, separándose a propósito
para
proteger a los que se retiran. Lo mismo se observa
constantemente en Suiza entre las
cabras salvajes. Casos de compasión de los
animales
hacia sus camaradas heridos son constantemente citados
por los zoólogos que estudian
la vida de la naturaleza: y sólo ha de asombrarse
uno
por la vanagloria del hombre, que desea indefectiblemente
apartarse del mundo animal,
cuando se ve que semejantes casos no son
generalmente reconocidos. Además, son perfectamente
naturales. La compasión
necesariamente se desarrolla en la vida social. Pero
la
compasión, a su vez, indica un progreso general
importante en el campo de las
facultades intelectuales y de la sensibilidad. Es
el primer paso
hacia el desarrollo de los sentimientos morales superiores,
y, a su vez, se vuelve agente
poderoso del máximo desarrollo progresivo,
de la
evolución.
Si las opiniones expuestas en las páginas precedentes
son correctas, entonces surge,
naturalmente, la cuestión: ¿hasta dónde
concuerdan
con la teoría de la lucha por la existencia,
de la manera como ha sido desarrollada por
Darwin, Wallace y sus continuadores? Y yo contestaré
brevemente ahora a esta importante cuestión.
Ante todo, ningún naturalista dudará de
que la idea de la lucha por la existencia, conducida
a
través de toda la naturaleza orgánica,
constituye la más grande generalización de
nuestro siglo. La vida es lucha, y en esta lucha sobreviven
los
más aptos. Pero, la cuestión reside
en esto: ¿llega esta competencia hasta los límites
supuestos por Darwin o, aún, por Wallace? y,
¿desempeñó en el desarrollo del
reino animal el papel que se le atribuye?
La idea que Darwin llevó a través de
todo su libro sobre el origen de las especies es, sin
duda, la idea de la existencia de una verdadera
competencia, de una lucha dentro de cada grupo animal
por el alimento, la seguridad y
la posibilidad de dejar descendencia. A menudo habla
de regiones saturadas de vida animal hasta los límites
máximos, y de tal saturación
deduce la inevitabilidad de la competencia, de la
lucha
entre los habitantes. Pero si empezamos a buscar en
su libro pruebas reales de tal
competencia, debemos reconocer que no existen
testimonios suficientemente convincentes. Si acudirnos
al párrafo titulado "La lucha por
la existencia es rigurosísima entre individuos
y
variedades de una misma especie", no encontramos entonces
en él aquella abundancia
de pruebas y ejemplos que estamos acostumbrados a
encontrar en toda obra de Darwin. En confirmación
de la lucha entre los individuos de
una misma especie no se trae, bajo el título
arriba citado,
ni un ejemplo; se acepta como axioma. La competencia
entre las especies cercanas de
animales es afirmada sólo por cinco ejemplos,
de los
cuales, en todo caso, uno (que se refiere a dos especies
de mirlos) resulta dudoso, según
las más recientes observaciones, y otro (referente
a
las ratas), también suscitará dudas.
Si comenzamos a buscar en Darwin mayores detalles
con objeto de convencernos hasta
dónde el crecimiento de una especie realmente
está
condicionado por el decrecimiento de otra especie,
encontramos que, con su habitual
rectitud, dice él lo siguiente:
"Podemos conjeturar (dimley see) por qué la
competencia debe ser tan rigurosa entre las
formas emparentadas que llenan casi un mismo
lugar en la naturaleza; pero, probablemente en ningún
caso podríamos determinar con
precisión por qué una especie ha logrado
la victoria
sobre otras en la gran batalla de la vida.
En cuanto a Wallace, que cita en su exposición
del darwinismo los mismos hechos, pero
bajo el título ligeramente modificado ("La
lucha por la
existencia entre los animales y las plantas estrechamente
emparentadas a menudo es
rigurosísima"), hace la observación
siguiente, que da a
los hechos arriba citados un aspecto completamente
distinto. Dice (las cursivas son
mías):
"En algunos casos, sin duda, se libra una verdadera
guerra entre dos especies, y la
especie más fuerte mata a la más débil;
pero esto de
ningún modo es necesario y pueden darse casos
en que especies más débiles físicamente
pueden vencer, debido a su mayor poder de
multiplicación rápida, a la mayor resistencia
con respecto a las condiciones climáticas
hostiles o a la mayor astucia que les permite evitar
los
ataques de sus enemigos comunes."
De tal manera, en casos semejantes, lo que se atribuye
a la competencia, a la lucha,
puede ocurrir que de ningún modo sea competencia
ni
lucha. De ningún modo una especie desaparece
porque otra especie la ha exterminado o
la ha hecho morir de consunción tomándole
los
medios de subsistencia, sino porque no pudo adaptarse
bien a nuevas condiciones,
mientras que la otra especie logré hacerlo.
La expresión
"lucha por la existencia" tal vez se emplea aquí,
una vez más, en su sentido figurado, y
por lo visto no tiene otro sentido. En cuanto a la
competencia real por el alimento entre los individuos
de una misma especie que Darwin
ilustró en otro lugar con un ejemplo tomado
de la vida
del ganado cornúpeta de América del
Sur durante una sequía, el valor de este ejemplo
disminuye significativamente porque ha sido tomado
de la vida de animales domésticos. En circunstancias
semejantes, los bisontes emigran
con el objeto de evitar la competencia por el alimento.
Por más rigurosa que sea la lucha entre las
plantas -y está plenamente demostrada-,
podemos sólo repetir con respecto a ella la
observación
de Wallace: "Que las plantas viven allí donde
pueden", mientras que los animales, en
grado considerable, tienen la posibilidad de elegirse
ellos
mismos el lugar de residencia. Y nosotros nos preguntamos
de nuevo: ¿en qué medida
existe realmente la competencia, la lucha, dentro
de
cada especie animal? ¿ En qué está
basada esta suposición?
La misma observación tengo que hacer con respecto
al argumento "indirecto" en favor
de la realidad de una competencia rigurosa y la lucha
por la existencia dentro de cada especie, que se puede
deducir del "exterminio de las
variedades de transición", mencionadas tan
a menudo
por Darwin. Lo que pasa es lo siguiente: Como es sabido,
durante mucho tiempo ha
confundido a todos los naturalistas, y al mismo Darwin
la
dificultad que él veía en la ausencia
de una gran cadena de formas intermedias entre
especies estrechamente emparentadas; y sabido es que
Darwin buscó la solución de esta dificultad
en el exterminio supuesto por él de todas las
formas intermedias. Sin embargo, la lectura atenta
de
los diferentes capítulos en los que Darwin
y Wallace habían de esta materia, fácilmente
llevan a la conclusión de que la palabra "exterminio"
empleada por ellos de ningún modo se refiere
al exterminio real, y menos aún al
exterminio por falta de alimento y, en general, por
la
superpoblación. La observación que hizo
Darwin acerca del significado de su expresión:
"lucha por la existencia", evidentemente se aplica
en
igual medida también a la palabra "exterminio":
la última de ninguna manera puede ser
comprendida en su sentido directo, sino únicamente
en
el sentido "metafórico" figurado.
Si partimos de la suposición que una superficie
determinada está saturada de animales
hasta los límites máximos de su capacidad,
y que,
debido a esto, entre todos sus habitantes se libra
una lucha aguda por los medios de
subsistencia indispensables -y en cuyo caso cada animal
está obligado a luchar contra todos sus congéneres
para obtener el alimento cotidiano-,
entonces la aparición de una variedad nueva,
y que ha
tenido éxito, sin duda consistirá en
muchos casos (aunque no siempre) en la aparición
de individuos tales que podrán apoderarse de
una parte
de los medios de subsistencia mayor que la que les
corresponde en justicia; entonces el
resultado sería realmente que semejantes individuos
condenarían a la consunción tanto a
la forma paterna original que no pelee la nueva
modificación, como a todas las formas intermedias
que ni
poseyeran la nueva especialidad en el mismo grado
que ellos. Es muy posible que al
principio Darwin comprendiera la aparición
de las
nuevas variedades precisamente en tal aspecto; por
lo menos, el uso frecuente de la
palabra "exterminio" produce tal impresión.
Pero tanto él
como Wallace conocían demasiado bien la naturaleza
para no ver que de ningún modo
ésta es la única solución posible
y necesaria.
Si las condiciones físicas y biológicas
de una superficie determinada y también la
extensión ocupada por cierta especie, y el
modo de vida de
todos los miembros de esta especie, permanecieron
siempre invariables, entonces la
aparición repentina de una variedad realmente
podría
llevar a la consunción y al exterminio de todos
los individuos que no poseyeran, en la
medida necesaria, el nuevo rasgo que caracteriza a
la
nueva variedad. Pero, precisamente, no vemos en la
naturaleza semejante combinación
de condiciones, semejante invariabilidad. Cada
especie tiende constantemente a la expansión
de su lugar de residencia, y la emigración
a nuevas residencias es regla general, tanto para
las
aves di vuelo rápido como para el caracol de
marcha lenta. Luego, en cada extensión
determinada de la superficie terrestre, se producen
constantemente cambios físicos, y el rasgo
característico de las nuevas variedades entre
los animales en un inmenso número de casos
-quizá
en la mayoría- no es de ningún modo
la aparición de nuevas adaptaciones para arrebatar
el alimento de la boca de sus congéneres -el
alimento es sólo una de las centenares de condiciones
diversas de la existencia-, sino,
como el mismo Wallace demostró en un hermoso
párrafo sobre la divergencia de las caracteres"
(Darwinism, página 107), el principio de
la nueva variedad puede ser la formación de
nuevas
costumbres, la migración a nuevos lugares de
residencia y la transición a nuevas formas
de alimentos.
En todos estos casos, no ocurrirá ningún
exterminio, hasta faltará ¡a lucha por el
alimento, puesto que la nueva adaptación servirá
para
suavizar la competencia, si la última existiera
realmente, y sin embargo, se producirá,
transcurrido cierto tiempo, una ausencia de eslabones
intermedias como resultado de la simple supervivencia
de aquéllos que están mejor
adaptados a las nuevas condiciones. Se realizará
esto
también, sin duda, como si ocurriera el exterminio
de las formas originales supuesto por
la hipótesis. Apenas es necesario agregar que,
si
admitimos junto con Spencer, junto con todos los lamarckianos
y el mismo Darwin, la
influencia modificadora del medio ambiente en las
especies que viven en él -y la ciencia contemporánea
se mueve más y más en esta
dirección-, entonces habrá menos necesidad
aún de la
hipótesis del exterminio de las formas intermedias.
La importancia de las migraciones de los animales
para la aparición y el afianzamiento
de las nuevas variedades, y, por último, de
las nuevas
especies, que señaló Moritz Wagner,
ha sido bien reconocida posteriormente por el
mismo Darwin. En realidad, no es raro que parte de
los
animales de una especie determinada sean sometidos
a nuevas condiciones de vida, y a
veces separados de la parte restante de su especie,
por lo cual aparece y se afianza una nueva raza o
variedad. Esto fue reconocido ya por
Darwin, pero las últimas investigaciones subrayaron
aún más la importancia de este factor,
y mostraron también de qué modo la amplitud del
territorio ocupado por esta determinada especie a
esta amplitud Darwin, con fundamentos plenos, atribuía
gran importancia para la
aparición de nuevas variedades puede estar
unida al
aislamiento de cierta parte de una especie determinada,
en virtud de los cambios
geológicos locales o la aparición de
obstáculos locales.
Entrar aquí a juzgar toda esta amplia cuestión
sería imposible, pero bastarán algunas
observaciones para ilustrar la acción combinada
de tales
influencias. Corro es sabido, no es raro que parte
de una especie determinada recurra a
un nuevo género de alimento. Por ejemplo, si
se
produce una escasez de piñas en los bosques
de alerces, las ardillas se trasladan a los
pinares, y este cambio de alimento, como señaló
Poliakof, produce cambios fisiológicos determinados
en el organismo de esas ardillas.
Si este cambio de costumbres no se prolonga, si al
año siguiente hay otra vez abundancia de piñas
en los sombríos bosques de alerces,
entonces, evidentemente, no se forma ninguna variedad
nueva. Pero si parte de la inmensa extensión
ocupada por las ardillas empieza a cambiar
de carácter físico, digamos debido a
la suavización
del clima, o a la desecación, y estas dos causas
facilitaran el aumento de la superficie de
los pinares en desmedro de los bosques de alerces,
y si algunas otras condiciones contribuyeran a hacer
que parte de las ardillas se
mantuvieran en los bordes de la región, entonces
aparecerá
una nueva variedad, es decir, una especie nueva de
ardillas. Pero la aparición de esta
variedad no irá acompañada, decididamente,
por nada
que pudiese merecer el nombre, de exterminio entre
ardillas. Cada año sobrevivirá una
proporción algo mayor, en comparación
con otras, de
ardillas de esta variedad nueva y mejor adaptada,
y los eslabones intermedios se
extinguirán en el transcurso del tiempo, de
año en año, sin
que sus competidores malthusianos las condenen de
ningún modo a muerte por hambre.
Precisamente procesos semejantes se realizan ante
nuestros ojos, debidos a los grandes cambios físicos
que se producen en las vastas
extensiones de Asia Central a consecuencia de la
desecación que evidentemente se viene produciendo
allí desde el período glacial.
Tomemos otro ejemplo. Ha sido demostrado por los geólogos
que el actual caballo
salvaje (Equus Przewalski) es el resultado del lento
proceso de evolución que se realizó
en el transcurso de las últimas partes del período
terciario y de todo el cuaternario (el glacial y el
posglacial), y durante el transcurso de esta larga
serie de siglos, los antecesores del
caballo actual no permanecieron en ninguna superficie
determinada del globo terrestre. Por lo contrario,
erraron por el viejo y el nuevo mundo,
y con toda probabilidad, por último, volvieron
completamente transformados en el curso de sus numerosas
migraciones, a los mismos
pastos que dejaron en otros tiempos. De esto resulta
claro que, si no encontramos ahora en Asia todos los
eslabones intermedios entre el
caballo salvaje actual y sus ascendientes asiáticos
posterciarios, de ningún modo significa que
los eslabones intermedios fueran
exterminados. Semejante exterminio jamás ha
ocurrido. Ni
siquiera puede haber tan elevada mortandad entre las
especies ancestrales del caballo
actual: los individuos que pertenecían a las
variedades
y especies intermedias perecieron en las condiciones
más comunes -a menudo aun en
medio de la abundancia de alimento- y sus restos se
hallan dispersos ahora en el seno de la tierra por
todo el globo terráqueo. Dicho más
brevemente, si reflexionamos sobre esta materia y
releemos atentamente lo que el mismo Darwin escribió
sobre ella, veremos que si
empleamos ya la palabra "exterminio" en relación
con las
variedades transitorias, hay que utilizarla una vez
más en el sentido metafórico,
figurado.
Lo mismo es menester observar con respecto a expresiones
tales como "rivalidad" o
"competencia" (competition). Estas dos expresiones
fueron empleadas también constantemente por
Darwin (véase por ejemplo, el capítulo
"Sobre la extinción") más bien como
imagen o como
medio de expresión, no dándole el significado
de lucha real por los medios de
subsistencia entre las dos partes de una misma especie.
En
todo caso, la ausencia de las formas intermedias no
constituye un argumento en favor de
la lucha recrudecida y de la competencia aguda por
los medios de subsistencia -de la rivalidad, prolongándose
ininterrumpidamente dentro
de cada especie animal- es, según la expresión
del
profesor Geddes, el "argumento aritmético"
tomado en préstamo a Malthus.
Pero este argumento no prueba nada semejante. Con
el mismo derecho podríamos tomar
algunas aldeas del Sureste de Rusia, cuyos
habitantes no han sufrido por la carencia de alimento,
pero que, al mismo tiempo, nunca
tuvieron clase alguna de instalaciones sanitarias;
y
habiendo observado que en los últimos setenta
u ochenta años la natalidad media
alcanza en ellas al 60 por 1.000, y, sin embargo,
la
población durante este tiempo no ha aumentado
-tengo en mis manos tales hechos
concretos- podríamos quizá llegar a
la conclusión de que
un tercio de los recién nacidos muere cada
año sin haber llegado al sexto mes de vida; la
mitad de los niños muere en el curso de los
cuatro
años siguientes, y de cada centenar de nacidos,
sólo 17 alcanzan la edad de veinte años.
De tal modo los recién venidos al mundo se
van de
él antes de alcanzar la edad en que pudieran
llegar a ser competidores. Es evidente, sin
embargo, que si algo semejante ocurre en el medio
humano. ello es más probable aún entre
los animales. Y realmente, en el mundo de los
plumíferos se produce la destrucción
de huevos en
medida tan colosal que al principio del verano los
huevos constituyen el alimento
principal de algunas especies de animales. No hablo
ya de
las tormentas e inundaciones que destruyen por millones
los nidos en América y en
Asia, y de los cambios bruscos de tiempo por los cuales
perecen en masa los individuos jóvenes de los
mamíferos. Cada tormenta, cada
inundación, cada cambio brusco de temperatura,
cada
incursión de las ratas a los nidos de las aves,
destruyen a aquellos competidores que
parecen tan terribles en el papel. En cuanto a los
hechos
de la multiplicación extremadamente rápida
de los caballos y del ganado cornúpeta de
América, y también de los cerdos y de
los conejos de
Nueva Zelanda, desde que los europeos los introdujeron
en esos países, y aun de los
animales salvajes importados de Europa (donde su
cantidad disminuye por la acción del hombre
y no por la de los competidores) es
evidente que más bien contradicen la teoría
de la
superpoblación. Si los caballos y el ganado
cornúpeto pudieron multiplicarse en
América con tal velocidad, demuestra esto simplemente
que,
por numerosos que fueran los bisontes y otros rumiantes
en el Nuevo Mundo en
aquellos tiempos, su población herbívora,
sin embargo, estaba
muy por debajo de la cantidad que hubiera podido alimentarse
en las praderas. Si
millones de nuevos inmigrantes hallaron, no obstante,
alimento suficiente sin obligar a sufrir hambre a
la población anterior de las praderas,
deberíamos llegar más bien a la conclusión
de que los
europeos hallaron en América una cantidad no
excesiva, sino insuficiente de herbívoros,
a pesar de la cantidad increíblemente enorme
de
bisontes o de palomas silvestres que fue encontrada
por los primeros exploradores de
América del Norte.
Además, me permito decir que existen bases
serias para pensar que tal escasez de
población animal constituye la situación
natural de las
cosas sobre la superficie de todo el globo terrestre,
con pocas excepciones, que son
temporales, a esta regla general. En realidad, la
cantidad
de animales existentes en una extensión determinada
de la tierra de ningún modo se
determina por la capacidad máxima de abastecimiento
de este espacio, sino por lo que ofrece cada año
en las condiciones menos favorables.
Lo importante no es saber cuántos millones
de
búfalos, cabras, ciervos, etc., pueden alimentarse
en un territorio determinado durante
un verano exuberante y de lluvias moderadas, sino
cuántos sobrevivirán si se produce uno
de esos veranos secos en que toda la hierba se
quema, o un verano húmedo en que territorios
semejantes a la. Europa central se convierten en pantanos
continuos, como he visto en
la, meseta de Vitimsk- o cuando las praderas y los
bosques se incendian en miles de verstas cuadradas,
como hemos visto en Siberia y en
Canadá.
He aquí por qué, debido a esta sola
cansa, la competencia, la lucha por el alimento,
difícilmente puede ser condición normal
de la vida. Pero,
aparte de esto, otras causas hay que a su vez rebajan
aún más este nivel no tan alto de
población. Si tomamos los caballos (y también
el
ganado cornúpeta) que pasan todo el invierno
pastando en las estepas de la
Transbaikalia, encontramos, al finalizar el invierno,
a todos ellos
mira, enflaquecidos y exhaustos. Este agotamiento,
por otra parte, no es resultado de la
carencia de alimento, puesto que debajo de la
delgada capa de nieve, por doquier, hay pasto en abundancia:
su causa reside el, la
dificultad de extraer el pasto que está debajo
de la nieve,
y esta dificultad es la misma para todos los caballos.
Además, a principios de la
primavera suele haber escarcha, y si se prolonga ésta
algunos días sucesivos los caballos son víctimas
de una extenuación aún mayor. Pero
frecuentemente, a continuación sobrevienen
las
nevascas, las tormentas de nieve, y entonces los animales,
ya debilitados, suelen verse
obligados a permanecer algunos días completamente
privados de alimento, y por ello caen cantidades muy
grandes. Las pérdidas durante la
primavera suelen ser tan elevadas, que si ésta
se ha
distinguido por una extrema crudeza no pueden ser
reparadas ni aún por el nuevo
aumento, tanto más cuanto que todos los caballos
suelen
estar agotados y los potrillos nacen débiles.
La cantidad de caballos y de ganado
cornúpeto siempre se mantiene, de tal modo,
considerablemente inferior al nivel en que podrían
mantenerse si no existiera esta causa
especial: la primavera fría y tormentosa. Durante
todo
el año hay alimento en abundancia: alcanzaría
para una cantidad de animales cinco o
diez veces mayor de la que existe In realidad; y sin
embargo, la población animal de las estepas
crece forma extremadamente lenta, pero
apenas los buriatos, amos del gana y de los rebaños
de
caballos, comienzan a hacer aun la más insignificante
provisión de heno en las estepas,
y les permiten el acceso durante la escarcha o las
nieves profundas, inmediatamente se observará
el aumento de sus rebaños.
En las mismas condiciones se encuentran casi todos
los animales herbívoros que viven
en libertad, y muchos roedores de Asia y América;
por
eso podemos afirmar con seguridad que su número
no se reduce por obra de la rivalidad
y de la lucha mutua; que en ninguna época tienen
que, luchar por alimentos: y que si nunca se reproducen
hasta llegar al grado de
superpoblación, la razón reside en el
clima, y no en la lucha
mutua por el alimento.
La importancia en la naturaleza de los obstáculos
naturales a la reproducción excesiva:
y en especial su relación con la hipótesis
de la
Competencia, aparentemente nunca fue tomada todavía
en consideración en la medida
debida. Estos obstáculos, o, más exactamente,
algunos de ellos se citan de paso, pero, hasta ahora,
no se ha examinado en detalle su
acción. Sin embargo, si se compara la acción
real de
las causas naturales sobre la vida de las especies
animales, con la acción posible de la
rivalidad dentro de las especies, debemos reconocer
en seguida que la última no soporta ninguna
comparación con la anterior. Así, por
ejemplo, Bates menciona la cantidad sencillamente
inimaginable de hormigas aladas que perecen cuando
enjambran. Los cuerpos muertos o
semimuertos de la hormiga de fuego (Myrmica
saevissima), arrastrados al río durante una
tormenta, "presentaban una línea de una
pulgada o dos de alto y de la misma anchura, y la
línea se
extendía sin interrupción en la extensión
de algunas millas, al borde del agua". Miríadas
de hormigas suelen ser destruidas de tal modo, en
medio de una naturaleza que podría alimentar
mil veces más hormigas de las que vivían
entonces en este lugar.
El Dr. Altum, forestal alemán que escribió
un libro muy instructivo los animales
dañinos a nuestros bosques, aporta también
muchos hechos
que demuestran la gran importancia de los obstáculos
naturales a la multiplicación
excesiva. Dice que una sucesión de tormentas
o el tiempo
frío y neblinoso durante la enjumbrazón
de la polilla de pino (Bombyx Pini), la destruye
en cantidades inverosímiles, y en la primavera
del año
1871 todas estas polillas desaparecieron de golpe,
probablemente destruidas por una
sucesión de noches frías. Se podrían
citar ejemplos
semejantes, relativos a los insectos de diferentes
partes de Europa. El Dr. Altum
también menciona las aves que devoran a las
y la enorme
cantidad de huevos de este insecto destruidos por
los zorros; pero agrega que los hongos
parásitos que la atacan periódicamente
son
enemigos de la polilla considerablemente más
terribles que cualquier ave, puesto que
destruyen a la polilla de golpe, en una extensión
enorme.
En cuanto a las diferentes especies de ratones (Mus
sylvaticus, Arvicola orvalis, y
Aeagretis) Altum, exponiendo una larga lista de sus
enemigos, observa: "Sin embargo, los enemigos más
terribles de los ratones no son los
otros animales, sino los cambios bruscos de tiempo
que se producen casi todos los años". Si las
heladas y el tiempo templado se alternan,
destruyen a los ratones en cantidades innumerables;
"un solo cambio brusco de tiempo puede dejar, de muchos
miles de ratones, nada más
que algunos individuos vivos". Por otra parte, un
invierno templado, o un invierno que avanza paulatinamente,
les da la posibilidad de
multiplicarse en proporciones amenazantes, a pesar
de
cualesquiera enemigos; así fue en los años
1876 y 1877. La rivalidad es, de tal modo,
con respecto a los ratones, un factor completamente
insignificante en comparación con el tiempo.
Hechos del mismo género son citados por
el mismo autor también con respecto a las ardillas.
En cuanto a las aves, todos sabemos bien cómo
sufren por los cambios bruscos de
tiempo. Las nevascas a fines de la primavera son tan
ruinosas para las aves en los pantanos de Inglaterra
como en la Siberia y Ch. Dixon tuvo
ocasión de ver a las gelinotas reducidas por
el frío de
inviernos excepcionalmente crudos, a tal extremo,
que abandonaban lugares salvajes en
grandes cantidades "y conocemos casos en que eran
cogidas en las calles de Sheffield". El tiempo húmedo
y prolongado -agrega- es también
casi desastroso para ellas".
Por otra parte, las enfermedades contagiosas que afectan
de tiempo en tiempo a la
mayoría de las especies animales, las destruyen
en tal
cantidad que a menudo las pérdidas no pueden
ser repuestas durante muchos años, ni
aun entre los animales que se multiplican más
rápidamente. Así por ejemplo, allá
por el año 40, los susliki súbitamente desaparecieron
de los alrededores de Sarepta, en la Rusia
suroriental, debido a cierta epidemia, y durante muchos
años no fue posible encontrar en
estos lugares ni un susliki. Pasaron muchos años
antes de que se multiplicaran como anteriormente.
Se podría agregar en cantidad hechos semejantes,
cada uno de los cuales disminuye la
importancia atribuida a la competencia y a la lucha
dentro de la especies. Naturalmente, se podría
contestar con las palabras de Darwin, de
que, sin embargo, cada ser orgánico, "en cualquier
periodo de su vida, en el transcurso de cualquier
estación del año, en cada generación, o
de tiempo en tiempo, debe luchar por la existencia
y
sufrir una gran destrucción", y de que sólo
los más aptos sobrevivan a tales períodos de
dura lucha por la existencia. Pero si la evolución
del
mundo animal estuviera basada exclusivamente, o aun
preferentemente en la
supervivencia de los más aptos en períodos
de calamidades, si
la selección natural estuviera limitada en
su acción a los períodos de sequía excepcional,
o cambios bruscos de temperatura o inundaciones,
entonces la regla general en el mundo animal seria
la regresión, y no el progreso.
Aquellos que sobreviven al hambre, o a una epidemia
severa de cólera, viruela o
difteria, que diezman en tales medidas como las que
se
observan en países incivilizados, de ninguna
manera son ni más fuertes, ni más sanos ni
más inteligentes. Ningún progreso podría
basarse
sobre semejantes supervivencias, tanto más
cuanto que todos los que han sobrevivido
ordinariamente salen de la experiencia con la salud
quebrantada, como los caballos de Transbaikalia que
hemos mencionado antes, o las
tripulaciones de los barcos árticos, o las
guarniciones
de las fronteras obligadas a vivir durante algunos
meses a media ración y que, al
levantarse el sitio, salen con la salud destrozada
y con una
mortalidad completamente anormal como consecuencia.
Todo lo que la selección
natural puede hacer en los períodos de calamidad
se reduce
a la conservación de los individuos dotados
de una mayor resistencia para soportar toda
clase de privaciones. Tal es el papel de la selección
natural entre los caballos siberianos y el ganado
cornúpeto. Realmente se distinguen por
su resistencia; pueden alimentarse, en caso de
necesidad, con abedul polar, pueden hacer frente al
frío y al hambre, pero, en cambio, el
caballo siberiano sólo puede llevar la mitad
de la
carga que lleva el caballo europeo sin esfuerzo; ninguna
vaca siberiana da la mitad de la
cantidad de leche que da la vaca Jersey, y ningún
indígena de los países salvajes soporta
la comparación con los europeos. Esos indígenas
pueden resistir más fácilmente el hambre
y el frío,
pero sus fuerzas físicas son considerablemente
inferiores a las fuerzas del europeo que
se alimenta bien, y su progreso intelectual se produce
con una lentitud desesperante. "Lo malo no puede engendrar
lo bueno", como escribió
Chemishevsky en un ensayo notable consagrado al
darwinismo.
Por fortuna, la competencia no constituye regla general
ni para el mundo animal ni para
la humanidad. Se limita, entre los animales, a períodos
determinados, y la selección natural encuentra
mejor terreno para su actividad. Mejores
condiciones para la selección progresiva son
creadas
por medio de la eliminación de la competencia,
por medio de la ayuda mutua y del
apoyo mutuo. En la gran lucha por la existencia -por
la
mayor plenitud e intensidad de vida posible con el
mínimo de desgaste innecesario de
energía- la selección natural busca
continuamente
medios, precisamente con el fin de evitar la competencia
en cuanto sea posible. Las
hormigas se unen en nidos y tribus; hacen provisiones,
crían "vacas" para sus necesidades, y de tal
modo evitan la competencia; y la selección
natural escoge de todas las hormigas aquella
especies que mejor saben evitar la competencia intestina,
con sus consecuencias
perniciosas inevitables. La mayoría de nuestras
aves se
trasladan lentamente al Sur, a medida que avanza el
invierno, o se reúnen en sociedades
innumerables y emprenden viajes largos, y de tal
modo evitan la competencia. Muchos roedores se entregan
al sueño invernal cuando
llega la época de la posible competencia, otras
razas de
roedores se proveen de alimento para el invierno y
viven en común en grandes
poblaciones a fin de obtener la protección
necesaria durante el
trabajo. Los ciervos, cuando los líquenes se
secan en el interior del continente emigran
en dirección del mar. Los búfalos atraviesan
continentes inmensos en busca de alimento abundante.
Y las colonias de castores,
cuando se reproducen demasiado en un río, se
dividen en
dos partes: los viejos descienden el río, y
los jóvenes lo remontan, para evitar la
competencia. Y si, por último, los animales
no pueden
entregarse al sueño invernal ni emigrar, ni
hacer provisiones de alimentos, ni cultivar
ellos mismos el alimento necesario como hacen las
hormigas, entonces se portan como los paros (véase
la hermosa descripción de Wallace
en Darwinism; cap. V); a saber: recurren a una nueva
clase de alimento, y, de tal modo, una vez más,
evitan incompetencias.
"Evitad la competencia. Siempre es dañina para
la especie, y vosotros tenéis abundancia
de medios para evitarla". Tal es la tendencia de la
naturaleza, no siempre realizable por ella, pero siempre
inherente a ella. Tal es la
consigna que llega hasta nosotros desde los matorrales.
bosques, ríos y océanos. "Por consiguiente:
¡Uníos! ¡Practicad la ayuda mutua! Es el
medio más justo para garantizar la seguridad
máxima
tanto para cada uno en particular como para todos
en general; es la mejor garantía para
la existencia y el progreso físico, intelectual
y moral".
He aquí lo que nos enseña la naturaleza;
y esta voz suya la escucharon todos los
animales que alcanzaron la más elevada posición
en sus
clases respectivas. A esta misma orden de la naturaleza
obedeció el hombre -el más
primitivo- y sólo debido a ello alcanzó
la posición que
ocupa ahora. Los capítulos siguientes, consagrados
a la ayuda mutua en las sociedades
humanas, convencerán al lector de la verdad
de esto.
CAPITULO III: LA AYUDA MUTUA ENTRE LOS SALVAJES
Hemos considerado rápidamente, en los dos capítulos
precedentes, el enorme papel de
la ayuda mutua y del apoyo mutuo en el desarrollo
progresivo del mundo animal. Ahora tenemos que echar
una mirada al papel que los
mismos fenómenos desempeñaron en la
evolución de la
humanidad. Hemos visto cuán insignificante
es el número de especies animales que
llevan una vida solitaria, y, por lo contrario, cuán
innumerables la cantidad de especies que viven en
sociedades, uniéndose con fines de
defensa mutua, o bien para cazar y acumular
depósitos de alimentos, para criar la descendencia
o, simplemente, para el disfrute de la
vida en común. Hemos visto, también,
que aunque la
lucha que se libra entre las diferentes clases de
animales, diferentes especies, aun entre
los diferentes grupos de la misma especie, no es
poca, sin embargo, hablando en general, dentro del
grupo y de la especie reinan la paz y
el apoyo mutuo; y aquellas especies que poseen
mayor inteligencia para unirse y evitar la competencia
y la lucha, tienen también
mejores oportunidades para sobrevivir y alcanzar el
máximo
desarrollo progresivo. Tales especies florecen mientras
que las especies que desconocen
la sociabilidad van a la decadencia.
Evidente es que el hombre seria la contradicción
de todo lo que sabemos de la
naturaleza si fuera la excepción a esta regla
general: si un ser
tan indefenso como el hombre en la aurora de su existencia
hubiera hallado protección y
un camino de progreso, no en la ayuda mutua, como
en los otros animales, sino en la lucha irrazonada
por ventajas personales, sin prestar
atención a los intereses de todas las especies.
Para
toda inteligencia identificada con la idea de la unidad
de la naturaleza, tal suposición
parecerá completamente inadmisible. Y sin embargo,
a
pesar de su inverosimilitud y su falta de lógica,
ha encontrado siempre partidarios.
Siempre hubo escritores que han mirado a la humanidad
como pesimistas. Conocían al hombre, más
o menos superficialmente, según su propia
experiencia personal limitada: en la historia se
limitaban al conocimiento de lo que nos contaban los
cronistas que siempre han
prestado atención principalmente a las guerras,
a las
crueldades, a la opresión; y estos pesimistas
llegaron a la conclusión de que la
humanidad no constituye otra cosa que una sociedad
de seres
débilmente unidos y siempre dispuestos a pelearse
entre sí, y que sólo la intervención de
alguna autoridad impide el estallido de una contienda
general.
Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII,
el primero después de Bacon que se decidió a
explicar que las concepciones morales del hombre no
habían nacido de las sugestiones religiosas,
se colocó, como es sabido, precisamente en
tal punto de vista. Los hombres primitivos, según
su
opinión, vivían en una eterna guerra
intestina, hasta que aparecieron entre ellos los
legisladores, sabios y poderosos que asentaron el
principio
de la convivencia pacífica.
En el siglo XVIII, naturalmente, había pensadores
que trataron de demostrar que en
ningún momento de su existencia -ni siquiera
en el período
más primitivo- vivió la humanidad en
estado de guerra ininterrumpida, que el hombre
era un ser social aún en "estado natural" y
que más bien
la falta de conocimientos que las malas inclinaciones
naturales llevaron a la humanidad
a todos los horrores que caracterizaron su vida
histórica pasada. Pero, los numerosos continuadores
de Hobbes prosiguieron, sin
embargo, sosteniendo que el llamado "estado natural"
no
era otra cosa que una lucha continua entre los hombres
agrupados casualmente por las
inclinaciones de su naturaleza de bestia.
Naturalmente, desde la época de Hobbes la ciencia
ha hecho progresos y nosotros
pisamos ahora un terreno más seguro que el
que pisaba
él, o el que pisaban en la época de
Rousseau. Pero la filosofía de Hobbes aún ahora
tiene bastantes adoradores, y en los últimos
tiempos se
ha formado toda una escuela de escritores que, armados,
no tanto de las ideas de Darwin
como de su terminología, se han aprovechado
de
esta última para predicar en favor de las opiniones
de Hobbes sobre el hombre
primitivo; y consiguieron hasta dar a esta prédica
un cierto aire
de apariencia científica. Huxley, como es sabido,
encabezaba esta escuela, y en su
conferencia, leída en el año 1888, presentó
a los hombres
primitivos como algo a modo de tigres o leones, desprovistos,
de toda clase de
concepciones sociales, que no se detenían ante
nada en la
lucha por la existencia, y cuya vida entera transcurría
en una -"pendencia continua".
"Más allá de los límites familiares
orgánicos y temporales,
la guerra hobbesiana de cada uno contra todos era
-dice- el estado normal de su
existencia".
Ha sido observado más de una vez que el error
principal de Hobbes, y en general de los
filósofos del siglo XVIII, consistía
en que se
representaban el género humano primitivo en
forma de pequeñas familias nómadas, a
semejanza de las familias -limitadas y temporales"
de
los animales carnívoros algo más grandes.
Sin embargo, se ha establecido ahora
positivamente que semejante hipótesis es por
completo
incorrecta. Naturalmente, no tenemos hechos directos
que testimonien el modo de vida
de los primeros seres antropoides. Ni siquiera la
época de la primera aparición de tales
seres está aún establecida con precisión, puesto
que los geólogos contemporáneos están
inclinados a
ver sus huellas ya en los depósitos plicénicos
y hasta en los miocénicos del período
terciario. Pero tenemos a nuestra disposición
el método
indirecto, que nos da la posibilidad de iluminar hasta
cierto grado aun ese período
lejano. Efectivamente, durante los últimos
cuarenta años se
han hecho investigaciones muy cuidadosas de las instituciones
humanas de las razas
más inferiores, y estas investigaciones revelaron,
en las
instituciones actuales de los pueblos primitivos,
las huellas de instituciones más
antiguas, hace mucho desaparecidas, pero que, sin
embargo,
dejaron signos indudables de su existencia. Poco a
poco, una ciencia entera, la
etnología, consagrada al desarrollo de las
instituciones
humanas, fue creada por los trabajos de Bachofen,
Mac Lennan, Morgan, Edward B.
Tylor, Maine, Post, Kovalevsky y muchos otros. Y esta
ciencia ha establecido ahora, fuera de toda duda,
que la humanidad no comenzó su vida
en forma de pequeñas familias solitarias.
La familia no sólo no fue la forma primitiva
de organización, sino que, por lo contrario,
es un producto muy tardío de la evolución
de la
humanidad. Por más lejos que nos remontemos
en la profundidad de la historia más
remota del hombre, encontramos por doquier que los
hombres vivían ya en sociedades, en grupos,
semejantes a los rebaños de los mamíferos
superiores. Fue necesario un desarrollo muy lento
y
prolongado para llevar estas sociedades hasta la organización
del grupo (o clan), que a
su vez debió sufrir otro proceso de desarrollo
también
muy prolongado, antes de que pudieran aparecer los
primeros gérmenes de la familia,
polígama o monógama.
Sociedades, bandas, clanes, tribus -y no la familia-
fueron de tal modo la forma
primitiva de organización de la humanidad y
sus antecesores
más antiguos. A tal conclusión llegó
la etnología, después de investigaciones
cuidadosas, minuciosas. En suma, esta conclusión
podrían
haberla predicho los zoólogos, puesto que ninguno
de los mamíferos superiores, con
excepción de bastantes pocos carnívoros
y algunas
especies de monos que indudablemente se extinguen
(orangutanes y gorilas), viven en
pequeñas familias, errando solitarias por los
bosques.
Todos los otros viven en sociedades y Darwin comprendió
también que los monos que
viven aislados nunca podrían haberse desarrollado
en
seres antropoides, y estaba inclinado a considerar
al hombre como descendiente de
alguna especie de mono, comparativamente débil,
pero
indefectiblemente social, como el chimpancé,
y no de una especie más fuerte, pero
insociable, como el gorila. La zoología y la
paleontología
(ciencia del hombre más antiguo) llegan, de
tal modo, a la misma conclusión: la forma
más antigua de la vida social fue el grupo,
el clan y no la
familia. Las primeras sociedades humanas simplemente
fueron un desarrollo mayor de
aquellas sociedades que constituyen la esencia misma
de la vida de los animales superiores.
Si pasamos ahora a los datos positivos, veremos que
las huellas más antiguas del
hombre, que datan del período glacial o posglacial
más
remoto, presentan pruebas indudables de que el hombre
vivía ya entonces en
sociedades. Muy raramente suele encontrarse un instrumento
de
piedra aislado, aun en la edad de piedra más
antigua; por el contrario, donde quiera que
se ha encontrado uno o dos instrumentos de piedra,
pronto se encontraron allí otros, casi siempre
en cantidades muy grandes. En aquellos
tiempos en que los hombres vivían todavía
en cavernas
o en las hendiduras de las rocas, como en Hastings,
o solamente se refugiaban bajo las
rocas salientes, junto con mamíferos desde
entonces
desaparecidos, y apenas sabían fabricar hachas
de piedra de la forma más tosca, ya
conocían las ventajas de la vida en sociedad.
En
Francia, en los valles de los afluentes del Dordogne,
toda la superficie de las rocas está
cubierta, de tanto en tanto, de cavernas que servían
de
refugio al hombre paleolítico, es decir, al
hombre de la edad de piedra antigua. A veces
las viviendas de las cavernas están dispuestas
en
pisos, y, sin duda, recuerdan más los nidos
de una colonia de golondrinas que la
madriguera de animales de presa. En cuanto a los
instrumentos de sílice hallados en estas cavernas,
según la expresión de Lubbock, "sin
exageración puede decirse que son innumerables".
Lo
mismo es verdad con respecto a todas las otras estaciones
paleolíticas. A juzgar por las
exploraciones de Lartet, los habitantes de la región
de Aurignac, en el sur de Francia, organizaban festines
tribales en los entierros de sus
muertos. De tal modo, los hombre vivían en
sociedades,
y en ellas aparecieron los gérmenes del rito
religioso tribal, ya en aquella época muy
lejana, en la aurora de la aparición de los
primeros
antropoides.
Lo mismo se confirma, con mayor abundancia aún
de pruebas respecto al periodo
neolítico, más reciente, de la edad
de piedra. Las huellas
del hombre se encuentran aquí en enormes cantidades,
de modo que por ellas se pudo
reconstituir en grado considerable toda su manera
de
vivir. Cuando la capa de hielo (que en nuestro hemisferio
debía extenderse de las
regiones polares hasta el centro de Francia, Alemania
y
Rusia, y cubría el Canadá y también
una parte considerable del territorio ocupado ahora
por los Estados Unidos), comenzó a derretirse,
las
superficies libradas del hielo se cubrieron primero
de ciénagas y pantanos, y luego de
innumerables lagos.
En aquella época los lagos, evidentemente,
llenaban las depresiones y los
ensanchamientos de los valles antes de que las aguas
cavaran los
cauces permanentes, que en la época siguiente
se convirtieron en nuestros ríos. Y
dondequiera nos dirijamos ahora, a Europa, Asia o
América, encontramos que las orillas de los
innumerables lagos de este periodo -que
con justicia deberíase llamar período
lacustre-, están
cubiertas de huellas del hombre neolítico.
Estas huellas son tan numerosas que sólo
podemos asombrarnos de la densidad de la población
en
aquella época. En las terrazas que ahora marcan
las orillas de los antiguos lagos, las
"estaciones" del hombre neolítico se siguen
de cerca, y
en cada una de ellas se encuentran instrumentos de
piedra en tales cantidades que no
queda ni la menor duda de que durante un tiempo muy
largo estos lugares fueron habitados por tribus de
hombres bastante numerosas' Talleres
enteros de instrumentos de sílice que, a su
vez,
atestiguan la cantidad de trabajadores que se reunían
en un lugar, fueron descubiertos
por los arqueólogos.
Hallamos los rastros de un período más
avanzado, caracterizado ya por el uso de
productos de alfarería, en los llamados "desechos
culinarios"
de Dinamarca. Como es sabido, estos montones de conchas,
de 5 a 10 pies de espesor,
de 100 a 200 pies de anchura y 1.000 y más
pies de
longitud, están tan extendidos en algunos lugares
del litoral marítimo de Dinamarca que
durante mucho tiempo fueron considerados como
formaciones naturales. Y, sin embargo, se componen
"exclusivamente de los materiales
que fueron usados de un modo u otro por el hombre",
y están de tal modo repletos de productos del
trabajo humano, que Lubbock, durante
una estancia de sólo dos días en Milgaard,
halló 191
piezas de instrumentos de piedra y cuatro fragmentos
de productos de alfarería. Las
medidas mismas y la extensión de estos montones
de
restos culinarios prueban que, durante muchas y muchas
generaciones, en las orillas de
Dinamarca se asentaron centenares de pequeñas
tribus o clanes que sin ninguna duda vivían
tan pacíficamente entre sí como viven ahora
los habitantes de Tierra del Fuego, quienes también
acumulan ahora semejantes montones de conchas y toda
clase de desechos.
En cuanto a las construcciones lacuestres de Suiza,
que representan un grado muy
avanzado en el camino de la civilización, constituyen
aún
mejores pruebas de que sus habitantes vivían
en sociedades y trabajaban en común.
Sabido es que, ya en la edad de piedra, las orillas
de los
lagos suizos estaban sembradas de series de aldeas,
compuestas de varias chozas,
construidas sobre una plataforma sostenida por
numerosos pilotes clavados en el fondo del lago. No
menos de veinticuatro aldeas, la
mayoría de las cuales pertenecían a
la edad de piedra,
fueron descubiertas en los últimos años
en las orillas del lago de Ginebra, treinta y dos
en el lago Costanza, y cuarenta y seis en el lago
de
Neufehatel, etc., cada una como testimonio de la inmensa
cantidad de trabajo realizado
en común, no por la familia, sino por la tribu
entera.
Algunos investigadores hasta suponen que la vida de
estos habitantes de los lagos estaba
en grado notable libre de choques bélicos;
y esta
hipótesis es muy probable si se toma en consideración
la vida de las tribus primitivas,
que aún ahora viven en aldeas semejantes, construidas
sobre pilotes a orillas del mar.
Se desprende de tal modo, aun del breve esbozo precedente,
que al final de cuenta,
nuestros conocimientos del hombre primitivo de ningún
modo son tan pobres, y en todo caso refutan más
que confirman las hipótesis de Hobbes
y de sus continuadores contemporáneos. Además,
pueden ser completadas en medida considerable si se
recurre a la observación directa de
las tribus primitivas que en el presente se hallan
todavía en el mismo nivel de civilización
en que estaban los habitantes de Europa en los
tiempos prehistóricos.
Ya ha sido plenamente probado por Ed. B. Tylor y J.
Lubbock que los pueblos
primitivos que existen ahora de ningún modo
representan -como
afirmaron algunos sabios- tribus que han degenerado
y que en otros tiempos han
conocido una civilización más elevada,
que luego perdieron.
Por otra parte, a las pruebas alegadas contra la teoría
de la degeneración se puede
agregar todavía lo siguiente: con excepción
de pocas
tribus que se mantienen en las regiones montañosas
poco accesibles, los llamados
"salvajes" ocupan una zona que rodea a naciones más
o
menos civilizadas, preferentemente los extremos de
nuestros continentes, que en su
mayor parte conservaron hasta ahora el carácter
de la
época posglacial antigua o que hace poco aún
lo tenía. A estos pertenecen los
esquimales y sus congéneres en Groenlandia,
América Artica y
Siberia Septentrional, y en el hemisferio Sur, los
indígenas australianos, papúes, los
habitantes de Tierra de Fuego y, en parte, los
bosquímanos; y en los límites de la
extensión ocupada por pueblos más o menos
civilizados, semejantes tribus primitivas se encuentran
sólo
en el Himalaya, en las tierras altas del Sureste de
Asia y en la meseta brasileña. No se
debe olvidar que el periodo glacial no terminó
de golpe
en toda la superficie del globo terrestre; se prolonga
hasta ahora en Groenlandia. Debido
a esto, en la época en que las regiones litorales
del
océano Indico, del mar Mediterráneo,
del golfo de México gozaban ya de un clima más
templado y en ellos se desarrollaba una civilización
más elevada, inmensos territorios de Europa
Central, Siberia y América del Norte, y
también de la Patagonia, Sur del Africa, Sureste
de Asia y
Australia, permanecían todavía en las
condiciones del período posglacial antiguo, que
las hicieron inhabitables para las naciones civilizadas
de
la zona tórrida y templada. En esa época,
las zonas citadas constituían algo así como los
actuales y terribles "urman" de la Siberia del
Noroeste, y su población, inaccesible a la
civilización y no tocada por ella, conservó el
carácter del hombre posglacial antiguo.
Solamente más tarde, cuando la desecación
hizo estos territorios más aptos para la
agricultura, comenzaron a poblarse de inmigrantes
más
civilizados; y entonces, parte de los habitantes anteriores
se fundieron poco a poco con
los nuevos colonos, mientras que otra parte se retiraba
más y más lejos en dirección
a las zonas subglaciales y se asentaba en los lugares donde
los encontramos ahora. Los territorios habitados por
ellos en el presente conservaron hasta ahora, o conservaban
hasta una época no muy
lejana, en su aspecto físico, un carácter
casi glacial; y las
artes y los instrumentos de sus habitantes hasta ahora
no salieron aún del período
neolítico, es decir, la edad de piedra posterior.
Y a pesar de
las diferencias de raza y de la extensión que
separa estas tribus entre sí, su modo de vida
y sus instituciones sociales son asombrosamente
parecidos.
Por esto podemos considerar a estos "salvajes" como
resto de la población del
posglacial antiguo.
Lo primero que nos asombra, no bien comenzamos a estudiar
a los pueblos primitivos,
es la complejidad de la organización de las
relaciones
maritales en que viven. En la mayoría de ellos,
la familia, en el sentido como la
comprendemos nosotros, existe solamente en estado
embrionario. Pero al mismo tiempo, los "salvajes"
de ningún modo constituyen "una
turba de hombres y mujeres poco unidos entre sí,
que se
reúnen desordenadamente bajo la influencia
de caprichos del momento". Todos ellos,
por el contrario, se someten a una organización
determinada, que Luis Morgan describió en sus
rasgos típicos y llamó organización
"tribalo de clan".
Exponiendo brevemente esta materia, muy amplia, podemos
decir que actualmente no
existen más dudas sobre el hecho de que la
humanidad, en el principio de su existencia, ha pasado
por la etapa de las relaciones
conyugales que puede llamarse "matrimonio tribal o
comunal"; es decir, los hombres o las mujeres, en
tribus enteras, vivían entre sí como
los maridos con sus esposas, prestando muy poca
atención al parentesco sanguíneo. Pero
es indudable también que algunas restricciones a
estas relaciones entre los sexos fueron establecidas
por la costumbre ya en un período muy antiguo.
Las relaciones conyugales fueron
pronto prohibidas entre los hijos de una misma madre
y la
hermana de ella, sus nietas y tías. Mas tarde
tales relaciones fueron prohibidas entre los
hijos e hijas de una misma madre, y siguieron pronto
otras restricciones.
Poco a poco se desarrolló la idea de clan (gens)
que abarcaba a todos los descendientes
reales o supuestos de una raíz común
(más bien a
todos los unidos en un grupo de clan por el supuesto
parentesco). Y cuando el clan se
multiplicó por la subdivisión en algunos
clanes, cada uno
de los cuales se dividía, a su vez, en clases
(habitualmente en cuatro clases), el
matrimonio era permitido sólo entre clases
determinadas,
estrictamente definidas. Se puede observar un estado
semejante aun ahora entre los
indígenas de Australia, sus primeros gérmenes
aparecieron en la organización de clan. La
mujer hecha prisionera durante la guerra con
cualquier otro clan, en un período más
tardío, el que la
había tomado prisionera la guardaba para sí,
bajo la observación, además, de
determinados deberes hacia el clan. Podía ser
ubicada por él
en una cabaña separada después de haber
pagado ella cierto género de tributo a cada
miembro del clan; entonces ella podía fundar
dentro
del clan una familia separada, cuya aparición
evidentemente, abrió una nueva fase de la
civilización. Pero en ningún caso la
esposa que
asentaba la base de la familia especialmente patriarcal
podía ser tomada de su propio
clan. Podía provenir solamente de un clan extraño.
Si consideramos que esta organización compleja
se ha desarrollado entre hombres que
ocupaban los peldaños más bajos de desarrollo
que
conocemos, y que se mantuvo en sociedades que no conocían
más autoridad que la
autoridad de la opinión pública, comprenderemos
en
seguida cuán profundamente arraigados debían
estar los instintos sociales en la
naturaleza humana hasta en los peldaños más
bajos de su
desarrollo. El salvaje, que podía vivir en
tal organización, sometiéndose por propia
voluntad a las restricciones que constantemente chocaban
con sus deseos personales, naturalmente no se parecía
a un animal desprovisto de todo
principio ético y cuyas pasiones no conocían
freno.
Pero este hecho se hace aún más asombroso
si tomamos en consideración la antigüedad
inconmensurablemente lejana de la organización
de
clan.
Actualmente es sabido que los semitas primitivos,
los griegos de Homero, los romanos
prehistóricos, los germanos de Tácito,
los antiguos
celtas y eslavos, pasaron todos por el período
de organización de clan de los
australianos, los indios pieles rojas, esquimales
y otros
habitantes del "cinturón de salvajes".
De tal modo, debemos admitir una de dos: o bien el
desarrollo de las costumbres
conyugales, por algunas razones, se encaminó
en una
misma dirección en todas las razas humanas;
o bien los rudimentos de las restricciones
de clan se desarrollaron entre algunos antepasados
comunes que fueron el tronco genealógico de
los semitas, arios, polinesios, etc., antes
de que estos antepasados se dividieran en razas
separadas, y estas restricciones se conservaron hasta
el presente entre razas que mucho
ha se separaron de la raíz común. Ambas
posibilidades, en igual grado, señalan, sin
embargo, la asombrosa tenacidad de esta
institución -tenacidad que no pudo destruir
durante
muchas decenas de milenios ningún atentado
que contra ella perpetrara el individuo-.
Pero la misma fuerza de la organización del
clan
demuestra hasta dónde es falsa la opinión
en virtud de la cual se representa a la
humanidad primitiva en forma de una turba desordenada
de
individuos que obedecen sólo a sus propias
pasiones y que se sirve cada uno de su
propia fuerza personal y su astucia para imponerse
a
todos los otros. El individualismo desenfrenado es
manifestación de tiempos más
modernos, pero de ninguna manera era propio del hombre
primitivo.
Pasando ahora a los salvajes existentes en el presente,
podemos comenzar con los
bosquímanos, que ocupan un peldaño muy
bajo de
desarrollo, tan bajo que ni siquiera tienen viviendas
y duermen en cuevas cavadas en la
tierra o, simplemente, bajo la cubierta de ligeras
mamparas de hierbas y ramas que los protegen del viento.
Es sabido que cuando los
europeos comenzaron a colonizar sus territorios y
destruir enormes rebaños salvajes de ciervos
que pacían hasta entonces en las llanuras,
los bosquímanos comenzaron a robar ganado
cornúpeta a los colonos, y estos emigrantes
iniciaron entonces una guerra desesperada
contra aquéllos; comenzaron a exterminarlos
con una
bestialidad de la que prefiero no hablar aquí.
Quinientos bosquímanos fueron
exterminados de tal modo en 1774; en los años
1801 - 1809, la
unión de granjeros destruyó tres mil,
etc. Los exterminaban como a ratas, dejándoles
carne envenenada, a estos hombres llevados al hambre,
o los cazaban a tiros como bestias, emboscándose
detrás del cadáver de un animal
puesto como cebo; los mataban donde los encontraban.
De tal modo, nuestro conocimiento de los bosquímanos,
recibido, en la mayoría de los
casos de los mismos que los exterminaban, no puede
destacarse por una especial simpatía. Sin embargo,
sabemos que durante la aparición de
los europeos, los bosquímanos vivían
en pequeños
clanes que a veces se reunían en federaciones;
que cazaban en común y se repartían la
presa, sin peleas ni disputas; que nunca abandonaban
a los heridos y demostraban un sólido afecto
hacia sus camaradas. Lichtenstein refiere
un episodio sumamente conmovedor de un
bosquímano que estuvo a punto de ahogarse en
el río y fue salvado por sus camaradas.
Se quitaron de encima sus pieles de animales para
cubrirlo mientras ellos temblaban de frío;
lo secaron, lo frotaron ante el fuego y le
untaron el cuerpo con grasa tibia, hasta que por fin
le volvieron
a la vida. Y cuando los bosquímanos encontraron,
en la persona de Johann van der
Walt, un hombre que los trataba bien, le expresaron
su
reconocimiento con manifestaciones del afecto más
conmovedor. Burchell y Moffat los
describen como de buen corazón, desinteresados,
fieles a sus promesas y agradecidos cualidades todas
ellas que pudieron desarrollarse
sólo siendo constantemente practicadas en el
seno de
la tribu. En cuanto a su amor a los niños,
bastará recordar que cuando un europeo quería
tener a una mujer bosquímana como esclava,
le
arrebataba el hijo; la madre siempre se presentaba
por sí misma y se hacía esclava para
compartir la suerte de su niño.
La misma sociabilidad se encuentra entre los hotentotes,
que sobrepasan un poco a los
bosquímanos en el desarrollo. Lubbock habla
de ellos
como de los "animales más sucios", y realmente
son muy sucios. Toda su vestimenta
consiste en una piel de animal colgada al cuello,
que
llevan hasta que cae a pedazos; y sus chozas consisten
en algunas varillas unidas por las
puntas y cubiertas por esteras: en el interior de
las
chozas no hay mueble alguno. A pesar de que crían
bueyes y ovejas, y, según parece,
conocían el uso del hierro antes de encontrarse
con s
europeos, sin embargo, están hasta ahora en
uno de los más bajos peldaños del
desarrollo humano. No obstante eso, los europeos que
conocían de cerca sus vidas, mencionaban con
grandes elogios su sociabilidad y su
presteza en ayudarse mutuamente. Si se da algo a un
hotentote, en seguida divide lo recibido entre todos
los presentes, cuya costumbre, como
es sabido, asombró también a Darwin
en los
habitantes de la Tierra de Fuego. El hotentote no
puede comer solo, y por más
hambriento que esté, llama a los que pasan
y comparte con
ellos su alimento. Y cuando Kolben, por esta causa,
expresó su asombro, le contestaron:
"Tal es la costumbre de los hotentotes". Pero esta
costumbre no es propia solamente de los hotentotes:
es una costumbre casi universal,
observada por los viajeros en todos los "salvajes".
Kolben, que conocía bien a los hotentotes y
que no pasaba en silencio sus defectos, no
puede dejar de elogiar su moral tribal.
"La palabra dada es sagrada para ellos" -escribe-.
"Ignoran por completo la corrupción y
la deslealtad de los europeos". "Viven muy
pacíficamente y raramente guerrean con sus
vecinos"... Uno de los más grandes placeres
para los hotentotes es el cambio de regalos y
servicios>, ... "Por su honestidad, por la celeridad
y exactitud en el ejercicio de la
justicia, por su castidad, los hotentotes sobrepasan
a todos,
o casi todos los otros pueblos.
Tachart, Barrow y Moodie confirman plenamente las
palabras de Kolben. Sólo es
necesario notar que cuando Kolben escribió
de los
hotentotes que "en sus relaciones mutuas son el pueblo
más amistoso, generoso y
benévolo, que jamás haya existido en
la tierra" (I, 332), dio
la definición que repiten continuamente, desde
entonces, los viajeros, en sus
descripciones de los más diferentes salvajes.
Cuando los
europeos incultos chocaron por primera vez con las
razas primitivas, habitualmente
presentaban sus vidas de modo caricaturesco; pero
bastó
que un hombre inteligente viviera entre salvajes un
tiempo más prolongado, para que
los describiera como el pueblo "más manso"
o -más
noble- del mundo. Justamente con esas mismas palabras,
los viajeros más dignos de fe
caracterizaron a los ostiakos samoyedos, esquimales,
dayacos, aleutas, papúes, etc. Semejante declaración
tuve ocasión de leer sobre los
tunguses, los chukchis, los indios sioux y algunas
otras
tribus salvajes. La repetición misma de semejantes
elogios dice más que tomos enteros
de investigaciones especiales.
Los indígenas de Australia ocupan, por su desarrollo,
un lugar no más alto que sus
hermanos surafricanos. Sus chozas tienen el mismo
carácter, y muy a menudo los hombres se conforman
hasta con simples mamparas o
biombos de ramas secas para protegerse de los vientos
fríos. En su alimento no se destacan por su
discernimiento; en caso de necesidad
devoran carroña en completo estado de putrefacción,
y
cuando sobreviene el hambre recurren entonces hasta
al canibalismo. Cuando los
indígenas australianos fueron descubiertos
por vez primera
por los europeos, se vio que no tenían ningún
otro instrumento que los hechos, en la
forma más grosera, de piedra o hueso. Algunas
tribus no
tenían siquiera piraguas y desconocían
por completo el trueque comercial. Y sin
embargo, después de un estudio cuidadoso de
sus
costumbres y hábitos, se vio que tienen la
misma organización elaborada de clan de la
que se habló más arriba.
El territorio en que viven está dividido habitualmente
entre diferentes clanes, pero la
región en la cual cada clan realiza la caza
o la pesca
permanece siendo de dominio común, y los productos
de la caza y la pesca van a todo el
clan. También pertenecen al clan los instrumentos
de
caza y de pesca. La comida se realiza en común.
Como muchos otros salvajes, los
indígenas australianos se atienen a determinadas
reglas
respecto a la época en que se permite recoger
diversas especies de gomeros y hierbas.
En cuanto a su moral en general, lo mejor es citar
aquí las siguientes respuestas a las preguntas
de la Sociedad Antropológica de París,
dadas por Lumholtz, un misionero que vivió
en North
Queesland.
"Conocen el sentimiento de amistad; está fuertemente
desarrollado en ellos. Los débiles
gozan de la ayuda común; cuidan mucho a los
enfermos. Nunca los abandonan al capricho de la suerte
y no los matan. Estas tribus son
antropófagas, pero raramente comen a los miembros
de su propia tribu (si no me equivoco, solamente cuando
matan por razones religiosas);
comen sólo a los extraños. Los padres
aman a sus
hijos juegan con ellos y los miman. Se practica el
infanticidio sólo con el
consentimiento común. Tratan a los ancianos
muy bien y nunca los
matan. No tienen religión ni ídolos,
y solamente existe el temor a la muerte. El
matrimonio es polígamo. Las disputas surgidas
dentro de la tribu
se resuelven por duelos con espadas de madera y escudos
de madera. No existe la
esclavitud; no tienen agricultura alguna; no poseen
productos de alfarería; no tienen vestidos,
exceptuando un delantal que a veces usan las
mujeres. El clan se compone de doscientas personas
divididas en cuatro clases de hombres y cuatro clases
de mujeres; se permite el
matrimonio solamente entre las clases habituales,
pero nunca
dentro del mismo clan".
Respecto a los papúes, parientes cercanos de
los australianos, tenemos el testimonio de
G. L. Bink, que vivió en Nueva Guinea,
principalmente en Geelwink Bay, desde 1871 hasta 1883.
Traemos la esencia de sus
respuestas a las mismas preguntas.
"Los papúes son sociables y de un humor muy
alegre. Se ríen mucho. Más bien tímidos
que valientes. La amistad es bastante fuerte entre
miembros de los diferentes clanes y aún más
fuerte dentro del mismo clan. El papú, a
menudo paga las deudas de su amigo, a condición
de
que este último pague esta deuda, sin intereses,
a sus hijos. Cuidan a los enfermos y
ancianos; nunca abandonan a los ancianos, ni los matan,
con excepción de los esclavos que han estado
enfermos mucho tiempo. A veces devoran
a los prisioneros de guerra. Miman y aman a los
niños. Matan a los prisioneros de guerra ancianos
y débiles, y venden a los restantes
como esclavos. No tienen religión, ni dioses,
ni ídolos, ni
clase alguna de autoridad; el miembro más anciano
de la familia es el juez. En caso de
adulterio (es decir, violación de sus costumbres
matrimoniales) el culpable paga una multa, parte de
la cual va a favor de la "negoria"
(comunidad). La tierra es dominio común, pero
los frutos
de la tierra pertenecen a aquél que los ha
cultivado. Los papúes tienen vasijas de arcilla
y conocen el trueque comercial, y según una
costumbre elaborada, el comerciante les da mercancía
y ellos vuelven a sus casas y
traen los productos indígenas que necesita
el
comerciante; si no pueden obtener los productos necesarios,
entonces devuelven al
comerciante su mercancía europea. Los papúes
"cazan
cabezas" -es decir, practican la venganza de sangre-.
Además, "a veces -dice Finsch-, el
asunto se somete a la consideración del Rajah
de
Namototte, quien lo resuelve imponiendo una multa".
Cuando se trata bien a los papúes, entonces
son muy bondadosos. Mikluho-Maclay
desembarcó, como es sabido, en la costa orienta]
de
Nueva Guinea, en compañía de un solo
marinero, vivió allí dos años enteros entre tribus
consideradas antropófagas y se separó
de ellas con
pesar; prometió volver y cumplió su
palabra, y pasó de nuevo un año, y durante todo ese
tiempo no tuvo ningún choque con los indígenas.
Verdad es que mantuvo la regla de no decirles nunca,
bajo ningún pretexto, algo que no
fuera cierto, ni hacer promesas que no pudiera cumplir.
Estas pobres criaturas, que no sabían siquiera
hacer fuego y que por esto conservaban
cuidadosamente el fuego en sus chozas, viven en
condiciones de un comunismo primitivo, sin tener jefe
alguno, y en sus poblados casi
nunca se producen disputas de las que valga la pena
hablar. Trabajan en común, sólo lo necesario
para obtener el alimento de cada día; crían
a sus hijos en común; y por las tardes se atavían
lo
más coquetamente que pueden y se entregan a
las danzas. Como todos los salvajes,
gustan apasionadamente de las danzas, que constituyen
un género de misterios tribales. Cada aldea
tiene su "barla" o "barlai" -casa "larga" o
"grande"- para los solteros, en las que se realizan
reuniones sociales y se juzgan los sucesos públicos,
un rasgo más que es común a todos
los habitantes de las islas del océano Pacífico,
y
también a los esquimales, indios pieles rojas,
etc. Grupos enteros de aldeas mantienen
relaciones amistosas, y se visitan mutuamente
concurriendo toda la comunidad.
Por desgracia, entre las aldeas, a menudo surge enemistad,
no por "el exceso de
densidad de la población" o "de la competencia
agudizada"
y otros inventos semejantes de nuestro siglo mercantilista,
sino principalmente debido a
la superstición. Si enferma alguno, se reúnen
sus
amigos y parientes y del modo más cuidadoso
discuten el problema de quién puede ser
el culpable de la enfermedad. Entonces, consideran
a
todos los posibles enemigos, cada uno confiesa su
mínima disputa y finalmente se halla
la causa verdadera de la enfermedad. La mandó
algún
enemigo de la aldea vecina, y por esto resuelven hacer
alguna incursión a esa aldea.
Debido a ello, las riñas son corrientes, aun
entre las
aldeas del litoral, sin hablar ya de los antropófagos,
que viven en las montañas, a los que
se considera como verdaderos brujos y enemigos, a
pesar de que un conocimiento más estrecho demuestra
que no se distinguen en nada de
su vecino que vive en las costas marítimas.
Muchas páginas asombrosas se podrían
escribir sobre la armonía que reina en las aldeas
de los habitantes polinesios de las islas del Océano
Pacífico.
Pero ellos ocupan ya un peldaño más
elevado de civilización, y por esto tomaremos
otros ejemplos de la vida de los habitantes del lejano
norte. Agregaré solamente, antes de abandonar
el hemisferio sur; que hasta los
habitantes de Tierra del Fuego, que gozan de tan mala
fama,
comienzan a ser iluminados con luz más favorable
a medida que los conocemos mejor.
Algunos misioneros franceses, que viven entre ellos,
"no pueden quejarse de ningún acto hostil".
Viven en clanes de ciento veinte a ciento
cincuenta almas, y también practican el comunismo
primitivo como los papúes. Se reparten todo
entre ellos, y tratan bien a los ancianos. La
paz completa reina entre estas tribus.
En los esquimales y sus más próximos
congéneres, los thlinkets, koloshes y aleutas,
hallamos una semejanza más aproximada a lo
que era el
hombre durante el período glacial. Los instrumentos
que ellos emplean apenas se
diferencian de los instrumentos del paleolítico,
y algunas de
estas tribus hasta ahora no conocen el arte de la
pesca: simplemente matan a los peces
con el arpón. Conocen el uso del hierro, pero
lo
obtienen solamente de los europeos o de lo que encuentran
en los esqueletos de los
barcos después de los naufragios. Su organización
social
se distingue por su primitivismo completo, a pesar
de que ya han salido del estadio del
"matrimonio comunal", aun con sus restricciones de
"clase". Viven ya en familias, pero los lazos familiares
todavía son débiles, puesto que
de tanto en tanto se produce en ellos un cambio de
esposas y esposos. Sin embargo, las familias permanecen
reunidas en clanes, y no puede
ser de otro modo. ¿Cómo hubieran podido
soportar la dura lucha por la existencia si no reunieran
sus fuerzas del modo más
estrecho? Así se portan ellos, Y los lazos
de clan son más
estrechos allí donde la lucha por la vida es
más dura, a saber, en el nordeste de
Groenlandia. Viven habitualmente en una "casa larga.
en la
que se alojan varias familias, separadas entre sí
por pequeños tabiques de pieles
desgarradas, pero con un corredor común para
todos. A
veces la casa tiene la forma de una cruz, y en tal
caso, en su centro colocan un hogar
común. La expedición alemana que pasó
un invierno
cerca de una de esas "casas largas" se pudo convencer
de que durante todo el invierno
ártico no perturbó la paz ni una pelea,
y que no se
produjo discusión alguna por el uso de estos
"espacios estrechos". No se admiten las
amonestaciones, y ni siquiera las palabras inamistosas
de otro modo que no sea bajo la forma legal de una
canción burlesca (nigthsong), que
cantan las mujeres en coro. De tal manera, la
convivencia estrecha y la estrecha dependencia mutua
son suficientes para mantener, de
siglo en siglo, el respeto profundo a los intereses
de
la comunidad, que es característico de la vida
de los esquimales. Aun en las comunas
más vastas de los esquimales "la opinión
pública es un
verdadero tribunal y el castigo habitual consiste
en avergonzar al culpable ante todos".
La vida de los esquimales está basada en el
comunismo. Todo lo que obtienen por
medio de la caza o pesca pertenece a todo el clan.
Pero,
en algunas tribus, especialmente en el Occidente,
bajo la influencia de los daneses,
comienza a desarrollarse la propiedad privada. Sin
embargo, emplean un medio bastante original para disminuir
los inconvenientes que
surgen del acumulamiento personal de la riqueza, que
pronto podría perturbar la unidad tribal. Cuando
el esquimal empieza a enriquecerse
excesivamente, convoca a todos los miembros de su
clan
a un festín, y cuando los huéspedes
se sacian, distribuye toda su riqueza. En el río
Yukon, en Alaska, Dall vio que una familia aleutiana
repartió
de tal modo diez fusiles, diez vestidos de pieles
completos, doscientos hilos de cuentas,
numerosas frazadas, diez pieles de lobo, doscientas
pieles de castor y quinientas de armiño. Luego,
los dueños se quitaron sus vestidos de
fiesta y los repartieron, vistiéndose sus viejas
pieles,
dirigieron a los miembros de su clan un breve discurso
diciendo que a pesar de que
ahora se habían vuelto más pobres que
cada uno de sus
huéspedes, sin embargo habían ganado
su amistad.
Tales distribuciones de riqueza se convirtieron aparentemente
en costumbre arraigada
entre los esquimales, y se practica en una época
determinada todos los años, después
de una exhibición preliminar de todo lo que ha sido
obtenido durante el año. Constituye, aparentemente,
una costumbre. La costumbre de enterrar con el muerto,
o de destruir sobre su tumba,
todos sus bienes personales -que encontramos en todas
las razas primitivas-, aparentemente debe tener el
mismo origen. En realidad, mientras
que todo lo que pertenecía personalmente al
muerto
se quema o se rompe sobre su tumba, las cosas que
le pertenecieron conjuntamente con
toda su tribu; como, por ejemplo, las piraguas, redes
de la comuna, etc., se dejan intactas. Está
sujeta a la destrucción sólo la propiedad
personal. En una época posterior, esta costumbre
se
convierte en un rito religioso: se le da interpretación
mística, y la destrucción es
prescrita por la religión cuando la opinión
pública, sola, se
muestra ya carente de fuerzas para imponer a todos
la observación obligatoria de la
costumbre. Finalmente, la destrucción real
se reemplaza
por un rito simbólico, que consiste en quemar
sobre la tumba simples modelos de papel,
o representaciones, de los bienes del muerto (así
se
hace en la China); o se llevan a la tumba los bienes
del muerto y traen de vuelta a la
casa al finalizar la ceremonia funeraria; en esta
forma, se
ha conservado la costumbre hasta ahora, como es sabido,
entre los europeos con
respecto a los caballos de los jefes militares, las
espadas,
cruces y otros signos de distinción oficial.
El alto nivel de la moral tribal de los esquimales
se menciona bastante a menudo en la
literatura general. Sin embargo, las observaciones
siguientes de las costumbres de los aleutas -congéneres
próximos de los esquimales- no
están desprovistas de interés, tanto
más cuanto que
pueden servir de buena ilustración de la moral
de los salvajes en general. Pertenecen a la
pluma de un hombre extraordinariamente
distinguido, el misionero ruso Venlaminof, que las
escribió después de una permanencia
de diez años entre los aleutas y de tener relaciones
estrechas con ellos.
Las resumo, conservando en lo posible las expresiones
propias del autor.
"La resistencia -escribió- en su rasgo característico,
y, en verdad, es colosal. No sólo se
bañan todas las mañanas en el mar cubierto
de hielo y
luego se quedan desnudos en la playa, respirando el
aire helado, sino que su resistencia,
hasta en un trabajo pesado y con alimento
insuficiente, sobrepasa todo lo que se puede imaginar.
Si sobreviene una escasez de
alimento, el aleuta se ocupa, ante todo, de sus hijos;
les
da todo lo que tiene, y él mismo ayuna. No
se inclinan al robo, como fue observado ya
por los primeros inmigrantes rusos. No es que no hayan
robado nunca; todo aleuta reconoce que alguna vez
ha robado algo, pero se trata
siempre de alguna fruslería, y todo esto tiene
carácter
completamente infantil. El afecto de los padres por
los hijos es muy conmovedor, a
pesar de que nunca lo expresan con caricias o palabras.
El
aleuta difícilmente se decide a hacer alguna
promesa, pero una vez hecha, la mantiene
cueste lo que cueste.
Un aleuta regaló a Venlaminof un haz de pescado
seco, pero, en el apresuramiento de la
partida, fue olvidado en la orilla, y el aleuta se
lo llevó
de vuelta a su casa. No se presentó la oportunidad
de enviarlo a Venlaminof hasta enero,
y mientras tanto, en noviembre y diciembre, entre
estos aleutas, hubo una gran escasez de víveres.
Pero los hambrientos no tocaron el
pescado ya regalado, y en enero fue enviado a su
destino. Su código moral es variado y severo.
Así por ejemplo, se considera
vergonzoso: temer la muerte inevitable; pedir piedad
al enemigo;
morir sin haber matado ningún enemigo; ser
sorprendido en robo; zozobrar la canoa en
el puerto; temer salir al mar con tiempo tempestuoso;
desfallecer antes que los otros camaradas si sobreviene
una escasez de alimentos
durante un viaje largo: manifestar codicia durante
el reparto
de la presa -en cuyo caso, para avergonzar al camarada
codicioso, los restantes le ceden
su parte. Se estima vergonzoso también: divulgar
un
secreto público a su esposa; siendo dos en
la caza, no ofrecer la mejor parte de la presa
al camarada; jactarse de sus hazañas, y
especialmente de las imaginadas; insultarse con malicia;
también mendigar, acariciar a
su esposa en presencia de los otros y danzar con ella;
comerciar personalmente; toda venta debe ser hecha
por medio de una tercera persona,
quien determina el precio. Se estima vergonzoso
para la mujer: no saber coser y, en general, cumplir
torpemente cualquier trabajo
femenino; no saber danzar; acariciar a su esposo y
a sus
niños, o hasta hablar con el esposo en presencia
de extraños"
Tal es la moral de los aleutas, y una confirmación
mayor de los hechos podría ser
tomada fácilmente de sus cuentos y leyendas.
Sólo agregaré
que cuando Venlaminof escribió sus Memorias
(el año 1840), entre los aleutas, que
constituían una población de sesenta
mil hombres, en
sesenta años hubo solamente un homicidio, y
durante cuarenta años, entre 1.800 aleutas
no se produjo ningún delito criminal. Esto,
por otra
parte, no parecerá extraño si se recuerda
que todo género de querellas y expresiones
groseras son absolutamente desconocidas en la vida
de
los aleutas. Ni siquiera sus hijos pelean, y jamás
se insultan mutuamente de palabra. La
expresión más fuerte en sus labios son
frases como:
"Tu madre no sabe coser", o "tu padre es tuerto".
Muchos rasgos de la vida de los salvajes continúan
siendo, sin embargo, un enigma para
los europeos. En confirmación del elevado desarrollo
de la solidaridad tribal entre los salvajes y sus
buenas relaciones mutuas, se podría citar
los testimonios más dignos de fe en la cantidad
que
se quiera. Y, sin embargo, no es menos cierto que
estos mismos salvajes practican el
infanticidio, y que en algunos casos matan a sus
ancianos, y que todos obedecen ciegamente a la costumbre
de la venganza de sangre.
Debemos, por esto, tratar de explicar la existencia
simultánea de los hechos que para la mente
europea parecen, a primera vista,
completamente incompatibles.
Acabamos de mencionar cómo el aleuta ayunará
días enteros, y hasta semanas,
entregando todo comestible a su niño; cómo
la madre
bosquímana se hace esclava para no separarse
de su hijo, y se podrían llenar páginas
enteras con la descripción de las relaciones
realmente
tiernas existentes entre los salvajes y sus hijos.
En los relatos de todos los viajeros se
encuentran continuamente hechos semejantes. En uno
leéis sobre el tierno, amor de la madre; en
otro, el relato de un padre que corre
locamente por el bosque, llevando sobre sus hombros
a un niño
mordido por una serpiente; o algún misionero
narra la desesperación de los padres ante
la pérdida de un niño, al que ya habían
salvado de ser
llevado al sacrificio inmediatamente después
de haber nacido; o bien, os enteráis de que
las madres "salvajes" amamantan habitualmente a
sus niños hasta el cuarto año de edad,
y que en las islas de la Nuevas Hébridas, en caso
de la muerte de un niño especialmente querido,
su
madre o tía se suicidan para cuidar a su amado
en el otro mundo. Y así sin fin.
Hechos semejantes se citan en cantidad; y por ello,
cuando vemos que los mismos
padres amantes practican el infanticidio, debemos
reconocer necesariamente que tal costumbre (cualesquiera
que sean sus ulteriores
transformaciones) surgió bajo la presión
directa de la
necesidad, como resultado del sentimiento de deber
hacia la tribu, y para tener la
posibilidad de criar a los niños ya crecidos.
Hablando en
general, los salvajes de ningún modo "se reproducen
sin medida", como expresan
algunos escritores ingleses. Por lo contrario, toman
todo
género de medidas para disminuir la natalidad.
Justamente con éste objeto existe entre
ellos una serie completa de las más diversas
restricciones, que a los europeos indudablemente hasta
les parecerían molestas en
exceso, y que son, sin embargo, severamente observadas
por los salvajes. Pero, con todo, los pueblos primitivos
no pueden criar a todos los niños
que nacen, y entonces recurren al infanticidio. Por
otra
parte, ha sido observado más de una vez que
si bien consiguen aumentar sus recursos
corrientes de existencia, en seguida dejan de recurrir
a
esta medida, que, en general, los padres cumplen muy
a disgusto, y en la primera
posibilidad recurren a todo género de compromisos
con tal
de conservar la vida de sus recién nacidos.
Como ha sido dicho ya por mi amigo Elíseo
Reclus en su hermoso libro sobre los salvajes, por
desgracia insuficientemente conocido, ellos inventan,
por esta razón, los días de
nacimientos faustos y nefastos, para salvar siquiera
la vida de
los niños nacidos en los días faustos;
tratan de tal modo de posponer la ejecución
algunas horas y dicen después que si el niño
ya ha vivido un
día, está destinado a vivir toda la
vida. Oyen los gritos de los niños pequeños como si
vinieran del bosque, y aseguran que si se oye tal
grito
anuncia desgracia para toda la tribu; y puesto que
no tienen nodrizas especiales ni casa
de expósitos que los ayuden a deshacerse de
los
niños, cada uno se estremece ante la idea de
cumplir la cruel sentencia, y por eso
prefieren exponer al niño en el bosque, antes
que quitarle la
vida por un medio violento. El infanticidio es sostenido,
de este modo, por la
insuficiencia de conocimientos, y no por crueldad;
y en lugar de
llenar a los salvajes con sermones, los misioneros
harían mucho mejor si siguieran el
ejemplo de Venlaminof, quien todos los años,
hasta una
edad muy avanzada, cruzaba el mar de Ojots en una
miserable goleta para visitar a los
tunguses y kamchadales, o viajaba, llevado por perros,
entre los chukchis, aprovisionándolos de pan
y utensilios para la caza. De tal modo
consiguió realmente extirpar el infanticidio.
Lo mismo es cierto, también, con respecto al
fenómeno que observadores superficiales
llamaron parricidio. Acabamos de ver que la
costumbre de matar a los viejos no está de
ningún modo tan extendida como la han
referido algunos escritores. En todos estos relatos
hay
muchas exageraciones; pero es indudable que tal costumbre
se encuentra temporalmente
entre casi todos los salvajes, y tales casos se
explican por las mismas razones que el abandono de
los niños. Cuando el viejo salvaje
comienza a sentir que se convierte en una carga para
su tribu; cuando todas las mañanas ve que quitan
a los niños la parte de alimento que le
toca -y los pequeños que no se distinguen por
el
estoicismo de sus padres, lloran cuando tienen hambre-;
cuando todos los días los
jóvenes tienen que cargarlo sobre sus hombros
para
llevarlo por el litoral pedregoso o por la selva virgen,
ya que los salvajes no tienen
sillones con ruedas para enfermos ni indigentes para
llevar
tales sillones entonces el viejo comienza a repetir
lo que hasta ahora repiten los
campesinos viejos de Rusia: Chuyoi viék zaidaiu:
pora na
pokoi (literalmente: vivo la vida ajena, es hora de
irme a descansar). Y se van a
descansar. Obra de la misma forma que obra un soldado,
en
tales casos. Cuando la salvación de un destacamento
depende de su máximo avance, y el
soldado no puede avanzar más, y sabe que debe
morir si queda rezagado, suplica a su mejor amigo
que le preste el último servicio antes
de que el destacamento avance. Y el amigo descarga,
con mano temblorosa, su fusil en el cuerpo moribundo.
Así obran también los salvajes. El salvaje
viejo pide la muerte; él mismo insiste en el
cumplimiento de este último deber suyo hacia
su tribu.
Recibe primero la conformidad de los miembros de su
tribu para esto. Entonces él
mismo se cava la fosa e invita a todos los congéneres
a su
último festín de despedida. Así,
en su momento, obró su padre, ahora llególe su turno, y
amistosamente se despide de todos, antes de
separarse de ellos. El salvaje, hasta tal punto considera
semejante muerte como el
cumplimiento de un deber hacia su tribu, que no sólo
se
rehúsa a que lo salven de la muerte (como refirió
Moffat), sino que ni aun reconoce tal
liberación si llegara a realizarse. Así,
cuando una mujer
que debía morir sobre la tumba de su esposo
(en virtud del rito mencionado antes) fue
salvada de la muerte por los misioneros y llevada
por
ellos a una isla, huyó durante la noche, atravesando
a nado un amplio estrecho, y se
presentó ante su tribu para morir sobre la
tumba. La
muerte en tales casos se hace para ellos una cuestión
de religión. Pero, hablando en
general, es tan repulsivo para los salvajes verter
sangre
fuera de las batallas, que aun en estos casos ninguno
de ellos se encarga del homicidio,
y por eso recurren, a toda clase de medios indirectos
que los europeos no comprendieron y que interpretaron
de un modo completamente
falso. En la mayoría de los casos dejan en
el bosque al
viejo que se ha decidido a morir, dándole una
porción de comida, mayor que la debida,
de la provisión común. ¡Cuántas
veces las partidas
exploradoras de las expediciones polares hubieron
de obrar exactamente del mismo
modo cuando no tenían fuerzas para llevar a
un
camarada enfermo! "Aquí tienes provisiones.
Vive todavía algunos días. Tal vez llegue
de alguna parte una ayuda inesperada".
Los sabios de Europa occidental, encontrándose
ante tales hechos, se muestran
decididamente incapaces de comprenderlos; no pueden
reconciliarlos con los hechos que testimonian el elevado
desarrollo de la moral tribal, y
por eso prefieren arrojar una sombra de duda sobre
las
observaciones absolutamente fidedignas, referentes
a la última, en lugar de buscar
explicación para la existencia paralela de
un doble género
de hechos: la elevada moral tribal y, junto a ella,
el homicidio de los padres muy
ancianos y los recién nacidos. Pero si los
mismos europeos, a
su vez, refirieran a un salvaje que personas sumamente
amables, afectos a sus niños, y
tan impresionables que lloran cuando ven en el
escenario de un teatro una desgracia imaginaria, viven
en Europa al lado de zaquizamíes
donde los niños mueren simplemente por
insuficiencia de alimentos, entonces el salvaje tampoco
los comprendería. Recuerdo
cuán vagamente me empeñé en explicar
a mis amigos
tunguses nuestra civilización construida sobre
el individualismo; no me comprenden y
recurrían a las conjeturas más fantásticas.
El hecho es
que el salvaje educado en las ideas de solidaridad
tribal, practicada en todas las
ocasiones, malas y buenas, es tan exactamente incapaz
de
comprender al europeo "moral" que no tiene ninguna
idea de tal solidaridad, como el
europeo medio es incapaz de comprender al salvaje.
Además, si nuestro sabio tuviera que vivir
entre una tribu semihambrienta de salvajes,
cuyo alimento total disponible no alcanzara para
alimentar algunos días a un hombre, entonces
comprendería quizá qué es lo que guía a
los salvajes en sus actos. Del mismo modo, si un
salvaje viviera entre nosotros y recibiera nuestra
"educación", quizá comprendiera la
insensibilidad europea hacia nuestros semejantes y
esas
comisiones reales que se ocupan de la cuestión
de la prevención de las diversas formas
legales de homicidio que se practican en Europa. "En
casa de piedra, los corazones se vuelven de piedra",
dicen los campesinos rusos; pero el
"salvaje" tendría que haber vivido primero
en una
casa de piedra.
Observaciones semejantes podrían hacerse también
respecto a la antropofagia. Si se
toman en cuenta todos los hechos que fueron
dilucidados recientemente, durante la consideración
de este problema, en la Sociedad
Antropológica de París, y también
muchas
observaciones casuales diseminadas en la literatura
sobre los "salvajes", estaremos
obligados a reconocer que la antropofagia fue provocada
por la necesidad apremiante; y que sólo bajo
la influencia de los prejuicios y de la
religión se desarrolló hasta alcanzar
las proporciones
espantosas que alcanzó en las islas de Fiji
y en México, sin ninguna necesidad, cuando
se convirtió en un rito religioso.
Es sabido que hasta la época presente muchas
tribus de salvajes suelen verse obligadas,
de tiempo en tiempo, a alimentarse con carroña
casi en completo estado de putrefacción, y
en casos de carencia completa de alimentos,
algunas tuvieron que violar sepulturas y alimentarse
con cadáveres humanos, aun en épocas
de epidemia. Tales hechos son completamente
fidedignos. Pero si nos trasladamos mentalmente a
las condiciones que tuvo que soportar el hombre durante
el período glacial, en un clima
húmedo y frío, no teniendo a su disposición
casi ningún
alimento vegetal; si tenemos en cuenta las terribles
devastaciones producidas aún hoy
por el escorbuto entre los pueblos semisalvajes
hambrientos y recordamos que la carne y la sangre
fresca eran los únicos medios
conocidos por ellos para fortificarse, deberemos admitir
que
el hombre, que fue primeramente un animal granívoro,
se hizo carnívoro, con toda
probabilidad, durante el período glacial, en
que desde el
norte avanzaba lentamente una capa enorme de hielo,
y con su hálito frío, agotaba toda
la vegetación.
Naturalmente, en aquellos tiempos probablemente había
abundancia de toda clase de
bestias; pero es sabido que en las regiones árticas
las
bestias a menudo emprenden grandes migraciones, y
a veces desaparecen por completo
durante algunos años de un territorio determinado.
Con el avance. de la capa glacial las bestias, evidentemente,
se alejaron hacia el sur,
como lo hacen ahora los corzos, que huyen, en caso
de
grandes nevadas, de la orilla norte del Amur a la
meridional. En tales casos, el hombre
se veía privado de los últimos medios
de subsistencia.
Sabemos, además, que hasta los europeos, durante
duras experiencias semejantes,
recurrieron a la antropofagia; no es de extrañar
que
recurrieran a ella también los salvajes. Hasta
en la época presente suelen verse
obligados, temporalmente. a devorar los cadáveres
de sus
muertos, y en épocas anteriores, en tales casos,
se veían obligados a devorar también a
los moribundos. Los ancianos morían entonces
convencidos de que con su muerte prestaban el último
servicio a su tribu. He aquí por
qué algunas tribus atribuyen al canibalismo
origen divino,
representándolo como algo sugerido por orden
de un enviado del cielo.
Posteriormente, la antropofagia perdió el carácter
de necesidad y se convirtió en una
"supervivencia" supersticiosa. Necesario era devorar
a
los enemigos para heredar su coraje; luego, en una
época posterior, con ese propósito
sólo se devoraba el corazón del enemigo
o sus ojos. Al
mismo tiempo, en otras tribus, en las que se había
desarrollado un clero numeroso y
elaborado una mitología compleja, se inventaron
dioses
malignos, sedientos de sangre humana, y los sacerdotes
exigieron sacrificios humanos
para apaciguar a los dioses. En esta fase religiosa
de
su existencia, el canibalismo alcanzó su forma
más repulsiva. México es bien conocido
en este sentido como ejemplo, y en las Fiji, donde
el
rey podía devorar a cualquiera de sus súbditos,
encontramos también una casta poderosa
de sacerdotes, una compleja teología y un
desarrollo complejo del poder ilimitado de los reyes.
De tal modo el canibalismo, que
nació por la fuerza de la necesidad, se convirtió
en un
período posterior en institución religiosa,
y en esta forma existió durante mucho tiempo,
después de haber desaparecido, hacía
mucho, entre
tribus que indudablemente lo practicaban en épocas
anteriores, pero que no alcanzaron
la forma religiosa de desarrollo. Lo mismo puede
decirse con respecto al infanticidio y al abandono
de los padres muy ancianos a los
caprichos de la suerte. En algunos casos estos fenómenos
se mantuvieron también como supervivencia de
tiempos antiguos, en forma de tradición
conservada religiosamente.
Finalmente, citaré aquí todavía
una costumbre extraordinariamente importante y
generalizada que ha dado motivo, en la literatura,
a las
conclusiones más erróneas. Me refiero
a la costumbre de la venganza de sangre. Todos
los salvajes están convencidos de que la sangre
vertida debe ser vengada con sangre. Si alguien ha
sido herido y su sangre vertida,
entonces la sangre del que produjo la herida también
debe
ser vertida. No se admite excepción alguna
a esta regla; se extiende hasta a los animales;
si un cazador ha vertido sangre -matando a un oso
o a una ardilla-, su sangre debe ser vertida a su
vuelta de la caza. Tal es la concepción
que hasta ahora se conserva en la Europa occidental
con respecto al homicidio.
Mientras el ofensor y el ofendido pertenecen a la
misma tribu, el asunto se resuelve muy
simplemente: la tribu y las personas afectadas
resuelven por sí mismas el asunto. Pero cuando
el delincuente pertenece a otra tribu, y
esta tribu, por cualquier razón, se rehúsa
a dar
satisfacción, entonces la tribu ofendida se
encarga de la venganza. Los hombres
primitivos conciben los actos de cada uno en particular
como
asuntos de toda su tribu, que han recibido la aprobación
de ella y, por eso, estiman a
toda la tribu responsable de los actos de cada uno
de
sus miembros. Debido a esto, la venganza puede caer
sobre cualquier miembro de la
tribu a que pertenece el ofensor. Pero a menudo sucede
que la venganza ha sobrepasado a la ofensa. Con intención
de producir sólo una herida,
los vengadores pudieron matar al ofensor o herirlo
más gravemente de lo que habían supuesto;
entonces se produce una nueva ofensa, de la
otra parte, que exige una nueva venganza tribal; el
asunto se prolonga de este modo, sin fin. Y, por eso,
los primitivos legisladores
establecían muy cuidadosamente los límites
exactos del
desquite: ojo por ojo, diente por diente y sangre
por sangre. Pero, ¡no más! Es notable,
sin embargo, que en la mayoría de los pueblos
primitivos, semejantes casos de venganza de sangre
son incomparablemente más raros
de lo que se podría esperar, a pesar de que
en ellos
alcanzan un desarrollo completamente anormal, especialmente
entre los montañeses,
arrojados a la montaña por los inmigrantes
extranjeros,
como, por ejemplo, en los montañeses del Cáucaso
y especialmente entre los dayacos en
Borneo. Entre los dayacos -según las palabras
de
algunos viajeros contemporáneos- se habría
llegado a tal punto que un hombre joven no
puede casarse ni ser declarado mayor de edad antes
de haber traído siquiera una cabeza de enemigo.
Así, por lo menos, refirió con todos los
detalles cierto Carl Bock. Parece, sin embargo, que
los informes publicados al respecto son exagerados
en extremo. En todo caso, lo que los
ingleses llaman "cazar cabezas" se presenta bajo
una luz completamente distinta cuando nos enteramos
que el supuesto "cazador" de
ningún modo "caza", y ni siquiera se guía
por un
sentimiento personal de venganza. Obra de acuerdo
con lo que estima una obligación
moral hacia su tribu, y por eso obra lo mismo que
el juez
europeo, que obedeciendo evidentemente al mismo principio
falso: "sangre por sangre",
entrega al condenado por él en manos del verdugo.
Ambos -tanto el dayaco como nuestro juez experimentarían
hasta remordimiento de
conciencia si por un sentimiento de compasión
perdonaran al homicida. He aquí por qué
los dayacos, fuera de esta esfera de los
homicidios cometidos bajo la influencia de sus
concepciones de la justicia, son, según el
testimonio ecuánime de todos los que los
conocen bien, un pueblo extraordinariamente simpático.
El
mismo Carl Bock, que hizo tan terrible pintura de
la "caza de cabezas", escribe:
"En cuanto a la moral de los dayacos, debo asignarles
el elevado lugar que merecen en
el concierto de los otros pueblos... El pillaje y
el robo
son completamente desconocidos entre ellos. Se distinguen
también por una gran
veracidad... Si no siempre llegué a obtener
de ellos 'toda la
verdad', sin embargo, nunca les oí decir nada
salvo la verdad. Por desgracia, no se puede
decir lo mismo de los malayos"... (págs. 209
y 210).
El testimonio de Bock es corroborado totalmente por
Ida Pfeiffer: "comprendí
plenamente -escribió ésta- que continuaría
con placer viajando
entre ellos. Generalmente los hallaba honestos, buenos
y modestos... en grado bastante
mayor que cualquiera de los otros pueblos que yo
conocía". Stoltze, hablando de los dayacos,
usa casi las mismas expresiones.
Habitualmente los dayacos no tienen más que
una sola esposa,
y la tratan bien. Son muy sociables, y todas las mañanas
el clan entero va en partidas
numerosas a pescar, a cazar o a realizar sus labores
de
huerta. Sus aldeas se componen de grandes chozas,
en cada una de las cuales se alojan
alrededor de una docena de familias, y a veces un
centenar de hombres, y todos ellos viven entre sí
muy pacíficamente. Con gran respeto
tratan a sus esposas Y aman mucho a sus hijos; cuando
alguno enferma, las mujeres lo cuidan por turno. En
general, son muy moderados en la
comida y en la bebida. Tales son los dayacos en su
vida
cotidiana real.
Citar más ejemplos de la vida de los salvajes
significaría solamente repetir, una y otra
vez, lo que se ha dicho ya. Dondequiera que nos
dirijamos, hallamos por doquier las mismas costumbres
sociales, el mismo espíritu
comunal. Y cuando tratamos de penetrar en las tinieblas
de
los siglos pasados, vemos en ellos la misma vida tribal,
y las mismas uniones de
hombres, aunque muy primitivas, para el apoyo mutuo.
Por
esto Darwin tuvo perfecta razón cuando vio
en las cualidades sociales de los hombres la
principal fuerza activa de su desarrollo máximo,
y los
expositores de Darwin de ningún modo tienen
razón cuando afirman lo contrario.
"La debilidad comparativa del hombre y la poca velocidad
de sus movimientos -
escribió-, y también la insuficiencia
de sus armas naturales,
etcétera, fueron más que compensadas
en primer lugar por sus facultades mentales (las
que, como observó Darwin en otro lugar, se
desarrollaron principalmente, o casi exclusivamente,
en interés de la sociedad); y en
segundo lugar, por sus cualidades sociales, en virtud
de
las cuales prestó ayuda. "
En el siglo XVIII estaba en boga idealizar "a los
salvajes" y la "vida en estado natural".
Ahora los hombres de ciencia han caído en el
extremo
opuesto, en especial desde que algunos de ellos, pretendiendo
demostrar el origen
animal del hombre, pero no conociendo la sociabilidad
de
los animales, comenzaron a acusar a los salvajes de
todas las inclinaciones "bestiales"
posibles e imaginables. Es evidente, sin embargo,
que
tal exageración es más científica
que la idealización de Rousseau. El hombre primitivo
no puede ser considerado como ideal de virtud ni como
ideal de "salvajismo". Pero tiene una cualidad elaborada
y fortificada por las mismas
condiciones de su dura lucha por la existencia: identifica
su propia existencia con la vida de su tribu; y, sin
esta cualidad, la humanidad nunca
hubiera alcanzado el nivel en que se encuentra ahora.
Los hombres primitivos, como hemos dicho antes, hasta
tal punto identifican su vida
con la vida de su tribu, que cada uno de sus actos,
por
más insignificante que sea en si mismo, se
considera como un asunto de toda la tribu.
Toda su conducta está regulada por una serie
completa
de reglas verbales de decoro, que son fruto de su
experiencia general, con respecto a lo
que debe considerarse bueno o malo; es decir,
beneficioso o pernicioso para su propia tribu. Naturalmente,
los razonamientos en que
están basadas estas reglas de decencia suelen
ser, a
veces, absurdos en extremo. Muchos de ellos tienen
su principio en las supersticiones.
En general, haga lo que haga un salvaje sólo
ve las
consecuencias más inmediatas de sus hechos;
no puede prever sus consecuencias
indirectas y más lejanas; pero en esto sólo
exageran el
error que Bentham reprochaba a los legisladores civilizados.
Podemos encontrar
absurdo el derecho común de los salvajes, pero
obedecen a
sus prescripciones, por más que les sean embarazosas.
Las obedecen más ciegamente
aún de lo que el hombre civilizado obedece
las
prescripciones de sus leyes. El derecho común
del salvaje es su religión; es el carácter
mismo de su vida. La idea del clan está siempre
presente en su mente; y por eso las autolimitaciones
y el sacrificio en interés del clan es
el fenómeno más cotidiano. Si el salvaje
ha infringido
algunas de las reglas menores establecidas por su
tribu, las mujeres lo persiguen con sus
burlas. Si la infracción tiene carácter
más serio, lo
atormenta entonces, día y noche, el miedo de
haber atraído la desgracia sobre toda su
tribu, hasta que la tribu lo absuelve de su culpa.
Si el
salvaje accidentalmente ha herido a alguien de su
propio clan, y de tal modo ha
cometido el mayor de los delitos, se convierte en
hombre
completamente desdichado: huye al bosque y está
dispuesto a terminar consigo si la
tribu no lo absuelve de la culpa, provocándole
algún dolor
físico o vertiendo cierta cantidad de su propia
sangre. Dentro de la tribu todo es
distribuido en común; cada trozo de alimento,
como hemos
visto, se reparte entre los presentes; hasta en el
bosque el salvaje invita a todos los que
desean compartir su comida.
Hablando con más brevedad, dentro de la tribu,
la regla: "cada uno para todos", reina
incondicionalmente hasta que el surgimiento de la
familia
separada empieza a perturbar la unidad tribal. Pero
esta regla no se extiende a los clanes
o tribus vecinas, ni siquiera si se han aliado para
la
defensa mutua. Cada tribu o clan representa una unidad
separada. Así como entre los
mamíferos y las aves, el territorio no queda
indiviso, sino
que es repartido entre familias separadas, del mismo
modo se le distribuye entre las
tribus separadas y, exceptuando épocas de guerra,
estos
límites se observan religiosamente. Al penetrar
en territorio vecino, cada uno debe
mostrar que no tiene malas intenciones; cuanto más
ruidosamente anuncia su aproximación, tanto
más goza de confianza; si entra en una
casa, debe entonces dejar su hacha a la entrada. Pero
ninguna tribu está obligada a compartir sus
alimentos con otras tribus; libre es de
hacerlo o no. Debido a esto, toda la vida del hombre
primitivo se descompone en dos géneros de relaciones,
y debe ser considerada desde
dos puntos de vista éticos: las relaciones
dentro de la
tribu y las relaciones fuera de ella; y (como nuestro
derecho internacional) el derecho
"intertribal" se diferencia mucho del derecho tribal
común.
Debido a esto, cuando se llega hasta la guerra entre
dos tribus, las crueldades más
indignantes hacia el enemigo pueden ser consideradas
como algo merecedor del mayor elogio.
Tal doble concepción de la moral atraviesa,
por otra parte, todo el desarrollo de la
humanidad, y se ha conservado hasta los tiempos
presentes. Nosotros, europeos, hemos hecho algo -no
mucho, en todo caso- para
apartamos de esta doble moral; pero necesario es,
también,
decir que si hasta un cierto grado hemos extendido
nuestras ideas de solidaridad -por lo
menos en teoría- a toda la nación, y
a veces también
a otras naciones, al mismo tiempo hemos debilitado
los lazos de solidaridad dentro de
nuestra nación y hasta dentro de nuestra misma
familia.
La aparición de las familias separadas dentro
del clan perturbó de manera inevitable la
unidad establecida. La familia aislada conduce,
inevitablemente, a la propiedad privada y a la acumulación
de riqueza personal. Hemos
visto, sin embargo, cómo los esquimales tratan
de
obviar los inconvenientes de este nuevo principio
en la vida tribal.
En un desarrollo más avanzado de la humanidad,
la misma tendencia toma nuevas
formas: y seguir las huellas de las diferentes instituciones
vitales (las comunas aldeanas, guildas, etc.), con
ayuda de las cuales las masas
populares se empeñaron en mantener la unidad
tribal, a pesar
de las influencias que se habían empeñado
en destruirla, constituiría una de las
investigaciones más instructivas. Por otra
parte, los primeros
rudimentos de conocimientos aparecidos en épocas
extremadamente lejanas, en que se
confundían con la hechicería, también
se hicieron en
manos del individuo una fuerza que podía dirigirse
contra los intereses de la tribu. Estos
rudimentos de conocimientos se conservaban
entonces en gran secreto, y se transmitían
solamente a los iniciados en las sociedades
secretas de hechiceros, shamanes y sacerdotes que
encontramos en todas las tribus decididamente primitivas.
Además, al mismo tiempo,
las guerras e incursiones creaban el poder militar
y
también la casta de los guerreros, cuyas asociaciones
y "clubs" poco a poco adquirieron
enorme fuerza. Pero con todo, nunca, en ningún
período de la vida de la humanidad, las guerras
fueron la condición normal de la vida.
Mientras los guerreros se destruían entre sí,
y los
sacerdotes glorificaban estos homicidios, las masas
populares proseguían llevando la
vida cotidiana y haciendo su trabajo habitual de cada
día. Y seguir esta vida de la masa, estudiar
los métodos con cuya ayuda mantuvieron su
organización social, basada en sus concepciones
de
la igualdad, de la ayuda mutua y del apoyo mutuo -es
decir, su derecho común-, aun
entonces, cuando estaban sometidos a la teocracia
o
aristocracia más brutal en el gobierno, estudiar
esta faz del desarrollo de la humanidad
es muy importante actualmente para una verdadera
ciencia de la vida.
CAPITULO IV: LA AYUDA MUTUA ENTRE LOS BARBAROS
Al estudiar a los hombres primitivos es imposible
dejar de admirarse del desarrollo de la
sociabilidad que el hombre evidenció desde
los
primerísimos pasos de su vida. Se han hallado
huellas de sociedades humanas en los
restos de la edad de piedra, tanto neolítica
como
paleolítica; y cuando comenzamos a estudiar
a los salvajes contemporáneos, cuyo modo
de vida no se distingue del modo de vida del hombre
neolítico, encontramos que estos salvajes están
ligados entre sí por una organización de
clan extremadamente antigua que les da posibilidad
de unir sus débiles fuerzas individuales, gozar
de la vida en común y avanzar en su
desarrollo. El hombre, de tal modo, no constituye
una
excepción en la naturaleza. También
él está sujeto al gran principio de la ayuda mutua,
que asegura las mejores oportunidades de
supervivencia sólo a quienes mutuamente se
prestan al máximo apoyo en la lucha por la
existencia. Tales son las conclusiones a que hemos
llegado en el capítulo precedente.
Sin embargo, no bien pasamos a un grado más
elevado de desarrollo y recurrimos a la
historia, que ya puede decirnos algo acerca de este
grado, suelen consternarnos las luchas y los conflictos
que esta historia nos descubre.
Los viejos lazos parecen estar completamente rotos.
Las tribus luchan contra las tribus, unos clanes contra
otros, los individuos entre sí, y, de
este choque de fuerzas hostiles, sale la humanidad
dividida en castas, esclavizada por los déspotas,
despedazada en estados separados que
siempre están dispuestos a guerrear el uno
contra
el otro. Y he aquí que, hojeando tal historia
de la humanidad, el filósofo pesimista llega
triunfante a la conclusión de que la guerra
y la opresión
son la verdadera esencia de la naturaleza humana;
que los instintos guerreros y de rapiña
del hombre pueden ser, dentro de determinados
límites, refrenados sólo por alguna
autoridad poderosa que, por medio de la fuerza,
estableciera la paz y diera de tal modo a algunos
pocos
hombres nobles la posibilidad de preparar una vida
mejor para la humanidad del futuro.
Sin embargo, basta someter a un examen más
cuidadoso la vida cotidiana del hombre
durante el período histórico, como han
hecho en los
últimos tiempos muchos investigadores serios
de las instituciones humanas, v esta vida
inmediatamente adquiere un tinte completamente
distinto. Dejando de lado las ideas preconcebidas
de la mayoría de los historiadores, y
su evidente predilección por la parte dramática
de la
vida humana, vemos que los mismos documentos que aprovechan
ellos habitualmente
son, por su esencia tales, que exageran la parte de
la
vida humana que se entregó a la lucha y no
aprecian debidamente el trabajo pacífico de
la humanidad. Los días claros y soleados se
pierden
de vista por obra de las descripciones de las tempestades
y de los terremotos.
Aun en nuestra época, los voluminosos anales
que almacenamos para el historiador
futuro en nuestra prensa, nuestros juzgados, nuestras
instituciones gubernamentales y hasta en nuestras
novelas, cuentos, dramas y en la
poesía, padecen de la misma unilateralidad.
Transmiten a
la posteridad las descripciones más detalladas
de cada guerra, combate y conflicto, de
cada discusión y acto de violencia; conservan
los
episodios de todo género de sufrimientos personales;
pero en ellos apenas se conservan
las huellas precisas de los numerosos actos de
apoyo mutuo y de sacrificio que cada uno de nosotros
conoce por experiencia propia; en
ellos casi no se presta atención a lo que constituye
la
verdadera esencia de nuestra vida cotidiana, a nuestros
instintos y costumbres sociales.
No es de asombrarse por esto si los anales de los
tiempos pasados se han mostrado tan imperfectos. Los
analistas de la antigüedad
inscribieron invariablemente en sus crónicas
todas las
guerras menudas y todo género de calamidades
que sufrieron sus contemporáneos; pero
no prestaron atención alguna a la vida de las
masas
populares, a pesar de que justamente las masas se
dedicaban, sobre todo, al trabajo
pacífico, mientras que la minoría se
entregaba a las
excitaciones de la lucha. Los poemas épicos,
las inscripciones de los monumentos, los
tratados de paz, en una palabra, casi todos los
documentos históricos, tienen el mismo carácter;
tratan de las perturbaciones de la paz y
no de la paz misma. Debido a esto, aun aquellos
historiadores que procedieron al estudio del pasado
con las mejores intenciones,
inconscientemente trazaron una imagen mutilada de
la
época que trataban de presentar; y para restablecer
la relación real entre la lucha y la
unión que existía en la vida, debemos
ocuparnos ahora
del análisis de los hechos pequeños
y de las indicaciones débiles que fueron
conservadas accidentalmente en los monumentos del
pasado, y
explicarlos con ayuda de la etnología comparativa.
Después de haber oído tanto sobre lo
que dividía a los hombres, debemos reconstruir,
piedra a piedra, las instituciones que los unían.
Probablemente no está ya lejana la época
en que se habrá de escribir nuevamente toda la
historia de la humanidad en un nuevo sentido,
tomando en cuenta ambas corrientes de la vida humana
ya citada y apreciando el papel
que cada una de ellas ha desempeñado en el
desarrollo de la humanidad. Pero, mientras esto no
ha sido todavía hecho, podemos ya
aprovechar el enorme trabajo preparatorio realizado
en los últimos años y que nos da la
posibilidad de reconstruir, aún en líneas generales, la
segunda corriente, que ha sido descuidada durante
mucho tiempo. De períodos de la historia que
están mejor estudiados, podemos esbozar
algunos cuadros de la vida de las masas populares
y
mostrar qué papel ha desempeñado en
ellas, durante estos períodos, la ayuda mutua.
Observaré que, en bien de la brevedad, no estamos
obligados a empezar indefectiblemente por la historia
egipcia, ni siquiera griega o
romana, porque en realidad la evolución de
la humanidad
no ha tenido el carácter de una cadena ininterrumpida
de, sucesos. Algunas veces
sucedió que la civilización quedaba
interrumpida en cierto
lugar, en cierta raza, y comenzaba de nuevo en otro
lugar, en medio de otras razas. Pero,
todo nuevo surgimiento comenzaba siempre desde
la misma organización tribal que acabamos de
ver en los salvajes. De modo que si
tomamos la última forma de nuestra civilización
actual
-desde la época en que empezó de nuevo
en los primeros siglos de nuestra era, entre
aquellos pueblos que los romanos llamaron "bárbaros"-
tendremos una gama completa de la evolución,
empezando por la organización tribal y
terminando por las instituciones de nuestra época.
A
estos cuadros estarán consagradas las páginas
siguientes.
Los hombres de ciencia aún no se han puesto
de acuerdo sobre las causas que, hace
alrededor de dos mil años, movieron a pueblos
enteros
de Asia a Europa y provocaron las grandes migraciones
de los bárbaros que pusieron fin
al imperio romano de Occidente. Sin embargo, se
presenta de modo natural al geógrafo una causa
posible, cuando contempla las ruinas de
las que fueron otrora ciudades densamente
pobladas de los desiertos actuales de Asia Central,
o bien sigue los viejos lechos de ríos
ahora desaparecidos, y los restos de lagos que
otrora fueron enormes y que ahora quedaron reducidos
casi a las dimensiones de
pequeños estanques. La causa es la desecación:
una
desecación reciente que continúa todavía,
con rapidez que antes considerábamos
imposible admitir. Contra semejantes fenómeno,
el hombre
no pudo luchar. Cuando los habitantes de Mongolia
occidental y de Turquestán oriental
vieron que el agua se les iba, no les quedó
otra salida
que descender a lo largo de los amplios valles que
conducen a las tierras bajas y
presionar hacia el oeste a los habitantes de estas
tierras.
Tribu tras tribu, de tal modo, fueron desplazadas
hacia Europa, obligando a las otras
tribus a ponerse en movimiento una y otra vez durante
una
serie entera de siglos; hacia el Oeste, o de vuelta
al Este, en busca de nuevos lugares de
residencia más o menos permanente. Las razas
se
mezclaron, durante estas migraciones; los aborígenes
con los inmigrantes, los arios con
los uralaltaicos; y no seria nada asombroso, si las
instituciones sociales que los unían en sus
patrias, se desplomaran completamente
durante esta estratificación de razas distintas
que se
realizaba entonces en Europa y Asia.
Pero estas instituciones no fueron destruidas; sólo
sufrieron la transformación que
requerían las nuevas condiciones de vida.
La organización social de los teutones, celtas,
escandinavos, eslavos y otros pueblos,
cuando por primera vez entró en contacto con
los
romanos, se encontraba en estado de transición.
Sus uniones tribales, basadas en la
comunidad de origen real o supuesta, sirvieron para
unirlos durante muchos milenios. Pero semejantes uniones
respondieron a su fin sólo
hasta que aparecieron dentro del clan mismo las familias
separadas. Sin embargo, en virtud de las razones expuestas
más arriba, las familias
patriarcales separadas, lenta, pero inconteniblemente,
se
formaban dentro de la organización tribal y
su aparición, al final de cuentas,
evidentemente condujo a la acumulación de riquezas
y de poder, a
su transmisión hereditaria en la familia y
a la descomposición del clan. Las migraciones
frecuentes y las guerras que las acompañaban
sólo
pudieron apresurar la desintegración de los
clanes en familias separadas, y la dispersión
de las tribus durante las migraciones y su mezcla
con
los extranjeros constituían exactamente las
condiciones con las que se facilitó la
desintegración de las uniones anteriores basadas
sobre lazos
de parentesco. A los bárbaros -es decir, aquellas
tribus que los romanos llamaron
"bárbaros" y que, siguiendo las clasificaciones
de Morgan,
llamaré con ese mismo nombre para diferenciarlos
de las tribus más primitivas, de los
llamados "salvajes"- se presentaba de tal modo una
disyuntiva: dejar su clan y disolverse en grupos de
familias débilmente unidas entre, sí,
de las cuales, las familias más ricas (especialmente
aquellas en quienes las riquezas se unían a
las funciones del sacerdocio o a la gloria
militar) se adueñarían del poder sobre
los otros; o bien
buscar alguna nueva forma de estructura social fundada
sobre algún principio nuevo.
Muchas tribus fueron impotentes para oponerse a la
desintegración: se dispersaron y
perdiéronse para la historia. Pero las tribus
más
enérgicas no se dividieron; salieron de la
prueba elaborando una estructura social nueva:
la comuna aldeana, que continuó uniéndolas
durante
los quince siglos siguientes, o más aún.
En ellas se elaboró la concepción del territorio
común, de la tierra adquirida y defendida con
sus
fuerzas comunes, y esta concepción ocupó
el lugar de la concepción del origen común,
que ya se extinguía. Sus dioses perdieron
paulatinamente su carácter de ascendientes
y recibieron un nuevo carácter local,
territorial. Se convirtieron en divinidades o, posteriormente,
en patronos de un cierto lugar.
La "tierra" se identificaba con los habitantes. En
lugar de las uniones anteriores por la
sangre, crecieron las uniones territoriales, y esta
nueva
estructura evidentemente ofrecía muchas ventajas
en determinadas condiciones.
Reconocía la independencia de la familia y
hasta aumentaba
esta independencia, puesto que la comuna aldeana renunciaba
a todo derecho a
inmiscuirse en lo que ocurría dentro de la
familia misma;
daba también una libertad considerablemente
mayor a la iniciativa personal; no era un
principio hostil a la unión entre personas
de origen
distinto, y además, mantenía la cohesión
necesaria en los actos y en los pensamientos de
los miembros de la comunidad; y, finalmente, era lo
bastante fuerte para oponerse a las tendencias de
dominio de la minoría, compuesta de
hechiceros, sacerdotes y guerreros profesionales o
distinguidos que pretendían adueñarse
del poder. Debido a esto, la nueva organización
se convirtió en la célula primitiva
de toda vida social
futura; y en muchos pueblos, la comuna aldeana conservó
este carácter hasta el
presente.
Ya es sabido ahora -y apenas se discute- que la comuna
aldeana de ningún modo ha sido
rasgo característico de los eslavos o de los
antiguos
germanos. Estaba extendida en Inglaterra, tanto en
el período sajón como en. el
normando, y se conservó en algunos lugares
hasta el siglo
diecinueve; fue la base de la organización
social de la antigua Escocia, la antigua
Irlanda y el antiguo Gales. En Francia, la posesión
común y
la división comunal de la tierra arable por
la asamblea aldeana se conservó desde los
primeros siglos de nuestra era hasta la época
de Turgut,
que halló las asambleas comunales "demasiado
ruidosas" y por ello comenzó a
destruirlas. En Italia, la comuna sobrevivió
al dominio romano y
renació después de la caída del
imperio romano. Fue regla general entre los
escandinavos, eslavos, fineses (en la pittüyü,
y probablemente en
la kihlakunta), los cures y los lives. La comuna aldeana
en la India -pasada y presente,
aria y no aria- es bien conocida gracias a los trabajos
de sir Henry Maine, que han hecho época en
este dominio; y Elphistone la describió en
los afganos. La encontramos también en el ulus
mogol,
en la cabila thaddart, en la dessa javanesa, en la
kota o tofa malaya y, bajo diferentes
designaciones, en Abisinia, Sudán, en el interior
de
Africa, en las tribus indígenas de ambas Américas,
y en todas las tribus, pequeñas y
grandes, de las islas del océano Pacífico.
En una palabra,
no conocemos ninguna raza humana, ningún pueblo,
que no hubiera pasado en
determinado periodo por la comuna aldeana. Ya este
solo
hecho refuta la teoría según la cual
se trató de representar a la comuna aldeana de
Europa como un producto de la servidumbre. Se formó
mucho antes que la servidumbre y ni siquiera la sumisión
servil pudo destruirla. Ella
constituye una fase general del desarrollo del género
humano, un renacimiento natural de la organización
tribal, por lo menos en todas las
tribus que desempeñaron o desempeñan
hasta la época
presente algún papel en la historia.
La comuna aldeana constituía una institución
crecida naturalmente, y por ello no podía
ser de estructura completamente uniforme. Hablando
en
general, era una unión de familias que se consideraban
originarias de una raíz común y
que poseían en común una cierta tierra.
Pero en
algunas tribus, en circunstancias determinadas, las
familias crecieron
extraordinariamente antes de que de ellas brotaran
nuevas familias; en
tales casos, cinco, seis o siete generaciones continuaron
viviendo bajo un techo o dentro
de un recinto, poseyendo en común el cultivo
y el
ganado, y reuniéndose para la comida ante un
hogar común. Entonces se formó lo que
se conoce en la etnología con el nombre de
"familia
indivisa- o "economía doméstica indivisa",
que nosotros hallamos aún ahora en toda la
China, en la India, en la zadruga de los eslavos
meridionales y, ocasionalmente, en Africa, América,
Dinamarca, Rusia septentrional, en
Siberia (las semieskie), y en Francia occidental.
En
otros pueblos, o en otras circunstancias que todavía
no están determinadas con
precisión, las familias no alcanzaron tan grandes
proporciones; los nietos, y a veces también
los hijos, salían del hogar inmediatamente
después de contraer matrimonio, y cada uno
de ellos
asentaba el principio de su propia célula.
Pero tanto las familias divididas como las
indivisas, tanto las que se establecieron juntas como
las
que se establecieron diseminadas por los bosques,
todas ellas se unieron en comunas
aldeanas. Algunas aldeas se unieron en clanes, o
tribus, y algunas tribus en uniones o federaciones.
Tal era la organización, social que se
desarrolló entre los así llamados bárbaros
cuando
empezaron a asentarse en residencias más o
menos permanentes en Europa. Necesario
es recordar, sin embargo, que las palabras
"bárbaros" y "período bárbaro"
se emplean aquí siguiendo a Morgan y otros
antropólogos -investigadores de la vida de
las sociedades
humanas- exclusivamente para designar el período
de la comuna aldeana que siguió a la
organización tribal, hasta la formación
de los
Estados contemporáneos.
Una larga evolución fue necesaria para que
el clan llegara a reconocer dentro de él la
existencia separada de la familia patriarcal que vivía
en
una choza separada; pero, sin embargo, aun después
de tal reconocimiento, el clan,
hablando en general, todavía no reconocía
la herencia
personal de la propiedad. Bajo la organización
tribal, las pocas cosas que podían
pertenecer a un individuo se destruían sobre
su tumba o se
enterraban junto a él. La comuna aldeana, por
lo contrario, reconocía plenamente la
acumulación privada de riquezas dentro de la
familia, y su
transmisión hereditaria. Pero la riqueza se
extendía exclusivamente en forma de bienes
muebles, incluyendo en ellos el ganado, los
instrumentos y la vajilla, las armas, y la casa-habitación
que, "como todas las cosas que
podían ser destruidas por el fuego", se contaban
en
esa misma categoría. En cuanto a la propiedad
privada territorial, la comuna aldeana no
reconocía y no podía reconocer nada
semejante, y
hablando en general, no reconoce tal género
de propiedad tampoco ahora. La tierra era
propiedad común de todo el clan o de la tribu
entera y
la misma comuna aldeana poseía su parte de
territorio tribal, sólo hasta donde el clan o
la tribu no es posible establecer aquí límites
precisos
no hallaba necesaria una nueva distribución
de las parcelas aldeanas.
Puesto que el desbroce de la tierra boscosa, y el
desmonte de las tierras vírgenes, en la
mayoría de los casos, eran realizados por toda
la
comuna o, por lo menos, por el trabajo conjunto de
varias familias -siempre con el
consentimiento de la comuna- las parcelas vueltas
a limpiar
pasaban a ser de cada familia por cuatro, doce, veinte
años, después de lo cual, se
consideraban ya como parte de la, tierra arable
perteneciente a toda la comuna. La propiedad privada
o el dominio "perpetuo" de la
tierra era también incompatible con las concepciones
fundamentales de las ideas religiosas de la comuna
aldeana, como antes eran
incompatibles con las concepciones de clanes; de modo
que
fue necesaria la influencia prolongada del derecho
romano y de la iglesia cristiana, que
asimiló presto las leyes de la Roma pagana,
para
acostumbrar a los bárbaros a la practicabilidad
de la propiedad privada territorial. Pero,
aun entonces, cuando la propiedad privada o el
dominio por tiempo, indeterminado fue reconocido,
el propietario de una parcela
separada seguía siendo, al mismo tiempo, copropietario
de
una parcela de los bosques y de las dehesas comunes.
Además, vemos continuamente,
en especial en la historia de Rusia, que cuando varias
familias, actuando completamente por separado, habían
tomado posesión de alguna
tierra perteneciente a las tribus que consideraban
como
extranjeras, las familias de los usurpadores se unían
en seguida entre sí y formaban una
comuna aldeana que, en la tercera o cuarta
generación, ya creía en la comunidad
de su origen. Siberia está llena hasta ahora de tales
ejemplos.
Una serie completa de instituciones, en parte heredadas
del período tribal, empezó
entonces a elaborarse sobre esta base del dominio
común
de la tierra, y continuó elaborándose
a través de las largas series de siglos que fueron
necesarios para someter a los comuneros a la
autoridad de los Estados, organizados según
el modelo romano o bizantino. La comuna
aldeana no sólo era una sociación para
asegurar a
cada uno la parte justa en el disfrute de la tierra
común; era, también, una asociación
para el cultivo común de la tierra, para el
apoyo mutuo en
todas las formas posibles, para la defensa contra
la violencia y para el máximo
desarrollo de los conocimientos, los lazos nacionales
y las
concepciones morales; y cada cambio en el derecho
jurídico, militar, educacional o
económico de la comuna era decidido por todos,
en la
reunión del mir de la aldea, la asamblea de
la tribu, o en la asamblea de la confederación
de las tribus y comunas. La comuna, siendo
continuación del clan, heredó todas
sus funciones. Representaba a la universitas, el mir
en sí mismo.
La caza en común, la pesca en común
y el cultivo comunal de las plantaciones frutales,
era la regla general bajo los antiguos órdenes
tribales.
Del mismo modo, el cultivo común de los campos
se hizo regla en las comunas
aldeanas de los bárbaros. Es cierto que tenemos
muy pocos
testimonios directos en este sentido, y que en la
literatura antigua encontramos en total
algunas frases de Diodoro y Julio César que
se
refieren a los habitantes de las islas de Lipari,
a una de las tribus celtiberas y a los
suevos. Pero no existe, sin embargo, insuficiencia
de
hechos que prueben que el cultivo común de
la tierra era practicado entre algunas tribus
germánicas, entre los francos y entre los antiguos
escoceses, irlandeses y galeses. En cuanto a las últimas
supervivencias del cultivo
comunal, son simplemente innumerables. Hasta en la
Francia completamente romanizada, el arar en común
era un fenómeno corriente hace
apenas unos veinticinco años; en Morbihan (Bretaña).
Hallamos el antiguo cyvar galés, o el "arado
conjunto", por ejemplo, en el Cáucaso, y el
cultivo común de la tierra entregada en usufructo
al
santuario de la aldea constituye un fenómeno
corriente en las tribus del Cáucaso, menos
tocadas por la civilización; hechos semejantes
se
encuentran constantemente entre los campesinos rusos.
Además, es bien sabido que muchas tribus del
Brasil, de América Central y México
cultivaban sus campos en común, y que la misma
costumbre está ampliamente difundida, aún
ahora, entre los malayos, en Nueva
Celedonia, entre algunas tribus negras, etc.. Hablando
más
brevemente, el cultivo comunal de la tierra constituye
un fenómeno tan corriente en
muchas tribus arias, uralaltaicas, mogólicas,
negras y pieles
rojas, malayas y melanesias, que debemos considerarlo
como una forma general -
aunque no la única posible- de agricultura
primitiva.
Necesario es recordar, sin embargo, que el cultivo
comunal de la tierra no implica aún el
necesario consumo común. Ya en la organización
tribal vemos, a menudo, que cuando los botes cargados
de frutas o pescados vuelven a
la aldea, el alimento transportado en ellos se reparte
entro las chozas separadas y las "casas largas" (en
las que se alojan ya varias familias,
ya los jóvenes) y el alimento se prepara en
cada fuego
separado. La costumbre de sentarse a la mesa en un
círculo más estrecho de parientes o
camaradas, de tal modo, aparece ya en el período
antiguo de la vida tribal. En la comuna aldeana se
convierte en regla.
Hasta los productos alimenticios cultivados en común,
habitualmente se dividían entre
los dueños de casa después que una parte
había sido
almacenada para uso común. Además, la
tradición de los festines comunales se
conservaba piadosamente. En cada caso oportuno, como,
por ejemplo, en los días consagrados a la recordación
de los antepasados, durante las
fiestas religiosas, al comienzo o al final de las
labores
campestres y, también con motivo de sucesos
tales como nacimiento de los niños, bodas
y entierros, la comuna se reunía en un festín
comunal.
Aún era la época presente, en Inglaterra,
encontramos una supervivencia de esta
costumbre, bien conocida bajo el nombre de cena de
la
cosecha (Harvest Supper): se ha conservado más
que todas las otras costumbres. Aún
mucho tiempo después que los campos dejaron
de ser
cultivados conjuntamente por toda la comuna, vemos
que algunas labores agrícolas
continúan realizándose por medio de
ella. Cierta parte de
la tierra comunal, aun ahora, en muchos lugares es
cultivada en común, con el objeto de
ayudar a los indigentes, y también para formar
depósitos comunales o para usar los productos
de semejante trabajo durante las fiestas
religiosas. Los canales de regadío y las acequias
son
cavadas y reparadas en común. Los prados comunales
son segados por la comuna; y uno
de los espectáculos más inspiradores
lo constituye
la comuna aldeana rusa durante la siega, en la cual
los hombres rivalizan entre sí en la,
amplitud del corte de guadaña y la rapidez
de las
siegas, y las mujeres remueven la hierba cortada y
la recogen en gavillas; vemos aquí
qué podría ser y qué debería
ser el trabajo humano. En
tales casos, se reparte el heno entre los hogares
separados, y es evidente que ninguno
tiene derecho a tomar el heno del henar de su vecino
sin su permiso; pero la restricción a esta
regla general, que se encuentra en los osietinos,
en el Cáucaso, es muy instructiva: ni bien
comienza
a cantar el cuclillo anunciando la entrada de la primavera,
que pronto vestirá todos los
prados de hierba, adquieren todos el derecho de tomar
del henar vecino el heno que necesiten para alimentar
a su ganado. De tal modo, se
afirman una vez más los antiguos derechos comunales,
como para demostrar con ello hasta qué punto
el individualismo sin restricciones
contradice a la naturaleza humana.
Cuando el viajero europeo desembarca en alguna isleta
del océano Pacífico, y viendo de
lejos un grupo de palmeras se dirige hacia allí,
generalmente le asombra el descubrimiento de que las
aldehuelas de los indígenas están
unidas entre sí por caminos pavimentados con
grandes piedras, perfectamente cómodos para
los aborígenes descalzos, y que en
muchos sentidos recuerdan a los "viejos caminos" de
las
montañas suizas. Caminos semejantes fueron
trazados por los "bárbaros" por toda
Europa, y es necesario viajar por los países
salvajes, poco
poblados, que están situados lejos de las líneas
principales de las comunicaciones
internacionales, para comprender las proporciones
de ese
trabajo colosal que realizaron las comunas bárbaras
para vencer la aspereza de las
inmensas extensiones boscosas y pantanosas que
presentaba Europa alrededor de dos mil años
atrás. Las familias separadas, débiles y sin
los instrumentos necesarios, no hubieran podido
jamás vencer la selva, virgen. El bosque y
el pantano las hubieran vencido. Solamente
las comunas aldeanas, trabajando en común,
pudieron
conquistar estos bosques salvajes, estas ciénagas
absorbentes y las estepas Limitadas.
Los senderos, los caminos de fajinas, las balsas y
los puentes livianos que se quitaban
en invierno y se construían de nuevo después
de las
crecidas de primavera, las trincheras y empalizadas
con las que se cercaban las aldeas,
las fortalezas de tierra, las pequeñas torres
y ata
layas de que estaba sembrado el territorio, todo esto
fue obra de las manos de las
comunas aldeanas. Y cuando la comuna creció,
comenzó el
proceso de echar brotes. A alguna distancia de la
primera, brotó una nueva comuna, y de
tal modo, paso a paso, los bosques y las estepas
cayeron bajo el poder del hombre. Todo el proceso
de la formación de las naciones
europeas fue en esencia el fruto de tal brote de las
comunas aldeanas. Hasta en la época presente
los campesinos rusos, si no están
completamente abrumados por la necesidad, emigran
en
comunas, cultivan la tierra virgen en común
y, también, en común, cavan las chozas de
tierra, y luego construyen las casas, cuando se asientan
en las cuencas del Amur o en Canadá. Hasta
los ingleses, al principio de la colonización
de América, volvieron al antiguo sistema: se
asentaron y vivieron en comunas.
La comuna aldeana era entonces el arma principal en
la dura lucha contra la naturaleza
hostil. Era, también, el lazo que los campesinos
oponían a la opresión de parte de los
más hábiles y fuertes, que trataban de reforzar su
autoridad en aquellos agitados tiempos. El "bárbaro"
imaginario, es decir, el hombre que lucha y mata a
los hombres por bagatelas, existió
tan poco en la realidad como el "sanguinario" salvaje
de
nuestros literatos.
El bárbaro comunal, por lo contrario, en su
vida se sometía a una serie entera y
completa de instituciones, imbuidas de cuidadosas
consideraciones sobre qué puede ser útil
o nocivo para su tribu o su confederación; y las
instituciones de este género fueron transmitidas
religiosamente de generación en generación
en versos y cantos, en proverbios y tríades,
en sentencias e instrucciones.
Cuanto más estudiamos este período,
tanto más nos convencemos de los lazos estrechos
que ligaban a los hombres en sus comunas. Toda
riña surgida entre dos paisanos se consideraba
asunto que concernía a toda la comuna,
hasta las palabras ofensivas que escaparan durante
una riña se consideraban ofensas a la comuna
y a sus antepasados. Era necesario reparar
semejantes ofensas con disculpas y una multa
liviana en beneficio del ofendido y en beneficio de
la comuna. Si la riña terminaba en
pelea y heridas, el hombre que la presenciara y no
interviniera para suspenderla era considerado como
si él mismo hubiera producido las
heridas causadas.
El procedimiento jurídico estaba imbuido del
mismo espíritu. Toda riña, ante todo, se
sometía a la consideración de mediadores
o árbitros, y la
mayoría de los casos eran resueltos por ellos,
puesto que el árbitro desempeñaba un
papel importante en la sociedad bárbara. Pero
si el
asunto era demasiado serio y no podía ser resuelto
por los mediadores, se sometía al
juicio de la asamblea comunal, que tenía el
deber de
"hallar la sentencia" y la pronunciaba siempre en
forma condicional: es decir, "el
ofensor deberá pagar tal compensación
al ofendido si la
ofensa es probada". La ofensa era probada o negada
por seis o doce personas, quienes
confirmaban o negaban el hecho de la ofensa bajo
juramento: se recurría a la ordalía
solamente en el caso de que surgiera contradicción
entre los dos cuerpos de jurados de ambas partes
litigantes. Semejante procedimiento, que estuvo en
vigor más de dos mil años, habla
suficientemente por sí mismo; muestra cuán
estrechos
eran los lazos que unían entre sí a
todos los miembros de la comuna.
No está de más recordar aquí
que, aparte de su autoridad moral, la asamblea comunal no
tenía ninguna otra fuerza para hacer cumplir
su
sentencia. La única amenaza posible era declarar
al rebelde, proscrito, fuera de la ley;
pero aun esta amenaza era un arma de doble filo. Un
hombre descontento con la decisión de la asamblea
comunal podía declarar que
abandonaba su tribu y que se unía a otra, y
ésta era una
amenaza terrible, puesto que, según la convicción
general, atraía indefectiblemente
todas las desgracias posibles sobre la tribu, que
podía
haber cometido una injusticia con uno de sus miembros.
La oposición a una decisión
justa, basada sobre el derecho común, era sencillamente
"inimaginable" según la expresión muy
afortunada de Henry Maine, puesto que "la ley,
la moral y el hecho constituían, en aquellos
tiempos, algo
inseparable". La autoridad moral de la comuna era
tan grande que hasta en una época
considerablemente posterior, cuando las comunas
aldeanas fueron sometidas a los señores feudales,
conservaron, sin embargo, la
autoridad jurídica; sólo permitían
al señor o a su
representante "hallar" las sentencias arriba citadas
condicionales, de acuerdo con el
derecho común que él juraba mantener
en su pureza; y se
le permitía percibir en su beneficio la multa
(fred) que antes se percibía en favor de la
comunal. Pero, durante mucho tiempo, el mismo señor
feudal, si era copropietario de los baldíos
y dehesas comunales, se sometía, en los
asuntos comunales, a la decisión de la comuna.
Perteneciera ya a la nobleza o al clero, debía
someterse a la decisión de la asamblea
comunal. "Wer daselbst Wasser und Weid gerusst, muss
gehorsan sein" -quien goza del derecho al agua y a
los pastos, debe obedecer-, dice una
antigua sentencia. Hasta cuando los campesinos se
convirtieron en esclavos de los señores feudales,
los últimos estaban obligados a
presentarse ante la asamblea comunal si los citaban.
En sus concepciones de la justicia, los bárbaros
evidentemente no se alejaron mucho de
los salvajes. También ellos consideraban que
todo
homicidio debía implicar la muerte del homicida;
que la herida producida debía ser
castigada, produciendo, punto por punto, la misma
herida,
y que la familia ofendida debía cumplir, ella
misma, la sentencia pronunciada o a virtud
del derecho común; es decir, matar al homicida
o a
alguno de sus congéneres, o producir un determinado
género de heridas al ofensor o a
uno de sus allegados. Esto era para ellos un deber
sagrado, una deuda hacía los antepasados que
debía ser cumplida completamente en
público y de ningún modo en secreto,
y debía dársele la
más amplia publicidad. Por esto, los pasajes
más inspirados de las sagas y de todas las
obras de la poesía épica en general
de aquella
época están consagrados a glorificar
lo que siempre se consideró justo, es decir, la
venganza tribal. Los mismos dioses se unían
a los
matadores, en tales casos, y los ayudaban.
Además, el rasgo predominante de la justicia
de los bárbaros es ya, por una parte, el
intento de limitar la cantidad de personas que pueden
ser
arrastradas en una guerra de dos clanes por causa
de la venganza de sangre, y por otra
parte, el intento de extirpar la idea brutal de la
necesidad de pagar sangre por sangre y herida por
herida, y el deseo de establecer un
sistema de indemnizaciones al ofendido, por la ofensa.
Los códigos de leyes bárbaras que constituían
colecciones de resoluciones de derecho
común, escritos para gula de los jueces, "al
principio
permitían y luego estimulaban y por último
exigían" la sustitución de la venganza de
sangre por la indemnización, como lo observó
Kbnigswarter. Pero representar este sistema de compensaciones
judiciales por las
ofensas, como un sistema de multas que era igual que
si
diera al hombre rico carta blanche es decir, pleno
derecho a obrar como se le antojara,
demuestra una incomprensión completa de esta
institución. La compensación monetaria,
es decir, Wehrgeld, que se pagaba al ofendido,
es completamente distinta de la pequeña multa
o fred
que se pagaba a la comuna o a su representante. La
compensación monetaria que se
fijaba comúnmente para todo género de
violencia era
tan elevada que, naturalmente, no era un estímulo
para semejante género de delitos. En
caso de homicidio, la compensación monetaria
comúnmente excedía todos los bienes
posibles del homicida. "Dieciocho veces
dieciocho vacas" -tal era la indemnización
de los osietinos,
que no sabían contar más allá
de dieciocho; en las tribus africanas, la compensación
monetaria por un homicidio alcanza a ochocientos vacas
o cien camellos con su cría, y sólo
en las tribus más pobres se reducía a 416 ovejas. En
general, en la enorme mayoría de los casos,
era
imposible pagar la compensación monetaria por
un homicidio, de modo que sólo restaba
al homicida hacer una cosa: convencer a la familia
ofendida, con su arrepentimiento, de que lo adoptara.
Hasta ahora, en el Cáucaso,
cuando una guerra de tribus, por venganza de sangre,
termina en paz, el ofensor toca con sus labios el
pecho de la mujer más anciana de la
tribu, y de tal modo se convierte en "hermano de leche"
de todos los hombres de la familia ofendida. En algunas
tribus africanas, el homicida
debe dar en matrimonio su hija o hermana a uno de
los
miembros de la familia del muerto; en otras tribus
debe casarse con la viuda del muerto;
y en todos los casos se convierte, después
de esto,
en miembro de la familia, cuya opinión es escuchada
en todos los asuntos familiares
importantes.
Además, los bárbaros no sólo
no menospreciaban la vida humana, sino que de ningún
modo conocían los castigos espantosos que fueron
introducidos más tarde por la legislación
laica y canónica bajo la influencia de Roma y
Bizancio.
Si el derecho sajón fijaba la pena de muerte
con bastante facilidad, aun en caso de
incendio y asalto a mano armada, los otros códigos
bárbaros recurrían a ella sólo
en caso de traición a su tribu y de sacrilegio hacia los
dioses comunales. Veían en la pena de muerte
el único
medio de apaciguar a los dioses.
Todo esto, evidentemente, está muy lejos del
supuesto "desenfreno moral de los
bárbaros". Por lo contrario, no podemos hacer
menos que
admirar los principios profundamente morales que fueron
elaborados por las antiguas
comunas aldeanas y que hallaron su expresión
en las
tríades galesas, en las leyendas del Rey Arturo,
en los comentarios irlandeses, "Brehon",
en las antiguas leyendas germánicas, etcétera,
y
también ahora se expresan en los proverbios
de los bárbaros modernos. En su
introducción a The Story of Brunt Njal, George
Dasent
caracterizó muy fielmente, del modo siguiente,
las cualidades del normando, tal como
se precisan sobre la base de las sagas:
"Hacer franca y varonilmente lo que ha de hacerse,
sin temer a los enemigos, ni a las
enfermedades, ni al destino ... ; ser libre y atrevido
en
todos los actos; ser gentil y generoso con los amigos
y congéneres; ser severo y temible
con los enemigos (es decir, con aquellos que caían
bajo la ley del talión), pero cumplir, aun
con ellos, todas las obligaciones debidas... No
romper los armisticios, no ser murmurador ni
calumniador. No decir en ausencia de una persona nada
que no se atreva a decir en su
presencia. No arrojar del umbral de su casa al hombre
que pida alimento o refugio, aunque fuera el propio
enemigo".
De tales, o aún más elevados principios,
está imbuida toda la poesía épica y las tríades
galesas. Obrar "con dulzura y según los principios
de
la equidad" con los otros, sin distinción de
que sean enemigos o amigos, y "reparar el
mal ocasionado", tales son los más elevados
deberes
del hombre, -el mal es la muerte, y el bien es la
vida-, exclama el poeta legisladora. "El
mundo seria absurdo si los acuerdos hechos
verbalmente no fueran respetados" -dice la ley de
Brehon-. Y el apacible shaman
mordvino, después de haber alabado cualidades
semejantes,
agrega, en sus principios di derecho común,
que "entre los vecinos, la vaca y la vasija de
ordeñar es un bien común", y que "necesario
es
ordeñar la vaca para sí y para aquél
que pueda pedir leche"; que "el cuerpo del miro
enrojece por los golpes, pero el rostro del que golpea
al
niño enrojece de vergüenza", etc. Se podría
llenar muchas páginas con la exposición de
principios morales similares, que los -bárbaros"
no
sólo expresaron, sino que siguieron.
Necesario es mencionar aquí todavía
un mérito de las antiguas comunas aldeanas. Y es
que paulatinamente ampliaron el círculo de
las
personas que estaban estrechamente ligadas entre sí.
En el periodo de que hablamos, no
sólo las clases se unieron en tribus, sino
que a su
vez, las tribus, aun siendo de orígenes distintos,
se unieron en federaciones y
confederaciones. Algunas federaciones eran tan estrechas
que,
por ejemplo, los vándalos que quedaron en el
lugar, después que parte de su
confederación fue hacia el Rhin y de allí
a España y Africa,
durante cuarenta años, cuidaron las tierras
comunales y las aldeas abandonadas de sus
confederados; no tomaron posesión de ellas
hasta
que sus enviados especiales los convencieron de que
sus confederados no tenían
intención de volver más. Entre otros
bárbaros, encontramos
que la tierra era cultivada por una parte de la tribu,
mientras la otra parte combatía en las
fronteras de su territorio común, o más
allá de sus
límites. En cuanto a las ligas entre varias
tribus, constituían el fenómeno más corriente.
Los sicambrios se unieron con los keruscos y suevos;
los cuados con los sármatas; los sármatas
con los alanos, carpios y hunos. Más tarde,
vemos también cómo la concepción
de nación se
desarrolla gradualmente en Europa, considerablemente
antes de que algo del género de
Estado comenzara a formarse en lugar alguno de la
parte del continente ocupada por los bárbaros.
Estas naciones -porque no es posible
negar el nombre de nación a la Francia merovingia
o la
Rusia del siglo undécimo o duodécimo-,
estas naciones no estaban, sin embargo, unidas
entre sí por otra cosa que no fuera la unidad
de la
lengua y el acuerdo tácito de sus pequeñas
repúblicas de elegir sus duques (protectores
militares y jueces) de entre una familia determinada.
Naturalmente, las guerras eran ineludibles: las migraciones
inevitablemente llevan
consigo las guerras, pero ya sir Henry Maine, en su
notable
trabajo sobre el origen tribal del derecho internacional,
demostró plenamente que "el
hombre nunca fue tan brutal ni tan estúpido
como para
someterse a un mal como la guerra sin hacer algunos
esfuerzos para conjurarla". Mostró
también cuán grande era -el número
de las antiguas
instituciones que revelan la intención de prevenir
la guerra o encontrarle algunas
alternativas. En realidad, el hombre, a despecho de
las
suposiciones corrientes, es un ser tan antiguérrero
que cuando los bárbaros se asentaron
finalmente en sus lugares, perdieron el hábito
de la
guerra tan rápidamente que pronto debieron
establecer caudillos militares especiales,
acompañados por Scholae especiales o mesnadas
guerreras para la defensa de sus aldeas en contra
de posibles ataques. Prefirieron el
trabajo pacífico a la guerra, y el mismo pacifismo
del
hombre fue causa de la especialización de la
profesión militar, y se obtuvo corno
resultado de esta especialización, posteriormente,
la
esclavitud y las guerras "del período estatal"
de la historia de la humanidad.
La historia encuentra grandes dificultades en sus
tentativas para restablecer las
instituciones del período bárbaro. A
cada paso, el historiador
halla débiles indicios de una u otra institución.
Pero el pasado se ilumina con luz
brillante ni bien recurrimos a las instituciones de
las
numerosas tribus que aún viven bajo una organización
social que casi es idéntica a la
organización de la vida de nuestros antepasados,
los
bárbaros. Aquí encontramos tal abundancia
de material que la dificultad se presenta en
la selección, puesto que las islas del océano
Pacífico,
las estepas de Asia y las mesetas de Africa son verdaderos
museos históricos que
contienen muestras de todas las posibles instituciones
intermedias por las que ha atravesado la humanidad
en su paso de la condición tribal de
los salvajes a la organización estatal. Examinemos
algunas de estas muestras.
Si tomamos, por ejemplo, las comunas aldeanas de los
mogoles buriatos, especialmente
de aquellos que viven en la estepa de Kudinsk, en
el
Lena superior, y que evitaron más que los otros
la influencia rusa, tenemos en ellos una
muestra bastante buena de los bárbaros en estado
de
transición de la ganadería a la agricultura.
Estos buriatos viven, hasta ahora, en
"familias indivisas", es decir, que a pesar de que
cada hijo
después de su casamiento, se va a vivir a una
choza separada, sin embargo las chozas de
por lo menos tres generaciones se encuentran
dentro de un recinto, y la familia indivisa trabaja
en común en sus campos y posee en
común sus bienes domésticos, el ganado
y también los
"teliátniki" (pequeños espacios cercados
en los que guardan el pasto tierno para
alimentar a los terneros). Comúnmente cada
familia se reúne
para comer en su choza; pero cuando se asa carne,
todos los miembros de la familia
indivisa, de veinte a sesenta personas, banquetean
juntos.
Varias de tales grandes familias, que viven en grupo,
y también familias de menor
proporción, asentadas en el mismo lugar (en
la mayoría de
los casos, constituyen restos de familias indivisas,
disgregadas por cualquier razón),
forman un "ulus" o comuna aldeana. Varios "ulus"
componen un clan -más exactamente una tribu-
y cada cuarenta y seis "clanes" de la
estepa de Kudinsk están unidos en una confederación.
En
caso de necesidad, provocada por tales o cuales circunstancias
especiales, varios
"clanes- ingresan en uniones menores, pero más
estrechas. Estos buriatos no reconocen la propiedad
privada agraria, que los "ulus"
poseen la tierra en común, o más exactamente,
la posee
toda la confederación, y de ser preciso se
procede a la redistribución de las tierras entre
los diferentes "ulus", en la asamblea de todo el clan,
y
entre los cuarenta y seis clanes en la asamblea de
la confederación. Menester es
observar que la misma organización tienen todos
los
250.000 buriatos de la Siberia Oriental, a pesar de
que ya hace más de trescientos años
que se encuentran bajo el dominio de Rusia y
conocen bien las instituciones rusas.
No obstante todo lo dicho, la desigualdad de fortunas
se desarrolla rápidamente entre
los buriatos, especialmente desde que el gobierno
ruso
comenzó a atribuir importancia excesiva a los
"taisha" (príncipes) elegidos por los
buriatos, a quienes consideran recaudadores responsables
de impuestos y representantes de la confederación
en sus relaciones administrativas y
hasta comerciales con los rusos. De tal modo, se
ofrecen numerosos caminos para el enriquecimiento
de una minoría que marcha a la par
con el empobrecimiento de la masa, debido a la
usurpación de las tierras buriatas por los
rusos. Sin embargo, entre los buriatos,
especialmente los de Kudinsk, se conserva la costumbre
(y la
costumbre es más fuerte que la ley) según
la cual si una familia ha perdido su ganado,
las familias más ricas le dan algunas vacas
y caballos
para reparar la pérdida. En cuanto a los pobres
sin familia, comen en casa de sus
congéneres; el pobre penetra en la choza y
ocupa -por
derecho, no por caridad- un lugar junto al fuego y
recibe una porción de comida que se
divide siempre del modo más escrupuloso en
partes
iguales; se queda a dormir allí donde ha cenado.
En general, los conquistadores rusos de
la Siberia se sorprendieron tanto de las costumbres
comunistas de los buriatos, que los llamaron "bratskyie"
(los fraternales) e informaron a
Moscú: "lo tienen todo en común-; todo
lo que poseen
es dividido entre todos.
Hasta en la actualidad, los buriatos de Kudinsk, cuando
venden el trigo o mandan a
vender su ganado al carnicero ruso, todas las familias
del
"ulus", o hasta de la tribu, vierten su trigo en un
lugar y reúnen su ganado en un rebaño,
vendiendo todo al por mayor, como si perteneciera
a
una persona. Además, cada "ulus" tiene su depósito
de granos para préstamo en caso de
necesidad, sus hornos comunales para cocer el pan
(el four banal de las antiguas comunas francesas),
y su herrero, quien como el herrero de
las aldeas indias, siendo miembro de la comuna,
nunca recibe pago por su trabajo dentro de ella. Debe
efectuar gratuitamente todo el
trabajo de herrería necesario, y si utiliza
sus horas de ocio
para fabricar discos de hierro cincelados y plateados,
que sirven a los buriatos para
adornar los vestidos, puede venderlos a una mujer
de otro
clan, pero sólo puede regalarlos a la mujer
que pertenece a su propio clan. La compraventa
de ningún modo puede tener lugar dentro de
la
comuna, y esta regla es observada tan severamente
que cuando una familia buriata
acomodada toma a un trabajador, debe hacerlo de otro
clan o de los rusos. Observaré que tal costumbre
con respecto a la compra-venta no
existe sólo en los buriatos: está tan
vastamente difundida
entre los comuneros contemporáneos -los "bárbaros"-
arios y uralaltaicos, que debe
haber sido general entre nuestros antepasados.
El sentimiento de unión dentro de la confederación
es mantenido por los intereses
comunes de todos los clanes, sus conferencias comunales
y
los festejos que generalmente tienen lugar en conexión
con las conferencias. El mismo
sentimiento es mantenido, además, también
por otra
institución: por la caza tribal, aba, que evidentemente
constituye una reminiscencia de
un pasado muy lejano. Cada otoño se reúnen
todos los
cuarenta y seis clanes de Kudinsk para tal caza, cuya
presa es repartida después entre
todas las familias. Además, de tiempo en tiempo,
se
convoca a una aba nacional, para afirmar los sentimientos
de unión de toda la nación
buriata. En tales casos, todos los clanes buriatos
dispersos en centenares de verstas al este y oeste
del lago Baikal deben enviar cazadores
especialmente elegidos para este fin. Miles de
personas se reúnen para esta caza nacional,
y cada una trae provisiones para un mes
entero. Todas las porciones de provisión deben
ser
iguales, y por ello antes de depositarlas todas juntas,
cada porción es sopesada por un
anciano (starschiná) elegido (indefectiblemente
"a
mano": la balanza sería una infracción
a la costumbre antigua). A continuación de esto,
los cazadores se dividen en destacamentos, a razón
de
veinte hombres cada uno, y comienzan la caza según
un plan trazado de antemano. En
tales cazas nacionales, toda la nación buriata
revive las
tradiciones épicas de aquellos tiempos en que
estaba unida en una federación poderosa.
Puedo también agregar que semejantes cacerías
son un fenómeno corriente entre los indios
pieles rojas y entre los chinos de las orillas
del Usuri (kada).
En los kabdas, cuyo modo de vida ha sido tan bien
descrito por dos investigadores
franceses, tenemos a los representantes de los "bárbaros"
que han hecho algún progreso más en
la agricultura. Sus campos están regados por
acequias, abonados y, en general, bien trabajados,
y en
las zonas montañosas, todo pedazo de tierra
apto es labrado a pico. Los kabilas han
pasado por no pocas vicisitudes en su historia: siguieron
por algún tiempo la ley musulmana sobre la
herencia, pero no pudieron conformarse con
ella, y hace unos ciento cincuenta años volvieron
a su
anterior derecho común tribal. Debido a esto,
la posesión de la tierra tiene en ellos un
carácter mixto, y la propiedad privada de la
tierra existe
junto con la posesión comunal. En todo caso,
la base de la organización comunal actual
es la comuna aldeana (thaddart), que generalmente
se
compone de algunas familias indivisas (klaroubas),
que reconocen la comunidad de su
origen, y también, en menor proporción,
de algunas
familias de extranjeros. Las aldeas se agrupan en
clanes o tribus (arch); varios clanes
constituyen la confederación (thak' ebilt);
y finalmente,
varias confederaciones se constituyen a veces en una
liga cuyo fin principal es la
protección armada.
Los kabilas no conocen autoridad alguna fuera de su
djemda o asamblea de la comuna
aldeana. Participan en ella todos los hombres adultos,
y se reúnen simplemente bajo el cielo abierto,
o bien en un edificio especial que tiene
asientos de piedras. Las decisiones de la djemda,
evidentemente, deben ser tomadas por unanimidad, es
decir, el juicio se prolonga hasta
que todos los presentes están de acuerdo en
tomar
una decisión determinada, o en someterse a
ella. Puesto que en la comuna aldeana no
existe autoridad que pueda obligar a la minoría
a
someterse a la decisión de la mayoría,
el sistema de decisiones unánimes era practicado
por el hombre en todas partes donde existían
tales
comunas, y se practica aún ahora allí
donde continúan existiendo, es decir, entre varios
centenares de millones de hombres, sobre toda la
extensión del globo terrestre. La djemaa kabileña
misma designa su poder ejecutivo al
anciano, al escriba y al tesorero; ella misma determina
sus impuestos y administra la repartición de
las tierras comunales, lo mismo que todos
los trabajos de utilidad pública.
Una parte importante del trabajo es efectuado en común;
los caminos, las mezquitas, las
fuentes, los canales de regadío, las torres
de defensa
contra las incursiones, las cercas de las aldeas,
etc., todo esto es construido por la
comuna aldeana, mientras que los grandes caminos,
las
mezquitas de mayores dimensiones y los grandes mercados
son obras de la tribu entera.
Muchas huellas del cultivo comuna¡ existen aún
hoy, y
las casas siguen siendo construidas por toda la aldea,
o bien, con ayuda de todos los
hombres y mujeres de la aldea. En general, recurren
a la
"ayuda" casi diariamente, para el cultivo de los campos,
para la recolección, las
construcciones, etc. En cuanto a los trabajos artesanos,
cada
comuna tiene su herrero a quien se da parte de la
tierra comunal, y él trabaja para la
comuna. Cuando se aproxima la época de arar,
recorre
todas las casas y repara gratuitamente los arados
y otros instrumentos agrícolas; el forjar
un arado nuevo es considerado una obra piadosa
que no puede ser recompensada con dinero ni, en general,
con ninguna clase de paga.
Puesto que en los kabilas existe ya la propiedad privada,
evidentemente existen entre
ellos ricos y pobres. Pero, como todos los hombres
que
viven en estrecha relación y saben cómo
y dónde comienza la pobreza, consideran que
la pobreza es una eventualidad que puede
presentárselas a todos. "De la miseria y de
la cárcel nadie está libre" -dicen los
campesinos rusos-; los kabilas llevan a la práctica
este
proverbio, y en su medio es imposible notar ni la
más ligera diferencia en el trato entre
pobres y ricos; cuando un pobre solicita "ayuda",
el rico
trabaja en su campo exactamente lo mismo que el pobre
trabaja, en caso parecido, en el
campo del rico. Además, la djemáa aparta
determinados huertos y campos, a veces cultivados
en común, en beneficio de los
miembros más pobres de la comuna. Muchas costumbres
parecidas se conservaron hasta hoy. Puesto que las
familias más pobres no están en
condiciones de comprarse carne, regularmente compra
con la suma formada por el dinero de las multas, de
las donaciones en beneficio de la
djemáa, o del pago para el uso de los depósitos
comunales de extracción de aceite de oliva;
y esta carne se reparte equitativamente entre
aquellos que por su pobreza no están en
condiciones de comprarla. Exactamente lo mismo, cuando
alguna familia sacrifica una
oveja o un buey en día que no es de mercado,
el
pregonero de la aldea lo anuncia por todas las calles
para que los enfermos y las mujeres
encinta puedan recibir cuanta carne necesiten.
El apoyo mutuo atraviesa como un hilo rojo toda la
vida de los kabilas, y si uno de
ellos, durante un viaje fuera de los limites de la
tierra natal,
encuentra a otro kabila necesitado, debe prestarle
ayuda, aunque para esto tuviera que
arriesgar sus propios bienes y su vida. Si tal cosa
no
fuera prestada, la comuna a que pertenece el que ha
sido damnificado por semejante
egoísmo, puede quejarse y entonces la comuna
del
egoísta lo indemniza inmediatamente. En el
caso que tratamos, tropezamos de tal modo
con una costumbre que conoce bien aquél que
ha
estudiado las guildas comerciales medievales.
Todo extranjero que aparece en la aldea kabila tiene
derecho, en invierno, a refugiarse
en una casa, y sus caballos pueden pastar durante
un
día en las tierras comunales. En caso de necesidad,
puede, además, contar con un apoyo
casi ilimitado. Así, durante el hambre de los
años
1867-1868, los kabilas aceptaban y alimentaban, sin
hacer diferencia de origen, a todos
aquellos que buscaban refugio en sus aldeas. En el
distrito de Deflys se reunieron no menos de doce mil
personas, negadas no solamente de
todas las partes de Argelia, sino hasta de
Marruecos, y los kabilas las alimentaron a toda!.
Mientras que por toda Argelia la gente
se moría de hambre, en la tierra kabileña
no hubo un
solo caso de muerte por hambre; las comunas kabileñas,
a menudo privándose de lo más
necesario, organizaron la ayuda, sin pedir ningún
socorro al gobierno y sin quejarse por la carga; la
consideraban como su deber natural.
Y mientras que entre los colonos europeos se tomaban
todas las medidas policiales posibles para prevenir
el robo y el desorden originados por
la afluencia de extranjeros, no fue necesario ninguna
vigilancia semejante para el territorio kabileño;
las djemáas no tuvieron necesidad de
defensa ni de ayuda exterior.
Puedo citar, sólo brevemente, dos rasgos extraordinariamente
interesantes de la vida
kabileña, a saber: el establecimiento de la
llamada
anaya, que tiene por objeto vigilar, en caso de guerra,
los pozos, las acequias de riego,
las mezquitas, las plazas de los mercados y algunos
caminos, y, también, la institución
de los Cofs, de la que hablaré más abajo. En la anaya
tenemos propiamente una serie completa de
disposiciones que tienden a disminuir el mal causado
por la guerra, y a conjurarla. Así,
la plaza del mercado es anaya, especialmente si se
halla cerca de la frontera y sirve de lugar de encuentro
de los kabilas con los
extranjeros; nadie se atreve a perturbar la paz en
el mercado; y si
se produjeran desordenes, en seguida son reprimidos
por los mismos extranjeros
reunidos en la ciudad. El camino por donde las mujeres
aldeanas van por agua a la fuente, se considera también
anaya en caso de guerra, etc. La
misma institución se encuentra en ciertas islas
del
Océano Pacífico.
En cuanto al Cof, esta institución constituye
una forma vastamente extendida de
asociación en ciertos respectos, análoga
a las sociedades y
guildas medievales (Bürgschaften o Gegilden),
y también constituye una sociedad
existente tanto para la defensa mutua como para diversos
fines intelectuales, políticos, religiosos,
morales, etc., que no pueden ser satisfechos por
la organización territorial de la comuna, del
clan o de
la confederación. El Cof no conoce limitaciones
territoriales; recluta sus miembros en
diferentes aldeas, hasta entre los extranjeros, y
ofrece a
sus miembros protección en todas las circunstancias
posibles de la vida. En general, es
una tentativa de completar la asociación territorial
por
medio de una agrupación extraterritorial, con
el fin de dar expresión a la afinidad mutua
de todo género de aspiraciones que va más
allá de los
límites de un lugar determinado. De tal modo,
las libres asociaciones internacionales de
gustos e ideas, que nosotros consideramos una de
las mejores expresiones de nuestra vida contemporánea,
tiene su principio en el período
bárbaro antiguo.
La vida de los montañeses caucasianos ofrece
otra serie de ejemplos del mismo género,
sumamente instructiva. Estudiando las costumbres
contemporáneas de los osietines -sus familias
indivisas, sus comunas y sus
concepciones jurídicas-, el profesor M. Kovalevsky,
en su notable
obra Las costumbres modernas y la ley antigua, pudo,
paso a paso, compararlas con
disposiciones similares de las antiguas leyes bárbaras,
y hasta tuvo posibilidad de observar el nacimiento
primitivo del feudalismo. En otras
tribus caucasianas, encontramos a veces indicios del
modo cómo se originó la comuna aldeana
en los casos en que no era tribal, sino que
había nacido, de la unión voluntaria
entre familias de
diferentes orígenes. Tal caso se observó,
por ejemplo, recientemente en las aldeas de los
jevsures, cuyos habitantes prestaban juramento de
"comunidad y fratemidad". En otra parte del Cáucaso,
en el Daghestan, vemos los
orígenes de las relaciones feudales entre dos
tribus,
conservándose ambas, al mismo tiempo, constituidas
en comunas aldeanas y
conservando hasta las huellas de las "clases" de la
organización
tribal.
En este caso, tenemos, de este modo, un ejemplo vivo
de las formas que tomó la
conquista de Italia y de la Galia por los bárbaros.
Los
vencedores lezhinos, que han sometido a varias aldeas
georgianas y tártaras del distrito
de Zakataly, no sometieron estas aldeas a la
autoridad de las familias separadas; organizaron un
clan feudal, compuesto ahora de
doce mil hogares divididos en tres aldeas, y poseyendo
en común no menos de doce aldeas georgianas
y tártaras. Los conquistadores
repartieron sus propias tierras entre sus clanes,
y los clanes, a
su vez, la dividieron en partes iguales entre sus
familias; pero no intervienen en los
asuntos de las comunas de sus tributarios, quienes
hasta
ahora practican la costumbre mencionada por Julio
César, a saber: la comuna decide
anualmente qué parte de la tierra comunal debe
ser
cultivada, y esta tierra se reparte en parcelas según
la cantidad de familias, y dichas
parcelas se distribuyen por sorteo. Es menester observar
que a pesar de que los propietarios no son raros entre
los lezhinos -que viven bajo el
sistema de la propiedad territorial privada y la posesión
común de los esclavos-, son muy raros entre
los georgianos sometidos a la servidumbre
y que continúan manteniendo sus tierras en
propiedad
comunal.
En cuanto al derecho común de los montañeses
georgianos, es muy similar al derecho
de los longobardos y los francos sálicos, y
algunas de
sus disposiciones arrojan nueva luz sobre el procedimiento
jurídico del período bárbaro.
Destacándose por su carácter muy impresionable,
los
habitantes del Cáucaso emplean todas sus fuerzas
para que sus riñas no lleguen hasta el
homicidio: así, por ejemplo, entre los jevsures
pronto
se desnudan los sables, pero si acude una mujer y
arroja entre los contendientes un trozo
de lienzo que sirve a las mujeres como adorno de la
cabeza, los sables vuelven en seguida a sus vainas
y se interrumpe la riña. El adorno de
cabeza de las mujeres en este caso es anaya. Si la
riña no se interrumpiera a tiempo y terminara
con un homicidio, la compensación
monetaria impuesta al homicida es tan grande, que
el
culpable queda arruinado para toda la vida, si no
lo adopta como hijo la familia del
muerto; si ha recurrido al puñal en una riña
sin importancia y
producido heridas, pierde para siempre el respeto
de sus congéneres.
En todas las riñas, los asuntos pasan a mano
de mediadores: ellos eligen a los jueces
entre sus congéneres -seis si los asuntos son
más bien
pequeños, y de diez a quince en los asuntos
más serios- y observadores rusos atestiguan
la absoluta incorruptibilidad de los jueces. El
juramento tiene tal importancia, que las personas
que gozan de respeto general son
dispensadas de él, confirmación simple
que es
plenamente suficiente, tanto más cuanto que
en los asuntos serios el jevsur nunca vacila
en reconocer su culpa (naturalmente, me refiero al
jevsur no tocado todavía por la llamada "cultura").
El juramento se reserva
principalmente para asuntos tales como las disputas
sobre bienes,
en las cuales, aparte del simple establecimiento de
los hechos, se requiere además un
determinado género de apreciación de
ellos. En tales
casos, los hombres, cuya afirmación influye
de manera decisiva en la solución de la
discusión, actúan con la mayor circunspección.
En general,
puede decirse que las sociedades "bárbaras"
del Cáucaso se distinguen por su
honestidad y su respeto a los derechos de los congéneres.
Las diferentes tribus africanas presentan tal diversidad
de sociedades, interesantes en
grado sumo, y situadas en todos los grados
intermedios de desarrollo, comenzando por la comuna
aldeana primitiva y terminando
por las monarquías bárbaras despóticas,
que debo
abandonar todo pensamiento de dar siquiera los resultados
más importantes del estudio
comparativo de sus instituciones. Será suficiente
decir que, aun bajo el despotismo más cruel
de los reyes, las asambleas de las comunas
aldeanas y su derecho común siguen dotadas
de
plenos poderes sobre un amplio circulo de toda clase
de asuntos. La ley de Estado
permite al rey quitar la vida a cualquier súbdito,
por simple
capricho, o hasta para satisfacer su glotonería,
pero el derecho común del pueblo
continúa conservando aquella red de instituciones
que sirven
para el apoyo mutuo, que existe entre otros "bárbaros"
o existía entre nuestros
antepasados. Y en algunas tribus en mejor situación
(en Bornu,
Uganda y Abisinia), y en especial entre los bogos,
algunas disposiciones del derecho
común están espiritualizadas por sentimientos
realmente
exquisitos y refinados.
Las comunas aldeanas de los indígenas de ambas
Américas tenían el mismo carácter.
Los tupíes de Brasil, cuando fueron descubiertos
por
los europeos, vivían en "casas largas" ocupadas
por clanes enteros que cultivaban en
común sus sementeras de grano y sus campos
de
mandioca. Los aran¡, que han avanzado más
en el camino de la civilización, cultivaban
sus campos en común; lo mismo los ucagas, que
permaneciendo bajo el sistema del comunismo primitivo
y de las "casas largas"
aprendieron a trazar buenos caminos y en algunos dominios
de la producción doméstica no eran inferiores
a los artesanos del período antiguo de la
Europa medieval. Todos ellos obedecían al mismo
derecho común, cuyos ejemplos hemos citado
en las páginas precedentes.
En el otro extremo del mundo encontramos el feudalismo
malayo, el cual, sin embargo,
mostróse impotente para desarraigar la negaria;
es
decir, la comuna aldeana, con su dominio comuna¡,
por lo menos, sobre una parte de la
tierra y su redistribución entre las negarias
de la tribu
entera. En los alfurus de Minahasa encontramos el
sistema comunal de labranzas de tres
amelgas; en la tribu india de los wyandots
encontramos la redistribución periódica
de la tierra, realizada por todo el clan.
Principalmente en todas las partes de Sumatra, donde
el
derecho musulmán aún no ha logrado destruir
por completo la antigua organización
tribal, hallamos a la familia indivisa (suka) y a
la comuna
aldeana (kohta) que conservan sus derechos sobre la
tierra, aun en los casos en que parte
de ella ha sido desbrozada sin permiso de la
comunal. Pero decir esto significa decir, al mismo
tiempo, que todas las costumbres que
sirven para la protección mutua y la conjuración
de
las guerras tribales a causa de la venganza de sangre
y, en general, de todo género de
guerra -costumbres que hemos señalado brevemente
más arriba como costumbres típicas de
la comuna-, también existen en el caso que nos
ocupa. Más aún: cuando más completa
se ha
conservado la posesión comunal, tanto mejores
y más suaves son las costumbres. De
Stuers afirma positivamente que en todas partes donde
la comuna aldeana ha sido menos oprimida por los conquistadores,
se observa menos
desigualdad de bienes materiales, y las mismas
prescripciones de venganza de sangre se distinguen
por una crueldad menor; y, por lo
contrario, en todas partes donde la comuna aldeana
ha
sido destruida definitivamente, "los habitantes sufren
una opresión insoportable de parte
de los gobernantes despóticos". Y esto es
completamente natural. De modo que cuando Waitz observó
que las tribus que han
conservado sus confederaciones tribales se hallan
en un
nivel más elevado de desarrollo y poseen una
literatura más rica que las tribus en las
cuales estos lazos han sido destruidos, expresó
justamente lo que se hubiera podido prever anticipadamente.
Citar más ejemplos significaría ya repetirse,
tan sorprendentemente se parecen las
comunas bárbaras entre sí, a pesar de
la diversidad de
climas y de razas. Un mismo proceso de desarrollo
se produjo en toda la humanidad,
con uniformidad asombrosa. Cuando, destruida
interiormente por la familia separada, y exteriormente
por el desmembramiento de los
clanes que emigraban y por la necesidad de aceptar
en
su medio a los extranjeros, la organización
tribal comenzó a descomponerse, en su
reemplazo apareció la comuna aldeana, basada
sobre la
concepción de territorio común. Esta
nueva organización, crecida de modo natural de la
organización tribal precedente, permitió
a los
bárbaros atravesar el período más
turbio de la historia sin desintegrarse en familias
separadas, que hubieran perecido inevitablemente en
la
lucha por la existencia. Bajo la nueva organización
se desarrollaron nuevas formas de
cultivo de la tierra, la agricultura alcanzó
una altura que la
mayoría de la población del globo terrestre
no ha sobrepasado hasta los tiempos
presentes; la producción artesana doméstica
alcanzó un
elevado nivel de perfección. La naturaleza
salvaje fue vencida; se practicaron caminos a
través de los bosques, y pantanos, y el desierto
se
pobló de aldeas, brotadas como enjambres de
las comunas maternas. Los mercados, las
ciudades fortificadas, las iglesias, crecieron entre
los bosques desiertos y las llanuras. Poco a poco
empezaron a elaborarse las
concepciones de uniones más amplias, extendidas
a tribus
enteras, y a grupos de tribus, diferentes por su origen.
Las viejas concepciones de la
justicia, que se reducían simplemente a la
venganza, de
modo lento sufrieron una transformación profunda
y el deber de reparar el perjuicio
producido ocupó el lugar de la idea de venganza.
El derecho común, que hasta ahora sigue siendo
ley de la vida cotidiana para las dos
terceras partes de la humanidad, si no más,
se elaboró
poco a poco bajo esta organización, lo mismo
que un sistema de costumbres que tendían
a prevenir la opresión de las masas por la
minoría,
cuyas fuerzas crecían a medida que aumentaba
la posibilidad de la acumulación
individual de riqueza.
Tal era la nueva forma en que se encauzó la
tendencia de las masas al apoyo mutuo. Y
nosotros veremos en los capítulos siguientes
que el
progreso -económico, intelectual y moral- que
alcanzó la humanidad bajo esta forma
nueva popular de organización fue tan grande,
que
cuando más tarde comenzaron a formarse los
Estados, simplemente se apoderaron, en
interés de las minorías, de todas las
funciones
jurídicas, económicas y administrativas
que la comuna aldeana desempeñaba ya en
beneficio de todos.
CAPITULO V: LA AYUDA MUTUA EN LA CIUDAD MEDIEVAL
La sociabilidad y la necesidad de ayuda y apoyo mutuo
son cosas tan innatas de la
naturaleza humana, que no encontramos en la historia
épocas en que los hombres hayan vivido dispersos
en pequeñas familias individuales,
luchando entre sí por los medios de subsistencia.
Por el
contrario, las investigaciones modernas han demostrado,
como hemos visto en los dos
capítulos precedentes, que desde los tiempos
más
antiguos de su vida prehistórica, los hombres
se unían ya en clanes mantenidos juntos
por la idea de la unidad de origen de todos los
miembros del clan y por la veneración de los
antepasados comunes. Durante muchos
milenios, la organización tribal sirvió,
de tal modo, para
unir a los hombres, a pesar de que no existía
en ella decididamente ninguna autoridad
para hacerla obligatoria; y esta organización
de vida
dejó una impresión profunda en todo
el desarrollo subsiguiente de la humanidad.
Cuando los lazos del origen común comenzaron
a debilitarse a causa de las migraciones
frecuentes y lejanas, y el desarrollo de la familia
separada dentro del clan mismo, también destruyó
la antigua unidad tribal; entonces,
una nueva forma de unión, fundada en el principio
territorial -es decir, la comuna aldeana' fue llamada
a la vida por el genio social creador
del hombre. Esta institución, a su vez, sirvió
para unir a
los hombres durante muchos siglos, dándoles
la posibilidad de desarrollar más y más
sus instituciones sociales, y junto con eso, ayudándalos
a atravesar los períodos más sombríos
de la historia sin haberse desintegrado en
conglomerados de familias e individuos a quienes nada
ligaba entre sí. Gracias a esto, como hemos
visto en los dos capítulos precedentes, el
hombre pudo avanzar al máximo en su desarrollo
y
elaborar una serie de instituciones sociales secundarias,
muchas de las cuales han
sobrevivido hasta el presente.
Ahora tenemos que seguir el desarrollo más
avanzado de aquella tendencia a la ayuda
mutua, siempre inherente al hombre. Tomando las
comunas aldeanas de los llamados bárbaros en
la época en que entraron en el nuevo
período de civilización, después
de la caída del imperio
romano de Occidente, debemos estudiar ahora las nuevas
formas en que se encauzaron
las necesidades sociales de las masas durante la
edad media, y especialmente, las guildas medievales
en la ciudad medieval
Los así llamados bárbaros de los primeros
siglos de nuestra era, lo mismo que muchas
tribus mogólicas, africanas, árabes,
etc., que aún
ahora se encuentran en el mismo nivel de desarrollo,
no sólo no se parecían a los
animales sanguinarios con los que se les compara a
menudo, sino que, por el contrario, invariablemente
preferían la paz a la guerra. Con
excepción de algunas pocas tribus, que durante
las
grandes migraciones fueron arrojadas a los desiertos
estériles o a las altas zonas
montañosas, y de tal modo se vieron obligadas
a vivir de
incursiones periódicas contra sus vecinos más
afortunados; con excepción de estas
tribus, decíamos, la gran mayoría de
los germanos,
sajones, celtas, eslavos, etc., en cuanto se asentaron
en sus tierras recién conquistadas,
inmediatamente se volvieron al arado, o al pico, y
a
sus rebaños. Los códigos bárbaros
más antiguos nos describen ya sociedades
compuestas de comunas agrícolas pacíficas,
y de ninguna
manera hordas desordenadas de hombres que se hallaban
en guerra ininterrumpida entre
sí.
Estos bárbaros cubrieron los piases ocupados
por ellos de aldeas y granjas; desbrozaron
los bosques, construyeron puentes sobre los
torrentes bravíos, levantaron senderos de tránsito
sobre los pantanos, colonizaron el
desierto completamente inhabitable hasta entonces,
y
dejaron las arriesgadas ocupaciones guerreras a las
hermandades, scholae, mesnadas de
hombres inquietos que se reunían alderedor
de
caudillos temporarios, que iban de lugar en lugar
ofreciendo su pasión de aventuras, sus
armas y conocimientos de los asuntos militares para
proteger la población que deseaba sólo
una cosa: que la permitieran vivir en paz.
Bandas de tales guerreros iban y venían, librando
entre sí
guerras tribales por venganzas de sangre; pero la
masa principal de la población
continuaba arando la tierra, prestando muy poca atención
a
sus pretendidos caudillos, mientras no perturbara
la independencia de las comunas
aldeanas. Y esta masa de nuevos pobladores. de Europa
elaboró, ya entonces, sistemas de posesión
de la tierra y métodos de cultivo que hasta
ahora permanecen en vigor y en uso entre centenares
de millones de hombres. Elaboraron su sistema de compensación
por las ofensas
inferidas, en lugar de la antigua venganza de sangre;
aprendieron los primeros oficios; y después
de haber fortificado sus aldeas con
empalizadas, ciudadelas de tierra y torres, en donde
podían
ocultarse en caso de nuevas incursiones, pronto entregaron
la protección de estas torres
y ciudadelas a quienes hacían de la guerra
un oficio.
Precisamente este pacifismo de los bárbaros,
y de ningún modo los supuestos instintos
bélicos, se convirtió de tal manera
en la fuente del
sojuzgamiento de los pueblos por los caudillos militares
que siguió a este período. Es
evidente que el mismo modo de vida de las
hermandades armadas daba a las mesnadas oportunidades
considerablemente mayores
para el enriquecimiento que las que podrían
presentárselas a los labradores que llevaban
una vida pacífica en sus comunas agrícolas.
Aun hoy vemos que los hombres armados, de tanto
en tanto, emprenden incursiones de piratería
para matar a los matabeles africanos y
quitarles sus rebaños, a pesar de que los matabeles
sólo
aspiran a la paz y están dispuestos a comprarla
aunque sea a un precio elevado; así en la
antigüedad los mesnaderos evidentemente no se
distinguían por una escrupulosidad mayor que
sus descendientes contemporáneos. De
este modo se apropiaron de ganado, hierro (que tenía
en aquellos tiempos un valor muy elevado) y esclavos;
y a pesar de que la mayor parte
de los bienes saqueados se gastaba allí mismo
en los
gloriosos festines que canta la poesía épica,
de todos modos una cierta parte quedaba y
contribuía a un enriquecimiento mayor.
En aquellos tiempos existían aún abundancia
de tierras incultas y no había escasez de
hombres dispuestos a cultivarla siempre que pudieran
conseguir el ganado necesario y los instrumentos de
trabajo. Aldeas enteras llevadas a la
miseria por las enfermedades, las epizootias del
ganado, los incendios o ataques de nuevos inmigrantes,
abandonaban sus casas y se iban
a la desbandada en búsqueda de nuevos lugares
de residencia lo mismo que en Rusia aún en
el presente hay aldeas que vagan dispersas
por las mismas causas. Y he aquí que si algunos
de
los hirdmen, es decir, jefes de mesnaderos, ofrecían
entregar a los campesinos algún
ganado para iniciar su nuevo hogar, hierro para forjar
el
arado, si no el arado mismo, y también protección
contra las incursiones y los saqueos,
y si declaraba que por algunos años los nuevos
colonos estarían exentos de toda paga antes
de comenzar a amortizar la deuda, entonces
los inmigrantes de buen grado se asentaban en su
tierra. Por consiguiente, cuando después de
una lucha obstinada con las malas cosechas,
inundaciones y fiebres, estos pioneros comenzaban
a reembolsar sus deudas, fácilmente se convertían
en siervos del protector del distrito.
Así se acumulaban las riquezas; y detrás
de las riquezas sigue siempre el poder. Pero,
sin embargo, cuanto más penetramos en la vida
de
aquellos tiempos -siglo sexto y séptimo- tanto
más nos convencemos de que para el
establecimiento del poder de la minoría se
requería,
además de la riqueza y de la fuerza militar,
todavía un elemento. Este elemento fue la
ley y el derecho, el deseo de las masas de mantener
la
paz y establecer lo que consideraban justicia; y este
deseo dio a los caudillos de las
mesnadas, a los knyazi, príncipes, reyes, etc.,
la fuerza
que adquirieron dos o tres siglos después.
La misma idea de la justicia, nacida en el
período tribal, pero concebida ahora como la
compensación debida por la ofensa causada,
pasé como un hilo rojo a través de la
historia de todas las instituciones siguientes; y
en medida
considerablemente mayor que las causas militares o
económicas, sirvió de base sobre la
cual se desarrolló la autoridad de los reyes
y de los
señores feudales.
En realidad, la principal preocupación de las
comunas aldeanas bárbaras era entonces
(como también ahora en los pueblos contemporáneos
nuestros, situados en el mismo nivel de desarrollo)
la rápida suspensión de las guerras
familiares, surgidas de la venganza de sangre, debidas
a las concepciones de la justicia, corrientes entonces.
No bien se producía una riña entre
dos comuneros, inmediatamente la comuna, y la
asamblea comunal, después de escuchar el caso,
fijaba la compensación monetaria
(wergeld), es decir, la compensación que debía
pagar al
perjudicado o a su familia, y de modo igual también
el monto de la multa (fred) por la
perturbación de la paz, que se pagaba a la
comuna.
Dentro de la misma comuna las disensiones se arreglaban
fácilmente de este modo. Pero
cuando se producía un caso de venganza de sangre
entre dos tribus diferentes, o dos confederaciones
de tribus -entonces, a pesar de todas
las medidas tomadas para conjurar tales guerras- era
difícil encontrar el árbitro o conocedor
del derecho común, cuya decisión fuera
aceptable para ambas partes, por confianza en su imparcialidad
y en su conocimiento de las leyes más antiguas.
La dificultad se Complicaba aún más
porque el derecho común de las diferentes tribus
y
confederaciones no determinaba igualmente el monto
de la compensación monetaria en
los diferentes casos.
Debido a esto, apareció la costumbre de tomar
un juez de entre las familias o clanes
conocidos por que conservaban la ley antigua en toda
su
pureza, y poseían el conocimiento de las canciones,
versos, sagas, etcétera, con cuya
ayuda se retenía la ley en la memoria. La conservación
de la ley, de este modo, se hizo un género
de arte, "misterio", cuidadosamente
transmitido de generación en generación,
en determinadas
familias. Así, por ejemplo, en Islandia y en
los otros países escandinavos, en cada
Alithing o asamblea nacional, el lövsögmathr
(recitador de
los derechos) cantaba de memoria todo el derecho común,
para edificación de los
reunidos, y en Irlanda, como es sabido, existía
una clase
especial de hombres que tenían la reputación
de ser conocedores de las tradiciones
antiguas, y debido a esto gozaban de gran autoridad
en
calidad de jueces. Por esto, cuando encontramos en
los anales rusos noticias de que
algunas tribus de Rusia noroccidental, viendo los
desórdenes que iban en aumento y que tenían
su origen en el hecho de que "el clan se
levanta contra el clan", acudieron a los varingiar
normandos y les pidieron que se convirtiesen en sus
jueces y en comandantes de sus
mesnadas; cuando vemos más tarde a los knyazi,
elegidos invariablemente durante los dos siglos siguientes
de una misma familia
normanda, debemos reconocer que los eslavos admitían
en
estos normandos un mejor conocimiento de las leyes
de derecho común, el cual los
diferentes clanes eslavos reconocían como conveniente
para ellos. En este caso, la posesión de las
runas, que servían para anotar las antiguas
costumbres, fue entonces una ventaja positiva en favor
de los normandos; a pesar de que en otros casos existen
también indicaciones de que
acudían en procura de jueces al clan más
"antiguo", es
decir, a la rama que se consideraba materna, y que
las resoluciones de estos jueces eran
consideradas justísimas. Por último,
en una época
posterior vemos la inclinación más notoria
a elegir jueces entre el clero cristiano, que
entonces se atenta aún al principio fundamental
del
cristianismo, ahora olvidado: que la venganza no constituye
un acto de justicia.
Entonces el clero cristiano abría sus iglesias
como lugar de
refugio a los hombres que huían de la venganza
de sangre, y de buen grado intervenía
en calidad de mediador en los asuntos criminales,
oponiéndose siempre al antiguo principio tribal:
"vida por vida y sangre por sangre".
En una palabra, cuanto más profundamente penetramos
en la historia de las antiguas
instituciones, tanto menos encontramos fundamentos
para la teoría del origen militar de la autoridad
que sostiene Spencer. Juzgando por todo
eso hasta la autoridad que más tarde se convirtió
en
fuente de opresión tuvo su origen en las inclinaciones
pacíficas de las masas.
En todos los casos jurídicos, la multa (fred)
que a menudo alcanzaba a la mitad del
monto de la compensación monetaria (wergeld)
se ponía a
disposición de la asamblea comunal, y desde
tiempos inmemoriales se empleaba en
obras de utilidad común, o que servían
para la defensa.
Hasta ahora tiene el mismo destino (erección
de torres) entre los kabilas y algunas tribus
mogólicas; y tenemos testimonios históricos
directos
de que aun bastante más tarde, las multas judiciales,
en Pskov y en algunas ciudades
francesas y alemanas, se empleaban en la reparación
de las murallas de la ciudad. Por esto era perfectamente
natural que las multas se
confiaran a los jueces (knyaziá), condes, etc.,
quienes, al
mismo tiempo, debían mantener la mesnada de
hombres armados para la defensa del
territorio, y también debían hacer cumplir
la sentencia.
Esto se hizo costumbre general en los siglos octavo
y noveno, hasta en los casos en que
actuaba como juez un obispo electo. De tal modo
aparecieron los gérmenes de la fusión
en una misma persona de lo que ahora llamamos
poder judicial y ejecutivo.
Además, la autoridad del rey, knyaz, conde,
etc., estaba estrictamente limitada, a estas
dos funciones. No era, de ningún modo, el gobernador
del pueblo, el poder supremo pertenecía aún
a la asamblea popular; no era ni siquiera
comandante de la milicia popular, puesto que cuando
el
pueblo tomaba las armas se hallaba bajo el comando
de un caudillo también electo, que
no estaba sometido al rey o al knyaz, sino que era
considerado su igual. El rey o el knyaz era señor
todopoderoso sólo en sus dominios
personales. Prácticamente, en la lengua de
los bárbaros
la palabra knung, konung, koning o cyning -sinónimo
del rex latino-, no tenía otro
significado que el de simple caudillo temporal o jefe
de un
destacamento de hombres. El comandante de una flotilla
de barcos, o hasta de un simple
navío pirata, era también konung; aun
ahora en
Noruega, el pescador que dirige la pesca local se
llama Not-kcing (rey de las redes). Los
honores con que más tarde comenzaron a rodear
la
personalidad del rey aún no existían
entonces, y mientras que el delito de traición al clan
se castigaba con la muerte, por el asesinato del rey
se
imponía solamente una compensación monetaria,
en cuyo caso solamente se valoraba el
rey tantas veces más que un hombre libre común.
Y
cuando el rey (o Kanut) mató a uno de los miembros
de su mesnada, la saga le
representa convocándolos a la asamblea (thing),
durante la
cual se puso de rodillas suplicando perdón.
Su culpa fue perdonada, pero sólo después
de haber aceptado pagar una compensación
monetaria nueve veces mayor que la habitual, y de
esta compensación recibió él mismo
una tercera parte, por la pérdida de su hombre,
una
tercera parte fue entregada a los parientes del muerto
y una tercera parte (en calidad de
fred, es decir multa) a la mesnada. En realidad, fue
necesario que se efectuara el cambio más completo
en las concepciones corrientes, bajo
la influencia de la Iglesia y el estudio del derecho
romano, antes de que la idea de la sagrada inviolabilidad
comenzara a aplicarse a la
persona del rey.
Me saldría yo, sin embargo, de los límites
de los ensayos presentes si quisiera seguir
desde los elementos arriba citados el desarrollo
paulatino de la autoridad. Historiadores tales como
Green y la señora de Green con
respecto a Inglaterra; Agustin Thierry, Michelet y
Luchaire
en Francia; Kaufmann, Janssen y hasta Nitzsch en Alemania;
Leo y Botta en Italia, y
Bielaief, Kostomarof y sus continuadores en Rusia,
y
muchos otros, nos han referido esto detalladamente.
Han mostrado cómo la población,
plenamente libre y que había acordado solamente
"alimentar" a determinada cantidad de sus protectores
militares, paulatinamente se
convirtió en sierva de estos protectores; cómo
el
entregarse a la protección de la Iglesia, o
del señor feudal (commendation), se convirtió
en una onerosa necesidad para los ciudadanos libres,
siendo la única protección contra los
otros depredadores feudales; cómo el castillo del
señor feudal y del obispo se convirtió
en un nido de
asaltantes, en una palabra, cómo se introdujo
el yugo del feudalismo y cómo las
cruzadas, librando a todos los que llevaban la cruz,
dieron el
primer impulso para la liberación del pueblo.
Pero no tenemos necesidad de referir aquí
todo esto, pues nuestra tarea principal es seguir
ahora
la obra del genio constructor de las masas populares,
en sus instituciones, que servían a
la obra de ayuda mutua.
En la misma época en que parecía que
las últimas huellas de la libertad habían
desaparecido entre los bárbaros, y que Europa,
caída bajo el
poder de mil pequeños gobernantes, se encaminaba
directamente al establecimiento de
los Estados teocráticos y despóticos
que
comúnmente seguían al período
bárbaro en la época precedente de civilización, o
se
encaminaba a la creación de las monarquías
bárbaras,
como las que ahora vemos en Africa, en esta misma
época, decíamos, la vida en Europa
tomaba una nueva dirección. Se encaminó
en
dirección semejante a la que ya había
sido tomada una vez por la civilización de las
ciudades de la antigua Grecia. Con unanimidad que
nos
parece ahora casi incomprensible, y que durante mucho
tiempo realmente no ha sido
observada por los historiadores, las poblaciones
urbanas, hasta los burgos más pequeños,
comenzaron a sacudir el yugo de sus señores
temporales y espirituales. La villa fortificada se
rebeló
contra el castillo del señor feudal; primeramente
sacudió su autoridad, luego atacó al
castillo, y finalmente lo destruyó. El movimiento
se
extendió de una ciudad a otra, y en breve tiempo
participaron de él todas las ciudades
europeas. En menos de cien años, las ciudades
libres
crecieron a orillas del Mediterráneo, del mar
del Norte, del Báltico, el océano Atlántico
y de los fiordos de Escandinavia; al pie de los Apeninos,
Alpes Schwarzenwald, Grampianos, Cárpatos;
en las llanuras de Rusia, Hungría,
Francia y España. Por doquier ardían
las mismas rebeliones,
que tenían en todas partes los mismos caracteres,
pasando en todas partes
aproximadamente a través de las mismas formas
y conduciendo a
los mismos resultados.
En cada ciudad pequeña, en cualquier parte
donde los hombres encontraban o pensaban
encontrar cierta protección tras las murallas
de la
ciudad, ingresaban en las "conjuraciones" (cojurations),
"hermandades y amistades"
(amicia), unidas por un sentimiento común,
e iban
atrevidamente al encuentro de la nueva vida de ayuda
mutua y de libertad. Y lograron
realizar sus aspiraciones tanto que, en trescientos
o
cuatrocientos años cambió por completo
el aspecto de Europa. Cubrieron el país de
ciudades, en las que se elevaron edificios hermosos
y
suntuosos que eran expresión del genio de las
uniones libres de hombres libres, edificios
cuya belleza y expresividad aún no hemos superado.
Dejaron en herencia a las generaciones siguientes,
artes y oficios completamente
nuevos, y toda nuestra educación moderna, con
todos los
éxitos que ha obtenido y todos los que se esperan
en lo futuro, constituyen solamente un
desarrollo ulterior de esta herencia. Y cuando ahora
tratamos de determinar qué fuerzas produjeron
estos grandes resultados, las
encontramos no en el genio de los héroes individuales
ni en la
poderosa organización de los grandes Estados,
ni en el talento político de sus
gobernantes, sino en la misma corriente de ayuda mutua
y
apoyo mutuo, cuya obra hemos visto en la comuna aldeana,
y que se animó y renovó en
la Edad Media mediante un nuevo género de uniones,
las guildas, inspiradas por el mismo espíritu,
pero que se había encauzado ya en una
nueva forma.
En la época presente, es bien sabido que el
feudalismo no implica la descomposición de
la comuna aldeana, a pesar de que los gobernantes
feudales consiguieron imponer el yugo de la servidumbre
a los campesinos y apropiarse
de los derechos que antes pertenecían a la
comuna
aldeana (contribuciones, mano-muerta, impuestos a
la herencia y casamientos), los
campesinos, a pesar de todo, conservaron dos derechos
comunales fundamentales: la posesión comunal
de la tierra y la jurisdicción propia. En
tiempos pasados, cuando el rey enviaba a su vogt Guez)
a la aldea, los campesinos iban al encuentro del nuevo
juez con flores en una mano y un
arma en la otra, y le preguntaban qué ley tenía
intención de aplicar, si la que él hallaba
en la aldea o la que él traía. En el primer caso,
le entregaban las flores y lo aceptaban, y en el segundo,
entablaban guerra contra él. Ahora los campesinos
habían de aceptar al juez enviado por
el rey o el señor feudal, puesto que no podían
rechazarlo; pero a pesar de todo, retenían
el derecho de jurisdicción para la asamblea
comunal, y ellos mismos designaban seis, siete o doce
jueces que actuaban conjuntamente con el juez del
señor feudal, en presencia de la
asamblea comunal, en calidad de mediadores o personas
que "hallaban las sentencias". En la mayoría
de los casos, ni siquiera quedaba al juez
real o feudal más que confirmar la resolución
de los
jueces comunales y recibir la multa (fred) habitual.
El preciso derecho al procedimiento judicial propio,
que en aquel tiempo implicaba el
derecho a la administración propia y a la legislación
propia, se conserva en medio de todas las guerras
y conflictos. Ni siquiera los
jurisconsultos que rodeaban a Carlomagno pudieron
destruir
este derecho; se vieron obligados a confirmarlo. Al
mismo tiempo, en todos los asuntos
relativos a las posesiones comunales, la asamblea
comunal conservaba la soberanía y, como ha
sido demostrado por Maurer, a menudo
exigía la sumisión de parte del mismo
señor feudal en
los asuntos relativos a la tierra. El desarrollo más
fuerte del feudalismo no pudo
quebrantar la resistencia de la comuna aldeana: se
aferraba
firmemente a sus derechos; y cuanto, en el siglo noveno
y en el décimo, las invasiones
de los normandos, árabes y húngaros,
mostraron
claramente que las mesnadas guerreras en realidad
eran impotentes para proteger el país
de las incursiones, por toda Europa los campesinos
mismos comenzaron a fortificar sus poblaciones con
muros de piedras y fortines. Miles
de centros fortificados fueron erigidos entonces,
gracias a la energía de las comunas aldeanas;
y una vez que alrededor de las comunas se
erigieron baluartes y murallas, y en este nuevo
santuario se crearon nuevos intereses comunales, los
habitantes comprendieron en
seguida que ahora, detrás de sus muros, podían
resistir no
sólo los ataques de los enemigos exteriores,
sino también los ataques de. los enemigos
interiores, es decir, los señores feudales.
Entonces
una nueva vida libre comenzó a desarrollarse
dentro de estas fortalezas. Había nacido la
ciudad medieval.
Ningún período de la historia sirve
de mejor confirmación de las fuerzas creadoras del
pueblo que los siglos décimo y undécimo,
en que las
aldeas fortificadas y las villas comerciales que constituían
un género de "oasis en la
selva feudal" comenzaron a liberarse del yugo de los
señores feudales y a elaborar lentamente la
organización futura de la ciudad. Por
desgracia, los testimonios históricos de este
período se
distinguen por su extrema escasez: conocemos sus resultados,
pero muy poco ha llegado
hasta nosotros sobre los medios con que estos
resultados fueron obtenidos. Bajo la protección
de sus muros, las asambleas urbanas -
algunas completamente independientes, otras bajo la
dirección de las principales familias de nobles
o de comerciantes- conquistaron y
consolidaron el derecho a elegir el protector militar
de la
ciudad (defensor municipit) y el del juez supremo,
o por lo menos el derecho de elegir
entre aquellos que expresaran sus deseos de ocupar
este puesto. En Italia, las comunas jóvenes
expulsaban continuamente a sus protectores
(defensores o domina) y hasta sucedió que las
comunas debieron luchar con los que no consentían
en irse de buen grado. Lo mismo
sucedía en el Este. En Bohemia, tanto los pobres
como
los ricos (Bohemicae gentis magni et parvi, nobiles
et ignobiles), tomaban igualmente
parte en las elecciones; y las asambleas populares
(viéche) de las ciudades rusas regularmente
elegían, ellas mismas, a sus knyaz -siempre
de una misma familia, los Rurik-; contraían
pactos
(convenciones) y expulsaban al knyaz si provocaba
descontento. Al mismo tiempo, en
la mayoría de las ciudades del Oeste y Sur
de Europa
existía la tendencia a designar en calidad
de protector de la ciudad (defensor) al obispo,
que la ciudad misma elegía; y los obispos a
menudo
sobresalieron tanto en la defensa de los privilegios
(inmunidades) y de las libertades
urbanas, que muchos de ellos, después de muertos,
fueron reconocidos como santos o patronos especiales
de sus diferentes ciudades. San
Uthelred de Winchester, San Ulrico de Augsburg, San
Wolfgang de Ratisbona, San Heriberto de Colonia, San
Adalberto de Praga, etc., y
numerosos abates y monjes se convirtieron en santos
de
sus ciudades por haber defendido sus derechos populares.
Y con la ayuda de estos
nuevos defensores, laicos y clérigos, los ciudadanos
conquistaron para su asamblea popular plenos derechos
a la independencia en la
jurisdicción y administración.
Todo el proceso de liberación fue avanzando
poco a poco, gracias a una serie
ininterrumpida de actos en que se manifestaba su fidelidad
a la
obra común y que eran realizados por hombres
salidos de las masas populares, por
héroes desconocidos, cuyos mismos nombres no
han
sido conservados por la historia. El asombroso movimiento,
conocido bajo el nombre de
"paz de Dios (treuga Dei)", con cuya ayuda las
masas populares trataban de poner límite a
las interminables guerras tribales por
venganza de sangre que se prolongaba entre las familias
de
los notables, nació en las jóvenes ciudades
libres, y los obispos y los ciudadanos se
esforzaban por extender a la nobleza la paz que
establecieron entre ellos, dentro de sus murallas
urbanas.
Ya en este período, las ciudades comerciales
de Italia, y en especial Amalfi (que tenía
cónsules electos desde el año 844) y
a menudo
cambiaban a su dux en el siglo décimo, elaboraron
el derecho común marítimo y
comercial, que más tarde sirvió de ejemplo
para toda Europa.
Ravenna elaboró, en la misma época,
su organización artesanal, y Milán, que hizo su
primera revolución en el año 980, se
convirtió en centro
comercial importante y su comercio gozaba de una completa
independencia ya en el
siglo undécimo. Lo mismo puede decirse con
respecto a
Brujas y Gante, y también a varias ciudades
francesas en las que el Mahl o forum
(asamblea popular) se había hecho ya una institución
completamente independiente. Ya durante este período
comenzó la obra de
embellecimiento artístico de las ciudades con
las producciones de
la arquitectura que admiramos aún, y que atestiguan
elocuentemente el movimiento
intelectual que se producía entonces. "Casi
por todo el
mundo se renovaban los templos" -escribía en
su crónica Raúl Cylaber, y algunos de los
monumentos más maravillosos de la arquitectura
medieval datan de este período: la asombrosa
iglesia antigua de Bremen fue construida
en el siglo noveno; la catedral de San Marcos, en
Venecia, fue terminada en el año 1071, y la
hermosa catedral de Pisa, en el año 1063.
En realidad, el movimiento intelectual que se ha
descrito con el nombre de Renacimiento del siglo duodécimo
y de racionalismo del
siglo duodécimo, que fue precursor de la Reforma,
tiene su
principio en este período en que la mayoría
de las ciudades constituían aún simples
aglomeraciones de pequeñas comunas aldeanas,
rodeadas por una muralla común, y algunas se
convirtieron ya en comunas
independientes.
Pero se requería todavía otro elemento,
a más de la comuna aldeana, para dar a estos
centros nacientes de libertad e ilustración
la unidad de
pensamiento y acción y la poderosa fuerza de
iniciativa que crearon su poderío en el
siglo duodécimo y decimotercero. Bajo la creciente
diversidad de ocupaciones, oficios y artes, y el aumento
del comercio con países
lejanos, se requería una forma de unión
que no había dado
aún la comuna aldeana, y este nuevo elemento
necesario fue encontrado en las guildas.
Muchos volúmenes se han escrito sobre estas
uniones
que, bajo el nombre de guildas, hermandades, drúzhestva,
minne, artiél, en Rusia; esnaf
en Servía y Turquía, amkari en Georgia,
etc.,
adquirieron gran desarrollo en la Edad Media. Pero
los historiadores hubieron de
trabajar más de sesenta años sobre esta
cuestión antes de
que fuera comprendida la universalidad de esta institución
y explicado su verdadero
carácter. Sólo ahora, que ya están
impresos y estudiados
centenares de estatutos de guildas y se ha determinado
su relación con los collegia
romana, y también con las uniones aún
más antiguas de
Grecia e India, podemos afirmar con plena seguridad
que estas hermandades son
solamente el desarrollo mayor de aquellos mismos
principios cuya aparición hemos visto ya en
la organización tribal y en la comuna
aldeana.
Nada puede ilustrar mejor estas hermandades medievales
que las guildas temporales que
se formaban en las naves comerciales. Cuando la
nave hanseática se había hecho a la
mar, solía ocurrir que, pasado el primer medio día
desde la salida del puerto, el capitán o skiper
(Schiffer)
generalmente reunía en cubierta a toda la tripulación
y a los pasajeros y les dirigía,
según el testimonio de un contemporáneo,
el discurso
siguiente:
"Como nos hallamos ahora a merced de la voluntad de
Dios y de las olas -decía-
debemos ser iguales entre nosotros. Y puesto que estamos
rodeados de tempestades, altas olas, piratas marítimos
y otros peligros, debemos
mantener un orden estricto, a fin de llevar nuestro
viaje a un
feliz término. Por esto debemos rogar que haya
viento favorable y buen éxito y, según la
ley marítima, elegir a aquellos que ocuparán
el asiento
de los jueces (Schöffenstellen)". Y luego la
tripulación elegía a un Vogt y cuatro scabini
que se convertían en jueces. Al final de la
navegación,
el Vogt y los scabini se despojaban de su obligación
y dirigían a la tripulación el
siguiente discurso: "Debemos perdonarnos todo lo que
sucedió en la nave y considerarlo muerto (todt
und ab sein lassen). Hemos juzgado con
rectitud y en interés de la justicia. Por esto,
rogamos a
todos vosotros, en nombre de la justicia honesta,
olvidar toda animosidad que podáis
albergar el uno contra el otro y jurar sobre el pan
y la sal
que no recordaréis lo pasado con rencor. Pero
si alguno se considera ofendido, que se
dirija al Landvogt (juez de tierra) y, antes de la
caída
del sol, solicite justicia ante él". "Al desembarcar
a tierra todas las multas (fred)
cobradas en el camino se entregaban al Vogt portuario
para
ser distribuidas entre los pobres".
Este simple relato quizá caracterice mejor
que nada el espíritu de las guildas
medievales. Organizaciones semejantes brotaban doquiera
apareciese un grupo de hombres unidos por alguna actividad
común: pescadores,
cazadores, comerciantes, viajeros, constructores,
o
artesanos asentados, etc. Como hemos visto, en la
nave ya existía una autoridad, en
manos del capitán, pero, para el éxito
de la empresa
común, todos los reunidos en la nave, ricos
y pobres, los amos y la tripulación, el
capitán y los marineros, acordaban ser iguales
en sus
relaciones personales -acordaban ser simplemente hombres
obligados a ayudarse
mutuamente- y se obligaban a resolver todos los
desacuerdos que pudieran surgir entre ellos con la
ayuda de los jueces elegidos por
todos. Exactamente lo mismo cuando cierto número
de
artesanos, albañiles, carpinteros, picapedreros,
etc., se unían para la construcción, por
ejemplo, de una catedral, a pesar de que todos ellos
pertenecían a la ciudad, que tenía su
organización política, y a pesar de que cada uno de
ellos, además, pertenecía a su corporación,
sin
embargo, al juntarse para una empresa común
-para una actividad que conocían meejor
que las otras- se unían además en una
organización
fortalecida por lazos más estrechos, aunque
fuesen temporarios: fundaban una guilda,
un artiél, para la construcción de la
catedral. Vemos lo
mismo, también actualmente, en el kabileño.
Los kabilas tienen su comuna aldeana,
pero resulta insuficiente para la satisfacción
de todas sus
necesidades políticas, comerciales y personales
de unión, debido a lo cual se constituye
una hermandad más estrecha en forma de cof.
En cuanto al carácter fraternal de las guildas
medievales, para su explicación, puede
aprovecharse cualquier estatuto de guilda. Si tomamos,
por ejemplo, la skraa de cualquier guilda danesa antigua,
leemos en ella, primeramente,
que en las guildas deben reinar sentimientos
fraternales generales; siguen luego las reglas relativas
a la jurisdicción propia en las
guildas, en caso de riña entre dos hermanos
de las
guildas o entre un hermano y un extraño, y
por último, se enumeran los deberes de los
hermanos. Si la casa de un hermano se incendia, si
pierde su barca, si sufre durante una peregrinación,
todos los demás hermanos deben
acudir en su ayuda. Si el hermano se enferma de
gravedad, dos hermanos deben permanecer junto a su
lecho hasta que pase el peligro; si
muere, los hermanos deben enterrarlo -un deber de
no poca importancia en aquellos tiempos de epidemias
frecuentes- y acompañarlo hasta
la iglesia y la sepultura. Después de la muerte
de un
hermano, si era necesario, debían cuidarse
de sus hijos; muy a menudo, la viuda se
convertía en hermana de la guilda.
Los dos importantes rasgos arriba citados se encuentran
en todas las hermandades,
cualquiera que fuera la finalidad para la cual han
sido
fundadas. En todos los casos, los miembros precisamente
se trataban así y se llamaban
mutuamente hermano y hermana. En las guildas,
todos eran iguales. Las guildas tenían en común
alguna propiedad (ganado, ,tierra,
edificios, iglesias o "ahorros comunales"). Todos
los
hermanos juraban olvidar todos los conflictos tribales
anteriores por venganza de
sangre; y, sin imponerse entre sí el deber
incumplible de no
reñir nunca, llegaban a un acuerdo para que
la riña no pasara a ser enemistad familiar
con todas las consecuencias de la venganza tribal,
y
para que, en la solución de la riña,
los hermanos no se dirigieran a ningún otro tribunal
fuera del tribunal de la guilda de los mismos hermanos.
En el caso de que un hermano fuera arrastrado a una
riña con una persona ajena a la
guilda, los hermanos estaban obligados a apoyarlo
a
cualquier precio; y si fuera él acusado, justa
o injustamente, de inferir la ofensa, los
hermanos debían ofrecerle apoyo y tratar de
llevar el asunto
a una solución pacífica. Siempre que
la violencia ejercida por un hermano no fuera
secreta -en este último caso estaría
fuera de la ley- la
hermandad salía en su defensa. Si los parientes
del hombre ofendido quisieran vengarse
inmediatamente del ofensor con una agresión,
la
hermandad lo proveería de caballo para la huida,
o de un bote, o de un par de remos, de
un cuchillo y un acero para producir fuego; si
permanecía en la ciudad, lo acompañaba
por todas partes una guardia de doce
hermanos; y durante este tiempo la hermandad trataba
por
todos los medios de arreglar la reconciliación
(composition). Cuando el asunto llegaba a
los tribunales, los hermanos se presentaban al
tribunal para confirmar, bajo juramento, la veracidad
de las declaraciones del acusado;
si el tribunal lo hallaba culpable, no le dejaban
caer en
la ruina completa, o ser reducido a la esclavitud
debido a la imposibilidad de pagar la
indemnización monetaria reclamada: todos participaban
en el pago de ella, exactamente lo mismo que lo hacía
en la antigüedad todo el clan.
Sólo en el caso de que el hermano defraudara
la
confianza de sus hermanos de guilda, o hasta de otras
personas, era expulsado de la
hermandad con el nombre de "inservible" (tha scal
han
maeles af brödrescap met nidings nafn). La guilda
era, de tal modo, prolongación del
"clan" anterior.
Tales eran las ideas dominantes de estas hermandades
que gradualmente se extendieron
a toda la vida medieval. En realidad, conocemos
guildas surgidas entre personas de todas las profesiones
posibles: guildas de esclavos,
guildas de ciudadanos libres y guildas mixtas,
compuestas de esclavos y ciudadanos libres; guildas
organizadas con fines especiales: la
caza, la pesca o determinada expedición comercial
y que se disolvían cuando se había logrado
el fin propuesto, y guildas que existieron
durante siglos en determinados oficios o ramos de
comercio. Y a medida que la vida desarrollaba una
variedad de fines cada vez mayor,
crecía, en proporción, la variedad de
las guildas. Debido
a esto, no sólo los comerciantes, artesanos,
cazadores y campesinos se unían en guildas,
sino que encontramos guildas de sacerdotes,
pintores, maestros de escuelas primarias y universidades;
guildas para la representación
escénica de "La Pasión del Señor",
para la
construcción de iglesias, para el desarrollo
de los "misterios" de determinada escuela de
arte u oficio; guildas para distracciones especiales,
hasta guildas de mendigos, verdugos y prostitutas,
y todas estas guildas estaban
organizadas según el mismo doble principio
de jurisdicción
propia y de apoyo mutuo. En cuanto a Rusia, poseemos
testimonios positivos que
indican que el hecho mismo de la formación
de Rusia fue
tanto obra de los artieli de pescadores, cazadores
e industriales como del resultado del
brote de las comunas aldeanas. Hasta en los días
presentes, Rusia está cubierta por artieli.
Se ve ya por las observaciones precedentes cuán
errónea era la opinión de los primeros
investigadores de las guildas cuando consideraban
como esencia de esta institución la festividad
anual que era organizada comúnmente por
los hermanos. En realidad, el convite común
tenía
lugar el mismo día, o el día siguiente,
después de realizada la elección de los jefes, la
deliberación de las modificaciones necesarias
en los
reglamentos y, muy a menudo, el juicio de las riñas
surgidas entre hermanos; por
último, en este día, a veces, se renovaba
el juramento de
fidelidad a la guilda. El convite común, como
el antiguo festín de la asamblea comunal
de la tribu -mahl o mahlum- o la aba de los buriatos,
o la
fiesta parroquias y el festín al finalizar
la recolección, servían simplemente para
consolidar la hermandad. Simbolizaba los tiempos en
que todo
era del dominio común del clan. En ese día,
por lo menos, todo pertenecía a todos; se
sentaban todos a una misma mesa. Hasta en un período
considerablemente más avanzado, los habitantes
de los asilos de una de las guildas de
Londres, ese día, se sentaban a una mesa común
junto con los ricos alderpnen.
En cuanto a la diferencia que algunos investigadores
trataron de establecer entre las
viejas -guildas de paz" sajonas (frith guild) y las
llamadas
guildas "sociales" o "religiosas", con respecto a
esto puede decirse que todas eran
guildas de paz en el sentido ya dicho y todas ellas
eran
religiosas en el sentido en que la comuna aldeana
o la ciudad puesta bajo la protección
de un santo especial son sociales y religiosas. Si
la
institución de la guilda tuvo tan vasta difusión
en Asia, Africa y Europa, si sobrevivió
un milenio, surgiendo nuevamente cada vez que
condiciones similares la llamaban a la vida, se explica
porque la guilda representaba
algo considerablemente mayor que una simple
asociación para la comida conjunta, o para
concurrir a la iglesia en determinado día, o
para efectuar el entierro por cuenta común.
Respondía a
una necesidad hondamente arraigada en la naturaleza
humana; reunía en sí todos
aquellos atributos de que posteriormente se apropió
el
Estado por medio de su burocracias su policía,
y aun mucho más. La guilda era una
asociación para el apoyo mutuo "de hecho y
de consejo",
en todas las circunstancias y en todas las contingencias
de la vida; y era una
organización para el afianzamiento de la justicia,
diferenciándose
del gobierno, sin embargo, en que en lugar del elemento
formal, que era el rasgo
esencial característico de la intromisión
del Estado. Hasta
cuando el hermano de la guildas aparecía ante
el tribunal de la misma, era juzgado por
personas que le conocían bien, estaban a su
lado en el
trabajo conjunto, se habían sentado con él
más de una vez en el convite común, y juntos
cumplían toda clase de deberes fraternales;
respondía
ante hombres que eran sus iguales y sus hermanos verdaderos,
y no ante teóricos de la
ley o defensores de ciertos intereses ajenos.
Es evidente que una institución tal como la
guilda, bien dotada para la satisfacción de la
necesidad de unión, sin privar por eso al individuo
de
su independencia e iniciativa, debió extenderse,
crecer y fortalecerse. La dificultad
residía solamente en hallar una forma que permitiera
a las
federaciones de guildas unirse entre sí, sin
entrar en conflicto con las federaciones de
comunas aldeanas, y uniera unas y otras en un todo
armonioso. Y cuando se halló la forma conveniente
-en la ciudad libre- y una serie de>
circunstancias favorables dio a las ciudades la
posibilidad de declarar y afirmar su independencia,
la realizaron con tal unidad de
pensamiento, que habría de provocar admiración
aun en
nuestro siglo de los ferrocarriles, las comunicaciones
telegráficas y la imprenta.
Centenares de Cartas con las que las ciudades afirmaron
su
unión llegaron hasta nosotros; y en todas estas
Cartas aparecen las mismas ideas
dominantes, a pesar de la infinita diversidad de detalles
que dependían de la mayor o menor plenitud
de libertad. Por doquier la ciudad se
organizaba como una federación doble, de pequeñas
comunas aldeanas y de guildas.
"Todos los pertenecientes a la amistad de la ciudad
-como dice, por ejemplo, la Carta/b>
acordada en 1188 a los ciudadanos de la ciudad de
Aire, por Felipe, conde de Flandes- han prometido
y confirmado, bajo juramento, que se
ayudarán mutuamente como hermanos en todo lo
útil y
honesto; que si el uno ofende al otro, de palabra
o de hecho, el ofendido no se vengará
por sí mismo ni lo harán sus allegados...
presentará una
queja y el ofensor pagará la debida indemnización
por la ofensa, de acuerdo con la
resolución dictada por doce jueces electos
que actuarán
en calidad de árbitros. Y si el ofensor o el
ofendido, después de la tercera advertencia,
no se somete a la resolución de los árbitros,
será
excluido de la amistad como hombre depravado y perjuro.
"Todo miembro de la comuna será fiel a sus
conjurados, y les prestará ayuda y consejo
de acuerdo con lo que dicte la justicia" -así
dicen las
Cartas de Amiens y Abbeville-. "Todos se ayudarán
mutuamente, cada uno según sus
fuerzas, en los límites de la comuna, y no
permitirán que
uno tome algo a otro comunero, o que obligue a otro
a pagar cualquier clase de
contribución", leemos en las cartas de Soissons,
Compiégne,
Senlis, y de muchas otras ciudades del mismo tiempo.
"La comuna -escribió el defensor del antiguo
orden, Guilbert de Nogent- es un
juramento de ayuda mutua (mutui adjutori conjuratio)"...
"Una
palabra nueva y detestable. Gracias a ella, los siervos
(capite sensi) se liberan de toda
servidumbre; gracias a ella, se liberan del pago de
las
contribuciones que generalmente pagaban los siervos".
Esta misma ola liberadora rodó en los siglos
décimo, undécimo y duodécimo por toda
Europa, arrollando tanto las ciudades ricas como las
más pobres. Y si podemos decir que, hablando
en general, primero se liberaron las
ciudades italianas (muchas aún en el siglo
undécimo y
algunas también en el siglo décimo),
sin embargo no podemos dejar de señalar el centro
menudo, un pequeño burgo de un punto cualquiera
de Europa central se ponía a la cabeza del
movimiento de su región, y las grandes
ciudades tomaban su Carta como modelo. Así,
por ejemplo,
la Carta de la pequeña ciudad de Lorris fue
aceptada por ciudades del sureste de
Francia, y la Carta de Beaumont sirvió de modelo
a más de
quinientas ciudades y villas de Bélgica y Francia.
Las ciudades enviaban continuamente
diputados especiales a la ciudad vecina, para obtener
copia de su Carta, y sobre esa base elaboraban su
propia constitución. Sin embargo, las
ciudades no se conformaban con la simple
transcripción de las Cartas: componían
sus cartas en conformidad con las concesiones
que conseguían arrancar a sus señores
feudales;
resultando, como observó un historiador, que
las cartas de las comunas medievales se
distinguen por la misma diversidad que la arquitectura
gótica de sus iglesias y catedrales. La misma
idea dominante en todas, puesto que la
catedral de la ciudad representaba simbólicamente
la
unión de las parroquias o de las comunas pequeñas
y de las guildas en la ciudad libre, y
en cada catedral había una infinita riqueza
de
variedad en los detalles de su ornamento.
El punto más esencial para las ciudades que
se liberaban era su jurisdicción propia, que
implicaba también la administración
propia. Pero la
ciudad no era simplemente una parte "autónoma"
del Estado -tales palabras ambiguas
no habían sido inventadas-, constituía
un Estado por sí
mismo. Tenía derecho a declarar la guerra y
negociar la paz, el derecho de establecer
alianzas con sus vecinos y de federarse con ellos.
Era
soberana en sus propios asuntos y no se inmiscuía
en los ajenos.
El poder político supremo de la ciudad se encontraba,
en la mayoría de los casos,
íntegramente en manos de la asamblea popular
(forum)
democrática, como sucedía, por ejemplo,
en Pskof, donde la viéche enviaba y recibía los
embajadores, concluía tratados, invitaba y
expulsaba
a los knyaziá, o prescindía por completo
de ellos durante décadas enteras. 0 bien, el alto
poder político era transferido a manos de algunas
familias notables, comerciantes o hasta de nobles;
o era usurpado por ellos, como
sucedía en centenares de ciudades de Italia
y Europa
central. Pero los principios fundamentales continuaban
siendo los mismos: la ciudad era
un Estado y, lo que es quizá aún más
notable, si el
poder de la ciudad había sido usurpado, o se
habían apropiado paulatinamente de él la
aristocracia comercial o hasta la nobleza, la vida
interior de la ciudad y el carácter democrático
de sus relaciones cotidianas sufrían por
ello poca mengua: dependía poco de lo que se
puede
llamar forma política del Estado.
El secreto de esta contradicción aparente reside
en que la ciudad medieval no era un
Estado centralizado. Durante los primeros siglos de
su
existencia, la ciudad apenas se podía llamar
Estado, en cuanto se refería a su
organización interna, puesto que la edad media,
en general, era
ajena a nuestra centralización moderna de las
funciones, como también a nuestra
centralización de las provincias y distritos
en manos de un
gobierno central. Cada grupo tenía, entonces,
su parte de soberanía.
Comúnmente la ciudad estaba dividida en cuatro
barrios, o en cinco, seis o siete kontsi
(sectores) que irradiaban de un centro donde estaba
situada la catedral y a menudo la fortaleza (krieml).
Y cada barrio o koniets en general
representaba un determinado género de comercio
o
profesión que predominaban en él, a
pesar de que en aquellos tiempos en cada barrio o
koniets podían vivir personas que ocupaban
diferentes posiciones sociales y que se entregaban
a diversas ocupaciones: la nobleza,
los comerciantes, los artesanos y aún los semisiervos.
Cada koniets o sector, sin embargo, constituía
una unidad enteramente independiente.
En Venecia, cada isla constituía una comuna
política
independiente, que tenía su organización
propia de oficios y comercios, su comercio de
sal y pan, su administración y su propia asamblea
popular o forum. Por esto, la elección por
toda Venecia de uno u otro dux, es decir, el
jefe militar y gobernador supremo, no alteraba la
independencia interior de cada una de estas comunas
individuales.
En Colonia, los habitantes se dividían en Geburschaften
y Heimschaften (viciniae), es
decir, guildas vecinales cuya formación data
del
periodo de los francos, y cada una de estas guildas
tenía en juez (Burgrichter) y los doce
jurados electos corrientes (Schóffen), -su
Vogt
(especie de jefe policial) y su greve o jefe de la
milicia de la guilda.
La historia del Londres antiguo, antes de la conquista
normanda del siglo XII, dice
Green, es la historia de algunos pequeños grupos,
dispersos en una superficie rodeada por los muros
de la ciudad, y donde cada grupo se
desarrollaba por sí solo, con sus instituciones,
guildas,
tribunales, iglesias, etc.; sólo poco a poco
estos grupos se unieron en una confederación
municipal. Y cuando consultamos los anales de las
ciudades rusas, de Novgorod y de Pskof, que se distinguen
tanto los unos como los otros
por la abundancia de detalles puramente locales, nos
enteramos de que también los kontsi, a su vez,
consistían en calles (ulitsy)
independientes, cada una de las cuales, a pesar de
que estaba
habitada preferentemente por trabajadores de un oficio
determinado, contaba, sin
embargo, entre sus habitantes también comerciantes
y
agricultores, y constituía una comuna separada.
La ulitsa asumía la responsabilidad
comuna¡ por todos sus miembros, en caso de delito.
Poseía tribunal y administración propios
en la persona de los magistrados de la calle
(ulitchánske stárosty) tenía
sello propio (el símbolo del
poder estatal) y en caso de necesidad, se reunía
su viéche (asamblea) de la calle. Tenía,
por último, su propia milicia, los sacerdotes
que ella
elegía, y tenía su vida colectiva propia
y sus empresas colectivas. De tal modo, la ciudad
medieval era una federación doble: de todos
los jefes
de familia reunidos en pequeñas confederaciones
territoriales -calle, parroquia, koniets-
y de individuos unidos por un juramento común
en
guildas, de acuerdo con sus profesiones. La primera
federación era fruto del crecimiento
subsiguiente, provocado por las nuevas condiciones.
En esto residía toda la esencia de la organización
de las ciudades medievales libres, a las
que debe Europa el desarrollo esplendoroso
tomado por su civilización.
El objeto principal de la ciudad medieval era asegurar
la libertad, la administración
propia y la paz; y la base principal de la vida de
la ciudad,
como veremos en seguida, al hablar de las guildas
artesanos, era el trabajo. Pero la
"producción- no absorbía toda la atención
del economista
medieval. Con su espíritu práctico comprendía
que era necesario garantizar el
"consumo" para que la producción fuera posible;
y por esto el
proveer a "la necesidad común de alimento y
habitación para pobres y ricos- (gemeine
notdurft und gemach armer und richer), era el
principio fundamental de toda ciudad. Estaba terminantemente
prohibido comprar
productos alimenticios y otros artículos de
primera
necesidad (carbón, leña, etc.) antes
de ser entregados al mercado, o comprarlos en
condiciones especialmente favorables -no accesibles
a
otros-, en una palabra, el preempcio, la especulación.
Todo debía ir primeramente al
mercado, y allí ser ofrecido para que todos
pudieran
comprar hasta que el sonido de la campana anunciara
la clausura del mercado. Sólo
entonces podía el comerciante minorista comprar
los
productos restantes: pero aun en este caso, su beneficio
debía ser "un beneficio
honesto". Además, si un panadero, después
de la clausura
del mercado, compraba grano al por mayor, entonces
cualquier ciudadano tenía derecho
a exigir determinada cantidad de este grano
(alrededor de medio quarter) al precio por mayor si
hacía tal demanda antes de la
conclusión definitiva de la operación;
pero, del mismo modo,
cualquier panadero podía hacer la demanda si
un ciudadano compraba centeno para la
reventa. Para moler el grano bastaba con llevarlo
al
molino de la ciudad, donde era molido por turno, a
un precio determinado; se podía
cocer el pan en el four banal, es decir, el horno
comunal.
En una palabra, si la ciudad sufría necesidad,
la sufrían entonces más o menos todos;
pero, aparte de tales desgracias, mientras existieron
las
ciudades Ubres, dentro de sus muros nadie podía
morir de hambre. como sucede
demasiado a menudo en nuestra época.
Además, todas estas reglas datan ya del período
más avanzado de la vida de las
ciudades, pues al principio de su vida las ciudades
libres
generalmente compraban por sí mismas todos
los productos alimenticios para el
consumo de los ciudadanos. Los documentos publicados
recientemente por Charles Gross contienen datos plenamente
precisos sobre este punto,
y confirman su conclusión de que las cargas
de
productos alimenticios llegadas a la ciudad "eran
compradas por funcionarios civiles
especiales, en nombre de la ciudad, y luego distribuidas
entre los comerciantes burgueses, y a nadie se permitía
comprar mercancía descargada
en el puerto a menos que las autoridades
municipales hubieran rehusado comprarla. Tal era -agrega
Gross- según parece, la
práctica generalizada en Inglaterra, Irlanda,
Gales y
Escocia. Hasta en el siglo XVI vemos que en Londres
se efectuaba la compra común de
grano -para comodidad y beneficio en todos los
aspectos, de la ciudad y del Palacio de Londres y
de todos los ciudadanos y habitantes
de ella en todo lo que de nosotros depende", como
escribía el alcalde en l565.
En Venecia, todo el comercio de granos, como se sabe
bien ahora, se hallaba en manos
de la ciudad, y de los "barrios", al recibir el grano
de
la oficina que administraba la importación,
debían distribuir por las casas de todos los
ciudadanos del barrio la cantidad que corresponda
a
cada uno. En Francia, la ciudad de Amiens compraba
sal y la distribuía entre todos los
ciudadanos al precio de compra; y aún en la
época
presente encontramos en muchas ciudades francesas
las halles que antes eran el depósito
municipal para el almacenamiento del grano y de
la sal. En Rusia, era esto un hecho corriente en Novgorod
y Pskof.
Necesario es decir que toda esta cuestión de
las compras comunales para consumo de
los ciudadanos y de los medios con que eran
realizadas no ha recibido aún la debida atención
de parte de los historiadores; pero aquí
y allá se encuentran hechos muy instructivos
que
arrojan nueva luz sobre ella. Así, entre los
documentos de Gross existe un reglamento
de la ciudad de Kilkenny, que data del año
1367, y por
este documento nos enteramos de qué modo se
establecían los precios de las
mercaderías. "Los comerciantes y los marinos
-dice Gross-
debían mostrar, bajo juramento, el precio de
compra de su mercadería y los gastos
originados por el transporte. Entonces el alcalde
de la
ciudad y dos personas honestas fijaban el precio (named
the price) a que debía venderse
la mercadería." La misma regla se observaba
en
Thurso para las mercaderías que llegaban "por
mar y por tierra". Este método "de fijar
precio" armoniza tan justamente con el concepto que
sobre el comercio predominaba en la Edad Media que
debe haber sido corriente. El que
una tercera persona fijara el precio era costumbre
muy antigua; y para todo género de intercambio
dentro de la ciudad indudablemente se
recurría muy a menudo a la determinación
del precio,
no por el vendedor o el comprador, sino por una tercera
persona -una persona
"honesta"-. Pero este orden de cosas nos remonta a
un período
aún más antiguo de la historia del comercio,
precisamente al período en que todo el
comercio de productos importantes era efectuado por
la
ciudad entera, y los compradores eran sólo
comisionistas apoderados de la ciudad para
las ventas de la mercadería que ella exportaba.
Así el
reglamento de Waterford, publicado también
por Gross, dice que "todas las
mercaderías, de cualquier género que
fueran... debían ser
compradas por el alcalde (el jefe de la ciudad) y
los ujieres (balives), designados
compradores comunales (para la ciudad) para el caso,
y
debían ser distribuidas entre todos los ciudadanos
libres de la ciudad (exceptuando
solamente las mercancías propias de los ciudadanos
y
habitantes libres"). Este estatuto apenas se puede
interpretar de otro modo que no sea
admitiendo que todo el comercio exterior de la ciudad
era efectuado por sus agentes apoderados. Además,
tenemos el testimonio directo de
que precisamente así estaba establecido en
Novgorod
y Pskof. El soberano señor Novgorod y el soberano
señor Pskof enviaban ellos mismos
sus caravanas de comerciantes a los países
lejanos.
Sabemos también que en casi todas las ciudades
medievales de Europa central y
occidental, cada guilda de artesanos habitualmente
compraba en común todas las materias primas
para sus hermanos y vendía los productos
de su trabajo por medio de sus delegados; y apenas
es admisible que el comercio exterior no se realizara
siguiendo este orden, tanto más
cuanto que, como bien saben los historiadores, hasta
el
siglo XIII todos los compradores de una determinada
ciudad en el extranjero no sólo se
consideraban responsables, como corporación,
de las
deudas contraídas por cualquiera de ellos,
sino que también la ciudad entera era
responsable de las deudas contraídas por cada
uno de sus
ciudadanos comerciantes. Solamente en los siglos XII
y XIII las ciudades del Rhin
concertaron pactos especiales que anulaban esta caución
solidaria. Y por último, tenemos el notable
documento de Ipswich, publicado por Gross,
en el cual vemos que la guilda comercial de esta
ciudad se componía de todos aquellos que se
contaban entre los hombres libres de la
ciudad, y expresaban conformidad en pagar su cuota
(su "hanse") a la guildas, y toda la comuna juzgaba
en común cuál era el mejor modo de
apoyar a la guilda comercial y qué privilegios
debía
darle. La guilda comercial (the Merchant guild) de
Ipswich resultaba de tal modo más
bien una corporación de apoderados de la ciudad
que
una guilda común privada.
En una palabra. cuanto más conocemos la ciudad
medieval, tanto más nos convencemos
de que no era una simple organización política
para
la protección de ciertas libertades políticas.
Constituía una tentativa -en mayor escala de
lo que se había hecho en la comuna aldeana-
de unión
estrecha con fines de ayuda y apoyo mutuos, para el
consumo y la producción y para la
vida social en general, sin imponer a los hombres,
por
ello, los grillos del Estado, sino, por el contrario,
dejando plena libertad a la
manifestación del genio creador de cada grupo
individual de
hombres en el campo de las artes, de los oficios,
de la ciencia, del comercio y de la
organización política.
Hasta dónde tuvo éxito esta tentativa
lo veremos, mejor que nada, examinando en el
capítulo siguiente la organización del
trabajo en la ciudad
medieval y las relaciones de las ciudades con la población
campesina que las rodeaba.
CAPITULO VI: LA AYUDA MUTUA EN LA CIUDAD MEDIEVAL
Las ciudades medievales no estaban organizadas según
un plano trazado de antemano
por voluntad de algún legislador extraño
a la
población: Cada una de estas ciudades era fruto
del crecimiento natural, en el sentido
pleno de la palabra- era el resultado, en constante
variación de la lucha entre diferentes fuerzas,
que se ajustaban mutuamente una y otra
vez, de conformidad con la fuerza viva de cada una
de
ellas, y también según las alternativas
de la lucha y según el apoyo que hallaban en el
medio que las circundaba. Debido a esto, no se hallarán
dos ciudades cuya organización interna y cuyos
destinos históricos fueran idénticos; y
cada una de ellas, -tomada en particular-, cambia
su
fisonomía de siglo en siglo. Sin embargo, si
echamos un vistazo amplio sobre todas las
ciudades de Europa, las diferencias locales y
nacionales desaparecen y nos sorprendemos por la similitud.
asombrosa que existe entre
todas ellas, a pesar de que cada una de ellas se
desarrolló por sí misma, independientemente
de las otras, y en condiciones diferentes.
Cualquiera pequeña ciudad del Norte de Escocia,
poblada por trabajadores y pescadores pobres, o las
ricas ciudades de Flandes, con su
comercio mundial, con su lujo, amor a los placeres
y
con su vida animada; una ciudad italiana enriquecida
por sus relaciones con Oriente y
que elaboró dentro de sus muros un gusto artístico
refinado y una civilización refinada, y, por
último, una ciudad pobre, de la región
pantanosolacustre de Rusia, dedicada principalmente
a la
agricultura, parecería que poco tienen de común
entre sí. Y, sin embargo, las líneas
dominantes de su organización y el espíritu
de que están
impregnadas asombran por su semejanza familiar.
Por doquier hallamos las mismas federaciones de pequeñas
comunas o parroquias o
guildas; los mismos "suburbios" alrededor de la
"ciudad" madre; la misma asamblea popular; los mismos
signos exteriores de
independencia; el sello, el estandarte,, etc. El protector
(defensor) de la ciudad bajo distintas denominaciones,
y distintos ropajes, representa a
una misma autoridad defendiendo los mismos
intereses; el abastecimiento de víveres, el
trabajo, el comercio, están organizados en las
mismas líneas generales; los conflictos interiores
y
exteriores nacen de los mismos motivos; más
aún, las mismas consignas desplegadas
durante estos conflictos y hasta las fórmulas
utilizadas
en los anales de la ciudad, ordenanzas, documentos,
son las mismas; y los monumentos
arquitectónicos, ya sean de estilo gótico,
romano o
bizantino, expresan las mismas aspiraciones y los
mismos ideales; estaban concebidos
para expresar el mismo pensamiento y se construían
del mismo modo. Muchas disimilitudes son simplemente
el resultado de las diferencias
de edad de dos ciudades, y esas disimilitudes entre
ciudades de la misma región, por ejemplo, Pskof
y Novgorod, Florencia y Roma, que
tenían un carácter real, se repiten
en distintas partes de
Europa. La unidad de la idea dominante y las razones
idénticas del nacimiento allanan
las diferencias aparecidas como resultado del clima,
de
la posición geográfica, de la riqueza,
del lenguaje y de la religión. He aquí por qué
podemos hablar de la ciudad medieval en general, como
de
una fase plenamente definida de la civilización;
y a pesar de que son de desear en grado
superlativo las investigaciones que señalen
las
particularidades locales. e individuales de las ciudades,
podemos, no obstante, señalar.
los rasgos. principales del desarrollo que eran
comunes a todas ellas.
No cabe duda alguna de que la protección que
habitual y universalmente se acordaba al
mercado, ya desde las primeras épocas bárbaras,
desempeñó un papel importante, a pesar
de no ser exclusivo, en la obra de la liberación
de las ciudades medievales. Los bárbaros del
período antiguo no conocían el comercio
dentro de, sus comunas aldeanas; comerciaban
solamente con los extranjeros en ciertos lugares
determinados y ciertos días fijados de antemano.
Y para que el extranjero, pudiera
presentarse en el lugar de trueque, sin riesgo de
ser muerto
en cualquier altercado sostenido por dos clanes, a
causa de una venganza de sangre, el
mercado se ponía siempre bajo la protección
especial de todos los clanes. También era inviolable,
como el lugar de veneración
religiosa bajo cuya sombra se organizaba generalmente.
Entre los kabilas, el mercado hasta ahora es anaya,
lo mismo que el sendero por el cual
las mujeres acarrean el agua de los pozos; no era
posible aparecer armado en el mercado ni en el sendero,
ni siquiera durante las guerras
intertribales. En la época medieval, el mercado
gozaba por lo común exactamente de la misma
protección. La venganza tribal nunca
debía proseguirse hasta la plaza donde se reunía
el
pueblo con propósitos de comerciar, y, del
mismo modo, en determinado radio
alrededor de esta plaza; y si en la abigarrada multitud
de
vendedores y compradores se producía alguna
riña, era menester someterla al examen
de aquéllos bajo cuya protección se
encontraba el
mercado; es decir, al tribunal de la comuna, o al
juez del obispado, del señor feudal o
del rey. El extranjero que se presentara con fines
comerciales era huésped, y hasta usaba este
hombre; en el mercado era inviolable. Hasta
el barón feudal, que sin escrúpulos
despojaba a los
comerciantes en el camino real, trataba con respeto
al Weichbild, la señal de la
asamblea popular, es decir, la pértiga que
se elevaba en la
plaza del mercado, en cuyo tope se hallaban las armas
reales! o un guante de caballero,
o la imagen del santo local, o simplemente la cruz,
según estuviera el mercado bajo la protección
del rey, de la asamblea popular, viéche, o
de la iglesia local.
Es fácil comprender de qué modo el poder
judicial propio de la ciudad, pudo originarse
en el poder judicial especial del mercado, cuando
este
poder fue cedido, de buen grado o no, a la ciudad
misma. Es comprensible, también,
que tal origen de las libertades urbanas, cuyas huellas
se
pueden seguir en muchos casos, imprimió tu
seno inevitablemente. a su desarrollo
ulterior. Dio el predominio a la parte comercial de
la
comuna. Los burgueses que poseían en aquellos
tiempos una casa en la ciudad y que
eran copropietarios de las tierras de ella, muy a
menudo
organizaban entonces una guilda comercial, la cual
tenía en sus manos también el
comercio de la ciudad, y a pesar de que al principio
cada
ciudadano, pobre o rico, podía ingresar en
la guilda comercial, y hasta el comercio
mismo era efectuado en interés de toda la ciudad,
por
medio de sus apoderados, no obstante la guilda comercial
paulatinamente se convertía
en un género de corporación privilegiada.
Llena de
celo, no admitió en sus filas a la población
advenediza, que pronto comenzó a afluir a
las ciudades libres y todas las ventajas derivadas
del
comercio las conservaban en beneficio de unas pocas
"familias" (les familles, los
staroyíby, viejos habitantes) que eran ciudadanos
cuando la
ciudad proclamó su independencia. De tal modo,
evidentemente, amenazaba el peligro
del surgimiento de una oligarquía comercial.
Pero, ya
en el siglo X, y aún más, en los siglos
XI y XII, los oficios principales también se
organizaban en guildas, que en la mayoría de
los casos podían
limitar las tendencias oligárquicas de los
comerciantes.
La guilda de artesanos de aquellos tiempos, generalmente
vendía por sí misma los
productos que sus miembros elaboraban, y compraban
en
común las materias primas para ellos, y de
este modo sus miembros eran, al mismo
tiempo, tanto comerciantes corno artesanos. Debido
a
esto, el predominio alcanzado por las viejas guildas
de artesanos desde el principio
mismo de la vida libre de las ciudades dio al trabajo
de
artesano aquella elevada posición que ocupó
posteriormente en la ciudad. En realidad,
en la ciudad medieval, el trabajo del artesano no
era
signo de posición social inferior, por lo contrario,
no sólo conservaba huellas del
profundo respeto con que se le trataba antes, en la
comuna
aldeana, sino que el rápido desarrollo de la
habilidad artística en la producción de todos
los oficios: de la joyería, del tejido, de
la cantería, de la
arquitectura, etcétera, hacía que todos
los que estaban en el poder en las repúblicas
libres de aquella época, trataran con profundo
respeto
personal al artesano-artista.
En general, el trabajo manual se consideraba en: los
"misterios" (artiéti, guildas)
medieval es como un deber piadoso hacia los
conciudadanos, corno una función (Amt) social,
tan honorable corno cualquier otra. La
idea de "justicia" con respecto a la comuna y de
"verdad" con respecto al productos y al consumidor,
que nos parecería tan extraña en
nuestra época, entonces impregnaba todo el
proceso de
producción y trueque. El trabajo del curtidor,
calderero, zapatero, debía ser "justo",
Concienzudo escribían entonces. La madera,
el cuero o los
hilos utilizados por los artesanos, debían
ser "honestos"; el pan debía ser amasado "a
conciencia", etcétera. Transportado este lenguaje
a
nuestra vida moderna, aparecerá artificioso
y afectado; pero entonces era
completamente natural y estaba desprovisto de toda
afectación,
pues que el artesano medieval no producía para
un comprador que no conocía, no
arrojaba sus mercancías en un mercado desconocido;
antes
que nada producía para su propia guilda, que
al principio vendía ella misma, en su
cámara de tejedores, de cerrajeros, etcétera,
la mercancía
elaborada por los hermanos de la guilda; para una
hermandad de hombres en la que
todos se conocían, en la que todos conocían
la técnica
del oficio y, al estabais el precio al producto, cada
uno podía apreciar la habilidad
puesta en la producción de un objeto determinado
y el
trabajo empleado en él. Además, no era
un, productor aislado que ofrecía a la comuna la
mercancía pala la compra, la ofrecía
la guilda; la
comuna misma, a su vez, ofrecía a la hermandad
de las comunas confederadas aquellas
mercancías que eran exportadas por ella y por
cuya
calidad respondía ante ellas.
Con tal organización para cada oficio, era
cuestión de amor propio no ofrecer mercancía
de calidad inferior; los defectos técnicos
de la
mercancía o adulteraciones afectaban a toda
la comuna, pues, según las palabras de una
ordenanza, "destruyen la confianza pública"
De tal
modo la producción era un deber social y estaba
puesta bajo el control de toda las
amitas -de toda la hermandad-; debido a lo cual, el
trabajo
manual, mientras existieron las ciudades libres, no
podía descender a la posición inferior
a la cual, a menudo, llega ahora.
LA diferencia entre el maestro y el aprendiz, o entre
el maestro y el. medio oficial
(compayne, Geselle) ha existido ya desde la época
misma
del establecimiento de las ciudades medievales libres;
pero al principio esta diferencia
era sólo diferencia de edad y de grado de habilidad,
y
no de autoridad y riqueza. Después de haber
estado siete años como aprendiz y de haber
demostrado conocimiento y capacidad en un
determinado oficio, por medio de una obra hecha especialmente,
el aprendiz se
convertía, en maestro a su vez. Y solamente
bastante más
tarde, en e! siglo XVI, cuando la autoridad real ya
había destruido la organización de la
ciudad y de los artesanos, se podía llegar
a maestro
simplemente por herencia o en virtud de la riqueza.
Pero ésta ya era la época de la
decadencia general de la industria y del arte de la
Edad
Media.
En el primer período, floreciente, de las ciudades
medievales, no había en ellas mucho
lugar para el trabajo alquilado y para los alquiladores
individuales. El trabajo de los tejedores, armeros,
herreros, panaderos, etcétera,
efectuábase para la guilda y la ciudad; y cuando
en los oficios
de la construcción se alquilaban artesanos
extraños, éstos trabajaban como corporación
temporal (como se observa también en la época
presente en los artiéli rusos) cuyo trabajo
se pagaba a todo el artiél, en bloque. El trabajo
para un patrón individual empezó a extenderse
más
tarde; pero también en estas circunstancias
se pagaba al trabajador mejor de lo que se
paga ahora, aun en Inglaterra, y considerablemente
mejor de lo que se pagaba comúnmente en toda
Europa en la primera mitad del siglo
XIX. Thorold Rogers hizo conocer este hecho en grado
suficiente a los lectores ingleses; pero es menester
decir lo mismo de la Europa
continental, como lo demuestran las investigaciones
de Falke
y Schónberg, y también muchas indicaciones
ocasionales. Aún en el siglo XV, el
albañil, carpintero o herrero, recibía
en Amiens un salario
diario a razón de cuatro sols, que correspondían
a 48 libras de pan o a una octava parte
de un buey pequeño (bouverd). En Sajonia, el
salario
de un Geselle (medio oficial) en el oficio de la construcción
era tal que, expresándonos
con las palabras de Falke, el obrero podía
comprar con
su sueldo de seis días tres ovejas y un par
de botas. Las ofrendas de los obreros
(Geselle) en los distintos templos son también
testimonios
de su relativo bienestar, sin hablar ya de las ofrendas
suntuosas de algunas guildas de
artesanos y de sus gastos para las festividades y
sus
procesiones pomposas. Realmente, cuanto más
estudiamos las ciudades medievales,
tanto más nos convencemos que nunca el trabajo
ha
sido tan bien pagado y ha gozado de respeto general
como en la época en que la vida de
las ciudades libres se hallaba en su punto máximo
de desarrollo. Más aún. No sólo,
muchas aspiraciones de nuestros radicales modernos
habían sido realizadas ya en la Edad media,
sino que
hasta mucho de lo que ahora se considera utópico
se aceptaba entonces como algo
completamente natural. Se burlan de nosotros cuando
decimos que el trabajo debe ser agradable, pero, según
las palabras de la ordenanza de
la Edad Media de Kuttenberg, "cada uno debe hallar
placer en su trabajo y nadie debe, pasando el tiempo
en holganza (mit nichts thun),
apropiarse de lo que ha sido producido con la aplicación
y
el trabajo ajeno, pues las leyes deben ser un escudo
para la defensa de la aplicación y
del trabajo". Y entre todas las charlas modernas sobre
la jornada de ocho horas de trabajo, no sería
inoportuno recordar la ordenanza de
Fernando I, relativa a las minas imperiales de carbón;
según
esta ordenanza se establece la jornada de trabajo
del minero en ocho horas "como se ha
hecho desde antiguo" (wie vor Alters herkommen), y
que estaba completamente prohibido trabajar después
del medio día del sábado . Una
jornada de trabajo más larga era muy rara,
dice
Janssen, mientras que se daban con bastante frecuencia
las más cortas. Según las
palabras de Rogers, en Inglaterra, en el siglo XV,
los
trabajadores trabajaban solamente cuarenta y ocho
"horas por semana". El semiferiado
del sábado, que consideramos una conquista
moderna, en realidad era una antigua institución
medieval; era ese el día de baño de una
parte considerable de los miembros de la comuna, y
los jueves, después del mediodía, lo
era para todos los medios oficiales (Geselle). Y a
pesar de que en aquella época no existían
aun los
comedores escolares -probablemente porque no enviaban
hambrientos los niños a la
escuela- se había establecido, en diversas
ciudades, el
distribuir dinero a los niños para el baño,
si este gasto constituía una carga para sus
padres.
En cuanto a los congresos de trabajadores, eran un
fenómeno corriente en la Edad
Media. En algunas partes de Alemania, los artesanos
de
un mismo oficio, pero que pertenecían a diferentes
comunas, generalmente se reunían
para determinar el plazo del aprendizaje, el salario,
la
condición del viaje por su país, que
se consideraba entonces obligatorio para todo
trabajador que había terminado su aprendizaje,
etcétera. En
el año 1572, las ciudades que pertenecían
a la liga hanseática formalmente reconocían a
los artesanos el derecho de reunirse periódicamente
en asamblea y adoptar cualquier género de resoluciones,
siempre que estas últimas no se
opusieran a las ordenanzas de las ciudades, que
determinaban la calidad de las mercancías.
Es sabido que tales congresos de
trabajadores, en parte internacionales (como la misma
Hansa),
eran convocados por los panaderos, fundadores, curtidores,
herreros, espaderos,
toneleros.
La organización de las guildas requería,
naturalmente, una supervisión cuidadosa de
ellas sobre los artesanos, y para este fin se designaban
jurados especiales. Es notable, sin embargo, el hecho
de que mientras las ciudades
llevaban una vida libre, no se oían quejas
sobre
supervisión; mientras que cuando el Estado
intervino y confiscó la propiedad de las
guildas y violó su independencia en beneficio
de su propia
burocracia, las quejas se hicieron simplemente innumerables.
Por otra parte, el enorme
progreso en el campo de todas las artes, alcanzado
bajo el sistema de la guilda medieval, es la mejor
demostración de que este sistema no
era un obstáculo para el desarrollo de la iniciativa
personal. El hecho es que la guilda medieval, como
la parroquia medieval, la ulitsa o el
koniets, no era una Corporación de ciudadanos
puestos bajo en control de los funcionarios del Estado;
era una confederación de todos
los hombres unidos para una determinada producción,
y en su composición entraban compradores jurados
de materias primas, vendedores de
mercancías manufacturadas y maestros artesanos,
medio oficiales, compaynes y aprendices. Para la organización
interna de una
determinada producción, la asamblea de todas
estas personas
era soberana, mientras no afectara a las otras guildas,
en cuyo caso el asunto se sometía
a la consideración de la guilda de las guildas,
es
decir, de la ciudad. Aparte de las funciones recién
indicadas, la guilda representaba aún
algo más. Tenía su jurisdicción
propia, es decir, el
derecho propio de justicia en sus asuntos, y su propia
fuerza armada; tenía sus
asambleas generales o viéche, propias tradiciones
de lucha,
gloria e independencia, y sus relaciones propias con
las otras guildas del mismo oficio u
ocupación de otras ciudades. En una palabra,
llevaba
una vida orgánica plena, que provenía
de que abrazaba en un conjunto la vida toda de
esta unión. Cuando la ciudad era convocada
a las urnas,
la guilda marchaba como una compañía
separada (Schaar), equipada con las armas que
le pertenecían (y en una época más
avanzada, con
sus cañones propios, adornados amorosamente
por la guilda), bajo el mando de los jefes
elegidos por ella misma. En una palabra, la guilda
era la misma unidad independiente, era la federación,
como lo era la república de Uri, o
Ginebra, cincuenta años atrás, en la
confederación
suiza. Por esta razón, comparar las guildas
con los sindicatos modernos o las uniones
profesionales, despojados de todos los atributos de
la
soberanía del Estado y reducidos al cumplimiento
de dos o tres funciones secundarias,
es tan irrazonable corno comparar Florencia y Brujas
con cualquier comuna aldeana francesa que arrastra
una vida desgraciada, bajo la
opresión del prefecto y del código napoleónico,
o con una
ciudad rusa administrada según las ordenanzas
municipales de Catalina II. La aldehuela
francesa y la ciudad rusa tienen también su
alcalde
electo, como lo tenían Florencia y Brujas,
y la ciudad rusa hasta tenía las corporaciones
de aduanas; pero la diferencia entre ellos es toda
la
diferencia que existe entre Florencia, por una parte,
y cualquier aldehuela de Fontenayles
Oises, en Francia, o Tsarevokokshaisk, por otra; o
bien, entre el dux veneciano y el alcalde de aldea
moderno, que se inclina ante el
escribiente del señor subprefecto.
Las guildas de la Edad Media estaban en condición
de sostener su independencia, y
cuando más tarde especialmente en el siglo
XIV, debido
a varias razones que indicaremos en seguida, la antigua
vida de la ciudad empezó a
sufrir profundos cambios, entonces los oficios más
jóvenes demostraron ser lo bastante fuertes
para conquistarse, a su vez, la parte que les
correspondía en la dirección de los
asuntos de la
ciudad. Las masas organizadas en guildas "menores"
se rebelaron para arrancar el poder
de manos de la oligarquía creciente, y en la
mayoría
de los casos obtuvieron éxito, y entonces abrieron
una nueva era de florecimiento de las
ciudades libres. Verdad es que, en algunas ciudades,
la rebelión de las guildas menores fue ahogada
en sangre, y entonces se decapitó sin
piedad a los trabajadores, como sucedió en
el año 1306
m París y en 1374 en Colonia. En esos casos,
las libertades urbanas, después de tales
derrotas, se encaminaron hacia la decadencia, y la
ciudad cayó bajo el yugo del poder central.
Pero en la mayoría de las ciudades existían
fuerzas vitales suficientes como para salir de la
lucha
renovadas y con energías nuevas. Un nuevo período
de renovación juvenil fue entonces
su recompensa. Se infundió a las ciudades una
ola de
vida nueva, que halló también su expresión
en magníficos monumentos arquitectónicos
nuevos y en un- nuevo período de prosperidad,
en el
progreso repentino de la técnica y de los inventos,
y en el nuevo movimiento intelectual
que condujo pronto a la época del Renacimiento
y de la
Reforma. La vida de la ciudad medieval era una serie
completa de luchas que tenían que
librar los burgueses para obtener la libertad y
conservarla. Verdad es que durante esta dura lucha
se desarrolló la raza de los
ciudadanos fuerte y tenaz; verdad es que esta lucha
creó el
amor y la adoración por la ciudad natal y que
los grandes hechos realizados por las
comunas, medievales estaban inspirados precisamente
por este amor. Pero los sacrificios que tuvieron que
hacer las comunas en las luchas por
la libertad eran, sin embargo, muy duros, y la lucha
sostenida por las comunas introdujo fuentes profundas
de disensiones en su vida interior
misma. Muy pocas ciudades consiguieron, gracias al
concurso de circunstancias favorables, alcanzar la
libertad inmediatamente, y en la
mayoría de los casos la perdieron con la misma
facilidad.
La enorme mayoría de las ciudades hubo de luchar
durante cincuenta y cien años, y a
veces más, para alcanzar el primer reconocimiento
de
sus derechos a una vida libre, y otro siglo más
antes de que consiguieran afirmar su
libertad sobre una base sólida; las Cartas
del siglo XII
fueron solamente los primeros pasos hacia la libertad.
En realidad, la ciudad medieval
era un oasis fortificado en un país hundido
en la
sumisión feudal, y tuvo que afirmar con la
fuerza de las armas su derecho a la vida.
Debido a las razones expuestas brevemente en el capítulo
que precede, toda comuna
aldeana cayó gradualmente bajo el yugo de algún
señor
laico o clérigo. La casa de tal señor
poco a poco se transformó en castillo, y sus
hermanos de armas se convirtieron entonces en la peor
clase
de vagabundos mercenarios, siempre dispuestos a despojar
a los campesinos. A más de
la barchina, es decir, de los tres días semanales
que los campesinos debían trabajar para el
señor, imponíanles ahora iodo género de
contribuciones por todo: por el derecho de sembrar
y
cosechar por el derecho de estar triste o de alegrarse,
por el derecho de vivir, casarse y
morir. Pero lo peor de todo era que constantemente
los despojaban los hombres armados que pertenecían
a las mesnadas de los
terratenientes feudales vecinos, quienes miraban a
los
campesinos cómo si fueran familiares. del señor,
y por ello, si estallaba entre sus
señores una guerra tribal por venganza de sangre,
ejercían su
venganza sobre sus campesinos, sus ganados y sus sembrados.
Además, todos los
prados, todos los campos, todos los ríos y
caminos, todo
alrededor de la ciudad y todo hombre asentado sobre
la tierra estaban bajo la autoridad
de algún señor feudal.
El odio de los burgueses contra los terratenientes
feudales halló una expresión muy
precisa en algunas Cartas que obligaron a firmar a
sus
ex-señores. Enrique V, por ejemplo, debió
firmar, en la Carta acordada a la ciudad de
Speier, en el año 1111, que libraba a los burgueses
de
"la ley horrible e indigna de la posesión de
manomuerta, por la cual la ciudad fue
llevada a la miseria más profunda (von dem
Scheusslichen
und nichtswurdigen Gesetze, welches gemein Budel genannt
wird. Kallsen, T. I. 397 .).
En la coutume, es decir, ordenanza de la ciudad de
Bayona, existen tales líneas: "El pueblo es
anterior al señor. El. pueblo, que sobrepasa
por su número a las otras clases, deseando
la paz, creó
a los señores para frenar y reprimir a los
poderosos", etc. (Giry, Etablissements de
Rouen, T. I., 117, citado por Luchairel pág.
24). Una carta
sometida a la firma del rey Roberto no es menos característica.
Le obligaron a decir en
ella: "No robaré bueyes ni otros animales.
No me
apoderaré de los comerciantes ni les quitaré
su dinero, ni les impondré rescate. Desde la
Anunciación hasta el día de Todos los
Santos, no me
apoderaré, en los prados, de caballos, yeguas
ni potros. No incendiaré los molinos y no
robaré la harina... No prestaré protección
a los
ladrones", etc. (Pfister publicó este documento,
reproducido también por Luchaire). La
Carta "otorgada" por el obispo de Besangon, Hugues,
a
la ciudad que se había rebelado contra él,
en la cual debió enumerar todas las
calamidades causadas por sus derechos a la posesión
feudal,
no es menos característica. Se podrían
citar muchos otros ejemplos.
Conservar la libertad entre la arbitrariedad de los
barones feudales que las rodeaban
hubiera sido imposible, y por esto las ciudades libres
se
vieron obligadas a iniciar una guerra fuera de sus
muros. Los burgueses comenzaron a
enviar sus hombres para levantar a las aldeas contra
los terratenientes y dirigir la insurrección;
aceptaron a las aldeas en la organizaci6n de
sus corporaciones; y por último iniciaron la
guerra
directa contra la nobleza. En Italia, donde la tierra
estaba densamente poblada de
castillos feudales, la guerra asumió proporciones
heroicas y
era librada por ambas partes con extrema dureza. Florencia
tuvo que sostener, durante
setenta y siete años enteros guerras sangrientas
para
liberar su contado (es decir, su provincia) de los
nobles, pero, cuando la lucha se
terminó victoriosamente (en el año 1181),
hubo que empezar
de nuevo. La nobleza reunió sus fuerzas y formó
sus propias ligas en contraposición a
las ligas de las ciudades, y recibió el apoyo
creciente ya
sea de parte del emperador o del papa, y prolongó
la guerra aún ciento treinta años más.
Lo mismo sucedió en la región de Roma,
en
Lombardía, en la región de Génova,
por toda Italia.
Prodigios de valor, audacia y tenacidad fueron real
izados por los burgueses durante
estas guerras. Pero el arco y las segures de guerra
de
los artesanos de las ciudades no siempre se impusieron
a lo! caballeros vestidos de
armaduras, y muchos castillos resistieron el asedio
con
éxito, a pesar de las ingeniosas máquinas
agresivas y la tenacidad de los burgueses que
lo sitiaban. Algunas ciudades, como por ejemplo
Florencia, Bolonia y muchas otras en Francia, Alemania
y Bohemia, consiguieron
liberar a las aldeas que las rodeaban, y la recompensa
de
sus esfuerzos fue una notable prosperidad y tranquilidad.
Pero aun en estas ciudades, y
más aún en las ciudades menos poderosas
o menos
emprendedoras, los comerciantes y los artesanos, agotados
por la guerra y
comprendiendo falsamente sus propios intereses, concertaron
la
paz con lo barones, vendiéndoles, por así
decirlo, los campesinos. Obligaron al barón a
prestar juramento de lealtad a la ciudad; su castillo
fue
derruido hasta los cimientos y él dio su conformidad
para construir una casa y vivir en
la ciudad, donde se convirtió entonces en conciudadano
(combourgeois, concittadino), pero en cambio, conservó
la mayoría de sus derechos
sobre los campesinos, quienes de tal modo recibieron
sólo un alivio parcial de la carga servil que
pesaba sobre ellos. Los burgueses no
comprendieron que les era menester dar iguales derechos
de ciudadanía al campesino, en quien tenían
que confiar en materia de
aprovisionamiento de productos alimenticios para la
ciudad; y debido a
esta incomprensión entre la ciudad y la aldea
se abrió entre ellos, desde entonces, un
profundo abismo. En algunas ocasiones, los
campesinos solamente cambiaron de señores,
puesto que la ciudad compraba los
derechos al barón y los vendía en parte
a sus propios
ciudadanos. La servidumbre se mantuvo de tal modo,
y sólo considerablemente más
tarde, al final del siglo XIII, revolución
de los oficios
menores le puso fin; pero, habiendo destruido la servidumbre
personal, esta revolución,
al mismo tiempo, quitaba no pocas veces al
campesino sus tierras. Apenas es necesario agregar
que las ciudades sintieron pronto en
carne propia las consecuencias fatales de tal
política miope: la aldea se convirtió
en enemiga de la ciudad.
La guerra contra los castillos tuvo todavía
una consecuencia perniciosa más: arrojó a las
ciudades a guerras prolongadas, lo que permitió
que
se formara entre los historiadores la teoría
que estuvo en boga hasta tiempos recientes, y
según la cual las ciudades perdieron su libertad
debido a la envidia recíproca y a la lucha
entre sí. Sostenían esta teoría especialmente
los historiadores imperialistas, pero fue sacudida
fuertemente por las recientes investigaciones. Es
indudable que en Italia las ciudades
lucharon entre sí con animosidad obstinada;
pero en
ninguna parte, fuera de Italia, las guerras urbanas,
especialmente en el período antiguo,
tuvieron sus causas especiales. Fueron (como lo han
demostrado ya Sismondi y Ferrari) la prolongación
de la lucha contra los castillos, la
prolongación inevitable de la lucha del principio
del
municipio libre y federativo en contra del feudalismo,
del imperialismo y del papado; es
decir, en contra de los partidarios de la servidumbre,
apoyados unos por el emperador germano y otros por
el papa. Muchas ciudades que se
habían liberado sólo en parte del poder
del obispo,
del señor feudal o del emperador, fueron arrastradas
por la fuerza a la lucha contra las
ciudades libres, por los nobles, el emperador y la
Iglesia, cuya política tendía a no permitir
que las ciudades se unieran, y a armarlas una
contra la otra. Estas condiciones especiales (que
parcialmente se habían reflejado también
sobre Alemania) explican por qué las ciudades
italianas, de las cuales algunas buscaron el apoyo
del emperador para luchar contra el papa, otras el
de la Iglesia para luchar contra el
emperador, Pronto se dividieron en dos campos, gibelinos
y güelfos, y por qué la misma división
apareció también dentro de cada ciudad. El
enorme progreso económico alcanzado por la
mayoría de
las ciudades italianas justamente en la época
en que estas guerras estaban en su apogeo,
y la ligereza con que se concertaban las alianzas
entre las ciudades, dan una idea aún más
fiel de la lucha de las ciudades y socava más
aún la teoría arriba citada. Y en los
años 1130-1150
empezaron a formarse poderosas alianzas o ligas de
ciudades; y transcurridos algunos
años, cuando Federico Barbarroja atacó
a Italia, y,
apoyado por la nobleza y algunas ciudades retardadas
marchó contra Milán, el
entusiasmo del pueblo se despertó con fuerza
en muchas
ciudades, bajo la influencia de los predicadores populares.
Cremona, Piacenza, Brescia,
Tortona y otras se lanzaron al rescate; los
estandartes de las guildas de Verona, Padua, Vicenzia
y Trevisso, llameaban juntos en el
campamento de las ciudades contra los estandartes
del emperador y de la nobleza. El año siguiente
se formó la alianza lombarda, y sesenta
años después vemos ya que esta liga
se fortificó con
las alianzas de muchas otras ciudades, y constituyó
una organización durable que
guardaba la mitad de sus fondos de guerra en Génova
y la
mitad en Venecia. En Toscana, Florencia encabezaba
otra liga poderosa, la de Toscana,
a la que pertenecían Lucea, Bologna, Pistoia
y otras
ciudades, y la cual desempeñó un papel
importante en la derrota de la nobleza de Italia
central. Ligas más reducidas eran, en aquella
misma
época, el fenómeno más corriente.
De tal modo, es indudable que a pesar de que existía
rivalidad entre las ciudades, y no era difícil
sembrar la
discordia entre ellas, esta rivalidad no impedía
a las ciudades unirse para la defensa
común de su libertad. Solamente más
tarde, cuando cada
una de las ciudades se convirtió en un pequeño
Estado, empezaron entre ellas guerras,
como sucede siempre que los Estados comienzan a
luchar entre sí por el predominio o por las
colonias.
Ligas semejantes se formaron, con el mismo fin, en
Alemania. Cuando, bajo los
herederos de Conrado, el país se convirtió
en un campo de
interminables guerras de venganza entre los barones,
las ciudades de Westfalia
formaron una liga contra los caballeros, y uno de
los puntos
del pacto era la obligación de no dar nunca
préstamo de dinero al caballero que
continuara ocultando mercancías robadas. En
los tiempos en
que "los caballeros y la nobleza vivían de
la rapiña y mataban a quienes querían", como
dice la queja de Worms (Wormser Zorn), las ciudades
del Rhin (Mainz, Colonia, Speier, Strassbourg y Basel)
tomaron la iniciativa de formar
una liga para perseguir a los saqueadores y mantener
la
paz; pronto contó con sesenta ciudades que
habían ingresado en la alianza. Más tarde, la
liga de las ciudades de Suabia, divididas en tres
círculos de paz- (Augsburg, Constanza y Ulm)
perseguía el mismo objeto. Y a pesar de
que estas alianzas fueron rotas se prolongaron el
tiempo suficiente como para demostrar que mientras
los pretendidos pacificadores -los
reyes, emperadores y la Iglesia- fomentaban la
discordia, y ellos mismos eran impotentes contra los
rapaces caballeros, el impulso para
el establecimiento de la paz y la unión provino
de las
ciudades. Las ciudades -y no los emperadores- fueron
los verdaderos creadores de la
unión nacional.
Alianzas similares, mejor dicho, federaciones, con
fines semejantes, se organizaron
también entre las aldeas, y ahora que Luchaire
ha llamado
la atención sobre este fenómeno es de
esperar que pronto conoceremos más detalles de
estas federaciones. Sabemos que las aldeas se
unieron en pequeñas ligas en el distrito (contado)
de Florencia; también en los distritos
sometidos a Novgorod y Pskof. En cuanto a Francia,
existe el testimonio positivo de la federación
de diecisiete aldeas campesinas que ha
existido en el Laonnais durante casi cien años
(hasta el
año 1256) y que han luchado obstinadamente
por su independencia. Además, en las
vecindades de la ciudad de Laon existían tres
repúblicas
campesinas que tenían tartas juradas, según
el modelo de la Carta de Laon y Soissons, y
como sus tierras lindaban, se apoyaban mutuamente
en sus guerras de liberación. En general, Luchaire
opina que muchas de tales uniones se
formaron en Francia en los siglos XII y XIII, pero
en la
mayoría de los casos se han perdido las noticias
documentales sobre ellas.
Naturalmente, no estando protegidas por muros, como
las
ciudades, las uniones aldeanas fueron fácilmente
destruidas por los reyes y barones,
pero bajo algunas condiciones favorables, cuando
hallaron apoyo en las uniones de las ciudades, o protección
en sus montañas, semejantes
repúblicas campesinas se hicieron independientes,
como ocurrió en la Confederación Suiza.
En cuanto a las uniones concertadas por las ciudades
con fines especiales, eran un
fenómeno muy corriente. Las relaciones establecidas
en el
período de liberación, cuando las ciudades
se copiaban mutuamente las cartas, no se
interrumpieron posteriormente. A veces cuándo
los
seabini de cualquier ciudad alemana debían
pronunciar una sentencia, en un caso para
ellos nuevo y complejo, y declaraban que no podían
hallar la resolución (des Urtheiles nieht weise
zu sean), enviaban delegados a otra
ciudad con el fin de buscar una solución oportuna.
Lo
mismo sucedía también en Francia. Sabemos
también que Forli y Ravenna
naturalizaban recíprocamente a sus ciudadanos
y les daban plenos
derechos en ambas ciudades.
Someter una disputa surgida entre dos ciudades, o
dentro de la ciudad, a la resolución de
otra comuna, a la que incitaban a actuar en calidad
de árbitro, estaba también en el espíritu
de la época. En cuanto a los pactos comerciales
entre las ciudades eran cosa muy corriente. Las
uniones para la regulación de la producción
y la determinación del volumen de los
toneles utilizados en el comercio de vinos, las "uniones
de
los arenqueros", etc., fueron precursores de la gran
federación comercial de la Hansa
flamenca, y más tarde, de la gran Hansa germánica
del
Norte, en la cual ingresaron la soberana Novgorod
y algunas ciudades polacas. La
historia de estas dos vastas uniones es interesante
en
grado sumo, e instructiva, pero se requerirían
muchas páginas para relatar su vida
compleja y multiforme. Observaré, solamente,
que gracias a
las Uniones de la Edad Media hicieron más por
el desarrollo de las relaciones
internacionales, de la navegación marítima
y de los
descubrimientos marítimos que todos los Estados
de los primeros diecisiete siglos de
nuestra era.
Resumiendo lo dicho, las ligas y las uniones entre
pequeñas unidades territoriales, lo
mismo que entre los hombres que se unían con
fines
comunes en sus guildas correspondientes, y también
las federaciones entre las ciudades
y grupos de ciudades, constituyó la esencia
misma
de la vida y del pensamiento de todo este período.
Los primeros cinco siglos del
segundo milenio de nuestra era (hasta el XVI) pueden
ser
considerados, de tal modo, una colosal tentativa de
asegurar la ayuda mutua y el apoyo
mutuo en gran escala, sobre los principios de la unión
y de la colaboración, llevados a través
de todas las manifestaciones de la vida humana y
en todos los grados posibles. Este intento fue
coronado por el éxito en grado considerable.
Unió a los hombres, antes divididos, les
aseguró una libertad considerable, decuplicó
sus
fuerzas. En aquella época en que multitud de
toda clase de influencias creaban en los
hombres la tendencia a aislarse de los otros en su
célula, y existía tal abundancia de
causas de discordia, es consolador ver y observar que
las ciudades diseminadas por toda Europa tuvieran
tanto en común y que con tal presteza se unieran
para la persecución de tan numerosos
objetivos comunes. Verdad es que, al final de cuentas,
no resistieron ante, enemigos poderosos. Practicaban
ampliamente los principios de
ayuda mutua, pero, sin embargo, separándose
de los
campesinos labradores, aplicaron estos principios
a la vida de una manera que no fue
suficientemente amplia, y privadas del apoyo de los
campesinos, las ciudades no pudieron resistir la violencia
de los reinos e imperios
nacientes. Pero no perecieron debido a la enemistad
recíproca, y sus errores no fueron la consecuencia
del desarrollo insuficiente del espíritu
federativo entre ellos.
La nueva dirección tomada por la vida humana
en la ciudad de la Edad Media tuvo
enormes consecuencias en el desarrollo de toda la
civilización. A comienzos del siglo XI, las
ciudades de Europa constituían solamente
pequeños grupos de miserables chozas, que se
refugiaban alrededor de iglesias bajas y deformes,
cuyos constructores apenas si sabían
trazar un arco. Los oficios, que se reducían
principalmente a la tejeduría y a la forja,
se hallaban en estado embrionario; la ciencia
encontraba refugio sólo en algunos monasterios.
Pero
trescientos cincuenta años más tarde
el aspecto mismo de Europa cambió por completo.
La tierra estaba ya sembrada de ricas ciudades, y
estas ciudades hallábanse rodeadas por muros
dilatados y espesos que se hallaban
adornados por torres y puertas ostentosas cada una
de,
las cuales constituía una obra de arte. Catedrales
concebidas en estilo grandioso y
cubiertas por numerosos ornamentos decorativos,
elevaban a las nubes sus altos campanarios, y en su
arquitectura se manifestaba tal
audacia de imaginación y tal pureza de forma,
que
vanamente nos esforzamos en alcanzar en la época
presente. Los oficios y las artes se
elevaron a tal perfección que aun, ahora apenas
podemos decir que las hemos superado en mucho, si
no colocamos la velocidad de la
fabricación por encima del talento inventiva
del
trabajador y de la terminación de su trabajo.
Las naves de las ciudades libres surcaban
en todas direcciones el mar Mediterráneo norte
y sur;
un esfuerzo más y cruzarían el océano.
En vastas extensiones, el bienestar ocupó el
lugar de la miseria anterior; se desarrolló
y se extendió la
educación.
Junto con esto se elaboró el método
científico de investigación -positivo y natural en
lugar de la escolástica anterior- y fueron
establecidas las
bases de la mecánica y de las ciencias físicas.
Más aún: estaban preparados todos
aquellos inventos mecánicos de que tanto se
enorgullece
el siglo XIX. Tales fueron los cambios mágicos
que se habían producido en Europa en
menos de cuatrocientos años. Y las pérdidas
sufridas
por Europa cuando cayeron sus ciudades libres pueden
ser plenamente apreciadas si se
compara el siglo diecisiete con el catorce o hasta
con el trece. En el siglo dieciocho desapareció
el bienestar que distinguía a Escocia,
Alemania, las llanuras de Italia. Los caminos decayeron,
las ciudades se despoblaron, el trabajo libre se convirtió
en esclavitud, las artes se
marchitaron, y hasta el comercio decayó. .
Si tras las
ciudades medievales no hubiera quedado monumento escrito
alguno, por los cuales se
pudiera juzgar el esplendor de su vida, si hubieran
quedado tras ellas solamente los monumentos de su
arte arquitectónico, que hallamos
dispersos por toda Europa, de Escocia a Italia, y
de
Gerona, en España, hasta Breslau, en el territorio
eslavo, aun entonces podríamos decir
que la época de las ciudades independientes
fue la
del máximo florecimiento del intelecto humano
durante todos los siglos del
cristianismo, hasta el fin del siglo XVIII. Mirando,
por ejemplo, el
cuadro medieval que representa Nuremberg, con sus
decenas de torres y elevados
campanarios que llevaban en si cada una el sello del
arte
creador libre, apenas podemos imaginar que sólo
trescientos años antes Nuremberg era
únicamente un montón de chozas miserables.
Lo mismo con respecto a todas las ciudades libres
de la Edad Media, sin excepción. Y
nuestro asombro aumenta a medida que observamos
en detalle la arquitectura y los ornatos de cada una
de las innumerables iglesias,
campanarios, puertas de las ciudades y casas consistoriales,
diseminados por toda Europa, empezando por Inglaterra,
Holanda, Bélgica, Francia e
Italia, y llegando, en el Este, hasta Bohemia y hasta
las
ciudades de la Galitzia polaca, ahora muertas. No
solamente Italia -madre del arte-, sino
toda Europa, estaba repleta de semejantes
monumentos. Es extraordinariamente significativo,
además, el hecho de que de todas las
artes, la arquitectura arte social por excelencia
alcanzara en esta época el más elevado
desarrollo. Y realmente, tal desarrollo de la
arquitectura fue posible sólo como resultado
de la
sociabilidad altamente desarrollada en la vida de
entonces.
La arquitectura medieval alcanzó tal grandeza
no sólo porque era el desarrollo natural
de un oficio artístico, como insistió
sobre esto
justamente Ruskin; no solamente porque cada edificio
y cada ornato arquitectónico
fueron concebidos por hombres que conocían
por la
experiencia de sus propias manos cuáles efectos
artísticos pueden producir la piedra, el
hierro, el bronce o simplemente las vigas y el
cemento mezclado con guijarros; no sólo porque
cada monumento era el resultado de la
experiencia colectiva reunida, acumulada en cada
arte u oficio, la arquitectura medieval era grande
porque era la expresión de una gran
idea. Como el arte griego, surgió de la concepción
de la
fraternidad y unidad alentadas por la ciudad. Poseía
una audacia que pudo ser lograda
sólo merced a la lucha atrevida de las ciudades
contra
sus opresores y vencedores; respiraba energía
porque toda la vida de la ciudad estaba
impregnada de energía. La catedral o la casa
consistorial de la ciudad encarnaba, simbolizaba,
el organismo en el cual cada albañil y
picapedrero eran constructores. El edificio medieval
nunca constituía el designio de un individuo,
para cuya realización trabajan miles de
esclavos, desempeñando un trabajo determinado
por una
idea ajena: toda la ciudad tomaba parte en su construcción.
El alto campanario era parte
de un gran edificio; en el que palpitaba la vida de
la
ciudad; no estaba colocado sobre una plataforma que
no tenla sentido como la torre
Eiffel de París; no era una construcción
falsa, de piedra:
erigida con objeto de ocultar la fealdad del armazón
de hierro que le servía de base,
como fue hecho recientemente en el Towér Bridge,
Londres. Como la Acrópolis de Atenas, la catedral
de la ciudad medieval tenía por
objeto glorificar las grandezas de la ciudad victoriosa;
encarnaba y espiritualizaba la unión de los
oficios, era la expresión del sentimiento de
cada ciudadano, que se enorgullecía de su ciudad,
puesto que era su propia creación. No raramente
ocurría también que la ciudad,
habiendo realizado con éxito la segunda: resolución
de los
oficios menores, comenzaba a construir una nueva catedral
con objeto de expresar la
unión nueva, más profunda y amplia,
que había
aparecido en su vida.
Las catedrales y casas consistoriales de la Edad Media
tienen un rasgo asombroso más.
Los recursos efectivos con que las ciudades
empezaron sus grandes construcciones solían
secar en la mayoría de los casos,
desproporcionadamente reducidos. La catedral de Colonia,
por ejemplo, fue iniciada con un desembolso anual
de 500 marcos en total; una
donación de 100 marcos se inscribió
como dádiva importante.
Hasta cuando la obra se aproximaba a su fin, el gasto
anual apenas avanzaba a 5.000
marcos, y nunca sobrepasó los 14.000. La catedral
de
Basilea fue construida con los mismos insignificantes
medios. Pero cada corporación
ofrendaba para su monumento común tu parte
de
piedra de trabajo y de genio decorativo. Cada guilda
expresaba en ese momento sus
opiniones políticas, refiriendo, en la piedra
o el bronce,
la historia de la ciudad, glorificando los principios
de libertad, igualdad y fraternidad;
ensalzando a los aliados de la ciudad y condenando
al
fuego eterno a sus enemigos. Y cada guilda expresaba
su amor al monumento común
ornándolo ricamente con ventanas y vitrales,
pinturas,
"con puertas de iglesia dignas de ser las puertas
del cielo" -según la expresión de
Miguel Angel- o con ornatos de piedra en todos los
más
pequeños rincones de la construcción.
Las pequeñas ciudades, y hasta las más pequeñas
parroquias, rivalizaban en este género de trabajos
con las grandes ciudades, y las catedrales de Lyon
o de Saint Ouen apenas ceden a la
catedral de Reims, a la Casa Consistorial de Bremen
o
al campanario del Consejo Popular de Breslau. "Ninguna
obra debe ser comenzada por
la comuna si no ha sido concebida en consonancia
con el gran corazón del la comuna, formada
por los corazones de todos sus ciudadanos,
unidos en una sola voluntad común" -tales eran
las
palabras del Consejo de la Ciudad, en Florencia-;
y este espíritu se manifiesta en todas
las obras comunales que están destinadas a
la utilidad
pública, como por, ejemplo, en los canales,
las terrazas, los plantíos de viñedos y
frutales alrededor de Florencia, o en los canales
de regadío
que atravesaban las llanuras de Lombardía,
en el puerto y en el acueducto de Génova, y,
en suma, en todas las construcciones comunales que
se emprendían en casi todas las ciudades
Todas las artes tenían el mismo éxito
en las ciudades medievales, y nuestras
adquisiciones actuales en este campo, en la mayoría
de los
casos, no. son nada más que la prolongación
de lo que había crecido entonces. El
bienestar de las ciudades flamencas se fundaba en
la
fabricación de los finos tejidos de lana.,
Florencia, a comienzos del siglo XIV hasta la
epidemia de la "muerte negra", fabricaba de 70.000
a
100.000 piezas de lana, que se evaluaban en 1.200.000
florines de oro. El cincelado de
metales preciosos, el arte de la. fundición,
la forja
artística del hierro, fueron creación
de las guildas medievales (misterios), que
alcanzaron en sus respectivos dominios todo cuanto
se podia
lograr mediante el trabajo manual, sin, recurrir a
la ayuda de un motor mecánico
poderoso; por medio del traba o manual y la inventiva,
pues,
sirviéndose de las palabras de Whewell, "recibimos
el pergamino y el papel, la imprenta
y el grabado, el vidrio perfeccionado y el acero,
la
pólvora, el reloj, el telescopio, la brújula
marítima, el calendario reformado, el sistema
decimal, el álgebra, la trigonometría,
la química, el
contrapunto (descubrimiento que equivale a una nueva
creación de la música): hemos
heredado todo esto de aquella época que tan
despreciativamente llamamos "período de estancamiento"".
Verdad es que, como observó Whewell, ninguno,
de estos descubrimientos introdujo un
principio nuevo; pero la ciencia medieval alcanzó
algo
más que el descubrimiento real de nuevos principios.
Preparó al descubrimiento de
todos aquellos nuevos principios que conocemos
actualmente en el dominio de las ciencias mecánicas:
enseñó al investigador a observar
los hechos y extraer conclusiones. Entonces se creó
la ciencia inductiva, y a pesar de que no había
captado aún plenamente el sentido y la
fuerza de la inducción, echó las bases
tanto de la
mecánica como de la física. Francis
Bacon, Galileo y Copérnico, fueron descendientes
directos de Roger Bacon y Miguel Scott, como la
máquina de vapor fue el producto directo de
las investigaciones sobre la presión
atmosférica- realizadas en las universidades
italianas y de la
educación matemática y técnica
que distinguía a Nurember.
Pero, ¿es necesario, en verdad, extenderse
y demostrar el progreso de las ciencias y de
las artes en las ciudades de la Edad Media? ¿No
basta mencionar simplemente las catedrales, en el
campo de las artes, y la lengua
italiana y el poema de Dante, en el dominio del
pensamiento, para dar en seguida la medida de lo que
creó la ciudad medieval durante
los cuatro siglos de su existencia?
No cabe duda alguna de que las ciudades medievales
prestaron un servicio inmenso a la
civilización europea. Impidieron que Europa
cayera
en los estados teocráticos y despóticos
que se crearon en la antigüedad en Asia; diéronle
variedad de manifestaciones vivientes, seguridad
en sí misma, fuerza de iniciativa y aquella
enorme energía intelectual y moral que posee
ahora y que es la mejor garantía de que la
civilización
europea podrá rechazar toda nueva invasión
de Oriente.
Pero, ¿por qué estos centros de civilización
que trataron de hallar respuestas a las
exigencias de la naturaleza humana y que se distinguieron
por tal plenitud de vida no pudieron prolongar su
existencia? ¿Por qué en el siglo XVI
fueron atacadas de debilidad senil y por qué,
después de
haber rechazado tantas invasiones exteriores y de
haber sabido extraer una nueva
energía aun de sus discordias interiores, estas
ciudades, al
final de cuentas, cayeron víctimas de los ataques
exteriores y de las disensiones
intestinas?
Diferentes causas provocaron esta caída, algunas
de las cuales tuvieron su raíz en el
pasado lejano, mientras que las otras fueron el resultado
de errores cometidos por las ciudades mismas. El impulso
en este sentido fue dado
primeramente por las tres invasiones de Europa: la
mogol
a Rusia en el siglo XIII, la turca a la península
balcánica y a los eslavos del Este, en el
siglo XV, y la invasión de los moros a España
y Sur de
Francia, desde el siglo IX hasta el XII. Detener estás
invasiones fue muy difícil; y se
consiguió arrojar a los mogoles, turcos y moros,
que se
habían afirmado en diferentes lugares de Europa,
solamente cuando en España y
Francia, Austria y Polonia, en Ucrania y en Rusia,
los
pequeños y débiles knyaziá, condes,
príncipes, etc., sometidos por los más fuertes de
ellos, comenzaron a formar, estados capaces de mover
ejércitos numerosos contra los conquistadores
orientales.
De tal modo, a fines del siglo XV, en Europa, comenzó
a surgir una serie de pequeños
estados, formados según el modelo romano antiguo.
En
cada país y en cada dominio, cualquiera de
los señores feudales que fuera más astuto
que los otros, más inclinado a la codicia y,
a menudo,
menos escrupuloso que su vecino, lograba adquirir
en propiedad personal patrimonios
más ricos, con mayor cantidad de campesinos,
y
también reunir en tomo a sí mayor cantidad
de caballeros y mesnaderos y acumular más
dinero en sus arcas. Un barón, rey o knyaz,
generalmente escogía como residencia no una
ciudad administrativa con el consejo
popular, sino un grupo de aldeas, de posición
geográfica
ventajosa, que no se habían familiarizado aún
con la vida libre de la ciudad; París,
Madrid, Moscú, que sé, convirtieron
en centros de grandes
Estados, se hallaban justamente en tales condiciones;
y con ayuda del trabajo servil se
creó aquí la ciudad real fortificada,
a la cual atraía,
mediante una distribución generosa de aldeas
"para alimentarse", a los compañeros de
hazañas, y también a los comerciantes,
que gozaban
de la protección que él ofrecía
al comercio.
Así se citaron, mientras se hallaban aún
en condición embrionaria, los futuros estados,
qué comenzaron gradualmente a absorber a otros
centros iguales. Los jurisconsultos, educados en el
estudio del derecho romano, afluían
de buen grado a tales ciudades; una raza de hombres,
tenaz y ambiciosa, surgida de entre los burgueses
y que odiaba por igual la altivez de los
feudales Ala manifestación de lo que llamaban
iniquidad de los campesinos. Ya las formas mismas
de la comuna aldeana, desconocidas
en sus códigos, los mismos principios del
federalismo, les eran odiosos, como herencia de los
bárbaros. Su ideal era el cesarismo,
apoyado por la ficción del consenso popular
y
-especialmente- por la fuerza de las armas; y trabajaban
celosamente para aquellos en
quienes confiaban para la realización de este
ideal.
La Iglesia cristiana, que antes se había rebelado
contra el derecho romano y que ahora
se había convertido en su aliada, trabajaba
en el
mismo sentido. Puesto que la tentativa de formar un
imperio teocrático en Europa, bajo
la supremacía del Papa, no fue coronada por
el éxito,
los obispos más inteligentes y ambiciosos comenzaron
a ofrecer entonces apoyo a los
que consideraban capaces de reconstituir el poder
de
los reyes de Israel y el de los emperadores de Constantinopla.
La Iglesia investía a los
gobernantes que surgían con su santidad; los
coronaba
como representantes de Dios sobre la tierra, ponía
a su servicio la erudición y el talento
estadista de sus servidores; les traía sus
bendiciones
y, sus maldiciones, sus riquezas y la simpatía
que ella conservaba entre los pobres. Los
campesinos, a los cuales las ciudades no pudieron
o
no quisieron liberar, viendo a los burgueses impotentes
para poner fin a las guerras
interminables entre los caballeros -por las cuales
los
campesinos hubieron de pagar tan caro- depositaron
entonces sus esperanzas en el rey,
el emperador, el gran knyaz; y ayudándoles
a destruir
el poder de los señores feudales, al mismo
tiempo les ayudaron a establecer el Estado
Centralizado. Por último, las guerras que tuvieron
que
sostener durante dos siglos contra los mogoles y los
turcos, y la guerra santa contra los
moros en España, y del mismo modo también
aquellas
guerras terribles que pronto comenzaron dentro de
cada pueblo entre los centros
crecientes de soberanía: Ile de France y Borgogne,
Escocia
e Inglaterra, Inglaterra y Francia, Lituania y Polonia,
Moscú y Tver, etc., condujeron
finalmente, a lo mismo. Surgieron estados poderosos
y las
ciudades tuvieron que entablar lucha no sólo
con las federaciones, débilmente unidas
entre sí, de los barones feudales o knyaziá,
sino con
centrosfuertemente organizados que tenían a
su disposición ejércitos enteros de siervos.
Lo peor de todo era, sin embargo, que los centros
crecientes de la monarquía hallaron
apoyo en las disensiones que surgían dentro
de las
ciudades mismas. Una gran idea, sin duda, constituía
la base de la ciudad medieval, pero
fue comprendida con insuficiente amplitud. La ayuda
y el apoyo mutuo no pueden ser limitados por las fronteras
de una asociación pequeña;
deben extenderse a todo lo circundante, de lo
contrario, lo circundante absorbe a la asociación;
y en este respecto, el ciudadano
medieval, desde el principio mismo, cometió
un error
enorme. En lugar de considerar a los campesinos y
artesanos que se reunían bajo la
protección de sus muros, como colaboradores
que
podían aportar su parte en la obra de creación
de la ciudad -lo que han hecho en
realidad-, "las familias" de los viejos burgueses
se
apresuraron a separarse netamente de los nuevos inmigrantes.
A los primeros, es decir, a
los fundadores de la ciudad, se les dejaba todos los
beneficios del comercio comunal de ella, y el usufructo
de sus tierras, y a los segundos
no se les dejaba más, que el derecho de manifestar
libremente la habilidad de sus manos. La ciudad, de
tal modo, se dividió en "burgueses".
o "comuneros" y en "residentes" o "habitantes". El
comercio, que tenía antes carácter comunal,
se convirtió ahora en privilegio de las
familias de los. comerciantes y artesanos: de la guilda
mercantil y de algunas guildas de los llamados "viejos
oficios"; y el paso siguiente: la
transición al comercio personal o a los privilegios
de las
compañías capitalistas opresoras -de
los trusts- se hizo inevitable.
La misma división surgió también
entre la ciudad, en el sentido propio de la palabra, y
las aldeas que la rodeaban. Las comunas medievales
trataron, pues, de liberar a los campesinos; pero,
sus guerras contra los feudales, poco a
poco, se convirtieron, como se ha dicho antes, más
bien en guerras por liberar la ciudad misma del poder,
de los feudales que por liberar a
los campesinos. Entonces las ciudades dejaron a los
feudales sus derechos sobre los campesinos, con la
condición de que no causarían más
daño a la ciudad y se hicieron "conciudadanos".
Pero
la nobleza "adoptada" por la ciudad introdujo sus
viejas guerras familiares, en los
límites de ella. No se conformaba con la idea
de qué los
nobles debían someterse al tribunal de simples
artesanos y comerciantes, y continuó
librando en las calles de las ciudades sus viejas
guerras
tribales por venganza de sangre. En cada ciudad existían
sus Colonnas y Orsinis, sus
Montescos y Capuletos, sus Overtolzes y Wises.
Extrayendo mayores rentas de las posesiones que consiguieron
conservar, los señores
feudales se rodearon de numerosos clientes e
introdujeron hábitos y costumbres feudales
en la vida de la ciudad misma. Cuando en
las ciudades comenzó a surgir el descontento
entre las
clases artesanas contra las viejas guildas y familias,
los feudales comenzaron a ofrecer a
ambas partes sus espadas y sus numerosos
servidores para resolver, por medio de la guerra,
los conflictos que surgían, en lugar de
dar al descontento una salida pacífica valiéndose
de
los medios que hasta entonces había hallado
siempre, sin recurrir a las armas.
El error más grande y más fatal cometido
por la mayoría de las ciudades fue también el
basar sus riquezas en el comercio y la industria,
junto
con un trato despectivo hacia la agricultura. De tal
modo, repitieron el error cometido ya
una vez por las ciudades de la antigua Grecia y debido
al cual cayeron en los mismos crímenes. Pero
el distanciamiento entre las ciudades y la
tierra las arrastró, necesariamente, a una
política hostil
hacia. las clases agrícolas, que se hizo especialmente
visible en Inglaterra. durante
Eduardo III, en Francia durante las jacqueries (las
grandes
rebeliones campesinas), en Bohemia en las guerras
hussitas, y en Alemania durante la
guerra de los campesinos del siglo XVI.
Por otra parte, la política comercial arrastró
también a las autoridades populares urbanas
a empresas lejanas, y desarrolló la pasión'
por
enriquecerse con las colonias. Surgieron las colonias
fundadas por las repúblicas
italianas, en, el sureste, en Asia Menor y a orillas
del mar
Negro; por los alemanes en el Este, en tierras eslavas,
y por los eslavos, es decir, por
Novgorod y Pskof, en el lejano noroeste. Entonces
fue
necesario mantener ejércitos de mercenarios
para las guerras coloniales, y luego esos
mercenarios fueron utilizados también para
oprimir a
los mismos burgueses. Merced a esto, ciudades enteras
comenzaron a concertar
empréstitos en tales proporciones que pronto
tuvieron una
influencia profundamente desmoralizadora sobre los
ciudadanos; las ciudades se
convirtieron en tributarías y no raramente
en instrumentos
obedientes en manos de algunos de sus capitalistas.
Asumir el poder fue cosa muy
ventajosa, y las disensiones internas se desarrollaron
en
mayores proporciones en cada elección, durante
las cuales la política colonial
desempeñaba un papel importante en interés
de unas pocas
familias. La división entre ricos y pobres,
entre los hombres "mejores" y "peores", se
extendió más y más, y en el siglo
XVI el poder real halló
en cada ciudad aliados y colaboradores dispuestos,
a veces entre "las familias" que
luchaban por el poder, y muy a menudo también
entre los
pobres, a quienes prometían apaciguar a los
ricos.
Sin embargo, existía todavía una razón
de la decadencia de las instituciones comunales,
que era más profunda que las restantes. La
historia
de las ciudades medievales constituye uno de los ejemplos
más asombrosos de la
poderosa influencia de las ideas y de los principios
,fundamentales reconocidos por los hombres, sobre
el destino de la humanidad. Del
mismo modo nos enseña también que ante
un cambio
radical en las ideas dominantes de la sociedad, se
producen resultados completamente
nuevos que encauzan la vida en una nueva dirección.
La fe en sus fuerzas y en el federalismo, el reconocimiento
de la libertad y de la
administración propia a cada grupo separado
y en general, la
estructura del cuerpo político de lo simple
a lo complejo, tales fueron los pensamientos
dominantes del siglo XI., Pero desde aquélla
época, las
concepciones sufrieron un cambio completo., Los eruditos
jurisconsultos (legistas) que
habían estudiado, derecho romano y los prelados
de la
Iglesia, estrechamente unidos desde la época
de Inocencio III, lograron paralizar la idea
la antigua idea griega de la libertad y de la federación
que predominaba en la época de la liberación
de las ciudades y existía primeramente en
la fundación de estas repúblicas.
Durante dos o tres siglos, los jurisconsultos y el
clero comenzaron a enseñar, desde el
púlpito, desde la cátedra universitaria
y en los tribunales,
que la salvación de los hombres se encuentra
en un estado fuertemente centralizado,
sometido al poder semidivino de uno o de unos pocos;
que un hombre puede y debe ser el salvador de la sociedad,
y en nombre de la salvación
pública puede realizar cualquier acto de violencia:
quemar a los hombres en las hogueras, matarlos con
muerte lenta en medio de torturas
indescriptibles, sumir provincias enteras en la miseria
más abyecta. Y no escatimaron el dar lecciones
visuales en gran escala, y con una
crueldad inaudita se daban estas lecciones donde quiera
que pudiese llegar la espada del rey o la hoguera
de la Iglesia Debido a estas lecciones y
a los ejemplos correspondientes, constantemente
repetidos e inculcados por la fuerza en la conciencia
pública bajo el signo de la fe, del
poder y de lo que consideraba ciencia, la mente misma
de los hombres comenzó a adquirir una nueva
forma. Los ciudadanos comenzaron a
encontrar que ningún poder puede ser desmedido,
ningún
asesinato lento demasiado cruel cuando se trata de
la "seguridad pública". Y en esta
nueva dirección de las mentes, y en esta nueva
fe en la
fuerza de un gobernante único, el antiguo principio
federal perdió su fuerza, y junto con
él murió también el genio creador
de las masas. La idea
romana venció, y en tales circunstancias los
estados militares centralizados hallaron en
las ciudades una presa fácil.
La Florencia del siglo XV constituye el modelo típico
de semejante cambio.
Anteriormente, la revolución popular solía
ser el comienzo de un
progreso nuevo y más grande. Pero entonces,
cuando el pueblo, reducido a la
desesperación, se rebeló, ya no poseía
el espíritu constructivo v
creador, y el movimiento popular no produjo idea nueva
alguna. En lugar de los
anteriores cuatrocientos representantes ante el consejo
popular, se introdujeron en ella cien. Pero esta revolución
en los números no condujo a
nada. El descontento popular crecía, y siguió
una serie
de nuevas revueltas. Entonces se buscó la salvación
en el "tirano", que recurrió a la
masacre de los rebeldes, pero la desintegración
del
organismo comunal prosiguió. Y cuando, después
de una nueva revuelta, el pueblo
florentino solicitó consejo a su favorito,
Jerónimo
Savonarola, el monje respondió: "Oh, pueblo
mío, tú sabes que no puedo intervenir en
los asuntos del estado... Purifica tu alma, y si en
tal
disposición de mente reformas la ciudad, entonces
tú, pueblo de Florencia, debes
comenzar la reforma de toda Italia". Se quemaron las
máscaras que se ponían durante los paseos
en carnaval y los libros tentadores; se
promulgó una ley de ayuda a los pobres y otra
dirigida
contra los usureros, pero la democracia de Florencia
quedó donde estaba. El antiguo
espíritu creador había desaparecido.
Debido a la
excesiva confianza en el gobierno, los florentinos
cesaron de confiar en sí mismos; y
demostraron ser impotentes para renovar su vida. El
estado no tuvo más que avanzar y destruir sus
últimas libertades. Y así lo hizo.
Y sin embargo, la corriente de ayuda y apoyo mutuo
no se apagó en las masas, y
continuó fluyendo aún después
de esta derrota de las
ciudades libres. Pronto surgió de nuevo, con
fuerza poderosa, en respuesta al llamado
comunista de los primeros propagandistas de la
reforma, y siguió viviendo aún después
de que las masas, que hablan sufrido de nuevo
el fracaso en su tentativa de construir una nueva
vida,
inspirada por una religión reformada, cayeron
bajo el poder de la monarquía. Fluye hoy
todavía y busca los caminos para una nueva
expresión
que no será ya el estado, ni la ciudad medieval,
ni la comuna aldeana de los bárbaros, ni
la organización tribal de los salvajes, sino
que,
procediendo de todas estas formas, será más
perfecta que ellas, por su profundidad y por
la amplitud de sus principios humanos.
CAPITULO VII: LA AYUDA MUTUA EN LA SOCIEDAD MODERNA
La inclinación de los hombres a la ayuda mutua
tiene un origen tan remoto y está tan
profundamente entrelazada con todo el desarrollo pasado
de la humanidad, que los hombres la han conservado
hasta la época presente, a pesar de
todas las vicisitudes de la historia. Esta inclinación
se desarrolló, principalmente, en los períodos
de paz y bienestar; pero aun cuando las
mayores calamidades azotaban a los hombres, cuando
países enteros eran devastados por las guerras,
y poblaciones enteras morían de miseria,
o gemían bajo el yugo del poder que los oprimía,
la
misma inclinación, la misma necesidad continuó
existiendo en las aldeas y entre las
clases más pobres de la población de
las ciudades. A
pesar de todo, las fortificó, y, al final de
cuentas, actuó aun sobre la minoría gobernante,
belicosa y destructiva que trataba a esta necesidad
como si fuera una tontería sentimental. Y cada
vez que la humanidad tenía que elaborar
una hueva organización social, adaptada a una
nueva
fase de su desarrollo, el genio creador del hombre
siempre extraía la inspiración y los
elementos para un nuevo adelanto en el camino del
progreso, de la misma inclinación, eternamente
viva, a la ayuda mutua. Todas las
nuevas doctrinas morales y las nuevas religiones provienen
de la misma fuente. De modo que el progreso moral
del género humano, si lo
consideramos desde un punto de vista amplio, constituye
una
extensión gradual de los principios de la ayuda
mutua, desde el clan primitivo, a la
nación y a la unión de pueblos, es decir,
a las agrupaciones
de tribus v hombres, más y más amplia,
hasta que por último estos principios abarquen a
toda la humanidad sin distinciones de creencias,
lenguas y razas.
Atravesando el período del régimen tribal
y el período siguiente de la comuna aldeana,
los europeos, como hemos visto, elaboraron en la Edad
Media una nueva forma de organización que tenía
una gran ventaja. Dejaba un amplio
margen a la iniciativa personal y, al mismo tiempo,
respondía en grado considerable a la necesidad
de apoyo mutuo del hombre. En las
ciudades medievales, fue llamada a la vida la federación
de las comunas aldeanas, cubierta por una red de guildas
y hermandades, v con ayuda
de esta nueva forma de doble unión se alcanzaron
resultados inmensos en el bienestar común,
en la industria, en el arte. la ciencia y el
comercio. Hemos considerado estos resultados con
bastante detalle en los dos capítulos precedentes,
y hemos tratado de explicar por qué, al
final, del siglo XV las repúblicas medievales,
rodeadas por los feudos hostiles, incapaces de liberar
a los campesinos del yugo servil y
gradualmente corrompidas por las ideas del
cesarismo romano, inevitablemente debían ser
presa de los estados guerreros que nacían
y habían sido creados para ofrecer resistencia
a las
invasiones de los mogoles, turcos y árabes.
Sin embargo, antes que someterse, en los trescientos
años siguientes, al poder del estado
que lo absorbía todo, las masas populares hicieron
una tentativa grandiosa de reconstruir la sociedad,
conservando la base anterior de la
ayuda y el apoyo mutuos. Ahora es ya bien sabido que
el gran movimiento de los hussitas y de la reforma
no fue, de ningún modo, sólo una
revuelta en contra de los abusos de la Iglesia católica.
Este
movimiento expuso también su ideal constructivo,
y ese ideal era la vida en las comunas
fraternales libres. Los escritos y discursos de los
predicadores del período primitivo de la reforma,
que habían hallado el mayor eco en el
pueblo, estaban impregnados de las ideas de una
hermandad económica y social de los hombres.
Son conocidos los "doce puntos" de los
campesinos alemanes, expuestos por ellos en su
guerra contra los terratenientes y duques, y los artículos
de fe, parecidos a ellos,
difundidos entre los campesinos y artesanos alemanes
y
suizos, que exigían no sólo el establecimiento
del derecho de cada uno a interpretar la
Biblia según su propia razón, sino que
incluían también
la exigencia de la devolución de las tierras
comunales a las comunas aldeanas y la
supresión de la prestación feudal, y
en estas exigencias se
aludía siempre a la fe cristiana "verdadera",
es decir a la fe en la fraternidad humana. Al
mismo tiempo, decenas de miles de hombres
ingresaron en Moravia en las hermandades comunistas,
sacrificando en beneficio de las
hermandades todos sus bienes y creando numerosas
y florecientes poblaciones, fundadas en los principios
del comunismo. Solamente las
masacres en masa, durante las cuales perecieron
decenas de miles de personas, pudieron detener éste
movimiento popular que se
extendía ampliamente y solamente con ayudas
de la
espada, del fuego y de la rueda, los estados jóvenes
se aseguraron la primera y decisiva,
victoria sobre las masas populares.
Durante los tres siglos siguientes, los Estados que
se formaron en toda Europa destruían
sistemáticamente las instituciones en las que
hallaba
expresión la tendencia de los hombres al apoyo
mutuo. Las comunas aldeanas fueron
privadas del derecho de sus asambleas comunales, de
la jurisdicción propia y de la administración
independiente, y las tierras que les
pertenecían fueron sometidas al control de
los funcionarios del
estado y entregadas a merced de los caprichos y de
la venalidad. Las ciudades fueron
desposeídas de su soberanía, y las fuentes
mismas de
su vida interior, la véche (la asamblea, el
tribunal electo, la administración electa y la
soberana de la parroquia y de las guildas, todo esto
fue
destruido. Los funcionarios del estado, tornaron en
sus manos todos los eslabones de lo
que antes constituía un todo orgánico.
Debido a esta política fatal y a las guerras
engendradas por ella, países enteros, antes
poblados y ricos, fueron asolados. Ciudades ricas
populosas se transformaron en aldehuelas insignificantes;
hasta los caminos que unían a
las ciudades entre sí se hicieron intransitables.
La
industria, el arte, la ilustración, decayeron.
La educación política, la ciencia y el derecho
fueron sometidos a la idea de la centralización
estatal.
En las universidades, y desde las cátedras
eclesiásticas se empezó a enseñar que las
instituciones en que los hombres acostumbraban a
encarnar hasta entonces su necesidad de ayuda mutua
no pueden ser toleradas en un
estado debidamente organizado; que sólo el
estado y la
iglesia pueden constituir los lazos de unión
entre sus súbditos; que el federalismo y el
"particularismo" es decir, el cuidado de los intereses
locales de una región o de una ciudad eran
enemigos del progreso. El estado es el único
impulsor apropiado de todo desarrollo ulterior.
Al final del siglo XVIII., los reyes del continente
europeo, el Parlamento, en Inglaterra,
y hasta la convención revolucionaria en Francia,
aunque
se hallaban en guerra, entre sí, coincidían,
en la afirmación de que dentro del Estado no
debía haber ninguna clase de uniones separadas
entre
los ciudadanos, aparte de las establecidas por, el
estado y sometidas a él; que para los
trabajadores que se atrevían a ingresar a una
"coalición", es decir, en uniones para la defensa
de sus derechos, el único castigo
conveniente era el trabajo forzado y la muerte. "No
toleraremos un estado en el estado". Unicamente el
estado y la Iglesia del, estado debían
ocuparse de los intereses generales de los súbditos,
los mismos súbditos debían ser grupos
de hombres poco vinculados entre sí, no unidos
por clase alguna de lazos especiales y obligados a
recurrir al estado cada vez que tenían una
necesidad común. Hasta la mitad del siglo
XIX esta teoría. y su práctica correspondiente
dominaban
en, Europa.
Hasta las sociedades comerciales e industriales eran
miradas con desconfianza por todos
los estados. En cuanto a los trabajadores,
recordamos aún que sus uniones eran consideradas
ilegales hasta en Inglaterra. El
mismo punto de vista sosteníase no hace mucho
más de
veinte arios, al final del siglo XIX, en todo el continente,
incluso en Francia; a pesar de
las revoluciones que vivió, los mismos revolucionarios
eran tan feroces partidarios del estado como los funcionarios
del rey y del emperador.
Todo el sistema de nuestra educación estatal,
hasta la
época presente, aun en Inglaterra, era tal
que una parte importante de la sociedad
consideraba como una medida revolucionaria que el
pueblo
recibiese los derechos de que gozaban todos -libres
y siervos- en la Edad Media,
quinientos años Antes, en la asamblea aldeana,
en su
guilda, en su parroquia y en la ciudad.
La absorción por el estado de todas las funciones
sociales, fatalmente favoreció el
desarrollo del individualismo estrecho, desenfrenado.
A
medida que los deberes del ciudadano hacia el estado
se multiplicaban, los ciudadanos
evidentemente se liberaban de los deberes hacia los
otros. En la guilda -en la Edad Media todos pertenecían
a alguna guilda o cofradía-, dos
"hermanos" debían cuidar por turno al hermano
enfermo; ahora basta con dar al compañero de
trabajo la del hospital, para pobres, más
próximo. En la sociedad "bárbara" presenciar
una
pelea entre dos personas por cuestiones personales
y no preocuparse de que no tuviera
consecuencias fatales significaría atraer sobre
sí la
acusación de homicidio, pero, de acuerdo con
las teorías más recientes del estado que
todo lo. vigila, el que presencia una pelea no tiene
necesidad de intervenir, pues para eso está
la policía. Cuando entre los salvajes -por
ejemplo, entre los hotentotes-, se considerarla
inconveniente ponerse a comer sin haber hecho a gritos
tres veces una invitación Al que
deseara unirse al festín, entre nosotros el
ciudadano
respetable se limita a pagar un impuesto para los
pobres, dejando a los hambrientos
arreglárselas como puedan.
El resultado obtenido fue que por doquier -en la vida,
la ley, la ciencia, la religión-
triunfa ahora la afirmación de que cada uno
puede y debe
procurarse su propia felicidad, sin prestar atención
alguna a las necesidades ajenas. Esto
se transformó en la religión de nuestros
tiempos, y
los hombres que dudan de ella son considerados utopistas
peligrosos. La ciencia
proclama en alta voz que la lucha de cada uno contra
todos
constituye el principio dominante de la naturaleza
en general, y de las sociedades
humanas en particular. Justamente a esta guerra la
biología
actual atribuye el desarrollo progresivo del mundo
animal. La historia juzga del mismo
modo; y los economistas, en su ignorancia ingenua,
consideran que el éxito de la industria y de
la mecánica contemporánea son los
resultados "asombrosos" de la influencia del mismo
principio.
La religión misma de la Iglesia es la religión
del individualismo, ligeramente suavizada
por las relaciones más o menos caritativas
hacia el
prójimo, con preferencia los domingos. Los
hombres "prácticos" y los teóricos, hombres
de ciencia y predicadores religiosos, legistas y
políticos, están todos de acuerdo en
que el individualismo, es decir, la afirmación de la
propia personalidad en sus manifestaciones groseras,
naturalmente, pueden ser suavizadas con la beneficencia,
y que ese individualismo es la
única base segura para el mantenimiento de
la
sociedad y su progreso ulterior.
Parecería, por esto, algo desesperado buscar
instituciones de ayuda mutua en la sociedad
moderna, y en general las manifestaciones
prácticas de este principio. ¿Qué
podía restar de ellas? Y además, en cuanto empezamos
a examinar cómo viven millones de seres humanos
y estudiamos sus relaciones cotidianas, nos asombra,
ante todo, el papel enorme que
desempeñan en la vida humana, aún en
la época actual,
los principios de ayuda y apoyo mutuo. A pesar de
que hace ya trescientos o
cuatrocientos años que, tanto en la teoría,
como en la vida misma
se produce una destrucción de las instituciones
y de los hábitos de ayuda mutua, sin
embargo, centenares de millones de hombres continúan
viviendo con ayuda de estas instituciones y hábitos;
y religiosamente las apoyan allí
donde pudieron ser conservadas y tratan de reconstruirlas
donde han sido destruidas. Cada uno de nosotros, en
nuestras relaciones mutuas,
pasamos minutos en los que nos indignamos contra el
credo estrechamente individualista, de moda en nuestros
días; sin embargo los actos en
cuya realización los hombres son guiados por
su
inclinación a la ayuda mutua constituyen una
parte tan enorme de nuestra vida cotidiana
que, si fuera posible ponerles término repentinamente,
se interrumpiría de inmediato todo el progreso
moral ulterior de la humanidad. La
sociedad humana, sin la ayuda mutua, no podría
ser
mantenida más allá de la vida de una
generación.
Los hechos de tal género, a los que no se presta
atención, que son muy numerosos y que
describen la vida de las sociedades, tienen un
sentido de primer orden para la vida y la elevación
ulterior de la humanidad. También
los examinaremos ahora, comenzando por las
instituciones existentes de apoyo mutuo y pasando
luego a los actos de ayuda mutua que
tienen origen en las simpatías personales o
sociales.
Echando una mirada amplia a la constitución
contemporánea de la sociedad europea nos
asombra, en primer lugar, el hecho de que, a pesar
de todos los esfuerzos para terminar con la comuna
aldeana, está forma de unión de los
hombres continúa existiendo en grandes
proporciones, como se verá a continuación,
y que en el presente se hacen tentativas ya
sea para reconstituirla en una u otra forma, ya sea
para
hallar algo en su reemplazo. Las teorías corrientes
de los economistas burgueses y de
algunos socialistas afirman que la comuna ha muerto
en
la Europa occidental de muerte natural, puesto que
se encontró que la posesión comunal
de la tierra era incompatible con las exigencias
contemporáneas del cultivo de la tierra. Pero
la verdad es que en ninguna parte
desapareció la comuna aldeana por propia voluntad,
al
contrario, en todas partes las clases dirigentes necesitaron
varios siglos de medidas
estatales persistentes para desarraigar la comuna
y
confiscar las tierras comunales. Un ejemplo de tales
medidas y de los métodos para
ponerla en práctica nos lo ha dado recientemente
el
gobierno zarista en el celo del ministro Stolypin.
En Francia, la destrucción de la independencia
de las comunas aldeanas y el despojo de
las tierras que les pertenecían empezó
ya en el siglo
XVI. Además, sólo en el siglo siguiente,
cuando la masa campesina fue reducida a la
completa esclavitud y a la miseria por las requisiciones
y
las guerras tan brillantemente descritas por todos
los historiadores, el despojo de las
tierras comunales pudo realizarse impunemente y
entonces alcanzó proporciones escandalosas
"Cada uno les tomaba cuanto podía... las
dividían... para despojar a las comunas, se
servían de
deudas simuladas". Así sé expresaba
el edicto promulgado por Luis XIV, en el año
1667. Y como era de esperar, el estado no halló
otro medio
de curar éstos males que una mayor sumisión
de las comunas a su autoridad y un
despojo mayor, esta vez hecho por el Estado mismo.
En
realidad, dos años después todos los
ingresos monetarios de las comunas fueron
confiscados por el rey. En cuanto a la usurpación
de las
tierras comunales, se extendió más y
más, y en el siglo siguiente la nobleza y el clero
eran ya dueños de enormes extensiones de tierra:
Según
algunas apreciaciones, poseían la mitad de
la superficie apta para el cultivo, y la
mayoría de esas tierras permanecía inculta.
Pero los
campesinos todavía conservaban sus instituciones
comunales y hasta el año 1787 la
asamblea comunal campesina, compuesta por todos los
jefes de familia, se reunía, generalmente a
la sombra de un campanario o de un árbol,
para distribuir las porciones de tierra o partir los
campos
que quedaban en su posesión, para fijar los
impuestos y elegir la administración
comunal, exactamente lo mismo que el mir ruso hoy.
Esto ha
sido demostrado ahora plenamente por Babeau.
El gobierno francés encontró, sin embargo,
que las asambleas populares comunales eran
"demasiado ruidosas", es decir, demasiado
desobedientes, y en- el año 1787 fueron sustituidas
por consejos electivos, compuestos
por un alcalde y de tres o seis síndicos que
eran
elegidos entre los campesinos más acomodados.
Dos años más tarde, la Asamblea
Constituyente "revolucionaria", que en este sentido
concordaba plenamente con la vieja organización,
ratificó (el 14 de diciembre de 1789)
la ley citada, y la burguesía aldeana se dedicó
ahora, a
su vez, al despojo de las tierras campesinas, que
se prolongó durante todo el período
revolucionario. El 16 de agosto del año 1792,
la
Asamblea Legislativa, bajo la presión de las
insurrecciones campesinas y del ánimo
alterado del pueblo de París, después
de haber éste
ocupado el palacio real, decidió devolver a
las comunas las tierras que les habían
quitado; pero, al mismo tiempo, dispuso que de estas
tierras, las de laboreo fueran distribuidas solamente
entre los "ciudadanos", es decir,
entre los campesinos más acomodados. Esta medida,
naturalmente, provocó nuevas insurrecciones,
y fue derogada al año siguiente cuando,
después de la expulsión de los girondinos
de la
Convención, los jacobinos dispusieron, el 11
de junio de 1793, que todas las tierras
comunales quitadas a los campesinos por los
terratenientes y otros, a partir del año 1669,
fueran devueltas a las comunas que podían -
si lo decidía una mayoría de dos tercios
de votos-
repartir las tierras comunales, pero, en tal caso,
en partes iguales entre todos los
habitantes, tanto ricos como pobres, tanto "activos"
como
"inactivos".
Sin embargo, las leyes sobre la repartición
de las tierras comunales eran contrarias de tal
modo a las concepciones de los campesinos, que
estos últimos no las cumplían, y en
todas partes donde los campesinos volvían a poseer,
aunque no fuera más que una parte de las tierras,
comunales que les habían usurpado, las poseían
en común, dejándolas sin dividir. Pero
pronto sobrevinieron los largos años de guerras
y la
reacción, y las tierras comunales fueron llanamente
confiscadas por el estado (en el año
1794) para asegurar los préstamos estatales;
una
parte fue destinada a la venta, y al final de cuentas,
usurpada; luego fueron devueltas las
tierras nuevamente a las comunas, y otra vez
confiscadas (en el año 1813), y recientemente
en el año 1816, los restos de estas tierras,
constituidos por alrededor de 6.000.000 de
deciatinas de la tierra menos productiva, fueron devueltas
a las comunas aldeanas.
Todo, régimen nuevo veía en las tierras
comunales una
fuente accesible para recompensar a sus partidarios,
y tres leyes (la primera en 1837, y
la última bajo Napoleón III) fueron
promulgadas con el
fin de incitar a las comunas aldeanas a realizar la
repartición de las tierras comunales.
Pero tampoco éste fue, todavía, el fin
de las penurias
comunales. Hubo que derogar tres veces estas leyes,
debido a la resistencia que
encontraron en las aldeas, pero cada vez, el gobierno
consiguió usurpar algo de las posesiones comunales;
así Napoleón III, con el pretexto
de proteger, con un método perfeccionado, la
agricultura,
entregó grandes posesiones comunales a algunos
de sus favoritos.
He aquí la serie de violencias con que los
adoradores del centralismo luchaban contra la
comuna. Y a esto llaman los economistas "muerte
natural de la agricultura comunal, en virtud de las
leyes económicas"
En cuanto a la administración propia de las
comunas aldeanas, ¿qué podía quedar de
ella después de tantos golpes? El gobierno
consideraba al alcalde y a los síndicos Como
funcionarios gratuitos, que cumplían
determinadas funciones de la máquina estatal.
Aun ahora,
bajo la tercera república, la aldea está
privada de toda independencia, y dentro de la
comuna no puede ser realizado el más mínimo
acto sin la
intervención y aprobación de casi todo
el complejo mecanismo estatal, incluyendo los
prefectos y los ministros. Resulta difícil
creerlo, y sin
embargo tal es la realidad. Si, por ejemplo, un campesino
tiene intención de pagar con
un depósito en dinero su parte de trabajo en
la
reparación de un camino comunal (en lugar de
poner él mismo la cantidad necesaria de
pedregullo), no menos de doce funcionarios del
Estado, de diferentes rangos, deben dar su conformidad
y para ello se necesitan 52
documentos, que deben intercambiar los funcionarios,
antes de que se permita al campesino hacer su pago
en dinero al consejo comunal. Lo
mismo si una tormenta arroja un árbol en el
camino; y
todo el resto tiene igual carácter.
Lo que ocurrió en Francia sucedió en
toda Europa occidental y central. Aun los años
principales del colosal saqueo de las tierras comunales
coinciden en todas partes. En Inglaterra, la única
diferencia reside en que el pillaje se
efectuó por medio de actos aislados y no por
medio de
una ley general, en una palabra, se produjo con menor
precipitación que en Francia
pero, sin embargo, con mayor solidez. La usurpación
de
las tierras comunales por los terratenientes (landlords)
empezó en el siglo XV, después
de la sofocación de la insurrección
campesina en el
año 1380, como se desprende de la Historia
de Rossus y del estatuto de Enrique VII, en
los cuales se habla de estas usurpaciones bajo el
título de "Abominaciones y fecharías
que perjudican al bien público". Más tarde, bajo
Enrique VIII, se inició, como es sabido, una
investigación
especial (Great Inquest), cuyo objeto era hacer cesar
la usurpación de las tierras
comunales: pero esta investigación terminó
con la ratificación
de las dilapidaciones, en las proporciones en que
ya se habían llevado a cabo.
La dilapidación de las tierras comunales se
prolongó y se continuó expulsando a los
campesinos de las tierras. Pero solamente desde
mediados del siglo XVIII, en Inglaterra como por doquier
en los, otros países, se
instituyó una política sistemática,
con miras a destruir la
posesión comunal; de modo que no es menester
asombrarse de que la posesión comunal
haya desaparecido, sino de que haya podido
conservarse hasta en Inglaterra y "predominar aún
en el recuerdo de los abuelos de
nuestra generación". El verdadero objeto de
las actas de
cercamiento (Enclosure Acts), como fue demostrado
por Seebohm, era la eliminación
de la posesión, comunal' y fue eliminada tan
por
completo cuando el Parlamento promulgó, entre
1760 y 1844, casi 4.000 actas de
cercamiento, que de ella quedan ahora sólo
débiles huellas.
Los lores se apoderaron de las tierras de las comunas
aldeanas y cada caso de despojo
fue ratificado por el Parlamento.
En Alemania, Austria y Bélgica, la comuna aldeana
fue destruida por el estado de modo
exactamente igual. Fueron raros los casos en que los
comuneros mismos dividieran entre sí las tierras
comunales, a pesar de que en todas
partes el estado obligaba a tal repartición
o,
simplemente, favorecía el despojo de sus tierras
por particulares, El último golpe a la
posesión comunal en el norte de Europa fue
asestado
también a mediados del siglo XVIII. En Austria,
el gobierno tuvo qué poner en acción
la fuerza bruta, en el año 1768, para obligar
a las
comunas a realizar la división de las tierras,
y dos años después se designó, para este
objeto, una comisión especial. En Prusia, Federico
II,
en varias de sus ordenanzas (en 1752, 1763, 1765 y
1769) recomendó a las Cámaras
judiciales (Justizcollegien) efectuar la división
por
medio de la violencia. En un distrito de Polonia,
Silesia, con el mismo objeto, fue
publicada, en 1771, una resolución especial.
Lo mismo
sucedió también en Bélgica, pero,
como las comunas demostraron desobediencia,
entonces, en el año 1847, fue emitida una ley
que daba al
gobierno el derecho de comprar los prados comunales
y venderlos en parcelas y realizar
una venta obligatoria de las tierras comunales si
hubiese compradores.
Para abreviar, lo que se dice acerca de la muerte
natural de las comunas aldeanas, en
virtud de las leyes económicas, constituye
una broma
tan pesada como si habláramos de la muerte
natural de los soldados caídos en el campo
de batalla. El lado positivo de la cuestión
es este: las
comunas aldeanas vivieron más de mil años,
y en los casos en que los campesinos no
fueron arruinados por las guerras y las requisiciones,
gradualmente mejoraron los métodos de cultivo;
pero, como el valor de la tierra
aumentaba debido al crecimiento de la industria, y
la nobleza,
bajo la organización estatal, alcanzó
una autoridad como nunca tuvo en el sistema
feudal, se apoderó de la mejor parte de las
tierras
comunales y aplicó todos sus esfuerzos en destruir
las instituciones comunales.
Sin embargo, las instituciones de la comuna aldeana
responden tan bien a las
necesidades y concepciones de los que cultivan la
tierra, que a
pesar de todo, Europa hasta en la época presente
está aún cubierta de supervivencias
vivas de las comunas aldeanas, y en la vida aldeana
abundan aún hoy hábitos y costumbres
cuyo origen se remonta al período comunal. En
Inglaterra misma, a pesar de todas las medidas
,draconianas adoptadas para destruir el viejo orden
de cosas, existió hasta principios del
siglo XIX. Gomme, uno de los pocos sabios ingleses
que ha llamado la atención sobre esta materia,
señala en su obra que en Escocia se han
conservado muchas huellas de la posesión comunal
de las tierras, y la "runrigtenancy"; es decir, la
posesión por los granjeros de parcelas en
muchos campos (derechos del comunero
traspasados al granjero), se mantuvo en Forfarshire
hasta el año 1813; y en algunas
aldeas de Invernes, hasta el año 1801, era
costumbre arar
la tierra para toda la comuna, sin trazar límites,
distribuyéndola después de la labor. En
Kilmoriel la participación y repartición
de los campos
estuvo en pleno vigor "hasta los últimos veinticinco
años", decía Gomme, y la Comisión
Crofter del año ochenta halló que esta
costumbre se
conservaba todavía en algunas islas". En Irlanda,
este mismo sistema predominó hasta
la época del hambre terrible del año
1848. En cuanto a
Inglaterra, las obras de Marshall, que pasaron inadvertidas
mientras Nasse y Mine no
llamaron la atención sobre ellas, no dejan
la menor duda
de que el sistema de la comuna aldeana gozaba de amplia
difusión en casi todas las
regiones de Inglaterra, aún en los comienzos
del siglo
XIX.
En el año 1870, sir Henry Maine fue "sorprendido
extraordinariamente por la cantidad
de casos de títulos de propiedad anormales,
los que de
modo necesario suponen una existencia primitiva de
la posesión colectiva y del cultivo
conjunto de la tierra", y estos casos llamaron su
atención después de un estudio comparativamente
breve. Y como la posesión comunal
se conservó en Inglaterra hasta una época
tan reciente,
es indudable que en las aldeas inglesas se hubiera
podido hallar gran número de hábitos
y costumbres de ayuda mutua, con sólo que los
escritores ingleses hubieran prestado mayor atención
a la vida aldeana real.
Por último, tales rastros fueron señalados,
no hace mucho, en un artículo del Journal of
the Statistical Society, vol. IX, junio 1897, y en
un
excelente artículo de la nueva edición,
undécima, de la Enciclopedia Británica. Por este
artículo nos enteramos de que, valiéndose
del
"cercamiento" de los campos comunales y dehesas, los
supuestos dueños y los
herederos de los derechos feudales quitaron a las
comunas
1.016.700 deciatinas desde el año 1709 hasta
1797, con preferencia campos cultivables;
484.490 deciatinas desde 1801 hasta 1842, y
228.910 deciatinas desde 1845 hasta 1869; además,
37.040 deciatinas de bosques; en
total 1.767.140 deciatinas, es decir, más de
la octava
parte de toda la superficie de Inglaterra, incluido
Gales (13.789.000 deciatinas), fue
quitada al pueblo.
Y a pesar de esto, la posesión comunal de la
tierra se ha conservado hasta ahora en
algunos lugares de Inglaterra y Escocia, como lo
demostró en el año 1907 el doctor Gilbert
Slater en su obra detallada The English
Peasantry and the Enclosure of Common Fields, donde
están los planos de algunas de dichas comunas
-que recuerdan plenamente los planos
del libro de P. P. Semionof- y se describe su vida
así:
sistema de tres o cuatro amelgas, y los comuneros
deciden todos los años en la asamblea
con qué sembrar la tierra en barbecho y se
conservan las "franjas" lo mismo que en la comuna
rusa. El autor del artículo de la
Enciclopedia Británica considera que hasta
ahora quedan
bajo posesión comunal, en Inglaterra, de 500.000
a 700.000 deciatinas de campos, y
principalmente dehesas.
En la parte continental de Europa, numerosas instituciones
comunales, que han
conservado hasta ahora su fuerza vital, se encuentran
en
Francia, Suiza, Alemania. Italia, Países Escandinavos
y en España, sin hablar de toda la
Europa occidental eslava. Aquí la vida aldeana,
hasta
ahora, está impregnada de hábitos y
costumbres comunales, y la literatura europea casi
anualmente se enriquece con trabajos serios
consagrados a esta materia, y lo que tiene relación
con ella. Por esto, en la elección de
los ejemplos, tengo que limitarme a algunos, los más
típicos.
Suiza nos ofrece uno de estos ejemplos. Existen allí
como repúblicas: Uri, Schwytz,
Appenzell, Glarus y Unterwalden, que poseen una parte
importante de sus tierras sin dividir y son administradas
todas por la asamblea popular
de toda la república (cantón), pero,
en todas las otras
repúblicas, las comunas aldeanas también
gozan de amplia autonomía y vastas partes
del territorio federal permanecen hasta ahora en
posesión comunal. Dos tercios de todos los
prados alpinos y dos tercios de todos los
bosques de Suiza y un número importante de
campos,
huertos, viñedos, turberas, canteras, hasta
ahora siguen siendo de propiedad comunal.
En el cantón de Vaud, donde todos los jefes
de familia
tienen derecho a participar con voto consultivo en
las deliberaciones de los asuntos
comunales, el espíritu comunal se manifiesta
con vivacidad
especial en los consejos elegidos por ellos. Al final
del invierno, en algunas aldeas, toda
la juventud masculina se encamina al bosque por
algunos días, para cortar árboles y
lanzarlos por las pendientes abruptas de las montañas
(en forma semejante al deslizamiento en trineo
desde las montañas); la madera para construcción
y la leña se reparte entre todos los
jefes de familia o se vende en su beneficio. Estas
excursiones son verdaderas fiestas del trabajo viril.
Sobre las orillas del lago de
Ginebra, una parte del trabajo necesario para conservar
en
orden las terrazas de los viñedos aun ahora
se realiza en común; y en primavera, cuando
el termómetro amenaza descender a bajo cero
antes
de la salida del sol y cuando la helada podría
dañar los sarmientos, el sereno nocturno
despierta a todos los jefes de familias, los cuales
encienden hogueras de paja y estiércol y preservan
de tal modo a las vides de la helada,
envolviéndolas en nubes de humo.
En el Tessino, los bosques son de dominio comunal;
se realiza la tala con mucha
regularidad, por secciones, y los ciudadanos de cada
comuna reciben, por familia, su porción de
rendimiento. Luego, casi en todos los
cantones las comunas aldeanas poseen las llamadas
Bürgernútzen, es decir, mantienen en común
una determinada cantidad de vacas para
proveer de manteca a todas las familias; o bien cuidan
en común los campos o viñedos, cuyos
productos se reparten entre los comuneros, o
bien, por último, arriendan su tierra, en cuyo
caso el
ingreso se destina al beneficio de toda la comuna.
En general, puede tomarse como regla que allí
donde las comunas han retenido una
esfera de derechos lo suficientemente amplia como
para
ser partes vivas del organismo nacional, y donde no
han sido reducidas a la miseria
completa, los comuneros no dejan de cuidar sus tierras
con atención. Debido a esto, las propiedades
comunales de Suiza presentan un contraste
asombroso, en comparación con la situación
lamentable de las tierras "comunales" de Inglaterra.
Los bosques comunales del cantón
de Vaud y de Valais se conservan en excelente orden,
según las reglas de la moderna silvicultura.
En otros lugares, "las pequeñas franjas" de
los campos comunales, que cambian de dueños
bajo el
sistema de reparticiones, están muy bien abonados,
puesto que no hay escasez de
ganado ni de prados. Los elevados prados alpinos,
en
general, se conservan bien, y los caminos de las aldeas
son excelentes. Y cuando
admiramos el chalet suizo, es decir, la cabaña,
los caminos
montañeses, el ganado campesino, las terrazas
de los viñedos y las casas de escuela en
Suiza, debemos recordar que la madera para la
construcción del chalet, en su mayor parte,
proviene de los bosques comunales, y los
caminos y las casas escolares son resultado del trabajo
comunal. Naturalmente, en Suiza, como en todas partes,
la comuna perdió muchos de
sus derechos y funciones, y la "corporación",
compuesta
por un pequeño número de viejas familias,
ocupó el lugar de la comuna aldeana
anterior, a la que pertenecían todos. Pero
lo que se conservó,
mantuvo, según la opinión de investigadores
serios, su plena vitalidad.
Apenas es necesario decir que en las aldeas suizas
se conservan, hasta ahora, muchos
hábitos y costumbres de ayuda mutua. Las veladas
para descascarar nueces, que se realizan por turno
en cada hogar; las reuniones al
atardecer para coser el ajuar en casa de la doncella
que
se va a casar; las invitaciones a la "ayuda" cuando
se construyen casas y para la
recolección de la cosecha, y de igual manera
para todos los
trabajos posibles que pudieran ser necesarios a cada
uno de los comuneros; la costumbre
de intercambiar los niños de un cantón
a otro con el
fin de enseñarles dos idiomas distintos, francés
y alemán, etc., todo esto es un fenómeno
completamente corriente.
Es curioso observar que también diferentes
necesidades modernas se satisfacen de este
mismo modo. Así, por ejemplo, en Glarus, la
mayoría de los prados alpinos fueron vendidos
en época de calamidades, pero las
comunas continúan aún comprando campos
llanos, y así,
después que las parcelas recompradas han permanecido
en poder de diferentes
comuneros durante diez, veinte o treinta años,
vuelven al
cuerpo de las tierras comunales, que se distribuyen
según las necesidades de todos los
miembros. Existen también grandes cantidades
de
pequeñas uniones que se dedican a la producción
de artículos alimenticios necesarios -
pan, queso, vino- por medio del trabajo común,
a
pesar de que esta producción no ha alcanzado
grandes proporciones; y finalmente,
gozan de gran difusión en Suiza las cooperativas
rurales.
Las asociaciones de diez a treinta campesinos que
compran y siembran en común
prados y campos constituyen un fenómeno corriente;
y las
asociaciones para la venta de leche y queso están
organizadas en todo el país. En suma,
Suiza fue la cuna de esta forma de cooperación.
Además, allí se presenta un amplio campo
para el estudio de toda clase de sociedades
pequeñas y grandes, fundadas para la satisfacción
de
todas las posibles necesidades modernas. Así,
por ejemplo, casi en todas las aldeas de
algunas partes de Suiza se puede hallar toda una
serie de sociedades: de protección contra incendios,
de aprovisionamiento del agua, de
paseos en botes, de conservación de los muelles
del
lago, etc.; además, todo el país está
sembrado de sociedades de arqueros, tiradores,
topógrafos, exploradores y de otras sociedades
semejantes, nacidas de los peligros que significa
el militarismo moderno y el
imperialismo.
Sin embargo, Suiza no es, de ningún modo, una
excepción en Europa, puesto que
instituciones y hábitos semejantes se pueden
observar en
las aldeas de Francia, Italia, Alemania, Dinamarca,
etcétera. Así, en las páginas
precedentes hemos hablado de lo que hicieron los
gobernantes de Francia con el fin de destruir la comuna
aldeana y usurparle sus tierras,
pero, a pesar de todos los esfuerzos del gobierno,
una
décima parte de todo el territorio apto para
el cultivo, es decir, alrededor de 13.500.000
acres que comprenden la mitad de los prados
naturales y casi la quinta parte de los bosques del
país continúan bajo posesión comunal.
Estos bosques proveen a los comuneros de
combustible, y la madera de construcción, en
la mayoría de los casos, es cortada por
medio del trabajo comunal, con toda la regularidad
deseable; el ganado de los comuneros pace libremente
en las dehesas comunales, y el
remanente de los campos comunales se divide y
reparte en algunos lugares. de Francia -como en las
Ardenas- de modo corriente.
Estas fuentes suplementarias que ayudan a los campesinos
más pobres a sobrellevar los
años de malas cosechas sin vender las parcelas
pequeñas de tierra de su pertenencia y sin
enredarse en deudas impagables, sin duda
tienen importancia tanto para los trabajadores agrícolas
como para casi 3.000.000 de modestos campesinos-propietarios.
Hasta es dudoso que la
pequeña propiedad campesina pudiera
conservarse sin ayuda de estas fuentes suplementarias.
Pero la importancia ética de la
propiedad comunal, por pequeñas que fueran
sus
proporciones, sobrepasa en mucho a su importancia
económica. Ayuda a la
conservación, en la vida aldeana, de un núcleo
de hábitos y
costumbres de ayuda mutua que indudablemente actúa
como contrapeso del
individualismo estrecho y de la codicia, que tan fácilmente
se
desarrolla entre los pequeños propietarios
de la tierra, y facilita el desenvolvimiento de
las formas modernas de cooperación y sociabilidad.
La
ayuda mutua, en todas las circunstancias de la vida
aldeana, entra en la rutina habitual
de la aldea. Por todas partes encontramos, bajo
nombres distintos, el "charroi", es decir, ayuda libre
prestada por los vecinos para
levantar la cosecha, para la recolección de
uva, para la
construcción de una casa, etcétera;
por todas partes encontramos las mismas reuniones
vespertinas que en Suiza. En todas partes los
comuneros se asocian para efectuar todos los trabajos
posibles que ellos por sí solos no
podrían realizar. Casi todos los que han escrito
sobre
la vida aldeana francesa han mencionado esta costumbre.
Pero quizá lo mejor de todo
sería citar aquí algunos fragmentos
de cartas que recibí
de un amigo, al que rogué comunicarme sus observaciones
sobre esta materia. Estas
informaciones se deben a un hombre de edad, que ha
sido durante mucho tiempo alcalde de su comuna natal
en el Sur de Francia (en el
departamento de Ariége); los hechos qué
ha comunicado le
eran conocidos merced a una observación personal
de muchos años y tienen la ventaja
de que provienen de una localidad y no están
tomados
por partes, de observaciones hechas en lugares alejados
entre sí. Algunos de ellos
pueden parecer baladíes, pero en general, pintan
el
mundillo entero de la vida aldeana.
"En algunas comunas, próximas a las nuestras
-escribe mi amigo- se mantiene en pleno
vigor la vieja costumbre de l'emprount. Cuando en
la
granja se necesitan muchas manos para el cumplimiento
rápido de cierto trabajo -
recoger papas o segar un prado- se convoca a los jóvenes
de la vecindad; reúnense mozos y muchachas
y realizan el trabajo animada y
gratuitamente, y por la tarde, después de una
cena alegre, los
jóvenes organizan bailes.
"En las mismas aldeas, cuando una moza se va a casar,
las vecinas de la aldehuela se
reúnen en su casa para coser su ajuar. En algunas
aldeas las mujeres, aún ahora, hilan con bastante
celo. Cuando le llega la época a
determinada familia de devanar el hilo, se realiza
este
trabajo en una tarde, con la ayuda de los vecinos
invitados. En muchas comunas de
Ariége, y en otros lugares del Suroeste de
Francia, el
desgranamiento del maíz también se efectúa
con la ayuda de todos los vecinos. Se les
agasaja con castañas y vino, y los jóvenes
danzan
después de terminado el trabajo. La misma costumbre
se practica al elaborarse el aceite
de nueces y al recoger el cáñamo. En
la comuna L.,
la misma costumbre se observa cuando se transporta
el trigo. Estos días de trabajo
pesado se convierten en fiestas, puesto que el dueño
considera un honor agasajar a los voluntarios con
una buena comida. No se fija pago
alguno: todos se ayudan mutuamente.
"En la comuna C., la superficie de las dehesas comunales
se aumenta cada año, de modo
que actualmente casi toda la tierra de la comuna ha
pasado a ser de uso común. Los pastores son
elegidos por los dueños del ganado,
incluyendo también las mujeres. Los toros son
comunales.
"En la comuna M., los pequeños rebaños
de 40 a 50 cabezas que pertenecen a los
comuneros, se reúnen en uno y luego se dividen
en tires o
cuatro rebaños antes de enviarlos a los prados
de la montaña. Cada dueño permanece
durante una semana junto al rebaño, en calidad
de
pastor.
"En la aldea C., algunos jefes de familia compraron
en común una trilladora, todas las
familias, en común, proveen los hombres que
son
necesarios, quince o veinte, para atender la máquina.
Otras tres trilladoras compradas
por los jefes de familia de la misma aldea son ofrecidas
en alquiler por ellos, pero el trabajo en este caso
es realizado por ayudantes forasteros,
invitados del modo habitual.
"En nuestra comuna R., era necesario levantar un muro
alrededor del cementerio. La
mitad de la suma requerida para la compra de la cal
y
para el pago de los obreros hábiles fue dada
por él consejo del distrito, y la otra mitad
fue reunida por suscripción. En cuanto al trabajo
de
suministrar arena y agua, mezclar la argamasa y ayudar
a los albañiles, todo fue
realizado por voluntarios (lo mismo que sé
hace en la djemâa
kabileña). Los caminos de la aldea son limpiados
también por medio del trabajo
voluntario de los comuneros. Otras comunas construyeron
de
tal modo sus fuentes. La prensa para extraer el jugo
de la uva y otras pequeñas
instalaciones a menudo son de propiedad comunal."
Dos habitantes de la misma localidad, interrogados
por mi amigo, agregaron lo
siguiente:
"En O., hace algunos años no existía
molino. La comuna construyó un molino
imponiendo una contribución a los comuneros.
En cuanto al
molinero, para evitar que incurriera en cualquier
clase de engaños y de parcialidad, se
decidió pagarle dos francos por consumidor
y que el
trigo fuera molido gratis.
"En Saint G., muy pocos campesinos se aseguran contra
incendio. Cuando se produce
un incendio -como sucedió recientemente- todos
entregan algo a la familia damnificada: una caldera,
una sábana, una silla, etc., y de tal
modo el modesto hogar es reconstituido. Todos los
vecinos ayudan al perjudicado por el incendio a reconstruir
su casa, y la familia,
mientras tanto, se aloja gratuitamente en casa de
los vecinos."
Semejantes hábitos de ayuda mutua, y se podrían
citar un sinnúmero, indudablemente
nos explican por qué los campesinos franceses
se
asocian con tal facilidad para el uso por turno del
arado y sus yuntas de caballos, o bien
de la prensa de uva o de la trilladora, cuando los
últimos pertenecen a una cierta persona de
la aldea, y de igual modo también para la
realización en común de todo género
de trabajos de
aldea. La conservación de los canales de riego,
el desmonte de los bosques, la
desecación de pantanos, la plantación
de árboles, etc., desde
tiempo inmemorial, eran realizados por el municipio.
Lo mismo continúa haciéndose
ahora. Así, por ejemplo, muy recientemente
en La Bome,
en el departamento de Lozére, las colinas áridas
y bravías fueron convertidas en ricos
huertos mediante el trabajo común. "La gente
llevaba la
tierra sobre sus hombros; construyeron terrazas y
las sembraron de castaños y
durazneros; diseñaron huertos y trajeron. el
agua, por medio de
un canal, desde dos o tres millas de distancia". Ahora,
según parece, se ha construido
allí un nuevo acueducto de once millas de longitud.
El mismo espíritu comunal explica el notable
éxito obtenido en los últimos tiempos por
los sindicatos agrícolas; es decir, las asociaciones
de
campesinos y granjeros. En el año 1884, se
autorizaron, en Francia, las asociaciones
compuestas por más de 19 personas, y apenas
es
necesario agregar que cuando se decidió hacer
esta "experiencia peligrosa" -como se
dijo en la Cámara de los Diputados- los funcionarios
tomaron todas aquellas "precauciones" posibles que
sólo la burocracia puede inventar.
Pero, a pesar de todo, Francia se llena de
asociaciones agrícolas (sindicatos). Al principio
se formaban solamente para la compra
de abono y semillas, puesto que las adulteraciones
en
estos dos ramos y las mezclas de toda clase de desperdicios
alcanzaron proporciones
inverosímiles. Pero gradualmente extendieron
su
actividad en diversas direcciones; incluso a la venta
de productos agrícolas y a la mejora
constante de las parcelas de tierras. En el sur de
Francia, los estragos producidos por la filoxera originaron
la formación de gran número
de asociaciones entre los propietarios de viñedos.
Diez, veinte, a veces treinta de esos propietarios
organizaban un sindicato, compraban
una máquina a vapor para bombear agua y hacían
los
preparativos necesarios para inundar sus viñedos
por turno. Constantemente se forman
nuevas asociaciones para la defensa contra las
inundaciones, para el riego, para la conservación
de los canales de riego ya existentes,
etc. Y no constituye obstáculo alguno el deseo
unánime
de todos los campesinos de la vecindad en cuestión
que la ley exige. En otros lugares
encontramos las fruitiéres o asociaciones de
queseros
o lecheros, y algunos de ellos reparten el queso y
la manteca en partes iguales,
independientemente del rendimiento de leche de cada
vaca.
En Ariége existe una asociación de ocho
comunas diferentes para el cultivo conjunto de
sus tierras, que se unieron en una; en el mismo
departamento, comunas en 172 sindicatos han organizado
la ayuda médica gratuita; en
conexión con los sindicatos surgen también
sociedades de consumidores, etcétera. "Una
verdadera revolución se realiza en nuestras
aldeas -dice Alfred Baudrillart- por medio de estas
asociaciones que adquieren en cada región de
Francia su carácter propio".
Casi Tomismo puede decirse también de Alemania.
En todas partes donde los
campesinos han podido detener el despojo de sus tierras
comunales, las conservan en propiedad comunal, la
que predomina ampliamente en
Württemberg, Baden, Hohenzollern, y en la provincia
de
Hessen, en Starkenberg. Los bosques comunales, en
general, se conservan en estado
excelente, y en miles de comunas tanto la madera de
construcción como la leña se reparte
anualmente entre todos los habitantes; hasta la
antigua costumbre denominada Lesholztag goza aún
ahora de amplia difusión: al tañido
de la campana del campanario de la aldea, todos los
habitantes se dirigen al bosque para traer cada uno
cuanta leña pueda. En Westfalia existen comunas
en las cuales se cultiva toda la tierra
como si fuera una propiedad común, según
las
exigencias de la agronomía moderna. En cuanto
a los viejos hábitos y costumbres
comunales, se hallan hasta ahora en vigor en la mayor
parte
de Alemania. Las invitaciones a la "ayuda", verdaderas
fiestas del trabajo, son un
fenómeno arteramente corriente en Westfalia,
Hessen y
Nassau. En las regiones en que abundan maderas de
construcción, para la construcción
de una casa nueva, se toma habitualmente del
bosque comunal y todos los vecinos ayudan en la edificación.
Hasta en los arrabales de
la gran ciudad de Francfort, entre los hortelanos,
en
casa de enfermedad de alguno de ellos, existe la costumbre
de ir los domingos a cultivar
el huerto del camarada enfermos.
En Alemania, lo mismo que en Francia, cuando los gobernantes
del pueblo derogaron
las leyes dirigidas contra las asociaciones de
campesinos -lo que fue hecho en 1884-1888- este género
de uniones comenzó a
desarrollarse con rapidez asombrosa, a pesar de toda
clase
de obstáculos ofrecidos por la nueva ley, que
estaba lejos de favorecerlas. El hecho es
que -dice Buchenberger- debido a estas uniones, en
millares de comunas aldeanas, en las que antes nada
sabían de abonos químicos ni de
alimentación racional del ganado, ahora tanto
el uno
como la otra se aplican en proporciones sin precedentes"
(t. II, pág. 507). Con ayuda de
estas uniones se compra todo género de instrumentos
y de máquinas agrícolas que economizan
trabajo, y de modo parecido se introducen
diferentes métodos para el mejoramiento de
la calidad de
los productos. Se forman también uniones para
la venta de los productos agrícolas y
para la mejora constante de las parcelas de tierra.
Desde el punto de vista de la economía social,
todos estos esfuerzos de los campesinos
naturalmente no tienen gran importancia. No pueden
aliviar de modo sustancial -y menos todavía
durable- la miseria a que están condenadas
las clases agrícolas de toda Europa. Pero desde
el
punto de vista moral, que es el que nos ocupa en este
momento, su importancia es
enorme. Demuestra que, aun bajo el sistema del
individualismo desenfrenado que domina ahora, las
masas agrícolas conservan
piadosamente la ayuda mutua heredada por ellos; y
en cuanto
los Estados debilitan las leyes férreas mediante
las cuales destruyeron todos los lazos
existentes entre los hombres para tenerlos mejor en
sus
manos, estos lazos se reanudan inmediatamente, a pesar
de las innumerables
dificultades políticas, económicas y
sociales; y se reconstituyen
en las formas que mejor responden a las exigencias
modernas de la producción. Y
señalan también las direcciones en que
es menester
buscar el máximo progreso, y las formas en
que tienden a fundirse.
Fácilmente podría aumentarse la cantidad
de ejemplos, tomándolos de Italia, España y,
especialmente, Dinamarca, y podrían señalarse
algunos rasgos muy interesantes, propios de cada uno
de estos países. Sería menester,
también, mencionar la población eslava
de Austria y
de la península balcánica, en la que
aún existe la "familia compuesta" y el "hogar
indiviso" y gran número de instituciones de
apoyo mutuo.
Pero me apresuro a pasar a Rusia, donde la misma tendencia
al apoyo mutuo asume
algunas formas nuevas e inesperadas. Además,
examinando la comuna aldeana en Rusia, tenemos la
ventaja de poseer una enorme
cantidad de material, emprendido por algunos ziemstva
(concejos campesinos) y que comprendía una
población de casi 20.000.000 de
campesinos de diferentes partes de Rusia.
De la enorme cantidad de datos reunidos por los censos
rusos se pueden extraer dos
importantes conclusiones. En la Rusia Media, donde
una tercera parte de la población campesina,
si no más, fue arrastrada a la ruina
completa (por los impuestos gravosos, los nadiely
muy
pequeños, de tierra mala, el elevado arriendo
y la recaudación muy severa de' impuestos
después de pérdidas completas de cosechas)
se
hizo evidente, durante los primeros veinticinco años
de la emancipación de los
campesinos de la servidumbre, la tendencia decidida
a
establecer la propiedad, personal de la tierra dentro
de las comunas aldeanas. Muchos
campesinos empobrecidos, "sin caballos",
abandonaron sus nadiely, y sus tierras a menudo pasaban
a ser propiedad de los
campesinos más ricos, los cuales, dedicados
al comercio,
poseían fuentes suplementarias de ingresos;
o bien los nadiely cayeron en manos de
comerciantes extraños que compraban tierras,
principalmente con objeto de arrendarlas luego a los
mismos campesinos a precios
desproporcionadamente elevados. Se debe observar
también que, debido a una omisión en
la Ley de Emancipación de 1861, ofrecíase una
gran posibilidad de acaparar las tierras de los
campesinos a precio muy bajo y los funcionarios del
Estado, a su vez, utilizaban su
influencia poderosa en favor de la propiedad privada
y se
comportaban en forma negativa hacia la propiedad comunal.
Sin embargo, desde el año 1880 comenzó
también una fuerte oposición en Rusia Media
contra la propiedad personal, y los campesinos que
ocupaban una posición intermedia entre los
ricos y los pobres hicieron esfuerzos
enérgicos para mantener las comunas. En cuanto
a las
fértiles estepas del sur, que son las partes
de la Rusia europea actualmente más pobladas
y ricas, fueron principalmente colonizadas durante
el siglo XIX, bajo el sistema de la propiedad personal
o la usurpación reconocida en esta
forma por el estado. Pero desde que en la Rusia del
sur fueron introducidos, con ayuda de la máquina,
métodos mejorados de agricultura,
los campesinos propietarios de algunos lugares
comenzaron, por sí mismos, a pasar de la propiedad
personal a la comunal, de modo que
ahora en este granero de Rusia se puede hallar,
según parece, una cantidad bastante importante
de comunas aldeanas, creadas
libremente y de origen muy reciente.
La Crimea y la parte del continente situada al norte
de ella (la provincia de Tauride), de
las cuales tenemos datos detallados, pueden servir
mejor que nada para ilustrar este movimiento. Después
de su anexión a Rusia, en el año
1783, esta localidad comenzó a ser colonizada
por
emigrantes de la gran Rusia, la pequeña Rusia
y la Rusia blanca -por cosacos, hombres
libres y siervos fugitivos- que afluían aisladamente
o
en pequeños grupos de todos los rincones de
Rusia. Al principio se dedicaron a la
ganadería, y más tarde, cuando comenzaron
a arar la tierra,
cada uno araba cuanto podía. Pero, cuando debido
al aflujo de colonos que se
prolongaba, y a la introducción de los arados
perfeccionados,
aumentó la demanda de tierra, surgieron entre
los colonos disputas exasperadas. Las
disputas se prolongaron años enteros hasta
que estos
hombres, no ligados antes por ningún vínculo
mutuo, llegaron gradualmente al
pensamiento de que era necesario poner fin a las discordias
introduciendo la propiedad comunal de la tierra. Entonces
comenzaron a concertar
acuerdos según los cuales la tierra que hablan
poseído
hasta entonces personalmente pasaba a ser de propiedad
comunal; e inmediatamente
después comenzaron a dividir y a repartir esta
tierra,
según las costumbres establecidas en las comunas
aldeanas. Este movimiento fue
adquiriendo, gradualmente, vastas proporciones, y
en un
territorio relativamente pequeño, las estadísticas
de Tauride hallaron 161 aldeas en las
que la posesión comunal había sido introducida
por los
mismos campesinos propietarios, en reemplazo de la
propiedad privada, principalmente
durante los años 1855-1885. De tal modo, los
colonos elaboraron libremente los tipos más
variados de comuna aldeana. Lo que, añade
todavía un especial interés a este paso
de la
posesión personal de la tierra a la comunas
que se realizó no sólo entre los grandes
rusos, acostumbrados a la vida comunal, sino también
entre los pequeños rusos, que hacía
mucho que bajo el dominio polaco habían olvidado
la comuna, y también entre los griegos y búlgaros
y
hasta entre los alemanes, quienes ya hacía
tiempo habían conseguido elaborar, en sus
florecientes colonias semiindustriales, en el Volga,
un
tipo especial de comuna aldeana. Los tártaros
musulmanes de la provincia de Tauride,
evidentemente, continuaron poseyendo la tierra según
el derecho común musulmán, que permitía
sólo una limitada posesión personal de la
tierra; pero, aun entre ellos, en algunos contados
casos
implantaron la comuna aldeana europea. En cuanto a
las otras nacionalidades que
pueblan la provincia de Tauride, la posesión
privada fue
suprimida en seis aldeas estonas, dos griegas, dos
búlgaras, una checa y una alemana.
El retorno a la posesión comunal de la tierra
es característico de las fértiles estepas del
sur. Pero, ejemplos aislados del mismo retorno se
pueden encontrar también en la pequeña
Rusia. Así, en algunas aldeas de la provincia de
Chernigof, los campesinos eran antes propietarios
privados de la tierra; tenían documentos legales
individuales de sus parcelas, y
disponían libremente de la tierra, dándola
en arriendo o
dividiéndola. Pero en 1850 se inició
entre ellos un movimiento en favor de la posesión
comunal, y sirvió de argumento principal el
aumento del
número de familias empobrecidas. Inicióse
tal movimiento en una aldea, y después le
siguieron otras, y el último caso citado por
V. V. se
remontaba al año 1882. Naturalmente, se originaron
choques entre los campesinos
pobres que exigían el paso a la posesión
comunal y los
ricos, que ordinariamente prefieren la propiedad privada,
y a veces la lucha se
prolongaba años enteros. En algunas localidades,
la resolución
unánime de toda la comuna, exigida por la ley
para el paso a la nueva forma de posesión
de la tierra, no pudo ser alcanzada, y la aldea se
dividió entonces en dos partes: una continuaba
con la posesión privada de la tierra y la
otra pasaba a la comunal; a veces, se fundían,
más
tarde, en una comuna, y a veces quedaban así,
cada cual con su forma de posesión de la
tierra.
En cuanto a Rusia central, en muchas aldeas cuya población
se inclinaba a la posesión
privada surgió, desde el año 1880, un
movimiento de
masas en favor del restablecimiento de la comuna aldeana.
Hasta los campesinos
propietarios, que habían vivido durante años
bajo el sistema
de posesión personal de la tierra, volvían
al orden comunal. Así, por ejemplo, existe una
cantidad importante de ex-siervos que han recibido
sólo una cuarta parte de nadie¡, pero
Ubres de redención y con títulos de propiedad
privada. En el año 1890, inicióse entre
ellos un movimiento
(en las provincias de Kursk, Riazan, Tanibof y otras)
cuya finalidad era establecer en
común sus parcelas, sobre la base de la posesión
comunal. Exactamente lo mismo "los agricultores libres"
(vólnye klebopáshtsy) que
fueron emancipados de la servidumbre por la ley de
1803
y que compraron sus nadiely cada familia por separado
casi todos pasaron ahora al
sistema comunal, libremente introducido por ellos.
Todos
estos movimientos se remontan a una época muy
reciente, y en ellos participan también
los campesinos de otras nacionalidades, además
de
la rusa. Así, por ejemplo, los búlgaros
del distrito de Tiraspol, que poseyeron la tierra
durante sesenta años bajo régimen de
propiedad
privada, introdujeron la posesión comunal en
los años 1876-1882. Los, menonitas
alemanes del distrito de Berdiansk lucharon, en el
año 1890.
por la introducción de la posesión comunal,
y los pequeños campesinos-propietarios
(Kleinwirthschafiliche), entre los bautistas alemanes,
hicieron propaganda en sus aldeas para la adopción
de la misma medida. Para concluir
citaré un ejemplo más: en la provincia
de Samara, el
gobierno ruso organizó, a modo de ensayo, en
el año 1840, 103 aldeas bajo el régimen
de la posesión privada de la tierra. Cada jefe
de
familia recibió un excelente nadiel, de 40
deciatinas. En el año 1890, en 72 aldeas de
estas 103, los campesinos expresaron su deseo de
pasar a la posesión comunal. Tomo todos estos
hechos del excelente trabajo de V. V.,
quien, a su vez, se limitó a clasificar los
que las
estadísticas territoriales señalaron
durante los censos por hogar arriba citados.
Tal movimiento en favor de la posesión comunal
va rotundamente en contra de las
teorías económicas modernas, según
las cuales el cultivo
intensivo de la tierra es incompatible con la comuna
aldeana. Pero de estás teorías se
puede decir solamente que nunca pasaron por el luego
de la experiencia práctica: pertenecen enteramente
al dominio de las teorías abstractas.
Los hechos mismos que tenemos ante nuestros ojos
demuestran, por el contrario, que en todas partes
donde los campesinos rusos, gracias al
concurso de circunstancias favorables, fueron
menos presa de la miseria, y en todas partes donde
hallaron entre sus vecinos hombres
experimentados y que tenían iniciativa la comuna
aldeana contribuían la introducción
de diferentes perfeccionamientos en el dominio de
la agricultura y, en general, de, la vida campesina.
Aquí,
como en todas partes, la ayuda mutua conduce al progreso
más rápidamente y mejor que
la guerra de cada uno contra todos, como puede
verse por los hechos siguientes. Hemos visto ya (apéndice
XVI) que los campesinos
ingleses de nuestro tiempo, allí donde la comuna
se
conservó intacta, convirtieron el campo en
barbecho, en campos de leguminosas y
tuberosas. Lo mismo empieza a hacerse también
en Rusia.
Bajo Nicolás 1, muchos funcionarios del Estado
y terratenientes obligaban a los
campesinos a introducir el cultivo comunal en las
pequeñas
parcelas que pertenecían a la aldea, con el
fin de llenar los depósitos comunales de
grano. Tales cultivos, que en el espíritu de
los campesinos
van unidos a los peores recuerdos de la servidumbre,
fueron abandonados
inmediatamente después de la caída del
régimen servil; pero ahora
los campesinos comienzan, en algunas partes, a establecerlos
por iniciativa propia. En
un distrito (Ostrogozh, de la provincia de Kursk)
fue
suficiente el espíritu de empresa de una persona
para introducir tales cultivos en las
cuatro quintas partes de las aldeas del distrito.
Lo mismo
se observa también en algunas otras localidades.
En. el día fijado, los comuneros se
reúnen para el trabajo: los ricos con arados
o carros, y los
más pobres aportan al trabajo común
sólo sus propias manos, y no se hace tentativa
alguna de calcular cuánto trabaja cada uno.
Luego, lo
recaudado por el cultivo comunal es destinado a préstamo
para los comuneros más
pobres -la mayoría de las veces sin devolución-,
o bien se
utiliza para mantener a los huérfanos y viudas,
o para reparar la iglesia de la aldea o la
escuela, o, por último, para el pago de cualquier
deuda
de la comuna.
Como debe esperarse de hombres que viven bajo el sistema
de la comuna aldeana, todos
los trabajos que entran, por así decirlo, en
la rutina
de la vida aldeana (la reparación de caminos
y puentes, la construcción de diques y
caminos de fajina, la desecación de pantanos,
los canales
de riego y pozos, la tala de bosques, la plantación
de árboles, etc.), son realizados por
las comunas enteras; exactamente lo mismo que la
tierra, muy a menudo, se arrienda en común,
y los prados son segados por todo el mir, y
al trabajo van los ancianos y los jóvenes,
los hombres
y las mujeres, como lo ha descrito magníficamente
L.N. Tolstoy. Tal género de trabajo
es cosa de todos los días en todas partes de
Rusia; pero
la comuna aldeana no elude de modo alguno las mejoras
de la agricultura moderna,
cuando puede hacer los gastos correspondientes y
cuando el conocimiento, que habla sido hasta entonces
privilegio de los ricos, penetra,
por fin, en la choza de la aldea.
Hemos indicado ya que los arados perfeccionados se
extienden rápidamente en el sur de
Rusia, y está probado que en muchos casos
precisamente las comunas aldeanas, cooperaron en esta
difusión. Sucedía también,
cuando el arado era comprado por la comuna, que,
después de probarlo en la parcela de la tierra
comunal, los campesinos indicaban los
cambios necesarios a aquellos a quienes habían
comprado el. arado; o bien, ellos mismos prestaban
ayuda para organizar la producción
artesana de atados baratos. En el distrito de Moscú,
donde la compra de arados por los campesinos se extendió
rápidamente, el impulso fue
dado por aquellas comunas que arrendaban la tierra
en común y fue hecho esto con el fin especial
de mejorar sus cultivos.
En el nordeste de Rusia, en la provincia de Viatka,
pequeñas asociaciones de
campesinos que viajaban con sus aventadoras (fabricadas
por
los artesanos de uno de los distritos en que abundaba
el hierro) extendieron el uso de
estas máquinas entre ellos, y aun en las provincias
vecinas. La amplia difusión de las trilladoras
en las provincias. de Samara, Sartof y
Jerson, es el resultado de la actividad de las asociaciones
de campesinos, que pueden llegar a comprar hasta una
máquina cara, mientras que el
campesino aislado no está en condiciones de
hacerlo.
Y mientras que en casi todos los, tratados económicos
dícese que la comuna aldeana
está condenada a desaparecer en cuanto el sistema
de
tres amelgas sea reemplazado por el cultivo rotativo,
vemos que en Rusia muchas
comunas aldeanas tomaron la iniciativa de la introducción
justamente de este sistema de cultivo rotativo, lo
mismo que hicieron en Inglaterra. Pero
antes de pasar a él, los campesinos habitualmente
reservan, una parte de los campos comunales para efectuar
ensayos de siembra artificial
de pastos, y las semillas son compradas por el mir
.
Si el ensayo tiene éxito, los campesinos no
se sienten embarazados en hacer una nueva
repartición de los campos para pasar a la economía
de cuatro, cinco y aun seis amelgas.
Este sistema se practica ahora en centenares de aldeas
de la provincia de Moscú, Tver,
Smolensk, Viatka y Pskof. Y allí donde el posible
separar cierta cantidad de tierra para este fin, las
comunas reservan parcelas para el
cultivo de plantíos de frutales.
Además, las comunas emprenden, con bastante
frecuencia, mejoras constantes, como el
drenaje y el riego. Así, por ejemplo, en tres
distritos
de la provincia de Moscú, de carácter
industrial marcado, durante una década (1880-
1890), se ejecutaron trabajos de drenaje en gran escala
en 180 a 200 aldeas diferentes, y los comuneros mismos
trabajaron con el pico. En el
otro extremo de Rusia, en las estepas áridas
del distrito
de Novouzen, fueron erigidos por la comuna más
de 1.000 diques para estanques y
fosos, y fueron excavados algunos centenares de pozos
profundos. Al mismo tiempo, en una rica colonia alemana
del sureste de Rusia, los
comuneros -hombres y mujeres- trabajaron cinco semanas
consecutivas en la erección de un dique de
tres verstas de largo destinado al riego. Pues,
¿cómo podrían luchar contra el
clima seco hombres
aislados? ¿Y a dónde podrían
llegar con el esfuerzo personal, en aquella época en que el
sur de Rusia sufría por la multiplicación
de
marmotas, y todos los agricultores, ricos y pobres.
comuneros e individualistas hubieron
de aplicar el trabajo de sus propias manos para
conjurar esa calamidad? La policía, en tales
circunstancias, no sirve de ayuda, y el único
medio es la asociación.
Como es sabido, bajo el reinado de Nicolás
II, el ministro Stolypin hizo una tentativa en
gran escala para destruir la posesión comunal
de la
tierra y transportar los campesinos a parcelas de
granjas separadas. Muchos esfuerzos y
mucho dinero del estado se gastó en esto, con
éxito
en algunas provincias, según parece, especialmente
en Ucrania. Pero la guerra y la
revolución que siguió sacudieron tan
profundamente toda
la vida de la aldea que en el momento presente es
imposible dar respuesta que tenga
cierta precisión sobre, los resultados de esta
campaña
del estado contra la comuna.
Después de haber hablado tanto de la ayuda
y del apoyo mutuos practicados por los
agricultores de los países "civilizados", veo
que podría
aún llenarse un tomo bastante voluminoso de
ejemplos tomados de la vida de los
centenares de millones de hombres que viven más
o me nos
bajo la autoridad o la protección de estados
más o menos civilizados, pero que, sin
embargo, están aún fuera de la civilización
moderna y de
las ideas modernas. Podría describir, por ejemplo,
la vida interior de la aldea turca, con
su red de asombrosos hábitos y costumbres ayuda
mutua. Consultando mis cuadernos de apuntes con respecto
a la ayuda campesina del
Cáucaso, hallo hechos muy conmovedores de apoyo
mutuo. Los mismos hábitos hallo en mis notas
sobre la djemáa árabe, la purra afgana,
sobre las aldeas de Persia, India y Java, sobre la
familia indivisa de los chinos, sobre los seminómadas
del Asia Central y los nómadas
del lejano Norte. Consultando las notas, tomadas en
parte al azar, de la riquísima literatura sobre
Africa, encuentro que están llenas de los
mismos hechos; aquí también se convoca
a la "ayuda"
para recoger la cosecha; las casas también
se construyen con ayuda de todos los
habitantes de la aldea. a veces para reparar el estrago
ocasionado por las incursiones de bandidos "civilizados";
en algunos casos, pueblos
enteros se prestan ayuda en la desgracia o bien
protegen a los viajeros, etcétera. Cuando recurro
a trabajos como el compendio del
derecho común africano hecho por Post, empiezo
a
comprender por qué, a pesar de toda la tiranía,
de todas las opresiones, de los despojos y
de las incursiones, a pesar de las guerras
internacionales, de los reyes antropófagos,
de los hechiceros charlatanes y de los
sacerdotes, a pesar de los cazadores de esclavos,
etc., la
población de estos países no se ha dispersado
por los bosques; por qué conservó un
determinado grado de civilización; empiezo
a
comprender por qué estos "salvajes" siguieron
siendo, sin embargo, hombres, y no
descendieron al nivel de familias errantes, como los
orangutanes que se están extinguiendo. El caso
es que los cazadores de esclavos,
europeos y americanos, los saqueadores de los depósitos
de marfil, lo reyes belicosos, los "héroes"
matabeles y malgaches desaparecen dejando
tras sí sólo huellas marcadas con sangre
y fuego; pero
el núcleo de instituciones, hábitos
y costumbres de ayuda mutua creadas primero por la
tribu y luego por la comuna aldeana permanece y
mantiene a los hombres unidos en sociedades, abiertas
al progreso de la civilización y
prestas a aceptarla cuando llegue el día en
que, en
lugar de balas y aguardiente, comiencen a recibir
de nosotros la verdadera civilización.
Lo mismo se puede decir también de nuestro
mundo civilizado. Las calamidades
naturales y las provocadas por el hombre pasan.
Poblaciones enteras son periódicamente reducidas
a la miseria y al hambre; las mismas
tendencias vitales son despiadadamente aplastadas
en millones de hombres reducidos al pauperismo de
las ciudades; el pensamiento y los
sentimientos de millones de seres humanos están
emponzoñados por doctrinas urdidas en interés
de unos pocos. Indudablemente, todos
estos fenómenos constituyen parte de nuestra
existencia. Pero el núcleo de instituciones,
hábitos y costumbres de ayuda mutua
continúa existiendo en millones de hombres;
ese núcleo los
une, y los hombres prefieren aferrarse a esos hábitos,
creencias y tradiciones suyas antes
que aceptar la doctrina de una guerra de cada uno
contra todos, ofrecida en nombre de una pretendida
ciencia, pero que en realidad nada
tiene de común con la ciencia.
CAPITULO VIII: LA AYUDA MUTUA EN LA SOCIEDAD MODERNA
(Continuación)
Observando la vida cotidiana de la población
rural de Europa he visto que, a pesar de
todos los esfuerzos de los estados modernos para
destruir la -comuna- aldeana, la vida de los campesinos
está llena dé hábitos y
costumbres de ayuda mutua y apoyo mutuo; hemos encontrado
que se han conservado hasta: ahora restos de la posesión
comunal de la tierra que están
ampliamente difundidos y tienen todavía importancia;
y que apenas fueron suprimidos, en época reciente,
los obstáculos legales que
embarazaban el resurgimiento de las asociaciones y
uniones
rurales; en todas partes surgió rápidamente
entre los campesinos una red entera de
asociaciones libres con todos los fines posibles;
y este
movimiento juvenil evidencia indudablemente la tendencia
a restablecer un género
determinado de unión, semejante a la que existía
en la
comuna aldeana anterior. Tales fueron las conclusiones
a que llegamos en el capítulo
precedente; y por eso nos ocuparemos ahora de
examinar las instituciones de apoyo mutuo que se forman
en la época presente entre la
población industrial.
Durante los tres últimos siglos, las condiciones
para la elaboración de dichas
asociaciones fueron tan desfavorables en las ciudades
como en
las aldeas. Sabido es que, prácticamente, cuando
las ciudades medievales fueron
sometidas, en el siglo XVI, al dominio de los estados
militares que nacían entonces, todas las instituciones
que asociaban a los artesanos, los
maestros y los mercaderes en guildas y en comunas
ciudadanas fueron aniquiladas por la violencia. La
autonomía y la jurisdicción propia,
tanto en las guildas como en la ciudad, fueron destruidas;
el juramento de fidelidad entre hermanos de las guildas
comenzó a ser considerado
como una manifestación de traición hacia
el estado; los
bienes de las guildas fueron confiscados del mismo
modo que las tierras de las comunas
aldeanas; la organización interior y técnica
de cada
ramo del trabajo cayó en manos del estado.
Las leyes, haciéndose gradualmente más y
más severas, trataban de impedir de todos modos
que los artesanos se asociaran de cualquier manera
que fuese. Durante algún tiempo se
permitió, por ejemplo, la existencia de las
guildas
comerciales, bajo condición de que otorgarían
subsidios generosos a los reyes; se toleró
también la existencia de algunas guildas de
artesanos, a las qué utilizaba el estado como
órganos de administración. Algunas de las
guildas del último género todavía
arrastran su
existencia inútil. Pero lo que antes era una
fuerza vital de la existencia y de la industria
medievales, hace va mucho que ha desaparecido bajo
el peso abrumador del estado centralizado.
En Gran Bretaña, que puede ser tomada como
el mejor ejemplo de la política industrial
de los estados modernos, vemos que ya en el siglo
XV
el Parlamento inició la obra de destrucción
de las guildas; pero las medidas decisivas
contra ellas fueron tomadas sólo en el siglo
siguiente,
Enrique VIII no sólo destruyó la organización
de las guildas, sino que en el momento
oportuno confiscó sus bienes "con mayor
desconsideración -dijo Toulmin Smith- que la
demostrada en la confiscación de los
bienes de los monasterios" Eduardo VI terminó
su obra. Y
ya en la segunda mitad del siglo XVI hallamos que
el Parlamento se ocupó de resolver
todas las divergencias entre los artesanos y los
comerciantes que antes eran resueltas en cada ciudad
por separado. El Parlamento y el
rey no sólo se apropiaron del derecho de legislación
en todas las disputas semejantes, sino que teniendo
en cuenta los intereses de la corona,
ligados a la exportación al extranjero, enseguida
comenzaron a determinar el número necesario,
según su opinión, de aprendices para
cada oficio, y a regularizar del modo más detallado
la
técnica misma de cada producción: el
peso del material, el número de hilos por pulgada
de tela, etc. Se debe decir, sin embargo, que estas
tentativas no fueron coronadas por el éxito,
puesto que las discusiones y dificultades
técnicas de todo género, que durante
una serie de siglos
fueron resueltas por el acuerdo entre las guildas
estrechamente dependientes una de otra
y entre las ciudades que ingresaban en la unión,
están completamente fuera del alcance de los
funcionarios del estado. La intromisión
constante de los funcionarios no permitía a
los oficios
vivir y desarrollarse, y llevó a la mayoría
de ellos a una decadencia completa; y por ello,
los economistas, ya en el siglo XVIII, rebelándose
contra la regulación de la producción
por el estado, expresaron un descontento
plenamente justificado y extendido entonces. La destrucción
hecha por la revolución francesa de este género
de intromisión de la burocracia en la
industria fue saludada corno un acto de liberación;
y
pronto otros países siguieron el ejemplo de
Francia.
El estado no pudo, tampoco, alabarse de haber obtenido
mejor éxito en la determinación
del salario. En las ciudades medievales, cuando en
el siglo XV comenzó a marcarse cada vez más
agudamente la distinción entre los
maestros y sus medio oficiales o jornaleros, los medio
oficiales opusieron sus uniones (Geseilverbande),
que a veces tenían carácter
internacional, contra las uniones de maestros y comerciantes.
Ahora, el estado se encargó de resolver sus
discusiones, y según el estatuto de Isabel, de
1 año 1563, se confirió a los jueces
de paz la
obligación de establecer la proporción
del salario, de modo que asegurara una existencia
"decorosa" a los jornaleros y aprendices. Los jueces
de paz, sin embargo, resultaron completamente impotentes
en la obra de conciliar los
intereses opuestos de amos y obreros, y de ningún
modo pudieron obligar a los maestros a someterse a
la resolución judicial. La ley sobre
el salario, de tal modo, se convirtió gradualmente
en
letra muerta, y fue derogada al final del siglo XVIII.
Pero, a la vez que el estado se vio obligado a renunciar
al deber de establecer el salario,
continuó, sin embargo, prohibiendo severamente
todo género de acuerdo entre los jornaleros
y los maestros, concertados con el fin de
aumentar los salarios o de mantenerlos en un
determinado nivel. Durante todo el siglo XVIII, el
estado emitió leyes dirigidas contra
las uniones obreras, y en el año 1799, finalmente,
prohibió
todo género de acuerdo de los obreros, bajo
amenaza de los castigos más severos. En
suma, el Parlamento británico sólo siguió,
en este
caso, el ejemplo de la Convención revolucionaria
francesa, que dictó en 1793 una ley
draconiana contra las coaliciones obreras; los acuerdos
entre un determinado número de ciudadanos eran
considerados por esta asamblea
revolucionaria como un atentado contra la soberanía
del
estado, del que se suponía que protegía
en igual medida a todos sus súbditos.
De tal modo fue terminada la obra de la destrucción
de las uniones medievales. Ahora,
tanto en la ciudad como en la aldea, el estado reinaba
sobre los grupos, débilmente unidos entre sí,
de personas aisladas, y estaba dispuesto a
prevenir, con las medidas más severas, todas
sus
tentativas de restablecer cualquier unión especial.
Tales fueron las condiciones en que tuvo que abrirse
paso la tendencia a la ayuda mutua
en el siglo XIX. Es comprensible, sin embargo, que
todas estas medidas no tuvieran fuerza como para destruir
esa tendencia perdurable. En
el transcurso del siglo XVIII. las uniones obreras
se
reconstituían constantemente. No pudieron detener
su nacimiento y desarrollo ni
siquiera las crueles persecuciones que comenzaron
en virtud
de las leyes de 1797 y 1799. Los obreros aprovechaban
cada advertencia de la ley y de
la vigilancia establecida, cada demora de parte de
los
maestros, obligados a informar de la constitución
de las uniones, para ligarse entre sí.
Bajo la apariencia de sociedades amistosas (friendly
societies), de clubs de entierros, o de hermandades
secretas, las uniones se extendieron
por todas partes: en la industria textil, entre los
trabajadores de las cuchillerías de Sheffield,
entre los mineros: y se formaron también
poderosas organizaciones federales para apoyar a las
uniones locales durante las huelgas y persecuciones.
Una serie de agitaciones obreras se
produjeron a principios del siglo XIX, especialmente
después de la conclusión de la paz de
1815, de modo que finalmente hubo que derogar
las leyes de 1797 y 1799.
La derogación de la ley contra las coaliciones
(Combinations Laws), en 1825, dio un
nuevo impulso al movimiento. En todas las ramas de
producción se organizaron inmediatamente uniones
y federaciones nacionales y cuando
Robert Owen comenzó la organización
de su "Gran
Unión Consolidada Nacional" de las uniones
profesionales, en algunos meses alcanzó a
reunir hasta medio millón de miembros. Verdad
es
que este período de libertad relativo duró
poco. Las persecuciones comenzaron de
nuevo en 1830, y en el intervalo entre 1832 y 1844
siguieron condenas judiciales feroces contra las organizaciones
obreras, con destierro a
trabajos forzados a Australia. La "Gran Unión
Nacional" de Owen fue disuelta, y éste hubo
de renunciar a su ensayo de Unión
Internacional, es decir, a la Internacional. Por todo
el país, tanto
las empresas particulares como igualmente el estado
en sus talleres, empezaron a
obligar a sus obreros a romper todos los lazos con
las
uniones y a firmar un "document", es decir, una renuncia
redactada en este sentido. Los
unionistas fueron perseguidos en masa y detenidos
bajo la acción de la ley "Sobre los amos y
sus servidores", en virtud de la cual era
suficiente la simple declaración del patrono
de la fábrica
sobre la supuesta mala conducta de sus obreros para
arrestarlos en masa y juzgarlos
Las huelgas fueron sofocadas del modo más despótico,
y condenas asombrosas por su
severidad fueron pronunciadas por la simple
declaración de huelga, o por la participación
en calidad de delegado de los huelguistas,
sin hablar ya de las sofocaciones, por vía
militar, de
los más mínimos desórdenes durante
las huelgas, o de los juicios seguidos por las
frecuentes manifestaciones de violencias de diferentes
géneros por parte de los obreros. La práctica
de la ayuda mutua, bajo tales
circunstancias, estaba bien lejos de ser cosa fácil.
Y, sin embargo,
a pesar de todos los obstáculos, de cuyas proporciones
nuestra generación ni siquiera
tiene la debida idea, ya. desde el año 1841
comenzó el
renacimiento de las uniones obreras, y la obra de
la asociación de los obreros se
prolongó incansablemente desde entonces hasta
el
presente; hasta que, por fin, después de una
larga lucha que duraba ya más de cien años,
fue conquistado el derecho de pertenecer a las
uniones. En el año 1900 casi una cuarta parte
de todos los trabajadores que tenían
ocupación fija, es decir, alrededor de 1.500.000
hombres,
pertenecían a las uniones obreras (trace unions),
y ahora su número casi se ha triplicado.
En cuanto a los otros estados europeos, es suficiente
decir que hasta épocas muy
recientes todo género de uniones era perseguido
como
conjuración; en Francia, la formación
de las uniones (sindicatos) con más de 19
miembros sólo fue permitida por la ley en 1884.
Pero a pesar
de esto, las uniones obreras existen por doquier,
si bien a menudo han de tomar la forma
de sociedades secretas; al mismo tiempo, la difusión
y la fuerza de las organizaciones, en especial de
los "caballeros del trabajo" en los
Estados Unidos y de las uniones obreras de Bélgica,
se
manifestó claramente en las huelgas del 90.
Sin embargo, es necesario recordar que el hecho mismo
de pertenecer a una unión
obrera, aparte de las persecuciones posibles, exige
del
obrero sacrificios bastante importantes en dinero,
tiempo y trabajo impago, o implica
riesgo constante de perder el trabajo por el mero
hecho
de pertenecer a la unión obrera. Además,
el unionista tiene que recordar continuamente
la posibilidad de huelga, y la huelga cuando se ha
agotado el limitado crédito que da el panadero
y el prestamista, la entrega del fondo de
huelga no alcanza para alimentar a la familia trae
consigo el hambre de los niños. Para los hombres
que viven en estrecho contacto con
los obreros, una huelga prolongada constituye uno
de los
espectáculos que más oprimen el corazón;
por esto, fácilmente puede imaginarse qué
significa, aún ahora, en las partes no muy
ricas de la
Europa continental. Continuamente, aun en la época
presente, la huelga termina con la
ruina completa y la emigración forzosa de casi
toda la
población de la localidad y el fusilamiento
de los huelguistas por a menor causa, y hasta
sin causa alguna, aun ahora constituye el fenómeno
más corriente en la mayoría de los estados
europeos.
Y sin embargo, cada año, en Europa y América,
se producen miles de huelgas y
despidos en masa, y las así llamadas huelgas,
"por
solidaridad", provocadas por el deseo de los trabajadores
de apoyar a los compañeros
despedidos del trabajo o bien para defender los
derechos de sus uniones, son las que se destacan por
su esencial duración y severidad. Y
mientras la parte reaccionaria de la prensa suele
estar siempre inclinada a declarar las huelgas como
una "intimidación", los hombres que
viven entre huelguistas hablan con admiración
de la
ayuda del apoyó mutuo practicado entre ellos.
Probablemente, muchos han oído hablar
del trabajo colosal realizado por los trabajadores
Voluntarios para organizar la ayuda y la distribución
de comida durante la gran huelga
de los obreros de los docks de Londres en el 80, o
de
los mineros que habiendo estado ellos mismos sin trabajo
durante semanas enteras, en
cuánto volvieron al trabajo de nuevo empezaron
inmediatamente a pagar cuatro chelines por semana
al fondo de huelga; o de la viuda
del minero que durante los disturbios obreros de
Yorkshire, en 1894, aportó todos los ahorros
de su difunto esposo al fondo de huelga; de
cómo durante la huelga los vecinos se repartían
siempre entre sí el último trozo de
pan; de los mineros de Redstoc, que poseían vastos
huertos e invitaron a 400 camaradas de Bristol a
llevarse gratuitamente coles, patatas, etc. Todos
los corresponsales de los diarios,
durante la gran huelga de los mineros de Yorkshire,
en
1894, conocían un cúmulo de hechos semejantes,
a pesar de que bien lejos estaban
todos ellos de atreverse a escribir sobre semejantes
"bagatelas" inconvenientes en las páginas de
sus respetables diarios.
La unión de los obreros profesionales no constituye,
sin embargo, la única forma en que
se encauza la necesidad del obrero de ayuda mutua.
Además de las uniones obreras existen las asociaciones
políticas, cuya acción, según
consideran muchos obreros, conduce mejor al bienestar
público que las uniones profesionales, que
ahora se limitan, en su mayor parte, a sus
solos estrechos fines. Naturalmente, no es posible
considerar el simple hecho de pertenecer a una corporación
política como una
manifestación de la tendencia a la ayuda mutua.
La política,
como es sabido, constituye precisamente el campo donde
los hombres egoístas entran en
las más complicadas combinaciones con los
hombres inspirados por tendencias sociales. Pero todo
político experimentado sabe que
los grandes movimientos políticos, todos, surgieron
teniendo justamente objetivos amplios y, a menudo,
lejanos, y los más poderosos de
estos movimientos fueron aquellos que provocaron el
entusiasmo más desinteresado.
Todos los grandes movimientos históricos tenían
este carácter, y el socialismo brinda a
nuestra generación un ejemplo de este género
de
movimientos. "Es obra de agitadores pegados" tal es
el estribillo corriente de aquellos
que nada saben de estos movimientos. Pero, en
realidad -hablando sólo de los hechos que conozco
personalmente- si durante los
últimos treinta y cinco años hubiera
llevado un diario y
anotado en él todos los ejemplos por mí
conocidos de abnegación y sacrificio con que
he tropezado en el movimiento social, la palabra
"heroísmo" no abandonaría los labios
de los lectores de ese diario. Pero los hombres de
que tendría que hablar en él estaban
lejos de ser
héroes; eran gente mediocre, inspirada solamente
por una gran idea. Todo diario
socialista -y en Europa solamente existen muchos
centenares- representa la misma historia de largos
años de sacrificio, sin la más mínima
esperanza de venta a material alguna, y en la
inmensa mayoría de los casos, casi sin la satisfacción
de la ambición personal, si es que
ésta existe. He visto cómo familias
que vivían sin
saber si tendrían un trozo de pan al día
siguiente -boicoteado el esposo en todas partes,
en su pequeña ciudad, por su participación
en un
diario, y la esposa manteniendo a la familia con su
trabajo de aguja- prolongaban
semejante situación meses y años, hasta
que, por, último, la
familia, agotada, se retiraba, sin una palabra de
reproche, diciendo a los nuevos
compañeros: "Continuad, nosotros ya no tenemos
fuerzas
para resistir". He visto hombres que morían
de tisis y que lo sabían, y, sin embargo,
corrían bajo la llovizna helada y la nieve
para organizar
mítines, y ellos mismos hablaban en los mítines
hasta pocas semanas antes de su
muerte, y por último, al ir al hospital, nos
decían: "Bueno,
amigos, mi canción ha terminado: los médicos
han decidido que me quedan sólo pocas
semanas de vida. Decid a los camaradas que me
harán feliz si alguno viene a visitarme". Conozco
hechos que serían considerados "una
idealización" de parte mía si los refiriera
a mis lectores,
y hasta los nombres mismos de estos hombres apenas
son conocidos más allá del círculo
estrecho de sus amigos, y serán pronto olvidados
cuando éstos también dejen de existir.
En suma, no sé qué admirar más:
si la ilimitada abnegación de estos pocos o la suma
total de las pequeñas manifestaciones de abnegación
de las masas conmovidas por el movimiento. La venta
de cada decena de números de un
diario obrero, cada mitin, cada centenar de votos
ganados en favor de los socialistas en las elecciones,
son el resultado de una masa tal de
energía y de sacrificios de que los que están
fuera
del movimiento no tienen siquiera la menor idea. Y
así como obran los socialistas,
obraba en el pasado todo partido popular y progresista,
político y religioso. Todo el progreso realizado
por nosotros en el pasado es el resultado
del trabajo de unos hombres de una abnegación
semejante.
A menudo se presenta, especialmente en Gran Bretaña,
a la cooperación como un
"individualismo por acciones", y es indudable que
en su
aspecto presente puede contribuir fácilmente
a desarrollar el egoísmo cooperativista, no
solamente, con respecto a la sociedad general, sino
entre los mismos cooperadores. Sin embargo, es sabido
de manera cierta que al
principio tenía este movimiento un carácter
profundo de
ayuda mutua. Aun en la época presente, los
más ardientes partidarios de dicho
movimiento están firmemente convencidos de
que la
cooperación conducirá a la humanidad
a una forma armoniosa superior, de relaciones
económicas; y después de haber estado
en algunas
localidades del norte de Inglaterra, donde la cooperación
se halla muy desarrollada, es
imposible no llegar a la conclusión de que
un número
importante de los participantes de este movimiento
sostienen justamente tal opinión. La
mayoría de ellos perdería todo interés
en el
movimiento cooperativo si perdiera la fe mencionada.
Es necesario decir también que
en los últimos años comenzaron a evidenciarse,
entre
los cooperadores, ideales más amplios de bienestar
público y de solidaridad entre los
productores. Imposible es negar también la
inclinación
manifestada en ellos, que tiende a mejorar las relaciones
entre los propietarios de las
cooperativas productoras y sus obreros.
La importancia del cooperativismo en Inglaterra, Holanda
y Dinamarca es bien
conocido, y en Alemania, especialmente en el, Rhin,
las
sociedades cooperativas, en la época presente,
son ya una fuerza poderosa de la vida
industrial, Pero quizá Rusia constituya el
mejor campo
para el estudio del cooperativismo en su infinita
variedad de formas. En Rusia, la
cooperativa, es decir, el artiel, ha crecido de manera
natural;
fue una herencia de la Edad Media, y mientras que
la sociedad cooperativa constituida
oficialmente habría tenido que luchar contra
un cúmulo
de dificultades legales y contra la suspicacia de
la burocracia, la forma de cooperativa
no oficial -el artiel- constituye la esencia misma
de la
vida campesina rusa. Toda la historia de la "creación
de Rusia" y de la organización de
Siberia se presenta en realidad corno la historia
de los
artiéli de cazadores y de industriales, inmediatamente
después de los cuales se
extendieron las comunas aldeanas. Ahora hallamos el
artiél
por todas partes: en cada grupo de campesinos que
de una misma aldea va a ganarse la
vida a la fábrica, en todos los oficios de
la
construcción, entre los pescadores y cazadores,
entre los presos que van en viaje a
Siberia y los fugitivos de Siberia, entre los mozos
de
cuerda de los ferrocarriles, entre los miembros de
los artiéli de la bolsa, de los obreros
de la aduana, en muchas de las industrias artesanos
(que dan trabajo a siete millones de hombres), etcétera.
En una palabra, de arriba a
abajo, en todo el mundo trabajador, hallamos artiéli:
permanentes y temporales, para la producción
y para el consumo, y en todas las formas
posibles. Hasta la época presente las secciones
de
las pesquerías, en los ríos que afluyen
al mar Caspio, son arrendadas por artiéli
colosales; el río Ural pertenece a todo el
Ejército de cosacos
del Ural, que divide y reparte sus secciones de pesquerías
-quizá las más ricas del
mundo- entre las aldeas cosacas, sin intromisión
alguna
por parte de las autoridades. En el Ural, el Volga
y en todos los lagos del norte de Rusia,
la pesca es realizada por los artiéli (véase
el
apéndice XIX).
Junto con estas organizaciones permanentes existe
también una multitud innumerable
de artiéli temporales, constituidos con todos
los fines
posibles. Cuando de diez a veinte campesinos de una
localidad se dirigen a una ciudad
grande a ganarse la vida; sea en calidad de
tejedores, carpinteros, albañiles, navegantes,
etc., siempre constituyen un artiél, alquilan
un alojamiento común y toman una cocinera (muy
a
menudo la esposa de uno de ellos se ocupa de la cocina),
elijen a un stárosta, comen en
común y cada uno paga al artiél el alojamiento
y la
comida. La partida de presos en viaje a Siberia obra
siempre del mismo modo, y el
stárosta elegido por ellos es el intermediario,
reconocido
oficialmente, entre los presos y el jefe militar del
convoy que acompaña a la partida. En
los presidios, los presos tienen la misma organización.
Los mozos de cuerda de los ferrocarriles, los mandaderos
de la bolsa, los miembros de
los artiéli de la aduana, y los mandaderos
de la
ciudad, unidos por canción solidaria, gozan
de tal reputación que los comerciantes
confían a un miembro del artiél de los
mandaderos
cualquier suma de dinero. En la construcción
se forman artiéli que cuentan, a veces
decenas de miembros, a veces también unos pocos,
y los
grandes contratistas de la construcción de
casas y ferrocarriles prefieren siempre tratar
con el artiél antes que con los obreros contratados
separadamente.
Las tentativas hechas por el Ministro de la Guerra,
en 1890, para negociar directamente
con los artiéli de productores, formados para
producciones especiales entre artesanos, y encargarles
zapatos y todo género de
artículos de cobre y hierro para los uniformes
de los
soldados, a juzgar por los informes, dieron resultados
enteramente satisfactorios; y la
entrega de una fábrica fiscal (Votkinsk) en
arriendo a los
artiéli de obreros viose coronada, un tiempo,
por un éxito positivo. De tal modo,
podemos ver en Rusia cómo las antiguas instituciones
medievales, que habían evitado la intromisión
del estado (en sus manifestaciones no
oficiales) sobrevivieron íntegras hasta la
época presente,
y tomaron las formas más diferentes, de acuerdo,
con las exigencias de la industria y el
comercio modernos. En cuanto a la península
balcánica, en el imperio turco y el Cáucaso,
las viejas guildas se conservaron allí con
plena fuerza. Los esnafy servios conservaron plenamente
el carácter medieval: en su constitución
entran tanto los maestros tomo los jornaleros;
regulan la industria y son los órganos de apoyo
mutuo,
tanto en el campo del trabajo cómo en un caso
de enfermedad, mientras que los amkari
georgianos del Cáucaso, y en especial en Tiflis,
no
sólo cumplen los deberes de las uniones profesionales,
sino que ejercen una influencia
importante sobre la vida de la ciudad.
Relacionado con la cooperación, debería,
quizá, mencionar la existencia en Inglaterra de
las sociedades amistosas de apoyo mutuo (friendly
societies), las uniones de los "chistosos" (oddfellows),
los clubs de las aldeas de las
ciudades para pagar la asistencia médica, los
clubs para
entierros o para la adquisición de ropas, los
pequeños clubs organizados a menudo entre
las muchachas de las fábricas, que abonan algunos
peniques semanales y luego sortean entre sí
la suma de una libra, que les da la
posibilidad de realizar alguna compra más o
menos
importante, y muchas otras sociedades de género
semejante. Toda la vida del pueblo
trabajador de Inglaterra está impregnada de
tales
instituciones En todas estas sociedades y clubs se
puede observar no poca reserva de
alegre sociabilidad y camaradería, a pesar
de que se
lleva cuidadosamente el "crédito" y el "débito"
de cada miembro. Pero aparte de estas
instituciones, existen tantas uniones basadas en la
disposición a sacrificar, si necesario fuera,
el tiempo, la salud y la vida, que podemos
extraer dé su actividad ejemplos de las mejores
formas
de apoyo mutuo.
En primer lugar es menester citar aquí la sociedad
de salvamento marítimo en
Inglaterra, e instituciones semejantes en el resto
de Europa, La
sociedad inglesa tiene más de 300 botes de
salvamento a lo largo las orillas de
Inglaterra, y tendría dos veces más
si no fuera por la pobreza
de los pescadores, quienes no siempre pueden comprar
por mismos los caros botes de
salvamento. La tripulación de estos botes se
compone siempre de voluntarios, cuya disposición
a sacrificar la vida para salvar a
hombres que les. son completamente desconocidos es
sometida todos los años a una prueba dura,
cada invierno, y en realidad algunos de los
más valientes perecen en las aguas. Y si preguntáis
a
estos hombres qué fue lo que los incitó
a arriesgar la vida, a veces en condiciones tales
que, según parecía, no había
posibilidad alguna de
éxito, os contestarán probablemente
con un relato, del género del siguiente, que yo,
escuché en la costa meridional. Una furiosa
tormenta, de
nieve soplaba sobre el canal de la Mancha; rugía
sobre las llanas orillas arenosas donde
se hallaba una pequeña aldehuela, y el mar
arrojó
sobre las arenas próximas a ella, una embarcación
de un solo mástil, cargada de
naranjas. En aguas tan poco profundas sólo
se mantiene el
bote salvavidas de fondo chato, de tipo simplificado,
y salir con él de tal tormenta
significaba, ir a un verdadero desastre, y sin embargo,
los
hombres se decidieron y fueron. Horas enteras lucharon
contra la tormenta de nieve; dos
veces el bote se volcó. Uno de los remeros
se ahogó,
y los restantes fueron arrojados a la playa. A la
mañana siguiente, hallaron, a uno de los
últimos -un guarda aduanero inteligente- seriamente
herido y medio helado en la nieve. Yo le pregunté
cómo habían decidido a hacer aquella
tentativa desesperada. "Yo mismo no lo sé
-respondió-. Allí, en el mar, la gente
perecía; toda la aldea estaba en la orilla, y decían
todos que hacerse a la mar hubiera sido una locura
y que
nunca venceríamos la rompiente. Veíamos
que había en el barco cinco o seis hombres
que se aferraban al mástil y hacían
señales
desesperadas. Todos sentíamos que era necesario
emprender algo, pero, ¿qué podíamos
hacer? Pasó una hora, otra, y permanecíamos
aún
en la playa, teníamos todos e1 alma oprimida.
Luego, de repente, nos pareció oír que a
través de los aullidos de la tempestad nos
llegaban sus
lamentos... Había un niño con ellos.
No pudimos resistir más la tensión: todos juntos
dijimos: ¡Es necesario salir! Las mujeres decían
lo mismo;
nos hubieran considerado cobardes si nos hubiéramos
quedado, a pesar de que ellas
mismas nos llamaban locos el día siguiente,
por nuestra
tentativa. Como un solo hombre, nos arrojamos al bote
salvavidas partimos. El bote
volcó, pero conseguimos volver a enderezarlo.
Lo peor de
todo fue cuando el desdichado N. se ahogó,
aferrado a una cuerda del bote, y nada
pudimos hacer por salvarlo. Luego nos azotó
una ola
enorme, el bote voló de nuevo y nos arrojó
a todos a la playa. Los hombres del buque
náufrago fueron salvados por un bote de Dungenes,
y
nuestro bote fue recogido muchas millas al oeste.
A mí me hallaron a la mañana
siguiente sobre la nieve."
El mismo sentimiento movía también a
los mineros del valle de Ronda cuando salvaron
a sus camaradas de un pozo de la mina que había
sufrido una inundación. Tuvieron que atravesar
una capa de carbón de 96 pies de
espesor para llegar hasta los compañeros enterrados
vivos.
Pero cuando sólo les faltaba perforar en total
nueve pies, los sorprendió el gas grisú. Las
lámparas se extinguieron y los mineros hubieron
de
retirarse. Trabajar en tales condiciones significaba
correr el riesgo de ser volado en
cualquier momento y, finalmente, perecer todos. Pero
se
oían todavía los golpes de los enterrados;
estos hombres estaban vivos y clamaban
ayuda, y algunos mineros voluntariamente se propusieron
salvar a sus camaradas, arriesgando sus vidas. Cuando
descendieron al pozo, las
mujeres los acompañaban con lágrimas
silenciosas, pero
ninguna pronunció una palabra para detenerlos.
Tal es la esencia de la psicología humana.
Mientras los hombres no se han embriagado
con la lucha hasta la locura, no "pueden oír"
pedidos
de ayuda sin responderles. Al principio se habla de
cierto heroísmo personal, y tras del
héroe sienten todos que deben seguir su ejemplo.
Los
Artificios de la mente no pueden oponerse al sentimiento
de ayuda mutua, pues este
sentimiento ha sido educado durante muchos miles de
años por la vida social humana y por centenares
de miles de años de vida prehumana en
las sociedades animales.
Sin embargo, quizá todos preguntarán:
Pero, "¿cómo es que pudieron ahogarse
recientemente los hombres en el Serpentine, el lago
que se
halla en medio del Hyde Park, en presencia de una
multitud de espectadores y nadie se
arrojó en su ayuda?" 0 bien; "¿cómo
pudo ser dejado
sin ayuda el niño que cayó al agua en
el Regent's Park, también en presencia de una
multitud numerosa de público dominguero, y
sólo fue
salvado gracias a la presencia de ánimo de
una niña jovencita, criada de una casa
vecina, que azuzó al perro Terranova de un
buzo? La
respuesta a estas preguntas es simple. El hombre constituye
una mezcla no sólo de
instintos heredados, sino también de educación.
Entre los
mineros y marinos, gracias a sus ocupaciones comunes
y al contacto cotidiano entré si,
se crea un sentimiento de reciprocidad, y los peligros
que los rodean educan en ellos el coraje y el ingenio
audaz. En las ciudades, por lo
contrario, la ausencia de intereses comunes educa
la
indiferencia; y el coraje y el ingenio, que raramente
hallan aplicación, desaparecen o
toman otra dirección.
Además, la tradición de las hazañas
heroicas en los pozos de las minas y en el mar vive
en las aldehuelas de los mineros y de los pescadores,
rodeada de una aureola poética. Pero, ¿qué
tradición puede existir en la abigarrada
multitud de Londres? Toda tradición, que es
en ellos
patrimonio común, hubo de ser creada por la
literatura o la palabra; pero apenas si existe
en la gran ciudad una literatura equivalente a las
leyes de las aldeas. El clero, en sus sermones, tanto
se empeña en demostrar lo
pecaminoso de la naturaleza humana y el origen
sobrehumano de todo lo bueno en el hombre, que, en
la mayoría de los casos, pasa en
silencio aquellos hechos que no se pueden exhibir
en
calidad de ejemplo de una gracia divina enviada del
cielo. En cuanto a los escritores
"laicos", su atención se dirige principalmente
a un
aspecto del heroísmo, a saber, el heroísmo
del pescador casi sin prestarle atención
alguna. El poeta y el pintor suelen ser impresionados
por
la belleza del corazón humano, es verdad, pero
sólo en raras ocasiones conocen la vida
de las clases más pobres; y si pueden aún
cantar o
representar, en un ambiente convencional, al héroe
romano o militar, demuestran ser
incapaces cuando tratan de representar al héroe
que
actúa en ese modesto ambiente de la vida popular
que les es extraño. No es de asombrar,
por esto, si la mayoría de tales tentativas
se
destacan invariablemente por la ampulosidad y la retórica.
La cantidad innumerable de sociedades, clubs y asociaciones
de distracción, de trabajos
científicos e investigaciones, y con diferentes
fines
educacionales, etc., que se constituyeron y se extendieron
en los últimos tiempos, es tal
que se necesitarían muchos volúmenes
para su simple
inventario. Todos ellos constituyen la manifestación
de la misma fuerza, enteramente
activa que incita a los hombres a la asociación
y al apoyo
mutuo. Algunas de estas sociedades, como las asociaciones
de las crías jóvenes de aves
de diferentes especies, que se reúnen en el
otoño,
persiguen un objetivo único, el goce de la
vida en común. Casi todas las aldeas de
Inglaterra, Suiza, Alemania, etc., tienen sus sociedades
de
juego de cricket, football, tennis, bolos o clubs
de palomas, musicales y de canto.
Existen luego grandes sociedades nacionales que se
destacan por el número especial de sus miembros,
como, por ejemplo, las sociedades de
ciclistas, que en los últimos tiempos se
desarrollaron en proporciones inusitadas. A pesar
de que los miembros de estas
asociaciones no tienen nada en común, excepto
su afición
de andar en velocípedo, han conseguido formar
entre ellos un género de francmasonería
con fines de ayuda mutua, especialmente en los
lugares apartados, libres todavía del aflujo
de velocípedos. Los miembros consideran al
club de ciclistas asociados de cualquier aldehuela,
hasta cierto punto, como si fuera su propia casa,
y en el campamento de ciclistas, que se
reúne todos los años en Inglaterra,
a menudo se
entablan sólidas relaciones amistosas. Los
Kegelbruder, es decir, las sociedades de
bolos, de Alemania, constituyen la misma asociación;
exactamente lo mismo las sociedades gimnásticas
(que cuentan hasta 300.000 miembros
en Alemania), las hermandades no oficializadas de
remeros de los ríos franceses, los clubs de
yates, etc. Semejantes asociaciones,
naturalmente, no cambian la estructura económica
de la
sociedad, pero especialmente en las ciudades pequeñas
ayudan a nivelar las diferencias
sociales, y puesto que ellas tienden a unirse en
grandes federaciones nacionales e internacionales,
ya por esto contribuyen al
desenvolvimiento de las relaciones amistosas personales
entre
toda clase de hombres diseminados en las diferentes
partes del globo.
Los clubs alpinos, la unión para la protección
de la caza (Jagdpschutzverlein) de
Alemania, que tiene más de 100.000 miembros
-cazadores,
guardabosques y zoólogos profesionales, y simples
amantes de la naturaleza- y, del
mismo modo, la Sociedad Ornitológica Internacional,
cuyos miembros son zoólogos, criadores de aves
y simples campesinos de Alemania,
tienen el mismo carácter. Consiguieron, en
el curso de
unos pocos años, no sólo realizar una
enorme obra de utilidad pública que está al
alcance únicamente de las sociedades importantes
(el
trazado de cartas geográficas, la construcción
de refugios y apertura de caminos en las
montañas; el estudio de los animales, de los
insectos
nocivos, de la migración de aves, etc.), sino
que han creado también nuevos lazos entre
los hombres. Dos alpinistas de diferentes
nacionalidades que se encuentran, en una cabaña
de refugio, construida por el club en la
cima de las montañas del Cáucaso, o
bien el
profesor y el campesino ornitólogo, que han
vivido bajo un mismo techo, no han de
sentirse ya dos hombres completamente extraños.
Y la
"Sociedad del Tío Toby", de New Castle, que
ha persuadido a más de 300.000 niños y
niñas que no destruyan los nidos de pájaros
y a ser
buenos con todos los animales, es indudable que ha
hecho bastante más en pro del
desarrollo de los sentimientos humanos y de la afición
al
estudio de las ciencias naturales que el conjunto
de predicadores de todo género y que la
mayoría de nuestras escuelas.
Ni siquiera en nuestro breve ensayo podemos pasar
en silencio los millares de
sociedades científicas, literarias, artísticas
y educativas.
Naturalmente, necesario es decir que, hasta la época
presente, las corporaciones
científicas, que se encuentran bajo el control
del estado y
que con frecuencia reciben de él subsidios,
generalmente se han convertido en un
círculo muy estrecho, ya que los hombres. de
carrera a
menudo consideran a las sociedades científicas
como medios para ingresar en las filas
de sabios pagados por el estado, mientras que,
indudablemente, la dificultad de ser miembro de algunas
sociedades privilegiadas sólo
conduce a suscitar envidias mezquinas. Pero, con
todo, es indudable que tales sociedades nivelan hasta
cierto punto las diferencias de
clases, creadas por el nacimiento o por pertenecer
a tal
o cual capa, a tal o cual partido político
o creencia. En las pequeñas ciudades apartadas,
las sociedades científicas, geográficas,
musicales,
etc., especialmente aquellas que incitan a la actividad
de un círculo de aficionados más
o menos amplios, se convierten en pequeños
centros y
en un género de eslabón que une a la
pequeña ciudad con un mundo vasto, y también en
el lugar en que se encuentran en un pie de igualdad
hombres que ocupan las posiciones más diferentes
en la vida social. Para apreciar la
importancia de tales centros es necesario conocerlos,
por ejemplo, en Siberia.
Por último, una de las manifestaciones más
importantes del mismo espíritu lo
constituyen las innumerables sociedades que tienen
por fin la
difusión de la educación, y que sólo
ahora comienzan a destruir el monopolio de la
iglesia y del estado en esta rama de la vida, importante
en
grado sumo. Puede osar decirse que, dentro de un tiempo
extremadamente breve, estas
sociedades adquirirán una importancia dominante
en
el campo de la educación popular. Debemos ya
a la "Asociación Froebel" el sistema de
jardines infantiles, y a una serie entera de sociedades
oficializadas y no oficializadas debemos el nivel
elevado que ha alcanzado la educación
femenina en Rusia. En cuanto a las diferentes
sociedades pedagógicas de Alemania, como es
sabido, les corresponde una enorme
parte de influencia en la elaboración de los
métodos
modernos de enseñanza en las escuelas populares.
Tales asociaciones son también el
mejor sostén de los maestros. ¡Cuán
infeliz se sentiría
sin su ayuda el maestro de aldea, abrumado por el
peso de un trabajo mal retribuido!.
¿Todas estas asociaciones, sociedades, hermandades,
uniones, institutos etcétera, que se
pueden contar por decenas de miles en Europa
solamente, y cada una de las cuales representa una
masa enorme de trabajo voluntario,
desinteresado, impagado o retribuido muy
pobremente no son todas ellas manifestaciones, en
formas infinitamente variadas, de
aquella necesidad, eternamente viva en la humanidad,
de ayuda y apoyo mutuos? Durante casi tres siglos
se ha impedido que el hombre se
tendiera mutuamente las manos, ni aun con fines
literarios, artísticos y educativos. Las sociedades
podían formarse solamente con el
conocimiento y bajo la protección del estado
o de la
Iglesia, o debían existir en calidad de sociedades
secretas semejantes a las
francmasonas; pero ahora que esta oposición
del estado ha sido,
quebrantada, surgen por todas partes, abarcando las
ramas más distintas de la actividad
humana. Empiezan a adquirir un carácter
internacional, e indudablemente contribuyen -en grado
tal que aún no hemos apreciado
plenamente- al quebrantamiento de las barreras
internacionales erigidas por los estados. A pesar
de la envidia, a pesar del odio,
provocados por los fantasmas de un pasado en
descomposición, la conciencia de la solidaridad
internacional crece, tanto entre los
hombres avanzados como entre las masas obreras, desde
que ellas se conquistaron el derecho a las relaciones
internacionales; y no hay duda
alguna de que este espíritu de solidaridad
creciente
ejerció ya cierta influencia al conjurar una
guerra entre estados europeos en los últimos
treinta años. Y después de esa cruel
lección recibida
por Europa, y en parte por América, en la última
guerra de cinco años, no hay duda
alguna que la voz del sano juicio, poniendo freno
a la
explotación de unos pueblos por otros, hará
imposible por mucho tiempo otra guerra
semejante.
Por último, es menester mencionar aquí
también las sociedades de beneficencia que, a
su vez, constituyen todo un mundo original, ya que
no
hay la menor duda de que mueven a la inmensa mayoría
de los miembros de estas
sociedades los mismos sentimientos de ayuda mutua
que
son inherentes a toda la humanidad. Por desgracia,
nuestros maestros religiosos
prefieren atribuir origen sobrenatural a tales sentimientos.
Muchos de ellos tratan de afirmar que el hombre no
puede inspirarse conscientemente
en las ideas de ayuda mutua, mientras no esté
iluminado por las doctrinas de aquella religión
especial de la cual son los representantes,
y junto con San Agustín, la mayoría
de ellos no
reconocen la existencia de esos sentimientos en los
"salvajes paganos". Además,
mientras el cristianismo primitivo, como todas las
otras
religiones nacientes, era un llamado a un sentimiento
de ayuda mutua y de solidaridad,
ampliamente humano, que le es propio, como hemos
visto, de todas las instituciones de ayuda y apoyo
mutuo que existían antes, o se habían
desarrollado fuera de ella. En lugar de la ayuda mutua
que todo salvaje consideraba como el cumplimiento
de un deber hacia sus congéneres,
la Iglesia cristiana comenzó a predicar la
caridad, que
constituía, según su doctrina, una virtud
inspirada por el cielo, una virtud que por obra
de tal interpretación atribuye un determinando
género de
superioridad a aquél que da sobre el que recibe,
en lugar de reconocer la igualdad
común al género humano, en virtud de
la cual la ayuda
mutua es un deber. Con estas limitaciones, y sin intención
alguna de ofender a aquellos
que se consideran entre los elegidos, mientras
cumplen una exigencia de simple humanitarismo, nosotros
podemos considerar,
naturalmente, al enorme número de sociedades
diseminadas
por todas partes como una manifestación de
aquella inclinación a la ayuda mutua.
Todos estos hechos demuestran que la búsqueda
irrazonada de la satisfacción de
intereses personales, con olvido completo de las
necesidades de los otros hombres, de ningún
modo constituye el rasgo principal,
característico, de la vida moderna. Junto a
estas corrientes
egoístas, que orgullosamente exigen que se
les reconozca importancia dominante en los
negocios humanos, observamos la lucha porfiada
que sostiene la población rural y obrera con
el fin de reintroducir las firmes instituciones
de ayuda y apoyo mutuos. No sólo eso: descubrimos
en todas las clases de la sociedad un movimiento ampliamente
extendido que tiende a
establecer instituciones infinitamente variadas, más
o
menos firmes, con el mismo fin. Pero, cuando de la
vida pública pasamos a la vida
privada del hombre moderno, descubrimos todavía
otro
amplio mundo de ayuda y apoyos mutuos, a cuyo lado
pasan la mayoría de los
sociólogos sin observarlo, probablemente porque
está limitado
al círculo estrecho de la familia y de la amistad
personal.
Bajo el sistema moderno de vida social, todos los
lazos de unión entre los habitantes de
una misma calle o "vecindad" han desaparecido. En
los barrios ricos de las grandes ciudades, los hombres
viven juntos sin saber siquiera
quién es su vecino. Pero en las calles y callejones
densamente poblados de esas mismas ciudades, todos
se conocen bien y se encuentran
en continuo contacto. Naturalmente, en los
callejones, lo mismo que en todas partes, las pequeñas
rencillas son inevitables, pero se
desarrollan también relaciones según
las
inclinaciones personales, y dentro de estas relaciones
se practica la ayuda mutua en tales
proporciones que las clases más ricas no tienen
idea. Si, por ejemplo, nos detenemos a mirar a los
niños de un barrio pobre, que juegan
en la plazuela, en la calle, o en el viejo cementerio
(en
Londres se ve esto a menudo) observaremos en seguida
que entre estos niños existe una
estrecha unión, a pesar de las peleas que se
producen, y esta unión preserva a los niños
de numerosas desgracias de todo género.
Basta que algún chico se incline curiosamente
sobre el
orificio abierto de un sumidero para que su compañero
de juego le grite: "¡Sal de ahí,
que en ese agujero está la fiebre!" "¡No
trepes por esta
pared; si caes del otro lado el tren te destrozará!"
"¡No te acerques a la zanja!" "¡No
comas de estas bayas: es veneno, te morirás!"
Tales son
las primeras lecciones que el chico recibe cuando
se une con sus compañeros de, calle.
¡Cuántos niños a quienes sirven
de lugar de juego, las
calles de las proximidades de las viviendas modelo
para obreros" recientemente
construidas, o las riberas y puentes de los canales,
perecerían bajo las ruedas de los carros o
en el agua turbia de la corriente si entre ellos
no existiera este género de ayuda mutua! Si
a pesar
de todo algún chiquillo cae en un foso sin
parapeto, o una niña resbala y cae en el canal,
la horda callejera arma tal griterío que todo
el
vecindario torre a ayudarlos. De todo esto hablo por
experiencia personal.
Viene luego la unión de las madres: "No puede
usted imaginarse -me escribe una
doctora inglesa que vivía en un barrio pobre
de Londres, y a
la cual rogué que me comunicara sus impresionase,
no puede usted imaginarse cuánto se
ayudan entre sí. Si una mujer no ha preparado,
o no
puede preparar, lo necesario para el niño que
espera -¡y cuán a menudo sucede esto!-
todas las vecinas traen algo para el recién
nacido. Al
mismo tiempo, una de las vecinas se hace cargo en
seguida del cuidado de los niños, y
otra del hogar, mientras la parturienta permanece
en
cama". Es éste un fenómeno corriente
que mencionan todos los que tuvieron, que vivir
entre los pobres de Inglaterra, y en general entre
la
población pobre de una ciudad. Las madres se
apoyan mutuamente haciendo miles de
pequeños servicios y cuidan de los niños
ajenos. Es.
menester que la dama perteneciente a las clases ricas
tenga una cierta disciplina -para
mejor o para peor, que lo juzgue ella misma- para
pasar por la calle al lado de niños que tiritan
de frío y están hambrientos, sin notario.
Pero las madres de las clases pobres no poseen tal
disciplina. No pueden soportar el cuadro de un chico
hambriento: deben alimentarlo; y
así lo hacen. Cuando los niños que van
a la escuela
piden pan, raramente, o más bien nunca, reciben
una negativa" -me escribe otra amiga,
que trabajó durante algunos años en
White-Chapel, en
relación con un club obrero. Pero mejor será
transcribir algunos fragmentos de su carta:
"Es regla general entre los obreros cuidar a un vecino
o una vecina enfermos, sin buscar
ninguna clase de retribución. Del mismo modo,
cuando una mujer que tiene niños pequeños
se va al trabajo, siempre se los cuida una de
las vecinas.
"Si los obreros no se ayudaran mutuamente, no podría
n vivir en absoluto. Conozco
familias obreras que se ayudan constantemente entre
sí,
con dinero, alimento, combustible, vigilancia de los
niños, en caso de enfermedad y en
casos de muerte.
"Entre los pobres, lo "mío",y lo "tuyo" se
distingue bastante menos que entre los ricos.
Botines, vestidos, sombreros, etc. -en una palabra,
lo
que se necesita en un momento dado-, se prestan constantemente
entre sí, y del mismo
modo todo género de efectos del hogar.
"Durante el invierno pasado (1894), los miembros del
United Radical Club reunieron en
su medio una pequeña suma de dinero y empezaron
después de Navidad a suministrar gratuitamente
sopa y pan a los niños que concurrían a
la escuela. Gradualmente, el número de niños
que
alimentaban alcanzó hasta 1.800. Las donaciones
llegaban de fuera, pero todo el trabajo
recaía sobre los hombros de los miembros del
club.
Algunos de ellos -aquellos que entonces estaban sin
trabajo- venían a las cuatro de la
mañana para lavar y limpiar legumbres: cinco
mujeres
venían a las nueve o diez de la mañana
(después de haber terminado el trabajo de su
hogar) a vigilar el cocimiento de la comida, y se
quedaban hasta las seis o siete de la tarde para lavar
la vajilla. Durante la hora del
almuerzo, entre las doce y doce y media, venían
de 20 a 30
obreros a ayudar a repartir la sopa; para lo cual
habían de robar tiempo a su propia
comida. Tal trabajo se prolongó dos meses,
y siempre fue
hecho completamente gratis.
Mi amiga cita también diferentes casos particulares,
de los cuales menciono los más
típicos:
"La niña Anita W. fue entregada, en pensión,
por su madre a una anciana de la calle
Wilmot. Cuando murió la madre de Anita, la
anciana, que
vivía ella misma en la mayor indigencia, crió
a la niña a pesar de qué nadie le pagaba un
centavo. Cuando murió también la anciana,
la niña,
que tenía entonces cinco años quedó,
durante la enfermedad de su madre adoptiva, sin
cuidado alguno, e iba en andrajos; pero le ofreció
asilo
entonces la esposa de un zapatero, que tenía
ya seis varones. Más tarde, cuando el
zapatero cayó enfermo, todos ellos tuvieron
que sufrir
hambre."
"Hace unos días, M., madre de seis niños,
atendía a la vecina Mg. durante su
enfermedad, y llevó a su casa al niño
más grande... Pero, ¿son
necesarios a usted estos hechos? Constituyen el fenómeno
más corriente... Conozca a la
señora D. (en dirección tal) que tiene
una máquina
de coser. Continuamente cose para los otros, no aceptando
retribución alguna por el
trabajo, a pesar de que debe cuidar a cinco niños
y al
esposo..., etc. "
Para todo aquél que tiene siquiera una pequeñísima
idea de la vida de las clases obreras,
resulta evidente que si en su medio no se practicara
en grandes proporciones la ayuda mutua, no podrían,
de modo alguno, vencer las
dificultades de que está llena su vida. Solamente
gracias a la
combinación de felices circunstancias la familia
obrera puede pasar la vida sin atravesar
por momentos duros como los que fueron descritos
por el tejedor de cintas Josept Guttridge en su autobiografía.
Y si no todos los obreros
caen, en tales circunstancias, hasta los últimos
grados
de miseria, se lo deben precisamente a la ayuda mutua
practicada entre ellos. Una vieja
nodriza que vivía en la pobreza más
extrema ayudó a
Guttridge en el instante mismo en que su familia se
avecinaba a un desenlace fatal: les
consiguió a crédito pan, carbón
y otros artículos de
primera necesidad. En otros casos era otro el que
ayudaba, o bien los vecinos se unían
para arrebatar a la familia de las garras de la miseria.
Pero, si los pobres no acudieran en ayuda de los pobres,
¡en qué proporciones enormes
aumentaría el número de aquellos que
llegan a la
miseria espantosa ya irreparable!
Samuel Plimsoll, conocido en Inglaterra por su campaña
en contra el seguro de las
naves podridas e inútiles que eran enviadas
al mar con la
esperanza de que se hundieran para cobrar la prima
de seguro, después de haber vivido
algún tiempo entre pobres gastando solamente
siete
chelines seis peniques (tres rublos cincuenta copecas)
por semana vióse obligado a
reconocer que los buenos sentimientos hacia los pobres
que tenía cuando comenzó este género
de vida "se cambiaron en sentimientos de sincero
respeto y admiración, cuando vio hasta dónde
las
relaciones entre los pobres están imbuidas
de ayuda y apoyo mutuos, y cuando conoció
los medios simples con que se prestan este género
de apoyo. Después de muchos años de
experiencia llegó a la conclusión de que si bien
se piensa, resulta que semejantes hombres
constituyen la inmensa mayoría de las clases
obreras". En cuanto a la crianza de
huérfanos practicada hasta por las familias
más pobres de
los vecinos, es un fenómeno tan ampliamente
difundido que se puede considerar regla
general; así, después de la explosión
de gases de las
minas de Warren Vale y Lund Hill, revelóse
que "casi un tercio de los mineros muertos,
según las investigaciones de la comisión,-
mantenía,
aparte de sus esposas e hijos, también a otros
parientes pobres". "¿Habéis pensado -
agrega a esto Plimsoll- qué significa este
hecho? No
dudo de que semejante fenómeno no es raro entre
los ricos o hasta entre personas
pudientes. Pero, pensad bien en la diferencia." Y,
realmente, vale la pena pensar qué significa,
para el obrero que gana 16 chelines (menos
de ocho rublos) por semana y que alimenta con
estos módicos recursos a la esposa y a veces
cinco o seis hijos, gastar un chelín en
ayudar a la viuda de un camarada o sacrificar medio
chelín para el entierro de uno tan pobre como
él mismo. Pero semejantes sacrificios son
un fenómeno corriente entre los obreros de
cualquier
país, aun en ocasiones considerablemente más
de orden común que la muerte, y ayudar
por medio del trabajo es la cosa más natural
en su
vida.
La misma práctica de ayuda y apoyo mutuos se
observa, naturalmente, también entre las
clases más ricas, con la misma sedimentación
en
capas que señala Plimsoll. Naturalmente, cuando
se piensa en la crueldad que los
empleadores más ricos muestran hacia los obreros,
siéntese uno inclinado a tratar la naturaleza
humana con suma desconfianza. Muchos
probablemente recuerdan todavía la indignación
provocada en Inglaterra por los dueños de las
minas durante la gran huelga de
Yorkshire, en 1894, cuando empezaron a procesar a
los viejos
mineros por recoger carbón en un pozo abandonado.
Y aun dejando de lado los períodos
agudos de lucha y de guerra civil cuando, por
ejemplo, decenas de miles de obreros prisioneros fueron
fusilados después de la caída
de laComuna de París, ¿quién
puede leer sin
estremecerse las revelaciones de las comisiones reales
sobre la situación de los obreros
en 1840 en Inglaterra, o las palabras de Lord
Shaftesbury sobre -el espantoso despilfarro de vida
humana en las fábricas donde
trabajan niños toma-, dos de los hospicios,
si no
simplemente comprados en toda Inglaterra para venderlos
después, a las fábricas".
¿Quién puede leer todo esto sin sorprenderse
por la
bajeza de que es capaz el hombre en su afán
de lucro? Pero necesario es decir que sería
erróneo atribuir tal género de fenómeno
exclusivamente a la criminalidad de la naturaleza
humana. ¿Acaso hasta una época
reciente los hombres de ciencia, y hasta una parte
importante del clero no difundían doctrinas
que inculcaban desconfianza y desprecio, y
casi odio a las clases más pobres? ¿Acaso
los
hombres de ciencia no decían que desde que
la servidumbre quedó abolida sólo pueden
caber en la pobreza los hombres viciosos? ¡y
qué
pocos representantes de la Iglesia se ha hallado que
se atrevieran a vituperar estos
infanticidios, mientras que la mayoría del
clero enseñaba
que los sufrimientos de los pobres y hasta la esclavitud
de los negros eran cumplimiento
de la voluntad de la Providencia Divina! ¿Acaso
el
cisma (non conformism) mismo en Inglaterra no era
en esencia una protesta popular
contra el cruel trato que la iglesia del estado daba
a los
pobres?
Con tales guías espirituales no es de extrañar
que los sentimientos de las clases
pudientes, como observó M. Plimsoll, debían
no tanto
embotarse cuanto tomar tinte de clase. Los ricos raramente
se rebajan hasta los pobres,
de quienes están separados por el mismo modo
de
vida y de quienes ignoran por completo el lado mejor
de su existencia cotidiana. Pero
también los ricos, dejando de lado por una
parte la
mezquindad y los gastos irrazonables por otro, en
el círculo de la familia y de los
amigos se observa la misma práctica de ayuda
y apoyo
mutuos que entre los pobres. Ihering y Dargun tenían
plena razón al decir que si se
hiciera un resumen estadístico del dinero que
pasa de mano
en mano en forma de préstamo amistoso y de
ayuda, la suma general resultaría colosal,
aun en comparación con las transacciones del
comercio mundial. Y si se agrega a esto -y necesario
es agregarlo- los gastos de
hospitalidad, los pequeños servicios mutuos
prestados entre
sí, la ayuda para arreglar asuntos ajenos,
regalo y beneficencia, indudablemente nos
asombraremos de la importancia que tales gastos tienen
en la economía nacional. Aun en el mundo dirigido
por el egoísmo comercial existe una
frase corriente: "Esta firma nos ha tratado duramente",
y está frase demuestra que hasta en el ambiente
comercial existen relaciones amistosas,
opuestas a las duras, es decir a las relaciones
basadas exclusivamente en la ley. Todo comerciante,
naturalmente, sabe cuántas firmas
se salvan por año de la ruina gracias al apoyo
amistoso prestado por otras firmas.
En cuanto a la beneficencia y a la masa de trabajos
de utilidad pública realizados
voluntariamente, tanto por los representantes de la
clase
acomodada como de las obreras y, en especial, por
los representantes de las diferentes
profesiones, todos saben qué papel desempeñan
estas dos categorías de benevolencia en la
vida moderna. Si el carácter verdadero de
esta benevolencia a menudo suele ser echada a perder
por la tendencia a adquirir fama, poder político
o distinción social, a pesar de todo es
indudable que en la mayoría de los casos el
impulso
proviene del mismo sentimiento de ayuda mutua. Muy
a menudo, los hombres,
adquiriendo riquezas, no hallan en ellas las satisfacciones
que
esperaban. Otros empiezan a sentir que a pesar de
cuanto han difundido los economistas
de que la riqueza es la recompensa de sus
capacidades, su recompensa es demasiado grande. La
conciencia de la solidaridad
humana se despierta en ellos; a pesar de que la vida
social está constituida como para sofocar este
sentimiento con miles de métodos astutos,
a pesar de todo, a menudo se sobrepone, y
entonces los hombres del tipo arriba indicado tratan
de hallar una salida para esta
necesidad alojada en la profundidad del corazón
humano,
entregando su fortuna o sus fuerzas a algo que según
su opinión contribuirá al desarrollo
del bienestar general.
Dicho más brevemente, ni las fuerzas abrumadoras
del estado centralizado, ni las
doctrinas de mutuo odio y de lucha despiadada que
provienen, ordenadas con los atributos de la ciencia,
de los filósofos y sociólogos
obsequiosos, pudieron desarraigar los sentimientos
de
solidaridad humana, de reciprocidad, profundamente
enraizados en la conciencia Y el
corazón humanos, puesto que este sentimiento
fue
criado por todo nuestro desarrollo precedente. Aquello
que ha sido resultado de la
evolución, comenzando desde sus más
primitivos
estadios, no puede ser destruido por una de las fases
transitorias de esa misma
evolución. Y la necesidad de ayuda y apoyo
mutuos que se
ha ocultado quizá en el círculo estrecho
de la familia, entre los vecinos de las calles y
callejuelas pobres, en la aldea o en las uniones secretas
de obreros, renace de nuevo, hasta en nuestra sociedad
moderna y proclama su derecho,
el derecho de ser, como siempre lo ha sido, el
principal impulsor en el camino del progreso máximo.
Tales son las conclusiones a las cuales llegamos inevitablemente
después de un examen
cuidadoso de cada grupo de hechos enumerados
brevemente en los dos últimos capítulos.
CONCLUSION
Si tomamos ahora lo que nos enseña el examen
de la sociedad moderna en relación con
los hechos que señalan la importancia de la
ayuda
mutua en el desarrollo gradual del mundo animal y
de la humanidad, podemos extraer
de nuestras investigaciones las siguientes conclusiones:
En el mundo animal nos hemos persuadido de que la
enorme mayoría de las especies
viven en sociedades y que encuentran en la
sociabilidad la mejor arma para la lucha por la existencia,
entendiendo, naturalmente,
este término en el amplio sentido darwiniano,
no como
una lucha por los medios directos de existencia, sino
como lucha contra todas las
condiciones naturales, desfavorables para la especie.
Las
especies animales en las que la lucha entre los individuos
ha sido llevada a los límites
más restringidos, y en las que la práctica
de la ayuda
mutua ha alcanzado el máximo desarrollo, invariablemente
son las especies más
numerosas, las más florecientes y más
aptas para el máximo
progreso. La protección mutua, lograda en tales
casos y debido a esto la posibilidad de
alcanzar la vejez y acumular experiencia, el alto
desarrollo intelectual y el máximo crecimiento
de los hábitos sociales, aseguran la
conservación de la especie y también
su difusión sobre una
superficie más amplia, y la máxima evolución
progresiva. Por lo contrario, las especies
insaciables, en la enorme mayoría de los casos,
están
condenadas a la degeneración.
Pasando luego al hombre, lo hemos visto viviendo en
clanes y tribus, ya en la aurora de
la Edad Paleolítica; hemos visto también
una serie de
instituciones y costumbres sociales formadas dentro
del clan ya en el grado más bajo de
desarrollo de los salvajes. Y hemos hallado que los
más antiguos hábitos y costumbres tribales
dieron a la humanidad, en embrión, todas
aquellas instituciones que más tarde actuaron
como los
elementos impulsores más importantes del máximo
progreso. Del régimen tribal de los
salvajes nació la comuna aldeana de los "bárbaros",
y
un nuevo círculo aún más amplio
de hábitos, costumbres e instituciones sociales, una
parte de los cuales subsistieron hasta nuestra época,
se
desarrolló a la sombra de la posesión
común de una tierra dada y bajo la protección de
la jurisdicción de la asamblea comunal aldeana
en
federaciones de aldeas pertenecientes, o que se suponían
pertenecer a una tribu y que se
defendían de los enemigos con las fuerzas
comunes. Cuando las nuevas necesidades incitaron a
los hombres a dar un nuevo paso
en su desarrollo, formaron el derecho popular de las
ciudades libres, que constituían una doble
red: de unidades territoriales (comunas
aldeanas) y de guildas surgidas de las ocupaciones
comunes en un arte u oficio dado, o para la protección
y el apoyo mutuos. Ya hemos
considerado en dos capítulos, el quinto y el
sexto, cuán
enormes fueron los éxitos del saber, del arte
y de la educación en general en las
ciudades medievales que tenían derechos populares.
Finalmente, en los dos últimos capítulos
se han reunido hechos que señalan cómo la
formación de los estados según el modelo
de la Roma
imperial destruyó violentamente todas las instituciones
medievales de apoyo mutuo y
creó una nueva forma de asociación,
sometiendo toda la
vida de la población a la autoridad del estado.
Pero el estado, apoyado en agregados
poco vinculados entre sí de individuos y asumiendo
la
tarea de ser único principio de unión,
no respondió a su objetivo. La tendencia de los
hombres al apoyo mutuo y su necesidad de unión
directa
para él, nuevamente se manifestaron en una
infinita diversidad de todas las sociedades
posibles que también tienden ahora a abrazar
todas
las manifestaciones de vida, a dominar todo lo necesario
para la existencia humana y
para reparar los gastos condicionados por la vida:
crear
un cuerpo viviente, en lugar del mecanismo muerto,
sometido a la voluntad de los
funcionarios.
Probablemente se nos observará que la, ayuda
mutua, a pesar de constituir una de las
grandes fuerzas activas de la evolución, es
decir, del
desarrollo progresivo de la humanidad, es sólo
una de las diferentes formas de las
relaciones de los hombres entre sí; junto con
esta corriente,
por poderosa que fuera, existe y siempre existió,
otra corriente la de auto-afirmación del
individuo, no sólo en sus esfuerzos por alcanzar
la
superioridad personal o de casta en la relación
económica, política y espiritual, sino
también en una actividad que es más
importante a pesar
de ser menos potable; romper los lazos que siempre
tienden a la cristalización y
petrificación, que imponen sobre el individuo
el clan, la
comuna aldeana, la ciudad o el estado. En otras palabras,
en la sociedad humana, la
autoafirmación de la personalidad también
constituye un
elemento de progreso.
Es evidente que ningún esquema del desarrollo
de la humanidad puede pretender ser
completo si no se considera estas dos corrientes
dominantes. Pero el caso es que la autoafirmación
de la personalidad o grupos de
personalidades, su lucha por la superioridad y los
conflictos
y la lucha que se derivan de ella fueron, ya en épocas
inmemoriales, analizados,
descritos y glorificados. En realidad, hasta la época
actual
sólo esta corriente ha gozado de la atención
de los poetas épicos, cronistas, historiadores
y sociólogos. La historia, como ha sido escrita
hasta ahora, es casi íntegramente la descripción
de los métodos y medios con cuya
ayuda la teocracia, el poder militar, la monarquía
política y
más tarde las clases pudientes establecieron
y conservaron su gobierno. La. lucha entre
estas fuerzas constituye, en realidad, la esencia
de la
historia. Podemos considerar, por esto, que la importancia
de la personalidad y de la
fuerza individual en la historia de la humanidad es
enteramente conocida, a pesar de que en este dominio
ha quedado no poco que hacer en
el sentido recientemente indicado.
Al mismo tiempo, otra fuerza activa -la ayuda mutua-
ha sido relegada hasta ahora al
olvido completo; los escritores de la generación
actual y
de las pasadas, simplemente la negaron o se burlaron
de ella. Darwin, hace ya medio
siglo, señaló brevemente la importancia
de la ayuda
mutua para la conservación y el desarrollo
progresivo de los animales. Pero, ¿quién
trató ese pensamiento desde entonces? Sencillamente
se
empeñaron en olvidarla. Debido a esto, fue
necesario, antes que nada, establecer el
papel enorme que desempeña la ayuda mutua tanto
en el
desarrollo del mundo animal como de las sociedades
humanas. Sólo después que esta
importancia sea plenamente reconocida será
posible
comparar la influencia de una y otra fuerza: la social
y la individual.
Evidentemente, es imposible efectuar, con un método
más o menos estadístico, siquiera
una apreciación grosera de su importancia relativa.
Cualquier guerra, como todos sabemos, puede producir,
ya sea directamente o bien por
sus consecuencias, más daños que beneficios,
puede producir centenares de años de acción,
libres de obstáculos, del principio de
ayuda mutua. Pero cuando vemos que en el mundo animal
el desarrollo progresivo y la ayuda mutua van de la
mano, y la guerra interna en el seno
de una especie, por lo contrario, va acompañada
"por
el desarrollo progresivo", es decir, la decadencia
de la especie; cuando observamos que
para el hombre hasta el éxito en la lucha y
la guerra
es proporcional al desarrollo de la ayuda mutua en
cada una de las dos partes en lucha,
sean estas naciones, ciudades, tribus o solamente
partidos, y que en el proceso de desarrollo de la
guerra misma (en cuanto puede
cooperar en este sentido) se somete a los objetivos
finales
del progreso de la ayuda mutua dentro de la nación,
ciudad o tribu, por todas estas
observaciones ya tenemos una idea de la influencia
predominante de la ayuda mutua como factor de progreso.
Pero vemos también que la práctica de
la ayuda mutua y su desarrollo subsiguiente
crearon condiciones mismas de la vida social, sin
las
cuales el hombre nunca hubiera podido desarrollar
sus oficios y artes, su ciencia, su
inteligencia, su espíritu creador; y vemos
que los periodos
en que los hábitos y costumbres que tienen
por objeto la ayuda mutua alcanzaron su
elevado desarrollo, siempre fueron periodos del más
grande progreso en el campo de las artes, la industria
y la ciencia. Realmente, el estudio
de la vida interior de las ciudades de la antigua
Grecia, y luego de las ciudades medievales, revela
el hecho de que precisamente la
combinación de la ayuda mutua, como se practicaba
dentro de la guilda, de la comuna o el clan griego
-con la amplia iniciativa permitida al
individuo y al grupo en virtud del principio federativo-,
precisamente esta combinación, decíamos,
dio a la humanidad los dos grandes periodos
de su historia: el periodo de las ciudades de la
antigua Grecia y el periodo de las ciudades de la
Edad Media; mientras que la
destrucción de las instituciones y costumbres
de ayuda mutua,
realizadas durante los periodos estatales de la historia
que siguieron, corresponde en
ambos casos a las épocas de rápida decadencia.
Probablemente se nos replicará, sin embargo,
haciendo mención del súbito progreso
industrial que se realizó en el siglo XIX y
que
corrientemente se atribuye al triunfo del individualismo
y de la competencia. No
obstante este progreso, fuera de toda duda, tiene
un origen
incomparablemente más profundo. Después
que fueron hechos los grandes
descubrimientos del siglo XV, en especial el de la
presión
atmosférica, apoyada por una serie completa
de otros en el campo de la física -y estos
descubrimientos fueron hechos en las ciudades
medievales- después de estos descubrimientos,
la invención de la máquina a vapor, y
toda la revolución industrial provocada por
la aplicación
de la nueva fuerza, el vapor, fue una consecuencia
necesaria. Si las ciudades medievales
hubieran subsistido hasta el desarrollo de los
descubrimientos empezados por ellas, es decir, hasta
la aplicación práctica del nuevo
motor, entonces las consecuencias morales, sociales,
de la revolución provocada por la aplicación
del vapor podrían tomar, y probablemente
hubieran tomado, otro carácter; pero la misma
revolución en el campo de la técnica
de la producción y de la ciencia también hubiera
sido inevitable. Solamente hubiera encontrado menos
obstáculos. Queda sin respuesta el interrogante:
¿No fue acaso retardada la aparición de
la máquina de vapor y también la revolución
que le
siguió luego en el campo de las artes, por
la decadencia general de los oficios que siguió
a la destrucción de las ciudades libres y que
se notó
especialmente en la primera mitad del siglo XVIII?
Considerando la rapidez asombrosa del progreso industrial
en el período que se extiende
desde el siglo XII hasta el siglo XV, en el tejido,
en el
trabajo de metales, en la arquitectura, en la navegación,
y reflexionando sobre los
descubrimientos científicos a los cuales condujo
este
progreso industrial a fines del siglo XIX, tenemos
derecho a formularnos esta pregunta:
¿No se retrasó la humanidad en la utilización
de todas
estas conquistas científicas cuando empezó
en Europa la decadencia general en el
campo de las artes y de la industria, después
de la caída
de la civilización medieval? Naturalmente,
la desaparición de los artistas artesanos,
como los que produjeron Florencia, Nüremberg
y muchas
otras ciudades, la decadencia de las grandes ciudades
y la interrupción de las relaciones
entre ellas no podían favorecer la revolución
industrial. Realmente sabemos, por ejemplo, que James
Watt, el inventor de la máquina
a vapor moderna, empleó alrededor de doce años
de
su vida para hacer su invento prácticamente
utilizable, puesto que no pudo hallar, en el
siglo XVIII aquellos ayudantes que hubiera hallado
fácilmente en la Florencia, Nüremberg
o Brujas de la Edad Media; es decir, artesanos
capacitados para realizar su invento en el metal y
darle
la terminación y finura artística que
son necesarias para la máquina de vapor que trabaja
con exactitud.
De tal modo, atribuir el progreso industrial del siglo
XV a la guerra de todos contra uno
significa juzgar como aquél que sin saber las
verdaderas causas de la lluvia la atribuye a la ofrenda
hecha por el hombre al ídolo de
arcilla. Para el progreso industrial, lo mismo que
para
cualquier otra conquista en el campo de la naturaleza,
la ayuda mutua y las relaciones
estrechas sin duda fueron siempre más ventajosas
que
la lucha mutua.
Sin embargo, la gran importancia del principio de
ayuda mutua aparece principalmente
en el campo de la ética, o estudio de la moral.
Que la
ayuda mutua es la base de todas nuestras concepciones
éticas, es cosa bastante evidente.
Pero cualesquiera que sean las opiniones que
sostuviéramos con respecto al origen primitivo
del sentimiento o instinto de ayuda
mutua -sea que lo atribuyamos a causas biológicas
o bien
sobrenaturales- debemos reconocer que se puede ya
observar su existencia en los grados
inferiores del mundo animal. Desde estos grados
elementales podemos seguir su desarrollo ininterrumpido
y gradual a través de todas las
clases del mundo animal y, no obstante, la cantidad
importante de influencias que se le opusieron, a través
de todos los grados de la
evolución humana hasta la época presente.
Aun las nuevas
religiones que nacen de tiempo en tiempo -siempre
en épocas en que el principio de
ayuda mutua había decaído en los estados
teocráticos y
despóticos de Oriente, o bajo la caída
del imperio Romano-, aun las nuevas religiones
nunca fueron más que la afirmación de
ese mismo
principio. Hallaron sus primeros continuadores en
las capas humildes, inferiores,
oprimidas de la sociedad, donde el principio de la
ayuda
mutua era la base necesaria de la vida cotidiana;
y las nuevas formas de unión que
fueron introducidas en las antiguas comunas budistas
Y
cristianas, en las comunas de los hermanos moravos,
etc., adquirieron el carácter de
retorno a las mejores formas de ayuda mutua que de
practicaban en el primitivo período tribal.
Sin embargo, cada vez que se hacia una tentativa para
volver a este venerado principio
antiguo, su idea fundamental se extendía. Desde
el
clan se prolongó a la tribu, de la federación
de tribus abarcó la nación, y, por último -por
lo menos en el ideal-, toda la humanidad. Al mismo
tiempo, tomaba gradualmente un carácter más
elevado. En el cristianismo primitivo, en
las obras de algunos predicadores musulmanes, en los
primitivos movimientos del período de la Reforma
y, en especial, en los movimientos
éticos y filosóficos del siglo XVIII
y de nuestra época se
elimina más y más la idea de venganza
o de la "retribución merecida": "bien por bien y
mal por mal". La elevada concepción: -No vengarse
de
las ofensas-, y el principio: "Da al prójimo
sin contar, da más de lo que piensas recibir".
Estos principios se proclaman como verdaderos
principios de moral, como principios que ocupan más
elevado lugar que la simple
"equivalencia", la imparcialidad, la fría justicia,
como
principios que conducen más rápidamente
mejor a la felicidad. Incitan al hombre, por
esto, a tomar por guía, en sus actos, no sólo
el amor, que
siempre tiene carácter personal o, en el mejor
de los casos, carácter tribal, sino la
concepción de su unidad con todo ser humano,
por
consiguiente, de una igualdad de derecho general y,
además, en sus relaciones hacia los
otros, a entregar a los hombres, sin calcular la
actividad de su razón y de su sentimiento y
hallar en esto su felicidad superior.
En la práctica de la ayuda mutua, cuyas huellas
podemos seguir hasta los más antiguos
rudimentos de la evolución, hallamos, de tal
modo, el
origen positivo e indudable de nuestras concepciones
morales, éticas, y podemos
afirmar que el principal papel en la evolución
ética de la
humanidad fue desempeñado por la ayuda mutua
y no por la lucha mutua. En la amplia
difusión de los principios de ayuda mutua,
aun en la
época presente, vemos también la mejor
garantía de una evolución aún más elevada del
género humano.
