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BUENAVENTURA DURRUTI, CUANDO LA VIDA ES LUCHA Y FORJA LA HISTORIA
En estos años, Durruti alternó y desempeñó simultáneamente su actividad de obrero mecánico, la cárcel, la actividad sindical y la acción directa, siempre en actividades de autodefensa o de apoyo a compañeros presos o a obreros en lucha. Estas últimas actividades generaron el temor de las clases dominantes cuyos esbirros en la prensa en parte construyeron la fama de Durruti y sus compañeros, adjudicándoles hechos que no eran de su autoría e ignorando otros en los que sí habían participado.
El grupo del que Durruti era una referencia significativa, no era una banda como calificaba fantasiosamente la prensa amarilla. Era una pequeña y activa organización anarquista especifista, clandestina, que se autoidentificó con varios nombres como "Los justicieros", "Los solidarios" y "Nosotros", grupo que mientras actuaba iba madurando y culmina autoidentificándose en la F.A.I., en los comienzos de la Revolución Española.
A través de la memoria de sus militantes, hoy se sabe que fueron responsables, y con Buenaventura Durruti como activo partícipe, del ajusticiamiento de Regueral y del presidente Dato, a principios del 20, habiendo sido estos últimos responsables de torturas, asesinatos y la prisión de cientos de obreros.
También en 1923 ajusticiaron al Cardenal de Zaragoza, Sodevilas, fascistisante y organizador de bandas de pistoleros, sicarios, digno representante de la iglesia de la época. También realizaron la expropiación más voluminosa hasta el momento, asaltando el Banco de Gijón. Todos estos hechos violentos protagonizados por Durruti y sus compañeros fueron hechos políticos enmarcados en una guerra de clases no formalizada pero real de aquellos años. Siempre hubo cuidado de que ningún inocente se perjudicara, así la prensa amarilla relata que al asaltar a un conde, Durruti consuela a su hijita aterrorizada y mientras le seca las lágrimas le dice: "tu padre tiene mucho dinero y nosotros no tenemos nada, así que nos lo repartimos", citado por A. Paz.
Estos obreros revolucionarios son muy pobres. En el caso de Durruti por ejemplo, son múltiples los testimonios de familiares y conocidos de su modestia económica, destinaban todo el dinero recaudado a los presos y a la lucha política.
Muy limitados por la represión, Durruti y su amigo Ascaso, resuelven ir a recaudar fondos a América. Alrededor del 24 llegan a La Habana donde se emplean como estibadores portuarios, participan activamente en la organización del sindicato. Perseguidos por esto, por la policía local, con un compañero cubano van a trabajar como macheteros, indignados ante la tortura de un sindicalista toman venganza. En el 25 llegan a México, donde se les agrega Jóver y ahí dan un golpe destinando buena parte del dinero para financiar una escuela racionalista para los pobres en México y otra parte financiar una biblioteca en París. En la carta a los franceses les escribe Durruti: "Estos pesos los tomé de la burguesía, no era lógico que me los diesen por simple acuerdo". Luego se dirigen a Chile y Argentina donde asaltan bancos para recaudar plata para la lucha contra la dictadura fascista de Primo de Rivera. En 1926 se refugian en Montevideo, entre compañeros anarquistas y regresan a España, donde vuelven a la pelea, a la cárcel y exilio.
En un nuevo exilio en Francia, Durruti trabaja como mecánico en Renault y Ascaso de camarero, siendo ambos detenidos por un pedido de extradición de España y de Argentina donde están condenados a muerte. Su detención provoca una intensa movilización en la sociedad francesa que logra movilizar a su sector más antifascista. En este momento los dos amigos conocen a dos compañeras anarquistas francesas muy jóvenes que van a ser sus compañeras para siempre. La detención culmina insólitamente con la policía francesa tratando de introducirlos clandestinamente en Bélgica.
La riqueza de sus vidas hechas lucha no nos deben hacer obviar que estos anarquistas vivían y actuaban con un único norte: la victoria de la revolución. En función de esto: a) siempre actuaron en el seno del movimiento obrero organizado o contribuyeron a su organización; b) la necesidad de la organización fue una constante de su militancia; c) nunca perdieron o pusieron en duda una sólida ética anarquista construida por generaciones de anarquistas.
Su accionar hacia la revolución los lleva a dar la lucha ideológica
en el seno de la C.N.T. a las posturas más revisionistas y gradualistas
de quienes habían llegado a predominar en la dirección y
a las posturas colaboracionistas con partidos burgueses hasta que logran
ser la aplastante mayoría en vísperas de la Revolución
Española.
La priorización del trabajo en la clase los hace chocar con
sectores autodefinidos anarquistas que reducían su accionar a la
difusión intelectual de ideas conjuntamente con una actitud pasiva
ante la realidad, desviación muy fuerte en Francia y en otros países
europeos y de América.
Durruti y sus compañeros siempre participaron de la vida orgánica
de la C.N.T., asumiendo múltiples responsabilidades cuando no estaban
detenidos. Durruti estuvo presente en congresos claves de la confederación
como delegado del sindicato Fabril y Textil de Barcelona y fue varias veces
orador de mitines y actos a lo largo de la península, siendo uno
de los oradores del multitudinario 1º. de mayo de 1936, en Barcelona.
La necesidad de la organización para alcanzar la victoria no
solo fue consecuencia de la lucha diaria, también fue una premisa
fundamentada teóricamente, en esto último influyó
mucho el contacto con el legendario anarquista ruso Néstor Macknov
en el exilio parisino y los contactos fluidos con los anarquistas bakunianos
alemanes y con los italianos malatestianos. Como dijimos antes "Los Justicieros",
"Los Solidarios", "Nosotros" son diversos nombres de una organización
específica que confluye y se diluye, dándole su orientación,
en la F.A.I., organización que fue acusada por los revisionistas
de "anarco – bolcheviques". La respuesta la dan los trabajadores organizados
en sus congresos, triunfando las posturas faistas sobre las de la dirección
reformista que se retira de la
C.N.T..
En estas líneas ya hemos reiteradamente señalado la autodisciplina
y el sentido de sacrificio de Durruti y sus compañeros. Anecdóticamente
Durruti y Ascaso reaccionan airadamente cuando se les trata de aplicar
una Ley de vagos, justo a ellos que siempre habían trabajado, salvo
cuando estaban presos. También como postura ética estos militantes
estaban obsesionados por la formación. Varias veces Durruti increpó
a compañeros de prisión de que no les interesara la formación,
que no leyeran. De sus asaltos salieron fondos para bibliotecas, editoriales
y escuelas, por ejemplo la escuela de León o la de La Coruña.
Cuando el golpe de estado de Franco, con el apoyo de la Iglesia y las
clases altas, es la clase obrera organizada, la que evita su triunfo en
Barcelona, Madrid, Valencia y en buena parte de la península ibérica.
Quienes vanguardizan son los obreros de la C.N.T. en una entrega generosa
donde varios mueren como Ascaso que cae en los primeros días en
la toma del cuartel de Barcelona. El poder está en manos de la clase
obrera y de los anarquistas tal como lo reconocen los historiadores y el
imaginario español cuando realiza un balance o una mirada retrospectiva
al 36.
Pero ¿qué hacer?, en el seno de la F.A.I. se impone la
postura de Durruti. Considera que tal como está dada la situación
política es prematuro quedar aislado frente a los golpistas y sabe
que buena parte de los aliados coyunturales por una cuestión de
clase preferirían aliarse con Franco antes que apoyar una revolución
anarquista. La solución es hacer a la vez la guerra y la Revolución,
y para consolidar ésta última era necesario liberar zonas
de influencia anarquista que están bajo control militar franquista
como Zaragoza.
Así comienzan ambas fases simultáneamente: la guerra
al fascismo y la Revolución social. Por un lado comienza una guerra
convencional de obreros contra soldados profesionales y por otra los sindicatos
toman el control de fábricas y talleres en Barcelona y de los servicios
en la zona republicana. Mientras se mantienen los frentes de batalla sin
armas ni la infraestructura mínima, al paso de las columnas anarquistas
los campesinos aragoneses organizan colectividades y abolen la propiedad
privada. Por otro lado como era previsible los sectores más burgueses
de la República con un antes impensable aliado como el Partido Comunista
Español y la Unión Soviética, a la que le preocupa
perder su posición de "Patria socialista" ante la construcción
de otro país socialista pero fuera de su égida, comienzan
la reacción.
Pero la guerra está por perderse, los fascistas están
en las afueras de Madrid. Entonces todos, sin distinciones de partidos
o grupos, piden a Durruti que se traslade con parte de sus hombres a Madrid.
Ni García Oliver en Madrid, ni Buenaventura Durruti, estaban muy
convencidos pero si no se salvaba Madrid se desmoronaba el frente y era
el fin. Finalmente Durruti se traslada con un grupo sin desmantelar el
frente de Aragón. El avance fascista se detiene pero el costo es
muy alto. Durruti muere. Su entierro en Barcelona fue multitudinario. Kaminski
lo describe así: "El cadáver llegó a Barcelona tarde
por la noche (...) En la casa de los anarquistas, que antes de la revolución
había sido la sede de la Cámara de Industria y Comercio,
los preparativos ya habían comenzado el día anterior. (...)
La ornamentación era simple, sin pompa ni detalles artísticos.
De las paredes colgaban paños rojos y negros, un baldaquín
del mismo color, algunos candelabros, flores y coronas: eso era todo.
Durruti era un amigo. Tenía muchos amigos. Se había convertido
en el ídolo de todo un pueblo. Era muy querido, y de corazón.
Todos los allí presentes en esa hora lamentaban su pérdida
y le ofrendaban su afecto. Y sin embargo, a parte de su compañera,
una francesa, sólo vi llorar a una persona: una vieja criada que
había trabajado en esa casa cuando todavía iban y venían
por allí los industriales, y que probablemente nunca lo había
conocido personalmente. Los demás sentían su muerte como
una pérdida atroz e irreparable, pero expresaban sus sentimientos
con sencillez. Callarse, quitarse la gorra y apagar los cigarrillos, era
para ellos tan extraordinario como santiguarse o echar agua bendita.
Miles de personas desfilaron ante el ataúd de Durruti durante
la noche. Esperaron bajo la lluvia, en largas filas. Su amigo y su líder
había muerto. (...)
El entierro se llevó a cabo al día siguiente por la mañana.
Desde el principio fue evidente que la bala que había matado a Durruti
había alcanzado también el corazón de Barcelona. Se
calcula que uno de cada cuatro habitantes de la ciudad había acompañado
su féretro, sin contar las masas que flanqueaban las calles, miraban
por las ventanas y ocupaban los tejados e incluso los árboles de
las Ramblas. Todos los partidos y organizaciones sindicales sin distinción,
había convocado a sus miembros. Al lado de las banderas de los anarquistas
flameaban sobre la multitud los colores de todos los grupos antifascistas
de España. Era un espectáculo grandioso, imponente y extravagante;
nadie había guiado, organizado ni ordenado a esas masas. Nada salía
de acuerdo a lo planeado. Reinaba un caos inaudito.
El comienzo del funeral había sido fijado para las diez. Ya
una hora antes era imposible acercarse a la casa del Comité Regional
Anarquista. (...) Los obreros de todas las fábricas de Barcelona
se habían congregado, se entreveraban y se impedían mutuamente
el paso. (...)A las diez y media, el ataúd de Durruti, cubierto
con una bandera rojinegra, salió de la casa de los anarquistas llevado
en hombros por los milicianos de su columna. Las masas dieron el último
saludo con el puño en alto. Entonaron el himno anarquista "Hijos
del pueblo". Se despertó una gran emoción. (...) Las motocicletas
rugían, los coches tocaban la bocina, los oficiales de las milicias
hacían señales con sus silbatos, y los portadores del féretro
no podían avanzar. (...) Los puños seguían en alto.
Por último cesó la música, descendieron los puños
y se volvió a escuchar el estruendo de la muchedumbre en cuyo seno,
sobre los hombros de sus compañeros, reposaba Durruti.
Pasó por lo menos media hora antes que se despejara la calle
para que la comitiva pudiera iniciar su marcha. Transcurrieron varias horas
hasta que llegó a la plaza Cataluña, situada sólo
a unos centenares de metros de allí. Los jinetes del escuadrón
se abrieron paso, cada uno por su lado. (...) Los coches cargados de coronas
dieron un rodeo por las calles laterales para incorporarse por cualquier
parte al cortejo fúnebre. Todos gritaban a más no poder.
No, no eran las exequias de un rey, era un sepelio organizado por el
pueblo. Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente.
Reinaba lo imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista, y allí
residía su majestad. Tenía aspectos extravagantes, pero nunca
perdía su grandeza extraña y lúgubre.
Los discursos fúnebres se pronunciaron al pie de la columna
de Colón, no muy lejos del sitio donde una vez había luchado
y caído a su lado el mejor amigo de Durruti.
García Oliver, el único sobreviviente de los tres compañeros,
habló como amigo, como anarquista y como ministro de Justicia de
la República española. (...)
Se había dispuesto que la comitiva fúnebre se disolviera
después de los discursos. Sólo algunos amigos de Durruti
debían acompañar el coche fúnebre al cementerio. Pero
este programa no pudo cumplirse. Las masas no se movieron de su sitio;
ya habían ocupado el cementerio, y el camino hacia la tumba estaba
bloqueado. Era difícil avanzar, pues, para colmo, miles de coronas
habían vuelto intransitables las alamedas del cementerio.
Caía la noche. Comenzó a llover otra vez. Pronto la lluvia
se hizo torrencial y el cementerio se convirtió en un pantano donde
se ahogaban las coronas. A último momento se decidió postergar
el sepelio. Los portadores del féretro regresaron de la tumba y
condujeron su carga a la capilla ardiente.
Durruti fue enterrado al día siguiente".
Nos parece oportuno terminar esta breve semblanza con esta carta de
Ascaso, escrita desde el barco – prisión "Buenos Aires", en 1932:
"Queridos amigos: Parece que empiezan a quitarle el polvo a la brújula.
Partimos. He aquí una palabra que dice muchas cosas. Partir – según
el poeta- es morir un poco. Pero para nosotros, que no somos poetas, la
partida fue siempre un símbolo de vida. En marcha constante, en
caminar perenne como eternos judíos sin patria; fuera de una sociedad
en que no encontramos ambiente para vivir; pertenecientes a una clase explotada,
sin plaza en el mundo todavía, la marcha fue siempre indicio de
vitalidad. ¿Qué importa que partamos si sabemos que continuamos
aquí, en el ama y en el espíritu de nuestros hermanos? Además,
no es a nosotros a quienes se quiere desterrar, sino a nuestras ideas;
y nosotros podremos marcharnos, pero las ideas quedan. Y serán ellas
quienes nos harán volver, y son ellas las que nos dan fuerzas para
partir.
¡Pobre burguesía que necesita recurrir a estos procedimientos
para poder vivir! No es extraño. Está en lucha con nosotros
y es natural que se defienda. Que martirice, que destierre, que asesine.
Nadie muere sin lanzar zarpazos. Las bestias y los hombres se parecen en
eso. Es lamentable que esos zarpazos causen víctimas, sobre todo
cuando son hermanos los que caen. Pero es una ley ineluctable y tenemos
que aceptarla . Que su agonía sea leve. Las planchas de acero no
bastan para contener nuestra alegría cuando pensamos en ello, porque
sabemos que nuestros sufrimientos son el principio del fin. Algo se desmorona
y muere. Su muerte es nuestra vida, nuestra liberación. Sufrir así
no es sufrir. Es vivir, por el contrario, un sueño acariciado durante
mucho tiempo; es asistir a la realización y desarrollo de una idea
que alimentó nuestro espíritu y llenó el vacío
de nuestras vidas.
¡Partir es, pues, vivir! ¡He aquí nuestro saludo
cuando os decimos no adiós, sino hasta pronto! Francisco Ascaso.
Miembros del grupo "Los Solidarios" (1923 – 1926)Francisco Ascaso, de Aragón, camarero, nacido en 1901.Ramona Berni, tejedora.Eusebio Brau, herrero, asesinado por la policía en 1923.Manuel Campos, de Castilla, carpintero.Buenaventura Durruti, mecánico y ajustador de León, nacido en 1896.Aurelio Fernández, de Asturias, mecánico, nacido en 1897.Juan García Oliver, de Cataluña, camarero, nacido en 1901.Miguel García Vivancos, de Murcia, obrero portuario, pintor y chofer, nacido en 1895.
Gregorio Jover, carpintero.
Julia López Mainar, cocinera.
Alfonso Miguel, ebanista.
Pepita Not, cocinera.
Antonio Ortiz, carpintero.
Ricardo Sanz, de Valencia, obrero textil, nacido en 1898.
Gregorio Soberbiela o Suberviela, de Navarra, maquinista.
María Luisa Tejedor, modista.
Manuel Torres Escartín, de Aragón, panadero, nacido en
1901.
Antonio, El Toto, jornalero.
Citado por Ricardo Sanz / César Lorenzo
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